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El 20 de Febrero, pude ver realizada una idea de @Metaficticio y @fragmentario que se llamó “Desperté con una erección”, eran relatos de que sin duda son mis tuiteros favoritos. Me enamoré de todos ellos, así que quise adoptar la idea y compartirla con algunos otras personas que también leo mucho en Twitter. Gracias a todos los que participaron y a los que se tomen el tiempo de leer sus historias. 3

Neón de media noche.

@DgneradoTextual

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Total…

@Isadorablee

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Pasiones.

@_UnknownPoet

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Entrega.

@PaolaCe_

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Tormenta.

@Besos_Rojos

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Otra vez te enamoraste, Roberto.

@FherTurkita

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También me fui.

@Maulevolo

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Preguntas.

@SoyMaestra

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Karla… ¿La gorda?

@jlbautista

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Sueño

@japonimo


NEÓN DE MEDIA NOCHE. Amanecí con una erección y sin la billetera, quién sabe sin quién y quién sabe dónde. Fueron algunos destellos luminosos que se colaban por entre un ventanal de cristales estrellados lo que me despertó. La habitación en la que me encontraba lucía lúgubre, con apenas un sofá de pana verde resquebrajado por el tiempo, en una esquina; una mesita redonda apolillada que apenas y se sostenía, en el centro del cuarto y la cama sin sábanas en la que me encontraba recostado. El lugar estaba impregnado de un aroma asfixiante: era la mezcla de sudores y jadeos, de sexo por compasión, por venganza, despecho, oficio y devoción. Aún con los ojos sumidos y ojerosos pude advertir un par de botellas vacías de ron y algunas colillas de cigarrillos machacadas sobre el suelo; señal inequívoca de lo bien que lo había pasado, sin embargo, aún embrutecido por el alcohol no lograba recordar lo sucedido la noche anterior. Era mi cumpleaños número veintiséis y sólo había un lugar al que añoraba ir para celebrarlo: “El Calígula”. El Calígula era el más conocido de los burdeles del barrio bajo, y le guardaba cierto cariño porque me cobijó entre sus brazos cuando hube cumplido los dieciocho años. Carlota, la matrona del lugar, pese al tiempo transcurrido me reconoció; cálidamente me dio la bienvenida y me invitó a pasar a su humilde morada. Era como volver a casa después de haber estado extraviado. Como en aquella parábola del «hijo pródigo» que solía pregonar un nazareno. La casona de estilo francés estaba atiborrada de machos que eran atraídos por el místico fulgor que se desprendía de un enorme letrero de luz neón. En la estancia principal, recostadas sobre largos sillones aterciopelados, se encontraban las herederas de las viejas glorias de Sodoma, esperando por el mejor postor. Después de varios minutos de caminar por la pieza, me encontré con una chica más o menos de mi edad, o quizá más chica. Era una trigueña de carnes generosas y una gran melena azabache; el regalo perfecto. Le invité unos cuantos tragos y charlamos sobre el porqué estaba ahí. Ella parecía disfrutar del ambiente que se vivía en ese tipo de lugares, y más todavía entregarse cada noche a más de un desconocido a cambio de un par de copas y una razonable suma de plata. La noche transcurría y los hombres no dejaban de entrar y salir, de las habitaciones y de la casa. Para ese momento ya me encontraba un tanto mareado y con ganas de follar, así que pagué la cuenta al cantinero y me dirigí hacia doña Carlota para fijar el precio de salida de su ahijada. Lo último que recuerdo es que al salir abordamos un taxi que aguardaba por nosotros en la entrada. La cabeza me daba vueltas y vueltas y en algún momento sucumbí. No recuerdo más nada, o quizá no quiera recordar, y es que, al tratar de levantarme lo que más dolía no era que me hubieran pillado el reloj y la cartera, sino el culo al tratar de caminar.

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TOTAL… Desperté con una erección. Ahora no sé qué hacer. Aquí está ella al lado mío, dormida. Es el momento perfecto, es mi oportunidad, la tengo aquí. Pobre, la pasa tan mal en su casa, tantos problemas, pleitos y demás, sí, pobre; pero qué fortuna que me haya pedido asilo hoy. Yo, como el noble amigo que soy, no pude negarme. También fue buena suerte que Carlos se haya puesto borracho y nadie le haya querido dar un aventón a su casa, ufff, mira qué lástima… Pero no importa, que se quede en el sillón, claro que no hay problema. Así de amable, caray. Hasta fingí que no me importa que dejaran toda la casa hecha un asco. Pinches marranos, cómo no hacen sus desmadres en otro lado, a ver. Siempre aquí, ya me tienen como su pendejo. Menos ella, ella no. Preciosura, ella no. Tampoco Carlos, él ya me debe varias, y dejarlo quedarse hoy cuenta por diez. Qué buen pretexto, el sillón ya estaba ocupado y pues mira, si quieres te puedes quedar en la cama, por mí no hay ningún problema, -ninguno, mamacita- cómo crees, en serio, que no te de pena, ponemos la almohada en medio... Puse cara de que no pasaba nada extraño y me metí entre las sábanas. Quiero recordar qué me platicaba: que muchas gracias, que qué bueno soy con ella, que si ponía una alarma, que en la mañana me ayudaba a limpiar, que si esto y lo otro. También puse cara de que moría de sueño, para disimular lo caliente que me estaba poniendo. Yo creo fueron las cervezas porque sí me dormí, pero sigo caliente. No tarda en amanecer y yo con esta erección y ella a mi lado y los dos con poca ropa y pinche almohada, la voy a quitar. Total, a nadie le hace daño una buena metida -a ella menos-, y si se enoja, pues ya qué, ya se contentará.

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PASIONES. Amanecí con una erección. Aún era temprano y ya te habías marchado con la prisa que te da por la madrugada, era tarde para desquitar mis ganas en tu piel. Mi cama guarda tu olor a fresa, en tu almohada reposan dos cabellos que olvidaste en tu huida. Solo bastaban unos instantes de conciencia para que me calara hondo tu ausencia. Nunca imaginé la posibilidad de enganchar mi obsesión a tus besos, si cuando acordamos en la barra de aquel bar del centro una aventura como remedio a las ganas pendientes del fin de semana anterior en que nos despertó la madrugada en un hotel de paso. Casada o comprometida, no tenía la certeza de nada más que tu nombre. A pesar de haberme vuelto algo liberal – y libertino – en mi madurez, mi educación conservadora le daba poco crédito a tu proceder, tan naturalmente infiel como la brisa sin dirección. Una vez mientras tomábamos una copa de vino de tinto después de mirar Los puentes de Madison, después de sorber un poco de tu copa dijiste, “Absurda película, si en éstas épocas sabemos que podemos amar con la plenitud del ser a alguien, pero satisfacernos en la calma de alguien con mejores habilidades, tantas veces aquel que sabe amar no sabe desvestir con pericia”, solté una carcajada y bebí un poco de vino, luego la miré de reojo con un poco más de deseo. Siempre en mi casa al rayar al atardecer, a veces los martes pero siempre los jueves; te esperaba en la sala, en un solo movimiento se abría el portón eléctrico, estacionabas tu coche, bajabas con tu bolso guardando en el tus llaves y mi control remoto para no olvidarlo. Nos plantábamos un beso y a veces lo hacíamos ahí en mismo, en la sala, en la mesa, o en la barra. Luego bebíamos café, mirábamos una película o discutíamos apasionadamente de la decadente cultura. Tantos recuerdos que llegan en los dos o tres minutos que uno se aferra a la cama para no iniciar una rutina. Era martes y ya esperaba el jueves con ansias.

El minutero acariciaba las doce, el horario rozaba las siete, bebía una copa de vino y esperaba que saliera el pollo del horno, vigilaba la pasta y tarareaba fly me to the moon de Wes Montgomery. Me miraste y tus ojos se veían ligeramente más abiertos de lo normal, pero aceptaste la cena que te ofrecí sin preguntar y la botella de L.A. Cetto que puse en la mesa, hablamos un poco de sueños sin detalles, sin nombres, sin fechas. Yo acariciaba tu muslo desde un costado tuyo y te miraba los labios mientras hablabas. Te tomé de la mano, subimos las escaleras y te llevé a mi recamara. Te desvestí callado, te besé la espalda como quien devora la calma, nos entregamos a la pasión desbordada como siempre, como nunca. Y mientras el orgasmo invadía nuestros cuerpos, te llamé por tu nombre – que nunca olvido – y después de ganar tu mirada te dije: “Te amo”, tú me besaste como callándome, te recostaste, dormiste un poco, yo al filo de las tres me quedé dormido. A la mañana siguiente noté algo en mi buró, eran tus labios rojos marcados en un papel en blanco y mi control remoto.

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ENTREGA. Amanecí con una erección. Se sentía en el pensamiento, en el recuerdo de tus besos, en el cuerpo, en la piel, fue una erección de los vellos al recordar ese atardecer, ese dulce y bello atardecer, donde tus ojos brillaban, donde creí que podría morir, morir plena y completamente feliz. Ese día te veías hermosa, fue impresionante como el tenue reflejo del sol te hacía ver tan radiante, tan llena de vida. Como el encuentro fue mágico, es tan difícil de olvidar. Era una tarde calurosa, llena de luz, los pájaros se oían cantar, el viento revoloteaba mi cabello, la brisa de la fuente chispeaba mi cara, me sudaban las manos, me mordía los labios, moría de nervios y de la emoción de saber que en cualquier momento vendrías… De pronto volteo, te veo a lo lejos. Tu sonrisa fue tan fácil de distinguir, tus pasos eran rápidos... Se veía a leguas como te urgía llegar a mí, así como a mí, mi corazón palpitaba, sentía que saldría de mí, y por fin, en mis brazos te pude sentir. Aun recuerdo el perfecto aroma de café que tomamos esa tarde, y como quedo impregnado tan dulcemente en tus labios, que fue imposible para mí no besarlos, y sentir palpitar tan raído tu corazón, y como tus manos empezaron a sudar como las mías, como de pronto un beso llevo al otro, no podía parar, quería mas, ¡Quería más de ti! Paso lentamente la tarde, con las ansias de esperar aquel instante en que un momento de soledad pudiera llegar. Tengo grabado en mis ojos el dulce de tu mirar al saber que esa noche, tal vez, podrías tenerme para ti. Paseamos por el parque, la hermosa tarde hacía que el día fuera cada vez más perfecto, tome tu mano y sentí por primera vez cómo ibas haciéndote mía, que no era solo un simple roce de manos, si no que era muestra de un amor que podría ser verdadero. Me llevaste a tu coche, la hermosa tarde que rápidamente se desvanecía me pegaba en el deseo, el viento pegaba en mis pechos, me hacía pensar que tus manos eran las que me rodeaban... Pero no, solo ahora, era el simple viento. Me llevaste a la entrada de la casa; como era obvio, te invité a pasar. Una o dos copas de vino no nos caerían mal... Después de mucha plática, un silencio apareció. Era la hora, la oportunidad perfecta para poder besarte una vez más; así que me armé de valor y lo hice... Lo pienso y siento aún tus labios húmedos entrelazados con los míos y como lentamente, tu lengua empezó a jugar con la mía, ¡parecía que ellas también se habían enamorado! Luego, poco a poco tus manos empezaron a tocar mi cuello, mis hombros, mis brazos, hasta así llegar a mi pecho; esas suaves manos sabían exactamente qué movimiento hacer, ¡estaba encantada! No lo podría creer, no podría ni respirar. Era lo que esperaba, lo que tanto soñaba, esta noche me entregaría a ti. Amanecí con una erección en el recuerdo, de una noche de amor verdadero junto a ti.

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TORMENTA. Amanecí con una erección.

No es que fuese algo extraordinario, porque siendo honesto, es patéticamente común entre nosotros los hombres. Lo extraño aquí es que no había tenido una erección desde que te fuiste. Había caído una tormenta toda la noche y esta mañana prometía no dejarla ir. El cielo gris y las nubes aún más, me recordaban aquel día. También llovía. Algunos truenos interrumpían esos recuerdos que tengo de ti, los relámpagos iluminaban la habitación únicamente para darme cuenta de que ya no estabas ahí. Desde aquel 21 de julio me gusta pensar que mi nostalgia, mi tristeza y tu recuerdo combinaban perfectamente con este clima. El silencio se veía cómodamente interrumpido por la lluvia golpeando las ventanas, el techo, el pavimento; y en ese momento me detengo en el mismo pensamiento de siempre: te fuiste cuando estábamos a punto de celebrar nuestro décimo aniversario. Interrumpo mis reflexiones sobre aquella noche para darme cuenta de que Mónica se ha levantado. Ese escándalo es inconfundible de los domingos por las mañanas, donde mi plan de hacerme el dormido se viene abajo cuando sin ningún reparo se mete a mi cama a abrazarme, besarme y darme los buenos días. La veo con una gran sonrisa y pretendo ignorar el dolor que me causa saber que sus grandes ojos verdes siempre terminan por recordarme los tuyos. Es hermosa, la abrazo y la beso en la frente como una insignificante muestra de agradecimiento por tenerla conmigo. A veces me pregunta sobre ti. Hoy es una de esas ocasiones e insiste en saber cómo eras físicamente; te describo desenfadadamente y reprimo estas malditas ganas de contarle que siempre me resultaste bellísima, que aún puedo sentir el olor de tu cabello, que tu sonrisa tenía el poder de arreglar mi más pesado día y que desde que no estás aquí, te extraño como un loco todos los días. No termino de imaginar cuántos detalles y experiencias podría contarle sobre ti, sobre nosotros. Aquí me encuentro ahora, acostado tratando de disimular este miedo a hablarle de ti ya sin verdades a medias. Destrozándome por dentro tratando de encontrar una respuesta que la deje tranquila. Que me deje tranquilo. Ese constante sonido de la lluvia que por un momento me aturdió, desapareció por completo cuando la escuché haciéndome esa pregunta: “Papá, ¿cómo murió mi mami?”.

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OTRA VEZ TE ENAMORASTE, ROBERTO. Amanecí con una erección sobre mí. Él se había quedado dormido, y yo sólo podía sentir su respiración profunda y pesada, robándome su cuerpo horas y horas de libertad. Había pensado ya con anterioridad decirle que esta relación era un sin sentido total, que lo que él buscaba yo ya no se lo podía dar. Que el impostergable final había llegado y de aquel fuego de pasión sólo quedaba el vapor etílico que aún nos mantenía en marcha. La desidia había hecho que me enredara cada vez más en una espiral inacabable de mentiras para seguir con la divagación sobre mi propia vida, pero hoy, al sentir el peso de su cuerpo sobre mí, fue como si la vida misma se me viniera encima, recordándome las obligaciones no cumplidas. Es extraño como los ruidos y los aromas te transportan a otro momento y otro lugar, uno al que no quieres pertenecer, pero te esclaviza: las pequeñas risas de los niños, los gritos de una mujer que prepara el desayuno, el del repartidor de gas, los camiones… la cotidianeidad en pleno desenmarañándose y llamándote a cumplir con tu responsabilidad. La línea que divide el deber del placer a veces es tan imperceptible, tanto como la que divide al amor de la falta de libertad, y yo ya había perdido todas. Traté de deslizarme fuera de la cama, pero él me sintió y en un reflejo me asió con mayor fuerza. Somnoliento, acarició mi rostro y me besó, como sólo un hombre como él lo podía hacer: con decisión. Ahora entiendo que lo iba a extrañar y el por qué de la postergación del fin… él era sensual, sin duda cumplía siempre sus metas, lo cual me parece que casi inconscientemente era lo que me atraía realmente. Sus 42 años, su cuerpo curtido, su piel bronceada, no eran nada comparado con su carácter que se reforzaba con unos ojos negros y profundos, enmarcados por dos profusas cejas y su denso cabello negro. Me giró en un momento dado, quería satisfacer las ganas que su cuerpo le pedía, ¿por qué no dejarlo?, de todos modos sería como la despedida que nunca íbamos a tener, que esa mañana, brillante, eterna, fuera testigo del fin…. Me gustan los contrastes. Dejé que terminara, violenta y salvajemente, hasta permití que se viniera en mi boca, quizás, para quedarme con algo de él. Después de un momento, se levantó y fue al baño, yo sólo rogaba que como era su costumbre, tomara un baño de tina, y me diera tiempo de prepararme. Me vestí, impecable como siempre, miré por la ventana y la calle estaba vacía, fue entonces que decidí entrar al cuarto de baño, donde él me recibió con una maravillosa sonrisa, me acerqué, me incliné, lo besé por última vez… y sólo dejé que la secadora hiciera el resto… •“Otra vez te enamoraste Roberto” -, dijo una voz masculina al otro lado del teléfono •“No” – dijo esta vez Roberto con la claridad de una gota de agua – “Puedes apostar que en todo momento lo disfruté, pero no lo amé. Quiero el pago como siempre. Ahora llama a mi esposa y dile que llegaré a comer a las 6”.

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TAMBIÉN ME FUI. Amanecí con una erección. Como si estuvieras ahí, semidesnuda en el balcón interpretando el exquisito calor. Amanecí como si estuvieras frente a mí, besando tu cuello, sosteniendo tus muslos, con tu espalda contra la pared. Hasta hoy 15 de Enero, han pasado cuatrocientos veintisiete días desde que te fuiste. No sé cuándo tendrás ésta carta en tus manos, no sé si quiera si podrás tener algunos minutos para leer esto después de saber que el remitente soy yo, desde Buenos Aires... Así como tú, también decidí dejar México, cambie las convicciones aquella madrugada que te fuiste, pensé en alejarme de todo lo bueno que tuvimos algún día, hasta empezar a preocuparme por mí y por fin dejar de pensar en nosotros. Por eso me fui. ¿Sabes? Mis satisfacciones han cambiado, ya no encuentro mi felicidad en tu sonrisa a las 06:45 antes de ir a la oficina, tampoco hay llamadas a la hora de la comida, abrazos sin sentido al llegar a casa, ni miradas sinceras antes de dormir... Ya no hay nada de ti. En cambio, hay más madures, más anhelos, más ilusiones. Es como si hubiera cambiado todo, menos el sueño de estar juntos, por eso llevo dos meses viviendo al sur de Buenos Aires, esperando encontrarte cerca de la Casa Rosada cualquier tarde de Otoño, para por fin demostrarte el amor eterno, que nunca te pude jurar. Con diferentes perspectivas, pero con la convicción de estar a tu lado, Mauricio...

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PREGUNTAS. “Amanecí con una erección, ¿Dónde estás? Me la quiero gastar contigo”, decía ese SMS que recibí en mi celular a las 7:36 a.m. en un domingo de aquellas vacaciones en el mar. Era de un número desconocido, y me puse a pensar… ¿Qué hice anoche?, ¿Conocí a alguien?, ¿A quién le di mi número de celular? Mezclar la playa con el alcohol no deja nada bueno… ¿O sí? ¿Cómo será? ¿De dónde es?, ¿Lo habré besado? O lo que es peor, ¿me habré acostado con él anoche? Bueno, eso no hubiera sido lo peor, peor hubiera sido perder mi bolsa, pero no. No podía levantarme de la cama por estar pensando la clásica pregunta mañanera de todos mis fines de semana: ¿Qué chingados hice anoche? No sabía si sentir vergüenza o sentirme orgullosa por mi hazaña nocturna; yo, bronceada, conociendo extranjeros, bailando a la orilla del mar, lejos de casa, soltera, joven y guapa… ¡PERO MALA COPA!

Leí una y otra vez ese mensaje tratando de recordar pero fue inútil. ¿A qué hora llegué al hotel?, ¿Cómo entré al cuarto? ¡¿Dónde está mi otro huarache?! Me dije a mi misma: “Bueno, si me mandó ese mensaje es porque le gusto, pero… ¿Qué tipo de mensaje es ése? ¿Erección? ¡¿ERECCIÓN?! Por lo menos es muy correcto en sus expresiones. Si le contesto va a creer que soy una puta ¡Y NO! ¡CLARO QUE NO! Pero si no le contesto puedo perder una de esas oportunidades que no se dan todos los días ¿Y si es el argentino que conocí en la alberca? ¿O ese canadiense que sabía hablar español? ¿O el de 27 años que me dijo que vivía en Monterrey? Aún un poco mareada por los efectos del alcohol, decidí meterme a bañar, ponerme guapa y siendo las 8:30 de la mañana yo ya estaba lista para contestar ese mensaje. ¿Pero qué le contesto? “Si guapo, yo te bajo tu erección, ven, estoy en la habitación 69. Perdón, quise decir 89”. Mmmmhh, no. “No sé quién eres, deja de molestar”. Tampoco. “Perdón, pero no tengo tu número registrado, ¿Me podrías decir quién eres? Tal vez podríamos desayunar ahorita, ¿qué dices?” Sí, eso. Me detuve unos segundos antes de apretar la opción “ENVIAR” y de nuevo las preguntas… ¿Estás segura? ¿Y si es un lanchero asqueroso? ¿Y si te pega alguna enfermedad? ¿Y si ya desayunó?... ENVIANDO MENSAJE… MENSAJE ENVIADO… USTED TIENE UN NUEVO MENSAJE… “Oye, discúlpame de verdad, el mensaje de hace rato no era para ti, me equivoqué por un número, era para mi novia, ya no respondas porque me puedes causar problemas, adiós”.

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KARLA… ¿LA GORDA? Amanecí con una erección. Esperen… Ésta no es mi cama, no es mi recámara. Alzo la mirada para intentar identificar ese rincón con cortinas azules, que dicho sea de paso, estaban muy bonitas. “Oh my God”, pienso “no es posible, no es cierto” Estoy en el cuarto de Karla. ¿La gorda? “No, no puede ser”. Levanto de a poco la sábana, como intentando que en cualquier momento suceda algo que me haga despertar. ¡Sorpresa! De reojo alcanzo a ver un sostén “enorme” en el sillón. ¡No es cierto! Desde la secundaria conocía a esa mujer, Karla, la gorda. ¿En verdad necesito aclararles por qué le decíamos así? Bueno. Era una niña con problemas, que más allá de su forma desorbitante de comer, tenía un problema; lo sé. Su carita era preciosa: unos ojos café claro, piel blanca. Relativamente alta, detalle un tanto opacado por otras dimensiones. Cualquiera podría decir que era toda una reina. Irremediablemente la veía cada día pues se sentaba justo detrás de mí. Su sonrisa era genial, todos los compañeros se daban cuenta que era para mí. ¡Qué horror! ¿No bastaba con que me tocara de pareja en todos los bailables? ¿No eran suficientes las bromitas de “es tu novia”, “se quieren…” y demás? Al tomar esa prenda del sillón e intentar abrirla con mis manos, escuché esa voz densa y un tanto ronca, como de alguien que está despertando: “¿Qué buscas?”. No puedo voltear, no quiero voltear. Es casi como aquella ocasión en la disco. De repente escuché su voz: “Hola precioso. ¿Ya no te acuerdas de mí? Tanto tiempo”. ¿Por qué me abraza? ¿Precioso? Claro que me acuerdo de ti, Karla. O como cuando se atrevió a confesar que yo le gustaba. Creí que había sido el exceso de tequila que tomamos en esa ocasión en casa de Mariela. Esa “pijamada” fue todo un éxito. Mujeres, alcohol, música. Hasta que se le ocurrió a la bendita Karla pronunciar sus palabras mágicas: “Juguemos a la botella”. De pronto ya no fue solo su voz lo que alcancé a percibir a mi espalda. Solté el sostén e intenté acercarme al lugar donde pude encontrar mi ropa, curiosamente muy bien ordenada sobre una silla. Solo alcancé a escuchar el sonido del baño y yo, justo en ese instante, salí corriendo de esa habitación. Ese lugar que conocía desde antes, done llegamos a jugar de pequeños, donde hicimos tareas, donde llegué a confesarme sobre la niña que me gustaba en la secundaria, donde fumé (al menos lo intentamos) por primera vez. Esperen… ¿Todo eso pasó en esa recámara? Bueno, agréguenle que ahora tuve sexo, con… ¿Karla, la gorda? ¡No es cierto! Una llamada a mi celular: Marco. –No mames, cabrón. ¿Qué te pasó anoche? ¿Estás bien? –Este… Sí. ¿Por qué? - Te pusiste muy mal, tomaste demasiado. Gritabas muchas loqueras. ¿Qué onda? - Dormí con Karla. - ¡¿QUÉ?! Karla… Karla… ¿Márquez? ¡No…! -Ya sé. No recuerdo… No entiendo… ¿Qué fue lo que…? -Pues yo solo recuerdo que saliste corriendo y no te pudimos alcanzar. De pronto ya no te vimos. Pero, en serio, ¿qué tal estuvo? De eso si te acuerdas, ¿verdad? ¡¿Verdad?! Silencio incómodo. - No. Y ahorita que salí de su casa no pude ni verla a la cara. ¿Qué le digo? ¿Qué no recuerdo como llegué a su casa? Solo unos cuantos diálogos más y la llamada terminó. Camino a casa e intento revivir algo, recordar algo. De pronto solo un flashazo en mi memoria. Me veo en la puerta de la casa de Karla. Veo que alguien abre la puerta. ¡Dios! ¡No alcanzo a distinguirla! Pero lo poco que recuerdo… Amanecí con una erección. Esperen… Ok, esta si es mi recámara. ¿Cuánto tiempo llevo dormido? ¿Una semana? Mi primer recuerdo es Karla ¿la gorda? Pero si no recuerdo nada, más que el hecho de que fue distinto, se sentía bien. Está decidido: hoy voy a buscarla. Aunque me muera de vergüenza, tengo que preguntarle que pasó. Salgo a buscarla. ¿Flores? Claro, un detalle para aminorar el sentimiento de culpa. ¿Qué pasa aquí? ¿Por qué están rentando su casa? ¿Por qué me siento mal, tan triste? Alcanzo a escuchar risas por la calle. Ojalá sea ella. Mas pronto caigo en desilusión, aunque no del todo, pues veo pasando a Pamela, la mejor amiga de Karla. Luego de sorprenderse y esbozar una sonrisa como saludo, me invita a pasar a su casa y me cuenta una historia donde Karla ha decidido cambiarse a otro lugar, un poco más amplio y más cerca de su nuevo empleo como Restauradora de arte. ¿Quién lo diría? Al despedirme, con un poco más de tranquilidad por saber hacía donde dirigirme ahora, alcanzo a ver una fotografía de Pamela y otra mujer. Bonita. Muy bonita diría yo. Una mujer con facciones “redonditas”, aunque hermosa. Con una carita preciosa: ojos café claro, piel blanca. Relativamente alta. Cualquiera podría decir que era toda una reina. Esperen…

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SUEÑO. Amanecí con una erección. De hecho todos los días amanezco así. Pero, esta vez fue distinto. Mis manos olían a tu piel, mi boca estaba seca, mi cuerpo estaba abatido, mi piel tenía un sabor a sal… ese sabor que queda después de haber sudado. Me levanté, fui al baño, oriné. Regresé a la cama y lo único que me impedía pensar en otra cosa era esa erección. Ahí estaba, como cuando desperté. Pensé que al ir a orinar, desaparecería pero no, estaba presente. Miré el reloj; las 8:33 de la mañana. ¿De qué día? Traté de recordar el momento en el que me dormí. La resaca en mi cabeza era intensa, el sabor de boca malo, una boca seca, con los labios partidos. No me había percatado de que estaba completamente desnudo. Confusión. Ésa era la palabra imperante en ese momento. Comencé a percibir un olor peculiar, un olor a cera de vela. Miré mi pecho y sí, tenía cera derretida, que se pegó con mis vellos. Se veía debajo de ella, un rastro de quemadura leve en mi piel. A pesar de todo esto, estaba feliz, y aún no sabía por qué. El reloj seguía corriendo, el tiempo no para su marcha, y sin embargo, yo trataba de recordar que pasó la noche anterior. Recuerdo haber tomado una copa de vino, haberme relajado y llegar a mi cama, quitarme los zapatos y recostarme. La semana ha sido dura, en especial el día viernes. Hoy, es sábado, y no dejo de buscar explicaciones a esa erección. Ahí está, no se va; y no he tenido alguna influencia visual, o algún deseo para despertarla. En mi mente comienzan a correr imágenes a modo de flash. Destellos que me dejan verte, besándome, acariciándome… ¿¡Atándome!? Pero, a todo esto, ¿en qué momento llegaste conmigo?, ¿quién te dejó entrar a mi casa?, ¿cómo es que llegas, y ahora, no estás, pero sí está ésta sensación de vacío, ese dejo de malestar y cruda moral? Recuerdo tu belleza, digna de una diosa celestial. Tu piel trigueña, tus labios color carmín, tus pechos firmes y perfectos y tus caderas que hacen enloquecer al más cuerdo. Me mordías con ternura cada parte de mi entrepierna. De repente estuve dentro de ti, y tu calor invadió cada sentido en mi cuerpo. Esa humedad se incrementó, y abrió mi percepción hacia un universo en el cuál tú y yo nos fundíamos como una sola alma, como un solo ser. Mi boca quedó seca de tanto besarte, mi espalda, arañada por tus uñas, es un placer culposo; un dolor que raya en el masoquismo, una muestra etérea de lo frágil que es el cuerpo, y de lo bien que se siente tener esas experiencias. Desperté completamente, con una erección. En mi buró, una película porno, una copa y una botella de vino vacía. Mis sábanas manchadas con semen, yo, con mi camisa y sólo sin pantalón, pensando en aquel sueño que tuve contigo, ese ser que no sé si exista, ni sé si pueda hacer todo lo que soñé.

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Amanecí con una erección  

Historias al aire. Letras de fuego.

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