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...Y un buen día, ¡Ema ya era mayor y podía leer cuentos! Los cuentos abrieron su imaginación y con ella consiguió todo lo que se propuso. Que la lectura te acompañe siempre. Te quiere mucho, Tu Tattie



Érase una vez una niña llamada Ema, tan especial que robaba los corazones de cuantos la veían. Pero quien más la quería era su abuelita Lili, a la que todo le parecía poco cuando se trataba de obsequiarla. Un día le regaló una caperucita de terciopelo colorado, y como le sentaba tan bien y la pequeña no quería llevar otra cosa, todo el mundo comenzó a llamarla Caperucita Roja.


Una mañana, su madre Lucía le dijo: —Mira, Caperucita, ahí tienes un pedazo de bizcocho y miel. Se

lo llevarás a la abuelita Lili, que está enferma. Seguro que con esto y tu cariño se pondrá mejor.


Cantando iba Caperucita por el bosque, camino a casa de su abuelita, cuando se encontró con el lobo. —¡Buenos días, Caperucita Roja! —¡Buenos días, lobo! —¿Adónde vas tan temprano, Caperucita? —A casa de mi abuelita. —¿Y qué llevas en el delantal? —Un pedazo de bizcocho y miel. ¿Dónde vive tu abuelita? —Bosque adentro. Su casa está junto a tres

grandes robles, más arriba del seto de avellanos —le explicó Caperucita. Entonces, el lobo pensó: «Esta niña es tierna

y débil y será un bocado riquísimo, mejor que la abuela. Tendré que ingeniármelas para comerlas a las dos».


Y, después de continuar un rato al lado de la niña, le dijo: —¿Caperucita, has visto qué preciosas flores hay por aquí?

Caminas rápido, como si fueses a la escuela, con lo divertido que es pasear por el bosque.


Caperucita Roja levantó los ojos y, al ver bailotear los rayos de sol entre los árboles y todo el suelo cubierto de bellísimas flores, pensó: «Si le llevo a la abuelita un buen ramillete, le daré una alegría enorme».


Mientras tanto, el lobo salió escopetado a la casa de la abuelita. Al llegar, llamó a la puerta. —¿Quién es? —preguntó la abuelita. —Soy Caperucita Roja, y te traigo bizcocho y miel. ¡Abre! —¡Descorre el cerrojo! —gritó la abuelita—. Estoy muy débil y no

puedo levantarme. El lobo descorrió el cerrojo y, sin esperar un minuto, devoró a

la anciana de un bocado. Se puso luego su vestido, su cofia y se metió en la cama.


Mientras tanto, Caperucita había estado recogiendo flores, y cuando tuvo un ramillete tan grande que ya no podía añadirle una flor más, se acordó de su abuelita y reemprendió el camino a su casa. Se extrañó al ver la puerta abierta. Cuando entró en la

habitación experimentó una sensación rara, y pensó: «¡Qué angustia siento! Con lo bien que me encuentro siempre en casa de mi abuela».


Caperucita dijo en voz alta: —¡Buenos días! —pero no obtuvo respuesta. Se acercó a la cama

y vio a su abuela con la cofia hundida, de modo que le tapaba casi toda la cara, y con un aspecto muy extraño—. ¡Ay, abuelita, qué orejas más grandes tienes! ——Son para escucharte mejor.


—¡Ay, abuelita, vaya manos tan grandes que tienes! —Son para abrazarte mejor. —¡Pero, abuelita, qué boca más terriblemente grande tienes! —¡Es para comerte mejor! Y, diciendo esto, el lobo saltó de la cama y se tragó a la pobre Caperucita Roja.


Cuando el mal bicho estuvo harto, se metió de nuevo en la cama y se quedó dormido, roncando ruidosamente. He aquí que pasó por el lugar el leñador Juan, que pensó: «¡Pero cómo ronca la anciana! Voy a entrar, no vaya a ser que le ocurra algo». Entró en el cuarto y, al acercarse a la cama, vio al lobo que dormía en ella.


—¡Ajá! ¡Por fin te encuentro, viejo bribón! —exclamó Juan—. ¡Llevo

mucho tiempo buscándote! Y se le ocurrió que tal vez habría devorado a la abuelita y que

quizá estuviese aún a tiempo de salvarla. Con unas tijeras, empezó a abrir la barriga de la fiera dormida.


De pronto, vio brillar la caperuza roja, y poco después apareció la sonrisa de la abuelita. Caperucita corrió a buscar gruesas piedras, y junto al leñador llenaron la barriga del lobo, que seguía roncando como si nada hubiera pasado. Este, al despertarse, trató de escapar, pero las piedras pesaban tanto que cayó al suelo.


Y dicen los árboles más sabios del bosque que fue tan grande el abrazo que dio la nieta a su abuela Lili que esta no volvió a resfriarse en mucho tiempo. Y colorín colorado, esta historia se ha acabado.




Caperucita