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CAPÍTULO 6

Sin razón de ser Allí estaba, de pie frente a él, alzando sus majestuosas Knafáims, apuntándole con su mano izquierda, dispuesto a matarle. Carlos, el mismo muchacho con el que compartiera tan buenos momentos en el pasado, al que considerara un amigo hasta ese día, ahora demostraba ser otro enemigo. Abraham había vivido muchos cambios en su vida en los últimos días, soportara el cargar con el poder de su interior, el ser objetivo de dos razas extraterrestres, el tener que luchar para poder conservar su vida. Pero que su mejor amigo se convirtiera en su enemigo era algo que destrozo al pelirrojo, quien se mantuvo inmóvil, no siendo quien de asimilarlo. —Adiós… amigo… —pronunció el príncipe con seriedad, antes de enviar contra el híbrido, que siguió sin reaccionar, aún en peligro de muerte, un poderoso rayo de luz mientras una lágrima se le escapaba. Antes de que el rayo alcanzara su objetivo, fue repentinamente detenido por el filo oscuro de una espada. —Pensé que ya había terminado contigo —reaccionó Carlos. —Bastante suerte has tenido de ser quien de asesinar a mis hijos, asqueroso Butzina — respondió furioso Kasbeel, mientras blandía su espada, dispuesto para el combate—. Pero a un guerrero de élite de mi experiencia no se le elimina tan fácilmente. Antes de que insertaras tu espada en mi pecho, pude colocar una pequeña, aunque resistente, barrera de oscuridad alrededor de mi corazón. Si, tengo ciertos órganos dañados, pero el motor que me hace vivir permanece intacto. —Entiendo, muy astuto —reconoció el príncipe—. En ese caso, ¿le protegerás? —preguntó dirigiendo su mirada hacia Abraham. —Mas bien te mataré —dijo, mientras formaba dos esferas oscuras que lanzó al aire,

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tiñendo toda la estancia de oscuridad. Raudo, se lanzó hacia su adversario, dispuesto a asestarle un golpe con su espada que fue bien detenido por la del Butzina, a pesar de encontrarse en una situación de desventaja. Las armas chocaron, rezumando luz y oscuridad por toda la sala. Abraham permanecía aún inmóvil, sin prestar demasiada atención al combate que se desenvolvía ante sus ojos. Él continuaba sumergido en un mar de dudas, pues, ahora que su mejor amigo se había convertido en su enemigo, ¿qué sentido tenía seguir luchando por mantener la vida que llevaba hasta ahora? De estos pensamientos fue obligado a despertar al sentir un rayo de luz rozando sus Knafáims. —¡Ey, aberración! —escuchó gritar a Kasbeel, quien forcejeaba con Carlos—. Será mejor que te largues por el momento, muerto no me sirves de nada. Pero recuerda, que una vez mate a este hijo de puta, volveré a buscarte. Tómate esto como un pequeño descanso. No supo por qué, pero en ese momento le hizo caso. El híbrido puso pies en polvorosa, escapando por la salida que se había formado al ser derribado el muro, corriendo por los callejones a los que conducía No pudo evitar sentir una fuerte sensación de dejavú, pues la situación era idéntica al día en el que empezara todo: otra vez atacado por un Butzina, salvado por un Kardinuta, y huyendo de sus problemas, como siempre hacía. Otra vez su vida daba un vuelco, mas esta vez le resultaba mucho más duro, pues aunque la otra vez se le abriera un nuevo mundo, fuera quien de soportarlo; la traición de Carlos era algo que si que no podía soportar, aún mas después de haber jurado protegerlo. —¿A dónde crees que vas? —escuchó una voz a sus espaldas. El pelirrojo muchacho hizo caso omiso, siguiendo su camino. De repente se topó de bruces con una esbelta figura portadora de alas blancas y un largo y rubio cabello recogido en una también larga coleta. —Repito: ¿A dónde crees que vas, monstruo? *** En el interior de la ruinosa sala de interrogatorios, continuaba la ardua lucha entre Kasbeel y

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el príncipe Butzina. El choque de las espadas se repetía cada vez con más frecuencia, sin que ninguno de los contendientes cediera ante el otro. —Enviando a su propio hijo —comentó el Kardinuta—. ¿He de dar por hecho que a ese bastardo de Miguel se le han terminado las cartas tan pronto? —Mas bien es que mi padre desea terminar con esto cuanto antes —contestó el príncipe. —Pues ha cometido un grave error, arriesgarlo todo a una sola jugada puede dejarlo sólo y destrozado. Pagaría por verle en ese estado, sufriendo como nunca ha sufrido. —En verdad me han hablado del odio que sientes hacia mi padre, aunque no soy quien de comprenderlo. —Ni falta que hace —le respondió—, basta con saber que tus días terminan aquí, Supremo Príncipe Caín —y tomando distancias se dispuso a ensartarle la espada en el vientre. A Caín le bastó con realizar un leve giro de cintura para esquivar el ataque de su rival y con un rápido movimiento de brazo segarle una de sus negras Knafáims. Kasbeel cayó al suelo, dolorido, profiriendo un agudo grito. —¡Maldito! —dijo—. No solo es que seas hijo de tu padre, sino que también asesinas a mi descendencia y me humillas de esta forma. ¡Oh, realmente disfrutaré matándote! Es una pena que no esté tu hermano aquí también. Al oír estas últimas palabras del Kardinuta, la respuesta del príncipe fue breve y clara: con gran rapidez formó una bola lumínica que hizo impactar contra el vientre del guerrero oscuro. La potencia con la que fue dado el golpe arrastró a este hasta el callejón trasero y lo dejo empotrado contra un muro, con un gran agujero bajo el torso. Caín avanzó lentamente hacia el bravo caballero que ahora se retorcía de dolor en el suelo. Cuando llegó a su altura, lo agarró con la mano izquierda por el cuello, volviéndolo a empotrar contra el muro. —No permitiré que le pongas una sola mano encima a mi hermano —aseguró, mientras clavaba la espada de radiación dorada en su corazón. ***

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La reacción de Abraham fue inmediata, lanzando rayos de oscuridad hacia su contrincante, quien se los devolvió demostrando un gran manejo con su espada. El chico logró esquivar a duras penas sus propios ataques, consciente de que aquello que le daba una ventaja, el poder dominar los dos tipos de Atzmunts, también le hacía débil a ambas. Su contrincante se lanzó a la velocidad de la luz sobre él, haciendo descender su espada en vertical contra el muchacho, que pudo detener con sus propias manos todos los golpes. Tras que terminara la acometida, ambos combatientes tomaron distancias. En ese momento, las manos del pelirrojo rezumaron sangre, descubriéndose cortes en varios lugares, causándole un gran dolor. —Por muy desarrolladas que tengas tus habilidades, no posees el entrenamiento necesario para dominarlas —le informó su contrincante—. Alem es bueno, créeme. Pero no puede conseguir en un par de días contigo lo que logró en 10 años conmigo. —Así que también fuiste adiestrado por Alem —se interesó el híbrido. —Efectivamente. Una de las ventajas de conocer a tu madre era el poder recibir entrenamiento por parte del Supremo Sanador Butzina. —¿A mi madre? —preguntó extrañado el muchacho. —Si, a Eva, mi querida hermana —respondió, causando la sorpresa en el pelirrojo—. Yo era muy joven cuando ella ascendió al poder, pero fui obligado junto a mis hermanos a protegerla y dar mi vida por ella… y resulta que nos traicionó a todos. —¡Mi madre no traicionó a nadie! —saltó Abraham indignado—. Solo quería la paz, ¿qué tiene eso de malo? —La paz… nada más que una mera utopía, un sueño que sólo nos llevará a la extinción. Por eso ya no consideramos a Eva parte de la familia. El pelirrojo muchacho no aguantó más al oír aquellos insultos a la memoria de su progenitora y salto colerizado dispuesto a agredir al guerrero Butzina. Mas este supo leer bien sus movimientos, llegando a inmovilizarlo fácil y rápidamente para después propinarle un brutal rodillazo en el estómago que hizo a Abraham escupir sangre por la boca y caer dolorido al suelo.

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—Cuán irónica es la vida —suspiró el guerrero—. Yo, quien prometí cuidar y proteger a Eva hasta el último de mis alientos, me veo obligado por causas del destino a matar a su hijo —comentó mientras sujetaba la espada, dispuesto a acabar con su objetivo. —Si crees que es tan sencillo, vas listo —susurró el príncipe híbrido mientras se levantaba del suelo a duras penas—. Mi madre no os traicionó, pero tú… ¡Tú has traicionado a mi madre! Tras pronunciar estas palabras, el híbrido sintió correr la ira por su cuerpo. El guerrero Butzina pudo observarlo, una aura visible de Atzmunt oscura empezaba a recubrir su cuerpo y un brillo rojizo se captaba en sus ojos. Un cierto temor le recorrió ante la posibilidad de que el chico liberara a la bestia, mas no dio un paso atrás, era su deber acabar con ella. El pelirrojo se abalanzó hacia él, el guerrero respondió lanzando su espada, con gráciles y efectivos movimientos, provocando varios cortes en la anatomía de su adversario, incluidas sus Knafáims. Pero el muchacho, más bestia que muchacho por momentos, no cesaba en su frenético ataque, que a duras penas conseguía esquivar y parar el Butzina. La transformación avanzaba a ritmo tan vertiginoso que sus manos ya se convirtieran en firmes garras que, de un vertiginoso movimiento, arrancaron el ojo izquierdo del ser de luz, que a pesar del dolor, continúo defendiéndose, hasta tropezar y caer de costado, a merced de su enemigo. Mas, cuando todo parecía perdido para el valiente guerrero, la bestia profirió un agudo grito de dolor, cayendo hacia él, desplomándose sobre el suelo. La oscuridad comenzó a regresar al lugar del que emanó con anterioridad, devolviéndole su forma antropomórfica al híbrido. El guerrero de la luz dirigió una mirada hacia el alrededor, buscando a quien había inutilizado a la bestia. Sus ojos pronto se toparon con unas viejas y desgastadas pupilas. —¿Maestro? —preguntó dubitativo—. No, algo no marcha bien… —¡Rafael! —gritó el anciano—. Ni se te ocurra tocar al muchacho, o lo pagarás caro — aseguró mientras desenvainaba su espada. *** Allí dejó el cuerpo inerte del Kardinuta, observándolo con desprecio. Con el buen hacer de un

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asesino que no deja ni el más mínimo rastro de haber cometido su crimen, arranco cuidadosamente las Knafáims del guerrero, y se sentó a observar aquel espectáculo: la vuelta al estado primitivo de los seres de energía. Del universo venían, al universo volvían. “Que ironía”. Reflexionaba el príncipe al observar aquello. Probablemente algún día también le tocaría a él volver a convertirse en energía, pero por el momento debía cumplir con su objetivo. Una vez el cuerpo de su víctima despareció totalmente, desintegró las Knafáims y se levantó, miró a ambos lados intentando adivinar en qué dirección se fugara la presa, para finalmente intuir que seguramente su compañero ya estaría dando cuenta de ella, y a su encuentro se dirigió. Siguiendo el rastro del aura de luz, se topó con una curiosa imagen: el príncipe híbrido, Abraham, yacía inconsciente a pies de su tío y compañero en esta peligrosa misión, Rafael. Mas este parecía absorto en otras cuestiones, con la mirada dirigida hacia el otro lado del callejón. Buscando la fuente del interés de su compañero, Caín también encontró al desgastado aunque poderoso anciano. “¿Alem?”. Se preguntó. Casi sin mediar palabras, este se lanzó a combatir contra el Supremo Caballero Butzina. Caín no intervino, no fue capaz, el comportamiento que desarrolló el anciano en la batalla no coincidía con el que se le conocía, y sus técnicas eran impropias. Así pues, no sabiendo a que se enfrentaba y paralizado por el desconocimiento, comprobó absorto el combate hasta que Rafael, totalmente ciego y con graves heridas por todo el cuerpo, se vio obligado a abandonar la misión. Abraham abrió los ojos, sintiéndose muy débil, medio muerto, de hecho, se llegó a preguntar si lo estaba. Poco le importaba, ya no tenía nada que lo agarrara a la vida, o eso pensaba, por esa cuestión el estar muerto o no era algo que en ese momento le resultaba indiferente. Pero no estaba muerto, respiraba, a duras penas, pero respiraba; su corazón latía, también con esfuerzo, pero latía; y sus Knafáims aunque severamente dañadas las cuatro, aún seguían adheridas a su cuerpo. Si, aún estaba vivo. ¿Qué había pasado? Otra vez sólo recordaba oscuridad, sintió miedo de haber sido controlado por la bestia de su interior nuevamente, de repetir eventos trágicos que lo traumatizaran

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anteriormente. Abrió los ojos a duras penas, aun costándole ajustarlos al entorno, pudo percibir y distinguir el anciano rostro que le sonreía. —Tranquilo pequeño, ya estoy aquí. —Alem… —susurró el chico—. ¿Qué ha pasado abuelo? ¿He vuelto a matar a alguien? — preguntó preocupado. —No —dijo el anciano para tranquilidad del muchacho—, pero casi. El chico le dirigió una mirada asustada. —Sabes Abraham —comentó mientras se levantaba—, en cierto modo yo te creé, yo di vida a lo que eres ahora, tú eres quién eres por lo que posees. Tus habilidades están incrementadas gracias a la Atzmunt que emana del ser de tu interior. Pero a la vez… —hizo una pausa—, cometí un error al crearte, pues no eres quien de dominar lo que posees, y cuando se desboca te vuelves agresivo, conflictivo, destructor, te conviertes en la bestia en sí misma. >>Yo quería crear el contenedor perfecto, que sellara al Rashá para siempre, que no le permitiera realizar la más mínima acción… Quizás me equivoqué —el pelirrojo mostró una sorpresiva expresión—. Quizás esta no fue la mejor opción. Así pues, la única forma de enmendar mi error es esta —sentenció mientras elevaba una espada de luz para hacerla caer contra el pecho del pelirrojo, quien reflejaba en su rostro el desconcierto que le producía la situación actual. Cuando el arma estaba a punto de atravesarle el pecho, una potente luz hirió la mano del anciano, causando que soltase el arma y esta chocara contra el suelo, resonando al chocar el metal contra el cemento. Sin saber muy bien qué sucediera, como si sólo fuera un sueño, el híbrido volvió a perder la consciencia. Despertó de nuevo tiempo más tarde, desorientado, dudoso otra vez de la realidad en la que se encontraba, si estaba vivo, muerto, soñando o despierto. Pero esta vez había algo diferente, se encontraba mucho mejor que antes: en el anterior despertar notara el peso del cansancio y la debilidad sobre su cuerpo, ahora se sentía vigoroso y recuperado, capaz de moverse sin problema. Así se levantó y pudo comprobar para su sorpresa que todas las heridas que sintiera

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anteriormente habían sido curadas, así como que sus Knafáims lucían esplendorosas de nuevo. No había nadie más a su alrededor, se encontraba totalmente sólo. Los recuerdos le volvieron repentinamente; todas las traiciones que sucedieran en el día. ¿Cómo debía sentirse él ahora que todo el apoyo que tenía se había vuelto en su contra, ahora que aquello por lo que luchaba carecía de sentido? Al final aquellos Kardinutas tenían razón, ¿debería entonces entregarse a su causa? Nunca, la idea de provocar el holocausto que le ofrecían le aterrorizaba. Quizás debería poner fin a su vida, ya no tenía razón de ser el seguir viviendo, pero no arreglaría nada, la guerra se seguiría sucediendo, quizás incluso su muerte supusiera un desnivel en esta. “¿Qué debo hacer ahora?” se preguntaba el chico, mas era incapaz de responderse. De su cabeza no podía quitarse los hechos ocurridos durante la jornada: aquel amigo al que jurara proteger se había convertido en su enemigo, llegando a intentar matarle; Alem resultara ser un vil traidor a la promesa que hiciera a sus padres, aunque esto último aún le resultara muy inverosímil. Pero así quedara demostrado cuando el anciano intentó matarle aprovechando su debilidad en aquel momento. “¿Qué debo hacer? Más bien… ¿Qué puedo hacer?” Se preguntaba el pelirrojo. Finalmente llegó a la conclusión que le resultó más satisfactoria en aquel momento: “Quizás lo único que he hecho toda mi vida: huir, huir de todo hasta que me encuentre en paz y pueda pensar con claridad. Quizás eso sea lo mejor por el momento”. Y con la mirada en el horizonte, replegó y guardo sus Knafáims y comenzó a andar, en dirección a la salida de la ciudad, dejándose llevar, huyendo, como hacía siempre, de los problemas que lo atormentaban. *** Entró, a duras penas, malherido por la batalla y agotado debido a la energía gastada en el viaje. Se arrodilló, aunque su cuerpo le pidiera desplomarse, y se dirigió a su superior: —Hermano… —Para ti Señor Supremo —le cortó tajantemente Miguel provocando el desconcierto en su

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hermano menor. —Traigo nuevas noticias de la situación, pero antes he de pedirte que me ofrezcas un poco de ayuda —continúo Rafael haciendo caso omiso al tono de su hermano. —¿Eliminaste al monstruo? —preguntó el Señor Supremo sin escucharle. —No… pero fue porque… —¡Nada de excusas Rafael! Sé de muy buena mano que eres un traidor a la causa. —No sé de qué me hablas hermano. —Ya no soy tu hermano, ni siquiera soy tu Señor Supremo, quedas desterrado de por vida. Fuera de mi vista —sentenció de esta cruel manera Miguel. Rafael no se creyó lo que su hermano le decía, no entendía el por qué de la situación. Intento saberlo, mas acabó con la paciencia del Señor Supremo, quien tuvo que recurrir a su guardia personal para echarlo de allí. Una vez fue expulsado, una rubia y esbelta figura femenina hizo acto de presencia en la estancia. —¿Puedo fiarme de ti, no? —preguntó Miguel. —Sabes que sí, viste las imágenes que mis ojos captaron: Rafael es un traidor, aun cuando ha estado a punto de morir por culpa de la bestia, ha salvado al monstruo. Yo le arranqué de los brazos de la muerte, y cuando iba a rematar al Rashá, él y Caín me lo impidieron y me forzaron a retirarme. Por cierto, ¿no vas a hacer lo mismo con tu hijo? —Caín es la semilla de luz que he dejado en este universo, aun cuando me hayas dado pruebas, me resulta muy complicado asimilar su traición. Rafael siempre tuvo un gran apego por Eva… pero Caín me idolatra, no puedo aceptar esas acusaciones que viertes sobre él tan fácilmente. La Butzina hizo un gesto de reproche. —¿Qué hay sobre lo que hablamos? —le recordó al Señor Supremo. —El puesto está vacante, además, has sobrevivido a una emboscada Kardinuta y has demostrado ser capaz de enfrentarte al mismo Rashá. Supongo que eres la más idónea para ello. Así pues, yo te nombro Suprema Caballera Butzina, Pahalia, que la luz te acompañé en tu travesía y nos

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guíe hacia la victoria. —Así sea —asintió con una aviesa sonrisa. *** Dos vueltas, como siempre, dio a la llave para conseguir que la cerradura cediese, permitiéndole entrar a aquel pequeño piso, que buenamente satisfacía sus pocas necesidades. Cansado, agotado, derrotado por la dura jornada, se postró sobre el sofá del salón, con la cabeza aún inmersa en los sucesos ocurridos en las horas anteriores. Si, lo sabía… bueno, quizás no totalmente, pero si que tenía ciertas dudas que pudo confirmar al hallarlo ante sus ojos: aquel humano con el que compartiera tan buenos momentos de diversión y jolgorio resultara ser el objetivo a abatir, el enemigo al que debía enfrentarse, aquello a lo que debía eliminar, pues la finalidad de todo su entrenamiento no era otra. “Has pasado demasiado tiempo entre los humanos” le dijera su padre. Quizás tenía razón, quizás él se había olvidado de sus deberes como miembro de la realeza, quizás el engaño de aquella sencilla vida le había apartado de sus verdaderos objetivos. —Le perdonaste la vida —sonó a sus espaldas una débil voz—. ¿Por qué lo hiciste? El príncipe se mantuvo en silencio. —No sólo eso, sino que le salvaste de la muerte y le curaste de sus heridas, por eso estás ahora tan cansado, has sacrificado parte de tu energía por salvarle —siguió acusándole la voz—. Y mi pregunta es: ¿Por qué? —No lo sé —fue lo máximo que pudo responder el ser de luz. —Claro que lo sabes. La razón es muy sencilla: has empatizado con el monstruo, no eres capaz de verlo como un monstruo, sino como un humano, aquel humano al que llamas amigo. Y pensar que nuestro Señor Supremo Miguel confío en ti —silencio—. No puedo creer que aun sabiendo todo el riesgo de que esas emociones te afectasen te encomendara tal misión. Estaba clarísimo que la fallarías. Lo vi todo, fue un espectáculo patético. —Haberlo hecho tú —le recriminó Caín.

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—Sabes que no tengo su permiso. Por alguna extraña razón el te estima demasiado. Siempre lo ha hecho —un cierto rencor se percibía en sus palabras. —Sabes que eso no es cierto —respondió fugaz el príncipe. —Por supuesto que lo es —remarcó su interlocutor—. Pero ahora has fallado en tu misión. Dime, ¿debería informarle de todo esto y que te consideren como un traidor, o callármelo para que guardes tu posición actual? —Haz lo que quieras Abel —respondió el heredero Butzina mientras se levantaba claramente molesto en dirección a sus aposentos. —No hay quien te entienda Caín —susurró en la lejanía su interlocutor—. Has cambiado, tú antes no eras así hermano.

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"El ocaso del alba": Capítulo 6  

Capítulo 6 - Sin razón de ser

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