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CAPÍTULO 3

Cuando la verdad se quita la máscara La luz de la luna penetraba a través de la ventana iluminando la pequeña cocina. Pequeña en proporción al resto de habitaciones del hogar, pero suficientemente grande para ellos dos. Abraham se sentía algo mejor estando su abuelo en casa, no obstante, desconocía por completo que era lo que le iba a contar. Había vivido demasiadas cosas en un mismo día. Nervioso, se entretenía removiendo con una cuchara el chocolate en polvo que vertiera sobre su taza de leche. Alem se preparara un café teniendo en cuenta que, sin lugar a dudas, la charla sería larga. Desde que se comprometió a cuidar del chico fue consciente de que aquel día llegaría, pero le hubiera gustado disfrutar un poco más de la tranquila vida que llevara en los últimos años. —Tú no mataste a tus padres —dijo el anciano, rompiendo el silencio, antes de darle un sorbo a su café—. Eso es lo primero que debes saber. El chico se le quedó mirando, parecía predispuesto a dudar de cualquier cosa que le fuera a decir. Iba a abrir la boca para hacer otra pregunta, pero Alem se le adelantó. —Tampoco mataste a esos chicos —le respondió. —Pero… Las dos veces… Me desperté ensangrentado, amnésico, confuso… En ambas ocasiones… Alguien murió… No sé si es que tengo una doble personalidad psicópata o qué… Pero me es inevitable pensar que soy un asesino —le rebatió Abraham—. Además, están esos tipos con alas de hoy. Uno de ellos quería matarme por algo que había hecho —añadió. —¿Tipos con alas? —preguntó con curiosidad Alem. —Si, ya sé que es difícil de creer. Pero eran un hombre y una mujer con alas, como si fueran ángeles. Yo los ví, me cuesta creer que fueran reales, pero la cuestión es que lo parecían —explicó el chico—. Debes pensar que estoy delirando… —añadió al observar la cara del anciano. —Así que te encontraste con ellos… —mencionó, provocando una mueca de sorpresa en la

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cara del muchacho —. Y conseguiste salir vivo… —susurró. —¡¿Tú también los viste, abuelo?! —preguntó sorprendido. El anciano sonrió brevemente. —Bueno, lo cierto es que yo no soy tu abuelo verdadero —Abraham no pareció sorprenderse por esta afirmación. Tampoco la ausencia de una reacción por parte de su nieto adoptivo descolocó a Alem. Era algo acerca de lo cual el muchacho sospechaba desde hacía mucho tiempo. El antiguo Supremo Sanador de los Butzinas se levantó de la mesa en la que ambos se encontraban y se dirigió hacia la ventana, mirando fríamente a la luna. —Te voy a contar una leyenda —le informó a Abraham—. Una leyenda que, como cualquier otra leyenda, tiene algo de realidad, y algo de fantasía: >>Hace muchos miles de millones de años se creó el universo, y las galaxias se fueron formando. En el centro de este, se formó la más bella de las galaxias, la galaxia Maljut de Ein Sof. Esta galaxia estaba presidida por el más precioso de los astros que han habitado el universo, la más bella de las estrellas que lo han iluminado: Shémesh. >>Dicen que esta estrella dotaba de tal belleza a dicha galaxia, que el ser divino conocido como Boré, de quién se cuenta poseía seis alas: tres blancas y tres negras, se quedo prendado de ella. Entonces el Boré decidió que en aquella galaxia deberían existir las especies más poderosas y evolucionadas del universo, y arrancándose un ala de cada color, plantó dos semillas de vida en los dos planetas que mejor acondicionados estaban para esta. >>El planeta llamado Edén, recibió el ala blanca, y se convirtió en un hermoso vergel en el cuál los seres de luz crecieron y evolucionaron hasta dar paso a los Butzinas, los seres de alas blancas. El planeta llamado Gehena, por otra parte, recibió el ala negra, y se convirtió en un cavernario lugar en el cuál los seres de oscuridad crecieron y evolucionaron hasta dar paso a los Kardinutas, los seres de alas negras. El anciano hizo una breve pausa para observar al muchacho, quién le escuchaba

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atentamente, sumido totalmente en la historia que este le contaba. —Los Butzinas y los Kardinutas —prosiguió—, llegaron eventualmente a entablar contacto. Y, donde lo más lógico hubiera sido llegar a un mutuo acuerdo y entendimiento por el bien del universo, nacieron el odio y el rencor. Ambas especies se observaron mutuamente con ojos de desprecio, considerando a la otra una amenaza para si mismas e incluso para el universo, proclamándose cada una como la especie que debería regir este. Así fue como nacieron las guerras. >>Las guerras entre Kardinutas y Butzinas, entre seres de oscuridad y de luz, se prolongaron durante milenios. Fueron largos siglos de dolor y sufrimiento para ambas razas, pero ninguna dio nunca su brazo a torcer, ninguna renegó de su orgullo. Grandes héroes y villanos las aprovecharon para escribir sus nombres en la historia. Padres perdieron hijos e hijos perdieron padres. Hubo ocasiones en las que ambas razas llegaron al límite de la extinción. También se dieron breves períodos de calma, que sólo precedieron a nuevas guerras. Desde que ambas especies se conocieron, sólo supieron darse dolor y sufrimiento la una a la otra. >>Pareciera que el ciclo sería interminable, que no terminaría la guerra hasta que una de las dos eliminara por completo a la otra, y dado que las fuerzas de ambas eran muy similares, era común el pensamiento de que ese dolor sería eterno. Pero no fue así, en la última de las guerras entre seres de oscuridad y luz, hubo una serie de sucesos que cambiaron por completo el curso de la batalla. El anciano se volvió a sentar en la mesa para darle un trago a su café, con el fin de humedecer su seca y vieja garganta. —¿Qué pasó abuelo? —preguntó curioso Abraham—. Por favor, continua. Alem se limitó a sonreír ante la impaciencia del muchacho. No era de extrañar que esta historia le fascinara dada su afición por todo aquello relacionado con la fantasía. —Coincidiendo con los recientes cambios de líderes en ambas tribus —siguió el anciano con la historia—, tras la muerte de los antiguos en un duelo personal, se produjo un genocidio Kardinuta. En toda la mitad sur del planeta fue extinguida la vida: plantas, animales, seres de

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oscuridad en general fueron borrados de la faz de Gehena. El hecho fue rápidamente atribuido a los Butzinas, y, dado que el evento se había producido en un corto período de tiempo y sin que las fuerzas del ejército Kardinuta pudieran reaccionar, se infundió en todo el planeta el temor de que la tribu de la luz poseyera algún tipo de arma capaz de realizar tal masacre de forma tan fácil y veloz. >>El Señor Supremo de los seres oscuros, Adán, hizo llamar inmediatamente al Supremo Sanador Matus. —¿Supremo sanador? —interrumpió el muchacho con su curiosidad—. ¿Qué cargo era ese? No era una pregunta de difícil respuesta para Alem, quien conocía perfectamente el puesto. —Podría decirse que es como el chamán de una tribu, aquel que tiene los mayores conocimientos acerca de la… “magia”, digamos —respondió el anciano. —Entiendo —afirmó el chico, e hizo una señal para que siguiera con la historia. —Anteriormente, Matus le había propuesto al Señor Supremo usar un arma capaz de eliminar a todos los Butzinas de un sólo golpe de forma sencilla, pero Adán, quien había ascendido al trono predispuesto a lograr la paz, se había negado rotundamente. Sin embargo, ahora se encontraba dominado por la ira y el miedo, y, viendo que, si no reaccionaba rápido su raza podría extinguirse, le dio permiso al Sanador Supremo para utilizar aquella arma a la que se le atribuía tales capacidades de destrucción. >>El resultado fue terrible: la más larga y horrible de las pesadillas se inició aquel día — Alem fijo sus ojos en el muchacho queriéndole transmitir lo espantoso de la historia—. El Rashá fue liberado. Imagínate a la más profunda y tétrica de las oscuridades tomando forma. Aquella bestia era oscuridad pura, una gran masa de oscuridad destructiva. Sus penetrantes ojos rojos, sus grandes garras, sus afilados colmillos, sus gigantescas alas negras, su tamaño planetario. >>Todo en él producía temor. Imagínate vivir en Edén, ser un Butzina, en un día como otro cualquiera de tu vida, y, de repente, observar a aquel gigantesco monstruo avanzar hacia ti. Lógicamente, el pánico cundió en aquel bello vergel. El ejército salió raudamente a combatirlo, pero sus esfuerzos fueron en vano. Era imposible contener a aquella bestia. Se inició la evacuación

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de todo el planeta, pero realmente muy pocos se salvaron: los habitantes del palacio real, soldados de élite y algunos civiles. >>Eva, la Suprema Señora de los Butzinas, tuvo que observar desde otro astro, con estupefacción y espanto, como aquella oscuridad, como la destrucción misma, se agarraba al planeta en el que había habitado su raza desde el comienzo de los tiempos, y en unos segundos, con sorprendente facilidad, lo hacía volar en mil pedazos. Los pocos seres de luz que sobrevivieron lo perdieron prácticamente todo en ese instante. La desesperación y la tristeza inundaron el universo. >>En medio de todo el caos, aquella bestia parecía estar feliz, disfrutando con lo que acababa de hacer, y la galaxia entera enmudeció cuando de aquel monstruo emergió la más oscura y cruenta risa imaginable, capaz de helar a todo ser que la estuviera escuchando. El mismo Adán, quien había ordenado aquello, sintió terror ante la visión que contempló y miedo de si mismo por haber liberado a aquel monstruo. Por lo que ordenó a Matus, quién pareciera estar feliz por los resultados del experimento, que encerrara para siempre a aquel ser. >>Durante los siguientes meses, Adán prohibió terminantemente cualquier ataque hacia los Butzinas restantes, aún siendo consciente de que si los dejaba vivos acabarían vengándose. El odio y el rencor entre las razas crecieron más que nunca, y el breve periodo de paz se llenó de una inaguantable tensión. Aprovechando la paz, Gabriel, hermano de Adán, preocupado por el estado de locura en el que cayera este, incluso llegando a intentar suicidarse en varias ocasiones, investigó más a fondo acerca del Rashá… y llegó a un terrible descubrimiento. El anciano hizo una pausa para tomar un poco de café. Los ansiosos ojos de su nieto parecían reclamarle que no se detuviera en su narración. —Aquel genocidio atribuido a los Butzinas —continuó—, no tuvo nada que ver con estos, pero si con cierto Supremo Sanador y sus macabros experimentos. Gabriel reveló que Matus había usado a la mitad de la población del planeta Gehena como sacrificio para crear a aquel ser. El Rashá fue concebido a partir de la energía obtenida de media población Kardinuta. Aquella masa de oscuridad destructora era en realidad una aglomeración de seres de la oscuridad.

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>>Tan terrible noticia aterrorizó al Señor Supremo, quien rápidamente pidió explicaciones a Matus. Este se limitó a contestar que tales sacrificios eran necesarios por el bien de la raza. Airado, Adán ordenó el destierro de este, advirtiéndole de que si volvía a pisar Gehena, sería inmediatamente asesinado sin dudar. >>Pero la semilla de odio plantada por el antiguo Supremo Sanador Kardinuta crecía incontrolablemente. La peor de las guerras se avecinaba, y el Supremo Señor entristecía al verse impotente. Gabriel, también preocupado por la situación, consiguió concertar una reunión clandestina entre Adán y Eva, en la cuál le explicarían a la Suprema Señora del ahora inexistente Edén sus descubrimientos e intentarían llegar a un acuerdo de paz. >>Muy superior a las expectativas de los dos hermanos, Eva, cansada de ver sufrir a su gente, se mostró predispuesta a lograr la paz entre ambas razas. Una vez conocidos todos los detalles que les llevaron a la situación actual, el objetivo primordial de ambos Señores Supremos fue el de encontrar una manera de evitar que la bestia pudiera volver a ser usada. Para esta labor dispusieron de la ayuda del Supremo Sanador Butzina, Alem. Este llegó a la conclusión de que, no habiendo posibilidades en ese momento de destruir al monstruo, lo más sensato sería encerrarlo en un receptáculo del cuál le fuera complicado escapar. >>Se pensó en usar algún objeto, pero por muy oculto que estuviera, siempre cabía la posibilidad de que alguien lo encontrara y lo usara con perversos fines. Se llegó a la conclusión de que la mejor opción era la de utilizar a un ser vivo, pero no podía ser un ser de luz, pues sería destruído por el Rashá. Por otra parte, debía ser alguien con gran fuerza de voluntad e ideales pacifistas, llegando a ser capaz de poder controlar a la bestia, pero sin usarla. Ante la sorpresa de todos, Gabriel se presentó voluntario. >>Adán se negó instantáneamente a que su hermano albergara a la bestia, pero Gabriel ya había tomado una firme decisión: el portaría al Rashá. Alem se encargaría personalmente de realizar el sello que encerraría al monstruo en su interior. Todo fue predispuesto y preparado para el confinamiento de la bestia. En el día elegido, Adán, Eva, Alem y Gabriel bajaron a las cavernas más

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oscuras y profundas de Gehena, en las que se hallaba la bestia encarcelada. >>Una vez todo estuvo preparado y dispuesto, el Rashá fue liberado. Alem atrapó al monstruo en una esfera de luz, y logró introducirlo en el cuerpo de Gabriel, sellándolo en él. En un primer momento, todo pareció salir perfecto. Pero poco después de ser encerrada la bestia, el hermano de Adán empezó a sufrir espasmos y convulsiones. Intentaron auxiliarle, más no se pudo hacer nada, su cuerpo pronto adquirió una oscura forma que poco a poco se fue haciendo más grande. El Rashá había consumido a Gabriel. >>La bestia fue encarcelada en su mazmorra terrenal de nuevo. La desgracia y la desolación también volvieron a abatir a Adán ante la perdida de su hermano. Si no hubiera tenido a Eva a su lado, nadie sabe que hubiera sido de él. Aún siendo de razas distintas y contrarias, Eva y Adán habían entablado una afectiva relación durante el período de paz, se podría decir que habían llegado a enamorarse el uno del otro. >>Alem se dio cuenta de esto y les propuso un plan para encerrar definitivamente a la bestia: si ningún ser de luz ni ningún ser de oscuridad era quien de poder albergarla en su interior, la única solución era confinarla en un ser de luz y oscuridad a la vez, en un híbrido. Adán y Eva debían tener un hijo con el fin de que este sirviera de receptáculo. Aunque ninguno de los dos hubiese mostrado sus sentimientos todavía, estaba claro que ambos se amaban, así que finalmente accedieron. Un año después de que Gabriel fuera consumido por el Rashá, nació el hijo de los Señores Supremos… ¡Abraham! —el anciano se levantó de su asiento, y, de su espalda, emergieron sus dos viejas alas blancas que, desplegadas, ocuparon longitudinalmente la práctica totalidad de la estancia. El muchacho reaccionó asustado ante esta visión. Se echó hacia atrás, con tan mala suerte que la silla volcó, haciéndole caer al suelo. Allí se arrastró temeroso hacia la pared, apoyándose contra ella. —¿Tú… eres uno de ellos? —preguntó con miedo. —Si —respondió con frialdad el anciano—, pero a diferencia de ellos, yo ni te odio ni

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quiero matarte, yo quiero protegerte, porque se lo prometí a tus padres. —¿Como esos tipos de alas negras… los que aparecían en tu historia… los Kardinutas? —Es un error pensar que ellos quieren protegerte, créeme. —Entonces… yo soy el Abraham de tu historia, y ella en si misma es realidad… pero parece tan irreal a la vez —reflexionó el joven. —Te has encontrado con ellos hoy, y además tienes a uno delante tuya, ¿cómo puedes juzgar la realidad de estos acontecimientos? —le hizo ver Alem. —De la misma manera que dudo de la realidad que observo cuando sueño —rebatió Abraham. El anciano le miró extrañado, pero se percató de que el muchacho tenía razón. —En ese caso… —dijo—, al menos escucha todo lo que tengo que contarte, y mañana por la mañana cuando despiertes podrás comprobar si esto es realidad o sueño —el muchacho se mostró conforme y el anciano continuó con la historia—. Mi nombre es Alem, antiguo Supremo Sanador de Edén, y parte de lo que hoy he contado son mis memorias personales. >>Yo fui quien ayudó a Eva a darte a luz, en cierto modo, yo soy tu comadrona, yo te tuve entre mis brazos el día en que naciste, y predispuse que tú fueras nuestro salvador. Se programó tu futuro, se pensó en darte una educación clandestina y completa. Clandestina, porque la mezcla de sangre entre especies se consideraba una aberración, y completa, para que te convirtieras en un perfecto receptáculo para el Rashá. Pero alguien no nos quiso dar tiempo. >>Al año de que nacieras, la bestia fue liberada. ¿Quién? o ¿cómo? nunca lo supimos, pero el monstruo emergió de las profundidades de Gehena. Temimos que pudiera terminar con el resto de la población Butzina alojada en los planetas colindantes a donde se encontraba Edén. Tomamos una decisión precipitada, pero era una decisión necesaria para salvaguardar la especie: a pesar de tu corta edad, sellaríamos al Rashá en tu interior. >>Mas el problema principal era contener a la bestia para que yo pudiera realizar el sello. Adán y Eva, literalmente, se sacrificaron para lograr este objetivo. Tus padres se enfrentaron a la

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bestia y perecieron en el combate, pero me dieron el tiempo suficiente para poder introducirla en tu interior y sellarla. Las últimas palabras de tu madre fueron muy conmovedoras: “Por favor, prométeme que lo protegerás y cuidarás de él.” ¿Como negarme? Después de todo, yo estaba implicado en todo ese asunto hasta el cuello. —Pero si mis padres murieron en aquella ocasión, entonces… —reflexionó el chico. —Los que murieron hace 10 años no eran los verdaderos —le interrumpió el antiguo Supremo Sanador ante su sorpresa—, sólo fueron tus padres adoptivos durante tu estancia en La Tierra. >>Una vez se produjo el confinamiento del Rashá, supe inmediatamente que me sería imposible protegerte de Kardinutas y de Butzinas: unos querrían utilizarte, otros destruirte. Sellé tu aura y te envié a la región más alejada del universo que estuviera habitada, con la esperanza de que allí estuvieras seguro. En cuánto a mi, vagué durante años por el universo, escapando de ambas razas, sabiendo que yo tenía información valiosa para ellas. >>Perdido en los confines del cosmos, cuándo me encontraba atravesando la Vía Láctea, presentí una gran cantidad de energía en La Tierra. Curioso, me dirigí hacia el lugar del que procedía. Allí me volví a ver frente a frente con la gran bestia de oscuridad, con el Rashá. Temí que te hubiera consumido, así que luché contra ella y logré reforzar el sello de luz. Poco después me encontré con un pequeñazo pelirrojo llorando, y el resto de la historia ya la conoces. —Es cierto —comentó el muchacho—. Yo nunca te había visto antes de aquel día, aunque mis memorias anteriores son muy borrosas y confusas, nunca te viera antes. Pero en aquel momento necesitaba a alguien, y tú estabas allí, y me dijiste que eras mi abuelo y cuidarías de mí —recordaba —. De hecho, yo antes tenía otro nombre ahora que lo pienso, pero tú siempre me llamaste Abraham, y yo acepté esa denominación. —Es sorprendente lo rápido que estás asimilando toda esta información —observó el anciano. —No te equivoques Alem, aún dudo de que esto no sea un sueño —respondió el chico—.

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Pero si esto es real y tengo en mi interior a esa bestia, entonces lo que sucedió hoy… —Fue lo mismo que sucedió hace diez años —terminó la frase Alem—. Con la diferencia de que hace diez años era entendible: el sello estaba muy debilitado, fue lógico que a la mínima oportunidad la bestia intentara dominarte. En cambio, desde que empecé a cuidar de ti, he estado reforzando el sello periódicamente. La única razón que explica lo de hoy es que te vieras sometido a algún tipo de desequilibrio emocional. —Así fue —le confirmó Abraham. —Entiendo. Por suerte, aunque no llegué a tiempo de salvarles la vida a esos chicos, pude evitar que los daños fueran mayores. He de decir que esta vez fue más sencillo que en la anterior. En la otra ocasión tuve que enfrentarme a un ser informe de proporciones gigantescas. En este caso, supongo que debido a la fuerza del sello, era tan alto como un humano adulto y poseía forma humanoide. >>Aunque fue quien de volver a herirme —dijo mientras se agarraba su aún dolorido vientre —. Concluyendo, y respondiendo a tu pregunta: tú no mataste a tus “padres” ni a aquellos chicos, el Rashá lo hizo. Abraham se levantó del suelo, y observó aún con cierto aire de incredulidad a Alem. —Si todo eso que dices es verdad, y yo soy un príncipe híbrido… ¿Por qué no tengo alas? El anciano sonrió. —Te lo he dicho antes —contestó—. Sellé tu aura para que no pudieras usar tus poderes y no pudieran encontrarte. Pero ya que me pides pruebas… —añadió mientras le miraba fijamente a los ojos. El chico sintió que algo en su mente se liberaba, e inmediatamente, junto a un gran dolor, tan grande que le hacía dudar de su ensoñación, de su espalda emergieron, rompiendo su ropa, cuatro alas de bellas y majestuosas plumas: dos negras superiores y dos blancas inferiores. El híbrido se quedó petrificado ante tal experiencia. —¿Qué me dices ahora? —le preguntó Alem.

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—Increíble, a la vez que aterrador —contestó estupefacto el muchacho—. Dices que con esto tengo poderes, ¿qué clase de poderes? —Ha sido un día muy largo, será mejor que descanses y mañana nos pongamos con eso. —Está bien, pero no voy a poder dormir con estas cosas en mi espalda —mencionó burlonamente Abraham. —Oh, sólo tienes que guardarlas dentro de ella, piensa en ello y lo conseguirás —respondió el anciano—. ¿Acaso esto no es un sueño? Deberías intentarlo al menos —añadió al ver la expresión desconcertada del chico. Efectivamente, con tan sólo pensarlo, las alas se replegaron y escondieron en el interior de la espalda del híbrido para su sorpresa, causándole dolor nuevamente. —Tranquilo por el dolor, acabarás acostumbrándote —comentó sarcástico Alem ante la mueca sufrida del muchacho. —Bueno, Alem —dijo Abraham—. Ha sido una pesadilla al principio y una fantasía al final, pero me temo que este sueño debe terminar para que pueda proseguir con mi triste y desencantada vida. —Está bien —contestó el antiguo Supremo Sanador—. Pero si esto no es un sueño, mañana tocará una dura jornada de entrenamiento, sé consciente de ello. —Si, lo soy. ¡Buenas noches! —se despidió alegre el chico. —¡Buenas noches! —le respondió sonriente el anciano. *** —El mismísimo Supremo Sanador en persona ha acudido a curarme, que halagada me siento. —No sé de que te sorprendes, según Rafael tienes información muy importante para nosotros. —Es cierto… lo he encontrado. Bajo la escasa e intermitente luz de algún que otro débil foco que iluminaba aquel callejón,

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Mahasiah se esforzaba por reimplantarle a Pahaliah su ala izquierda. —Así que lo mataste… —comentó—. ¿Al menos te deshiciste del cuerpo? La Butzina asintió con la cabeza a la par que enseñaba las dos alas negras que portaba en su mano derecha, claras pruebas de su delito. —El muy cabrón me arrancó una de mis Knafáims —recordó airada—, pero yo me quedé las suyas como trofeo. —¿Qué fue del sujeto α? —quiso saber el Supremo Sanador. —Escapó mientras me encontraba luchando con el Kardinuta. No pude seguirlo, pues su aura se mantiene sellada, si lo encontré antes fue gracias a un error de Alem. “Alem.” Recordó Mahasiah. “Supongo que Miguel ya se habrá encontrado con él.” —La Knafáim ya ha sido reimplantada, ¿puedes probar a mover…? —el Supremo Sanador Butzina cayó repentinamente al suelo al ser su pecho atravesado por un rayo de oscuridad. Los focos que iluminaban débilmente el callejón fueron destruidos. Una abrumadora oscuridad asoló el lugar. Pahaliah se colocó rápidamente de pie, en guardia. —Responde ser de luz —se alzó una profunda voz en la oscuridad—. ¿Mataste a Adirael? La Butzina no respondió, se mantuvo inmóvil, preparada para el combate, a pesar de no estar todavía recuperada. —Lo repetiré sólo una vez más —volvió a resonar la voz con más fuerza—. ¿Mataste a nuestro querido compañero Adirael? De nuevo la respuesta fue el silencio. El ser de alas negras a quien pertenecía la voz sonrió levemente y alzó su brazo hacía Pahaliah, dispuesto a hacerle correr la misma suerte que a Mahasiah. —Un silencio es una afirmación —dijo burlonamente, y después lanzó su rayo de oscuridad hacia la guerrera. Pero el rayo se estrelló contra el muro del fondo, destruyéndolo parcialmente. Los ojos del Kardinuta, que podían ver perfectamente en la oscuridad, se llenaron de rabia al observar la

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repentina desaparición de la Butzina. —¡Imposible! —masculló. —Padre, creo que está claro que hay un traidor entre los nuestros —comentó otra voz a su derecha—. Un Butzina no puede alcanzar tales velocidades en la oscuridad. —Lo que si que está claro, hermano —irrumpió una tercera voz—, es que esa Butzina ha encontrado al Rashá, y nuestro compañero Adirael seguramente, al intentar protegerlo, ha sido asesinado por ella. Deberíamos informar a Eblis de esto —dedujo. —No será necesario —les interrumpió la voz inicial—. Imaginaos si fuéramos capaces de capturar al Rashá por nuestros propios medios, hijos. Nefilin, Olivier, acaso no os gustaría convertiros en soldados de élite, o que vuestro padre se convirtiera en Supremo Caballero, o… —se quedó unos instantes pensativo, en su rostro se reflejó una mueca avariciosa—, que vuestro propio padre se convirtiera en Supremo Señor Kardinuta. Imaginaos tener el control de todo el universo, ¿no os gustaría, hijos? —Si, padre —respondieron al unísono. —Supremo Señor Kasbeel… —susurró mientras sonreía a su progenie. Después dirigió su vista hacia el cuerpo inerte de Mahasiah—. Olivier, arranca y destruye sus alas —le ordenó a su hijo —. No deben quedar pruebas. —¿Qué se supone que debemos hacer ahora, padre? —quiso saber Nefilin. —Nos quedaremos unos días por esta zona, hemos de averiguar todo lo que podamos acerca de lo sucedido —respondió—. Pronto nuestros sueños se harán realidad.

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"El ocaso del alba": Capítulo 3  

Capítulo 3 - Cuando la verdad se quita la máscara

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