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CAPÍTULO 5

¿Por quién doblan las campanas? Talán, Talán, Talán. Doblaban las campanas. Talán, Talán, Talán. La lluvia caía sobre todos los asistentes al entierro. Desde los familiares y amigos de los fallecidos, que rompían en llanto, que mezclaban sus lágrimas con las gotas de lluvia, hasta las más altas autoridades de la ciudad, que daban su pésame y prometían atrapar al criminal de tan horrible asesinato. De entre toda la multitud allí reunida, el único que sabía toda la verdad sobre los sucesos que condujeran a la muerte de aquellos tres chicos, era aquel joven pelirrojo oculto bajo un par de paraguas junto a otra chica de su misma tonalidad de cabello y a otro rubio muchacho. Los tres se reunieran unas horas antes en la esquina de siempre, en frente a la estación de autobuses. Allí cogieron uno hacia el cementerio en el que ahora se encontraban, cuyo emplazamiento se situaba a las afueras de la ciudad. Llegaran al entierro justo a tiempo, pudiendo escuchar la misa completa en honor a los tres fallecidos. No es que Abraham fuera muy católico, de hecho siempre le aburrieran los sermones eclesiásticos, mas sabía que era lo mínimo que debía hacer. Así pues, allí estaban los tres, amparados bajo los paraguas, resguardándose del imparable aguacero que las nubes vertían sobre ellos. Doblaban las campanas mientras confinaban los tres ataúdes de mármol bajo tierra y el cura erigía su último rezo al cielo. El llanto de los padres de los fallecidos resonaba por toda la zona. Para el híbrido cada lágrima era como una punzada en el corazón. Cuando llegó el momento de dar el pésame, no fue quien de mirarles a los ojos, avanzó

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rápidamente delante de cada uno de los familiares, susurrándoles las palabras de empatía características de tal ritual, con la cabeza agachada, sintiéndose culpable de un crimen del que en cierto modo era culpable. Los presentes al funeral empezaron a abandonar el lugar, las inclemencias meteorológicas del día les animaban a irse antes de lo habitual. Carlos y Sandra intentaron convencer a Abraham de que ya no pintaban nada allí, pero el muchacho pelirrojo sabía que aún tenía algo que hacer. No queriendo obligarles a quedarse, les animó a que se fueran cuanto antes para no perder el autobús, asegurándoles que él cogería el siguiente. Se separó de ellos, avanzando hacía las sepulturas, colocándose la capucha de su sudadera violeta, la misma que llevara el día del asesinato, ahora ya completamente limpia de cualquier rastro incriminatorio. Una voz reclamó su atención a sus espaldas. Cuando se giró, tuvo que agarrar rápidamente el paraguas que le lanzaron. —Por lo menos quédatelo. No nos haría ninguna gracia que volvieras a enfermarte —le aconsejó dulcemente la pelirroja—. Ya me lo devolverás otro día. —Gracias —se limitó a responder Abraham. —¿Seguro que no quieres volver ya? —preguntó Carlos. —No. Ahí una última cosa que debo hacer. Por favor, id yendo sin mí. Observó la mano alzada de sus amigos despidiéndose de él hasta que abandonaron el recinto. Después, volvió su vista nuevamente a las sepulturas, y hacia ellas se dirigió. Se agacho para poder leer los mensajes inscritos. <<Aquí yacen los restos de Roberto, joven vecino de nuestra ciudad que falleció trágicamente el 8 de Abril de 2011 a los 16 años de edad. Sus padres, hermanos, familiares y amigos ruegan una oración por su alma>>. Las otras dos rezaban mensajes parecidos, sólo cambiando el nombre por los de Borja y Rubén. Abraham se colocó enfrente a la que se encontraba en el medio y se arrodilló ante ellas. —Es cierto, nunca nos llevamos bien. Bueno, quizás eso fuera más culpa vuestra que mía,

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pues siempre decidisteis tomarla conmigo y hacerme la vida imposible. Siempre me hubiera gustado preguntaros el por qué… Me temo que ya no podré. Pero ese es un tema que no viene a cuento, eso ya no importa, porque la cuestión es que estáis muertos y en parte es por mi culpa. >>Veréis, aquello que seguramente visteis antes de morir y que debió aterraros profundamente es el Rashá. Es una bestia de oscuridad que fue confinada en mi interior hace 15 años, una maldición que he de portar. Debido a mi incapacidad para controlarla, aquel día fue liberada y causó vuestras muertes. No puedo hacer más que pediros perdón por ello. Lo siento. >>He decidido que si he de vivir con esto en mi interior, por lo menos haré todo lo que esté en mis manos para evitar que algo como lo vuestro se repita. Aprenderé a controlar mis poderes, me haré más fuerte y dominaré al Rashá. Seguiré con mi vida como hasta ahora, como si nada hubiera pasado, y si los seres de la luz y los seres de la oscuridad tratan de alterarla se tendrán que enfrentar a mí. Siento tanto que hayáis tenido que sufrir este destino como víctimas inocentes de una guerra ajena a vosotros. Me pregunto… ¿Yo podría hacer algo para terminar también con eso? Se levantó y dirigió una última mirada en señal de perdón hacia las tres tumbas. Antes de que si quiera se diera la vuelta con intención de abandonar el recinto, una extraña presencia se situó a su lado. —Eres Abraham, ¿me equivoco? Era un hombre alto, de más de un metro noventa seguramente. Vestía una larga gabardina marrón que lo debía proteger bastante bien del frío. Como resguardo ante la lluvia sólo contaba con un sombrero del mismo color. Bajo él, se distinguían algunos mechones de pelo, unas cuantas arrugas y un grueso bigote negro, estos últimos detalles dejaban entrever su madura edad. El muchacho lo observó extrañado, un tipo así hubiera llamado su atención sin ninguna duda, mas no recordaba haberlo visto durante el entierro. —Si, lo soy. —Mi nombre es Ricardo. Soy el inspector jefe de la policía local —comentaba el hombre mientras enseñaba su placa identificativa que lo acreditaba como quien decía ser.

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—¿Hay algún problema, agente? —preguntó Abraham confuso. —Acompáñame al exterior del recinto y te comentaré los detalles. El híbrido, aún sorprendido, hizo caso al servidor de la ley y le siguió hacia la salida del cementerio, hacia una zona en la cual nadie podría verlos. Allí estaban esperando dos policías uniformados que nada mas ver al chico lo inmovilizaron, colocándole las esposas reglamentarias. —¿Qué significa todo esto? —preguntó asustado al verse en semejante situación. —Abraham, estás detenido. Se te acusa de haber cometido el asesinato de los tres jóvenes a los cuales se les ha dado entierro hoy. ¿Supongo que ya sabrás que tienes derecho a un abogado y todas esas cosas? —¿No estará hablando en serio? —antes de que le pudieran responder fue violentamente arrastrado hacia el coche patrulla. Su cara palideció de repente. “¿Cómo saben que fui yo? ¿Qué pruebas tienen? ¿Cómo he acabado metido en este lío?”. Se preguntaba, nervioso y atemorizado ante lo que le estaba sucediendo. —Mira chico, es muy sencillo, te vamos a llevar a comisaría y te vamos a hacer unas cuantas preguntas. Sé sincero, pórtate bien y todo saldrá como debe —le consolaba el inspector. El camino hacia la comisaría, situada en el centro de la ciudad, se hizo largo y agotador para el pelirrojo muchacho, que iba sumido en un profundo pánico. “Puedo salir de esta, puedo usar mis poderes de híbrido para escapar. Pero… ¿y si no logro controlarme y les mató? ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer? Soy muy joven como para pasar el resto de mi vida entre el correccional y la cárcel. ¡Tranquilízate, coño!” Finalmente llegaron a su destino. El chico rezaba para que ningún conocido lo viera entrando a la comisaría. Por suerte, en los alrededores de esta no había nadie. Recordaba Abraham en esos momentos a los asesinos que aparecían por televisión entrando a los juicios, siendo abucheados por toda la gente de la zona. Se preguntaba si él se vería en la misma situación, odiado por los que antes lo querían.

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Nuevamente, las formas para llevarlo desde el coche al interior del cuartel no fueron muy corteses. Con rápida brusquedad, el pelirrojo muchacho fue llevado hacia la sala de interrogatorios, situada al fondo de la comisaría. Era una pequeña estancia escasamente iluminada por una lámpara de reducido tamaño que colgaba del techo, y que apenas permitía ver el pobre inmobiliario de la estancia, compuesto por una mesa y una silla. Allí lo obligaron a sentarse. Los dos policías salieron al exterior de la sala, supuestamente para vigilar el que nadie entrara, cerrando la puerta con brusquedad. Abraham se quedó a solas con el inspector, quien golpeó con fuerza la mesa y le dirigió una furtiva mirada. —Abraham… cuéntame, ¿de qué conocías a las víctimas? —Eran compañeros en el instituto. —¿Sólo compañeros de instituto? —el muchacho permaneció callado— No lo creo, tenemos informaciones que apuntan a que no tenías muy buena relación con ellos… ¿me equivoco? —No, es cierto. Ellos siempre abusaban de mi y se metían conmigo cuando tenían la oportunidad. —Por lo que se podría decir que te hacían la vida imposible. —Efectivamente. —Suficiente razón como para desearle la muerte de alguien —dijo con tono acusativo. —Puede —respondió en un tono de indiferencia el pelirrojo. El inspector Ricardo se encontraba en parte desconcertado; desde que habían entrado a la sala de interrogatorios, la actitud del muchacho había cambiado drásticamente: aquella débil, temblorosa y atemorizada criatura que palidecía al verse sospechosa de asesinato se había convertido en la más dura de las rocas. El chico no vacilaba al contestar, parecía como si todo ese miedo se hubiese convertido en valor. Esto incómodo en sobremanera al agente. —¿Dónde te encontrabas el día del crimen en el momento en que este se produjo? — continuó con el interrogatorio. —Enfermo, en casa. Mis amigos y mi abuelo pueden corroborarlo —Añadió ante la mirada

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desconfiada de su interlocutor. —¿En serio? Tenemos testigos que afirman haberte visto corriendo por la ciudad, en dirección a tu casa… con la ropa llena de sangre. El inspector sonrió levemente al observar un pequeño desajuste en el serio rostro del chico, mas en seguida recupero su firme mueca. —¿Faltan muchas preguntas más, señor agente? —quiso saber. —Unas cuántas, ¿por qué? ¿Ya te declaras culpable? —¿Declararme culpable? ¿Yo? —Abraham dejó escapar una sarcástica sonrisa. El inspector Ricardo seguía sin comprender el brusco cambio de comportamiento del muchacho—. Dígame, inspector, ¿a caso es esto realmente para lo que me quiere? ¿Por qué pierde el tiempo de esta forma? ¿Por qué no deja toda esta pantomima ya de una vez? Ricardo se quedó observándolo pensativo durante unos segundos, después le preguntó: —¿Por qué piensas eso? —Porque aquí huele a oscuridad —Abraham desplegó sus Knafáims y con una fuerza inusitada rompió las esposas que lo aprisionaban. Se levantó de su asiento, dedicándole una desafiante mirada al inspector—. Si, es cierto que el inspector Jefe de la policía local se llama Ricardo, pero es un hombre mucho más amable que usted, de estatura media y con una característica que no puede imitar: él es calvo —comentó mientras le quitaba el sombrero al inspector, dejando descubierta su negra cabellera. Este respondió sorprendido e indignado al mismo tiempo—. >>Si, como ve, en una pequeña ciudad como esta las figuras más importantes son conocidas por todos. Además, si la policía hubiera tenido algún sospechoso ya se hubiera filtrado a los medios. Un crimen de estas características, del que se ha hecho eco toda la nación, teniendo en cuenta lo reciente del asunto, es seguido con lupa. >> Eso, por supuesto, por no mencionar lo casual de elegir un día tan poco luminoso para actuar y los oscuros emplazamientos por los que se mueven usted y sus hombres. ¡Ah! Y ya la pista

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definitiva es que tengo una especial sensibilidad ante los seres de la luz y de la oscuridad que se acercan a mí. Desde el principio tuve una extraña sensación… lo dicho, aquí huele a oscuridad señor inspector. Tras unos instantes de silencio absoluto, el inspector comenzó a aplaudir lentamente, aumentando el ritmo paulatinamente, mientras no paraba de reír. —¡Ja, ja, ja, ja! ¡Bravo, bravo, bravo! ¡Fantástico! Todos nuestros reportes e informaciones eran correctos. Efectivamente, tal y como sospechábamos, tú eres Abraham, el príncipe híbrido, el hijo de Adán y Eva, la aberración, el portador del monstruo de oscuridad, aquel a quien se le ha otorgado el Rashá —Abraham se mostró incómodo al recibir aquellos “halagos”. El inspector Ricardo le dirigió una siniestra mueca—. >>Efectivamente, nos has pillado. Hemos montado todo este tinglado con el único fin de corroborar nuestras sospechas, sólo para comprobar que en efecto tú eras la aberración. Visto lo visto, creo que nos ha salido el plan a pedir de boca. —¿Qué habéis hecho con el inspector Ricardo? —Está muerto —el rostro del muchacho palideció momentáneamente—. ¿A qué viene esa cara? No era más que un humano, ¿en serio le das importancia a la vida de un ser tan inferior? Humanos, lo cierto es que me dan bastante asco. Se creen los reyes de la creación, los señores del universo, y no son más que hormigas que viven orgullosos y absortos en su propia mentira. Los aplastaría a todos si pudiera. A la mente de Abraham vinieron las imágenes de sus amigos humanos. Enfurecido por las palabras del falso inspector, comenzó a acumular Atzmunt lumínica en la palma de su mano. Nada más percibir sus intenciones, el falso amigo de la ley chasqueó los dedos. Antes de que el pelirrojo pudiese atacarle, la energía que había estado concentrando desapareció. Se observó preso, siendo sus alas atrapadas por dos seres de alas negras que vestían uniforme policial. En seguida los identifico como los dos policías que con tan poca delicadeza lo trataran durante el trayecto hacia la comisaría.

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—Lo siento, pero no tenemos la más mínima intención de luchar, se nos ha ordenado que no se te dañe. Así que pórtate bien y ambas partes saldremos ganando. —No creo que ningún tipo de trato con vosotros me sea beneficioso —respondió indignado —. Contestadme, ¿quiénes sois y qué queréis de mí? —¡Oh! Cierto, ¿dónde están nuestros modales, muchachos? Bueno, obviamente, como sabrás, somos Kardinutas, hijos de la oscuridad, pero no creo que eso satisfaga tu cuestión. Mi nombre es Kasbeel, guerrero de la élite Kardinuta durante más de treinta años —alardeó mientras desplegaba sus Knafáims oscuras—. Y estos dos aguerridos caballeros que me acompañan son mis vástagos: Olivier y Nefilím. Por el momento apenas son unos jóvenes soldados novatos, pero algún día se convertirán en parte de la guardia real, tenlo por seguro. >>Y en cuanto a qué queremos, habría que especificar primero qué es lo que se nos ha ordenado y qué es lo que vamos a hacer. Su Suprema Señora Kardinuta Lilith nos ha ordenado a todos los seres oscuros el dar con el portador del Rashá y entregárselo cuanto antes con el fin de usarlo para aniquilar a los Butzinas y poner fin a la guerra que ambas especies libran desde tiempos inmemoriables. Lo que vamos a hacer es capturarte, bueno, de hecho, ya lo hemos hecho, y valernos de tu ayuda para derrocar a esa vieja furcia y al Adonis que tiene por Caballero Supremo. —Un ser de oscuridad no puede dañar a otro ser de oscuridad —apuntó el chico. —¡Eureka muchacho! En verdad eres inteligente, pero como bien he dicho, vamos a valernos de tu ayuda, no sólo como el monstruo que guardas en tu interior, sino como la aberración que eres. He observado que tus poderes de híbrido sobrepasan por mucho a los de cualquier Kardinuta o Butzina, pues están mucho más afinados, de hecho, eres capaz de percibir la presencia de un ser de oscuridad como yo aún cuando su aura está en su mínima manifestación, es decir, con las Knafáims plegadas y guardadas. >>Nos valdremos de ese tipo de habilidades para consumar la primera parte de nuestro plan. Después, una vez mis hijos y yo controlemos todo el reino Kardinuta, usaremos al Rashá para exterminar a todos los Butzinas, empezando por ese bravucón de Miguel. De ese modo me erigiré

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como Señor Supremo del Universo —afirmó con un brillo en su mirada. —¡Menuda locura! —respondió el muchacho al escuchar el plan, provocando una airada mirada por parte de Kasbeel—. Y… ¿por qué crees que iba yo a ayudarte? —Bueno, he aprendido durante mi vida que todo ser: humano, Kardinuta, Butzina o de cualquier otra especie, guarda en su interior algún deseo de poder y gloria. No creo que tú seas menos. —Me temo que aún te queda demasiado por aprender —le reprochó. —En ese caso… ¿qué me dices sobre no extinguir a la raza humana? —respondió con una siniestra sonrisa el guerrero oscuro—. Antes te has ofendido cuando he hablado de ellos como si de insectos se trataran, por lo que entiendo que en cierto modo los valoras. No es de extrañar si, como he podido saber, has vivido como un humano durante todo este tiempo. Seguro que has entablado interesantes relaciones con humanos, hasta el punto de cogerles cierto afecto. ¿No usaste antes la palabra amigos? Abraham pensó en Sandra y Carlos, y no pudo evitar que la sangre le hirviese ante la posibilidad de que aquel tipo les pusiera la mano encima. Intentó zafarse de sus opresores, mas estos le tenían bien agarrado, y tuvo que contener la ira ante el miedo de despertar al monstruo. —Este es el trato —le propuso el Kardinuta—, tú nos ayudas a dominar el universo, y yo les perdono la vida a tus seres queridos y a todos los humanos que habitan este planeta. Mas si te niegas, nos dedicaremos a exterminar a todo aquel humano que se mueva sobre él, empezando por los pobladores de esta ciudad. A cada palabra que pronunciaba, la ira incrementaba en el híbrido. —¡Cállate! —gritó—. ¡No permitiré que les pongas una mano encima! —Pues en ese caso ya sabes que es lo que tienes que hacer —apuntó sonriente el oscuro ser. —Me niego —respondió el pelirrojo—. Es cierto que estimo en sobremanera a los habitantes de este planeta, pero tampoco tengo nada en contra de los Butzinas o los Kardinutas, sólo en contra de aquellos que interfieren en mi vida, y créeme que vosotros estáis metiendo las narices

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hasta el fondo. —¡¿Qué no tienes nada en contra de los Butzinas?! —reaccionó gritando Nefilím, quien sujetaba las Knafáims izquierdas del muchacho. —Dinos pues, ¿quién te convirtió en lo que eres? —añadió su gemelo Olivier, que sujetaba las Knafáims del lado contrario. —No sé de qué me habláis —se limitó a responder Abraham, aún airado. —No te hagas el sueco, mi querida aberración —intervino Kasbeel—. ¿De verdad te agrada el tener semejante poder en tu interior? A la mayoría de seres les parecería una bendición, lo usarían para egoístas propósitos y terminarían siendo consumidos por él. Pero tú has afirmado no poseer ese tipo de deseos, no puedo evitar pensar que vives aterrado ante lo que habita dentro de ti, aún más tras la muerte de esos chicos. ¡Oh! ¿He dado en el clavo? —comentó al observar la reacción del chico, en el cual se había extinguido la furia que le acompañaba hace tan solo unos instantes. —Hemos podido saber que has estado viviendo como un humano durante todo este tiempo, ignorante de todo lo que te rodeaba —continuó Olivier con el juego psicológico—. Tras saberlo, ¿acaso no guardas ningún odio hacia Alem? —¿Odio contra Alem? —repitió el pelirrojo. —Aquel al que llamas abuelo —tomó el relevo Nefilím—. Alem fue quien introdujo al Rashá en tu interior, el culpable de que tengas que soportar semejante carga. ¿Cómo no puedes odiar al causante de tu desdicha? —No puedo odiarle, no fue su culpa… Él ha cuidado de mi todo este tiempo… —explicó Abraham. —Ha cuidado de ti mientras has vivido como un humano —puntualizó Kasbeel—. No olvides que es un Butzina, no olvides que lo que posees es su enemigo. Quizás creyó que podría contenerlo dentro de ti… pero ahora que ha despertado, lo lógico para él sería enmendar su error… En el momento en que te descuides, te matará. —¡Él no hará eso! —respondió furioso el híbrido— ¡Hizo una promesa a mis padres!

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—Tus padres están muertos —repuso fríamente el guerrero Kardinuta—. Una promesa a los muertos es una promesa vacía. Además, Eva y Adán son hoy por hoy considerados traidores a sus razas. Alem también es considerado un traidor por ayudarles… pero quizás su raza le perdone si borra de la faz del universo el peligro que les amenaza. Lo mires por donde lo mires, la mejor opción es que vengas con nosotros —zanjó el ser oscuro. —No… no es cierto… —trataba de auto-convencerse Abraham, confuso por las palabras de sus captores—. ¡Nada de lo que decís es cierto! —Sentenció el híbrido, furioso, a la vez que desplegaba todas sus fuerzas para deshacerse de los dos gemelos que bloqueaban sus Knafáims y con ello su Atzmunt—. ¡Yo os haré tragar toda esa sarta de mentiras! —les amenazó una vez consiguió liberarse. —No lo entiendes aberración, da igual que no seas quien de aceptarlo. Vendrás con nosotros, por las buenas… o por las malas. ¡Olivier! —El oscuro ser se levantó tras ser lanzado por el muchacho, desenvainando una espada cuyo filo rezumaba oscuridad, y se lanzó hacía el híbrido. En el instante en el que se disponía a herir a Abraham, la pared que se encontraba detrás de este se derrumbó, dejando entrar la claridad del Sol, que ahora se erguía entre la marabunta de nubes. Sin previo aviso, el pecho de Olivier fue atravesado por una impactante, a la vez que rauda luz. —¡Hermano! —gritó desesperadamente Nefilím al observar caer al suelo a su gemelo moribundo. Antes de que pudiera acudir a socorrerlo, otra luz de igual intensidad le deparó el mismo destino. —¡¿Qué demonios?! —Kasbeel intentaba encontrar una explicación a la muerte de sus hijos —. No puede ser que nos hayan encontrado —repentinamente tuvo que cubrirse los ojos para no ser deslumbrado por una potente luminosidad que acababa de acceder a la estancia. La luz rebotó por las paredes de esta para finalmente orientarse hacia el guerrero Kardinuta—. Este poder… ¡Imposible! Sólo puede ser… —antes de que pudiese si quiera terminar de hablar la luz le alcanzó, abatiéndolo.

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Finalmente, se detuvo al otro lado del cuarto, enfrente a Abraham, que había observado el combate de apenas unos segundos totalmente perplejo. La luz se fue definiendo, dejando ver dos blancas y radiantes Knafáims que sobresalían de la espalda de un larguirucho muchacho de dorada cabellera y ojos marinos. En su mano izquierda portaba una fulgurante espada, manchada por la sangre de sus recientes adversarios, con la hoja inclinada cara el suelo. Su brazo izquierdo se erguía apuntando al híbrido. Abraham no era quien de asimilar lo que sus ojos contemplaban… Aquel Butzina que con tan pasmosa facilidad se librara de aquellos Kardinutas de alto rango le resultaba demasiado familiar. Cuando la excesiva luminosidad se disipó finalmente, fue quien de corroborar sus más temerosas sospechas: era Carlos. En la palma izquierda del príncipe comenzó a aglutinarse Atzmunt, dispuesto a eliminar a su objetivo. —Adiós… amigo… —una lágrima se escapó de su lagrimal, resbalándole por la mejilla.

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"El ocaso del alba": Capítulo 5  

Capítulo 5 - ¿Por quién doblan las campanas?

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