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CAPÍTULO 4

Entrenamiento —¿Por qué me salvaste? —Pahaliah se sorprendió al observar a su salvador—. Responde. El ser de alas negras sonrió levemente. —Tú posees algo que necesito —respondió. —¿Algo que poseo? —preguntó curiosa la Butzina. El anciano levantó su mano derecha, y con el dedo índice señaló a las alas negras que portaba en su mano la guerrera. —¿Esto? —reaccionó extrañada—. ¿Para qué? —Dime Butzina —dijo el ser oscuro haciendo caso omiso a su pregunta—, si te prometiera ser quién de terminar con esta guerra milenaria con un resultado favorable para tu raza, instaurando un orden de luz en el universo, bajo el comando del más poderoso de los reyes, ¿te unirías a mi? —¿Tú, un ser de la oscuridad trabajando a favor de los seres de la luz? —replicó Pahaliah irónicamente—. ¡No me hagas reír! Por otra parte… ¿Qué se supone que ganaría yo? —preguntó con ojos avariciosos. —Me gusta tu forma de pensar Butzina —dijo sonriente el anciano—.Que te parecería un alto puesto en la jerarquía del cosmos. Podrías llegar a ser Caballera Suprema del universo. —Eso ya es otra cosa —comentó la Butzina—, pero…

¿De verdad serías quién de

traicionar a tu propia raza? —quiso saber, curiosa. Los marrones ojos del Kardinuta se iluminaron. —¡Oh! Si, claro que soy capaz —contestó con aviesa sonrisa—. De hecho, disfrutaré haciéndolo. *** La luz del sol se colaba entre las rendijas de las persianas, iluminando la habitación del

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muchacho. Abraham se revolvía entre las sábanas, negándose a obedecer al despertador de la naturaleza. Dándose por vencido, se irguió somnoliento. —¡Qué sueño más extraño he tenido esta noche! —comentó mientras se frotaba los ojos. Giró la muñeca para comprobar la hora en su reloj y con estupor observó que llegaba tarde a clase. Sin dar demasiados preámbulos, se levantó con rapidez de la cama y prácticamente se vistió a la vez que bajaba velozmente las escaleras en dirección a la pequeña cocina de la casa. Allí se encontró con su abuelo preparándose su café matinal. La tranquilidad que observó en él le desconcertó. —Abuelo, ¡¿sabes qué hora es?! ¡¿Por qué no me has despertado?! —le recriminó enervado —. ¡Llegaré tarde a clase! Mejor será que no desayune y coja algo en la cafetería. ¡Adiós abuelo! — le informó mientras se disponía a marchar. —¿A dónde crees que vas? —sonó desde el interior de la cocina la voz del anciano. —A clase… —al chico le sorprendió la pregunta—. Acabo de decírtelo… —Pero… —Alem salió de la cocina—, hoy no tienes clase —apuntó sonriente. Abraham le dirigió una mirada de desconcierto. —¿No lo recuerdas? —preguntó el Butzina extrañado—. Ayer murieron tres chicos de tu escuela. El instituto cerró por luto hasta el lunes. Al chico se le desorbitaron los ojos y se le palideció la cara. “¡No puede ser!” Pensó. “Era un sueño, ¿no? Acaso no lo era. Tenía que serlo. ¿Acaso aún estoy soñando? ¡No puede ser!” —¿Te encuentras bien? —preguntó el anciano preocupado—. Ven, te prepararé un energético desayuno —mencionó alegremente—. Lo necesitarás. El chico, aún pálido, se dirigió hacia la pequeña estancia. Mas su mente deambulaba aún por los recuerdos que él había juzgado por falsos y que ahora se presentaban como verdaderos. El almuerzo transcurrió envuelto por un incómodo silencio. Nieto y abuelo, ambos, no dirigieron palabra el uno al otro. No obstante, mientras la cara de Abraham seguía haciéndole parecer un zombie, en la de Alem habitaba una sonrisa imborrable.

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—Acompáñame —le dijo al muchacho tras terminar el desayuno, haciéndole señas. El chico, aún inmerso en su mundo, le acompañó hasta el sótano de la casa, hasta aquel gimnasio en el que el anciano se mantenía a tono mediante la práctica de artes marciales orientales. Una vez los dos se encontraron en el interior de la estancia, Alem se giró, y, poniéndose frente a él, mientras se colocaba en guardia, le dijo: —Bien, Abraham, ¡Es hora de entrenar! El muchacho mostró extrañeza en su rostro. —¿Entrenar? ¡¿Qué?! —respondió confundido. —Te lo dije ayer… —Alem miró al chico y suspiró exasperado—. ¿Aún sigues con la tontería de que esto es un sueño? El chico se mantuvo en silencio. —Bien Abraham —dijo el anciano mientras se quitaba la chaqueta y la camisa de su traje —. ¡Dime si soy un sueño o soy real! —de su espalda emergieron sus viejas alas blancas. —¡No puede ser! —Abraham cayó de rodillas al suelo, llorando—. Es un sueño, si, aún estoy soñando, aún no he despertado, eso es. Alem se mostró airado ante la cobarde reacción de su nieto. —¡Está bien Abraham! —mencionó furioso—. ¡Puedes quedarte ahí lloriqueando esperando a que despiertes y probablemente antes de que eso pase estarás muerto o serás usado cuál marioneta! ¡O puedes levantarte del suelo y enfrentar tu destino! Dime, Abraham, hijo de Adán y Eva, ¿Qué es lo que harás? ¿Qué es lo que quieres? —le preguntó colérico. —Yo… Yo… —balbuceó el híbrido—. Yo sólo quiero no tener que saber nada de seres alados ni de monstruos sellados… Yo sólo quiero seguir viviendo cómo lo he hecho hasta ahora. >>Es cierto… siempre me he estado quejando de mi vida y de lo triste que era. Pero… la verdad es que me gustaba… Me daba igual que mis padres estuvieran muertos, me daba igual que me acosaran en la escuela, me daba igual todo lo malo. Porque te tenía a ti, y tenía a mis amigos, y con eso me bastaba.

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>>Pero ahora llegan esos seres alados y tú dices que tengo en mi interior un poder capaz de destruir el universo, y de repente todos los muros que decoraban la habitación de mi vida se caen a trozos. No sé cómo he de sentirme, pero lo único que quiero es volver todo a como estaba antes —concluyó el chico alicaído. Las palabras del joven conmovieron el corazón del anciano, quién se aproximó hacia él. —Ya nada será como antes Abraham, pero podemos luchar por intentar devolver las cosas a como estaban —le consoló mientras le tendía la mano—. ¿Qué me dices? El muchacho se limpió los ojos con la manga de la camisa. —¿Acaso tengo otra opción? —preguntó alicaído. El anciano le dirigió una mueca de empatía. —Me temo que no —comentó mientras le ayudaba a levantarse. Alem le pidió que se quitara la camiseta, alegando que no era necesario romper más ropa, y que intentara sacar sus cuatro alas, simplemente pensando en ello. De nuevo, aquel extraño dolor recorrió la espalda del muchacho a la vez que los dos pares de alas emergían. Fue sumamente sencillo: sólo tuvo que imaginar que las tenía y hacerlas salir. Se sorprendió de la facilidad con la que se realizaba tal acción. —Eso que tienes en tu espalda son tus Knafáims —explicó el antiguo Supremo Sanador—. Ellas son las encargadas de canalizar toda nuestra Atzmut; nuestro poder. Los Butzinas poseemos dos blancas que canalizan nuestra Atzmut lumínica; los Kardinutas poseen un par negro, que canaliza su Atzmut oscura. Tú, al ser un híbrido, puedes usarlas para canalizar ambas. La aplicación de esta energía con fines bélicos te la explicaré después. —Entonces, ¿qué me enseñarás primero? —quiso saber el chico. —A matar —respondió fríamente Alem. —¡¿Matar!? —reaccionó sobresaltado Abraham—. ¡Yo no quiero matar a nadie! El anciano le dirigió una severa mirada. Mediante rápidos movimientos desenvainó una de las espadas de su colección y atacó a su nieto. Este, aunque asustado, consiguió esquivar cada uno

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de los golpes lanzados por su abuelo fácilmente. Había ganado una agilidad inusitada que le sorprendió. Finalmente el chico acabó cayendo al suelo, y Alem le colocó la espada en el cuello. —¡Escúchame bien Abraham! —le gritó—. A partir de ahora es la ley de la selva: o matas o mueres, y en el mejor de los casos serás capturado y utilizado, lo cuál no es un destino muy agradable. ¿Entiendes? El chico, aún con el miedo en el cuerpo, asintió. El antiguo Supremo Sanador tiro el arma y ayudó al chico a levantarse. —Butzinas y Kardinutas —continuó con su explicación—, tan distintos y tan similares al mismo tiempo. Ambos mueren de dos formas: mediante un ataque directo al corazón, o arrancándoles sus Knafáims. Cualquier otra herida, por muy grave que sea, difícilmente les provocará la muerte debido a que prácticamente todos tienen conocimientos acerca de medicina. >>En otras palabras, saben curar esas heridas —Alem hizo una pausa para comprobar que su pupilo atendía a sus explicaciones—. Sin duda alguna, la más tortuosa de ambas opciones es la de perder nuestras Knafáims. Como te he dicho, estas son las encargadas de canalizar nuestra Atzmut. Nosotros somos seres de energía, a diferencia de los seres humanos, que son seres de materia. >>La razón de nuestra forma física es que parte de nuestra energía se manifiesta en forma de materia, dándonos este aspecto. Pero si le arrancas las alas a alguno de nosotros, nuestra materia volverá a convertirse en energía, desapareceremos, perderemos nuestra esencia, nuestra alma por decirlo de alguna manera. Volveremos a formar parte del universo. Esa vuelta a nuestra forma más primitiva es una insoportable agonía. Abraham agarró asustado sus alas, temiendo tener que sufrir algún día aquel horrible destino. —No temas, no permitiré que tal cosa te pase —le tranquilizó Alem—. Te enseñaré a usar tu Atzmunt mixta. Como has podido observar, has ganado agilidad y velocidad, esa es una de las aplicaciones de tu poder. Los seres de la luz pueden llegar a viajar en ocasiones a la misma velocidad que esta, convertirse en energía lumínica durante un tiempo limitado sin perder su esencia

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propia. >>Lo mismo ocurre con los seres de la oscuridad en lo referente a su medio. Si, a pesar de lo que digan tus libros de física —comentó al ver la cara extrañada del chico—, la oscuridad, al igual que la luz también se propaga, y tiene una velocidad imposible de alcanzar para cualquier ser humano, pero no para un Kardinuta. Has de saber que tú al ser un híbrido eres capaz de moverte a ambas velocidades, la de la luz y la de la oscuridad, bajo sus respectivos medios, pero que no debes abusar de ello, o esta ventaja se volverá en tu contra. Debes siempre usar la velocidad adecuada sin ponerte en riesgo. >>Hablando de ventajas, también convendría nombrar la percepción del aura de ambas especies. El aura sería la energía que libera cada ser de luz u oscuridad por el simple hecho de estar vivo, y que se incrementa según como utilice su Atzmunt. —Hoy, cuando desperté —le interrumpió el híbrido—, noté la presencia de una Butzina y un Kardinuta antes de verles u oírlos, ¿te refieres a eso? —Efectivamente —le confirmó—. Al poseer rasgos de ambas especies, eres capaz de detectar ambas auras. Incluso, si eres quién de mantener ambas Atzmunt en equilibrio, tu aura será neutra y serán incapaces de localizarte. Mas si está en desequilibrio con mayor peso de luz, los seres que habitan en esta te detectarán, lo mismo pasará con respecto a los seres de oscuridad en lo referente a un desequilibrio a favor de su Atzmunt. Los seres de una raza sólo son capaces de detectar las auras de los de su misma especie. Juega con esto cuando tengas que combatirlos. —¿Y también pueden detectar a esa bestia que porto, al Rashá? —El Rashá es una gran concentración de Atzmunt oscura, por lo tanto, si se libera su aura, ellos te localizarán. Por eso, debes aprender a controlar tus poderes de híbrido, de esa manera te será más fácil controlar a la bestia y evitar que te posea. —¿Los seres de luz también pueden detectarlo? —Al ser una bestia de oscuridad no… —el anciano entendió de repente el por qué de la pregunta del chico—. Si te refieres al por qué algún ser de luz te detectó ayer, eso fue culpa mía.

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Durante mi enfrentamiento contra la bestia, tuve que usar parte de mi Atzmunt para reforzar tu sello. Lo más probable es que te localizaran siguiendo el rastro de esta. >> Lo cierto es que, por el simple hecho de estar ahora aquí hablando con nuestras Atzmunts activadas, nos estamos poniendo en peligro, por eso me gustaría gastar la mínima energía necesaria, con el fin de evitar ser descubiertos. —De acuerdo abuelo, ¿qué es lo siguiente que debo saber? —Debes aprender a emplear tu Atzmunt de cara al combate —afirmó—. Las Knafáims lo canalizan y te permiten usarlo de distintos modos. Por ejemplo, puedes juntar una cierta cantidad de Atzmunt en la palma de tu mano y convertirla en una esfera de energía, tal que así —el anciano extendió su palma y en ella empezó a tomar forma una pequeña esfera lumínica. Abraham no pudo evitar recordar a la Butzina del día anterior cuándo esta intentó matarle—. Prueba a hacerlo tú. —Pero… ¿Cómo? —le replicó el chico. —De la misma forma que has hecho salir tus Knafáims, pensando en ello. Acaso cuándo piensas en mover tu brazo y se lo ordenas, ¿este no se mueve? Del mismo modo concentra la Atzmunt que recorre todo tu cuerpo en la palma de tu mano y dótala de forma esférica. Vamos, tan sólo inténtalo por lo menos. Abraham le hizo caso y extendió la palma de su mano, esforzándose en visualizar una esfera en ella. Para su sorpresa pronto se empezaron a arremolinar dos, una de luz y otra de oscuridad. —Bien, ahora arrójamelas —le ordenó Alem. —Pero… Alem… —No titubees, simplemente arrójamelas. El muchacho terminó por obedecerle: lanzó las dos esferas hacía él. El anciano envió la que formara antes a chocar con la oscura, neutralizándola, y se dejó impactar por la lumínica. El muchacho puso por un momento cara de horror al pensar que le había herido, pero el anciano permaneció intacto tras que la esfera colisionara con él. —Otra cosa que debes saber, es que los ataques de luz no hieren a los seres de luz, sólo a los

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de oscuridad y viceversa. Por eso sería importante e interesante que supieras dominar ambas Atzmunts para poder utilizar la adecuada en cada momento. >>Siguiendo con el dominio de esta en combate, otra forma de canalizarla es mediante rayos de energía. Para ello puedes lanzarlos pequeños y precisos desde la yema del dedo, o bien potentes y grandes desde la palma de tu mano. Otra vez de nuevo, sólo tienes que concentrarte y, debido a las grandes capacidades que estoy observando en ti, serás quien de hacerlo. Abraham volvió a confiar nuevamente en su abuelo y extendió el brazo hacia él, tratando de concentrar esa gran cantidad de energía que empezaba a sentir por todo su cuerpo para que formara un rayo que emergiera de la palma de su mano. Nuevamente volvió a lograrlo, pero nuevamente no supo controlar su poder: hacia Alem fue enviado un potente rayo de oscuridad pura que hizo temblar al muchacho. El anciano no se movió de su lugar. Antes de colisionar con él, el rayo fue detenido por una barrera de luz. Abraham se quedó muy sorprendido al observar esa habilidad. —Esto es otra forma de canalizar la Atzmunt, una forma muy avanzada que permite tener una buena defensa en combate. Esta barrera puede disponerse alrededor de tu cuerpo de cualquier forma y sentido, y protegerte de cualquier ataque, resulta muy útil, así que intentaré enseñarte a usarla más adelante. Durante el resto de la mañana, Alem se esforzó en enseñarle a controlar a su nieto sus nuevos poderes de híbrido, siendo consciente de que debía intentar instruirle lo máximo posible en poco tiempo para que este pudiera valerse por si mismo. Pronto llegó el mediodía, y el anciano decidió detener el entrenamiento con el fin de que recuperaran energías y disfrutaran de una buena comida. Tras dejarle unos minutos de descanso a Abraham para que digiriera los alimentos, le ordenó bajar de nuevo para reanudar el adiestramiento. —Se me olvidó mencionártelo antes —dijo una vez se volvieron a encontrar en el extenso gimnasio—, pero obviamente, al igual que la energía de un humano se agota según la vaya empleando este, lo mismo ocurre con nuestra Atzmunt, por lo que es conveniente saber

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racionalizarla para no encontrarnos en una situación de agotamiento en la que estaríamos en desventaja. —Entendido —respondió Abraham. El joven aún seguía bastante temeroso de la realidad con la que se acababa de topar, pero Alem le prometiera que si le hacía caso podría recuperar su vida, por lo que se estaba esmerando al máximo. —Otra forma muy interesante de canalizar la Atzmunt —prosiguió el antiguo Supremo Sanador con el entrenamiento—, es mediante la aplicación de esta a la materia. Es decir, yo puedo agarrar esta espada por su mango y pasar la palma de mi otra mano por su filo y… —explicaba el anciano a la vez que realizaba tal acción. Tras hacerlo, el filo cobró una luminosidad intensa—. >>Esta espada normal y corriente ahora se ha convertido en una espada de luz, capaz de herir a cualquier ser de oscuridad. De la misma forma puedes usar cualquier otra herramienta o material de lucha y conferirle parte de tu Atzmunt. También puedes concentrarla en partes de tu cuerpo como tus puños o pies para golpear directamente al adversario. >>Pero basta de chácharas —Alem cogió otra de las espadas de su colección y se la lanzó a Abraham. El joven atrapó torpemente el arma al vuelo—. ¡Luchemos! —le desafío. El muchacho intentó realizar con la espada que había recibido lo mismo que hiciera Alem con la suya, y la dotó de Atzmunt oscura, aunque todavía no fuera quién de controlar perfectamente el cuándo usar cada una. Las armas chocaron y resonaron por toda la casa. Alem se mostraba muy diestro en el manejo de la suya, a pesar de su avanzada edad. Abraham tampoco se quedaba demasiado atrás, tenía ciertos conocimientos derivados de algunas clases ocasionales de artes marciales que su abuelo le impartiera. Eventualmente, ambos contendientes fueron desarmados, y entonces la lucha paso a ser mano a mano. Así avanzó el reloj hasta que sus agujas marcaron las seis de la tarde, y ambos adversarios cayeron exhaustos al suelo. —No está nada mal para ser el primer día, Abraham —le felicitó el anciano—. Cuándo yo

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era parte de la corte en Edén, me encargaba de adiestrar a los soldados más prometedores, y te puedo asegurar que ninguno de ellos hizo tantos progresos como tú en tan poco tiempo. Claro que ninguno de ellos poseía tus habilidades —mencionó con una sonrisa. “Es cierto.” Recordó el muchacho. “Alem fue Supremo Sanador en Edén. Entonces…” —Oye Alem… ¿Tú no me odias? —preguntó, provocando la sorpresa de su interlocutor. —No, ¿porque debería odiarte? —¿Tú no perdiste nada cuándo yo…? Bueno, ¿cuándo eso que habita en mí destruyó Edén? El anciano se quedó un rato mirando al muchacho, su voz adoptó un tono nostálgico al hablar. —Se llamaba Lamec. Su madre murió al dar a luz. Fue una suerte para mí haberle tenido. Se parecía a ti, era muy imaginativo y con baja autoestima, pero con una gran fuerza de voluntad para proteger lo que más quería. Yo intenté educarlo para que fuera sanador, pero él se empeñaba en ser soldado, decía que quería defender y luchar por su especie. Entró al ejército cuándo cumplió 18 años. >>Dos años después fue cuándo se produjo el ataque del Rashá. Él fue enviado junto a un escuadrón de novatos a detenerlo. Miguel, el Supremo Caballero de aquel entonces, se negó a poner en peligro a los soldados de élite, mandando a una muerte segura a los menos experimentados. Abraham observó la tristeza en la mirada del anciano, y no pudo evitar sentir cierta empatía por él y cierto odio hacía lo que guardaba dentro. —No te odio, aunque si que es cierto que tengo algún resentimiento hacia lo que portas. Pero que tú lo portes es culpa mía, ¿qué clase de hipócrita sería si odiara algo que yo “cree” voluntariamente? —opinó Alem—. Se lo prometí a tus padres, que te protegería y cuidaría. Eso es lo que he hecho durante todo este tiempo. El timbre de la casa interrumpió la conversación. Alem, preocupado, le ordenó a Abraham replegar y guardar las Knafáims, a la vez que él hacia lo mismo. Cogió la espada con la que combatiera antes contra su nieto y subió las escaleras. Se acercó sigilosamente hacia la puerta,

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temiendo haber sido descubierto. Con rápidos movimientos, la abrió con la mano derecha a la vez que lanzaba el arma hacia delante con la izquierda. La espada quedó a unos milímetros del cuello de un esbelto chico de cabellos de oro y ojos del color del cielo. Asustado, retrocedió inmediatamente hacia atrás. —¡Abuelo! —vociferó—. ¿Te has vuelto loco? —dijo mientras se agarraba la garganta con ambas manos. El anciano borró la seriedad de su rostro, cambiándola por una amable sonrisa, a la vez que colocaba la espada en una posición menos agresiva. —A mi edad, es normal ser atacado a menudo por astutos vendedores de puerta en puerta y otros tipos de molestias que pueden llegar a incomodarte hasta límites insospechados. Así que hay que estar preparado para combatirlos —comentó sonriente, y luego dejo escapar una larga risotada. El rubio chico le observó aún temeroso—. ¿Por qué no pasáis a tomar algo? Abraham estará encantado de veros. Carlos —Alem giró la cabeza hacia su derecha—. Sandra. La hermosa pelirroja de largos cabellos, a diferencia de su amigo, observara la escena desde una perspectiva más humorística. Ahora no podía evitar dejar escapar una pequeña risa por lo bajo. El anciano los instó a pasar al interior de la casa. Después de que entraran, cerró la puerta con suavidad. —¡Abraham! —gritó—. ¡Carlos y Sandra han venido a verte! El chico escuchó la llamada de su abuelo sorprendido desde el gimnasio. “Sandra y Carlos”. Pensó. “Con todo lo sucedido, olvidé por completo contactar con ellos”. Subió las escaleras raudamente, alegre de poder reunirse con sus amigos. —¡Hola chicos! —les saludó sonriente. —¿Vienes del sótano? —preguntó asombrado Carlos—. ¿Qué has estado haciendo? —Aprovechando el día libre he querido enseñarle un poco de defensa personal —explicó Alem mientras sonreía—. Pasad a la cocina, allí estaréis más cómodos y podréis tomar algo. Reunidos entorno a la pequeña mesa de la estancia, los tres amigos compartían unos

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refrescos de cola con gas junto a unos apetitosos bocatas cortesía del amable anciano. Los de Sandra y Carlos eran de jamón, producto muy típico en la zona, mientras que el de Abraham era de chocolate, alimento que encantaba al joven. —Así que defensa personal… No creo que la necesites ya… —comentó Carlos. —Eso parece —respondió Abraham. Un silencio incómodo se apoderó de la sala. —¿Te duele…? —mencionó la pelirroja—. ¿Te duele algo que hayan muerto? El muchacho se pensó un poco su respuesta, sorprendido por tal cuestión. —No lo sé. Desde luego que no les tenía ningún tipo de estima, pero no me creo capaz de desearle la muerte a nadie —sonrió irónicamente al recordar que en cierto modo él era su asesino y que, momentos antes de matarles, tal destino les deseara. —Mañana es el entierro —apuntó su rubio amigo—. ¿Vendrás? —Supongo que es lo mínimo que debo hacer. —Bien, pues deberíamos quedar juntos para coger el bus —propuso Carlos—. Supongo que también irán el director y el resto del instituto, puede que incluso vaya hasta el alcalde. El silencio se volvió a apoderar del ambiente. —Deberíamos hacer algo este fin de semana —saltó Sandra—. No volveremos a tener clase hasta el lunes, y ya nos queda poco para comenzar los exámenes finales. —No me nombres ahora los exámenes —le reprochó Carlos—. ¿No os parece increíble? ya estamos a punto de terminar la secundaria, ya era hora. —Sobretodo para ti —apuntó Abraham—. Ya eres bastante mayorcito para seguir en el instituto —comentó al recordar la avanzada edad de su amigo, 19 años, frente a los 16 de él y Sandra. —¡Oye! Es cierto que hasta hace poco no he hecho nada, pero me estoy poniendo las pilas, ¿vale? Pienso estudiar el bachillerato, e incluso sacarme una carrera —contestó indignado. Sus amigos se limitaron a reír. Aunque a Carlos no le hizo mucha gracia al principio, al final

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terminó uniéndose a la risotada colectiva. —Voy al baño un momento si me disculpáis chicos —mencionó la pelirroja mientras abandonaba la estancia. —Oye Carlos —Abraham comprobó que su amiga se había alejado lo suficiente como para no oírles— ¿Tu crees que él le ha vuelto a…? —preguntó en referencia a las gafas de Sol que portaba la muchacha. Era cierto que hacía un día soleado, impropio de un mes tan lluvioso como era Abril, pero al muchacho no dejaba de inquietarle que ni siquiera en el interior de la casa las quitara. —¿Qué si el viejo volvió a pegarle? —terminó el rubio la frase— ¿Cómo saberlo, Abraham? Bien sabes que cuando intentamos sacar el tema enseguida lo evade, esa parte de su vida está claro que la quiere mantener oculta. —¡Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados! —replicó furioso. —¿Y qué haremos? ¿Iremos a dónde su padre y le pegaremos una paliza? Esa noche le pegará el doble. ¿Lo denunciaremos ante la justicia? Ella se negará a reconocerlo, y si no es ella la que lo denuncia no nos harán ni caso. Es horrible, pero no podemos hacer nada por el momento — Abraham apretó su puño fuertemente, lleno de rabia al observar su impotencia—. Pero no me extrañaría que la hubiese maltratado, ella tuvo que pasar toda la tarde de ayer en su casa. >>¿No lo supiste? —preguntó al ver la sorpresiva reacción de su amigo—. Ayer hubo una especie de toque de queda que se prolongó hasta esta mañana. Tras descubrir los cuerpos lo impusieron como medida preventiva hasta dar con el asesino. De todas maneras hoy ya han sido algo más permisivos y por eso hemos podido venir a visitarte. Por cierto —Carlos cambió su tono— ¿dónde te metiste ayer? —¿Cómo que dónde me metí ayer? —dijo el pelirrojo para ganar tiempo, en busca de una excusa convincente. —Si, Sandra y yo estuvimos esperándote un buen rato, pero no apareciste, al final nos tuvimos que ir sin ti. —¡Ah! Es que… no me encontraba bien —contestó al no encontrar una mejor cuartada.

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—De todas maneras, ayer te llamé varias veces y en ninguna ocasión me cogiste el teléfono. “¡El móvil!” Se dio cuenta alarmado. Seguramente lo hubiera perdido durante el lapso de tiempo que no podía recordar, junto a todas las demás pertenencias que llevaba consigo aquel día. —Eso… eso seguramente fue que mi abuelo lo debió poner en silencio para evitar que alguien me molestara mientras me recuperaba, debió ser eso —ni siquiera él mismo estaba convencido de sus pobres excusas—. Seguro que cuando le eche un vistazo aparecen todas tus llamadas perdidas. —Entiendo —Carlos le dio un gran sorbo a su refresco—. ¿Sabes qué? Ayer, cuándo te estábamos esperando, al poco rato, oímos unos fuertes gritos. Asustados, nos largamos inmediatamente hacia el instituto. Luego, cuando apareció en las noticias lo de que habían localizado aquellos tres cuerpos en el callejón, te juro que un escalofrío recorrió mi espalda, y estoy seguro de que a Sandra le ocurrió lo mismo. >>Por un momento pensé que tu fueras uno de esos cuerpos, y me preocupé muchísimo, por eso intenté localizarte desesperadamente. No fue hasta que se realizó la identificación de los cuerpos, que pude respirar tranquilo al comprobar que se trataba de esos tres bastardos y no de ti. —¡Hola de nuevo chicos! —la dulce voz de la pelirroja cortó la conversación—. ¿De qué habláis? —De cosas de hombres —respondió sarcásticamente Carlos. —¿Ya estamos con secretitos? —contestó molesta—. Creía que no había de eso entre nosotros. —Compréndenos, hay cosas nuestras que tú no entenderías —puntualizó Abraham. —Hombres —susurró mientras suspiraba derrotada. Los tres se unieron entonces en una gran carcajada colectiva. Pasaron el resto de la tarde debatiendo acerca de lo que les depararía el futuro. Del cercano, pensando en planes del verano. Y del lejano, pensando en qué es lo que harían con sus vidas. —Ya lo he dicho antes —comentó en una ocasión Carlos—. Quiero estudiar una carrera, y

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¿sabéis qué? Me encantaría estudiar telecomunicaciones, debe ser muy bonita. —¡Anda ya! Eso es para auténticos suicidas —le informó Abraham—, uno de los chicos de 1º de bachillerato que conozco tiene un primo en el sur que la está haciendo y no para de quejarse de ello. Y estoy seguro de que es mucho más listo que tú —mencionó con una burlona sonrisita. —¡Abraham, si te digo que la hago es que la hago! ¡Y además con matrículas de honor! — respondió el rubio enérgicamente. Pronto se hizo tarde y llegó el momento de ponerle fin a la amable reunión de amigos. Sandra y Carlos se despidieron de Abraham y de Alem, quedando con el joven al día siguiente con el objetivo de ir al entierro. Tras que este cerrase la puerta, el anciano le dirigió una preocupada mirada. —Quizás… —balbuceó—. Quizás no debieras juntarte mucho con ellos hasta que solucionemos todo esto. No sabemos que puede hacer el enemigo con tal de encontrarte. —Alem, ellos lo son todo para mí —mencionó el joven con una confianza inusitada en él—. Antes te dije que no quería matar a nadie. Pero, me da igual Kardinuta que Butzina, si alguno de esos seres alados le pone una sola mano encima a mis amigos, juro que lo pagará caro. *** —¡Adiós Sara! —¡Hasta mañana Carlos! Los dos amigos se despidieron en el lugar donde siempre se reunían y separaban: aquella esquina enfrente a la estación de autobuses, aquel borde en el que terminaba la calle del callejón. Aquel callejón en donde se dieran lugar los terribles sucesos del día anterior. Sobre esos sucesos cavilaba Carlos de camino hacia su casa. Entre los últimos rayos del ocaso, andaba a paso ligero, aunque nadie le esperara, por las vacías calles de la ciudad. De pronto se percató de una sombra que se alzaba sobre la avenida, proveniente de un pequeño callejón. Hizo caso omiso a ello y siguió su camino. —¿A dónde vas? —dijo la voz proveniente del callejón, cuando Carlos ya lo había

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sobrepasado. —A casa —respondió el muchacho. —Pero tu casa no está aquí —le hizo ver el ser oculto entre las sombras. —Si te soy sincero, no sé si mi hogar ya está más aquí que allí —le contestó el chico. —Has pasado demasiado tiempo entre los humanos —le rebatió la voz—. ¿No me digas que les has cogido cariño? —comentó irónicamente. —Es posible —apuntó con indiferencia Carlos. El ser salió de entre las sombras, dejando ver bajo la luz del ocaso su rubia barba y sus blancas alas. —Tienes trabajo, ¿lo sabes, no? —le informó. —Lo sé —afirmó el muchacho—. Aquello para lo que me he estado preparando desde hace años. La razón de todo este duro entrenamiento. Mi única meta en la vida —hizo una pequeña pausa —: La destrucción del Rashá. —Efectivamente —le confirmó sonriente el Butzina—. Así que no me defraudes. —No lo haré —Carlos se dio la vuelta, mirando fijamente al Ser Supremo de los seres de la luz—. No te defraudaré, padre.

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Profile for Mickael Vavrinec

"El ocaso del alba": Capítulo 4  

Capítulo 4 - Entrenamiento

"El ocaso del alba": Capítulo 4  

Capítulo 4 - Entrenamiento

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