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PREGÓN DE LAS FIESTAS DEL ROSARIO DEL 2011 Julián Pablos Vega.

Buenas noches: Con el permiso de la reina y sus damas de honor, cuya elegancia y belleza ilumina este acto –la verdad es que como mejora la especie-; del señor Alcalde, al que deseo mucha suerte y mejor acierto en su gestión, por el bien de todos; de los miembros de la comisión de festejos, a los que agradezco de corazón el honor de haberme nombrado pregonero; y, sobre todo, con el permiso de todos los huerteños, de los que esta noche llenáis la plaza, pero, también, de aquellos, quizá más inteligentes, que han optado por quedarse viendo el futbol, me dispongo a dar lectura de este pregón, que espero que, si no les gusta, por lo menos no les duerma, porque luego tenemos que cantar y bailar con Acetre. ¡Menudo lujo!.

Yo, como la gran mayoría de los presentes sabe, y el resto podrá deducir de mis eses, no nací en las Huertas, ni he vivido nunca aquí, aunque desde pequeño he pasado todos los años entre ustedes, al menos, una semana en Navidad, otra en Pascuas y un mes en verano; estancias que normalmente terminaban con caras largas y más de un lagrimón, en el coche de vuelta a Madrid. Soy, por tanto, lo que me gusta definir como un huertileño; sí, sí, han oído bien, un huertileño, esto es, un huerteño de Madrid o, si prefieren, un madrileño de la Huertas, y desde esa experiencia ha sido escrito el pregón que les voy a leer esta noche. No obstante, desde hace 9 años puedo presumir con orgullo de ser también un huerteño fetén, de los de aquí, pero consorte -tenía que decirlo que, si no, se me enfada la parienta-. Aquí mis hermanos y yo, chicos de ciudad, hemos sido enormemente felices. Que más podíamos pedir: un montón de amigos, los del atrio, que nos recibían como a uno más de la pandilla; muchos lugares y juegos que descubrir; flexibilidad de horarios; y escasos límites. En


resumen: libertad; mucha, muchísima libertad, y una burra, que nos permitía disfrutarla de una forma especial y muy diferente a lo que estábamos acostumbrados en Madrid. La burra de mi abuelo Julián, que en paz descanse –la pobre burra y, por supuesto, mi abuelo Julián-, que, a base de palos, llegó a ser uno más de la pandilla, hasta el punto de que en alguna ocasión se subió al atrio de la iglesia con nosotros a perseguir a las amigas. En aquellos años de mi niñez mi familia no venía casi nunca a las fiestas del Rosario, por eso, los primeros recuerdos que tengo de ellas no son muy gratos: lamentos, desilusión, envidia. Para que se hagan una idea de mi frustración, me acuerdo que un año, aquél en que decidimos montar una peña: la Peña Alegre, me pase con los amigos medio mes de Agosto decorando un carro para la garrafa, pintarrajeando una pancarta y diseñando una camiseta; camiseta que no llegué a ponerme nunca. De las escasas veces que pudimos venir, lo cierto es que no tengo muchos recuerdos: los cabezudos, con los que confieso públicamente que he llorado, como casi todos los niños de ciudad, que, como bien sabéis los de aquí, somos un poco caganíos. Todavía hoy, cuando acompaño a mi hija Julia, me asusta ver la cara grotesca y desdentada del cabezudo pirata, que tan malas noches me hizo pasar de pequeño. A mi hermano Jesús, sin embargo, le daba miedo el único que tenía una cara angelical y una melenita muy bien peinada, el cabezudo que se parecía al jugador del Barça Johan Cruiff. La verdad es que Chucho siempre ha sido muy merengón. También me acuerdo de la procesión, especialmente por dos cosas: primero, porque me hicieron daño los zapatos nuevos, que como buen segundón había heredado de mi hermano el mayor, mi hermano Juanmi, y sólo podía dar un pasitos tan cortos y ridículos, que parecía las muñecas de Famosa detrás de la Virgen; y segundo, por lo intrigado que estaba por saber que era esa cosa misteriosa por la que la gente ofrecía tantas pesetas: el banzo, que yo imaginaba como algo extraordinario, un talismán mágico, un elixir milagroso o un espejo encantado. Cuando lo descubrí, francamente, pensé que esa gente despilfarraba su dinero,


aunque ahora sé que una promesa no se paga ni con todo el oro del mundo. Esa mañana de domingo aprendí lo grande que es la familia, me refiero a lo grande no como valiosa o importante, que también lo es, sino en el sentido de extensa, de numerosa. Yo, que vivía fuera, conocía a los abuelos, a los tíos y a mis dos primos, pero nada sabía de los tíos de Barcelona, de las tías solteras de mi padre, de la nuera de no sé quien, del yerno de no sé cuanto…. Y lo malo era que todos esos familiares a los que acababa de conocer, tenían la insana intención de dar un beso –aunque alguno más escrupuloso optó por un tirón de los mofletes- a ese niño que “cuánto había crecido desde la última vez que le habían visto”, a pesar de que normalmente pensaban que yo era el pequeño y no el segundo –he tenido la mala suerte de que mi hermano Chucho, el pequeñín, ha sido siempre muy grandote-. Sin embargo, cuando nos acercábamos a saludar a alguien, yo me ponía el primero, para que se me viera bien, porque me percaté de que ese día grande de la Virgen del Rosario casi todos los corazones se sentían generosos y, además del beso, dejaban caer en mi mano una peseta por aquí, un durillo por allá. Creo que hasta ese día nunca en mi vida había tenido tanto dinero en el bolsillo. Pero, cuando se me iba haciendo la boca agua, pensando en lo que iba a comprar an ca Lan, an ca Tía Julia, o en el estanco de Valentín: un burmarflash, una bolsa de pipas, tres chicles bazoca, diez pastillas de leche de burra, y no recuerdo cuantas cosas ricas más, mi madre me requisó la mitad de la recaudación: “¿dónde vas con tanto dinero?, que luego te llenas la barriga de porquerías y no comes”. Si llama porquerías a todas esas delicias, pensaba yo, entonces que dirá del frite ese de rabos que ha estado preparando esta mañana para comer. Es sorprendente lo que me gusta ahora este plato tan huerteño, que antes, con sólo olerlo, me ponía a vomitar. Propongo a la comisión que para otro año convoque un concurso culinario de frite de rabos, del que, puestos a pedir, no me importaría ser miembro del jurado. Poco puedo recordar más de aquellas fiestas de mi infancia, que para mí y mis hermanos terminaban el domingo de la Virgen por la tarde, y tempranito para no coger caravana, dormitando rumbo a la capital en


un Renault 12 amarillo, atiborrado con productos de la tierra: un costal con patatas y membrillos de la huerta de la abuela María, una damajuana con aceitunas, una caja de huevos envueltos en papel de periódico, y, por supuesto, un par de colgaeros de patatera, que nos aromatizaban el viaje, porque el lunes, como todos los lunes, había que volver al colegio para hacerse hombres de provecho. Mira, al final no sé si voy a poder darle la razón a mi padre, porque en el fondo no creo que haya llegado a ser un hombre de mucho provecho, pero, al menos, Juan he tenido el honor de dar el pregón de las fiestas de tu pueblo. Menos da una piedra. La verdad es que en mi juventud me resarcí del trauma infantil y puedo decir que disfrute con intensidad del resto de las fiestas y, en especial, de las capeas. De esos alocados años, poco puedo decir de los festejos religiosos, salvo del Rosario, al que, como se celebraba por la tarde y pasaba por delante de la casa de mi tía, me era imposible no asistir, aunque debo confesar que lo hacía con gusto, pues este acto, por su sencillez y belleza, es el que más me ha gustado siempre de los religiosos. Es difícil crear tanta emoción con tan poco: el misterio de la noche, el baile de luces y sombras de una lumbre, y, lo fundamental, el fervor de un pueblo cantando a su Virgen: las mujeres con la voz temblorosa y los hombres contestándolas un poco a lo dúo Pimpinela, con un vozarrón pelín exagerado. En especial, recuerdo el de un año en el que casi a última hora logramos convencer a mi padre para que nos dejara venir a las fiestas, y que vi con especial agradecimiento desde el balcón de mi habituación, mientras deshacía la maleta. A la procesión del domingo difícilmente podía haber asistido en aquellos años, y, de verdad, créanme, no por falta de ganas, pero, tienen que reconocer que sale un poco pronto y a la hora y, porque no decirlo, en el estado en que me acostaba entonces ni la diana floreada, ni los cohetes, ni siquiera la tercera guerra mundial hubieran conseguido despertarme. Solo hubiese podido asistir, si, como le ha ocurrido a más de uno, me hubiese encontrado por casualidad con ella de vuelta a casa. Por eso, siempre he admirado a aquellos, entre los que debo destacar a un buen amigo, a los que los estragos de una noche de juerga no impedía estar año


tras año de punta en blanco a la puerta de la iglesia, para sacar a la Virgen. Claro, que mi amigo en el fondo jugaba con ventaja, porque a él no le dejaba pegar ojo con sus reproches una golondrina un poco alcahueta, que anidaba en el tejado de su casa. De estos años de juventud debo destacar la eclosión de las peñas, que desde entonces llenan de alegría y colorido las calles de nuestro pueblo. Por supuesto, con anterioridad también había habido peñas y pandillas de amigos animando las fiestas: la Peña la Vieja, La Garrafa, Los Pitas Pitas, pero en los años ochenta el número de peñas se multiplicó como los conejos: La Bulla, El Charco, El Taponazo, El Charpazo, Los Rebeldes, Los Que Faltaban, El Tranquillo, Agua Potable, la ejemplar Sopa, y , no me puedo olvidar de la Peña del Rosario, que es la de mi madre y mi suegra, y, por supuesto, de la mía, de la que, no es que no quiera, pero no puedo decirles el nombre. Yo formó parte de una peña peculiar, por decirlo de algún modo, un poco anárquica, lo que no quiere decir desordenada, a la que no le gustan ni los uniformes ni las etiquetas y que, por eso, no ha tenido nunca ni camisetas oficiales, ni un nombre único y definitivo: en los orígenes se llamó “Peña Alegre”, luego “La Basca”, mas tarde “One Suburuteto”, y ahora, en los últimos años, -mucho tiempo nos está durandorespondemos al apelativo de “Romangordo”. Bueno, voy a ser sincero, yo en realidad formo parte de una pandilla de gandules, que nunca se ha puesto de acuerdo ni para hacer unas míseras camisetas, y que ha sobrevivido gracias al esfuerzo y descaliento del más dispuesto de todos, que año tras año nos ha organizado las fiestas, y que todavía está intentando cobrar el ponche que nos bebimos en el 92, que, por cierto, no debió ser poco. Lo de no tener nombre a la larga ha tenido su gracia, sobre todo por el desconcierto que provocaba en aquellos que se dirigían a nosotros; igual que lo de no tener camisetas oficiales, porque así cada uno se ha pintado en la suya el lema o la leyenda que en cada momento ha estimado oportuno. Esto me lleva a recordar una costumbre que arraigó hace alrededor de unos veinte años, y que en la actualidad desafortunadamente casi se ha perdido: la de imprimir cada año pegatinas


de las peñas para repartirlas como obsequio a los demás, que las exhibíamos con orgullo sobre nuestra indumentaria. Sobre todo debo destacar, por ser las más ingeniosas e imaginativas, aquellas que se hacían de forma personalizada y en el acto, escribiendo con un rotulador sobre un papel adhesivo una leyenda simpática, crítica o provocadora, pero siempre acorde con la personalidad o el aspecto del que iba a pegarla en su cuerpo, que no tenía otra pretensión que la de animar con ironía el cotarro, riéndose de todo, empezando por uno mismo. Yo también tuve una pegativa propia, que seguro que muchos de ustedes conocen: “Calambre no hay pan duro”. A mi parecer, no estaría de más que se recuperara esta práctica festiva y transgresora, quizá la única aportación de mi generación a las fiestas, que mostró el talento oculto de muchos jóvenes de aquella época, como por ejemplo - seguro que me olvido de alguno- Julio Carretero, Quelín, Pablo Piloto o Luismi, el de Merce. De este último debo destacar una obra maestra, de la que, con su permiso, me serviré más adelante para rematar este discurso, pues, a mi juicio, es el mejor eslogan publicitario que se puede hacer de este pueblo y de su fiestas, y que decía así: “Huertas ¿te animas?. Ese mismo espíritu irónico y, por qué no decirlo, algo gamberro, de las pegatinas, animaba los cánticos, bromas y provocaciones que durante las capeas se lanzaban desde las farolas por parte de las peñas, con la intención de que el resto de la plaza se uniera y participara del ambiente festivo. Aquí el ingenio y la imaginación era suplido por la desvergüenza que provocaba la ingesta masiva de un misterioso brebaje: el ponche; mezcla aleatoria de licores de difícil mixtura, del que se desconoce todo salvo sus efectos: con el primer vaso se pierde la timidez, a partir del tercero, el habla, después del quinto, los papeles y, con el octavo, si se tiene o consigue pareja, se pierde la virg… Bueno voy a callarme que hay niños delante. Como el bebedizo admite de todo, les aconsejo que añadan un ligero toque del famoso revitalizador capilar “A brota no macho”, porque, así, se protegerán contra la caída del cabello cuando el ponche les cae sobre la cabeza, y digo les cae, porque, a diferencia de otras fiestas vulgares donde se hacen guerras entre los vecinos, arrojándose vino,


tomates o agua, en las farolas de las huertas el ponche se cae, no se tira. Nosotros, los huerteños, cuando queremos hacer una guerra, nos dejamos de marico…, bueno de pamplinas, y preparamos un buen apedreo como los de antaño: los de los barrios de arriba contra los de abajo. Al salir de la plaza, yo era –insisto era- de los que, como los del chiste, no venía de las capeas, sino de los ca-peos, porque en aquella época –vuelvo a insistir en aquella época, que ya no lo pruebo- como la gran mayoría de los huerteños a la media hora del festejo no veía ni las vacas. Pero, esto siempre me ha sorprendido, si ir bebido en exceso es algo vergonzoso, emborracharse en las capeas era algo tolerado y, en cierto modo, simpático, supongo que por lo generalizado. En aquellos años era habitual que después de las capeas llegara a casa casi a gatas, y, claro a esas horas, me encontraba a toda la familia reunida alrededor de la camilla, esperándome para cenar. Al ver el lamentable estado en que llegaba, mi madre y mi tía, sorprendentemente, en vez de echarme la correspondiente bronca y mandarme a dormirla, dejaban escapar una leve sonrisa de complicidad, y, cuando a duras penas, balbuceando como un bebe, intentaba explicarles que me habían sentado mal los churros que acababa de tomar, asentían de forma comprensiva y hasta se ofrecían a hacerme una sopa, para que me asentara el estómago. Así una tarde, tras otra: lunes, martes, miércoles, sábado, domingo y día del Pilar, borracho como una cuba y sin recibir el más mínimo reproche ni de mi madre, ni de mi tía. La verdad, era tan extraño, que incluso llegué a pensar que ellas también estaban puestas. En estos momentos, es oportuno agradecer a los bares del pueblo por su contribución a la fiesta, que hago extensiva a todas las personas que trabajan en estos días, especialmente a los miembros de la comisión y sus colaboradores, porque sin los esfuerzos, aguante y amabilidad de todos ellos no nos podríamos divertir el resto. Me vienen ahora a la memoria y se me hace la boca agua: las renombradas gambas de Vizcaíno, las migas de la matanza de Tito, las paellas de Borde, las raciones de moraga del Cuando, las cañas en el Cacharrero, la Azul o el Palenque, y, por supuesto, la mítica movida de Viñero, donde yo me sentaba como en casa, y digo bien me sentaba y no me sentía, porque sus sillones de


tapicería atigrada eran idénticos a unos que tuvimos algún tiempo en el piso de mis padres en Madrid, y que ahora adornan el comedor de mi tía Anita. Imagínense el mal rollo que pase la primera vez que me fui a sentar en ellos con compañía femenina. La verdad es que todavía no me explico cómo, con esas pintas y esos peos, se nos arrimaban las chicas. Supongo que con lo mostosos que estábamos por el sudor, el polvo de la plaza y el ponche que nos había caído encima, quedaban atrapadas como moscas y no se podían despegar en toda la noche. Yo, como ya sabéis de sobra, siempre he vivido fuera del pueblo, por lo que nunca podía disfrutar del final de las fiestas, que a mi familia y a mí nos pillaba casi siempre en el coche de vuelta a casa, de ahí que no diera crédito a mis ojos aquella tan deseada primera vez que pude cantar con todos vosotros la Salve en la plaza. Poco puedo decir que no se haya dicho ya de este acto tan espectacular como extraño, por el lugar y el momento en que se celebra. No me cabe la menor duda de que este momento culmen de las fiestas sobrecoge hasta al más ateo, pero a mí, esa primera vez, lo que más me impresionó fue como cambio de forma tan súbita y drástica el ambiente en la plaza: se pasó en un instante de la algarabía al silencio más profundo, del desenfreno al recogimiento, del descontrol al respeto y al hermanamiento. Seguro que para una persona de fuera este himno debe tener algo de milagroso, para que esa panda de alimañas enloquecidas, encerradas en esas jaulas grandes que parecen las farolas, y que momentos antes no paraban de berrear canciones, decir barbaridades y bañarse con ponche, enmudecieran de repente como por arte de magia, bajaran a la plaza como mansos corderitos y, sobre todo, consiguieran con ese pulso encender una bengala. Unas fiestas, llevado por la emoción del momento, me dio por pensar que cada una de esas bengalas que portábamos los huerteños eran las ánimas de aquellos que en algún momento han poblado estas huertas, y que, gracias a nuestro canto, retornaban por un momento a nuestro lado. Desde entonces para mí este acto es todavía, si cabe, más emotivo, pues siento que están conmigo los que ya se fueron, que desgraciadamente son más cada año. En nuestra farola, parece mentira, ya faltan tres amigos: José, Ezequiel y Diego.


Ahora, las fiestas, aunque no han cambiado, tampoco son las mismas. Sigo sintiendo, cuando empieza a declinar septiembre, la misma ilusión de antaño, e intentó no perderme ninguna, pero ahora comprendo que lo mejor de ellas no son sus numerosos y diversos actos, sino el mero hecho de poder venir, de estar otra vez aquí con toda la familia, de reunirse a comer con los amigos de siempre, de pasear por las calles, saludar a los vecinos y encontrarse con agrado a gente que sólo ves “de Pascuas a Ramos”, o más bien, “del Pilar al Rosario”, como deberíamos decir los huerteños. Lo importante ya no es la diversión, la juerga, sino disfrutar, compartir con todos ustedes una sencilla alegría; esa alegría sencilla que siempre me ha regalado este pueblo, porque parafraseando la pegatina de mi amigo Luismi, a mí Las Huertas me animan, me dan energía y felicidad, me llenan de esa vida, que, tal como reza su topónimo, se cultiva en estas Huertas. De pequeño, cuando me iba llorando a Madrid, anhelaba poder vivir aquí todo el año para no tener otra vez que marchar, pero me equivocaba, porque, luego, cuando estaba allí, el saber que ya faltaba menos para volver al pueblo, me daba fuerzas para seguir adelante, era el bálsamo y acicate que me hacía más llevadero el curso, cuando estudiaba y, más tarde, menos tedioso el trabajo. Pasara lo que pasara, bueno o malo, siempre estaban ahí las Huertas para redimirme. Y lo mismo, con más razón si cabe, puedo decir de sus fiestas, que, a pesar de haberme perdido muchas por celebrarse en octubre, nunca trasladaría a otras fechas más calurosas del calendario, porque cuando el verano empieza a dar las boqueas, cuando las vacaciones van terminando y hay que volver a la escuela o al trabajo, cuando los días empiezan a acortarse y tenemos que echar mano de una rebequilla que nos recuerda que pronto estará aquí el triste y largo invierno, en los huerteños no anida la desilusión, en los huerteños no cunde el desaliento, en los huerteños no triunfa el desánimo, porque aquí aún nos queda la traca final: las Fiestas de la Virgen del Rosario. Este pregón está llegando a su fin. No creo que deba dar a los huerteños, fiesteros por naturaleza, ánimos para comenzar estos días de alegría, desahogo, diversión y pitorreo, pero sí os voy a pedir, aunque no me gusta dar lecciones, que os acerquéis a ellos, no solo con ánimo, sino


también con ánima, -las ánimas que también se dan en estas huertas-, que ese alma presida como una bandera el regocijo y la jarana, que no falte el buen talante, la buena disposición, el buen rollo, como prefieren decir los jóvenes, por compromiso y respeto a los demás, incluido los animales con los que nos vamos a divertir esta semana, pero, también, por no defraudar el animoso espíritu de nuestro pueblo. Y humildemente os aconsejo que durante estos días no os quitéis la sonrisa ni para meteros en la cama, que riáis como locos todas las bromas, que cantéis hasta la afonía y bailéis hasta la agujeta -que no se desperdicie una melodía por el ridículo miedo al ridículo-, que achuchéis a la pareja en los agarrados, que el colesterol no os corte al pringar la salsa, que apuréis el chato de vino como si fuera el último, en definitiva, os aconsejo, ya habrá tiempo para indignarnos, que aprovechéis al máximo el manantial de vida que nos regalan las fiestas del Rosario, para recargar las baterías con esa energía vital que tanto vamos a necesitar para hacer frente a los afanes, cargas y sacrificios que, tal como están las cosas, con seguridad nos va a traer el próximo año; año que para nosotros, los huerteños, comienza después del Pilar y termina el primer domingo de Octubre, día de nuestra muy querida Virgen del Rosario.

Pregon Julian Pablos  

Pregon de las Fiestas 2011