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CAPÍTULO 7

Lo que fuimos —¡ Papá! ¿Dónde estás papá? Tengo miedo. Un pequeño niño asustado buscaba a su padre entre la marabunta de gente que corría alarmada. En medio de la confusión fue empujado y consecuentemente cayó al suelo. Se protegió la cabeza con las manos ante el miedo de ser pisoteado por la multitud. Una vez dejo de escuchar ruido, se levantó… y se encontró totalmente sólo. Alzó la vista al cielo y allí las encontró: dos esferas rojas, relucientes, que lo miraron fijamente provocándole el mayor de los terrores posibles. —¡Aaaahhhh! —se despertó sudoroso y nervioso—. Otra vez esa pesadilla —dedujo mientras atusaba su rubia cabellera—. Cada vez se repite con más frecuencia. Movió la cabeza bruscamente, intentando olvidarse de lo que acababa de soñar. Cuando se disponía a volver a rendirse en brazos de Morfeo, se incorporó bruscamente al observar una extraña figura al fondo de la habitación. No pudiendo definir su presencia se colocó en guardia. —¿Quién anda ahí? —pregunto a la vez que desplegaba sus blancas Knafáims, dispuesto a luchar si fuera necesario. No hubo respuesta verbal, la figura únicamente avanzó hacia el muchacho para hacerse más visible. Con una mueca sonriente elevó sus manos para mostrar lo que cargaba consigo ante la sorpresa del chico: dos Knafáims negras. *** El frío de la noche no lo cogiera por sorpresa. Aunque no se esperaba tal adversión metereológica en una época tan cálida como la veraniega, su escasa ropa, compuesta por un largo pantalón de chándal, una camiseta rota, un sucio abrigo y un viejo sombrero, le protegiera de ello. Acurrucado contra la pared de uno de aquellos estrechos callejones que inundaban el centro de la ciudad en la que pasara la práctica totalidad de su vida y en los que tantas cosas viviera en los últimos tiempos, intentó conciliar el sueño, sintiéndose seguro.

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—Mierda —susurró—. Parece que no equilibré correctamente mi Atzmunt. Una oscura figura se dirigía a su encuentro velozmente. —Tú —pronunció la desconocida voz—. Tú eres… —antes de que pudiera terminar la frase su pecho fue atravesado por el puño del muchacho, que irradiaba una luz cegadora. Con una sádica maniobra, reventó el corazón de su contrincante raudamente. —¡Dejad de tocarme los cojones de una puta vez! —sentenció rabioso el híbrido. Una vez asesinó a su contrincante, meticulosamente arrancó las Knafáims del cuerpo de este y las desintegró. Mientras observaba como el ser desaparecía, se paro a pensar en la deshumanización que había sufrido en los últimos dos meses, pues ahora era capaz de matar sin tener el más mínimo remordimiento de ello. Se preguntó en un par de ocasiones si esa transformación moral se pudiera deber a que el Rashá cada vez tomaba mayor control de su cuerpo, pero desde la batalla contra Rafael, no volviera a sucumbir ante la bestia. No, era simplemente la ley de la naturaleza, el matar o morir, así de sencilla era la explicación. Recordaba la primera vez que se viera obligado a segar la vida de uno de ellos, fuera durante los primeros compases de su huida. Casi fuera un accidente, a los pocos días de escapar, fue interceptado por un ser de luz, seguramente la razón por la cual fue descubierto se debió a la estúpida idea de usar sus Knafáims como medio de transporte para huir más rápido. Este hecho posibilito que fuera más perceptible y permitió al enemigo localizarle. Casi sin darse cuenta, se viera inmerso en una repentina batalla contra su perseguidor, y, producto de una intuición de no querer ser descubierto por más seres, no fue quien de controlar sus fuerzas y atravesó el corazón de su adversario. Recordaba perfectamente lo mal que lo pasara en las horas siguientes, aquel sentimiento de culpabilidad que le destrozaba el alma y lo hacía aterrarse ante la acción que cometiera. Solo fue una vez pasado el pánico, que recordó la forma de eliminar los cuerpos de los seres de energía y procedió a ello. Más tarde siguió sintiendo el acoso de los seres de luz y de oscuridad, y se fue

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acostumbrando a asesinarlos a todos y cada uno de ellos, fueran uno sólo, o, como se dio en un par de ocasiones, un grupo más numeroso. Pero con el tiempo entendería que aquello no servía para nada más que para aumentar su agresividad. —Así que finalmente te has dignado a regresar —le sorprendió una voz familiar en medio de sus divagaciones. Abraham reaccionó rápidamente al observar el rostro de su interlocutor y se lanzó hacía él, dispuesto a no darle una sola oportunidad de atacar. Caín respondió raudamente y, con una agilidad extraordinaria para la poca luz que iluminaba el lugar, logró inmovilizar a su amigo, agarrándole por las Knafáims. —Veo que te has acostumbrado a rendir tributo a la muerte —comentó el príncipe al observar el cuerpo en proceso de desaparición de la última víctima del híbrido. —Yo le ofrezco seres de energía, todos aquellos que me tocan las pelotas yo se los envío. Es lo único que he hecho en los últimos dos meses, así que no me supone nada enviarle alguno más. El pasado ya no importa —concluyó. El príncipe de los seres de la luz le dirigió una fría mirada. —No lo creo —contestó simple, pero contundentemente—. De todas maneras, quien sólo ofrece muerte, sólo acabara recibiendo muerte. —¿Y serás tú quien me la dé? —preguntó en tono bravucón. Caín dejo escapar una ligera sonrisa. —No… Al menos no hoy —comentó, y entonces soltó al híbrido, quien moría de rabia al ver como el príncipe se reía de él de aquel modo. —¿Quién coño te crees que eres? Sólo un arrogante y mezquino ser que se limita a seguir las órdenes que le dictan, eso es lo que eres. —Puede ser —respondió provocando la sorpresa del pelirrojo—. Pero, sólo por hoy, sólo por esta noche, déjame volver a ser Carlos, simplemente tu amigo. Así que, por favor, repliega y guarda tus Knafáims y acompáñame si no es mucha molestia.

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Las palabras de su amigo desconcertaron al muchacho, que a su vez notó en ellas el detonante necesario para despertar la poca humanidad que le podía quedar. Así pues, le hizo caso y le siguió, alejándose de la pequeña protección de aquellos callejones. —De verdad te ves horrible —comentó Carlos al salir a las calles principales—. ¿En dónde has encontrado esa ropa de mendigo? —No quieras saberlo, realmente he cometido alguna ilegalidad humana para poder arroparme tras que mis ropas quedaran rasgadas y rotas tras cada batalla. No me mires así, no he matado, sólo he robado, no tenía otra opción —aclaró ante la mirada acusadora del rubio chico—. Mis ropas actuales son producto de mis últimos hurtos. —No todas —aclaró el príncipe de la luz—, ese sombrero me resulta demasiado familiar. Abraham calló un momento antes de proceder a explicarse: —¿Quieres decir que es el sombrero de Alem? Lo desconozco, pero si es cierto que se parece mucho al que mi abuelo solía llevar. Lo encontré justo antes de partir, tirado por los callejones. El intentó matarme, entre eso y que tú también lo intentarás, fue por lo que hui. Me llevé esto como recuerdo, como una especie de recordatorio de que algún día hubo quien se preocupo por mi, es lo único que he conservado desde el principio hasta el fin del viaje. —¿Qué Alem intentó matarte? —preguntó extrañado Carlos al recordar aquella situación—. Bueno, eso no es del todo… —antes de que terminara de hablar, se sorprendió al agarrar el sombrero con el fin de observarlo—. ¡¿Qué le has hecho a tu pelo?! —Antes de volver me lo he rapado, al cero, aunque aún conserva su tono anaranjado. —¿Por qué? —Para no ser identificado por los humanos, entre eso y las vestimentas creí que sería difícil, de hecho estoy seguro de que tú me encontraste por mi aura. —¿Humanos? —repitió su amigo—. Apuesto a que desde que eres consciente de tu naturaleza nunca los has llamado así, incluso hasta hace poco aun te has sentido parte de ellos, ¿a qué viene esa postura arrogante?

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—Me he dado cuenta de que realmente los únicos humanos a los que he conocido no han sido más que estúpidas y denigrantes criaturas. —Así los calificas —le reprochó—. ¿Qué hay de Sandra? El pelirrojo enmudeció al escuchar el nombre de su amiga, a la cual parecía haber prácticamente olvidado desde su huída. —Por eso te escondes en los callejones y te vistes de esa manera, ¿no? No es porque te encuentren aquellos a los que conociste en el pasado e indirectamente te descubran, no, la razón es mucho más simple: te escondes de Sandra. —Eso no es cierto —se limitó a rebatir el híbrido. —Sólo hay que pensarlo un poco, ¿qué es lo que más teme Sandra? La oscuridad. ¿Dónde acostumbra a estar más oscuro en esta ciudad? En los callejones. ¿Por qué Sandra siempre se niega a usar sus atajos aun cuando llegaríamos más pronto a muchísimos sitios? Porque les teme. >>Por lo tanto, te escondes en los callejones porque sabes que ella no te encontrara allí, y que en el último caso de que lo haga, no te reconocerá debido a tus pintas estrafalarias, pero sabes una cosa, yo pienso que aun vestido así, ella sería quien de reconocerte. —Deliras —respondió Abraham, aunque en realidad se daba cuenta de la verdad que guardaban las palabras de su amigo y que él mismo no había reconocido para sí hasta ese momento. —Y sólo hay una razón por la cual te escondes de ella: tienes miedo de que te vea en tu estado actual, en el cual eres mas híbrido de Butzina y Kardinuta que humano, temes que ella no te acepte, que la última persona a la que quieres también acabe repudiándote, a eso le temes. Pero estás aquí, por lo que te das cuenta de que con tu ausencia también le has causado daño. —Te equivocas —le cortó—. La única razón por la que he vuelto es porque me he dado cuenta de que mi huida no tenía ningún sentido. Por más que huía de mis problemas, ellos me perseguían y me obligaban a enfrentarlos, así que llegó un momento en el cual no tenía sentido seguir huyendo y decidí dejar de huir. Por eso he vuelto, para afrontar y eliminar mis problemas — sentenció dirigiendo una afilada mirada a Carlos que pareció romper el ambiente de cordialidad que

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había hasta el momento. Mas el rubio muchacho, lejos de entender aquella declaración como una amenaza, observó que la huida que había realizado su amigo si sirviera para algo: había vuelto mucho más maduro de lo que se fuera. —Dime… ¿Cómo está ella? —preguntó Abraham inconscientemente, rompiendo el silencio que se produjera entre ellos desde hacía un rato. —Mal. Ella está mal. Su estado de ánimo ha ido decayendo en los últimos meses. Desapareciste de la noche a la mañana, sin dejar rastro, sin avisar, como si fueras un fantasma. ¿Si fuera al revés que sentirías? Un extraño desconcierto, alguien a quien quieres de repente se esfuma y no tienes ni la menor idea de donde puede estar. Buscas a sus familiares para preguntarles, pero también han desaparecido… —¿Alem también desapareció? —le cortó el híbrido. —Desconozco sus razones, pero así es. Continuando con Sandra, realmente sufrió con tu desaparición, la que más sin lugar a dudas, a la semana de que desaparecieras logró ella solita movilizar a la ciudad entera para que iniciara tu búsqueda, ¡hasta vino la televisión y todo! Pero ya sabes cómo son estas cosas, si al poco tiempo no hay resultados, la gente lo olvida —Abraham afirmó con la cabeza, era una situación muy típica en los medios de información—. Pero ella nunca desistió, siguió pegando carteles con tu foto por ahí e incluso organizando pequeñas batidas de búsqueda a los montes de alrededor. >>Dedicó tanto tiempo a buscarte que descuidó su preparación académica. Sus notas han bajado, casi rozan el suspenso. Estamos en exámenes finales a punto de sacarnos secundaria y ella pende de un hilo. Sufre de depresión últimamente. Apuesto a que cuando te fuiste, no pensaste en que pudieras ocasionar esto. El pelirrojo se quedó mudo, recibió cada información como una pedrada en la cabeza, ¿cómo podía haber sido tan desconsiderado? —No, nunca lo pensé —fue lo máximo que pudo articular.

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—Debiste haberlo hecho —le recriminó—. Igualmente, deberías visitarla o algo, aunque sea sólo para decirle que estás bien y darle cualquier excusa que la satisfaga del que porque te fuiste sin avisar. —No puedo… No puedo verla en mi estado actual. Ya no soy un humano. —No es lo que eres Abraham, es lo que sientes ser. —¿Acaso tú te sientes humano? —preguntó curioso. —Hoy en día ya no tanto… pero hubo una época en la que me sentí completamente humano, no sé si la recuerdas. Los dos amigos comenzaron a rememorar al unísono el comienzo de su amistad: —Así que esto es una escuela terrícola, el lugar donde se educa a los humanos… Realmente luce aburrida… No debería poner pegas, fui yo quien le pidió a Padre el poder insertarme en el sistema educativo de este planeta y aprender de los conocimientos que han recogido acerca del universo desde su punto de vista. >>Veamos, ya he estado estudiando por mi cuenta y, según los informes, el nivel educativo que tengo actualmente se corresponde al nivel 3 de la educación secundaria, en el cual suelen estar los humanos de… ¡¿15 años?! ¡Pero si yo tengo 18! A ver, según la información adquirida ciertos humanos de mayor edad acostumbran a tener que repetir el mismo nivel debido a que no son capaces de superarlo… ¡Oh, genial! Ahora resulta que he de hacerme pasar por un imbécil… lo que me faltaba. Con una larga melena rubia y unos azulados iris, caminaba un esbelto muchacho por el instituto local de aquella ciudad de provincias a la que había ido a parar por mero azar. Por sus movimientos y su clara desorientación, era fácil adivinar que se trataba de un nuevo alumno. Así recibió las miradas acusadoras de los estudiantes que lo tachaban de nuevo con ellas el primer día de clase. —Mi nombre es Carlos, tengo 18 años y me encuentro repitiendo tercero de la ESO. Acabo de mudarme recientemente a esta ciudad por decisión propia con el fin de acabar de una vez mis

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estudios —fue lo que dijo para presentarse ante la muchedumbre reticente que le recibió. Durante el transcurso de la mañana intentó contactar con aquellos seres con los que le tocara convivir, mas no recibió el trato esperado. Ante cualquier intención de comenzar una conversación, la respuesta era un “piérdete nuevo” o un simple silencio en señal de descortesía. Ni siquiera parecía que aquellos chavales le respetaran por el mero hecho de aventajarles en edad. Eso sí, el trato hacia su persona no paso más allá de una mera indiferencia o ignorancia, lo cual prefería a un continuo acoso en el que estaba claro que por su condición de seres inferiores, tal y como le enseñaran, saldrían perdiendo. Pero prefería evitar ese tipo de situaciones; Caín no era una persona violenta cuando la situación no lo requería, incluso odiaba el hecho de que unos seres usaran su superioridad para aprovecharse de otros. Así fue que con esta ideología cambiaría su vida en La Tierra. Después de llevar un par de semanas integrado en el sistema educativo terráqueo, ya había descartado totalmente la posibilidad de entablar cualquier tipo de relación con sus compañeros, por lo que se dedicaba únicamente al estudio, razón por la que se encontraba allí, en compaginación con la misión que se le había asignado. Pero, en uno de esos días extraordinarios, en los que en vez de usar el tiempo de recreo que los humanos utilizaban como descanso entre las clases para ir a la biblioteca a avanzar en sus estudios y subir de nivel lo más raudo posible a uno en el que no se sintiera tan incómodo, decidió darse un paseo por el patio para tomar un poco de aire y observar los modos de entretenimiento de los humanos. Después de ver un partido de un deporte muy popular denominado fútbol, consistente en introducir un balón en un área delimitado por una estructura con forma de prisma tetraédrico llamada portería, el cual le resultó ciertamente tedioso y simple, se dirigía a retomar las clases cuando de repente escuchó unas voces cerca de la salida del instituto que le llamaron la atención. Siguiéndolas se encontró en escena a tres chicos de curiosos estilos de vestimenta a su parecer, los cuales parecían atosigar a otro de cabello rizo anaranjado y a una chica del mismo tono de color de pelo.

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—Venga, zanahoria, danos el dinero de hoy. Ya sabes que debes pagar una cuota diaria a cambio de que no te molestemos —decía el más obeso de los acosadores. —Te juro que no tengo nada, hoy se me olvido el dinero del almuerzo en la mesa de la cocina, por favor, dejadnos marchar a clase —suplicaba el chico. —Dice la verdad, por favor, déjalo Roberto —defendió la pelirroja a su amigo. —Calla guapa —le respondió groseramente—. Aunque, quizás pudiéramos resolver esto de una forma en la que nadie salga perjudicado. Ten una cita conmigo y le dejaré en paz. —¿Contigo? —contestó la chica asqueada—. Ni en tus mejores sueños. Déjanos irnos ya — y la chica le escupió en la cara al obeso acosador. —¿Pero quién coño te has creído que eres, niñata? Ahora tu amigo recibirá el doble por tu culpa. Borja, Rubén, agarradla y no dejéis que escape —los dos compañeros de trifulcas de Roberto, que eran fácilmente identificables por sus peinados al estilo punk y metalero respectivamente, agarraron a la pelirroja fuertemente, resistiendo sus intentos de fuga. Luego el cabecilla dirigió su mirada a Abraham—. En cuanto a ti, no habiendo dinero ni chicas, sólo te queda pagar de otra forma. Lo agarró fuertemente por el cuello de la sudadera y lo empotró contra el muro de la escuela. Apretó el puño y lo levantó hacia atrás, cogiendo impulso para soltarlo con todas sus fuerzas contra el muchacho. Antes de que realizara el fatídico movimiento, alguien le agarró el brazo, impidiéndole ejecutarlo. —¿Pero qué coj…? —se quejó Roberto al verse impedido, a la vez que giraba la cabeza para encontrarse con las azules pupilas de quien lo detenía. —Déjalo en paz —dijo este con contundencia. Así pues, Caín finalmente decidiera intervenir tras observar detenidamente la situación. Sus principios le llevaban a hacerlo, no podía permitir que un ser abusara de otro solamente porque fuera superior, la superioridad no implicaba aprovecharse del inferior, sino ayudarlo. Entonces comprendió que no debía seguir despreciando a aquellos seres inferiores, sino ayudarles y aprender

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de ellos. Y el que fue víctima de tal dicha fue el joven Abraham, que observo con ojos de admiración a su salvador. —¿Quién coño eres? Apártate —ordenaba enfurecido el abusador al Butzina. —¿Le vas a dejar en paz? —No es asunto tuyo rubito, ¿por qué te preocupas por unos renacuajos como nosotros? —Porque alguien debe enseñaros que es lo que está bien y que es lo que está mal gordinflón —respondió a la vez que le retorcía el brazo, colocándose a su espalda. —¡Ahhhh! —se quejaba dolorido—, ¡Suéltame capullo! Chavales, ayudadme —les ordenaba. Rubén y Borja dejaron sus quehaceres con la pelirroja para ir en rescate de su líder, mas, aun estando en ventaja, dos contra uno, y pudiendo Caín solo usar un brazo, la destreza e inteligencia que mostró este usando al acosador principal como escudo y midiendo bien sus golpes, tal y como le enseñaran durante su preparación militar, le sirvió para dar buena cuenta de los abusones, quienes terminaron por ceder, marchándose en retirada. —Eso es, corred como las gallinas que sois —se reía el príncipe. Después se dio la vuelta para atender al chico. Este estaba siendo ayudado por su amiga para incorporarse, y no paraba de mirarle con unos ojos de gratitud que en cierto modo incomodaban al Butzina. —¿Estás bien chaval? Creo que esos zoquetes no te molestarán en un tiempo —dijo sonriendo para acabar con esa sensación de molestia. —Muchas gracias —fue todo lo que le respondió. —No hay de qué —dijo Caín mientras eludia la mirada, verdaderamente le molestaba la situación. Estaba a punto de regresar a las clases cuando el muchacho volvió a dirigirle la palabra. —Perdona, ¿cómo te llamas? —Carlos, mi nombre es Carlos. —Carlos… Mi amiga se llama Sandra, y yo soy Abraham. Si algún día pudiera hacer algo

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por ti… seguramente este sea tu último año, pero si puedo hacer algo por ti, sólo pídemelo — ofreció el pelirrojo. —No lo creas, aún voy en tercero, si, ya sé lo que piensas… —pero contrario a lo que Caín pensaba el chico pareció restarle importancia a ese dato. —¡Perfecto! Yo también voy en ese curso, si algún día necesitaras los deberes o un trabajo o cualquier cosa, sólo pídemelo, por favor. Carlos sabía que aquello le era innecesario, pero vio al chico tan ilusionado que acabo cediendo en cierto modo. —No quiero tus deberes ni tus trabajos… pero si lo deseas, quizás podamos quedar algún día para estudiar —ofreció como compensación. —Por supuesto —afirmó eufórico el pelirrojo, y los dos muchachos se chocaron las manos en lo que sería el comienzo de una gran amistad. Así fue, lo que empezaron siendo quedadas para jornadas de estudio más por cortesía que por necesidad, acabaron convirtiéndose en reuniones meramente ociosas para realizar cualquier tipo de actividad que incluyera diversión. Después de aquel encuentro, los tres abusones volvieron a meterse con Abraham un par de veces más, hasta que observaron que mientras contara con la amistad de Carlos, nada sacarían bueno de allí. Poco a poco, los abusos fueron decreciendo, habiendo largas épocas de paz para el pelirrojo. Abraham agradecía en sobremanera la protección que le ofrecía su amigo, y Carlos fue correspondido conociendo lo que era la amistad y la diversión en La Tierra. Fueron tiempos felices para los tres chicos. Pero tiempos que ya no volverían. —¿Lo recuerdas, verdad? —cortó de esta manera Caín el hilo de recuerdos que mantenía a ambos ensimismados. —Si, lo recuerdo —afirmó Abraham con una nostalgia en la mirada y una pequeña sonrisa en el rostro. El resto del camino fue dominado por un silencio atronador que dejaba a los dos amigos a

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merced de sus pensamientos y cavilaciones. Finalmente, el príncie Butzina le índico a su amigo que habían llegado a su destino. El gran bosque a las afueras de la ciudad, situado al pié de las grandes colinas, presentaba un aspecto lúgubre al ser bañado por la luna llena, las ramas movidas a merced del viento y el sonido de la corriente del río que lo atravesaba. Fuera un lugar de aventuras y diversión en la infancia del pelirrojo, y un buen lugar donde retirarse en busca de paz en tiempos más recientes, un lugar en el que ambos habían estado incontables veces juntos en el pasado y al cual guardaban un especial cariño. —¿Por qué me has traído aquí? —se aventuró a preguntar el híbrido. —Siéntate, sólo quiero que hablemos un rato —respondió. —¿Sobre qué? —preguntó intrigado. —Sobre lo que somos.

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"El ocaso del alba": Capítulo 7  

Capítulo 7 - Lo que fuimos

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