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CAPÍTULO 9

El encanto de la lluvia La lluvia caía intensamente desde hacía unas horas sin dar tregua alguna. La noche se había puesto totalmente y los tenues rayos de la luna iluminaban a duras penas aquellos callejones en los que Abraham viviera tantas experiencias en los últimos meses. El joven permanecía ahora acurrucado en una esquina, sin demasiados problemas para soportar el frío y el intempestivo diluvio debido a sus oportunos ropajes. Pasó la mayor parte del día sin hacer gran cosa, pensando en la conversación que mantuviera con Carlos, en el papel que adoptaría su amigo en esta batalla, en lo que debía hacer a pesar de estar solo. Pero sus cavilaciones apenas le resolvían sus infinitas dudas y el cansancio le acababa envolviendo y caía víctima del sueño. En esas se encontraba, a punto de ser víctima de Morfeo, cuando una curiosa y conocida melodía llegó hasta sus oídos. Zankoku na tenshi no youni Shounen yo shinwa ni nare —Imposible —murmuró. Aoi kaze ga ima Mune no door wo tataitemo Inmediatamente se dispuso a correr hacia el lugar del cual procedía la música. Siguiéndola, llegó hasta unos contenedores de basura. Debido a que la provenía del interior, el pelirrojo los abrió y comenzó a hurgar en su contenido, en busca de aquello que ansiaba. Finalmente lo encontró, allí estaba, no sabía cómo ni por qué, pero allí estaba: su teléfono móvil, aquel que perdiera descuidadamente el día que tuviera su primer contacto consciente con seres de energía. No podía comprender cómo podía seguir con batería después de tanto tiempo, pero la cuestión es que lo encontrara. Entonces se fijó en que estaba siendo llamado por un número desconocido, presa de la curiosidad de saber si alguien más se acordaba de él, contestó:

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—Dígame. —… —Sí, ¿Quién es? —¡Pi, pi, pi! Extrañado en un comienzo porque nadie contestara, concluyó que se trataría de una equivocación. Guardó el móvil consigo, aunque sabía que debido a su actual clandestinidad su lista de contactos no le sería de gran utilidad. De todas formas, era una preciada posesión para él. Entonces escuchó unos pasos, cada vez más próximos, a una rápida frecuencia; alguien que corría como alma que lleva el diablo, que extrañamente eligiera aquellos callejones tan poco transitados, aún menos en días como aquel, quizás buscando un camino que le permitiera empaparse lo más mínimo. No detectaba ningún tipo de Atzmunt, por lo que el sujeto en si no debía de ser peligroso. Temiendo que fuera alguien conocido, se escondió rápidamente tras unos contenedores de basura. “¡Ay!” Oyó quejarse a una femenina voz tras lo que pareciera ser una aparatosa caída. Fuese como fuese, Abraham no pudo evitar sentir curiosidad, pues le resultaba demasiado familiar aquel tono. Alzó un poco la vista, quedándose perplejo al observar aquella pelirroja melena elevándose a duras penas del suelo. De alguna manera sentía la necesidad de correr a ayudarla, de buscar cualquier excusa sólo para verla, para saber que estaba bien. Pero no podía dejar que ella lo descubriera, no en su estado, no como en lo que se había convertido. Incapaz de aguantar sus impulsos, se colocó correctamente el sombrero, intentando taparse el rostro lo máximo posible, y salió de su escondite, corriendo a ayudarla. —¿Estás bien? —dijo mientras le ofrecía la mano, intentando poner una voz lo más grave posible. —Sí, gracias —respondió la chica, y en cuanto alzó la mirada sus ojos se pusieron llorosos y un tremendo temblor le recorrió todo el cuerpo. Movida por el instinto, se lanzó a abrazarle— Tú, tú… has vuelto —susurraba entre lágrimas. Abraham no se lo podía creer. “Sabes una cosa, yo pienso que aun vestido así, ella sería

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quien de reconocerte”. Carlos tenía razón, de algún modo, de alguna manera, parecía que la pelirroja lo reconociera sin dudar en ningún momento, nada más mirarlo a los ojos, a pesar de su cambiado aspecto, a pesar del empeño del híbrido por pasar desapercibido. —Sí, Sandra. He vuelto —y en un afán irrefrenable, le devolvió el abrazo. —¿Por qué te fuiste? ¿Dónde has estado? Todos hemos estado muy preocupados por ti — mencionó mientras sollozaba. —Lo sé. La chica se separó de él, siendo agarrada por los hombros por el pelirrojo. —Supongo que lo importante es que estás bien —dijo mientras mostraba una cálida sonrisa. Entonces el híbrido observó algo en lo que, seguramente debido a la emoción del reencuentro, no se percatara antes: la cara de la chica estaba llena de magulladuras. Su ojo izquierdo se encontraba hinchado y morado. El resto de la cara presentaba claros signos de maltrato. Se fijó en sus piernas, también llenas de moratones que no podían haber sido provocados por simples caídas. —¿Qué te ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto? ¿Ha sido él otra vez, verdad? —comenzó a preguntarle el pelirrojo nervioso. Sandra lo miró asustado. Sus ojos vertieron lágrimas en señal de respuesta, y se echó a su pecho, llorando desconsolada. —Abraham, yo… me he escapado de casa. —¡¿Cómo?! —respondió sorprendido, más bien porque le costaba creer que su amiga realizara un acto así que porque fuera una mala idea, al contrario, hacía mucho tiempo que pensaba que Sandra debería haber abandonado aquel hogar. —No me culpes por ello. Me siento mal por irme, pero es que… ¡Ya no puedo más! —gritó — ¡Ya no puedo seguir aguantándole cuando llega borracho a casa, ni cuando me trata como una esclava, ni cuando me insulta o pega por hacer algo mal! —se quejaba llorosa la chica—-. Pero hoy, ha pasado del límite, lo de hoy ha sido la gota que colma el vaso. Abraham, hoy, él… hoy ha

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intentado… —y volvió a hundir la cabeza en el pecho del híbrido, llorando, incapaz de terminar la frase. No era necesario, Abraham ya se diera cuenta de lo que la pelirroja le intentaba decir, los moratones en las piernas eran suficiente prueba. Abraham apretó dientes y puños con furia, aquel capullo se atreviera a intentar abusar sexualmente de ella. Le repugnaba ese comportamiento. Desde que conociera a Sandra, siempre fuera consciente del maltrato que esta recibía por parte de su padre. Siempre lo tolerara en cierto modo porque él nunca había podido hacer nada, Sandra no parecía querer hablar de ello nunca, y por muy mal que lo pasara, siempre se la veía sonriendo. Pero aquella noche él se pasara, cruzara una línea que nunca debía ser cruzada, había hecho llorar a la chica. Verla en aquel estado le apenó e hirió profundamente el corazón. —¡Sandra! —se escuchó una voz a lo lejos—. ¡Sandra! ¡Hip! ¿Dónde te has metido? —¿Papá? —preguntó aterrorizada, temblando como lo hace un cervatillo rodeado de una manada de leones. —¡Sandra! —la figura se empezó a hacer más visible. El fornido hombre de barba de vagabundo, calva y aspecto descuidado se movía a duras penas hacia ellos con un tono de alegría en la voz. Sus mejillas sonrosadas y sus torpes movimientos denotaban su estado ebrio. ¿Cómo podía haber seguido a la chica en esas condiciones?—. ¡Sandra! ¡Aquí estás! ¡Hip! Perdóname, me he portado mal contigo. ¿Me disculpas? Volvamos a casa —le propuso. La temerosa muchacha no se movía del lado del híbrido, temblorosa, sin saber qué hacer, aún con miedo por los recientes acontecimientos vividos. —¡Sandra!¿Qué haces? Te he pedido perdón, ¿no es suficiente? Venga, te prometo que no volverá a pasar. Vámonos a casa —ordenó mientras la agarraba bruscamente por el brazo y la intentaba arrastrar. La pelirroja miró a Abraham con una mirada medio de súplica y medio de disculpa. Este no aguantaba más, aquello ya era demasiado. —No tienes por qué soportarlo —le susurró el muchacho. Sandra, como dándole la razón, se soltó a duras penas, provocando la rabia de su progenitor.

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—¿Qué? ¿Te niegas, puta? ¿Quién te crees que eres? ¿Quién te crees que te ha dado cobijo y comida desde que eras una cría? ¡Yo! Me debes muchísimo. No te consiento que me hagas esto —dijo mientras alzaba el brazo dispuesto a pegarle. Abraham rápidamente se interpuso, deteniendo el golpe, agarrándole el brazo. —¡Quieto viejo verde! Sandra no se va a ningún lugar. —¿Quién es este? ¿Tu novio? —preguntó en tono de guasa—. Mira chico, Sandra es mi hija, es de mi propiedad, haré con ella lo que yo quiera —aseguró, irritando aún más al híbrido. Abraham le retorció el brazo instintivamente. —¿Qué has dicho? —preguntó amenazador. —¡Suéltame! Lo único que quieres hacer es follártela tú. Mírala, va por ahí vistiendo como una puta, y la culpa luego es mía, se merece que le den una paliza. ¡Suéltame, cabrón! Abraham lo obedeció, soltándole y empujándole unos metros. El hombre cayó al suelo y se levantó a duras penas, airado. Abraham lo observó con una mirada sombría, llena de furia. —A mí me llaman monstruo… ¡pero aquí el único monstruo que hay eres tú! —gritó, a la vez que sacaba y desplegaba sus Knafáims. Movido por la ira, formó una bola de oscuridad que lanzó con rapidez contra el hombre. Atravesándole el pecho y abrasándole el corazón. Cayó de espaldas contra el suelo, ya sin vida. El pelirrojo lo observó con furia, asqueado, aún preso de la ira del momento. No había sido poseído por el Rashá, lo que probaba que en los últimos meses se había vuelto lo suficientemente fuerte como para contenerlo en esas condiciones de desestabilidad emocional. Sandra se separó de su lado y corrió a agacharse al lado del hombre que decía ser su padre. Esto logró despertar al híbrido de su temporal estado de abstracción. Por un momento se replanteó lo que acababa de hacer. Había matado a un ser humano, era el primer ser de aquella especie al que robaba la vida, mas esto no era lo que realmente le preocupaba. A Abraham le inquietaba el haber hecho sufrir con aquello a su amiga, pues por muy monstruo e inhumano que fuera aquel hombre, no dejaba de ser su padre.

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Se acercó cuidadosamente hacia la pelirroja, que observaba el cadáver de su progenitor en silencio, ni siquiera se la oía sollozar, ni la más mínima muestra de emoción alguna. —Sandra… Yo… —intentó decir. —Es extraño —le cortó—. Se supone que debería estar triste, se supone que debería llorar desconsoladamente, gritar su nombre y maldecir el que esté muerto, ¿no? Pero en cambio, estoy aquí sentada, viendo lo que queda de él, y no siento absolutamente nada, ni la más mínima tristeza. En cambio, sí que noto una cierta libertad. Debo ser una persona horrible… —Al menos eres una persona —respondió el híbrido, llamando la atención de la muchacha —. Sandra, yo no soy quien tú crees que soy, yo no soy humano, para muchos ni siquiera soy algo que merezca estar vivo. Ya lo has visto, yo sólo soy un monstruo. La pelirroja se quedó mirándolo, perpleja, sin decir nada, quizás no sabiendo qué decir. Abraham ya se esperaba una reacción de ese tipo, aunque había temido que fuera una reacción más del estilo de gritar y salir huyendo despavorida. Quizás tan sólo estaba siendo presa del pánico y este la obligaba a permanecer quieta, petrificada. Desvío su atención al cuerpo inerte, se preguntó si habría alguna manera de hacerlo desaparecer. No era un ser de energía, por lo que no había manera de hacer fluir hacia el exterior su Atzmunt. Pero, ¿y si fuera quién de convertir su materia en energía? ¿o cómo mínimo de desintegrarla? Se acercó al cadáver, ignorando la mirada de la pelirroja, que lo seguía absorta. Agarró el cuerpo por los hombros e intentó aplicarle una pequeña cantidad de Atzmunt. Apenas desintegró algún trozo de la clavícula. Aplicó mayor cantidad, y poco a poco los brazos fueron desapareciendo. Realizó la misma acción en el resto de su anatomía. Era un proceso muy laborioso, que precisaba de paciencia y de un gasto de Atzmunt que sería innecesario si se tratase de un ser de energía; esperaba no tener que volver a realizar aquel trabajo. Habiendo eliminado cualquier tipo de rastro, volvió a fijarse en su amiga, que en esta ocasión se hallaba de pie, observándole. Viendo que no huía y que ni tan si quiera mostraba signos de temor, decidió que al menos le debía una explicación.

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—Mi nombre es Abraham, hijo de Adán y Eva, híbrido de Butzina y Kardinuta, el huésped del Rashá y por lo tanto, en cierto modo, el monstruo que destruyó Edén —inició de esta manera su relato. Y comenzando de esa forma, continúo hablándole de los seres de energía, de las guerras entre ellos, de su historia, de cómo había nacido él, de toda aquella información de leyenda que le contara Alem aquel confuso día en el que iniciara su nueva vida, y de los últimos acontecimientos que viviera. Se lo contó todo, pero omitió el papel de Carlos en la historia, pues veía innecesario condicionar la opinión que la chica tuviera sobre el rubio muchacho de alguna manera. —Impresionante —murmuró la pelirroja nada más el híbrido terminó—. Es impresionante. Pero, ¿sabes una cosa? —le preguntó mientras se acercaba a él—. No estoy segura de si eres un monstruo, un híbrido de seres de energía o un ser humano, pero sí sé una cosa, seas lo que seas, tú eres Abraham —dijo mientras le acariciaba la mejilla, y luego lo abrazó tiernamente. Aquel abrazo hizo rememorar al muchacho uno muy similar que también se dieran ambos hacía ya tanto tiempo… Lo recordaba perfectamente, fuera el día que andaba perdido en la biblioteca del instituto en busca de un buen libro cuando aquella amable chiquilla le habló. —¡Hola! ¿Buscas algo? Durante su corta vida hasta aquel momento, el pelirrojo había tenido una conducta más que reservada hacia la gente que le rodeaba, especialmente hacia las chicas. Lo cierto es que su nivel de timidez le llevaba al punto de nunca haber tenido un amigo ni nada semejante. No era de extrañar, por lo tanto, que Abraham se pusiera rojo como un tomate en cuanto escuchó aquella dulce voz. —Estás buscando un libro, ¿verdad? Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa si no podrías encontrar aquí? —sonrió la pelirroja—. Estoy como voluntaria para ayudar en la biblioteca del insti, así que, si necesitas algo, no tienes más que pedírmelo. —N-no bu-busco na-nada en en es-especial —tartamudeó a duras penas. —Ya veo. Puedo aconsejarte si lo deseas. Veamos, ¿qué género te gusta más? —L-la fan-fantasía.

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—¡¿La fantasía?! ¡Genial, también es mi género favorito! A ver que tenemos por aquí que te pueda recomendar… ¡Oh, ya sé! Este te encantará —la pelirroja muchacha cogió inmediatamente una de las pequeñas escaleras y la usó para acceder a la zona más alta de una estantería cuyo letrero rezaba “Fantasía”. La chica procedió a coger un libro de cubierta blanca y negra y entregárselo al muchacho. —“Memorias de Idhún: La Resistencia”, es el comienzo de una trilogía. Yo actualmente estoy por el segundo libro y te puedo asegurar que el primero es fantástico —le recomendó alegremente. El muchacho, aún cohibido, agarró el ejemplar que le entregaba la chica y la acompañó hasta el mostrador para rellenar lo necesario con el fin de formalizar el préstamo. Mientras estaba ocupado en ello, la muchacha no paraba de mirarlo, aparentemente curiosa, lo que ponía nervioso al pelirrojo. Cuando terminó con su tarea, se atrevió a preguntarle: —¿P-pasa al-algo? —preguntó, causando la rojez en las mejillas de la pelirroja. —No, es sólo que… bueno, eres la primera persona que veo que tiene el pelo como yo... y eso me resulta curioso. Era cierto, el hablar con alguien del sexo opuesto en tanto tiempo no le permitiera fijarse en ello, pero la coloración de sus cabellos era idéntica para sorpresa de ambos. —S-si, yo tampoco co-conociera nunca a na-nadie con este co-color de pelo. —Ya veo… ¡Oh, creo que no me he presentado! Yo soy Sandra, ¿y tú? —A-Abraham. M-me llamo Abraham. —Encantada. Bueno, casi es hora de almorzar, ¿no? ¿Qué te parece si lo hacemos juntos? — le ofreció mostrando una sonrisa con la que le resultó imposible negarse al muchacho. Se desplazaron hacía un rincón del patio, al lado del jardín, solitario y acogedor, en el que disfrutar de su almuerzo. Sandra no paraba de curiosear el libro y comentarle lo mucho que le iba a gustar, todo lo que iba a encontrar en él o lo que disfrutó leyéndolo. —¿Qué hacéis aquí tan solos, zanahorias? —oyeron una voz a su espalda.

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En cuanto se dieron la vuelta, el chico que les hablara, un obeso muchacho un poco mayor que ellos, agarró el libro que sostenía la pelirroja. —¡Devuélvemelo, no es mío!—le pidió la chica instantáneamente. —¿Lo quieres? Entonces intenta cogerlo —dijo a la vez que elevaba el brazo lo más alto posible para que le fuera inviable la labor a la pelirroja. —¡Basta!¡Devuélveselo! —gritó Abraham al acosador, y en un ataque de valentía lo empujó, haciendo que cayese al suelo y que soltara el libro. El muchacho, herido en su orgullo se levantó y fue contra el pelirrojo, quien perdió inmediatamente la poca valentía que había hecho brotar antes. Aquel día fue el primero en el que Roberto le metió una paliza, pero al menos había recuperado el libro. Cuando el obeso chico se marchó, dándose por satisfecho, Sandra se acercó a Abraham y lo abrazó tiernamente. —Gracias. Muchas gracias —susurró. Aquel primer abrazo y este último trascendieron el tiempo y el espacio para sobreponerse uno al otro, para hacer que sus corazones recordaran de nuevo todo lo vivido y para que Abraham volviese a sentirse nuevamente querido y recordara quién era. Porque como la chica dijera, no importaba lo que fuera por fuera, en su corazón y en el de sus seres queridos seguía siendo Abraham. Anegados por la incesante lluvia que caía sobre la ciudad, los dos amigos resolvieron moverse a un lugar en el que resguardarse. Así, se asentaron en la zona más seca que encontraron dentro de aquellos callejones, siendo protegidos de la lluvia por las Knafáims que extendió sobre ellos el híbrido. —¿Tienes frío? —preguntó al observar tiritar a Sandra. No le extrañaba, pues se notaba que la chica había escapado de casa sin demasiadas preparaciones, apenas abrigada por una ligera chaqueta que no cubría más allá de su cintura y menos aún las piernas expuestas al gélido viento por culpa de su corta falda. —Lo cierto es que un poco —y Abraham la rodeo con sus brazos, intentando proporcionarle

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el calor corporal suficiente. Un silencio se produjo, pero no fue un silencio incómodo, sino un silencio totalmente oportuno y necesario. Ocasionalmente, las miradas se encontraron, tímidas, fijas la una en la otra, con sus verdes pupilas examinándose mutuamente. De repente, los labios sufrieron una intensa necesidad de encontrarse, aún mojados por la intempestiva lluvia, buscaban encontrarse por todos los medios posibles. Como si hubieran sido imantados con cargas opuestas, ambos deseaban firmemente juntarse el uno con el otro. Sin importar lo que hubiera alrededor, él y ella sólo querían fundirse en uno, los dos lo habían estado deseando durante demasiado tiempo. Y ya casi lo conseguían, a punto de rozarse, a punto de unirse… Zankoku na tenshi no youni Shounen yo shinwa ni nare La melodía sonó, como endiablada, como si buscase el momento justo en el que molestar, avisando a Abraham de que alguien requería su atención, provocando un efecto instantáneo en ambos jóvenes, que se separaron el uno del otro lo más rápido que pudieron, avergonzados de lo que estuvo a punto de ocurrir. El híbrido respondió rápidamente a la llamada, con el nerviosismo que la situación le había dejado: —Di-Diga. —… —¿Hola?¿Hay alguien? —Oh Abraham, siento estropear un momento tan bonito e importante para ti como debía ser este, pero hay algo que debes hacer y no puede esperar —el interlocutor hizo una breve pausa—: morir. Un haz de luz se dirigió hacia el lugar donde se encontraban ambos amigos, con la intención de sellar su destino y no dejarles ninguna oportunidad de felicidad. Antes de que este triste final se cumpliera, una luz mucho más brillante y rauda se sitúo en la trayectoria, desviando el ataque hacía otro lugar.

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Cuando Abraham logró ver la escena con claridad se encontró con la mojada melena de Caín, que sujetaba su espada de luz en posición de defensa. Al fondo observó un distinguible abrigo blanco que cubría a su portador. —Otra vez más Caín, ¿Cuántas veces piensas seguir traicionandonos? —le acusó Abel. —No estoy realizando ningún tipo de traición hermano, al menos no a mi corazón —se justificó, mirando de reojo a sus amigos. —¿No me vas a dejar otra opción, verdad? —Caín realizo un gesto de afirmación con la cabeza—. Es una auténtica pena —aseguró mientras desenvainaba una espada de luz. Ambos hermanos corrieron el uno hacia el otro, chocando sus armas al cruzarse, despidiendo una energía que los devolvió a su situación de inicio. Sandra observaba expectante; Abraham, en un arrebato, se levantó, dispuesto a unirse a su amigo en la lucha, pero se encontró con el acero de éste cerrándole el paso. —Mantente alejado Abraham, no permitiré que os toqué. —Pero, Carlos… —intentó quejarse el híbrido. —No te preocupes —le cortó—. Abel es sangre de mi sangre, no puede herirme, yo tampoco puedo herirlo a él, pero si puedo detenerlo y manteneros a salvo. —Tan seguro estás, ¿querido hermano? —preguntó con una sonrisa burlona—. ¿Acaso crees conocerme tan bien? —dijo mientras se despojaba de su atuendo blanco, revelando la coloración pelirroja que había adquirido su cabello, así como sus penetrantes iris verdes. Mas la sorpresa fue mayúscula cuando desplegó las cuatro Knafáims que de su espalda surgían: dos blancas superiores y dos negras inferiores. —¿Qué demonios? —murmuró Abraham, sorprendido y aterrado a la vez. —¡Imposible! ¡Ese no es Abel! ¡Ese no puede ser mi hermano! —intentaba convencerse Caín, cuyas pupilas azules se mostraban temblorosas ante lo que observaba. —Será mejor que dejes de engañarte hermano —le respondió el recién descubierto híbrido arrogantemente—. El Abel que has conocido durante los últimos 19 años no ha sido más que una

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débil sombra. Este es mi verdadero aspecto, este es mi verdadero yo, aquel que cumplirá con la misión que el Señor Supremo nos asignó, y no dudaré en deshacerme de toda oposición que se cruce en mi camino.

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Profile for Mickael Vavrinec

"El ocaso del alba": Capítulo 9  

Capítulo 9 - El encanto de la lluvia

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