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CAPÍTULO 8

Lo que somos —¿Sobre lo que somos? —repitió confuso el híbrido. —Si, sobre lo que somos. —Y, ¿qué somos? —preguntó. —Enemigos —un fuerte silencio se adueñó del tiempo durante unos segundos—. Relájate, ya te he dicho que no tengo intención de dañarte en estos instantes. Por favor, sé tan amable de sentarte —le pidió mientras se acomodaba entre la tierra. El pelirrojo acabó cediendo a la petición de su amigo. —De todas formas sigo sin acabar de entender por qué me has traído a este lugar. Sabes que tengo muy buenos recuerdos de él. —Lo sé, yo también —hizo una pausa—. Siempre me ha gustado este lugar, sabes que muchas veces era yo quien decidía venir. Había una razón tras aquella insistencia, una razón que ahora entenderás —el muchacho lo observó curioso—. Verás, la razón de que ame este lugar es simple: Me recuerda a Edén. Abraham recordó lo poco que le había hablado Alem sobre aquel astro, observó su alrededor, dudando de si realmente era tan similar al planeta natal de Caín. —Edén… apenas era yo un crío, pero el recuerdo de cada elemento que formaba su precioso paisaje permanece imborrable en mi memoria —dijo con nostalgia en sus ojos—. Cada árbol, cada río, cada ápice de naturaleza se alineaban conjuntamente para formal aquel vergel radiante de vida. Mis primeros años de existencia y mis primeros recuerdos se encuentran inundados por aquella belleza. >>Por eso me encanta este lugar, porque me trae recuerdos de mi niñez, porque me hace sentir que vuelvo allí aunque ya no exista, por eso estoy tan a gusto aquí, como si estuviera en casa. Y en verdad, La Tierra en su conjunto es un planeta muy similar a Edén… pero sólo lugares como

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estos son similares a mi planeta natal. Supongo que algún día, hace muchos milenios, La Tierra si fue un planeta gemelo de Edén, pero los humanos no entendieron que debían conservar esa belleza. >>Lo primero que sentí al llegar aquí fue un cierto odio hacia la raza humana que tuve que saber contener para evitar causar demasiados problemas. Imagina como se siente que te hayan arrancado el lugar donde naciste y creciste y el cual añoras todos los días de tu vida, llegar a un sitio muy similar y descubrir que sus habitantes lo han deteriorado de la manera en que está deteriorado este. Cualquiera en mi posición se sentiría sumamente ofendido y enfadado. Abraham escuchaba en silencio, se sentía totalmente identificado con los pensamientos de su amigo. Él también gustaba de lugares como aquel, y en varias ocasiones había sentido cierta repugnancia por la raza a la que creía pertenecer cada vez que leía noticias de contaminaciones de ríos o de talas de bosques para ampliar el espacio urbano. —De donde yo vengo, sabíamos aprovechar el planeta sin necesidad de destruirlo — continúo Caín—. Es verdad que nuestra raza está mucho más avanzada que la humana, pero aun así después de estudiar los conocimientos que tienen, sigo pensando que esta es la peor alternativa que podían haber escogido. >>Nosotros no teníamos gigantes de cemento, usábamos materiales de la naturaleza, les dábamos forma y no causábamos ningún tipo de impacto perjudicial. El palacio en el que yo vivía estaba hecho de nubes, era realmente precioso observarlo como se erguía sobre el planeta y coronaba aquel esplendor. Pero ya nunca volveré a ver aquello —pronunció mientras le dirigía una acosadora mirada al híbrido—. >>Recordaré aquel día por el resto de mi vida, aun cuando sólo era un niño. Aquel día descubrí lo que era el terror, lo que era la tristeza, lo que era perder un hogar. Un día como otro cualquiera, pero con algo distinto, con aquella endemoniada criatura cerniéndose sobre nosotros, tapando y extinguiendo nuestra luz. El pánico cundió enseguida, se podría decir que soy un suertudo, pues mi posición social me permitió ser de los primeros evacuados. Lo vi todo desde otra estrella, el recuerdo de aquel planeta que fuera mi hogar desde que nací convirtiéndose en polvo

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permanece imborrable en mi memoria. El como aquella criatura destruía lo que yo llamaba hogar y aquella belleza que yo tanto admiraba y veneraba fue sin duda, la peor experiencia que he podido vivir. >>Todo cambió desde aquel día, tuvimos que vivir como nómadas, de un astro a otro, pero ninguno era como Edén, ninguno era capaz de siquiera imitar su grandeza. La semilla de odio que fue plantada en el comienzo de los tiempos contra los Kardinutas, creció hasta convertirse en un árbol de rencor. Mi entrenamiento estaba predestinado a ser duro, pero pienso que tras aquel trágico evento, se volvió aún más duro de lo que podría haber sido. >>Se me enseñó a matar, destruir y eliminar cualquier tipo de entidad de oscuridad con el fin de que algún día fuera quien de destruir al monstruo. Se suponía que había una tregua, pero, misteriosamente, en mis entrenamientos se me proporcionaron seres de oscuridad, Kardinutas vivos, con el fin de que expresara el odio que guardaba hacia ellos y que asesinarlos se convirtiera en algo natural para mí. Desconozco como mi padre consiguió realizar aquello sin recibir represalias. >>La cuestión es que aquellos duros entrenamientos en los que se me obligaba a responder cada vez con más rapidez y eficacia a cualquier signo de Atzmunt oscura, fueron curtiéndome y convirtiéndome en lo que se supone debía ser al llegar a este planeta: En el Butzina suficientemente poderoso y aguerrido como para destruir al Rashá, y el recuerdo de la destrucción de Edén, acrecentaba mis deseos de cumplir con la misión que se me asignara. El sol comenzó a alzarse en el horizonte, dejando entrever la llegada del alba. Un silencio violento se apoderó del lugar, sólo cortado por el ruido de la corriente. Ninguno de los dos sabía cómo actuar en ese momento. Abraham entendía a su amigo, pero a la vez no comprendía porque no era capaz de empatizar con su situación. Cuando más temía que aquella reunión amigable en un comienzo fuera a terminar en una lucha encarnizada, Carlos volvió a abrir la boca: —Por eso, no puedo olvidar que en cierto modo eres el causante de mi dolor y el ser al que debo destruir para evitar la desaparición de mi especie. Pero… no puedo olvidar tampoco todos los momentos buenos que he pasado contigo y todo lo que me has enseñado.

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Acto seguido se levantó. —Por favor, Abraham —comentó sin mirarle—. Cuídate —mencionó antes de desaparecer entre los primeros rayos de luz. Abraham quedó sólo, apenas acompañado por la leve brisa matutina. Seguía sin tener muy claro que era lo que debía hacer, y las palabras de Carlos lo dejaban más desconcertado, ¿era realmente un enemigo o un aliado? “¿Cómo saberlo?” pensó a la vez que suspiraba. —Caín es un misterio hasta para su propia familia —habló una voz entre los árboles. Abraham se giró inmediatamente, colocándose en guardia al observar la esbelta figura que se ocultaba bajo un gran abrigo blanco, con la capucha puesta, cubriéndole el rostro hasta la altura de los ojos. No la percibiera antes. ¿No era Butzina ni Kardinuta? ¿Acaso podía ser un simple humano? Abraham la reconoció, aquella vestimenta daba demasiado el cante. El chico se llamaba Alberto, iba a su clase desde el año pasado, era un viejo repetidor como Carlos. Siempre se sentaba en algún rincón de la clase, sumergido en sus libros, cubierto por aquella blanca manta en su totalidad, que no apeaba de si en ninguna época del año, ni por mucho calor que hiciera. El pelirrojo nunca mantuviera una conversación con él dada su fama de poco amistoso y misántropo, pero le llamara la atención desde que un día lo observara leyendo “Alas negras” de Laura Gallego, autora que el idolatraba desde que devorara la trilogía de “Memorias de Idhún”. —Yo te conozco… Alberto, ¿no? —preguntó el muchacho. —¿Alberto? —repitió la figura—. ¡Ah! te refieres a mi nombre humano. En ese caso supongo que sí, que soy Alberto, pero a la vez no lo soy. —Entonces, ¿quién eres? —quiso saber amenazante mientras se preparaba para un posible combate. —Mi nombre es Abel, hijo del Supremo Señor Miguel y hermano del príncipe Caín. Tercero en la línea de sucesión al trono Butzina. —En ese caso supongo que vienes a por mí —adivinó a la vez que sacaba sus Knafáims y

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lanzaba rápidamente un rayo de luz que su contrincante esquivo sin demasiados problemas. —Detente. Mis intenciones no son hostiles, no tienes ninguna necesidad de gastar tu Atzmunt. —¿Me harás creer que como Butzina que eres no tienes órdenes ni deseos de eliminarme? —No —respondió provocando la extrañeza del híbrido—. Se me ha ordenado no intervenir, y si lo hiciera probablemente sería juzgado por desacato. —Entonces, ¿por qué has venido? —Otras razones son las que me traen a tu encuentro —se acercó ligeramente a él—. Tengo una curiosidad, dime, ¿qué se siente cuando llevas la destrucción contigo allá dónde vas? Abraham no acabó de entender el fin de la pregunta. —Dime —repitió Abel—, ¿Qué se siente cuando podrías eliminar todo lo que tú quisieras con la sencillez con la que matas a una mosca? ¿Qué se siente cuando eres quién de convertirte en la destrucción encarnada? El tono con el que pronunciaba cada una de las preguntas despertó la ira del pelirrojo. —¡Cállate! —gritó— ¡Deja de hacer preguntas estúpidas! Tú lo has mencionado antes, no puedes tocarme, podría acabar contigo fácilmente, así que no te conviene provocarme. —Que no pueda tocarte no significa que vaya a dejarme atrapar fácilmente —le cortó secamente para después desaparecer con una velocidad pasmosa. —He venido a enfrentar a mis problemas, pero estos se multiplican y no sé por dónde cogerlos —se dijo alicaído el híbrido. Observó el cielo anaranjado y la salida del sol le dio fuerzas renovadas. Decidió volver a la ciudad con la esperanza de que la nueva jornada le deparara respuestas. *** —Mi Supremo Señor, Abel solicita una conexión inmediata con usted. —¿Abel? Dile que no tengo tiempo para sus tonterías. —Si me permite una opinión, trae información muy importante en forma de imágenes… y

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también dice saber dónde se encuentra el monstruo —dijo, despertando esta vez sí, la atención de Miguel—, pero se niega a desvelarla si no tiene contacto directo con usted. —Está bien, le daré contacto mental inmediato —acabó cediendo—. Abel, dime la posición actual del monstruo. —No tan rápido, mi Señor Supremo, antes deseo que observe estas imágenes —dijo prácticamente obligándole. Así, Miguel tuvo que tragarse las imágenes del compañerismo que compartió su hijo predilecto con el ser que amenazaba la supervivencia de la especie. —Ya he aguantado tu parafernalia, dime dónde está el monstruo —ordenó tras terminar el visionado. —Con los debidos respetos mi Señor Supremo, creo que las pruebas que Abel y yo le hemos proporcionado son más que suficientes. Abra los ojos —le insistió Pahalia. —¡Cállate! ¡Dime dónde está el monstruo Abel, dímelo o te quito todos los privilegios de los que has gozado hasta ahora! —le amenazó Miguel enfurecido. —Esas no son formas —resonó la voz del príncipe en su mente—. No tengo por qué decíroslo si no estáis dispuesto a razonar. ¿Habláis de privilegios? Nunca los he tenido, vuestras amenazas no suponen nada para mí. Si no sois capaz de reconocer la traición de Caín a nuestro pueblo no tenéis las facultades necesarias para dirigir esta misión. —¡Deja de decir sandeces! —Mi Señor Supremo, no hay necesidad de airarse —intentó tranquilizarlo Pahaliah—. Si Abel no desea rebelar la posición del monstruo, sólo debéis ordenarle que lo capture y dejarle el resto a él. Miguel la miró, juzgando como una idiotez su idea, pero ante la cabezonería de su hijo, no le quedaba otra opción que hacer lo que su Suprema Caballera le aconsejaba. De ese modo terminó cediendo: —Vosotros ganáis —dijo exasperado—. Abel, como guerrero Butzina que eres, se te ordena

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buscar y dar muerte al Rashá. Una sonrisa se dibujó en el rostro del príncipe. —Será un placer.

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"El ocaso del alba": Capítulo 8  

Capítulo 8 - Lo que somos

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