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lanzaba rápidamente un rayo de luz que su contrincante esquivo sin demasiados problemas. —Detente. Mis intenciones no son hostiles, no tienes ninguna necesidad de gastar tu Atzmunt. —¿Me harás creer que como Butzina que eres no tienes órdenes ni deseos de eliminarme? —No —respondió provocando la extrañeza del híbrido—. Se me ha ordenado no intervenir, y si lo hiciera probablemente sería juzgado por desacato. —Entonces, ¿por qué has venido? —Otras razones son las que me traen a tu encuentro —se acercó ligeramente a él—. Tengo una curiosidad, dime, ¿qué se siente cuando llevas la destrucción contigo allá dónde vas? Abraham no acabó de entender el fin de la pregunta. —Dime —repitió Abel—, ¿Qué se siente cuando podrías eliminar todo lo que tú quisieras con la sencillez con la que matas a una mosca? ¿Qué se siente cuando eres quién de convertirte en la destrucción encarnada? El tono con el que pronunciaba cada una de las preguntas despertó la ira del pelirrojo. —¡Cállate! —gritó— ¡Deja de hacer preguntas estúpidas! Tú lo has mencionado antes, no puedes tocarme, podría acabar contigo fácilmente, así que no te conviene provocarme. —Que no pueda tocarte no significa que vaya a dejarme atrapar fácilmente —le cortó secamente para después desaparecer con una velocidad pasmosa. —He venido a enfrentar a mis problemas, pero estos se multiplican y no sé por dónde cogerlos —se dijo alicaído el híbrido. Observó el cielo anaranjado y la salida del sol le dio fuerzas renovadas. Decidió volver a la ciudad con la esperanza de que la nueva jornada le deparara respuestas. *** —Mi Supremo Señor, Abel solicita una conexión inmediata con usted. —¿Abel? Dile que no tengo tiempo para sus tonterías. —Si me permite una opinión, trae información muy importante en forma de imágenes… y

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Profile for Mickael Vavrinec

"El ocaso del alba": Capítulo 8  

Capítulo 8 - Lo que somos

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