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MO DO CA E (Relatos 2000-2004)

Fèlix Garcia Fradejas

copyright: 1110200340710 ©

Cubierta: Louis-Léopold Boilly. 36 Expresiones


-EL CERDO. -MAMA. -MARTINEZ, HOMBRE BOBO. -LOPEZ HUERTAS,36. -VICIO. -PABLO. -VILLANCICO EN SEPIA. -PSICOFONÍA. -METÁFORA. -A VIDA O MUERTE. -LA PAJA EN EL OJO AJENO. -EL HOMBRE QUE SALIO A LA CALLE CON LA PICHA AL AIRE. -UNA CARA VULGAR. -LA INCERTIDUMBRE. -HOMO ERECTUS. -¿ME DAS UN CIGARRO? -NO, PORQUE ES MIO. -¡¡¡COMED, HIJOS DE PUTA!!! -UNA HISTORIA EN DIEZ MINUTOS SOBRE UN JOVEN TRIUNFADOR. -LA REINA DE LA CASA. -LA RELIQUIA. -CIUDAD. -APARIENCIAS. -INCUESTIONABILIDAD. -CON UN PAR.


EL CERDO A don Federico le gustaba tocarles el culo a los niños. Don Federico era un profesor de 3º de E.G.B. de sesenta años de un colegio masculino, casado no se sabe por que extraño encantamiento con una mujer veinte años mas joven que el, y además de muy buen ver, a la que no ponía un dedo -ni nada parecido- encima desde cierto día que entro al servicio del colegio a lavarse las manos -los alumnos y los profesores compartían los mismos baños- y vio por la rendija de un retrete mal cerrado a un niño de unos diez años meneándosela. Parece ser que la visión le toco el alma, pues no entro a reprenderle por una acción tan indigna de un niño temeroso de Dios también daba clase de religión- sino que se quedo espiándole hasta que acabo la faena. Desde entonces, cada vez que sacaba a un alumno a su mesa a leer la lección, mientras el crío leía el se entretenía dándole palmadas y palpándole el culete, y los niños, como niños que eran, lo tomaban por un gesto cariñoso, como una palmada en la espalda. También, cada vez que los chavales estaban en el vestuario después de la clase de educación física, acudía allí como cochino al maíz con cualquier excusa gilipollas para ver si podía pillar a alguno en pelotas, y si pillaba a alguno y este te tapaba al verlo entrar le decía que no debía de tener vergüenza, que allí eran todos chicos y todos tenían lo mismo, que debía verle a el como un padre, etcétera… Don Federico también daba clases particulares en su casa a varios alumnos suyos que el consideraba necesitaban una atención suplementaria -con el consiguiente desembolso monetario de los sufridos padres-, y con esto y su sueldo de maestro le permitía vivir a el y a su mujer -no tenían hijosmuy holgadamente.


Un día que Inocencia -la mujer de don Federico- estaba haciendo limpieza general descubrió encima de un armario una caja que no recordaba haber puesto allí, la bajó y vio que contenía cuatro vídeos porno de menores que su marido pretendía ocultar de esa forma tan barata. -¡Federico! ¡¿Qué es esto?! -gritó ella desde el dormitorio. -¿Qué es que? -pregunto asustado don Federico. Fue Inocencia hasta el salón con las películas y se las enseño. -¡Esto! -¡Que cojones tienes tu que mirar en mis cosas, mala puta! -¡Eres un puto pervertido! -dijo ella al borde del llanto- ¡Te tenia que denunciar! ¡Así que es por esto por lo que ya no se te levanta conmigo, y yo como una pobrecilla pensando que te estabas quedando impotente y sin atreverme a decírtelo para que no te sintieras mal! ¡La enfermedad la tienes en la cabeza! ¡Canalla! ¡Hijoputa! ¡ZAS! La dio una hostia en la cara que la tiro al suelo. No era la primera vez que la pegaba -eran las únicas veces que la ponía la mano encima- pues el consideraba, y no tenia ningún reparo en admitir, que cuando la parienta de uno se ponía tonta lo mejor era darla dos hostias para que se la quitase la bobada. -¡Hijo de puta! -dijo Inocencia, histérica, en el suelo- ¡Esto no te lo consiento mas veces! ¡Ahora mismo me voy donde mi hermana y no me vas a volver a ver mas el pelo en tu puta vida! ¡Cabrón! -¡Pues vete a tomar po´l culo! ¡Tres cojones que me importa! estaba bien jodido con que ella hubiera descubierto “su secreto”-¡Y como se te ocurra hablar de las películas… Te mato! De modo que ella cogió una maleta, metió cuatro vestidos y cuatro cosas mas y se fue, con una crisis de histeria y un ojo a la funerala.


Esa noche don Federico la paso atacado de los nervios, mas porque su mujer hubiera descubierto sus películas y se fuese del mirlo que porque se hubiese marchado. Estaba acojonado pensando en lo que ocurriría si sus amigotes, el profesorado y sobre todo los padres de los alumnos se enterasen de su afición a los culitos tiernos aunque todavía no se hubiese comido ninguno, cosa que también le jodía lo suyo, de modo que se fue al mueble-bar, agarro la botella de coñac para calmar la ansiedad y se echo un pelotazo al coleto, luego se dispuso a dar un repaso general y completo a su filmoteca y asi se paso la noche, viendo como violaban a críos pequeños, soplando la berza y matándose a pajas. Cuando despertó tenia una resaca de mil pares de cojones. Estaba en el sofá y todavía tenia la chorra de la mano. Eran las nueve de la mañana del sábado y a las once y media tenia que dar clases particulares a cuatro alumnos suyos y las putas ganas que tenia de hacerlo con lo de su mujer en la cabeza y el resacón que le venia grande, de modo que les llamo por teléfono para decirles que esa mañana no había clase, que se encontraba indispuesto y que al sábado próximo ya recuperarían. Se dio una ducha y fue al salón a recoger los videos -no sabia para que- para volverlos a esconder, y cuando llego allí vio que algo no le cuadraba, había tres videos encima de la mesa y el cuarto dentro del magnetoscopio, como a el le gustaba llamarlo, un par de pañuelos de papel al lado del sillón conteniendo los resultados del calentón nocturno y ¡Faltaba la puta botella de coñac! -¡Cagüendios! -bramo. No estaba en la mesa, ni en el mueble-bar, ni debajo del sofá ni de los sillones ni en ningún puto sitio donde se le ocurriese mirar.


-¡Donde cojones estas! -decía, cada vez mas mosqueado. Fue hasta la cocina y allí se la encontró rota en el suelo en mil pedazos que también se encontraban en la mesa -donde posiblemente la había estampanado- y en las sillas, sin acordarse de haberlo hecho -aunque suponía por que lo había hecho, se conocía bien- y después de un par de reniegos y un par de dioses fue a por el cepillo y el recogedor -la fregona no hacia falta, no había dejado una gota- y limpio aquel destrozo, cagándose en su puta madre. -¡Ding Dong! -llamaban a la puerta. -”¡¿Y ahora quien hostias es?!” - pensó don Federico. Fue hasta la mirilla creyendo que podría ser su mujer, arrepentida de haberle levantado la voz, y cuando miro vio a Luisito. “Me cago en la puta. Se me había olvidado este” pensó, dándose cuenta de que solo había avisado por teléfono para que no vinieran a tres alumnos de los cuatro, así que abrió la puerta contrariado porque este mocoso venia en autobús de un pueblo a diez kilómetros y no era plan de mandarle por ahí a cascarla. -Buenos días, don Federico -dijo el niño. -Hola Luisito, majo -contesto Don Federico- Veras, he llamado a tus compañeros para decirles que no vinieran porque estoy un poco malito y no me he dado cuenta de avisarte a ti, pero como ya me encuentro un poco mejor y tu no vives aquí te voy a dar clase, anda, majo, pasa, no te quedes ahí. Fue Don Federico por el pasillo hasta la cocina, que es donde daba las clases, detrás de Luisito -rubio, pelo largo y rizado, ojos azules, muy guapo. Uno de sus preferidos, y no precisamente por sus notas ni por su rendimiento en la escuela, y una vez allí le puso unas cuantas operaciones de matemáticas para que las fuera haciendo mientras que el iba un momento al


baño porque se le había olvidado afeitarse. -A ver si me tienes estas cuentas acabadas para cuando termine de acicalarme, Luisito, majo. “Que guapo es este niño. Y que culo mas redondito tiene, el jodio” pensaba don Federico mientras se desbarbaba con un acarajotamiento enorme -dos cortes se había hecho ya-. -¡AYYY! -chillo Luisito desde la cocina. -¿¡Qué pasa!? -pregunto don Federico alarmado desde el lavabo. -¡Me he clavado un cristal en el culito! -dijo Luisito. Era muy cursi, cosa que ponía a cien a su maestro. -¡Me sale mucha sangre! ¡Venga a vérmelo, por favor, don Federico! Al oír aquello a don Federico le dio un vuelco al corazón. Echo a correr por el pasillo bamboleando sus ciento quince kilos de peso como un globo lleno de agua clamando para sus adentros “Santiago y cierra España”. -¿Qué te ha pasado, hijo mío? -pregunto don Federico resoplando, apoyado en el marco de la puerta. La carrera le había matado. -He ido a sentarme en esta otra silla que estaba mas cerca de la ventana y al sentarme me he clavado un cristal en el culito. Míreme a ver lo que me he hecho, por favor… -gimió Luisito, al tiempo que volviéndose de espaldas se bajaba el pantalón y el calzoncillo y le ensañaba el culo a su preceptor. A don Federico al ver aquello unos sudores le iban y otros le venían. Se agacho a ver la herida -no era gran cosa- y empezó a palpar las nalgas a Luisito. -No es mucho, Luisito, pre-precioso.¿Te duele cuando te aprieto? -pregunto baboseando el examinador, que notaba como se le llenaba el gallumbo de carne. -Si. -sollozaba Luisito- Pero solo es en el carrillo derecho. No se por que me aprieta también el otro.


Don Federico ya estaba fuera de si, y empezó a morder el culo del niño. Siguió así un rato, sujetando a Luisito que se resistía y chillaba hasta que, preso de entusiasmo garañón, le sodomizo. Esa misma tarde don Federico cogió el coche y se fue a un pinar a intentar relajarse y ordenar sus pensamientos. Paseo entre los arboles intentando convencerse de que el niño no hablaría -le había dicho que si lo contaba le expulsarían del colegio, que pensara en su pobre madre, y que además perdería a sus amiguitos y seria el hazmerreír de todos los niños, que le pegarían por mariquita- y después se puso a recordar como penetro al crío, lo que le había costado meterla en un orificio tan pequeño, los gritos del niño -¡Mama! ¡Auxilio! ¡Mama! ¡Auxilio! chillaba- y la sangre del culo del chiquillo empapándole la polla hasta que se empalmo otra vez y se fue detrás de un árbol a sacudírsela. Héctor “Bolangano” era un hijo de puta en toda la extensión de la palabra. Acababa de cumplir cuatro meses de prisión merced a una mano de hostias que había pegado a un bakaladero bajito y payasón que se había atrevido a vacilarle en un bar. No era la primera vez que Héctor “Bolangano” -le llamaban así los demás presos por el rabo que gastaba, el animal- daba con su ciruelo entre rejas; ya antes había estado seis años preso por asesinato. Cierta ocasión en que había llegado a casa dos días antes de lo previsto de un viaje, fue camionero, sin avisar para dar una sorpresa a su mujer y a su hijo que acababa de cumplir un año la sorpresa se la llevo el cuando entro en su domicilio y oyó gemidos, fue hasta su dormitorio que era de donde provenían y se encontró con un compañero de oficina de su costilla poniéndola a esta una vara por todo lo alto. Lo que ocurrió a continuación era lo mas probable que sucediese


tratándose de un individuo de carácter sanguíneo como Héctor que acababa de descubrir su cabronez. Fue a la cocina, cogió un cuchillo enorme, el mas grande que había alli, regreso a la alcoba y allí mismo despacho al fulano, y habría proseguido con su esposa de no haber escuchado el llanto de su hijo en la habitación de al lado, que Héctor, fuese un hijo de puta o dejase de serlo, sentía devoción por su vástago, ese niño que había visto poquísimas veces en los últimos años, que era lo único que tenía y que quería en el mundo y al que, esa tarde se lo había contado llorando, le acababan de partir el culo. Espero toda la puta tarde Héctor en una cafetería enfrente de la vivienda de don Federico a que este llegase a casa, después de haber subido y comprobado que no estaba allí, y cuando iba por la séptima copa de ginebra a palo seco, ante la incomodidad de los parroquianos que se preguntaban unos a otros en murmullos que quien era ese tío con pinta de patibulario, pelaje que no podía negar, que se estaba poniendo ciego a Larios solo, vio entrar en el portal de enfrente al cabrón que había violado a su hijo -lo reconoció porque esa misma tarde Luisito le había enseñado una foto en la que estaba el con todos sus compañeros de clase y don Federico de fondo-, de modo que espero a acabarse la copa para dar tiempo al profesor a entrar en su domicilio y no preparar el folklore en el portal cuando se le encendía la sangre perdía el control de sus actos, pero también sabia conservar la entereza como nadie. Era mas duro que el pan de ayer- y una vez se la hubo bebido subió a hacerle una visita. Estaba don Federico quitándose los zapatos cuando llamaron al timbre, se asomo por la mirilla para ver quien era, no fuera a ser su mujer o la policia por el asunto de Luisito, ya que el padre de este no podía ser por estar encarcelado, pensó, y


viendo a un hombre al que no conocía de nada, con mal aspecto, eso si, decidió abrirle para ver que pasaba. -Buenas tardes. ¿Qué quería? -dijo don Federico. -Buenas tardes. Soy el padre de un alumno suyo -contesto Héctor apartando al maestro y entrando en la casa- y he venido a hablar de mi hijo. -¿Pero que se ha creído? -dijo don Federico, asombrado- ¿Qué porque sea el padre de un alumno mío eso le da derecho a entrar en mi casa de esa manera? ¡Es usted un sinvergüenza! ¡Y haga el favor de salir ahora mismo de aquí! -¡Pero es que mi hijo se llama Luis! -dijo Héctor agarrando del cuello al cada vez mas acojonado preceptor mientras que con la otra mano le ponía una navaja en la barriga- ¡Y por mi puta madre que te vas a acordar de lo que has hecho! -¡Po-por favor! -balbuceaba don Federico- ¡Yo no le he hecho nada a su hijo! ¡Esto es una equivocación! ¡ZAS! Una hostia a puño cerrado en toda la cara tiro al maestro al suelo, mientras Héctor metía ahora una mano en la que ponía tatuado “Amor de madre” en el pantalón y sacaba una pistola. -¿Te gustan los niños tiernos? ¿Eh, hijo de la gran puta? ¡Pues ahora vas a probar a un hombre! -decía Héctor, bajándose la bragueta del pantalón y sacando una tranca de palmo y medio. -¡Ahora me la vas a chupar! -seguía diciendo poniéndole la pistola en la sien- ¡Y cuidadito con morder o te pego los sesos en la pared! -¡Pe-pero usted esta loco! -decía el maestro notando el cañón de la pistola al lado de su ojo y con la verga del padre de Luisito a diez centímetros de su boca- ¡Que esta hacien… ¡GLUPS! El vergajazo le llego hasta el gaznate. Don Federico sentía que se ahogaba al tiempo que rompía a llorar de rabia, de miedo, de vergüenza y de impotencia. -¿Te gusta esto, pervertido de mierda? -decía Héctor- ¡Y no


llores, que me estas mojando los güevos! Luego le dio otra hostia con el cañón de la pistola en la cabeza y volvió a ir al suelo el profesor. -Ahora -decía Héctor, guardándose la fusca y sacando de nuevo la navaja- te vas a bajar los pantalones y te vas a poner a cuatro patas. ¿Has entendido, corazón? -Si-si -contesto el maestro. Su voluntad ya estaba completamente anulada por el terror y la vergüenza y le obedeció en el acto. -Así me gusta. Buen chico -le dijo Héctor- Supongo que ya sabrás que te esperan trescientos gramos de carne magra en todo el burel… ¿No? ¡¡¡RASSSHHH!!! El domingo de madrugada la policía encontró el cuerpo sin vida de don Federico en el piso de este gracias a la denuncia de un niño que había ingresado en el hospital el sábado por la noche con una fuerte hemorragia en el ano por desgarramiento del esfínter. El niño había estado sangrando todo el día y lo oculto a su madre -que no a su padre- hasta que por la noche cayo en el salón desmayado. Su madre, aterrada, llamo a una ambulancia que les llevo al centro de urgencias y allí se descubrió todo el pastel. A su hijo le han violado, señora, dijo el medico que le atendió a la madre. Luego, con un policía que el facultativo había llamado de oficio, y viendo a su madre descompuesta suplicarle que por favor dijera quien le había hecho esa monstruosidad, Luisito lo contó todo. Lo de don Federico y lo de que también se lo había contado a su padre porque sabia que este le mataría. De este modo fue la policía a casa de don Federico, a proceder a su detención suponiendo que el padre del niño no hubiese llegado antes que ellos, cosa que temían porque Luisito les habia dicho que en cuanto se lo contó a su padre y le enseño la foto del profesor, a media tarde,


Héctor había salido de casa diciendo “¡Lo mato! ¡Por mi puta madre que lo mato!”. Además, la policía conocía sus antecedentes, de modo que no les pillo mucho por sorpresa la carnicería que se encontraron en el domicilio de don Federico. El profesor estaba en el suelo, degollado por una navajada que le iba de oreja a oreja. Tenia además numerosas puñaladas en el vientre -dieciséis revelo la autopsia- y los pantalones y los calzoncillos bajados hasta las rodillas. Y lo mas curioso es que, además de toda la escabechina que le habían preparado, también le habían amputado el pene, pero este no aparecía por ninguna parte. Fue en la autopsia cuando se descubrió que, además de haberle sodomizado brutalmente con un aparato de dimensiones escandalosas, el miembro del profesor se hallaba introducido en su propio recto. A los once meses de los hechos Inocencia se había vuelto a casar. Esta vez con un hombre de su edad, tambíen amigo de tocar culos, pero solo el de ella, y que nunca la había levantado la voz. Ni mucho menos la mano. El día del aniversario de la muerte de don Federico Inocencia pensó por un momento en llevarle un ramo de flores a la sepultura, pero al final decidió que se le llevase su puta madre. Félix García Fradejas. Diciembre 2000.


MAMA Mama, el viernes cumplo diez años. ¿Tu crees que vendrá la abuela? ¿Qué me regalara? Mama, ¿te acuerdas que ayer te dije que Cati, la niña mas guapa del colegio, me había sonreído? Hoy la he preguntado si quería que la acompañase a casa y se ha reido de mi con todas sus amigas. Y luego han venido Juan y Manuel, esos dos niños tan malos de mi clase y me han pegado. Doña Cristina les ha dicho que como se vuelvan a meter conmigo va a mandar venir a sus padres, y me han dicho que ya se las pagare. ¡Mira! ¿Te gusta lo que he dibujado en la clase de gimnasia? ¡Somos tu y yo viendo la puesta de sol, el día que me llevaste a ver el mar! Te quiero mucho. Mama, hoy casi no he comido. Es que me han vuelto a poner pescado cocido y ya sabes que no me gusta nada. Pero luego me he comido tres peras. Mama, este fin de semana echan en el cine Scream. ¡Me gustaría mas ir a verla! Pero ya sabes. Anoche me acabe de leer La isla del tesoro. Me ha gustado mas el libro que la película. ¿Sabes lo que me gustaría que me regalara la abuela? ¡Una Play-Station! Antes jugaba mucho a la Play-Station con Jorge, pero como ya no quiere ir conmigo… ¿Sabes, mama? No voy a volver a saludar a Cati. Es muy mala. ¿Por qué me he tenido que enamorar de la niña mas mala del colegio? ¿Te acuerdas del viejecito que siempre me daba caramelos cuando me bajabas al parque? ¡Es mas bueno…! ¡Siempre que me le encuentro en el autobús se levanta para que me siente yo…! Mama, este verano no voy a volver al campamento, que el verano pasado lo pase muy mal.


David, el de mi clase, ya tiene novia. ¿Tu crees que alguna niña se enamoraría de mi? Yo creo que no. Esta mañana he entrado a pesarme en la farmacia. He engordado un kilo. Ahora peso ciento dieciséis. La señora de la farmacia siempre me sonríe cuando me voy, pero tiene cara de pena. Esta tarde, cuando venia a verte, me estaban esperando Juan y Manuel en la puerta del cementerio para reírse de mi. Me han pegado y me han llamado monstruo, y luego me han dicho riéndose que te lo viniera a contar a ti, que tu no me puedes oír. Mama…¿Por qué yo no tengo amigos? Mama… ¿Por qué todo el mundo se ríe de mi? Mama…¿Por qué no me quiere nadie? Mama…¿Por qué no me muero de una puta vez? Félix García Fradejas. Diciembre 2000.


EL TEDIO Llevo seis cigarros en una hora. Fumo demasiado. El concurso que están echando en la tele es una mierda, no me entretiene lo mas mínimo. Tampoco me entretiene mirar a la calle desde mi apartamento. La verdad es que no me entretiene absolutamente nada en este mundo. Nada. ¿Qué voy a contar? Tengo cuarenta y seis años. Llevo catorce de ellos cuidando de mi madre, que quedo tetrapléjica desde que un coche la atropellara cuando estaba cruzando la M-30 fuera del paso de peatones, y durante toda mi vida el principal y único- ingrediente a sido el Aburrimiento. Me llamo Luis Pérez. Siempre he pensado que incluso mi nombre es gris. Vivo solo con mi madre desde que mi padre muriera hace treinta y dos o treinta y tres años de un infarto, y debo confesar que la noticia no me produjo el mas ligero estremecimiento. Siempre he sido así. Nunca he tenido amigos, ni novia, ni nada que se lo pareciese. Trabajo en una oficina en la que mis compañeros me importan lo que mi madre y lo que el resto del mundo. Nada. Quiero explicarme: No soy un amargado. Simplemente nunca he experimentado ninguna emoción ni ningún sentimiento bueno ni malo, y quiero dejar esto bien claro: Ni bueno ni malo. Tampoco me preocupa, lo que tal vez constituye lo mas grave. Pero no me importa. Soy virgen y no bebo ni tomo drogas. Ya he dicho que nunca tuve novia. También podría haber ido de putas, o intentarlo con algún hombre, pero es que el sexo nunca me intereso. Ni la bebida ni las drogas. Ni nada. Esta tarde he dado de comer a mi madre, como todas las tardes y las mañanas y las noches desde hace catorce años. También la he cortado las uñas. Mas de una vez he pensado mientras la corto las uñas que ocurriría si la cortara un dedo, si ello me


transmitiría alguna sensación. Hoy lo he hecho. Cuando la cortaba la uña de un dedo del pie la he cortado -sin querer- un poco el dedo. Me he decidido. La he cortado el dedo entero -queriendo- y ha chillado -mi made tiene dañadas las funciones motrices, no las sensitivas-. Nada. La he cortado otro dedo. Nada. Ninguna emoción. La he intentado recordar cuando me hacia regalos o me arropaba siendo yo pequeño, para ver si de esta manera despertaba en mi alguna sensación, y pensando en ello la he cortado otro dedo. Nada. Mi madre esta llorando. Me pregunta que hago, si me he vuelto loco, por que la hago esto a ella que siempre me ha querido. Nada. Cambio de táctica. Esta vez intento recordar los momentos en que me ha reñido o me ha castigado siendo yo pequeño mientras la corto otro dedo. Nada. Sigo sin sentir nada. La he cortado todos los dedos de pies y manos y me siento a fumar un cigarro mientras miro como se desangra entre sollozos e hipos -ya se ha cansado de gritar-. Nada. Llevo seis cigarros en una hora. Fumo demasiado. El concurso que están echando en la tele es una mierda, no me entretiene lo mas mínimo. Tampoco me entretiene mirar a la carretera desde mi habitación del asilo mental. La verdad es que no me entretiene absolutamente nada en este mundo. Nada. Félix García Fradejas. Diciembre 2000.


MARTÍNEZ, HOMBRE BOBO “Es mejor parecer imbécil por guardar silencio que abrir la boca y eliminar toda posible duda” Groucho Marx Martínez, hombre bobo, iba para casa el solito cuando, al dar una patada a una lata, ocurrió el milagro: -¿Me das fuego? Dijo una voz a su espalda. -¿Qué? -dijo Martínez, asustado. -¿Qué si me das fuego? -contesto. Era una chica. -¡Si, sí. Toma, toma! -replico Martínez, nervioso. La muchacha era un bombón. Rubia, pelo largo sobre la cara, gafas de sol a pesar de que eran las cinco de la mañana. -¡Gracias, guapo! -le soltó ella. En ese momento oyó Martínez el claxon de un coche a su espalda, se volvió a mirar y al darse otra vez la vuelta la guayaba había desaparecido. Era Martínez un zagal de veintiocho años, tonto del haba, fantasmón y apanarrado, del que sus amigos solían reírse dado que su cociente intelectual solo era calculable por sismólogos; y lo de guapo era redundear en aquello de que la belleza es efímera. En su caso, mas efímera imposible. Aquella noche le costo dormir. No estaba acostumbrado a que una chica le llamase guapo, ni tan solo a que le llamasen, así que después de darlo vueltas se levanto de la cama, se encerró en el servicio y se la meneo mirándose en el espejo; luego volvió a la cama y se quedo dormidito. Al día siguiente bajaba Martínez a tomar café mas contento que de costumbre.


-¡Coño, Martínez, majete! ¡Que sonriente vienes tu hoy! -le dijo Quique, un amigo suyo, al verlo entrar en el bar. -¿Qué te pasa? ¿Has follado? -siguió de chufla. -¡Casi! -dijo Martínez, que al ser un poco estúpido infinito era incapaz de percibir la ironía- ¡Anoche, cuando iba pa’ casa, una tía me pidió fuego y me dijo que estaba para comerme! -¿Y no te la follaste? -le pregunto Quique, que no se lo creía, pero estaba habituado a las bobadas de su colega. -¡No, porque tenia prisa! ¡Pero a esa en cuanto la vuelva a ver cae! -siempre le resultaba favorable su calculo de follabilidades, otra cosa era que una sola vez hiciese diana. -¡Pues nos podias invitar a una copa, para celebrar que a lo mejor te desvirgan de una puta vez! -solto Manolo, otro de la panda, que estaba a la conversación, sabiendo que Martínez, además de mentiroso y fanfarrón, era incapaz de aflojar la mosca. -¡Y una mierda! -voceo Martínez- ¡Además, yo he follado mas que todos vosotros juntos! -Vale, tío… -dijeron Quique y Manolo, casi al unísono. Esa noche fueron los tres a la discoteca; y mientras Quique y Manolo se intentaban escaquear del amigo Martínez -si no no había manera de ligar-, este no hacia mas que mirar a todos los lados por si veía a la chica que le llamo guapo. -Voy un momento a la pista -dijo Martínez. -¡Ahora mismo vamos nosotros! -dijeron los otros, aliviados. No encontró allí el jodedorcillo a la chavala, y apuraba el cubata cuando, al dar una patada a un paquete de tabaco vacío tirado en el suelo, oyó una voz a su espalda. -¿Me das fuego, guapo?


Se dio la vuelta Martínez cual guapo y vio a una chica morena, pelo largo sobre la cara, gafas de sol a pesar de que estaban en una disco con apenas luz, que le resulto familiar. La estudio mientras sacaba el mechero y… ¡Era ella! -¡Ten, ten! -dijo el fuegador, nerviosito- ¡Oye! ¿Cómo te llamas? -Yo me llamo como tu quieras que me llame. ¿Cómo quieres que me llame? -le contesto, exhalando el humo. -¿Qué-que dices? -Martínez se había quedado aturdido por aquella contestación. -Que como te gustaría que me llamase. -No-no se. -tartamudeaba cada vez mas confundido. -Vamos a hacer una cosa. La próxima vez que nos encontremos tienes que haber pensado que nombre te gustaría que tuviese, ¡Ah!, y me gustan esos pantalones que llevas; te marcan paquete de una manera muy… excitante. Al oír aquello Paquetinez se volvió todo miembro. Se dio la vuelta para recoger el whisky cola agarrafonado que había dejado encima de un altavoz y al volverse de nuevo hacia su enamorada, esta había desaparecido. -¿Será posible? -se sorprendió. -¿Pero lo estas diciendo en serio? -pregunto Quique. -¡Que si! ¡Coño! ¡Que si! -contesto Martínez- ¡Que la he vuelto a ver, y me ha dicho que la ponga nombre y que vaya rabo tengo! ¡Y ha vuelto a desaparecer como la otra vez! -¡Y luego te despertaste! ¿Verdad, majo? -le soltó Manolo¡Venga! ¡Vete a tomar po’l culo! Eran las doce de la noche y Martínez, Quique Y Manolo se estaban tomando el ultimo chisme -el día siguiente era lunesen un bar enfrente de la disco. Esa noche Quique y Manolo no se habían comido nada, y el infantil, para no variar, tampoco.


-¿Y dices -continuo Manolo- que cada vez que das una patada a algo aparece? ¡La patada te la teníamos que dar a ti en los cojones, a ver si se te quitaba la bobada! -Mira, Martínez -le dijo Quique armándose de paciencia- Tu eres el clásico tío que se inventa malos recuerdos y luego bebe para olvidarlos, así que vete a dormir la mona que mañana tienes que madrugar. Era viernes por la noche otra vez, momento de hacer el mal, y Martínez volvía a estar tan maquillado de si mismo como acostumbraba y continuaba haciendo sus declaraciones habituales, que la poesía es cosa de maricas, que a los maricas hay que darles de hostias porque no son como los demás, que a los demás que les den po’l culo porque me importan una mierda; todos los enlaces posibles por un microcéfalo imposible, tantas cosas tan sin cosas. El tontorrón mas ilustre de la comarca defendiendo el titulo. En esas entraron en el bar una panda de chicas, varias de ellas con minifalda. -¡Las tías que van así son unas guarras! -proclamo Martínez¡Van pidiendo guerra! ¿No las veis? -¡Cada uno ira como le salga de los cojones! ¡No te jode! -dijo Quique, ofendido- Además, si dices tu que van pidiendo guerra, ¿por qué no las entras? -¡Eso! -le secundo Manolo, que cada vez estaba mas harto de los comentarios de Martínez. -¡Iros a tomar po’l culo! ¡Me cago en Dios! ¡Me voy a mear! contesto a voz en grito Martínez, como la mayoría de las veces que le llevaban la contraria. Entro al servicio con una mala hostia de impresión, y al dar una patada a la segunda puerta -los meaderos de pared estaban ocupados- vio que dentro había una chica pelirroja, pelo largo


sobre la cara, gafas de sol a pesar de estar en el lavabo de un bar ¡Ella otra vez! ¡Y esta vez con una minifalda que a duras penas la ocultaba las bragas! -las otras dos veces que la había visto llevaba pantalones. -Dime, Martínez… ¿Te parezco una guarra? -le pregunto. -No, no, claro que no -contesto-. Pero, ¿tu que haces aquí adentro? Llevo mas de una hora en este garito y no te he visto entrar. ¡Y en el váter de los tíos! ¿Y por que cada vez que te veo llevas el pelo de un color diferente? ¿Y como sabes mi nombre? ¿Y… -¡Tranquilo, tranquilo! -le corto ella- Preguntas demasiado, amor mío. Por cierto… ¿Ya me has puesto nombre? No. Por tu cara veo que no. ¿Sabes que me gustaría? Que me follaras como solo un hombre como tu sabe hacerlo… mmm… me estoy mojando solo de pensarlo… Pero todo esto no debes contárselo a tus amigos, que yo se que ya les has dicho lo nuestro. -¡Esta bien. Esta bien! ¡Vamos a follar ahora! -Martínez, berraco. -¡Por favor! ¡No tan deprisa! ¿Cómo vamos a ponernos a follar aquí? Mañana a las once de la noche estarás en la puerta del hotel Caracas, y no te preocupes, tacañín, que todo corre de mi cuenta. Tu sabes como hacer que aparezca tu hada buena, ¿verdad? ¡Ah! Y no sabes como me ponen los hombres de traje… -¡Tóc! ¡Tóc! -golpes a la puerta- ¡¿Vais a salir o que?! -dijo una voz masculina acuciante. -¡Ahora mismo, joder! -contesto nuestro héroe dándose la vuelta hacia el vocinglero. Cuando se giro de nuevo la dueña de sus desvelos había desaparecido, ante su estupor. -¿Qué hora es, Manolo? -pregunto Quique. -Las tres y media. -contesto el susodicho.


-¡Que raro que no hayamos visto a Martínez en toda la noche! -Me ha dicho Isidro que ha pasado por el Caracas hace un ratinín y ha visto a Martínez en la puerta, vestido de traje y dando patadas a una papelera. -apunto el camarero, que les había escuchado. -¡Este chico va a dar en gilipollas! -sentencio Manolo. Félix García Fradejas. Diciembre 2000.


LÓPEZ HUERTAS, 36 “Chica de 30 años, morena, 1’77 cms, tendría contactos con caballeros. +o importa edad, raza ni estado civil. Solo pido seriedad y fantasía” Este es el anuncio que tengo, acompañado de mi numero de buzón, en el teletexto de una cadena televisiva. No hago esto por dinero, no soy una prostituta, lo hago simplemente por placer, sin cobrar un duro. Supongo que la gente podría definirme como ninfómana, pero a mi no me gusta nada ese termino. ¿Porque me guste el sexo y procure disfrutar de el siempre que me sea posible no teniendo pareja estable tengo que ser una enferma o una guarra? No. Pero en esta puta sociedad es natural que se me vea así, cosa que me da absolutamente igual. Estamos aquí cuatro días y tres lloviendo, de modo que nadie va a decirme lo que tengo o no que hacer con mi vida. Además, si un día no me voy a la cama con nadie no me pasa absolutamente nada. Trabajo como químico en un laboratorio farmacéutico y comparto piso con dos amigas, pero mis contactos los realizo en un apartamento que tengo en la calle López Huertas. Quizá mi pasión por el sexo se deba a una reacción subconsciente a una educación infantil casi -por no decir del todo- dictatorial. Mi padre era -y lo sigue siendo- un hombre ultraconservador, ultracatólico, ultraderechista y ultra capullo; no así mi madre, que era -y también lo sigue siendo- una persona mucho mas racional e infinitamente mas benevolente -no entiendo como pudo casarse con un tipo semejante-. Recuerdo que una vez, siendo yo niña, mi padre amenazo con su paraguas a una pareja que se besaba en el vagón del metro en el que el y yo íbamos; en otra ocasión me propino un tortazo y a mi madre unos cuantos mas al ver el bikini que esta me había comprado,


gritándola: “¡Va a ser una puta -tenia yo doce años- y todo por tu culpa!”. También recuerdo su enojo la primera vez que vio el anuncio de Fa, con aquella chica rubia con las tetas al aire, “¡Esto es lo que nos ha traído la puta democracia!” dijo. Ahora veo a mis padres una vez por semana, los domingos, que como con ellos. Me he apartado un poco del asunto. Estaba hablando de mi pasión por el sexo. Y no es solamente pasión, sino también curiosidad y otro montón de cosas. Siempre he pensado en hacer un estudio sociológico sobre los hombres en el tema de la jodienda, las diferencias que hay entre unos y otros, los parecidos, las contradicciones…, pero me temo que no podría ser muy objetiva, ya que una tiene -naturalmente- sus preferencias. Por ejemplo, en cuestión de edad prefiero los hombres que rondan los cuarenta que, generalmente, no solo buscan su satisfacción. Los muchachos de veinte años van muy deprisa: cuatro golpes de riñón y ya se han corrido, quedándose una con las ganas y sin que a ellos les importe lo mas mínimo. Los cincuentones y sesentones, salvo afortunadas excepciones -me ha salido un pareado, je, je,- son otro cantar; a casi todos les cuesta un triunfo mantener mi ritmo en cuanto me salgo del típico polvo que echan con sus señoras y les hago que me coman el coño, les propino una mamada en toda regla o les pido que me la metan por el culo y después todos, casi por regla general, una vez concluido el revolcón se quedan dormidos como tostones mientras que yo me tengo que aliviar sola. En cuestión de tamaño no tengo ninguna preferencia. Siempre me ha parecido una gilipollez la excesiva importancia que dan los tíos al tamaño de su polla. Bueno, tal vez las prefiera algo grandes, pero siempre que vengan acompañadas de alguien que las sepa utilizar. Cierta vez estuve con un chico que tenia un


pollón descomunal, supongo que rondaría los treinta centímetros, y el estaba pagadísimo de si mismo con semejante vergajo, pero en el momento en que nos pusimos a follar el chaval se movía con la misma gracia que un saco de garbanzos, y lo mas memorable del asunto fue que, una vez se corrió, aquella tranca momentos antes tan impresionante quedo reducida a un colgajo miserere que daba risa verlo. No nos engañemos, la diferencia entre una polla tiesa y esa misma polla floja es evidente, pero yo nunca había visto tanta disparidad entre un estado y otro de la misma polla, tal vez debido al enorme contraste, así que el efecto fue cómico. Ni que decir tiene que aquel machote, viendo la cara que yo ponía, se cogió un mosqueo de cuidado y salio de mi casa dejando en ella toda la autosuficiencia con que había entrado allí. Por ultimo, en cuanto a clasificaciones y preferencias se refiere, diré que me gustan los mas atrevidos, pero dentro de un limite, claro esta. No tengo ningún reparo en practicar el sexo oral, cualquiera de sus modalidades, el coito anal, e incluso he llegado a citarme con dos hombres a un tiempo para después llevármeles a la cama a los dos a la vez. También, en una ocasión en que un contacto me dijo que le gustaría que su mujer nos acompañara accedí, y el resultado fue un fabuloso ménage à trois en el que ella y yo nos lo montamos mientras el nos observaba masturbándose para acabar con el follándome mientras yo le comía el coño a su mujer; pero de ahí a permitir que un tío me mee encima, o que me pida que le pegue, o, incluso, como me han pedido, que cague para que el luego se lo coma, va un abismo. Tampoco me entusiasman los tradicionales, los que con una mamada y un cohete urgente al estilo misionero van arreglados y no les pidas mas, que te miran con mal disimulado asombro, te dan una palmada en el culo y te llaman “viciosilla” mientras tu te quedas con las ganas. Que pereza…


Hoy ha venido a mi apartamento un tipo muy especial. Ha entrado muy cohibido, y yo al principio me he quedado sin saber que hacer, pero al momento se ha excitado de una manera que yo raras veces había visto y, siendo de la clase de hombres que no me gustan, he decidido darle una lección, aunque al final no se quien a dado la lección a quien porque si yo me he esforzado en llevarle hasta la taquicardia sentándome encima de su polla y cabalgándole como pocas veces había cabalgado a nadie, el me ha follado con una vorágine que ha conseguido arrancarme cuatro orgasmos que me han dejado el coño en un quiero y no puedo para después metérmela por el culo con la misma intensidad y terminar corriéndose en mi boca suplicándome que me lo tragara todo. El polvo ha sido de los mejores que he echado en mi vida, pero el problema viene ahora, porque no se que cara ponerle el domingo cuando me siente a comer enfrente de el. Félix García Fradejas. Diciembre 2000.


VICIO Debo este descubrimiento a un amigo que en cierta ocasión me dijo: “Tienes tanto hachís en el organismo que el día que no tengas costo te vas a fumar un ojo”. Pues bien, ese día llego. Mejor dicho, esos dos días. El día que me quede sin costo y el día que me fume un ojo. Antes del ojo ya llevaba fumada buena parte de mi anatomía, como ahora contare. Todo comenzó el día que dejaron de fiarme hash. Ya me lo habían advertido los dos camellos a los que pillaba habitualmente, que “llevas mu’ mal rollo, colega. Esto así no”, debido a que me demoraba todo lo que podía en pagarles lo fumao, hasta que me cortaron el suministro. Tampoco era cuestión de buscarme marchantes nuevos en el plan que llevo yo para los negocios, ya lo intente, y me mandaron a cagar, de modo que me ví en la dolorosa disyuntiva de, o hacer caso a la atenta observación de mi camarada sobre las supuestas propiedades psicotrópicas de mi organismo, o fumarme una mierda. Y yo he sido siempre muy escrupuloso. Lo primero que me fume fueron los dedos de los pies. ¿Para que cojones quiere nadie que no sea una masajista tailandesa los dedos de los pies? En cuanto me fume el primero me di cuenta de que mi decisión había sido la correcta. ¡Aquello pegaba como su puta madre! Y, después de toda la jena y toda la bazofia con que te cortaban el costo, ¿no era eso mas sano?, así que me fume los otros nueve uno detrás de otro. Al levantarme después de la fumada me note un poco torpe al andar, torpeza que atribuí al colocón que llevaba encima. No fue hasta que me levante de la cama al día siguiente que me di cuenta que la torpeza no era debida al colocón en si, sino a la falta de dedos, pero me sudaba la polla. Seguí por los pies y mas tarde por las piernas. Mis padres


tuvieron que comprarme una silla de ruedas, pero lo que mas me jodía era que ya no podría ponerme hasta las patas. Después empecé a fumarme el brazo izquierdo. Al principio me preocupo pensar en si podría liarme los canutos con una sola mano, pero yo soy un tío hábil, así que el problema no fue tal. Una vez finalizado el brazo izquierdo decidí fumarme por fin un ojo. ¡Joder. Como ponía! No contento con eso, me fume también el otro, total, para lo que hay que ver, además, de mi siempre se ha dicho que me hacia los porros con los ojos cerrados. Me los fume escuchando a King Crimson, que es el grupo ideal para fumarte un ojo. La situación en mi casa se estaba haciendo insostenible, con mi madre todo el día diciéndome “¡Hijo mío! ¡Te dije que la droga iba a acabar contigo! ¿No lo puedes dejar?”. Mi padre pasaba mas de mi. Me miraba desde el sillón y decía “¡Si es que con este chico no hay manera!”, así que, para no estar todo el puto día escuchando sermones, me fume las orejas. El principal problema que veo yo de fumarte las orejas es que luego no te puedes sujetar las gafas de sol, pero a mi, para la puta falta que me hacia… Otro día me fume la nariz. ¡A ver quien me decía después de eso que iba con el al olorcillo de sus porros! Mas tarde me fume la polla. Total, con este aspecto follaba menos que los Ropper, y por otra parte, soy ya mayorcito para hacerme pajas. Estuve fumando de ella mucho tiempo, ya que yo tenia un nardo de unas dimensiones importantes. Después del piper me fume los huevos. Me los corte a ras del culo, pero con todo y con eso no tuve para mucho; me los debí de cortar un día que hacia frío. Seguí fuma que te fuma, arrancándome partes del torso y de la espalda, pero sin tocarme los órganos vitales, no soy tan gilipollas.


Después de fumarme los glúteos -ya ni hasta el culo se puede uno poner- solo me queda el brazo derecho. Esto plantea un problema: si me le corto -que no se como- ¿Cómo cojones me le lío? Pero confío que hallare la solución, soy un hombre de recursos. Además, la necesidad es la madre de todas las ciencias, y si ni esto consigue detenerme… ¡Me espera un mundo de posibilidades! Félix García Fradejas. Diciembre 2000.


PABLO Eran las once de la noche cuando termino de trabajar. Su ocupación, pese al reconocimiento de sus compañeros de profesión que decían de el que era un excelente profesional, se había convertido para Pablo en una pesada losa, como el resto de su existencia. Se encamino al bar de costumbre, pidió el acostumbrado café y la copa de coñac que no debía tomar -su psiquiatra le había prohibido el alcohol mientras siguiera con el tratamiento de antidepresivos, pero le daba exactamente igual- , encendió un cigarro y, como todas las putas noches, se puso a recordar, y a maldecirse por ello. Rememoro, como siempre, el día de su boda con Lola, como se habían jurado amor eterno, lo maravillosa que parecía la vida entonces; el la seguía queriendo, pese a todo. También evoco, y esta vez sin ningún remordimiento por hacerlo, el día del nacimiento de su hija, Loli, que pronto tomaría su primera comunión y que se había convertido en su único motivo para seguir viviendo. ¿Qué daño había causado el a nadie? ¿Qué es lo que había hecho mal? ¿Por qué tuvo que encontrarse un día a Lola con otro en la cama? No podía dejar de mortificarse con estas preguntas “…si hubiera sido yo de otra manera…” Pero no lo era, y Lola lo sabia. Por eso tuvo que acepar el ultimátum de su esposa: “Si te conviene, Alfredo se queda con nosotros, si no, me voy a ocupar de que no vuelvas a ver a tu hija en tu vida, calzonazos…” Pero el era demasiado cobarde. Demasiado cobarde para arriesgarse a perder a su hija y demasiado cobarde para olvidar a Lola, de modo que tuvo que soportar que el amante de su mujer viviera con ellos, justificándolo Pablo ante la gente


como que era el hermano de Lola; gente que lo sabia todo y que lo único que podía hacer era sentir lastima por ese desgraciado cuya vida ya solo respondía al pretérito. De eso hacia ya cinco años. Fue hacia su casa y se acostó, como desde hacia cinco años, en la cama de los invitados. No se había podido acostumbrar todavía a escuchar a su mujer joder con Alfredo en la habitación de al lado -aquello no era hacer el amor, se decía el-, y como cada noche rezo, rogando una vez mas que todo finalizase. Los únicos paraísos que existen son los perdidos, dicen. A la mañana siguiente se levanto pronto, como de costumbre, y preparo el desayuno para todos. La primera de las humillaciones de la jornada. Mientras hacia esto se preguntaba cuanto tiempo podrían seguir manteniendo el engaño frente a su hija. Loli siempre -por obligación- se acostaba temprano. Ella no sabia que su madre y Alfredo, de quien creía que era en verdad su tío, dormían juntos, aunque Pablo intuyese que la niña sospechaba algo, pero Loli había heredado el carácter de su padre, y nunca se atrevería a decir nada. El día transcurrió como el resto de los días, con las mismas humillaciones de siempre, aunque en esa ocasión hubo una mas: Alfredo había descubierto los poemas que escribía Pablo tal vez su única afición-, muchos de ellos dedicados a Lola años atrás, y los leyó con sorna durante la comida, mientras Lola reía a carcajadas y Pablo agachaba la cabeza y contenía las lagrimas que afloraban a sus ojos. Loli no decía nada. Por la tarde Pablo fue a trabajar. Estuvo en su camerino los cuarenta y cinco minutos habituales y después salio. Espero fumando un pitillo a que el jefe de pista le presentase y por fin


este lo hizo: “¡Damas y caballeros! ¡Niños y niñas! Con ustedes… ¡Popó! ¡El payaso mas feliz del mundo!”. Aplausos. Félix García Fradejas. Diciembre 2000.


VILLANCICO EN SEPIA (Basado en un sueño) El cielo era el que se puede imaginar cualquiera que debe haber en un desierto: sin una sola nube, no azul, sino de un blanquecino enfermizo y con un sol también blanco y abrasador. Pero el paisaje era irreal. La arena no formaba dunas, sino que se extendía formando una eterna superficie total y completamente plana, sin un solo relieve, sin una sola elevación ni una sola hondonada, por ínfimas que fueran, hasta el infinito. En cualquiera de sus indefinidas direcciones. Y en la arena, un hombre. Se hallaba tendido, boca arriba. Era un hombre desmedidamente vasto y en igual desproporción enjuto, de pelo y barba largos y rostro demacrado. Su cuerpo se encontraba en estado de descomposición, poblado por millares de gusanos que le devoraban, su abdomen y su caja torácica abiertos en canal. Estaba vivo. Y cantaba. Mientras las larvas consumían su cuerpo aquel hombre, como si aquello no le causara ninguna afección, cantaba a viva voz. Era un villancico compuesto por el, supuse, pues nunca le había escuchado. En su semblante macilento no se apreciaba muestra alguna de dolor, solo el esfuerzo por cantar mas alto. De improviso arribo una multitud de fotógrafos que no hicieron otra cosa que su función: fotografiar a aquel hombre. Volvió su cabeza y me miro. Me dirigió una mirada inteligente, viva, cómplice. Pareciendo adivinar mis pensamientos me esclareció la razón de su proceder: “Mientras mi cuerpo le devoran los gusanos, yo compongo villancicos para los que les alimentaran”, me dijo, y siguió cantando. Yo no comprendí el significado de sus palabras. Al instante yo ya no me encontraba allí. Estaba en otro lugar, una estancia, y tenia entre mis manos las fotografías de aquel


individuo, que yo contemplaba con vértigo. Eran unos retratos en sepia, pero en ellos no se le veía cantando, sino con la expresión de una agonía absoluta. En uno en particular miraba al objetivo, y reconocí la misma mirada que me había destinado a mi, pese a que el en ninguna ocasión se dirigió a los fotógrafos. En ese momento volví a escuchar aquel villancico mezclado con gritos de calvario, pero no dentro de mi cabeza. Fuera. Félix García Fradejas. Diciembre 2000.


PSICOFONÍA (Basado en un sueño) Era el invierno del 89. Había salido a comprar una revista de parapsicología con la que regalaban una cassette con varias psicofonías grabadas en ella. Al regresar a casa leí la publicación, pero no escuche la cinta; preferí hacerlo cuando me acostase, con auriculares y la luz apagada, para darle un mayor retorcimiento al asunto. Ya en la cama la escuche en las condiciones que antes he comentado. Contenía varias psicofonías. En una de ellas se percibía la voz atemorizada de un niño diciendo “Tengo miedo”, en otra, una mujer de dicción funestamente atona decía “Adimensional. Es adimensional”, en otra mas una voz lúgubre y cavernosa en la que apenas se comprendían tres palabras, inconexas entre si. Todas ellas presentadas por el doctor Jiménez del Oso, que contribuía al ambiente tétrico. Pero a mi una de las que mas me impresiono fue la primera. En ella se escuchaba la conversación de dos personas de la cual era imposible discernir algo; al poco tiempo, mientras continuaba el dialogo inaccesible, comenzaba a sonar una especie de soplido, como una fuga de aire y, súbitamente, una tercera voz que decía, en un tono aterrado y con abrumadora urgencia, “¡San José!”. Cuando escuche la cassette hasta el final apague el equipo de música y me acurruque en la cama, completamente acojonado como estaba hasta que, después de mucho rato, conseguí dormir… Me ví en una cripta situada a quinientos kilómetros bajo la superficie terrestre -en la lógica absurda de un sueño tenia conocimiento de esa profundidad, sin que nada me lo indicaraen la que una luz mortecina procedente de ningún punto me permitía ver lo que allí había: cientos o quizá miles de ataúdes,


formando un laberinto. Camine durante no se cuanto tiempo, observando el monótono lugar, hasta que, de improviso, comencé a advertir una conversación de la cual no podía diferenciar un solo termino y que me era familiar; anduve hacia donde estimaba que procedían las dos voces, sin ningún temor -otra vez la incoherente lógica de los sueños-, hasta que llegue a un habitáculo colosal en el cual no había mas que una sobria y añosa tumba emplazada en el centro. De allí provenía la conversación que ya yo había reconocido. Por un orificio del tamaño de una moneda en un flanco del sepulcro comenzó a surgir una columna de un humo negruzco, pesaroso, malsano, acompañada de un sonido siseante que también reconocí. Empecé a retroceder, sin perder de vista la lóbrega emanación que a su vez tomo mi curso, aunque angustiosamente pausada. Entonces corrí. Cuando me encontraba ya muy lejos de ella me detuve, y me gire a vigilarla recostado contra un herrumbroso paredón. De repente la imposible nube acudió hacia mi con una prontitud inconcebible, conformando mientras en su extremo algo semejante a una cabeza. Cuando estuvo casi a mi altura el rostro ya se hallaba completamente definido: era el semblante famélico de un hombre de pelo y barba enmarañados que, deteniéndose a apenas un palmo de mi cara , me grito demente: ¡SAN JOSÉ!. Félix García Fradejas. Diciembre 2000.


METÁFORA Su silueta era una melodía. El se había embriagado ya tantas veces de ella que conocía como a su propio ser, o como le hubiese complacido conocer a su propio ser, hasta la mas recóndita comisura de la arrebatadora geografía de aquella mujer, pero no por ello dejaba de maravillarse cada vez que se aventuraba en su confortable misterio. La beso. Sus lenguas iniciaron una danza húmeda, frenética, clandestina, mordisqueo sus labios con la violenta irresponsabilidad del niño que por amarla lastima a su mascota, hasta que una delatora gota de sangre rodó por ellos. Se tumbaron en la cama, desnudos, piel contra piel, trazando con sus movimientos arabescos solo comprendidos por los amantes, de fondo sonaba tenue 7 Seconds de Neneh Cherry. El lamió sus turgentes pezones, los pellizco y regreso a su boca, otra vez la beso con igual intensidad para después alzar su cabeza y contemplarla: podía tratarse de la mujer mas dolorosamente bella con la que jamás hubiese estado. Ella ya se había despojado de la venda con que cubria sus ojos al entrar en la estancia y permitía ver estos, del color del cielo que sueña el que nunca tuvo cielo, simétricamente felinos, le miraban con un ardor con el que pocos osan soñar ser mirados, mientras sus labios anhelantes apresaban un mechón ondulado de su cabello, largo y de inquietante color. Hay pecados por los que merece la pena condenarse, es evidente. Inicio el con su lengua a continuación un paseo por el cuerpo de ella, comenzó en su cuello y descendió, demorándose en su ombligo para luego proseguir hacia su pubis, sorbió el gusto salado de su clítoris y libo su calida gruta, a su vez, ella apoyaba sus pies en la espalda de el en tanto que dibujaba con sus uñas veredas en sus costados. Llego el turno de ella de recorrer con sus labios y su lengua el


cuerpo de su compañero. Siguió idéntica ruta que antes el. Se deslizo sinuosa por su boca, su cuello, su pecho, su abdomen, hasta culminar el trayecto en su miembro, pétreo, refulgente, ígneo en su boca en la que ella lo acogió, inaugurando así un compás febril en el cual ella sentía su glande, como si de una prolongación del corazón del hombre se tratara, latiendo en su garganta. Introdujo luego el su órgano en ella, después de haber acariciado con este su clítoris, propiciando una respuesta electrizante de la venus. Comenzó así el acompasamiento, progresando hacia una frenética cadencia en la que ella debajo de el recibía sus embestidas al tiempo que sofocaba sus gemidos mordiendo su propio dedo, después de un momento apremiantemente largo o agotadoramente corto ella se incorporo y, mostrándole sus nalgas, se separo los glúteos con las manos y sumergió un dedo en su esfínter, al tiempo que le dedicaba una mirada cargada de significados, invitándole. Jadeos, sollozos, gritos, presión del ano de ella en el miembro de el hasta que este, desprendiéndose de ella y sintiéndose en el limite de su capacidad de resistencia, la pidió su boca, ella, ávida, la ofreció, recibiendo en ella hasta la ultima gota de aquel jugo en que el se derramo. -Y ahora haz el favor de no roncar, que tengo sueño -la dijo, dándose la vuelta. -”Anda… Así te mueras… Hijoputa…” -pensó su esposa. Félix García Fradejas. Diciembre 2000.


A VIDA O MUERTE “Este es el fin, hermoso amigo Este es el fin, mi único amigo El fin de nuestros elaborados planes El fin de todo lo que se mantiene El fin.” Jim Morrison. Eran cerca de las seis de la tarde cuando a Andrés comenzó a dolerle el brazo izquierdo. Llevaba una temporada jodido de los nervios, así que lo atribuyo a esto. No habían pasado cuatro horas cuando le dio el primer infarto. Lo trasladaron inmediatamente al quirófano. En las cuarenta y ocho horas siguientes le dieron dos infartos mas, quedando el ventrículo derecho muerto, por lo que hubo que proceder a un trasplante de corazón. Realizado este, aun existía el riesgo de rechazo. “¡Parece mentira! Faltando dos semanas para el veinticinco!” le dijo Julio José a Luisa, la mujer de Andrés. Esta no contesto. Bastante tenia ella encima. Cuando Andrés recobro la conciencia y le detallaron su intervención le entraron ganas de reír. “Hay que joderse…” dijo. Julio José visito varias veces a Andrés en las dos semanas que este estuvo ingresado. “¿Qué tal te encuentras?” le preguntaba, obteniendo siempre la misma mueca burlona como única respuesta.


El día veinticuatro dieron el alta a Andrés. Cuando lo visito el cardiólogo esa mañana se le encontró fumando. “No deberías fumar”, le dijo el doctor. “¿Es que es usted gilipollas?” fue la contestación. El día veinticinco lo paso Andrés con su mujer y su hijo. Apenas hablaron. Luisa y Miguel, su hijo, no cesaron de llorar. La mirada de Andrés estaba vacía. Aproximadamente a las once de la noche llego Julio José acompañado de dos funcionarios. “Es la hora, Andrés” le dijo. Andrés se incorporo, se dejo esposar por los boquis, se despidió de su mujer y su hijo y se dejo conducir por Julio José, director de prisión, hacia la sala en la que le aguardaba la silla eléctrica. Sentaron a Andrés en la silla, y mientras uno de los boquis le colocaba encima toda la puta parafernalia de esta, Julio José le comunicaba que debían esperar hasta las doce, por si llegaba el indulto del Presidente del Gobierno. “Tal vez… Dado lo ocurrido estos últimos días…” Andrés miraba a los asistentes que a su vez le observaban a el tras el cristal. Fríos, imperturbables, con el ademán de suficiencia del que considera que soluciona algo; tal vez alguna mueca mas expectante, respetable publico purgando sus frustraciones en sujeto ajeno. Así se tiraron un rato, jugando a la mirada del lobo, solo que en esta ocasión nadie apartaba la vista. Al cabo de un tiempo Julio José, el dire, levanto la vista hacia el reloj. Las doce. Se dirigió al funcionario encargado de activar la silla. “¡Proceda!”


Nota de prensa: SUCESOS EJECUTADO EL “CRIMINAL DE LA CUCHILLA DE AFEITAR” La pasada noche Andrés Muñoz Ramos, el “criminal de la cuchilla de afeitar”, fue ejecutado por el procedimiento de electrocución (silla eléctrica) en el penal San Francisco Franco, después de treinta y seis meses de reclusión en el corredor de la muerte de dicha penitenciaria. Como se recordara A.M.R., de treinta y ocho años, fue condenado a muerte tras haber sido declarado culpable por un jurado popular del horrendo y cobarde crimen de intento de suicidio, todo esto pese a la tenaz resistencia de la defensa, que alegaba como circunstancia atenuante una supuesta enajenación mental transitoria producida por la también supuesta depresión profunda en la que, a la sazón supuestamente, cayo el acusado con motivo de la accidental muerte de sus padres y sus dos hermanos menores ocurrida tres meses antes de los hechos al producirse un incendio en el domicilio de estos. / H. P. Félix García Fradejas. Marzo 2001.


LA PAJA EN EL OJO AJENO Era el primer día de sol desde hacia mucho tiempo, de modo que Víctor decidió salir a dar un paseo. La calle estaba llena de gente que, como el, quería disfrutar del buen tiempo. No llevaba mucho rato caminando cuando tuvo esa sensación que a veces se tiene de ser observado. Miro hacia atrás y vio que a unos metros de el se aproximaba una mujer completamente desnuda que le miraba fijamente. Se quedo quieto, atónito, pero domino su desconcierto y al ver que ella no le quitaba la vista de encima se dijo que si continuaba parado aquella tarada era muy posible que le montase un numero, así que siguió su camino decidido a dejarla atrás y convencido de que era una pirada y alguien tendría que venir a detenerla. No fue así. De vez en cuando Víctor volvía la cabeza y allí seguía ella a la misma distancia y clavándole la vista. Era una mujer de aproximadamente treinta años, alta, delgada, curvilínea, pelo castaño largo y liso y muy atractiva, de una belleza serena. Víctor no comprendía como no venia nadie a arrestarla “esta en su derecho de ir así, pero no me jodas…” pensaba. No le molestaba su desnudez, para nada, pero si que lo siguiera en esas condiciones, y además llevaba un rato constatándose de que el gentío la miraba tanto a ella por su estado como a el por perseguido. Apretó el paso y se metió por la primera calle que le salio a su derecha, se volvió y.. ahí seguía ella, acoplando su paso al de el. La situación se le antojaba cada vez mas gilipollas: una tía como un queso siguiéndole en pelotas y toda la gente con que se cruzaban -parecía que ese dia todo el puto mundo había bajado a la calle- mirándoles A EL TAMBIÉN como a dos bichos raros. “¡Paso de estar haciendo el lerele toda la puta mañana! -se dijo Víctor- ¡Me voy a parar y que sea lo que Dios quiera!” y se paro. Al momento, todos los mirones que allí


había -muchos de ellos los habían seguido- se detuvieron expectantes para ver lo que ocurría. Víctor espero a que la lironda llegara a su altura, y cuando esta lo hizo se detuvo frente a el y siguió mirándole sin decir palabra. Víctor determino hacer lo mismo, pero la presencia de una mujer de ese calibre completamente desnuda y que a su vez le desnudaba a el con la mirada consiguió que le excitara, cosa que a ella no paso desapercibida. -Caballero -le dijo ella, mientras bajaba la vista hacia su bragueta-, veo que tiene usted una erección… ¿Le importaría que le lamiera la polla? -¡Pero esta tía esta loca! -dijo Víctor, que no se lo acababa de creer, y se dio la vuelta decidido a marcharse de allí. “¡Maricón!” “¡Idiota!” “¡Payaso!” le voceo la multitud, haciéndole corro e impidiéndole irse. “¡Habrase visto que tío mas bobo!” “¿Será posible?” continuaban gritándole. Un hombre que allí estaba se adelanto a el y le planto un puñetazo en la cara, otro le dio una patada en los huevos, otro mas un cabezazo en plena jeta. Al momento todo el gentío se echo encima de el y le sacudían donde podían. Una vieja, después de que le hubieran desnudado, le metía la cachaba en el culo, “¡Degenerado! ¡Sinvergüenza!” le gritaba mientras. Un tipo que por allí pasaba pregunto que ocurría; “¡Este pelele! -le contesto una mujer histérica- ¡Que se la han querido chupar y no se ha dejado!”. “¡Me cago en su puta madre!” exclamo el curioso, y le ensarto a Víctor tres navajadas en el estomago. A las dos horas yacía el cadáver de Víctor tirado en la acera. Un niño que paseaba de la mano de su madre la pregunto: -¿Qué le ha pasado a ese señor, mama? -Que le han matado.


-¿Por qué le han matado, mama? -Por gilipollas. Y siguieron paseando. Félix García Fradejas. Marzo 2001.


EL HOMBRE QUE SALIO A LA CALLE CON LA PICHA AL AIRE Hasta los cojones estaba Simon de la puta gente. Desde siempre le había irritado la costumbre de los demás de desdeñar los asuntos importantes y dar relieve a los temas frívolos, sobre todo si de reprobar al prójimo se trataba, pero últimamente ya no lo soportaba. La gota que colmo el vaso fue cuando, al día siguiente de los atentados contra las torres gemelas de Manhattan, y esperando encontrar al llegar a la oficina a sus compañeros hablando del caso, descubrió que el noventa por ciento de las conversaciones que allí había iban destinadas a cierta presentadora de televisión a la que habían cazado chupándosela a no se quien, y una de las pocas personas que comentaba lo que a el le interesaba venia a decir que estaba tranquila porque George Bush era un Cáncer con ascendente Acuario, lo cual denotaba entereza de animo ante las adversidades. Animo fue lo que le falto a Simon al escuchar aquello. No abrió la boca en toda la mañana salvo lo imprescindible para tomar un café a media jornada y, concluida esta, al tornar a su casa ya había fraguado un plan. “¡Hipócritas! ¡Soplapollas! ¡Siempre atentos a la mierda de los demás! ¡Pues os voy a dar yo motivos para que os escandalicéis! ¡Ahora mismo me bajo a la calle con la chorra al aire!” pensaba Simon mientras comía y, en efecto, en cuanto termino el postre se levanto de la mesa, paso de fregar y, sacando toda la polla por la bragueta del pantalón y dejándola ahí asomada salio de casa. La primera persona que se encontró fue a la vecina de enfrente suyo -una torda impresentable- con quien bajo en el ascensor, “Ala, desmáyate, hijaputa” penso Simon, pero cual no fue su sorpresa cuando la graja en cuestión, haciendo caso omiso de


su peculiaridad indumentaria, paso a relatarle durante el trayecto todos los últimos chismes del vecindario: “Pues si, hijo, si, drogadictos son ese matrimonio que se ha venido a vivir al tercero. ¡Drogadictos! ¡Y a mi que nadie me diga lo contrario, porque tienen una pinta…! ¿Y lo de Luisa, la del octavo, que se va a separar de su marido porque en el ultimo viaje que hizo el a Sevilla lo pillaron, sabe usted, en un bar de esos, ya me entiende, de señoritas…, de señoritas putas? ¿Qué no lo sabia? ¡Pero bueno! ¿Usted no se entera de nada?. Hijo mío… ¡Que juventud! ¡Esta en el mundo porque tiene que haber de todo!” fue el monologo de la cacatúa ante el estupor de Simon, a quien continuo poniendo al día hasta la puerta de la calle, y allí paso a darle el parte meteorológico: “Pues si, hijo, si, parece que ya se acaba el verano, debería usted abrigarse, que va con toda la picha al aire y se va a resfriar, bueno, adiós” y se marcho, dejando a Simon con tres palmos de narices. “Pero… ¿Es posible?” se decía, y se encamino calle abajo. Nada, ni caso, ni Dios se volvió a mirarle, no despertó la minima expectación. Le seguia saludando la misma gente que le saludaba siempre, con la cara que lo hacia invariablemente, y continuaba sin saludarle la gente que nunca lo hacia, con idéntico semblante al pasar a su lado. Cuando llevaba un rato paseando por su barrio se encontró a su amigo Manolo, quien al verle dijo “¡Coño, Simon! ¡Tenia ganas de verte!. Veras…, que se ha jodido la cafetera donde Alberto y el sábado hemos quedado en echar la partida en el Tu y yo, así que ya sabes. Bueno, me voy, que tengo prisa, ¡Ah!, y tápate, que se va a poner a llover y tu vas con toda la picha al aire… Bueno. ¡Hasta luego!. Y se fue. Simon estaba cada vez mas desconcertado. ¿Cómo era posible que el fuera por ahí enseñándolo todo y la gente se lo tomara con esa pachorra?. No lo entendía, así que resolvió ir a tomar


un café al Paris, la cafetería mas fina de la zona. Ahí por cojones le tenían que llamar la atención. Cuando después de caminar un rato estaba a punto de llegar al Paris, al cruzar la calzada de repente oyó un pitido, era un policia municipal y se dirigía a el. “¡Por fin!”, pensó, y espero al agente con la sonrisa mas gilipollas que fue capaz de componer. “¡Pero bueno! ¡¿Esta usted ciego?! ¡¿No ha visto que el semáforo esta en rojo para usted?!”, vociferaba el municipal al cada vez mas asombrado Simon. “¡Claro! ¡Luego pasan las cosas que pasan! ¡Van por ahí sin mirar, con toda la picha al aire y se creen que los conductores les van a ceder el paso cuando no les corresponde!. Ande, ande…, haga el favor de cruzar y fíjese mas en el disco la próxima vez…” A Simon ya no le entraba ni frío ni calor. Entro a la cafetería y se acerco a la barra. “Un cortado”, pidió, y el camarero, un orondo cincuentón con un bigotazo enorme, se lo sirvió, comentándole “Mal tiempo tenemos hoy. Ha hecho mal en no bajarse un paraguas o un impermeable. Además usted, que va con toda la picha al aire. No creo que tarde mucho en caer agua”. Ya le daba lo mismo a Simon. En lo que se enfriaba un poco el café que le había puesto hirviendo el camarero morsa se dirigió al servicio, de camino allí se choco con una mujer llena de visonazos que le dijo condescendiente “¡Vaya prisa que lleva usted por ir al cuarto de baño!. Claro, ya va con toda la picha al aire… Ande, pase, pase”, todo esto con una sonrisa libre de toda malicia. Le daba igual. Entro al baño y echo una meada, y una vez acabo, por acto reflejo y sin darse cuenta de ello se la guardo. Salio y se sentó a tomar el cortado en una banqueta de la barra, cuando escucho a su espalda una voz de mujer que le era familiar diciendo “¿Pero has visto? ¿Dónde va este hombre con una chaqueta de pana, que ya no se ven por ningún lado?”. Miro por el espejo que tenia enfrente suyo y, efectivamente,


era la del visón que le criticaba sin ningun recato con el que suponía era su marido. “¡Coño! -pensó Simon- Por esto si que critica y por lo de la chorra no…”, e instintivamente se llevo la mirada a la bragueta, sorprendiéndose de comprobar que se había guardado el aparato sin percatarse. Y comprendió. Pago el café y salio a la calle. Dio un corto paseo y se encamino hacia el parque, donde paso el resto de la tarde echándoles pan a los patos. Félix García Fradejas. Enero 2002.


UNA CARA VULGAR -Disculpe, señorita, llevo prisa… ¿Podría atenderme? -¡Huy! ¡Lo siento! Me había olvidado completamente de usted. La puta historia de su vida. Ahora en el banco, ayer en el medico, mas tarde en la farmacia, o en cualquier otro sitio… Desde cuando podía recordar siempre le había pasado lo mismo: La gente te olvidaba de el al momento de verle. ¿Por qué?. Porque tenia la cara mas vulgar del mundo. No era guapo, ni feo, ni tenia la mas insignificante peculiaridad en su rostro que le hiciera mínimamente diferente. Era vulgar. Cuantas veces le había ocurrido, en, por ejemplo, una librería, esperar a que le atendieran y cuando le llegaba su turno ver como despachaban a los que llegaban después que el porque el dependiente no reparaba en su presencia; o al ir a ponerse una inyección le tuviesen media hora a culo pajarero porque el practicante saliera a tomar un café por el mismo motivo. A todo se acostumbra uno, sobre todo si es gilipollas, pero Bruno nunca había acabado de habituarse a esa situación tan estúpida. Ni que decir tiene que no tenia pareja ni amigos. Nunca los tuvo. Era imposible mantener ninguna relación con alguien de quien te olvidabas en cuanto te dabas la vuelta. A sus treinta y ocho años nunca había conseguido ningún trabajo, porque en cuanto le solicitaban para uno instantáneamente que salía de la oficina donde era entrevistado se les pasaba el tal Bruno, y eso le condenaba a seguir comiendo la sopa boba en casa de sus padres, sopa que mas de una vez no se daban cuenta de servírsela por razones evidentes. Al salir del banco advirtió que le habían robado el coche. “¡Cagoendios!”, exclamo, y con todo el berrinche del mundo intento preguntar a alguien por la comisaría mas cercana.


-Por favor, señora… ¿Una comisaría de policía por aquí? pregunto a una mujer que paseaba con un niño. -¿Una comisaría? A ver como le indicaria… -le contesto esta. -¿Por qué decías que habian matado al señor, mama? -la interrumpió su hijo. -¡Por gilipollas, hijo, por gilipollas! -le dijo al niño, y siguieron paseando, ajenos completamente a Bruno. “¡Y así to’ los días!” se dijo Bruno sin extrañarse demasiado y opto por coger un taxi. Tomo uno y le indico al taxista que le llevase a la comisaría mas cercana. “Vamos pa’ lla” contesto este. Llevaban recorridas unas cuantas calles cuando un hombre desde la acera derecha paro al taxi. -A la estación del ferrocarril, por favor -dijo al montar el recién llegado, acomodándose al lado de Bruno. -¡Como no! -el conductor, en su papel. -¡¿Y a mi que me del pol’ culo?! -prorrumpió Bruno. -¡Huy! ¡Lo lamento, caballero! ¡Ni puta cuenta me he dado de que seguia usted ahí atrás! -se excuso el taxista, con cara de percatarse de que la había metido hasta el fondo. -¡Ahora no querrá que le pague, tío bobo! -vocifero Bruno bajándose del coche con una mala hostia que no hubiera tenido si no le hubiesen levantado a el el suyo, porque esos incidentes no le pillaban por sorpresa. “Bueno, ¿y ahora que?” se pregunto, sin tener idea de cómo solucionar la papeleta, pero se le ocurrió que lo mejor que podía hacer era telefonear al 091, porque era la única forma de que no le vieran el careto, y que desde allí le indicaran la comisaría mas próxima al lugar donde se encontraba y el modo de llegar a ella. Así lo hizo, y una vez tuvo la dirección se dirigió hacia allí a poner la denuncia. Resulto que no estaba tan cerca como esperaba, y tuvo que atravesar una gigantesca urbanización en construcción en la que, por ser sábado, no había ni grillos.


Cuando se encontraba en mitad de esta vio a lo lejos venir un coche en su dirección igual al suyo. “No puede ser”. Pero a medida que se aproximaba y pudo distinguir la matricula -“¡Ni mas cojones, que es el mío!”- se coloco en medio de la futura calzada con los brazos en alto e intento detener al vehiculo, “¡Alto! ¡Alto! ¡Para, hijoputa!”, pero el caco, ya fuera por verse descubierto, por falta de tiempo de reacción o, simplemente, porque se había olvidado del tipo que le ordenaba que se detuviese no lo hizo y, pasando por encima de Bruno, dejo a este tendido sobre la pista y mas muerto que vivo. A la media hora acertó a pasar por allí un hombre haciendo footing que, al ver a Bruno, se acerco a el con el corazón en un puño. “¡Dios mío! ¿Esta usted vivo? ¿Qué le ha pasado?”, le pregunto aterrorizado, “…ayúdeme… …por favor… -dijo Bruno con un hilo de voz- …me muero…”, “¡Estése tranquilo! ¡Vuelvo en un instante con una ambulancia!”. El deportista corrió a buscar ayuda, pero a los cincuenta metros ya se había olvidado de el. Félix García Fradejas. Enero 2002.


LA INCERTIDUMBRE Ahora que se acerca el momento de mi muerte quiero hacer una confesión. Necesito descargar -inútilmente, ya lo se- mi conciencia aunque solo sea por unos instantes. Se que lo que voy a contar parecerá de todo punto ridículo a cualquier ateo y a muchísimos creyentes, pero aun asi necesito hacerlo. Tengo el ébola, y le contraje manipulando el virus por una razón que es fundamental en toda esta historia. ¿Cuál es?. Paso a relatarla. Trabajo como químico -bueno, lo hacia- en un centro de investigaciones medicas y siempre he sido una persona profundamente religiosa. Creo no exagerar en lo mas mínimo si presumo de haber llevado una existencia intachable en lo concerniente a mis deberes morales y de tener garantizada la salvación de mi alma por este mismo hecho, dado que nunca hice daño a nadie y siempre procure hacer todo el bien que estuviera a mi alcance, pero el transcurso de los acontecimientos no puede sino hacer que me replantee todo esto. Tengo mujer y tuve una hija. Al poco de cumplir dieciocho años, a Andrea -así se llamaba mi niña- la violo un desgraciado, un hijo de puta que fue motivo de su ruina y de la nuestra. Alfonso -así se llama el canalla, pero confío que ya por poco tiempo- fue identificado por mi hija en el fichero policial de la comisaría a la que había acudido a denunciar la agresión. A los pocos días fue detenido y a los muchos meses juzgado. Pero el mal ya estaba hecho. Consecuencia del trauma que la causo haber sido brutalmente violada, Andrea cayo en una profunda depresión y dos semanas antes de celebrarse el juicio


contra su agresor se abrió las venas en canal. Murió. Juzgaron a este malnacido. El veredicto fue de culpabilidad y cuando el juez dicto la sentencia no pude dar crédito a lo que estaba escuchando: ¡Ocho años de cárcel! ¡Solo ocho años de castigo valía la vida de mi niña! El asesino de mi hija -porque lo fue- al oírlo se dio la vuelta y me sonrió burlonamente. ¡Dios de mi vida!. ¿Saben como me sentí?. ¿Se imaginan lo que se siente al ver que alguien se recrea en tu dolor, sobre todo si es el causante de este?. No. No pueden. No pueden saberlo a no ser que hayan pasado por la misma situación. Al dolor de mi mujer y mío por la perdida de nuestra niña se había agregado ahora la rabia, la impotencia ante una sentencia tan injusta. Por supuesto que apelamos. Recurrimos a todas las instancias, pero no conseguimos nada. Y ahí no acabo la cosa: Con las reducciones de condena por buen comportamiento los ocho años de prisión quedaron reducidos a cuatro. ¿Cómo expresar lo que sentí cuando a los escasos cuatro años de haber enterrado a mi criatura me encontré una tarde con este…? Imposible. El hijo de la gran puta además me saludo, con la misma sonrisa que ya mostrase en los juzgados. Fue en ese momento cuando decidí lo que había de hacer. Como ya he explicado anteriormente soy católico practicante y muy entregado a mi Iglesia, y lo que había decidido cuando me encontré con ese hombre no era otra cosa que vengar a mi hija dándole muerte. Claro, estos dos conceptos -el de matar a un a su vez asesino frente a la esperanza de salvar mi alma- eran absolutamente incompatibles, por eso durante dos días me devanee el cerebro intentando hallar una solución. Creo que la encontré. Mi enfermedad se debe a que, en mi lugar de trabajo, infecte unas esporas con el maldito virus causante del ébola y las


introduje en un sobre debidamente adaptado para que este no permitiera una filtración de dicho virus sino una vez abierto, pero debido a un descuido resulte yo también afectado, aunque esto quizá sea lo que menos importe. Es fácil de adivinar que el sobre iría dirigido al también maldito Alfonso, pero no es todo tan sencillo. ¿Cómo impedir la condenación eterna de mi alma si al morir yo pesase una muerte sobre mi, aunque fuese este mi único pecado?. Sencillo. Irme a la tumba sin haber matado a nadie. Este sobre esta en manos de un notario, y las instrucciones son que le remita a Alfonso al cabo de un año de mi fallecimiento. ¡Nunca antes!. ¿Qué por que he obrado de este modo?. He dicho en un principio que esta historia parecerá ridícula a muchísima gente, lo reconozco, pero mis convicciones no me permiten actuar de ninguna otra manera. Torturado no por mis remordimientos, sino por mi destino, en esos dos días de indecisión que antes señale acudí a mi párroco y le confesé que deseaba la muerte del violador de mi hija. Este me contesto que no era cristiano desear el mal a nadie, pero que en mi situación pudiera llegar a ser hasta comprensible, y que después de todo yo no estaba matando a nadie, solo deseándolo, y esto en mis circunstancias no constituía un pecado mortal. De ahí vino la idea. En buena lógica, al año de mi muerte el destino de mi alma debiera estar mas que decidido, y este no debiera ser otro al no contar con faltas graves y si lo que yo considero muchos meritos que la Salvación. Aquí es donde a mi ya de por si desfallecido animo se le presenta otra tortura, pues esa misma lógica que antes señale me presenta dos posibilidades igualmente razonables, pero contrarias entre si. Una, que en el momento en que Alfonso se


contagie de ébola mi alma ya este salvada y no se me pueda imputar un crimen que cuando sucedió -el contagio- yo no estaba en condiciones de evitar, aparte de que cualquier teólogo coincidiría conmigo en que del Paraíso no se podría expulsar a un alma que Allí no hubiese pecado. Y segunda posibilidad, que al ser yo inequívocamente la causa de la muerte de un hombre, Satanás reclamase mi alma y esta no pudiera permanecer en la Eterna Salvación al pertenecerle. No contemplo una tercera posibilidad, que seria la de mi condenación en el instante de morir, ya que, en una relación causa-efecto, y esta indudablemente lo es, en ese instante -pese a que yo no pueda negar ser la causa- no se habría producido el efecto, al menos no en esta dimensión que es en la que yo he actuado, por lo tanto la descarto. Como es lógico, ante una condena eterna segura como lo seria sin duda si matase a Alfonso estando yo en vida, es natural que opte por otro sistema, por muy improbable y traído de los pelos que este. Ante la certidumbre de la perdición eterna me agarro a un clavo ardiendo. Prefiero una incertidumbre, por ingenua y torturante que esta sea. Pero no todo acaba aquí, sino que soy consciente de estarme intentando burlar de Dios y del Diablo, y quedándome como me queda muy poco tiempo de vida, la sola idea de que Las Dos Potencias decidan unir sus fuerzas para castigar mi atrevimiento me aterroriza. Félix García Fradejas. Enero 2002.


HOMO ERECTUS “¡Private en las Seychelles!” Andrés salía del videoclub mas contento que unas pascuas. Sus padres estaban invitados a una boda y eso le dejaba la casa para el solo durante todo el día, de modo que decidió alquilar una peli porno y pasarse la tarde meneándosela. En cuanto termino de comer se puso a rebobinar la cinta ”…putos berracos…”-. Era una película de la factoría Private le privaban- en la que toda la “acción” se desarrollaba en una isla paradisíaca, y en la cual el hilo conductor no le llevaba una actriz, como era habitual, sino el primer espada Joey Silvera, veterano que repetía su eterno papel de idiota encantador rodeado de exhuberantes hembras. Lo de la pornografía le encandilaba a Andrés, quien, a sus veintisiete años, era mas virgen que una flor, y cuya pertenencia a la Generación X la interpretaba como a el le daba la real gana. Nunca había tenido un contacto sexual con una chica -ni con un chico-, reduciéndose su aprendizaje al día en que, con doce años, había cogido de la mesilla de su padre un libro repleto de ilustraciones titulado “El sexo al alcance de la mano”, libro que, como su propio nombre indica, solo sirvió a Andrés para matarse a pajas. La tarde era preciosa, lucia un sol radiante y en cuanto pulso el play ya la tenia Andrés mas tiesa que un ajo. Se la empezó a sacudir en el momento en que salio el primer polvo, dos hombres y una mujer en una playa, y antes de que hubiera acabado este -el kiki- ya estaba el amanuense a punto de correrse, pero decidió ponerse a prueba: “¡A ver si consigo terminar de ver una porno de una puta vez!”, y su estrategia consistió en no eyacular, puesto que en cuanto lo hacia perdía


el interés por la película, sino en retrasar el orgasmo hasta que salieran los títulos de crédito -todo ello sin parar de cascársela, por supuesto-. Se entrego Andrés a esta tarea con muchísimo entusiasmo. Otro polvo en la tele, Andrés pim-pam, dos tríos en un barco, Andrés dale que te pego, otra vez a punto de irse en leche y parando de pelársela cada vez que sentía que esto podía ocurrir -correrse-, ahora cuatro garañones para una mulatita, Andrés batiendo claras con renovadas fuerzas…, hasta que paso lo que tenia que pasar… Según estaba Andrés dedicado al pajote en cuerpo y alma noto que le empezaban a doler un poco los huevos. No le dio importancia. Pero a medida que avanzaba la película -y con ella la gallola- el dolor se fue incrementando, cada vez un poquito mas, un poquito mas…, Andrés empezando a preocuparse, pero sin dejar la labor, hasta que se hizo insoportable. Nunca había tenido un “Blue balls”. No sabia que se trataba de una vaso congestión producida por la alta presión sanguínea mantenida localmente durante demasiado tiempo tanto en los testículos como en la zona de la próstata y cuyos síntomas consistían en dolor progresivo e hipersensibilidad de la parte afectada. En cristiano: La causa era un calentón y los efectos un dolor de huevos que no te puedes ni mover. Una dolencia conocidísima -y extendidísima- sin necesariamente importancia posterior… menos para el desinformado Andrés. “¡¿Qué me pasa?! ¡Ay! ¡Mis cojones…! ¡Jodeeeeer…!” El pobrecito Andrés estaba retorcido en el sofá con los cojones como los leones, pequeños y pegados al culo, y el pizarrín como un matasuegras, todo esto como consecuencia del puto “Blue balls”. Pero a el, que como ya se ha dicho nunca habia pasado por tan lamentable trance ni conocía de su existencia,


este estado le provoco una angustia terrible. Al factor “Pelotas moradas” se le sumo el factor ansiedad. El dolor de huevos propiamente dicho, y sobre todo la incertidumbre de no saber de donde venia aquello ni que le produciría -”¿Me habré provocado una enfermedad en los cojones por bestia? ¿Y si es grave…? ¿Y si me quedo impotente…? ¿Y si me pillan mis padres así…? ¡Ay Dios mío! …y que la gente se entere que ha sido por pajero… ¡Y mis padres!”- alimentaba sus nervios, y estos a su vez, aparte de impedir que se relajase y pensase con serenidad, provocaban un aumento del dolor, al menos la sensación; de modo que se formo un circulo vicioso -”cuanto mas me duelen los cojones, mas nervioso me pongo; cuanto mas nervioso me pongo, mas me duelen los cojones…”- que se retroalimentaba a si mismo, lo que le hizo vomitar hasta la primera papilla por la combinación Blue balls-ansiedad. Existía un tercer factor que Andrés desconocía. En su familia se habían dado antecedentes de enfermedades coronarias, y en el este problema era congénito, sin el saberlo. “Ya iré a hacerme las pruebas. Soy muy joven”, había dicho siempre. En el fondo sabia que el dolor podría aliviársele si eyaculaba, pero en el estado en que se encontraba no había forma humana de levantar aquello… “Si me corro seguro que se me pasa… pero ¡Joder! ¡No se pone dura ni pa’ su puta madre! ¿Qué hago?”. Lo intento, y a medida que lo hacia se sentía peor -a las palpitaciones típicas de la ansiedad se añadió un dolor opresivo y ardiente en el pecho que no había experimentado nunca-, pero siguió intentándolo, siguió intentándolo, siguió intentándolo… A las once de la noche llegaron los padres de Andrés a casa. Al


entrar en el salón ella chillo fuerte, desesperadamente, y el se tuvo que sujetar al marco de la puerta para no caerse. En el suelo estaba Andrés con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta las rodillas, boca arriba, sin vida, con la mano derecha aferrada como un cepo a la polla, y sobre el abdomen esperma, mucho esperma. Félix García Fradejas. Febrero 2002.


-¿ME DAS UN CIGARRO? -NO, PORQUE ES MIO. -¿Me das un cigarro? -No, porque es mío. Así era y así fue siempre Ezequiel, Zeque para los amigos que creía tener. Huraño, avaro, usurero, husmia, egoísta, tragón, agonías, pesetero, agarrado, cacoso, miserable, cabrón e hijoputa. Esta vez era por un cigarro que le había pedido una chavala, pero siempre hacia lo mismo. -Oye, Zeque, ¿te vienes esta tarde a ver El Señor de los Anillos? -¡Al cine voy a ir yo, con las clavadas que meten!. Yo iba antes, cuando costaba diez duros. -¡Joder, valiente! ¿Al estreno de Ben-Hur? Y así con todo. Sábado por la tarde. Agosto. Un calor de la hostia. Toda la panda atracándose de birras frescas y Zeque silbando por no gastar. -¿Vamos a otra iglesia? -pregunto Javi. -¡Venga, vamos! -le contestaron, y salieron del bar. De camino se les acercaron dos tíos a pedir tabaco, y fueron a dar con el mas indicado… -Oye, amigo… ¿Tienes un cigarro? -le pregunto uno de ellos a Zeque. -¡Que os le de vuestra puta madre! ¡Lo que tenéis que hacer es trabajar! ¡No te jode! -contesto Zeque, que no tenia el día bueno. Como era lógico la reacción de los aludidos no se hizo esperar. Le agarraron y le dieron todas las hostias del mundo mientras el resto de la cuadrilla se limitaba a mirar como cobraba. Ya les


había preparado movidas de estas muchas veces y antaño si que acudían a socorrerle, pero ya era mucha mili, y hacia tiempo que pasaban de el como de comer mierda. Después de darle una ultima y bien empalmada patada en todos los cojones los dos tipos se largaron quedando Zeque tirado en la acera con cuarenta mil hostias encima. Se le acerco Roberto, otro de la panda, y se agacho para hablarle con un afectamiento de lo mas cínico. -¡Joder, Zeque! ¡Vaya hostias que te han pegado! ¿No? -¡Hijos de puta! ¡Ya veo yo lo que habeís venido a ayudarme! ¡Ay…! -¡To’ los dias, salao! ¡No te jode! Un rato mas tarde estaba toda la banda en una cervecería menos Zeque, que se había ido a casita después del repaso porque no se tenia en pie. Javi, Roberto, Carlos “el ovejo”, Selu y Cristóbal comentando la ultima del ausente. -¡Este miserias un día nos mete en un embolao que nos cagamos! -decía Selu- ¿Tu te crees que esa es manera de contestar a nadie? -¡Por mi ya le pueden dar pol’ culo! -le dijo Roberto. -¡Ya! ¡Y por mi! ¡Nos ha jodido! ¡Pero es que como no espabile tiene razón Selu. Un día vamos a pillar todos por su puta culpa! -contesto Carlos. -¡Y encima el célemeque ve que pasamos de el y no se da por aludido y se va a tomar po’l culo! -siguió Selu. -Lo que tenemos que hacer es darle un escarmiento -Javi. -¿Cuál? -Roberto- ¿Te parece poco la mano de hostias que se acaba de llevar? -¡Yo me he reído…! -Cristóbal, que no había abierto la boca. -No, joder. -prosiguió Javi- Veréis… El otro día se me ocurrió una bobada…, pero que me parece que no va a ser tan bobada, y encima nos podemos reír. A ver, Cristóbal, tu que trabajas en los juzgados, ¿podrías sacar sobres oficiales y estampar sellos


y cosas así? -Lo de los sobres creo que si, lo demás lo puedo intentar, ¿por qué? -¡Porque va a tener lugar la operación “Reírse del Celemeque”! -contesto Javi, triunfante. Cinco días mas tarde, Zeque se encontraba en su casa comiendo con sus padres y su abuela paterna, que vivía con ellos, cuando su padre recordó algo. -¡Ah, Zeque! ¡Se me habia olvidado!. Esta mañana he cogido del buzón una carta para ti. -¡Ñamp! ¡Grompf! ¡Blurps! -había cerdos que comían con mas corrección- ¿Si? -¡Si, majete, si. De los juzgados! ¿No habrás preparado ninguna…? ¡Y a ver si aprendes a comer, me cago en Dios! -¿Yo? ¡Si soy un cachito pan! -contesto Zeque, que para lo que quería era muy repipi, oighsss, y se levanto a coger la carta, la llevo a su habitación y la abrió. Decía así: Señor Ezequiel Adar: Por la presente le comunico que su tio de usted, Don Esteban Adar, recientemente fallecido, y con motivo de la lectura de su testamento, redactado este en plenas facultades mentales de su pariente, lega a usted por el procedimiento “Stultorum a nativitate” la cantidad de diez mil euros, diez mil, que esperamos tenga a bien venir a recoger a la siguiente dirección: c/ Pequeño José Grillo, +º 16, 3º Drcha, Madrid. Preguntar por el Eminente Albacea. Sin mas, se despide este que lo es. Fdo. Jose Grillo Eminente Albacea.


“¡Mon Dieu!” penso Zeque, y fue de un salto a decirselo a su familia con su corazoncito henchido de gozo. -¡Mama! ¡Papa! ¡Abuela! ¡Que se ha muerto el tito Esteban! ¡Viva! ¡Y me ha dejado de herencia diez mil euros, diez mil! -¡¿Pero que dices?! -le dijo su madre- ¡Si tu no tienes ningun tio que se llame así! ¡¿Cómo eres tan tonto los cojones?! -¡Que si, que si! -la contesto Zeque- ¡Que lo dice el Eminente Albacea Don Jose Grillo! ¡Mira la carta! ¡Mira! -y la mostro el correo. -¡Este hijo vuestro da en bobo! -dijo la abuela- ¡¿Qué tio Esteban ni que mis cojones treinta y tres?! Al oír esto Zeque parecio dudar. -Vamos a ver, abuela, haga memoria… -la dijo- ¿Esta usted segura de que no tiene ningun hijo que se llame Esteban…? -¡Pero que bobo la verga mas grande eres! -le contesto esta. -¡Pero si lo ha dicho este señor! -decia un cada vez mas aturullado Zeque señalando la carta- ¡Y que me van a dar diez mil euros, diez mil! -¡…te van a dar…! ¡…te van a dar…! -por fin abrio la boca su padre, que asistia pasmado a la exhibicion de su hijo, por muy habituado que estuviera a estos alardes suyos. -¡Si! ¡Por el procedimiento de Stulnosequehostias…! ¡Lo dice aquí! -Zeque, que no quitaba el dedito de la puta carta. -¡Diez mil hostias te daba yo a ti! -su padre- ¡Albardao! ¡Lo que te van a dar es el carnet de tonto! Viendo que no habia manera de entrar en razones con esa plebe tan ignorante el talentoso Ezequiel se metio a cagar, y ya en el baño y plenamente dedicado a la faena, tan solo de pensar en el dinero, “su dinero”, se le puso como un canto, asi que abrio las piernas, agarro un pizarrin pequeñajo y se le sacudió. A la mañana siguiente, y con la mosca tras la oreja no fuera a


ser que tuvieran razon en su casa, Zeque se dirigio a los juzgados a preguntar a su amigo Cristóbal, que trabajaba alli de secretario, si la carta era autentica o si era una broma de algun hijo de puta. Una vez a las puertas se encontro a un grupo de gente manifestandose y distinguio entre estos a un afamado torero con su señora madre, enfundada esta en un visonazo pese al bochorno -cerca de 35º-, exigiendo tambien ambos la pena de muerte por asesina para una enferma de sida que habia abortado voluntariamente. En cuanto Zeque, en cuyo encéfalo toda estupidez hallaba amparo y que no dejaba pasar ocasión de cantarle a la mañana, vio aquello se unio a la romería. “¡Asesina! ¡Puta! ¡Los niños son de Dios! ¡Si te sale enfermo jodete! ¡No haber follado!” exclamaba el deudo entre otras brillanteces, y cuando se canso se metio en el edificio a buscar a su amigo. -¡Coño, Cristóbal. Mira…! -le dijo en cuanto le vio- ¡Que me han mandado esta carta de aquí y venia para preguntarte si es autentica o si puede ser una broma de algun hijoputa. -A ver…, a ver… -le contesto Cristobal intentando disimular las ganas de reir que le entraban- …a ver… Pues parece autentica… Espérame aquí sentadito que le voy a preguntar al Encargado de Mandar Cartas si esta formalizada o no lo esta… -Ah…, si…, el Encargado de Mandar Cartas…, ese lo tiene que saber… -dijo Zeque, confundido. Cristóbal se bajo de la primera planta en la que se encontraban, salio del edificio a la cafetería de enfrente descojonándose de la risa y, después de un café, volvio a por Zeque, que seguia sentado donde le habia dejado. -¡Que si! ¡Que es buena! -le dijo Cristobal a Zeque- ¡¿Quién iba a ser tan hijoputa de querer hacerte una guarrada asi?! -¡¿Yo que se?! ¡La gente es muy mala…,¿sabes?! -Nada… Nada… Te vas a Madrid y cobras la herencia… Mira, si quieres yo mañana temprano te acompaño a la estacion.


¿Vale? -¡Hecho, tio! -dijo el pánfilo- ¡Tu eres un amigo! -Para eso estamos, Ezequiel, para eso estamos…-le contesto Cristobal, condescendiente. Sábado. Ocho de la mañana. Estacion del ferrocarril. Cristobal muerto de sueño y Zeque despejadísimo. Se habia presentado este ultimo bien arregladito, peinao, cagao y meao, y con un maletín de ejecutivo para recoger “sus euros”. -Venga… Pagate un café… -Cristobal. -¡Que no, tio! ¡Que tengo que ir a la ventanilla a coger el billete! -¡Pero que billete ni que pollas! ¡Si faltan cuatro horas para que salga el puto tren! -¿Y si se acaban los billetes? ¿Eh? ¿Y si se acaban los billetes? -¡Por no pagar un puto café! -decia Cristobal, desesperado, que había ido a acompañar a Zeque para reirse de el y ahora se estaba cagando en la puta hora en que se le habia ocurrido¡Por no pagar un puto café! ¡Cabron! ¡No te estiras ni en la cama! -¡Bueno! ¡Voy a pillar el billete! Se acerco a la ventanilla y alli le atendio un hombre de aspecto adusto. -Por favor… ¿El proximo tren a Madrid? -A ver… A las doce y cuarto por la via tres. -¡Si, si! ¡Eso ya lo se! Queria saber el precio del billete. Zeque, nervioso. -¿Ida y vuelta? -¡Nos ha jodido! ¡No me voy a quedar alli a vivir! -¡Sesenta y tres euros! -le contesto de mala hostia el taquillero, a quien ya le estaban calentando los cojones los modales de aquel julai. -¿Y eso cuanto es? -se asusto Zeque, que no dominaba la


conversion. -¡Pues diez mil quinientas pesetas, majo…! -respondio el otro, intentando tranquilizarse. A Zeque, al oir el precio del billete se le cayeron los cojones al suelo. -¡Pero bueno! ¡¿Qué precios son esos?! ¡¡¡Pero que país de hijos de puta!!! -Zeque siempre haciendo biografia. -¡¡¡Mira, idiota -el taquillero, otra vez de los cojones-, no me cago en tu padre porque a lo mejor soy yo!!! -¡Tio asqueroso! -le contesto Zeque y se largo, dejando al pobre hombre con tres palmos de narices. No veia a Cristobal por ningun lado. Se fue a la cafeteria y alli se lo encontró desayunando. -¡¿Pero tu te has creido?! -entraba diciendo el elemento litigante desde la puerta- ¡Diez mil quinientas por un puto billete! ¡Que tarifas! ¡Me cago en Satán! -¿Y que piensas hacer, salao? -le pregunto jocosamente Cristobal. -¡Coño! ¡Irme a dedo! -¿Pero a donde vas, alma candida? ¿Tu sabes lo que estas diciendo? ¡A dedo! ¡Por no pagar el billete! -¡Que si, que si! ¡Ahora mismo enfilo la carretera y ya veras que pronto me paran! -Pero… ¿No te das cuenta, celemeque, de la que va a caer? -se estaba preparando tormenta, y por la pinta de las gordas- ¿No ves que si te ve cualquiera te puede llamar tonto la picha…? -¡Nada. Nada! ¡Me voy pa’lla! ¡Adios! Dicho y hecho. Se dio la vuelta y salio de la cafetería. La carretera hacia Madrid -antes de entrar en la autovia- estaba a escasos quinientos metros, pero cuando llego alli ya estaban cayendo las primeras gotas… “¡Bueno! ¡Ahora a esperar un ratinín…!” pensaba Zeque


reconfortado por el billete de tren que se iba a ahorrar, y puso el dedo en funcion pese a que no se veia un vehiculo por ningun lado. Una hora mas tarde estaba cayendo una tromba de agua cojonuda, y Zeque no habia cambiado de postura salvo para ponerse el maletín encima de la cabeza, con la guisa que aquello conllevaba. Habian pasado bastantes coches, eso si, pero no le habian hecho ni puto caso ninguno. Vio acercarse un camion disminuyendo la velocidad y poniendo el intermitente. “¡Ya era hora!”. Se detuvo justo a su lado. En la puerta podia leerse “Transportes Hnos Pinzon”; Zeque la abrio y pudo ver a un conductor grandisimo en camisa de interior de tirantes, cara ruda y barba de cinco dias. -¿A dónde vas, -le pregunto el camionero con voz aflautada y ojitos tiernos- pedazo de autoestopista? -¡Anda por ahí! -se asusto el pobre Zeque- ¡Maricon! ¡Sinvergüenza! -¡Jesus! ¡Qué humos! ¡Santamariabendita! -dijo el transportista persignándose. Arranco y se largo. “¿Sera posible?” se preguntaba Zeque. “¡Manda güevos!” Y espero a que le parara otro coche. A los veinte minutos y sin para de llover otro buga, este con tres chavales jóvenes, se paro a unos quince metros mas adelante de Zeque y el copiloto saco la mano por la ventanilla y le hizo señas para que se aproximara. “¡Por fin!” penso y se acerco corriendo al coche con cara de gilipollas. “¡Gracias, compañeros! ¡Voy a Madrid!” voceaba mientras trotaba, pero en cuanto estuvo a su altura el vehiculo arranco y el copiloto y el del asiento de atrás se asomaron a la ventanilla con pinta de guasa.


-¡Comprate un paraguas! ¡Tontorron! -le gritaron. -¡¡¡Hijos de puta!!! -aullo Zeque. “Lo den pol’ culo! ¡Me vuelvo a la estación!” resolvió. Y otra vez pa’lla. De nuevo en la estacion, calado hasta el tuetano, Zeque se comia los huevos pensando en la manera de ahorrarse el billete. “¿Y si me cuelo en el vagon de mercancias?” “¡Si es que a mi me pillan!.” Estuvo un rato entregado a estas reflexiones hasta que al ver a una señora con unas gafas horrorosas estilo Sánchez Dragó que llevaba una maleta de un metro cuadrado se le ocurrio una idea. Se acerco a la cacatua en cuestion y la pregunto si sabia por que via salía el tren que iba hacia Madrid. “Por la via tres, joven, pero faltan casi dos horas para que salga. Yo tambien voy a Madrid.” “¡Bingo!” penso Zeque mientras se fijaba en las características de la maleta de la torda, la dio las gracias y se alejo. Después de espiar un rato a la señora y ver que entregaba la maleta en la dependencia que la correspondia remoloneo unos momentos de aquí para alla pensando en sus cosas de Zeque y, cuando vio la oportunidad apropiada, se introdujo en el departamento de facturacion de equipajes como quien pasa por alli a ver que le cuentan. A las cinco y media de la tarde en la estacion de Chamartin una señora con unas gafas horrorosas estilo Sánchez Dragó estaba preparando un trifostio impresionante a un mozo de estacion. -¡Que te digo yo que esta no puede ser mi maleta! -le decia al muchacho. -¡Pero señora! ¿No me acaba de decir que el nombre de la etiqueta es el suyo y que la maleta es igual? -¡si, si! ¡Pero esta pesa como un demonio y la mia solo llevaba


ropa! -¡Pues si que es raro! Se habran equivocado al facturarla en la anterior estacion… -¡Pero es que la maleta, LA-MA-LE-TA si que es la mia, que la conozco por una marca que tiene en un lado! -Mire señora, acompañeme usted a facturacion a ver si alli arreglamos este lio… Fueron al departamento de facturacion y ya alli los empleados la dijeron que, llevando la maleta su nombre, podia abrirla y asi salir de dudas. La señora asi lo hizo y, una vez abierta, ninguno de los presentes podia dar credito a lo que veía. En el interior habia un joven desnudo ocupando absolutamente todo el pequeño espacio y con una particularidad grotesca sin la cual le hubiera sido imposible introducirse alli completamente: Tenia TODA la cabeza metida en su propio culo. Félix García Fradejas. Marzo 2002.


¡¡¡COMED, HIJOS DE PUTA!!! “El infierno son los demás” J. P. Sartre. Dos semanas llevaba ya Julio con un dolor de estomago inhumano. Pero tenia que aguantar. Ya faltaba poco. -¡Adiós, ceporro! ¿Ya vas pa’ casa? ¡Ja, ja! Todos los dias era lo mismo. Desde que a los quince años empezara a engordar desmesuradamente por un problema de tiroides, ahora, a los veinticinco y con ciento sesenta kilos de peso, era el blanco de las bromas de sus vecinos. Julio vivia en una pequeña localidad costera de cuyo nombre no quiero acordarme, y alli, entre humillaciones un dia si y un dia tambien, transcurria su vida. -Julio -le decia preocupada su madre durante la cena- ¿Te encuentras bien…? Llevas una temporada muy raro. -Si, mama, me encuentro bien. Tengo un poco de dolor de tripa, pero no es nada. -Si te duele la barriga no tienes porque acabarte la cena. Dejala ahí. -No, mama. Me la tengo que terminar. Y no te preocupes, que no me pasa nada. -a ver si ahora que vienen las fiestas te vas a poner malo. -Mucho que me importan a mi las fiestas. -dijo Julio con dejadez. A la mañana siguiente, después de haber pasado una noche espantosa de retortijones de estomago, bajo ojeroso a dar una vuelta entre el cachondeo general de sus paisanos que, empezando ese dia las fiestas de su patron y muchos de ellos ya cargados de vinazo, la tomaron con el como de costumbre.


-¡Julito! ¡Tragon! ¡Tu no vayas a la sardinada que nos quedas en ayunas! ¡Ja, ja! -¡Ni a mi peña! ¡Que nos quedas el barreño de la limonada a verlas venir! ¡Ji, ji! -¡Para llenar esa aldorga hace falta mucho momio! ¡Jo, jo! Hacia tiempo ya que Julio habia dejado de llorar por cosas de esas, de modo que se dio la vuelta y se encamino hacia su casa intentando no escuchar los comentarios que se repetian y se repetian… Esa tarde apenas probo bocado; la primera vez en mucho tiempo, porque apetito nunca le habia faltado. El dolor le tenia retorcido. -¿Quieres que llame al medico, Julio? No puedes estar asi. -su madre estaba cada vez mas disgustada. -¡Estate tranquila, mama! Ya veras que pronto se me pasa -la contesto Julio, sabiendo lo que decia- …si esta noche sigo asi, te prometo que vamos al medico. Volvio a salir de casa a media tarde, caminando con mucha dificultad, y se dirigio hacia la plaza mayor, donde, por lo visto, iban a llevar de atraccion un globo aerostatico para que se montase en el quien quisiese. Al verle, los festejantes se afilaban el colmillo. -¡¿Pero donde vas tu, tragaldabas?! -le vocearon- ¡Como montes ahí eso no levanta un palmo del suelo! ¡Jo, jo! -¡Primero si entra en el cesto! ¡Ji, ji! Sin hacer ni puto caso espero estoicamente a que le llegase su turno para montar. De cada viaje subían al globo unas quince personas -la canasta era grande- y se elevaban hasta unos cincuenta metros de altura para, después de pocos minutos, volver a descender. A Julio le dejaron de los últimos para no variar, pero después de mucho rato pudo subir el también. Esta


vez la mofa era mayúscula. -¡¡¡Me apuesto mil duros a que no puede el globo!!! ¡¡¡Ja, ja, ja!!! -¡¡¡Como cuando este arriba se caiga ya podemos echar a correr!!! ¡¡¡Jo, jo, jo!!! -¡¡¡Si se cae podemos traer una escopeta y jugamos al tiro al cerdo!!! ¡¡¡Ju, ju, ju!! -¡¡¡Suicídate, engendro bestial!!! ¡¡¡JA, JA, JA, JA, JA,JA, JA!!! El globo comenzó a elevarse. Diez metros. Que les den po’l culo a los de abajo. Veinte metros. El dolor de tripa era insoportable. Treinta metros. La vista era preciosa. El mar de fondo, sobrecogedor. Cuarenta metros. Ya casi estaban. Había valido la pena aguantar. Cincuenta metros. Por fin… En cuanto el globo alcanzo su altura limite y se detuvo, Julio, ante el estupor del resto de los pasajeros, se bajo los pantalones hasta las rodillas y se encaramo en el borde de la canasta; una vez allí asomo el culo al exterior y vació sobre sus conciudadanos lo que durante mas de dos semanas había soportado no evacuar -cerca de cuarenta kilos de mierdaesperando ese momento. -¡¡¡COMED, HIJOS DE PUTA!!! -les grito desde lo alto. Félix García Fradejas. Marzo 2002.


UNA HISTORIA EN DIEZ MINUTOS SOBRE UN JOVEN TRIUNFADOR 14:41. “¡¡¡SI. SI. SIII…!!! ¡¡¡ASI, MI VIDA…!!! ¡¡¡OHHHHHH…!!! ¡Ufff…! ¡Que corrida…! ¡Eres increíble!” 14:39. “…ya casi esta… ¿Te gusta así…? ¡Joder!” 14:37. “…venga, venga, venga…así…sí… así muy bien…” 14:35. “¡Aquí estaremos solos otra vez! …solo de verte me pongo a cien… ¿He cerrado bien la puerta…? ¡Si! ¡¡¡JODER!!! ¡¡¡A VER SI SE CALLA LA TÍA ESTA DE UNA VEZ!!! …siéntate en la taza, vas a ver lo que te voy a hacer… …esto te va a gustar…” 14:34. -¿Cariño…? ¿Te ocurre algo? ¡Contéstame! ¿Qué estas haciendo ahí adentro…? ¡¿Quieres abrir la puñetera puerta esta?! ¿Por qué has salido corriendo y te has encerrado en el baño? ¿Cariño…? ¡¿Quieres abrirme la puerta?! 14:33. -¿Cariño? ¿Eres tu…? ¡Hola! ¡Que pronto llegas hoy! ¡Asómate al salón, ya veras! ¡Nos han traído el espejo que encargamos…!

14:42. -¡¿Cariño…?! ¡¿Qué ruidos son esos…?! ¡¿QUIERES CONTESTARME?! ¡¿QUE HACES AHÍ ADENTRO?! ¡¡¡O ABRES LA PUERTA O LLAMO A LA POLICÍA!!! ¡Maldita la hora en que te eligieron a ti! ¡Desde que te han


nombrado Mister España te has vuelto loco! ¡Cabrón! Félix García Fradejas. Marzo 2002.


LA REINA DE LA CASA -Tu sabes todo lo que te quiero y todo lo que te necesito. Sabes que mi vida, toda mi existencia, depende de ti. Tu me lo has dado todo, me has enseñado todo lo que yo se. No quiero imaginar siquiera que hubiera sido de mi vida de no haberte tenido…, de no haberte conocido…, tu lo sabes. Mira mi casa. Mírala. Toda ella gira en torno a ti. Tu eres su centro. Toda tu eres ella. Sin ti mi hogar no existe. ¿Para que lo querría? ¿Para que.? Por ti lo he dejado todo… Mi mujer. Mis hijas. Mi trabajo… Todo. ¡¡¡HOSTIAS!!!… ¡¡¡¿QUE MAS PUEDO HACER POR TI…?!!! Lo siento… Perdona, mi vida. No debería haberte gritado. Pero compréndeme…, todo esto es absurdo. Llevamos toda la noche juntos…, una de las mejores noches que hemos tenido nunca… No. Miento. Todas las noches contigo son maravillosas… Y de repente… ¡Te has apagado! ¡Te has ido! ¡Me has dejado solo…! Pero no te preocupes… Yo se de un sitio donde te pueden curar…, donde te van a cuidar…, y todo volverá a ser como antes… Ya lo veras, mi amor, ya lo veras… Te voy a llevar allí. No te harán ningún daño…, todo va a ir bien. Te quiero. Alfredo se levanto del sillón con el rostro congestionado por el llanto, se acerco a ella, la besó, la desenchufó, la cogió en sus brazos y la llevo al centro de asistencia técnica donde un amigo suyo también había llevado a reparar su televisor. Félix García Fradejas. Abril 2002.


LA RELIQUIA -Pues si, hijo mío, si… Te voy a contar la historia de la reliquia. Veras; San Felicísimo Mártir, que como tu bien sabes nació aquí, en este pueblo, fue un misionero aficionado a la entomología de principios del siglo veinte que, destinado a misiones en la Amazonia con una tribu de aucas, tuvo relaciones… no licitas, llamémoslo así, con casi todas las mujeres del poblado. Enterados sus maridos, padres, hermanos, hijos, etcétera, y sorprendido en flagrante coyunda con una joven y bellísima indígena, los anteriores, los varones de la tribu, le descuartizaron y tiraron sus restos a las pirañas. Sus restos menos su miembro, que otra indígena logro rescatar aun erecto y lo conservo en uno de los botes de formol que el misionero tenia para mantener a su vez los diferentes insectos exóticos que el coleccionaba. Esta mujer hizo aquello porque amaba al Santo, hijo… Este bote con su peculiar contenido fue rescatado de manos de los aucas por una reciente expedición científica que investigo y dedujo su propietario, San Felicísimo, y, enterado el Vaticano del descubrimiento, pues nada se había vuelto a saber del Reverendo Padre y se desconocía por completo su suplicio, procedió a la canonización del mártir y bautizo sus restos incorruptos con el nombre de “El Santo Apéndice Erguido de San Felicísimo Mártir.” Después de esto, nuestro obispado reclamo la reliquia para nuestro pueblo, para instalarla en la iglesia de San Felicísimo y, por fin, no sin antes muchísimos tramites y gestiones, vino a parar aquí. Y esta es la historia de la reliquia, hijo mío. -Papa… -Si, hijo… -Mama siempre ha sido muy religiosa, ¿verdad? -Si, Ricardito, tu mama siempre ha sido muy devota…


-¿Y por eso robo la reliquia de la capilla…? ¿Para adorarla…? ¿Verdad…? -¡Para adorarla…! ¡Para adorarla…! -dijo el padre con desden¡Cállate la boca. Cago en Dios! ¡Que hostia te daba…! Félix García Fradejas. Abril 2002.


CIUDAD -Mama… Te tengo que decir una cosa… ¡Quiero ser psicópata! -dijo Lita con muchísima emoción. -¿Cuál, hija…? Es que no te he entendido. -¡Que quiero ser psicópata! -repitió. -¡¿Pero que dices?! ¡¿Tu te has vuelto loca o que?! ¡Si te oye tu padre te pega dos hostias…! -la mama de Lita se había puesto histérica. -¡¿Pero por que?! ¡Nadie me comprende! -contesto Lita llorando- ¡Os habéis vuelto todos locos! Lita tenia dieciséis años. En realidad se llamaba Obdulia, pero todo el mundo la llamaba Lita porque dirigirse a ella por su verdadero nombre no era plan. Desde muy pequeña se había aficionado a los psicothrillers. “Henry. Retrato de un asesino” y “El silencio de los corderos” eran sus películas de cabecera, y ahora ella había decidido emular a sus héroes. Esta claro que los psicópatas siempre han tenido un morboso poder de fascinación sobre la gente. Se podría decir que son los únicos ¿humanos? totalmente libres, ajenos por completo a cualquier ley, excepto, tal vez, las de su propia locura. Pero de ahí a querer ser uno de ellos… Una cosa es una broma y otra cagar en un portal. Y Obdulita quería cagar en el portal con todas sus ganas. -¡Te he dicho mil veces que no te tragues esas películas, que te van a sorber el seso! ¡Y mira! -la seguía chillando su madre. -¡Vete a la mierda! ¡Me voy de casa! ¡Y cuando me convierta en la psicópata mas famosa del mundo voy a venir a por ti! -¡Anda maja. Que te den tila! -la contesto su madre, que ya la había visto irse de casa veintidós veces en lo que iba de año, por lo que no se lo tomo muy a la tremenda.


¡BLOMP! Portazo. Lita bajo las escaleras y salio a la calle, decidida a hacer realidad su sueño. Ya allí, cayo en un detalle, “¿Y como me los cargo?”, porque, dadas las circunstancias, había salido de casa con lo puesto -un pantalón de chándal, unas playeras, una camiseta de Enrique Iglesias, el reloj…- y claro, así no había manera de liquidar a nadie con un mínimo de seriedad, así que se dio la vuelta y otra vez pa’rriba. En el portal saludo a Don Cosme, su vecino, un falangista de los de toda la vida que se pasaba el día pidiendo la pena de muerte para los ateos por carecer estos, según el, de los valores cristianos imprescindibles para el buen funcionamiento del asunto. Lita supuso que ya habría puesto Don Cosme a su mujer a hacer flexiones, pues es lo que la ordenaba siempre que el salía a trabajar para no ser el único de la casa que se jodiese -vivían solos-. -Buenos días, Don Cosme. -Buenos días, hija, buenos días. -”¡Me la pones como un canto, cago en la madre que te parió! ¡Te iba a echar yo un polvo que… ¡Joder!! Pensaba Don Cosme. Lita tenia dieciséis años como dieciséis soles. No iba muy animado esa tarde Don Cosme a trabajar. Había discutido con su esposa y, como siempre, la diferencia se zanjo a hostias. Hostias que había dado el, también como siempre. Fue a la cafetería y pidió el preceptivo cortado. En la televisión, en un canal digital, estaban echando Gran Hermano, y en ese momento salía Jorge Berrocal haciendo esas cosas que el hacia y que tantos momentos de alegría dieron a los televidentes. -¡Ahí esta! ¡Si señor! -le decía Don Cosme al joven que se


encontraba a su lado en la barra- ¡Un soldado español! ¡Un chaval que ha visto en la disciplina, la jerarquía y la abnegación un modo de vida! ¡Un hombre! -A mi me parece un bobo los cojones… -contesto sin muchas ganas el joven. -¿Qué..? -Nada. Que le digo que este chico a mi me parece que es un poquito tonto. -¡¿Pero que insolencia es esta…?! ¡Este es un hombre con principios que esta trabajando por su patria! ¿Qué esta haciendo usted por ella, joven, si puede saberse? ¿A que se dedica…? -A nada que le interese. Pero le diré que seguramente haga mas felices a muchos compatriotas que el tolay ese de la tele… Adiós muy buenas. Dicho esto, el joven salio del café y fue hacia su coche. Al pasar junto al restaurante contiguo, una mujer de mediana edad que se encontraba en la puerta, de espaldas a la calle, tiro una colilla encendida hacia atrás, sin mirar; colilla que se estampo contra la camisa del joven, quemándola. La mujer, al ver esto, fue rauda hacia el, a echarle una severa bronca. “¡Pero hombre…! ¡Si es que a ver…! ¡Pasas sin hacer ningún ruido…! ¿Cómo quieres que sepa si estabas detrás…?” “…no se preocupe, señora… La próxima vez que la vea procurare pasar junto a usted dando palmas…” “¡Desde luego…! -se indigno ella- ¡Que poca vergüenza tiene esta puta juventud…!” y se dio la media vuelta como una exhalación, volviendo a entrar en el restaurante; el, por su parte, continuo su camino hasta llegar a su Volkswagen Polo, monto en el y se dirigió a su lugar de trabajo. Héctor -así se llamaba el joven- tenia un problema laboral. Era


actor porno. Y había perdido la libido. A sus veintiocho años era rarísimo que esto sucediera, es mas, el no conocía a ningún compañero de profesión, muchos mayores que el, a quien le ocurriera lo mismo. Llevaba ya un par de años notándolo, pero últimamente cada vez estaba mas desmotivado a la hora de ponerse a rodar. “Bueno… -se decía-. Supongo que esto será pasajero… Tal vez…, si trabajara con Silvia Saint…” De camino iba escuchando el No Mystery de Return To Forever. La música era su gran pasión, incluso cantaba en un grupo: “Héctor Erector y los Pichalegres”, usando su nombre de guerra en el cine. Practicaban un funk-rock de connotaciones similares al de Red Hot Chili Peppers, aunque mas amarranado, y así, entre joder y cantar, pasaba su vida. Llego al chalet donde estaban rodando. Estaba situado en una urbanización de lujo y su propietario era Mariano Albieri, el director con el que solía trabajar Héctor, quien, aun siendo catalán -el director-, se había puesto este pseudónimo por afinidad con el gran director de cine porno italiano Mario Salieri. Al bajar del coche lo primero que vio fue al vecino del chalet de enfrente, “el pajero de los prismáticos”, como le llamaba todo el equipo de rodaje porque no se perdía una filmación apostado en su buhardilla anteojos en ristre, y no únicamente estos en ristre, en plan francotirador. En cuanto el vecinito le vio llegar entro zumbando en casa, ya adivinaba Héctor para que… A empezar a currar. En el momento en que entro en la casa, quince minutos tarde, el director dio la orden de acción y al instante ya estaba su compañero Ronny -un miembro destacado de la industria- practicando malabarismo cipotoidal con Lulú Doll, una francesíta rubia platino de ojos preciosos -todos ellos- y veintidós años de edad. Le correspondía a Héctor


entrar en escena en el papel de marido de Lulú, quien, al pillar a esta follando con el vendedor de seguros -Ronny-, hace de su capa un sayo y forma un trío con ellos dos. Entro en plano Héctor y, fingiendo sorprenderse ante tamaña afrenta, comenzó a desnudarse. Ya en bolas, y mientras el supuesto vendedor introducía en la boca de su supuesta esposa una polla que no se acababa nunca, se dispuso a comerla el coño. La lamió los labios de abajo a arriba treinta veces, la succiono el clítoris hasta dejárselo seco, la metió la lengua por la vagina hasta las trompas de Falopio…, incluso se atraganto con un pelo, cosa que hacia muchísimo tiempo que no le ocurría porque rara era la actriz que no iba rasurada…, pero nada. Nada de nada. Aquello ya no le excitaba en absoluto. No había forma humana de levantar el garrote que tanta fama le había dado. La miraba a Lulú mordisquear el glande de su compañero. En un momento dado y mientras seguía en plena mamada ella le miro fijamente a los ojos y esbozo un intento de sonrisa…; en otros tiempos esto habría sido mas que suficiente para ponerle al borde de la eyaculación, y de hecho noto que se le levantaba algo, pero no lo necesario. Aprovecho y se la llevo a ella a la boca, Lulú podía perfectamente comerse dos pollas de un golpe, pero, dadas las circunstancias, el contraste entre el cimbel de su colega y su en ese momento pizarrín era ridículo. -¡Corten! -grito Mariano. Se oyo un ventanazo de la casa de enfrente-. ¿Se puede saber que cojones te pasa, Héctor? -Pues mira… -contesto este, señalándose la polla-. Te puedes imaginar… -Bueno… ¿Y eso a que es debido…? ¿Es algún problema medico? -continuo el director. -Que va…, que va… si cuando estoy berraco se me empalma como al que mas… Lo que pasa es que hacer porno ya no me calienta.


-¿Has probado con Viagra? -le pregunto Ronny, que agradecía el parón porque era relativamente nuevo en el negocio -esta era su quinta película- pese a ser un miembro destacado de el, y estaba a punto de correrse. -¡Que Viagra ni que mis cojones…! -soltó Héctor al pollardo¡Os estoy diciendo que lo que me pasa es que el porno ya no me pone berraco, joder! ¿Os creéis que con una chavalita así decía mientras acariciaba una rodilla a Lulú, que los miraba a los tres con unos ojos muy grandes -y preciosos, todos ellos- y especialmente a Héctor, afectuosa- en circunstancias normales iba yo a necesitar viagras ni pollas en vinagre? ¡Pero hostias…! ¡Que mientras estas jodiendo tengas una cámara a un palmo de tu culo, el director diciéndote “Ahora métesela en la boca, ahora métesela en el culo, ahora tócame los cojones…”, el de la luz, el del espejo, la maquilladora, el del micro, el de la madre que lo parió…! ¡Tiene cojones…! ¡Que lo que no me ha pasado de novato me pase ahora, después de siete años…! -Bueno, Héctor, tranquilízate. Tu sabes que esto es así… -le dijo Mariano. -Yo la mayogia de las veces también tengo que fingig… -Lulú. -Ya lo se, preciosa… Pero a ti no te pagan por corrida… A mi si. -la contesto Héctor-. Sabes de sobra que, piensen las bobadas que piensen machistas y hembristas, los tíos lo tenemos en esto mas jodido que las tías… -En la edad no. -le atajo Lulú. -Bueno, ahí me has pillado. -tuvo que reconocer Héctor. -Mira… Lo que tenemos que hacer es esto… -comenzó a decir Mariano a Héctor-. Tu te tomas unas vacaciones, en lo que te pones la cabeza en orden. Bueno… -se sonrió-. Digo vacaciones como si aquí te las pagáramos… Tu me entiendes… Y finalizamos la película con Canadá Boy en tu lugar, por ejemplo… -Canadá Boy era otro actor, de las


mismas características físicas que Héctor. No era de Canadá, como pudiera parecer, sino de Murcia, pero le llamaban asi porque se había hecho tatuar la palabra CANADÁ en el pubis, ya que, según decía el, este se encontraba encima de una gran potencia-. ¿Qué te parece? -Yo creo que va ser lo mejor, que canadice el… -contesto Héctor-. Bueno…, pues me voy a ir. Se duchó, se vistió y salió del chalet. Monto en su coche y se dirigió a su casa con una comedura de cabeza del copón. A medio camino se termino la cassette que iba escuchando y se conecto automáticamente la radio. Leonardo Dantes haciendo la mona. -¡Encima esto…! ¡Me cago en mi puta vida! * * * * * * * * * * * * * * * * El vecino de Mariano Albieri, “el pajero de los prismáticos”, vio como caía la noche sin registrarse acción en la casa de enfrente. Harto ya de esperar bajo a la cocina a preparar la cena para el y su padre, con quien vivía a temporadas. Eran cuatro hermanos a cual mas gilipollas, y su padre, ya anciano, pasaba tres meses al año con cada uno de ellos. Eustaquio, que asi se llamaba el oteador de la buhardilla, era el menor de todos, soltero y de sesenta y cinco abriles. Hacia veinte diciembres que le había tocado un premio importante en la lotería navideña -doscientos cincuenta kilos. Todos los tontos tienen suerte-, dejo su trabajo de sexador de pollos y monto un restaurante por el que no pisaba nunca; negocio que le iba ciertamente bien y de cuyas rentas vivía a cuerpo de rey aun sin salir de casa, pues de puritito feo que era vergüenza le daba. Su padre, de ciento catorce años, había dejado de cobrar la


pensión de jubilación recientemente dado que, según las autoridades, ya había vivido demasiado; añádase a esto que sus hijos y nietos le hacían la existencia todo lo imposible que estaba en su mano hacérsela por considerarlo un estorbo y un gorrón. En definitiva, Leopoldo, el hombre, no era feliz. Tenia Leopoldo, el hombre, la costumbre de ir al baño siempre con un neceser en el que decía llevar todos sus artículos de aseo. No era otra la función de este maletín que la de guardar todas sus deposiciones, que luego almacenaba periódicamente en el sótano de un compañero suyo de la mili, con la intención de dejárselas llegada su hora a su afectada progenie, El entretenimiento de Leopoldo, el hombre, solía consistir durante sus estancias con Eustaquio en observar como le crecían las uñas y, excepcionalmente, una vez al mes, en una salida al parque de la urbanización. Estaba de suerte, esa noche tocaba, aunque en un principio la visita estaba proyectada para esa tarde, pero su hijo andaba muy ocupado interesándose por la filmación. Después de cenar -angulas el hijo, sopa de sobre el padre-, a eso de las once de la noche y aprovechando el comienzo del verano, salieron al parque, en el que aun quedaban unos pocos críos jugando. Quedo Eustaquio a su padre sentado en un banco y se fue el al que encontró mas alejado para no tener que soportarle, pese a que Leopoldo, el hombre, no daba un amparo de guerra, pero así eran las cosas. Tenia el hijo el corazón tan pequeño y retorcido que podría descorchar una botella con el. Podrían transplantarle en su lugar el rabo de un cerdo; haría la misma función. En su banco, y fumándose un cigarro, Eustaquio se entretuvo


viendo jugar a las muñecas a unas niñas de unos ocho años. Las chiquillas se fueron yendo poco a poco hacia sus casas, bien ellas solas, bien porque las venían a buscar sus padres, hasta que llego un momento en que solo quedo una. Eustaquio la llamo. -Ven, bonita, ven.. -la decía en tono zalamero. La niña se acerco a el. -¿Qué te pasa, bonita? ¿Te han dejado solita? ¿Quieres que juguemos tu y yo…? -Es que me tengo que ir a casa… Es muy tarde… -le contesto la cría, asustada por lo feo que era aquel viejo de modales empalagosos. -No… No te vayas todavía… Mira… -la dijo Eustaquio al tiempo que se desabrochaba la bragueta y sacaba un pingajo flácido, blancuzco y lleno de verrugas-. Agarra esto, bonita… Tengo los güevos llenos de leche… ¡De rica y buena leche! -¡Asqueroso! ¡Tío marrano! -le grito la nena. Blandió su Barbi y le sacudió un muñecazo con todas sus ganas en la deplorable chorra, arrancándole una excrecencia de cuajo que salpico de sangre la nariz y labios de la cría. -¡Ahhh…! ¡Putas…! -gemia Eustaquio sin aliento- ¡Mas que putas…! ¡Ya desde pequeñas…! ¡Ahhh…! Echo la niña a correr, sofocada, y al pasar frente a la única persona que quedaba en el parque aparte del lesionado, un hombre bastante mas viejo que el anterior, vio que este la aplaudía mientras se carcajeaba con las escasas fuerzas que le quedaban. “¡En cuanto llegue a casa se lo digo a mi padre y le mata…!” pensaba la criatura mientras corría y se limpiaba la sangre de aquel cerdo, y en su pánico poco falto para que la atropellara un coche al cruzar la carretera sin mirar, ya que ella no vivía en


la urbanización. -¡Joder que susto! -exclamo el conductor mientras frenaba en seco- ¡Cago en Dios! ¡¡¡Vas como las bobas!!! -¡Putas crías! -dijo su mujer. Carlos y Ángela se dirigían al centro a tomar unos chismes, aunque el ya llevaba unos cuantos puestos. Normalmente, cuando bajaban, que últimamente no era mucho, iban siempre a los mismos bares, pero esa noche habían salido con ganas de experimentar. A sus cuarenta y cinco años cada uno y doce de casados no se habían movido mucho de la clásica cafetería “formal” y bar de barrio “formal”, todo para gente muy “formal”; pero bueno, que hostias, habrá que ir a algún sitio moderno alguna vez, y ver que cojones hace la juventud, le había dicho el a ella. En el primer bar que entraron, el Vitalogy, se lucieron. Música que no les parecía música, tal vez precisamente por serlo, y cinco personas en el, contando a la camarera. Esta, una pelirroja desgreñada de veintipocos años vestida con un top granate descolorido y unos pantalones caquis cortos y ajustados, medias de rejilla negras y doc martens, además de un tribal tatuado que la decoraba un vientre plano; en suma, excesivamente provocativa para la mojigatería imperante, propicio que Carlos, una vez servido el correspondiente sol y sombra -sin hielo, faltaba mas- para el y Sheridan’s para ella, dejase aflorar su lado jocoso. -¿Has visto…? -decía Carlos a su mujer, en tono deliberadamente alto para que lo oyeran todos- ¡Yo me estoy quedando alucinadito! ¡Fíjate como va la tía esta…! ¡Si parece una guarra!


-Lo que pasa es que ya no hay educación… -le contesto no menos alto su señora- ¡Mírala…, la tonta…! ¡Y que tengamos que aguantar esto…! …luego se quejan que las violan… ¡Anda, boba…, jodete! Al otro lado de la barra, la camarera se hizo la sueca. Bastantes gilipollas con las mismas memeces había aguantado ya, para preocuparse por dos mas. El resto de la clientela, cuatro chavales entre veinte y treinta años, se miraron entre si. Sobraban los comentarios. Uno de ellos, el mas joven, saco una piedra del bolsillo y comenzó a quemarla. Navaja, cortar, Chester, papel, y, cuando estaba casi concluida la operación, Carlos, que tenia que decir algo, también jodería, saliendo de su estupor se dirigió a el a voz en pecho. -¡Eh! ¡Tu! ¡¿Se puede saber que cojones estas haciendo…?! -Coño, ¿no lo ves…? -le contesto el chaval en cuanto acabo de pasar la lengua por la pega, sin quitar la vista del canuto. -¡¿Pero tu que te has creído, cabrón?! ¡¿Qué te vas a fumar un porro delante de mi y de mi mujer…?! -…problema vuestro si os queréis quedar… -Álvaro, que así se llamaba el chico, se veia que pasaba de ellos como de comer mierda- …llevo aquí toda la vida fumándome los porros y solo faltaba que me vinieras tu a cortar… -¡¿Qué has dicho…?! -bramo Carlos levantándose de la banqueta y yendo hacia el con cara de justa indignación. “Déjalo, Carlos, vámonos de aquí.. Aquí no hay mas que gentuza…” le pidió su mujer mientras este iba a impartir justicia. -¡¿ Que qué has dicho, mierda?! -le espeto a un palmo de la cara de Álvaro. -Mira, tío, no quiero rollos… Vete por donde has venido que


desde que habéis entrao no habéis hecho mas que tocar los cojones, y aquí nadie se ha metido con vosotros -le contesto Álvaro procurando contener los nervios. -¡Uy…! ¡Si se me va a poner chulito la mierda el crío! -dijo Carlos burlón, girando la cabeza para mirar fanfarronamente a su cada vez mas preocupada doña, y de un manotazo en la zurda de Álvaro tiro al suelo el petardo aun sin encender, que luego pisoteo. Dos palmos mas que Carlos. Es lo que media Álvaro cuando se levanto de la banqueta y se puso frente a el, desafiante. Toda paciencia tiene un limite. Y la suya como la de cualquiera. -Recógelo -Álvaro, frío. -¿Cómo has dicho? -le pregunto Carlos ya sin tanta chulería, mientras notaba como la entereza le abandonaba, por mucho que el intentara retenerla. -Que lo recojas. -¡¿Te crees que me das miedo?! ¡¿Eh!? -alzo un poco la voz Carlos, echando mano de los restos de fantasmonería barata que aun le quedaban- ¡Con tíos mas grandes que tu me he pegado yo, y les he partido la cabeza! Aquello no daba resultado. Álvaro no se acojonaba. -Te cuento tres para que lo recojas… Uno… Carlos mantuvo la mirada sin decir nada. la mezcla de miedo e intento de bravuconería cañí en su rostro le daban un aspecto ridículo. -Dos…


Que pensaría su mujer, a la que el gallardamente contaba sus gestas, si ahora se echaba a correr. Pero no otra cosa le pedía el cuerpo. -…Y… -Álvaro se estaba empezando a divertir con la situación, viendo la cara de bobo que se le había quedado a su oponente. Carlos ya se veía con la hostia encima. -Tres. ¡¡¡QUIETO…!!!. Tarde. El grito de Ángela no había servido para nada. un piñazo en todos los hocicos puso a Carlos mirando a la Meca, además de arrancarle tres dientes de raíz. Este, intentando mantener el conocimiento con el que no había entrado, se abalanzo como el ganado, de cabeza contra el estomago de Álvaro. No tuvo mucho éxito. Álvaro, haciéndole una presa en la testa con el brazo derecho, con el otro enebro dos fuertes codazos en las costillas de Carlos a la vez que le sacudía un rodillazo en el estomago que le acabo de joder. Ángela, de piedra, no comprendía donde había quedado la intrepidez de la que tantas veces hizo gala su marido. Se arrodillo junto a el, “¡Levántate, cariño! ¡Vamos a meter a todos estos hijos de puta en la cárcel!” le decía mientras sostenía su cabeza entre sus brazos. “Gñññ…gñññ…” la contestaba el, poniéndola las mangas perdidas de sangre. -¡Álvaro. Ábrete…! -le dijo la camarera a este- Si viene la poli, yo voy a decir que la culpa la tienen estos dos -señalando al reclinado matrimonio- y que a ti no te conozco de nada… ¡Pero date prisa! En cuanto salio Álvaro por la puerta, Candela, la camarera, puso la música a buen volumen para disimular los aullidos de


Ángela. “Kill The Poor.” Dead Kennedys con alegría.

* * * * * * * * * * * * * * * * * -¡Cuidaó, tío! ¡Mira por donde vas…! -dijo Iñigo a Álvaro cuando este se choco con el según se cruzaban en medio de la acera. Parecía que el tipo tenia prisa; ni le miro- ¡Nada…! ¡Aquí te pasan por encima y como si te dan po’l culo…! Iñigo iba a un disco-bar situado en la misma calle del Vitalogy. Era el clásico galán barato de discoteca cutre que no se jalaba una rosca por mucho que lo intentase. Bajito, muy fistro el, culogordo, un culo en el que se podría pintar un bodegón, Iñigo, como todas las noches que salía, se había espantado bien las moscas del sobaco antes de emperifollarse -la ducha era para las bodas-, sobacos estos que tantas narices habían mancillado. Camiseta negra sin mangas ciñéndole el michelín, pantalones ajustados blancos en sus tiempos… A arrasar. Entro en el local y fue directo a la barra. Sonrisa intrépida a las camareras que no le podían ni ver, gin-cola -la marca mas barata-, tarareo del ultimo éxito de Camela que en ese momento sonaba y de ahí a la pista. A romper corazones. Apoyado en una columna con pose osada se dedico a seleccionar a sus posibles presas. No había mucho donde escoger. Una muy gorda que se pensaba que bailaba bien. No. Una muy fea con veinticinco kilos de peso. Tampoco. Una bastante guapa, tipazo, metro ochenta y cinco, que miraba por encima del hombro al resto de los mortales con desden. Menos. No jodas. Haría reír… Bueno; el panorama no se presentaba muy halagüeño para el pobre orangután. De repente, una despedida de soltera en pleno bajo al ruedo a bailar; ahí estaba


Iñigo al quite, repartiendo miradas seductoras a diestro y siniestro. Y que se mueran los feos. -Mira el pavo ese… -la dijo cristina a Noemí, dos chicas de la despedida- ¡Será tonto l’haba…! -Calla, tonta, que este puede dar juego… -la contesto la otra mientras la pasaba el canuto- …mira por donde, vamos a tener a un pelele que nos amenice la velada… Noemí, metro sesenta y cinco, cuerpo conseguido a base de diez horas semanales de gimnasio, pelo azabache, ojos miel, se acerco al tenorio arbolando la mas sensual de sus sonrisas y le pregunto la hora. -La una y diez, nena… -contesto Iñigo, tratando de imitar la sonrisa de ella, pero con resultados completamente diferentes. -Gracias… -le dijo ella, coqueta, mirándole de lado sin volver la cabeza hacia el, directamente a los ojos, en una mirada que se prolongo un segundo mas de lo comúnmente aceptado, mientras comenzaba a caminar hacia la barra con un contoneo de culo exagerado, culo que valía un imperio, sabiendo que el julay la estaría contemplando. A Iñigo, una tía de esas características le intimidaba bastante. Lo suyo era atacar borrachas menos explosivas que esta ultima, pues las tías buenas siempre le mandaban a la mierda, y las serenas, por muy feas que fuesen, tres cuartos de lo mismo. Y, que hostias, todas. De modo que le pillo completamente por sorpresa que una piba así mostrara algún interés por el, o por lo menos eso le había parecido. Se acerco el conquistador también a la barra, pero a una distancia prudencial de Noemí. “Bueno, Iñigo, valor… No te precipites, no la vayas a cagar…” se insuflaba ánimos. Desde


su posición podía examinar perfectamente a la chica. Que tía. Esta, que sabia de requetesobra que había sido seguida, en cuanto le vio le dedico un muestrario de todo tipo de miradas sugerentes que quedo a Iñigo aun mas cortado de lo que estaba. Cogió su cubata, el, que todavía estaba casi entero -había que economizar. O se era un cacas o no se era- y, no ocurriéndosele otra gracia para impresionar a la chavala, se le bebió de un trago. La cago. La chica, al ver esta exhibición de virilidad, compuso un gesto de estupor y agito la mano repetidamente, intentando demostrarle lo muy sorprendida que quería que el pensase que estaba. El, viendo que esta táctica había tenido éxito, pidió otro chisme mas. De un trago. Como los machotes. La tía ponía unos ojos como platos. Esto va bien, pensaban los dos. Otro mas. Y otro. Ella se le acerco. -¡Estoy impresionada…! -le decía con una mano en el pecho, la otra sin parar de agitarse después de diez minutos de alardes castrenses y una cara que reflejaba la mas absoluta perplejidad¡Nunca había visto a un hombre beber así…! ¡Madre mía! ¡Es increíble! -¡Siempre bebo así! ¡Como un loco! ¡Ja, ja, ja…! -notaba que las copas empezaban a hacerle efecto. Ya se encontraba mucho mas suelto. El alcohol es peligroso en manos de los tontos- ¿Y tu como te llamas, nena? ¡Yo Iñigo! -Noemí… Encantada… -le dio dos besos- Oye… ¿Te hace una rayita…? -Si…, bueno…, si… -Iñigo, que no había esnifado nunca, se acojono, pero había que tirar p’alante si se quería comer a la chavala- ¿Qué tienes…? ¿Coca…? -no, speed… ¿Te hace? -Si, me da igual… -ni sabia lo que era eso.


Se fueron hasta el váter de las tías. Siempre ha habido al menos tres clases de personas ajenas a la droga. Las que no la han probado nunca porque no las ha dado la gana. Ole. Las que, sin haberla probado, se piensan que un triste porro es la mayor depravación a la que puede llegar el ser humano; y las que, sin haberla catado y oponiéndose completamente a su consumo -por su parte y por la de los demás-, pregonan a todo aquel que quiera escucharles que se han metido de todo y mas. De estos dos últimos grupos no se sabe quienes son mas tontos. Iñigo compaginaba hábilmente su pertenencia a ambos. Ya encerrados en el servicio, Noemí saco una papelina. Encima de la cartera preparo con el carnet de Iñigo, que asistía asustado al proceso, dos rayas tamaño familiar. Esnifo una, y le indico a el que hiciese lo mismo. Se agacho este a la cisterna de la taza, que era donde estaba colocada la cartera, y, metiéndose un billete de mil -suyo- en la napia, se la arreo. -¡Joder. Es bueno! ¡Como pone…! -dijo el“Este es bobo” pensó ella. Desenrosco el billete y se lo guardo en la cartera sin que el se diese ni cuenta. Cuando se acerco a la puerta con intención de salir el la detuvo y acerco su cara a la de ella, pensando que aquel era el momento oportuno para liarse. -¡Quieto, tío -le paro en seco ella-. No tengas tanta prisa! …ya tendremos tiempo para nosotros dos… -añadió en tono picarón, al tiempo que jugueteaba con su dedo en la cadena con el Cristo de libra y media al cuello de el. Salieron a la pista. Ella delante, dirigiendo miradas cómplices a sus amigas. El detrás, con aires de buey coronado al notar que


sus conocidos le habían visto salir con ella del baño, pero trastabillando al andar todo lo que podía. Se la ocurrió a Noemí presentar a Iñigo a Ursula, una de sus amigas que se encontraba allí con ellas. Esta, una rubia de aspecto imponente, era una feminazí de la facción mas radical del movimiento; tanto es así que en cierta ocasión en la que, después de jugar al tio maragato entre cinco con una botella de J. B. y no haber soltado ella el frasco cuando ya la había vuelto a tocar, agarrándose una cagada de espanto, y a un chaval se le ocurrió preguntarla su nombre, ella rompió a gritar “¡Violación!” histéricamente, poniendo al tío en fuga preguntándose que cojones la pasaba a aquella subnormal. “Puede ser buena idea presentarlos”, se dijo Noemí. “Ya veras como este capullo mete la pata y nos reímos…” -Ven… ¿Cómo me habías dicho que te llamabas…? ¡Iñigo. Eso! …ven, Iñigo, que te voy a presentar a una amiga. -le dijo mientras pegaba unos tiros a un porro que la acababa de pasar Cristina, que la interrogaba con la mirada sobre como había ido la cosa. Noemí la sonrió y movió casi imperceptiblemente la cabeza, indicándola que tenían canelo para divertirse, luego le paso el porro a Iñigo. -¡Cof! -picaba, el cabrón. Iñigo nunca había probado un canuto. La cabeza ya se le iba para todos los lados-. Vale. Preséntamela… ¿Quién es…? -la dijo azarado acercándose a su oído. -¡Esa! ¡La rubia! -se la señalo. Luego bajo la voz y le dijo en tono confidencial: “Atácala. tu no te cortes. Con esta pillas fijo… Es una berraca de la hostia…” Llamo a Ursula, que se acerco. -¡Ursula! ¡Ven un momentin…! Te voy a presentar a un


amigo. Iñigo… Ursula. -según se daban los dos besos de rigor Noemí azuzo a Iñigo dándole con el codo en el costado. “Vamos… Éntrala… No seas bobo…” le dijo bajito. -¡Así que Ursula…! ¿Eh…? -la dijo Iñigo a esta guiñándola un ojo, envalentonado por los ánimos que le daba Noemí, además de todo lo que tenia encima- ¡Pues tienes un polvazo de la hostia…! ¿Qué te parece si tu y yo… No le dio tiempo a terminar la frase. Un bofetón de Ursula que casi le hizo perder el equilibrio puso fin a la conversación. -¡¿Tu que te has pensado, hijoputa…?! -le chillo- ¡¿Quién es este gilipollas, Noemí…?! -se dirigio a ella- ¡A mi no me toquéis los cojones…” -Tranquila… -la calmo Cristina mientras se la llevaba aparte…nos estamos riendo de este bobo… ¿No le has visto cuando hemos entrado, que se nos ha quedado mirando como si fuera yo que se…? ¡Pues eso! Ursula se hizo cargo de por donde iban los tiros. Se la fue pasando el mosqueo. Total, una noche de fiesta es una noche de fiesta. -¡Si es que eres muy bruto! -le dijo Noemí a Iñigo, que se acariciaba el carrillo donde se había llevado el tortazo- ¡No se puede entrar asi a una chica…! Anda… -le sonrió- …invítanos a unos cubatas, y aquí no ha pasado nada… ¡Ah! ¡Y repite el numerito que me has hecho antes a mi para mis amigas! -¿Qué numerito…? -la hostia le había despejado un poco, pero no mucho. -El de los cubatas que te bebías de un trago, corazón… Si lo haces… ¿quién sabe…? -y le dio dos palmaditas en el culo.


No hacia falta nada mas. Se fue a la barra cagando viruta después de preguntar a las chicas que bebían. Todas bourbon cola. “Joder. Que hostia me van a dar” pensaba mientras echaba cuentas de por cuanto le iba a salir la broma. Siete bourbons cola, mas que menos que otros tres gins cola para repetir la hazaña que le había pedido Noemí, a ver si de una puta vez se la podía cepillar… Entre tanto esta se estaba currando otro porro para dársele esta vez entero al tuercebotas aquel con intención de tumbarle definitivamente. Tres viajes tuvo que echar Iñigo de la barra a la pista para llevarlas todas las copas a las juerguistas, mas las tres suyas, claro. A repetir otra vez la tontería… Un cubata de un trago… Y otro… Y el tercero. Las tías aplaudían. Iñigo otra vez animado…, y sin nada que beber. Noemí se encendió el peta, pego tres caladas y se lo paso a Iñigo. No podía decir que no… Quedaría como un idiota…, asi que a fumar. Se estaba agarrando un cebollón como hacia años que no se pillaba… Cristina y Noemí se le volvieron a llevar al servicio. Esta vez se iban a meter unas dexedrinas seguramente ya caducadas que esta ultima había encontrado hacia una semana en el fondo de un cajón de su dormitorio después de cuarenta mil años ahí olvidadas; que mejor momento para aprovecharlas que esa noche… En el servicio, mientras Noemí habria las capsulas tres-, y seleccionaba y machacaba las bolitas hasta convertirlas en polvo, lo que la llevaba bastante trabajo, Cristina lió otro canuto que se fumaron entre los tres. Otro billete de mil de Iñigo para esnifar. Otra vez que el billete acabo en la cartera de Noemí. Otra intentona de Iñigo esta vez por morrear a las dos. Otra mierda que se comió. De nuevo en la pista, y con otra ronda a cuenta de Iñigo, este se tuvo que apoyar en una columna para no caerse. Se fumo un cigarro que le sentó como una patada en los cojones. De vez en


cuando se le deshacía un grumo en la nariz, no sabia si del speed o de la puta dexedrina, que al bajar por la garganta le sabia a hostias. “No escupas” le había aconsejado Noemí. “Trágatelo… Si lo echas no te hace nada… A ver…”. No lo echo. Camela, Calaitos, Kalima, Kalalay… y todos los grupejos que empezaban por Ca/Ka se fueron sucediendo uno detrás de otro… Las chicas bailaban a su alrededor… Aunque pararan a el le daba la impresión de que seguían dando vueltas… “Baila con nosotras, tío” le animaban. El se puso a bailar como un desesperado… Después de mucho rato, en cierto momento en que se miro en el espejo de una columna, noto que tenia la mandíbula fuera de control… Se fijo en que a muchas de ellas las pasaba lo mismo… “Haznos un strip-tease, tío” le pidieron… Sin saber como, cuando se quiso dar cuenta, le habían formado un corro tremendo en el medio de la pista…, y el, allí, en el centro, sin camisa y con los pantalones y los gallumbos por los tobillos, les mostraba un pizarrín reducido a la minima expresión… “Tu si que sabes, tío…” Ahora eran voces masculinas las que oía… Se acerco a las chicas, no se había dado cuenta de preguntarlas de quien de ellas era la despedida… “De Cristina” le respondieron… Se abalanzo hacia ella… La alcanzo… La abrazo… quería felicitarla… Ella chillo… Le dio un rodillazo en los cojones… Estaba en el suelo… Desnudo… Llegaron los de seguridad… No tenia ni idea de lo que estaba pasando, ni por que le estaba pasando… Se vio entre dos gorilas que le llevaban cogido de los brazos hacia la salida… La puerta… Ahora estaba tendido en la acera… Le tiraron su camiseta a la cara… Alguien le intento ayudar a levantarse… Le rechazo… Se dirigió a un callejón a vomitar… Cayo tres veces, era difícil caminar con los pantalones bajados… Llego por fin al callejón… Vomito… Oscuridad.


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Un gato. “…¡Ahhh…! ¡Mi cabeza…! ¡¿Qué hostias me ha pasado…?! Cuando despertó, lo segundo que hizo Iñigo fue preguntarse donde cojones estaba -lo primero fue quejarse-. Ya era de día. Estaba tirado en un callejón sin salida, lleno de mierda hasta los bordes. Pese a la estación estaba tiritando. “¡Joder…! ¿Y mi camiseta…? ¡Los pantalones…!” Se les subió de un golpe. Miro el reloj. Las diez de la mañana. Vio la vomitona a un lado y en sus pantalones. Comenzó a recordar. Estaba lleno de lagunas, pero recordaba lo mas importante. “¡La puta madre que las parió!”. Instintivamente se echo la mano a la cartera. La abrió. Ni un puto duro. Había bajado con diecisiete mil pesetas encima porque había cobrado tres días atrás y le gustaba sacar un billete de diez cuando iba a pagar en un bar, aparte del importe de su consumición, para pegarse la vacilada. Billete que siempre volvía a llegar a casa. Menos esta vez. “¡Hijas de puta!”. Sabia que hacia calor, pero no podia dejar de tiritar. Toda la noche en pelotas al relente se tenia que notar. Eso, mas la resaca. Y que pedazo de resaca. No recordaba haberse sentido tan jodido nunca. Física y moralmente. Se incorporo a duras penas. En cuanto lo hizo le sobrevino un mareo impresionante. Se tuvo que sujetar en la pared. Le asaltaron las nauseas. Otra pota. Hasta la primera papilla. “¡Joder! ¡Yo aquí me muero!”. Intento caminar. Se detuvo. No había manera. Pensó en como salir de allí sin camisa y con los pantalones llenos de mierda. No se le ocurría nada. Después de estar media hora sentado, intentando poner en orden su cabeza, se dio cuenta que ya hacia rato que tenia ganas de mear, pero otras preocupaciones mas importantes no habían dejado paso en su cerebro a esa necesidad. Se levanto


de mala manera, saco la chorra y meo contra la pared. Un niño de cinco años de edad al que, aprovechando la mañana, había sacado su padre a dar un paseo, consiguió escaparse de este y se metió en el callejon con el anterior corriendo detrás de el. Al entrar ahí, el crío, travieso como la madre que le parió, se extraño al ver a aquel hombre de aspecto porcino. Se acerco a el, sin que Iñigo se hubiera dado cuenta tan siquiera de que allí estaba. -¡Hola! ¡Señor! -le dijo el niño a Iñigo, que se sorprendió mientras echaba la meada mas larga de su vida- ¡Mire! ¡Le escupo! -y le lanzo un gapo en todo el cipote. -¡Me cago en tu puta madre! -voceo Iñigo, que bastante tenia ya encima para que le viniera un mocoso a escupir en la verga¡Serás…! -y le apunto con el chorro en la cara. Después de esto le agarro por el hombro y, acercándoselo para si, le endiño dos pollazos en todos los berretes. -¡¡¡Hijo de puta!!! -bramo el padre de la criatura, que había torcido la esquina en el momento en que Iñigo comenzó a mear en la jeta al niño e, inmovilizado por el desconcierto al ver a un gocho tal haciéndole aquello a su hijo, había asistido estupefacto al posterior desarrollo de los acontecimientos¡¡¡Te voy a matar!!! -y corrió hacia el como un búfalo. Iñigo, cuyo nivel de confusión ya había sobrepasado todos los limites humanamente aceptables, se quedo ahí parado como un imbécil, con la chorra de la mano, sin poder reaccionar, esperando la embestida de aquel hombre desbocado. “¡¡¡Cabrón!!!” le grito el padre, y al llegar a su altura le estampo un patadón en todos los cojones a Iñigo que dio con


este en el suelo. Una vez tirado y espatarrado, el padre, ciego de cólera, le sacudió otra patada en los huevos con todas sus fuerzas… Dos. Y otra mas… Tres. Cada vez a mayor velocidad. Y cuatro… Y cinco… Y seissieteochonuevediez… Iñigo, boca arriba, comenzó de nuevo a vomitarse sin poder torcer la cabeza a un lado. El hombre echo mano de una pistola que llevaba en el bolsillo interior de la americana. En un visto y no visto apunto a la cabeza del gordo y disparo. Un disparo… Dos. Y otro mas… Tres. Cada vez a mayor velocidad. Y cuatro… Y cinco… Y seissieteochonuevediez… Hasta que vació el cargador. Todas las balas, todas, habían impactado en el rostro, convirtiendo este en algo parecido a una hamburguesa a medio hacer con la que hubiera jugado un gato escocido. Cuando el hombre quiso darse cuenta de lo que había pasado, miro los restos de Iñigo y acto seguido a su hijo, que no se había movido del sitio durante todo aquel tiempo y le miraba a el fijamente, con la boca y los ojos extremadamente abiertos, como nunca antes se los había visto, y con una expresión de pánico absoluto; imposibilitado completamente para reaccionar. Se encontraba en estado de shock. El padre, que había adquirido la pistola una semana atrás, después de haber sido victima de tres atracos en menos de un mes -era joyero- y durante esos siete días la había tenido en casa sin decidirse a llevarla al negocio, era la segunda vez desde que se hizo con ella que la llevaba encima. Casualidad. Aturdido, soltó el arma y echo a correr. Su primera zancada coincidió con la primera lagrima de su hijo que toco el suelo. * * * * * * * * * * * * * * * * * * Tenia la impresión de que todo el mundo le miraba. En parte era cierto. No era muy común ver a un hombre elegantemente


vestido correr como si le persiguiera el diablo. Pero en su pensamiento estaba que toda aquella gente SABIA lo que había hecho, y de un momento a otro se iban a tirar a por el. Después de diez minutos de frenética marcha, lo que menos se esperaba le ocurrió. ¡¡¡ZASSSHHH!!!. Una cagada en plena cara. El autor de los hechos era un crío de ocho años que, asomando el culo por la ventana de su dormitorio, situado en un tercer piso, era la segunda vez que repetía la broma -la primera no logro acertar a la victima- desde que se le ocurriera la idea una semana atrás. Se asomo a la calle a hurtadillas y vio que el hombre de la americana había recibido la plasta de lleno en toda la jeta, pero para su sorpresa apenas se paro y miro de donde le venia aquello; al contrario, después de un rapido vistazo hacia arriba continuo corriendo calle abajo. Sentado en el suelo y con la espalda apoyada contra la pared que daba a la calle, el cabrón del crío se descojonaba de la risa. Las carcajadas hicieron que su madre fuese a ver que le ocurría. -¿Se puede saber que te pasa, Alfredito? -le dijo Ainhoa a su hijo. -Nada, mama. Nada -la contesto el niño. -A ver si no armas ninguna. Dentro de un rato te voy a llevar a donde tu abuela. Ainhoa era una mujer de cuarenta y dos años. Rubia, ojos azules, estatura media, terriblemente bien conservada. Guapa a rabiar. Era la replica exacta de Faye Dunaway en sus años mozos, pero con un aspecto actual. Divorciada, vivía pared con pared con su ex marido, que se había mudado al piso de al lado para joderla, y tenia un vecino de dieciséis años justo debajo de


su casa, Emilio, al que traía por la calle de la amargura; y lo sabia. Emilio tenia una hermana melliza, Linda, que, por esas coincidencias que tiene la vida, estaba perdidamente enamorada de Alfredo, el ex marido de Ainoa, quien, como no, también se habia dado cuenta de ello por las miradas que le echaba la niña cuando se encontraban en el ascensor o en el portal. Como le había dicho, Ainhoa llevo a Alfredito, su hijo, a casa de su abuela, la madre de ella. Desde que se divorciaron, hacia ya cuatro años, la custodia del niño, que la había correspondido a ella, le hacia pasar dos fines de semana al mes con su padre. Faltaba una semana para que volviera con el, pero Ainoa necesitaba un poco de tranquilidad -el jodio niño era un agobio-, de modo que, en casa de la yaya todo el día y que la marease a ella. De vuelta de dejar al crio aprovecho para hacer la compra. Cargo tres bolsas enormes en su coche y, ya en el edificio, al llamar al ascensor, resulto que este no funcionaba. “¿Cómo subo hasta el tercero con todo esto…?” se pregunto. Oyó que se abría la puerta del portal a sus espaldas. Emilio, su vecino. “No esta mal el crío este…” pensó al verle “…y se que yo le gusto… Daria diez años de su vida por metérmela…” se sonrió, divertida con este pensamiento. “Buenos días, Emilio” le saludo a el. “Buenos días, señora” la contesto el chaval, azorado. No podía evitar sentirse acobardado en su presencia. Por mucho que se la cáscara a su salud, sobre todo desde que le llegase el rumor de que era una calentorra de la hostia, y en sus fantasías masturbatorias se mostrase completamente desinhibido con ella, era encontrársela en el ascensor, por ejemplo, y notar de inmediato


que le faltaba el aire, que se trababa al contestarla a la clásica pregunta de compromiso de que tal le iban los estudios, la familia y todo eso. Además no tenia ninguna experiencia con las mujeres, ni la mas minima aparte del trato familiar con su madre y su hermana, de modo que, cuando la vio allí, frente a la puerta del ascensor, con una camiseta de tirantes azul ajustada y unas mallas también azules mas ajustadas todavía, se desarmo. -Esta roto el ascensor -le dijo ella- Es un latazo… Ya van dos veces en lo que va de año… -guardo silencio un instanteEmilio, cielo… -le sonrio- ¿Te importaría ayudarme a subir las bolsas…? ¡Es que fíjate que cargada vengo…! ¡Y con estos calores…! -¡Claro que si, señora…! ¡Digo no! -se lío- ¡Quiero decir…! ¡Que no me importaría, vamos! -respiro hondo. Parecía que había conseguido salir del jardín. -¡Que rico eres, cielito! -le dijo Ainhoa mientras le tendía dos bolsas. No la había pasado en absoluto inadvertido el nerviosismo del muchacho. Subieron las escaleras Ainhoa delante y Emilio detrás, a tres escalones de distancia entre los dos en aquellos tramos de dieciséis peldaños seguidos. Ella, con la mano izquierda llevaba la bolsa y con la derecha se agarraba a la barandilla, moviendo serpentinamente las caderas y el culo al subir; culo este que se encontraba a poco mas de un palmo de distancia de la cara de Emilio, que incluso consiguió olerle, y que, por solo tener ojos para el, tropezó en dos ocasiones en el mismo tramo, provocando una risita ahogada de Ainoa, que de sobra sabia lo que le ocurría. Llegaron por fin ante las puertas de la casa de Ainhoa. “En cuanto baje a casa me la sacudo. Esto me tiene que dar para por


lo menos veinte pajas…” pensaba Emilio. Pero, al depositar el las bolsas en el suelo y disponerse a despedirse del motivo de sus calenturas, ella le invito a pasar. -¿No quieres tomar un refresco? Tienes que haber subido agotado, con esas dos bolsas tan grandes… ¡Anda, pasa… No seas tan tímido! -le propuso ella con la mejor de sus sonrisas. -¡Bueno… señora… -no sabia si entrar o echar a correr escaleras abajo. Se decidió- …Gracias! -¡Y no me llames señora, que no soy tan mayor! -le regaño en bromas Ainhoa mientras pasaban y cerraba la puerta. En ese momento, Linda, la hermana melliza de Emilio, salía de su casa, justo debajo de la en que acababa de entrar su hermano. Fue hasta el ascensor y pulso el botón de llamada. Nada. “¡Joder con el ascensor…! ¡Otra vez!” pensó. Comenzó a bajar por las escaleras. A mitad de camino , en el rellano del primero, escucho pasos venir de abajo… Alguien subía. En cuanto torció a la izquierda para bajar el ultimo tramo se encontró de frente con el. Alfredo. El ex marido de Ainhoa. -¡Hola, Linda, bonita…! ¡Que jodienda lo del ascensor…! ¡¿Eh?! -la dijo a la chavala, exhibiendo su sonrisa Profident. También el, como su ex, subía cargado, pero solo con una bolsa. -¡Si que es verdad…! -le contesto ella, menos tímida que su hermano, aunque si que se pareciera a el en lo tocante a experiencias intersexuales. Cero; pese a ser una jovencita preciosa- ¿Qué tal…? -Mira… De comprar unas piezas para el tren eléctrico… -y la mostró las cajas que llevaba dentro de la bolsa. -¿Tiene tren eléctrico…? -se sorprendió Linda. Siempre la habían gustado. Aunque en ese caso la interesase mucho mas el


portador. Alfredo, de cuarenta y tres años, aparte de su oficio como fotógrafo, también había posado en varias ocasiones para catálogos de ropa de grandes almacenes, en plan madurito interesante y esas cosas. Catálogos que Linda, cuando los encontraba en su buzón, guardaba como oro en paño, aparte de entretenerse con ellos en ocasiones. -Claro que tengo tren eléctrico, bonita, ¿no lo sabias…? -ante la muda negación de ella, pues el se pensaba que su pasatiempo era de dominio publico, la pregunto si la gustaba aquello. “¡Pues claro! ¡Desde siempre me han gustado!” fue la respuesta de ella. -Pues si quieres subes ahora conmigo y te le enseño… ¿Qué te parece…? -la pregunto. -Bueno… No se… -pareció dudar- …si usted quiere… -¿Y por que no voy a querer…? -bromeo Alfredo- Y no me llames de usted… ¡Que manía teneís los dos hermanos con echarle años a uno…! -fingió enfadarse- ¡Venga…! ¡Vamos! la hizo una seña con la cabeza y comenzó a subir. -¡Vale! -dijo ella con una sonrisa, y le siguió. Emilio se encontraba sentado en el sofá del salón de Ainhoa bebiéndose una coca cola en un vaso enorme con un montón de hielo que le había puesto ella. Esta se sirvió un tercio de cerveza y se sentó a su lado. -¿Y Alfredito…? ¿No esta en casa? -la pregunto Emilio, que no sabia de lo que hablar. -Vengo de dejarle en casa de mi madre… -le contesto ella, mientras con una revista que cogió de encima de la mesita se daba aire-. ¡Es un trasto…! ¡No lo sabes tu bien…! ¡Todo el dia dando guerra…! No me entiendas mal… -cambio de tonoEs mi hijo y lo quiero…, pero de vez en cuando me gusta tener la casa para mi sola y hacer lo que yo quiera… -y echo una


mirada a Emilio que no dejaba mucho lugar a dudas su interpretación. -¡Bufff…! ¡Que calor hace…! -prosiguió Ainhoa viendo que el chaval no habría la boca- ¡Espera un momentin aquí, que me voy a dar una ducha! ¡Son dos minutos… No te vayas a ir…! -y se levanto del sofá. Se dirigió al cuarto de baño, y en mitad del pasillo llamo de nuevo a Emilio para recordarle donde tenia las cocacolas y los refrescos, por si se quería tomar otro. Emilio, que tenia mucho mas calor que Ainhoa y se quejaba menos, aprovecho que se encontraba solo para fumarse un cigarro. Había ceniceros por todas partes. Bien. Paso revista a la situación. Lo que llevaba años esperando tenia trazas de convertirse en realidad, porque la mirada que le había lanzado ella al comentarle lo bien que se sentía sola en casa, había que ser muy bruto para no comprender su significado. Si fuera un poco menos cortado, joder. O tal vez se estuviese engañando, estuviese viendo lo que quería ver y no lo que de verdad había, y si se decidiese a intentar algo con Ainhoa, que joder como estaba, metiese la pata hasta el corvejón, con el consiguiente chivatazo a su madre y todo eso… Estaba Emilio tan enfrascado en estas reflexiones que no oyó salir del baño a Ainhoa. Cuando se quiso dar cuenta, esta se encontraba apoyada en el quicio de la puerta; en albornoz y con el pelo mojado. “¡Madreee…!” pensó el cuando la vio. -¡Anda…! ¿Pero fumas? -le dijo ella fingiendo sorprenderse, y volvió a su lado en el sofá- ¿Lo sabe tu madre…? -¡No…! ¡Pero es igual…! -se indigno el ante ese ataque a su hombría- ¡Ya tengo dieciséis años! -Tienes razon… Ya eres un hombrecito… -le contesto insinuante Ainhoa. Ya hacia cerca de seis meses que no se


acostaba con nadie, y una mujer de sus características no se podía permitir eso parones. Iba a cien. Por otra parte, el chico la gustaba, que hostias. Muy crío. Vale. Pero eso la daba morbo. Además era guapo, musculitos… ¿Qué mas quería?…No te enfades, hombre… a sido broma. -y le pellizco cariñosamente el carrillo. -No… no me enfado… -balbuceo Emilio, colorado como un tomate al notar el contacto de su cara con los dedos de ella. Sin maquillar y con el cabello húmedo, además del albornoz y la proximidad en aquella situación, era lo mas excitante que jamás imaginara que pudiera ver nunca. -Pues me voy a fumar yo otro… Me has dado envidia -le dijo ella, y se inclino en su dirección para coger el paquete de Malboro que se encontraba en la mesilla del teléfono, justo al lado de Emilio, al hacerlo, rozo con su pelo aun goteante la cara de el, que al oler el suavizante y ante tanta cercanía perdió hasta el color; su albornoz, además, se entreabrió lo suficiente para permitirle ver por apenas un segundo sus tetas. Que tetas. Grandes. Arrogantes. En absoluto caídas. Desafiando la ley de la gravedad. Pezones pequeños. Clarísimos. Rosas. De punta. Lo suficientemente tiesos para saltarle un ojo al mas pintado. “¡Joooder…!” pensó Emilio mientras ella volvía con el tabaco a recostarse en su sitio. Ainhoa se encendió un cigarro. Exhalaba el humo en la mas pura tradición mujer fatal de cine negro americano… Marlene Dietrich la hacia una paja. Emilio noto que se había empalmado: “¡Joder como se me ha puesto…! ¡Esta viva! ¡Mierda. Se va a dar cuenta…!” El sudor le perlaba la frente. Tenia razón. Ella se había dado cuenta. -¡Ah! -le dijo ella- ¿Qué tal lo de tu operación de fimosis? Algo me dijo tu madre el año pasado. No te había preguntado


nunca porque me daba no se que… Tu me entiendes… -y le dirigió otra mirada sugerente. “¡Joder mi madre!” se atraganto Emilio. -¡Bien… Bien…! -la contesto súper nervioso- …hace ya año y pico que me operaron… Bastante bien… -no sabia como continuar. -¿No te ha dado ningún problema…? Que bien… -¿Qué problemas me podría haber dado…? -se sobresalto el. -Hombre… Ninguno. ¿Qué problema te iba a dar? Te lo digo porque yo he sido enfermera… ¿Lo sabias? -ante el gesto de asentimiento de Emilio prosiguió…-, …y he visto muchas operaciones de esas. Y me acuerdo que los pacientes se quejaban de que los primeros días lo pasaban muy mal porque les mancaba el capullito contra el calzoncillo y les dolían los puntos y cosas así… “¡Capullito!” Había dicho “capullito”. Aquella palabra en labios de esa mujer hizo que a Emilio le diera un vuelco el corazón. “Capullito”. Lo había pronunciado delante de el; a solas los dos… Y lo mas importante: Por extensión tenia que haber pensado ella en el suyo, que haberse formado una imagen mental de el… La sola idea de que ella hubiera tenido por un milisegundo su capullo en el pensamiento provoco que el tuviera que apretar las piernas y respirar hondo para no correrse. Sentía en ese momento mas intimidad con aquella mujer de la que nunca pensase que pudiera experimentar nadie con nadie. -¿Te ocurre algo, Emilio? -le pregunto al verle demacrarse por ya no sabia que vez en un rato. “Nada, nada.” contesto el a duras penas- …Pues lo que te decía… ¿A ti no te ha dado


molestias de esas…? -Claro -la contesto con un hilo de voz. -¿Y te las sigue dando…? -No-no, ya no -mas bajo aun. -Oye… No te asustes por lo que te voy a pedir… ¿Me la podrías enseñar…? Ya sabes que he sido enfermera. Te lo digo por ver si quedó bien… Yo entiendo de esto. No te preocupes… ¡Infarto de dieciséis ventrículos a la vez! ¡Llamen a las ambulancias…! ¡Preparen los quirófanos…!¡Las tumbas…! ¡Todo! Emilio boqueo como los rodaballos. Sentía que le daba algo. “¡Que se la enseñe…!” ¡La madre que lo parió…! -¡Emilio…! No es para que te pongas asi… Comprendo que te de corte -le dijo ella contrariada. Por la reacción del chico pensaba que ahí no había nada que hacer. Se encontraba en la misma situación que Diógenes… Buscaba un hombre. Y con los mismos resultados… Decidió intentarlo por ultima vez…pero yo lo digo por ti…, no vaya a ser que te pienses que salio bien la intervención porque no te haya dado de momento ninguna molestia, aparte del post-operatorio y de las clásicas de los primeros días, y resulte que tienes mal cogido un punto o algo así, y tu no lo sepas ver y yo si… Por eso te lo digo… Pero si tu dices que no como los chicos pequeños, porque te da vergüenza… ¡Hombre! ¡Que he sido enfermera! ¡Es como si fuese tu medica! Bueno… No te molesto mas… Si no quieres, no quieres. “¡Vamos. Emilio! ¡No seas gilipollas! ¡Si pierdes esta oportunidad es como para matarte!” se decía él dándose ánimos. “¿Qué hago…?” Nunca se había visto en una situación así. Le temblaba todo.”¿Tengo que ser siempre tan cortado…?”


“Bueno… De perdidos al río…” Peor que lo estaba pasando no lo iba a pasar. Se decidió. -Tiene razón… -la dijo, desabrochándose los botones del pantalón- Mire… -y se la enseño. ¡Que bastón! Se cuenta y no se cree. “¡Madre de mi vida y de mi corazón…!” pensó Ainhoa al ver aquella polla mientras se la hacia la boca agua y amenazaba con encharcar el cojín en el que estaba sentada al notar como un torrente de flujo se abría paso entre los labios de su coño. Aquella tranca debía de medir por lo menos treinta centímetros; bastante mas que la de su ex, que ya era toda una señora polla con el veinte que calzaba. Acerco una mano hacia ella y la agarro con dos dedos. El glande comenzó a palpitar como loco. Estaba súper hinchado. Tenia la piel tan tersa y brillante que casi se podia ver reflejada en el. Comenzó a desplazar los dedos hacia abajo delicadamente. “¿Si te estiro la piel hacia abajo te duele?” le pregunto en un susurro, mucho mas nerviosa de lo que se pensaba iba a estar. “No, no” la contesto Emilio temblando. Subió y bajo los dedos un par de veces mas. Una gota de liquido preseminal afloro en el orificio del glande, deslizándose luego lentamente por la superficie de la polla hasta parar en los dedos de ella. No se lo pensó esta mas veces. Se acerco despacio, despacio, y sin dejar de mirarle fijamente a los ojos fue abriendo los labios poco a poco, poco a poco, según se acercaba, y, agachando la cabeza hacia su objetivo, bajó, bajó…, hasta que se introdujo casi completamente su polla en la boca. “Mmm…” -¡Pues este es mi tren eléctrico! -dijo Alfredo orgulloso a Linda, mostrándola una maqueta que ocupaba casi la totalidad de la habitación en que se encontraban- ¿Qué te parece…?


-¡Precioso! ¡Que pasada…! -contesto esta, impresionada, agachándose hacia el enorme montaje para no perderse ningún tipo de detalle. Al hacerlo, su minifalda, una minifalda que su madre la tenia terminantemente prohibido que se pusiese desde el día que se la compro porque, según ella, había mas tela en un pañuelo de bolsillo, pero pese a todo seguía sacando la chica a hurtadillas muy de vez en cuando, se deslizo suavemente hacia arriba, al principio solo un poco, pero cada vez mas y mas a medida que se agachaba Linda, hasta dejar completamente al descubierto sus muslos y permitir ver la parte inferior de sus braguitas -unas braguitas rosas, minúsculas-, sin ninguna dificultad. Alfredo, que se encontraba detrás de la chica, no quitaba ojo del espectáculo que se desarrollaba delante de sus narices. “¡Joder como esta la niña…! ¡Para mear y no echar ni gota!” Se le estaba levantando a marchas forzadas. “¡Fffff… Lo que te iba a hacer yo a ti…! ¡Te iba a poner perdida…!” Decidió forzar la situación, señalándola partes de la maqueta que se encontraban en lugares a los que ella solo podía mirar bien si se agachaba mas aun. Linda, que no era tonta, sabia de sobra cuales eran las intenciones de Alfredo al indicarla que se fijase en los detalles mas ridículos de aquel paisaje a escala reducida; pero este juego la excitaba. Al igual que su hermano con la ex mujer de Alfredo, ella llevaba mucho tiempo deseando a este, y, mucho mas lanzada que Emilio y con mas ganas aun de perder el virguito, sobre todo si se trataba de perderlo con Alfredo, para el que inconscientemente se había estado reservando, comprendió de inmediato que había llegado su momento; que si dejaba escapar esta oportunidad sabría Dios cuando se la iba a volver a presentar otra la mitad de buena. -¿Y esto de aquí que es, Alfredo? -le dijo señalando un objeto


justo a sus pies, para lo que se tuvo que doblar completamente hacia abajo, sin permitirse torcer las rodillas ni un ápice, consciente del efecto que conseguiría con ello. “¡Eso es gloria pura!” pensó Alfredo, al que no le llegaba el aire a los pulmones al ver aquello. En aquella posición a Linda se la veían completamente todas las bragas; estas, de un algodón finísimo y caladas, casi transparentes, la adivinaban la raja del culo en su totalidad. “¡Uy bonita, si voy con lo que te doy…!” seguía pensando Alfredo cada vez mas berracazo. “¡No me jodas…! ¡Se tiene que estar dando cuenta por cojones… Esta no es boba! ¿Quiere rabo…? ¡Pues la voy a dar rabo…!” -Eso es un deposito de agua… -la contesto el en cuanto recobro el aliento- …pero a mi la parte que mas me gusta de la maqueta es la del túnel…, con el tren metiéndose por el…, y entrando otra vez…, y volviendo a entrar… ¿A ti a que te recuerda…, Linda…, preciosa? -adopto un tono seductor. -Húmm…, no se… -dijo calculadamente ingenua, sin volverse a mirarle- …metiéndose una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… Nunca he visto nada que entre y salga tantas veces… ¿Qué podría ser, Alfredo…? -¿Me quieres hacer creer que nunca has visto una polla entrar y salir de un coño, por ejemplo…? -se había decidido a jugar fuerte. Bastaba ya de ambigüedades. -¿Cuál? -al principio ella se sobresalto. No se esperaba un cambio tan brusco en la conversación, una alusión tan directa, pero en seguida se repuso de la sorpresa- ¿Una polla entrar y salir de un coño…, Alfredo…? No. Ni tan siquiera he visto nunca una polla. -no se iba a reír de ella. -¿Te gustaría ver alguna…? -el sudor le corría ya por el cuello. Se había vuelto todo miembro.


-Húmm… depende… -¿Depende de que? -De quien fuera la polla -su tono era cada vez mas zalamero. -¿Y si fuera la mía…? -el polvo era inminente. Y entre eso, la postura de ella, que aun no había cambiado, y tantas veces escucharla decir la palabra “polla”, con esa vocecita… Estaba que se daba con ella en los dientes. -¡Ah! ¿Pero tu tienes una polla? -ala… Vuelve. “¡Si, hombre! ¡No faltaba mas! ¡También jodería…!” Ya le estaba hinchando los cojones la niña. “¿Se va a reír esta crìa de mi…?” Si que lo hacia. Podía oir perfectamente una risita ahogada. “Vas a ver tu… Ya te puedes dar por jodida.” Linda, mientras intentaba contener las ganas de reír, espero una contestación que esta vez estaba tardando mucho en llegar. De espaldas a el, y ya incomoda por la posturita, no podía ver lo que estaba haciendo Alfredo ni que cara se le había quedado… Después de un momento, escucho sus pasos acercarse hacia ella. Se paro justo detrás… “¿Qué va a hacer?” Noto las manos de el en su culo… “¡…!” Comenzó a deslizar lentamente sus braguitas hacia abajo… “¡No me lo puedo creer…!” pensaba mientras cerraba los ojos y se mordía el labio inferior. Sintió como el se agachaba y su aliento cerca…, muy cerca de su carne… “¡Va a hacerlo…!” se la disparo el corazón. De repente, volvió a notar las manos de el en sus nalgas… separándolas suavemente… Un segundo mas tarde una lengua se abrió paso entre su vagina. “¡Ooohhh…!” -Mmm… mmm… mmm… ¡Ahhh…! …¿te gusta así…, cielo…? -le dijo Ainhoa, sacándosela de la boca. -…siii…siii…siii… -la contesto suspirando Emilio. Todavía no se acababa de creer lo que le estaba ocurriendo. “¡Me la esta chupando…!” Mirar hacia abajo y verla a ella con su polla en


la boca, alternando miradas hacia el con caidas de ojos, era algo que nunca hubiera podido imaginar que le sucediera fuera de sus fantasías. -…mmmm… …si llego yo a saber que tienes un pollón así no hubiera esperado tanto… …que grande… …a las chicas las tienes que volver locas… ¿Eh? -no paraba de masturbarle lentamente mientras le decía esto, mirándole la polla con una sonrisa en los labios. -…es la… primera vez que estoy con una mujer… ¡Ahhh…! -…mmm… …me lo suponía… ¿…como has podido desperdiciar esto tanto tiempo…? -y la volvío a engullir…mmmm… -…solo téngo…dieciséis años… ¡Fffff…! -dijo, cerrando los ojos. -…solo dieciséis… -volver a escuchar esto la excito aun mas…no te preocupes… yo te voy a enseñar todo lo que tienes que saber… -y se levanto. Ainhoa se puso en pie y comenzó a quitarse el albornoz, todo esto sin dejar de mirar felinaménte a Emilio… El albornoz cayo al suelo. Vaya tipazo. Emilio pensó que no había visto nunca una mujer así ni en las películas. Sus tetas ya las había podido entrever un rato antes, pero ahora, sin tapujos, le parecían mas esplendidas aun. Las caderas eran impresionantes… Mareaba mirarlas. El vientre plano… Su piel, pese a ser tan rubia, tenia un color tostado que, en contraste con su pelo, la hacia parecer una veinteañero… Y su coño… Su coño. Emilio se quedo sin aire al verle… Era lo mas bonito que había visto nunca. Tenia depilados los bordes y solo quedaba una línea del grosor de un dedo en medio. Su color, también rubio, era algo mas oscuro que el otro… Ainhoa, al ver la delectación con que la miraba Emilio, giro lentamente sobre si misma, paladeándolo, coqueta. Después de toda la


serie de maravillas que había visto en un momento, no se esperaba Emilio que quedase la mayor de todas… Su culo. Respingón. Duro. Firme. Bronceado. Redondo. Ni demasiado grande ni demasiado pequeño… El tamaño perfecto. El culo perfecto. Un culo del copón. -¿Te gusta…? -le pregunto ella de espaldas a el, con las manos sobre las caderas, volviendo la cabeza para mirarle con la mas intensa y seductora de las miradas. Emilio asintió absorto, sin articular palabra. Ella giro nuevamente y se acerco a el…, se detuvo apenas a un metro suyo. Comenzó a acariciarse el clítoris…, sus dedos jugaban con el en movimientos circulares…, despacio…, muy despacio… -Ahogo un gemido. -Yo he hecho algo por ti… …te he dado placer con mi boca… …¿no crees que deberías hacer lo mismo por mi…? -le dijo ella, sentándose en el sofa frente a el y abriendo sus piernas, que había también colocado encima. Con dos dedos de una mano abrió los labios de su vagina, invitándole con sus lascivos ojos a aproximarse y tomarlo… Emilio acerco lentamente su cara hacia aquello con lo que ella retozaba… Ver de cerca sus pliegues, su abundante flujo, que el podía perfectamente oler, tenia sobre su persona un efecto paralizador. Nunca antes había hecho algo asi…, no sabia como comenzar… Ella noto su indecisión… “Ven… Es fácil… -le dijo tomando su cabeza y acercándola cuidadosamente hacia su intimidad- …solo tienes que pasar tu lengua suavemente por aquí… -se indico el clítoris- …lamerlo con dulzura… …meterla dentro… …follarme con ella…


…hazlo, por favor… -continuo susurrando, mientras su vientre palpitaba convulsivamente presa de la excitación. Acerco el la lengua y comenzó a hacer lo que ella le había pedido. No pensaba que tuviera aquel sabor… Esperaba un sabor fuerte. No lo era. Era agradable…, ligeramente salado…, no sabría como definirlo… Sabia a hembra. Jugueteo con su clítoris en su lengua… Lo sorbió con sus labios… Lo lamió desesperadamente. Ella rodeo con sus piernas su espalda… Gemía. Arañaba su cabeza. El continuo lamiendo violentamente… Su clítoris… Su vulva… trago sus fluidos… Cada vez mas ricos… Introdujo su lengua en su interior… Fuerte… Muy fuerte… Ella chillo. -¡Para… Por favor! -exclamo Ainhoa, aflojando la presión de sus piernas sobre la espalda de el- ¡Me he corrido… …cariño…! -se ahogaba- ¡Que bien me lo has hecho, cielo! ya mas tranquila. Le acaricio la cara…- Vamos a pasar la mejor tarde de nuestra vida… Confía en mi. -le dijo en tono cómplice- Espera un segundito… Ainhoa se incorporo y salio de la habitación, sin dar ninguna clase de explicación a Emilio, quien miro como se alejaba, desnuda, con la vista clavada en su culo. “Es lo mas bonito que he visto nunca…” Volvió en un instante. Traía algo de la mano, el no veía que era… Se acerco al equipo de sonido. “¿Te gusta la música… cielo?” Ante el gesto de indiferencia de el, prosiguió “Es buena para dar ambiente…” Coloco un cd, modulo un volumen bajo, intimo. Sonó el “Under My Thumb” de los Rollings. Activo el Repeat. “Me encanta esta canción para follar…” le dijo a el. Se sentó a su lado. Le mostró lo que había ido a buscar: Una papelina, un carnet y un billete de dos mil. “¿Te gusta la coca…?”, “No la he probado nunca” contesto Emilio. “¿No


quieres una rayita…?”, “No, no. No quiero” su mueca no dejaba lugar a dudas. “Esta bien…” le dijo ella sonriendo, y le pellizco cariñosamente un carrillo. Abrió la papelina, y se disponía a prepararse una raya en la mesa de cristal cuando, al mirar la polla de Emilio, dura como un canto, tuvo una idea mejor. -Levántate, cielo… Hazme el favor. -le pidió ella. -¿Para que? -se extraño el. -Tu levántate… -y le echo una sonrisa ante la que el no se pudo negar. Se levanto Emilio, intrigado, y, tomándole ella la mano y acercándole un poco hacia si, pillo un dosis de farla con el carnet y la repartió uniformemente sobre su polla, ante el estupor de Emilio, formando una línea perfecta. Enrollo cuidadosamente el billete, se le coloco en el orificio nasal y, arrimándose a la tranca “No te muevas, Emilio, ten cuidado…”, se esnifo toda la raya de un viaje. Emilio, inmóvil, miraba toda la operación con ojos como platos. Al mirar hacia arriba y ver su cara, ella río. Dejo Ainhoa el canuto estatal sobre la mesa y, aprovechando que tenia el aparato de Emilio en toda su extensión frente a su cara, se le llevo nuevamente a la boca. Aprecio un saborcillo particular, conocido, en el miembro de el. Minúsculos restos de farlopa que no había conseguido aspirar. Polla con sabor a coca. “…mmm… …miel sobre hojuelas…” pensó ella. -Sígueme… -le dijo levantándose, al cabo de otro rato de frenética mamada. Le guió a su habitación. Una cama de matrimonio. Ella bajo la persiana y encendió dos lamparillas de noche; la ventana daba


al patio de luces, justo enfrente de la de su ex… No era plan. “Desvístete…, no querrás acostarte así..” indico mas que pregunto Ainhoa. Emilio llevaba los pantalones por las rodillas, las playeras y la camiseta aun puestas. Se desnudo completamente. Ella, por su parte, solo llevaba unas chancletas. También se las quito. -Ven… -le dijo ella mientras se tumbaba en la cama, boca arriba, con un tono de voz apenas perceptible. Abrió las piernas y doblo las rodillas. Emilio se tumbo encima de ella. Comenzó a besarla, a comerla el morro…, ella metió toda su lengua en la boca de el…; agarro su polla con una mano y se froto con ella el clítoris.., después la condujo hacia la entrada de su vagina y, con un golpe brusco de pelvis, se la clavo hasta el fondo. -¡Ahhh…! ¡Muévete…! ¡Así…! ¡Sigue Sigue Sigue…! imploraba Ainhoa rodeando con sus piernas la cintura de el y enroscados los brazos en su cuello, quedando literalmente suspendida en el aire… -¡Vamos…! ¡Vamos…! ¡Fóllame Fóllame Fóllame! Emilio empujaba fuerte… Daba golpes de riñón con todo su brío. Las gotas de sudor de su frente resbalaban por sus mejillas y caían en la boca abierta de ella. Puro gozo. Ella, haciéndole presa, se apretaba contra su vientre, se retiraba ágilmente, ligera, y dejaba que toda la enorme longitud de la polla de el se deslizase completamente hacia el exterior, para volver a atraparla una décima de segundo después. -¡No puedo mas…! -dijo Emilio, jadeando- ¡Me voy a correr…!


Ainhoa se desprendió de el y, agarrándole la polla, comenzó a soplarle en el glande. “No te corras todavía…” le pidió, “Me tienes que dar mas…” Parecía que los soplidos habían surtido efecto… Emilio se recupero a medias… Ella, aun con su polla sujeta en su mano, colocando su cabeza justo encima de ella, dejo escurrir de sus labios una copiosa cantidad de saliva que se deslizo por toda la tranca. “Tiene que resbalar bien…” le dijo enigmáticamente, “Ahora me vas a hacer algo que te va a gustar…” y, volviendo su culo hacia el, separo sus nalgas dejando a la vista su esfínter “Lámemelo… Se tiene que ensanchar… Si no, con todo eso que tu tienes podrías destrozarme…” “¡Por el culo…!” Al darse cuenta de ello, Emilio estuvo otra vez en un tris de correrse… Le parecía increíble todo lo que le estaba sucediendo en una sola tarde. Acerco su cara al ojete de ella y, si bien en un primer momento le dio cierto reparo, pudo mas la fuerza de la naturaleza y el sentido común que los prejuicios mojigatos y pichatristes con los que, como la mayor parte de la especie, había crecido. Lo lamió. Y lo lamió. Y lo lamió. Por fuera. Introdujo su lengua… Por dentro. Le gustaba. Le gustaba mucho. Lo miraba. Se ensanchaba a ojos vistas… Se contraía suavemente; parecía que tuviera vida propia… Ella gemía. Había dilatado mucho… “…métemela ya…” Se la metió. ¡Que pasadón! ¡Aquello era la hostia…! Le apretaba bien la polla. En aquella postura, ella de espaldas, la cabeza en la almohada, mordiéndola…, el sobre sus rodillas, podía ver perfectamente como entraba y salía su polla del culo de ella, como su esfínter se iba hacia el cuando se retiraba. Ainhoa cada vez jadeaba mas y mas alto… “¡Vamos, mi niño…! ¡Vamos, cabrón…!” Se estaba volviendo loco.


-¿…te gusta así…, niñita…? -¡Ahhh…! ¿…como no me va a gustar…? -le dijo Linda con un hilo de voz- …sigueee… Alfredo continuo lamiendo el delicado coño de Linda “…joder…” En aquella postura en que se encontraban, el, mientras saboreaba los fluidos de ella, su nariz, en su esfínter, registraba todo su olor mas intimo, mas secreto, mas suyo. Se incorporo y, tomándola en sus brazos como a una recién casada la noche de bodas, la llevo a su habitación. Ella no apartaba su boca de la suya. La deposito suavemente en la cama… La desvistió completamente mientras la besaba… La quito toda la ropa… toda. Ni calcetines ni gaitas, solo una cinta de cuero en el tobillo izquierdo. El no bajo la persiana; no se dio ni cuenta. De habérsela dado, tal vez tampoco lo hubiera hecho… Total, desde esa ventana la única persona que le podría ver era su ex mujer, pues sabia que su hijo no se encontraba en casa, y no le importaría en absoluto que lo hiciera; es mas…, le gustaría. De cruzarse con Linda en el portal, en el ascensor, se figuraba que estaría buena…, pero no se imaginaba que tanto. Como estaba. El cuerpo bien proporcionado, muy bien proporcionado, las tetas redondas, como manzanas, la piel y el pelo, en puro contraste con los de Ainhoa, conseguían un efecto no menos devastador. Linda, de pelo negro y tez blanca, parecía el negativo de su ex mujer; aunque igual de apetecible. Se desnudo el también y se echo en la cama junto a ella. Linda, al ver su polla, tiesa ya como un garrote, dejo escapar un sonido de exclamación. -No pensaba que fueran tan grandes… -le dijo, sin poder apartar la vista de ella. -Es que no todas son tan grandes… -la contesto el, ufano- ¿Es


cierto que nunca habías visto ninguna…? -…si… -ensimismada. Esta afirmación le había llegado a el al alma. -¿…y que te gustaría hacer con ella…? -la dijo, bajando el tono de voz. -…chuparla… -cada vez mas inaudible. -¿…sabrías como hacerlo…? -…déjame probar… -y gateo hacia el. La tomo en sus manos. Dejo deslizarse hacia abajo la piel del prepucio, dejando al descubierto el glande. Estaba absorta. Lo volvió a subir. Pausadamente. Lo volvió a bajar… “¿Qué va a pensar este hombre de mi…? -paso por su cabeza- …me dobla la edad…, sabe que se que es divorciado y con un hijo…, apenas nos conocemos…, solo hemos hablado unas pocas veces en el ascensor… Y ahora me esta viendo aquí…, desnuda en su cama…, viéndole a el también desnudo…, y jugando con su polla… Pensara que soy una putita…” esta idea la excito aun mas… Ya no pudo contenerse… Abrió la boca… y, lentamente, se trago toda la polla de Alfredo… Hasta lo mas profundo de su garganta. -¡Niña…! ¡Que bien lo haces…! ¡Fffff…! -Alfredo no podía creer que, para ser la primera vez de ella, lo hiciera tan magníficamente…, si acaso un poco rápido…- ¡Espera…! ¡No vayas tan deprisa…! ¡Un poco mas despacio…! -le hacia algo de daño al rozarle con los dientes en el capullo- ¡Así…! …bien… …así… “…que rica esta…” pensaba ella. Siguió mamando… Se la saco de la boca… Paso nuevamente su lengua a lo largo del tronco del miembro… Le dio un beso cariñoso en la punta del glande…, sonriendo… Mientras hacia todo esto, el no dejaba de masturbarla…, masajeaba su clítoris… Ella se retorcía…


-¡Ahhh…! ¡Por favor…! ¡Métemela…! -le pidió. -…ven aquí… …móntate encima de mi… -la cogió por los costados…, la atrajo hacia el…, hizo que se colocara a horcajadas encima suyo…, frente a frente…, apunto su polla hacia la entrada de su coño…, metió solo el capullo en el…, ella lo contemplaba todo…, jadeando… “…por favor…”, casi era una suplica hacia el…, empujo un poco…, luego mas…, hasta que entro toda… -…ten… “¡Aaaaaaaahhh…!” chillo Linda. Siempre había pensado que aquello dolería la primera vez… A ella no. Se agito encima… Zarandeo el culo arriba y abajo…, cada vez mas deprisa… Le miraba a los ojos… Les cerraba y echaba la cabeza hacia atrás…, gimiendo… El miraba sus tetas…, el surco que formaba su canal, tremendamente definido…, increíble…, parecía una cicatriz…, nunca había visto otro igual… Ella comenzó a moverse circularmente…, serpentinamente…, culebreando… “¡Para Para Para Para Para…! ¡¡Que me corro!” dijo Alfredo, atropellándose con las palabras. Salio de ella bruscamente. Apretó los dientes… Cerro con fuerza los ojos y los puños… Casi. -¡Úfff…! Espera un momento, preciosa… -la dijo, recobrando el aliento- …por que poquito… “Ponte así…” la pidió, y la colocó de rodillas, con los codos apoyados en el colchón. Se situó detrás de ella, quien, al verle allí, contoneo sinuosamente el culo…, otra vez describiendo círculos…, serpenteando… “Esta me mata…” pensó el. Volvió a apuntar su polla… Y se la volvió a meter. Plás, plás, plás, plás, plás, plás, plás… Su pubis y su vientre contra el culo de ella sonaban al golpear como cachetes…,


plás, plás, plás, plás, plás… Cada vez la frecuencia era mas corta…, plás plás plás… Cada vez mas sonoro el impacto… PLÁS PLÁS PLÁS… Se le ocurrió algo mas… “…cierra los ojos… Te voy a dar una sorpresa…” la dijo. Se retiro y escucho Linda que abría un cajón y luego el sonido de un frasco al destaparse… No imaginaba que podía ser todo aquello… Siguió con los ojos cerrados, conteniendo casi la respiración… Unos momentos después, sintió como el dedo de el aplicaba algo blando, pastoso, suave, sobre su ojete… Un instante mas, y la sintió dentro… Llenando todo su culo. -¡Aaahh…! ¡…Siiiii…! ¡…Que ricooo…! -casi voceaba Linda. Nunca se la hubiera ocurrido que se tratase de eso. Sentir como Alfredo, sin previo aviso, se la había endiñado de golpe y porrazo en el mismísimo culo casi provoco, en un primer momento, que los ojos se la salieran de las orbitas… Ahora sentía que se iba a correr de un momento a otro, sin poderlo evitar… “Esto es lo mejor que me ha ocurrido nunca…” pensaba Alfredo mientras seguía empujando con muchísima alegría… En ese momento miro por la ventana y le vino una idea a la cabeza. Sin dejar de follar a Linda se recostó sobre ella hacia la mesilla, cogió el móvil “…no te preocupes…, nos vamos a divertir…”, y marco el numero de su ex mujer. -¿…quien hostias puede ser ahora…? -se quejo Ainhoa al oír sonar su teléfono en la mesilla, a un metro de ella, mientras Emilio seguía metiéndosela por el culo. La estaban cortando todo el rollo… -…déjale… -la dijo el con la voz entrecortada- …no le cojas… -¿…y si le ha ocurrido algo al niño…? -se alarmo ella-


¿…como no le voy a coger…? …espera, corazón…, es un segundo… -y se levanto a contestar la llamada. -¿…Diga…? -su tono denotaba su alteración- ¿Si…? ¿Diga…? -¿…Ainhoa…? Soy yo…, Alfredo… -no se había separado de Linda… Seguían dándole. -¡Ya te he conocido…! -le contesto con un tono de “No me toques los cojones” en la voz- ¿Se puede saber que quieres…? -¿Podrías abrir la ventana de tu habitación…? -¿Para que…? -pregunto ella extrañada, sin comprender que podía querer el bobo la minga de su ex marido. -Tu hazlo… -y colgó. “¿Quién era…?” pregunto Emilio. Ella no contesto. En su confusión fue a levantar la persiana sin reparar en la situación comprometida en que se encontraba. Desnuda y acompañada de su vecino en el mismo estado. Subió la persiana de un golpe y allí se encontró de frente a Alfredo cepillándose a la hermana de su actual acompañante y mirándoles a ellos -pues todos veían a todos- con idéntica cara de sorpresa. Tras el choque inicial, Ainhoa y Alfredo reaccionaron casi al unísono, intercambiándose miradas cómplices, mientras los mellizos se cubrían ahora muy púdicamente sus respectivas desnudeces, sin atreverse a mirarse el uno al otro, a no ser a hurtadillas. -No te cubras tanto ahora… -dijo Ainhoa volviéndose a Emilio, después de guiñar un ojo furtivamente a su ex marido- Hace un momento hacíamos tu y yo de todo… ¿A que viene ahora tanta vergüenza…? -y, agachándose despacio hacia el mientras le decía todo esto, retiro sus manos, con las que difícilmente se cubría la polla, y volvió a llevarse esta a la boca. “¡Madre que peazo rabo…!” dejo escapar Alfredo desde su


habitación, al ver la herramienta de Emilio. Linda, por su parte, no perdía detalle de todo lo que ocurría en el otro dormitorio, mientras, tímidamente, comenzaba a acariciar su clítoris. Tímidamente. Muy tímidamente. -Parece que te gusta lo que estas viendo… -la dijo Alfredo a Linda haciendo un gesto hacia la otra habitación, donde su ex mujer, también por su parte, no cesaba de chupársela a Emilio, quien, al parecer perdiendo poco a poco el pudor, la acariciaba la cabeza mientras tanto- …déjame que te ayude yo… -y, acercando una mano hacia su coño, metió dos dedos dentro de el, al tiempo que agachaba la cabeza para mordisquearla un pezón… Las miradas de los dos hermanos se encontraron mientras estos comenzaron a gemir. Ainhoa fue la primera en darse cuenta de ello. -Esto es ridículo… -le dijo a su ex marido al otro lado del patio- …¿Por qué estamos cada uno en una punta, y mirando lo que sucede al otro lado…? ¡Venir aquí, Alfredo! A este no le hizo falta que se lo dijeran dos veces… Se giro hacia Linda y la pregunto con la mirada. Esta, en cambio, se mostraba mas reticente a ir hacia allí. “¿Tu crees…?” le había preguntado con un algo de temor en su voz. Emilio, por su parte, miro sorprendidamente a Ainhoa al hacer esta la invitación “…no te preocupes…, no va a pasar nada malo… que no quieras que pase…” le había contestado ella a su pregunta no formulada. Un momento después, Alfredo llamo a Ainhoa bajando mucho la voz “¡Psss…! …ehhh… …deja tu puerta abierta… …en un minuto estamos allí…” “…vale…” le contesto Ainhoa, con


una sonrisa que a Jack Nicholson le hubiera costado Dios y ayuda superar. No fue un minuto, pero poco paso de el. Alfredo y Linda cruzaron la distancia que había entre los dos vestíbulos -pocade puntillas. Entraron en la casa de Ainhoa envueltos en una bata cada uno. Ainhoa y Emilio, por lo que a ellos correspondía, no llevaban puesto nada encima. Este seguía cubriéndose -procurándolo- con las manos; ella no ocultaba nada… “¡Pónganse cómodos…!” había dicho Ainhoa teatralmente a los recién llegados. “¡Dejen sus abrigos en el perchero…!” Alfredo fue el primero en aceptar la invitación de desvestirse… Tiro su bata en un sillón, quedando completamente en cueros… Linda no fue tan rápida como el; tardo mas en decidirse a desnudarse…, al final también ella se despojo de su bata, quedando igualmente en pelota viva. En cuanto vio esto ultimo, Ainhoa vio confirmadas sus suposiciones. “Aquí va a haber un tomate de la hostia…” se dijo. Hubo un momento en que se quedaron todos parados, inmóviles, mirándose los unos a los otros, en silencio… Ainhoa rompió el hielo. -¿Cuánto hacia que no te la comía a ti…? -le pregunto a su ex marido- ¿Cuatro años, tal vez…? Alfredo asintió… Fue hacia ella… Se besaron… Ella le masturbaba mientras lo hacían… Poco a poco, Ainhoa fue descendiendo sin dejar de agitar su polla en su mano… Se la metió toda entera en la boca… La saco por completo de ella… Volvió a tragársela hasta el fondo… Apretaba con fuerza los glúteos de el entre tanto… Linda y Emilio asistían hechizados a esta escena. Ella, ajena a la presencia de su hermano a tres metros escasos suyos, había


comenzado nuevamente a tantear su clítoris…, tímidamente de nuevo… “¡Linda!” la recrimino Emilio… Ella se sobresalto al oírle…, pero recupero la calma rápidamente… Siguió observando como Ainhoa devoraba la polla de Alfredo…, como este movía lentamente la pelvis hacia delante y hacia atrás mientras posaba sus manos en la cabeza de su ex mujer… Ainhoa se separo de el lentamente y, poniéndose de nuevo en pie, se acerco a Linda… -¿Te gusta lo que le hago a Alfredo, preciosa…? -la pregunto, acariciándola un brazo. -…s-si… -contesto Linda sin atreverse a levantar los ojos del suelo. -¿…Y no te gustaría a ti también llevarte una polla a la boca…? -siguió, con marcada intención. -…yo… -no sabia que contestar… La presencia allí de su hermano no dejaba de intimidarla. Por otra parte, esa mujer, con ese desnudo tan formidable y sus mas que evidentes avanzadas artes amatorias, no contribuían a tranquilizarla. -Dimeló, bonita… -Ainhoa la agarro suavemente la barbilla y levanto con delicadeza su cara hacia la suya…- …no tengas vergüenza…, nos conocemos desde siempre… Dime, bonita… ¿No te gustaría hacer a ti lo mismo…? -…si… -contesto Linda, volviendo a bajar la vista al suelo… Emilio, que lo contemplaba todo con ojos desorbitados, no acababa de creerse que todo aquello estuviera ocurriendo allí en realidad… Le parecía irreal ver a su hermana desnuda delante de el, también desnudo, y hablando con una tercera persona desnuda a su vez y siendo contempladas por otro hombre que, para no variar, no llevaba nada encima y además el cabrón se la estaba pelando, despacio, eso si, en esos momentos…


-…pues si quieres… ¿Por qué no lo haces…? -prosiguió Ainhoa con Linda, sonriéndola dulcemente- …además…, aquí tienes donde escoger… -¿Cómo…? -se sorprendió Linda. No podía haber dicho lo que ella creía haber oído… Escucho una risa mal disimulada de Alfredo. -Si… Que tienes donde escoger… -y, tomándola del brazo, la condujo hacia su hermano…- Alfredo… Acércate tu también aquí… -este así lo hizo. Se coloco Alfredo justo al lado de Emilio, hombro con hombro. Eran casi de la misma estatura; un poco mas alto el segundo. Pero cuando Ainhoa retiro por segunda vez las manos de este bajo su vientre, las diferencias se hicieron evidentes… -¿Cuál de las dos te gusta mas…? -la pregunto Ainhoa- Como ves…, la de tu hermano es bastante mas grande… -al decir esto, agarro la polla de Emilio y comenzó a masturbarle… El ahogo un gemido…- …de todas las maneras, yo esta tarde he chupado las dos…, pero tu solo una… ¿Sabes cual te falta…? añadió malignamente al tiempo que elevaba la polla de su hermano hacia ella… Puso Ainhoa las manos en los hombros de ella y la hizo descender lentamente frente a su hermano… Linda no opuso resistencia… Ya en cuclillas, con la cara frente a la familiar verga, “No me la imaginaba tan gigantesca…”, Ainhoa la pidió que abriera la boca… Linda obedeció… Llevo la mano la primera hacia la nuca de la muchachita y, ya allí, empujo su cabeza suavemente contra la polla de Emilio, su hermano…, hasta que esta desapareció hasta la mitad en su boca… Alfredo y Ainhoa miraban todo esto con expresión embobada.


Linda fue desinhibiéndose…, comenzaba a agitar mas rápidamente su cabeza… No soltaba la polla de su hermano de su boca…, ahora describía movimientos circulares con la primera al tiempo que tragaba todo lo que podía con la segunda… “…la polla de mi hermano en mi boca… ¡Ooohhh…!” El vaivén se hizo frenético… Ya estaba completamente desatada… Emilio, a su vez, miraba a su hermana con cara de pasmo… ¡Le estaba comiendo la polla a el…! ¡No podía creerlo…! ¡Y además le gustaba…! Apretó fuertemente la cara de Linda entre sus manos mientras bombeaba dentro de su boca con fuerza… Ainhoa le retiro. “¡La vas a ahogar…!” Cogió luego esta a Linda y la tumbo en el suelo de parqué… El salón era amplio… Había espacio mas que suficiente… Metió la cabeza entre sus piernas y la empezó a comer el coño… Nunca había estado con otra mujer antes, pero era algo por lo que tenia curiosidad desde hacia ya algún tiempo… Mejor ocasión que esa ninguna… Además, la vecinita la había puesto a cien…, mas de lo que estaba aun…, y tenia un cuerpo precioso… La encanto el sabor del chocho de Linda…, no pensaba que un coño igual al suyo la pudiera resultar tan agradable…, pero así era… “¿…como he podido perderme esto…?” Linda se restregaba convulsivamente contra la cara de Ainhoa…, todo lo que estaba pasando allí era nuevo e increíblemente excitante para ella… “…me gusta… ¡Siii…!” pensaba. Alfredo se coloco a horcajadas sobre el pecho de Linda y, sujetando su cabeza entre sus manos, metió su aparato en la boca de ella… Emilio tuvo que sentarse en un sillón. Miraba todo esto alucinado, sin dejar de sacudírsela. Ainhoa coloco sus piernas entre las de Linda hasta que sus coños se tocaron… Se frotaron violentamente el uno contra el otro… Exhalaban… Como consecuencia de sus respectivos flujos, los labios vaginales de cada una se pegaban en los de la otra… “A ver si van a hacer


ventosa…” comento Alfredo, que siempre tenia que decir alguna bobada, cuando lo vio… Ahora ellas chillaban… Ainhoa se levanto y, despegando a Emilio de su sillón, lo tumbo también en el suelo… Condujo a Linda hacia el e hizo que se sentara encima de su polla… Linda así lo hizo, chillando ya, arañando el pecho de su hermano, que la follaba con todo su ímpetu… “¡Me estas follando… Hermano… Me estas follando…!” le grito. Ahora Ainhoa se sentó sobre la cara de Emilio… “¡Cómeme el coño… Cabrón… Así…!” gemía como una loca ella también… Alfredo se coloco detrás de Linda e, inclinándola la espalda levemente hacia delante, separo sus nalgas y metió toda su polla en el culo de ella… Hasta la empuñadura… Ahora Linda tenia la polla de su hermano follándola el coño y la de Alfredo haciendo lo mismo con su culo… Se volvía loca… No lo podía creer… “¡Follarme. Follarme. Follarme los dos…!” bramaba… Acerco su cara a la de Ainhoa, que por su expresión estaba a punto de caramelo, y la metió toda la lengua en la boca… Ainhoa la devolvió el beso, con mas violencia aun si cabe… Linda ya no podía mas… Se estaba corriendo… “¡Me estoy corriendo…! ¡Me corrooo…!” grito… “¡Aaaaaahhh…!” Al oír esto, Emilio y Alfredo, que estaban sacando fuerzas de flaqueza para contenerse, no pudieron dominarlo un segundo mas… Se corrieron a la vez dentro de ella… “¡Aaaaahhh…!” Gritaron los dos al unísono… Al sentir Linda la leche hirviente por dos conductos distintos a la vez dentro de si, intensifico su orgasmo por diez… “¡Aaaaaaaahhhhh…!” Ainhoa, a quien, aun corriéndose, Emilio no había dejado de comer, al ver todo esto, al sentir todo esto, se dejo ir a su vez… “¡Aaaaahhh…!” Se corrieron los cuatro a un tiempo, multiplicándose sus respectivos orgasmos con los de sus compañeros por una especie de sinergia… “¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH……….!!!”


Por debajo, muy por debajo, aun sonaba “Under My Thumb”… * * * * * * * * * * * * * * * * * -¡Me cago en Dios! ¡¿Qué pasa ahí abajo…?! -rugió Paulo. Paulo vivía en un cuarto piso, justo encima de el de Ainhoa. Los alaridos que le llegaban de sus vecinos le acababan de despertar del letargo en que le había sumido la ultima novela de Fernando Sánchez Dragó, cuya critica le había encargado la revista para la que el trabajaba. Ese era su oficio. Critico literario. Paulo solía firmar sus veredictos con su nombre completo, Paulo Umberto Tornés Ossorio, del que se sentía muy orgulloso al ser prácticamente el mismo con el que su padre, del que había tomado sus apellidos artísticos, refrendaba a su vez sus sentencias literarias: Francisco Alberto Tornés Ossorio. Ambos debieron rubricar solo con sus iniciales en múltiples ocasiones, dado lo extensa de su denominación. De su padre le venia al primero su afición a la poda y tala de la obra ajena. Era Francisco Alberto un ramplón critico y censor literario, afecto al antiguo régimen, herencia esta que también había legado a su vástago, “Lastima que ya no se permita la censura oficial…” solía lamentarse aun el citado deudo. Nostalgia de los oscuros golondrinos. No consentía Paulo una pagina sin al menos setenta floripondios; estaba de suerte ya que, aunque no lo quisiese reconocer, vivía un momento esplendido con la moda imperante entre muchos jóvenes escritores, políticamente correctos y reaccionarios ante toda novedad no líght, de revolotear sobre sus historias planas esparciendo perlas estilísticas cuales gráciles palomas, consiguiendo efectos aplatanantes. Dentro de un tiempo nos reiremos mucho


recordando a todos estos bisuteros. Esta concepción de la escritura y esta fijación con lo lindo la defendía el aguerridamente desde sus tiempos jóvenes; tiempos en los que el, convenientemente asesorado por su señor padre, también intento escribir, como si aquello pudiera comprenderse con tan solo charlas plomizas o manuales llenos de obviedades, reglas y pollas en vinagre, y tuviera menor importancia la propia intuición. Intento escribir de joven, pero no arrancaba, y cuando lo hacia era con aspiraciones dignas, no las del clásico aficionado que escribe, por ejemplo, sobre una ciudad, encadenando a sus personajes de la manera mas tonta con la única intención de pasar el rato describiendo el comportamiento de unos seres ficticios o no tanto, no sus ansias de aventura o de partir hacia septentrión en pos del Dorado. Lo de Paulo no era eso. Ni esa puta autoindulgencia. Sus fines eran mucho mas elevados, y al no alcanzar esas altas cimas que tan ambiciosamente se propuso, ocultaba sus fracasadas intentonas en el fondo de un cajón bajo siete llaves. Esa era su finalidad. Convertirse en un gran escritor. Por eso nunca escribió nada. Paulo o hacia las cosas bien o no las hacia. También jodería… En lo referente a sus preferencias literarias había también heredado, como no, los gustos de su padre. Entre estos se distinguía un nutrido grupo de escritores del fascio, sin que Paulo valorara demasiado si allí había o no buena prosa, que, por que negarlo, también la había -en todas partes cuecen habas, ahí esta Céline-, otorgando mas importancia al discurso fundamentalista y cerril. De los escritores actuales le gustaban Fernando Vizcaíno Casas y Ricardo de la Cierva, y poca cosa mas. Ni mencionarle algún nombre en particular, bajo amenaza de seria reprimenda tostonante: Henry Miller… “No cuenta nada… Pornografía.”


Paul Auster… “Bobadas…” Beckett… “¡Un loco!” Bukowski… “¡Valiente marrano!” Virginia Despentes… “¿Virginia que…?” Ya en terrenos mas recientes James Ellroy, Barry Gifford, Michel Houllebecq o Bret Easton Ellis eran tema tabú. A esos ni se les mentaba. Este defensor de la letra impresa con intención solemne también tenia otra antipatía personal. Quevedo. Nunca tolero las “Gracias y desgracias del ojo del culo”. El se lo perdía. El salón, donde se encontraba, estaba presidido por un retrato de Franco y otro de Napoleón. El enano maligno y le petit cabrón frente a frente. Se levanto del butacón. Tenia sed. Fue hasta la nevera para echar un trago de agua. En la cocina la foto del Papa cerca de la bandera nacional, como cantaba La Polla. No había quien aguantara el calor dentro de la casa, mejor salir a dar una vuelta. Se puso la chaqueta del traje, se coloco la corbata que no se había quitado, se arreglo los cuatro pelos con un peine desdentado y bajo a la calle; allí por lo menos corría un poco el aire. Paseo durante un buen rato, siempre por la sombra; el medico le había aconsejado que caminara algo todos los días. De pronto, un niño de unos cinco años en el que no había reparado antes, le tiro de la manga. -¡Señor…! -le dijo el chavalín. Sus ojos estaban enrojecidos, como si hubiera estado llorando durante mucho rato, cosa que era palpable por la humedad de sus mejillas y un moqueo abundante, mal limpiado, de su nariz- ¡Señor…! -repitió con voz trémula- ¡…mi papa ha matado a un señor…! -y señalo hacia el callejón que se encontraba a sus espaldas. Con la que estaba cayendo y le venia un crío diciendo tonterías.


-¡Niño…! ¡Anda por ahí…! -y, desenganchándole de su manga, siguió calle abajo. El niño miro como aquel señor desaparecía a lo lejos en una calle por la que, a esas horas, no pasaba casi nadie. Era la tercera persona que encontraba desde que saliera de la calleja y todas le habían dado parecida o idéntica contestación. Volvió a implarse. Volvió a llorar. Un rato mas tarde, por el mismo sitio por el que había llegado el ultimo hombre, se acerco una joven con un pantalón de chándal y una camiseta de Charles Mason. El niño la detuvo y repitió la misma historia que había contado ya tres veces antes. “¿Cómo dices…?”, le contesto ella, visiblemente impresionada. Esta vez parecía que había tenido éxito. Tomándola de la mano la condujo al callejón, era un pasadizo muy largo, y allí, casi en el fondo, señalo a un tipo tendido en el suelo. Era cierto. Aquel hombre estaba muerto. Su rostro, si aun se podía llamar a aquello así, apenas podía verse, oculto como estaba por una gruesa capa de moscas de todos los tamaños y colores que habían acudido a el a darse el festín. La chica se quedo de un aire. Jamás pensó que llegaría a ver algo así. -¡Le ha matado mi papa…! ¡…se ha ido corriendo…! -decía el crío sollozando. Ella no parecía escucharle. Estaba boquiabierta contemplando el cadáver. Después de un rato, algo mas repuesta, volvió la vista al niño. -¿Y tu…? ¿Cómo te llamas? -le pregunto, acariciándole un carrillo rechonchete. -…Miguel… -la contesto tímidamente. Parecía, sin embargo, que algo se había consolado.- ¿Y tu…? -la pregunto a su vez. -Lita. -dijo fríamente. -¿Lita…? -volvió a preguntarla, extrañado.


-…Bueno… Me llamo Obdulia, pero todos me llaman Lita… Y tu…, niño…, -añadió en tono enigmático- …vas a tener el honor de ser el primero de mi lista… -concluyo mientras se agachaba. -¿…de ser el primero de… -no pudo terminar la pregunta. Lita había sacado un punzón de su calcetín y, sin dar tiempo al niño a reaccionar, se lo clavo en el ojo derecho a este con todas sus fuerzas, perforándoselo por completo hasta tocar el cerebro… El pequeño permaneció apenas un segundo en pie…, luego cayo, muerto, produciendo un sonido seco, raro, al chocar su cabeza violentamente contra el suelo. A Lita la gusto mucho ese sonido. Esa noche, un individuo de unos cuarenta años entro a mear a un callejón. Según lo hacia vio, casi al fondo, dos bultos. Se acerco a ellos. No podía ser posible. Uno de ellos correspondía a un hombre, adulto al parecer, con el rostro destrozado y cubierto de moscas, por lo que pudo distinguir en la tenue luz que llegaba de una farola lejana. El otro no era mas que un niño, con la cabeza vuelta al lado contrario al que se encontraba el. Se acerco al segundo. Cuando le pudo ver de cerca, comprobó que en uno de sus ojos habían clavado profundamente un objeto… Un destornillador, un punzón…, no podía saber cual… Solo el mango de este sobresalía al exterior. Llevo su mano al pecho del niño… No respiraba…, no latía su corazón. Estaba muerto. Lo cogió entre sus brazos y echo a andar…, hacia el fondo del callejón. Ya allí, en la esquina mas oculta, deposito al niño en el suelo y le bajo por completo el pantalón… Luego, comenzó a hacer lo mismo con los suyos… Félix García Fradejas. Abril 2002.


APARIENCIAS Lucio Fugger era, casi con completa seguridad, el individuo mas malévolo, perverso y depravado que existía bajo las estrellas. Robo, violación, tortura, asesinato, simpatía hacia Sánchez Dragó eran algunas de sus credenciales. Sentimientos como el amor, el cariño, ni mencionar actitudes como la comprensión o el respeto, estaban totalmente fuera de su alcance. Un hijoputa como un castillo. Solo una vez, tan solo en una ocasión, experimento algo ligeramente parecido al enternecimiento. Cierta mañana de domingo en que, como semanalmente acostumbraba, daba un paseo altanero después de participar en el sacramento de la Eucaristía, topó con un chavalín de unos cinco o seis años que, jugando con una pelota, le había dado con esta involuntariamente, manchándole de barro el bajo del pantalón de su traje de parca. La primera reacción de don Lucio fue la de abofetear al insolente, pero, al levantar la mano para hacerlo, vio como le miraban unos ojos lastimeros en un rostro de querubín, y algo que desconocía, algo levemente semejante al arrepentimiento, le detuvo. Benedicto Constante era, con toda probabilidad y a buen seguro, la persona mas benévola, afable y bienintencionada aparte de los Santos Padres de la Iglesia y todos esos- que había tenido el ser. Generoso, desinteresado, sencillo, humilde, nunca dado a la envidia malsana o al caciconeo vil y miserere, tan siquiera podía soportar los informativos de Antena 3 Televisión. Podría decirse que jamás se consintió una merma en su razonable existencia ni se dejo llevar por un impulso destructivo, por disculpable que esto fuera en un, al fin, ser humano. Pero toda regla tiene su excepción, aunque la desconfírme.


Había bajado esa mañana Benedicto a comprar el pan. No sabia muy bien que le ocurría, se encontraba angustiado, irritable, fruto tal vez del estrés al que se había visto sometido durante las ultimas semanas a causa de un padre tiránico a cada momento mas injustificable, de un capataz capullesco mas imbécil por instantes y de una nueva reposición de Medico de familia; y para no variar había agachado las orejas durante todo ese tiempo de tensión y no había dicho ni mú, comiéndose los cojones por dentro. El caso es que se intentaba relajar de camino a la panadería después de haber soportado estoicamente una severa retahíla de idioteces por parte de su padre con motivo del ligero pedo que el, Bene, había agarrado en una cena con los amigos la noche anterior y que, transportándolo a su casa, había sido flagrantemente descubierto en su posesión por su sagaz tutor, que no consentía estos desmanes a su hijo de treinta y cinco años, cuando un niñín de apenas seis que pateaba una pelota le sacudió con ella en plena cara. -¡Niño! ¡Joder! -le gruño Benedicto, dejando escapar su ira por primera vez en su vida. Un hombre con un traje de parca con un poquito de mierda en el bajo del pantalón que se encontraba allí y en quien no había reparado Benedicto, miro a este con estupor y se dirigió a el hecho una furia. -¡Pero bueno! ¡Será posible…? ¡¿Qué clase de ralea hay por la calle…?! -le reprendió dignamente indignado, a modo de guerrero del antifaz desfacedor de entuertos contemporáneo y desenmascarado- ¡Reñir asi a un niño! ¡Debería caérsele la cara de vergüenza! -”¡Gentuza…!”, pensó el paladín de la justicia después de la perorata, muy pagado de si mismo y


sintiéndose solemne ante aquel tipejo. -…lo siento… -se disculpo tímidamente Benedicto, bajando la mirada al suelo y completamente abochornado por su acción. “…menos mal que todavía queda gente buena…” pensó acerca de su amonestador, a quien en el fondo agradecía el gesto. Félix García Fradejas. Mayo 2002.


INCUESTIONABILIDAD -…han… sido… mis padres…

…han… sido…. mis padres…

Mientras deliraba repitió esta letanía durante toda una noche, con la voz apagada, rota. Siete u ocho años calculaba el personal de urgencias que tendría Julián. Se lo habían preguntado, pero, aparte de su nombre y de quienes eran los causantes de su estado, no pudo responder a nada mas. Se encontraba en estado de shock. Lo había llevado al hospital una mujer que, como dijo mas tarde al medico que atendió al niño, lo encontró vagando por una calle apenas transitada, con la cara y los brazos llenos de sangre y moratones y, tal vez lo que mas la impresiono a ella, la mirada completamente perdida. Unos ojos azul cielo que parecían haber visto lo indecible. Tabique nasal roto. Muñeca y brazo derechos fracturados. Contusiones severas en cráneo, ojos, pómulos, boca, así como en el resto del cuerpo. Cinco piezas dentales arrancadas de cuajo por la misma razón. Quemaduras de cigarro en brazos, vientre, orejas, plantas de manos y pies, pezones y genitales. Desgarramiento de esfínter anal. Marcas de mordiscos en la espalda… Múltiples hematomas por toda su anatomía como consecuencia de la infinidad de golpes que había recibido. “…que hijos de la gran puta…” musito el doctor al efectuar el primer reconocimiento. Al día siguiente de su ingreso y ante las preguntas de los médicos y enfermeras, Julián comenzó a relatar los hechos, al principio reticente, pensando que estaba cometiendo una


traición imperdonable hacía quienes mas amor y respeto debía, pero decidido a quitarse de encima esa losa, no se dejo nada en el tintero. Al parecer, este trato dispensado por sus padres venia ya de tiempo atrás, tanto que no podía concretar en que momento empezó todo. Desde que tenia memoria recordaba las violentas discusiones entre sus padres, como estos le miraban con los ojos inyectados en sangre cuando el rompía a llorar y la posterior brutalidad de ambos. Palizas horribles y violaciones no menos monstruosas bajo la amenaza de matarle si se le ocurría contar algo de eso a nadie. Pero la ultima vez había sido la peor, con diferencia. Ya solo quería que aquello terminara. Pensaba que tal vez seria mejor que le matasen a continuar viviendo ese infierno. El hospital curso la correspondiente denuncia de oficio y, después de un mes en el que Julián se recupero parcialmente en el pabellón de pediatría mientras que sus padres eran recluidos en régimen de prevención, se celebro el tan temido juicio por parte del niño. Debido a una repentina enfermedad pulmonar, el juez encargado del caso hubo de ser sustituido. Don Justo Arribas Paña fue el magistrado a quien se encomendó el reemplazo. Llego el diía. El ambiente en los tribunales no podía ser mas tenso. En la sala, Julián, temblando en un banco contiguo al de sus padres, que no le habían vuelto a ver y al que miraron con odio, vio entrar a un juez culón de andares pollinos y expresión fanática que le dirigió una mirada de repulsa. Comenzó la vista. Los primeros llamados a declarar fueron los padres. Testimonios del tipo este niño miente, nosotros no le hemos puesto nunca la mano encima, desde siempre ha sido un demonio que nos ha intentado hundir a nosotros que tantísimo


hemos hecho por el se sucedieron unos detrás de otros. Después de escuchar la declaración de los acusados con no disimuladas muestras de consternación, don Justo hizo salir al estrado a la victima. Julián repitió allí todo lo que ya antes había contado a los médicos y a un señor con gafas que le decían era su abogado y que le volvía a preguntar lo mismo, y mas. La exposición del niño duro al menos hora y media, durante la cual sus padres no dejaron de atravesarle con sus ofidios ojos. Concluida su declaración, el juez le ordeno volver a su sitio y se pronuncio el a su vez. -A mi modo de ver -dijo don Justo a la sala- lo que tenemos aquí es una tremenda equivocación. No es tan importante si lo que dice la acusación es verdad o es mentira como el hecho de que este niño, Julián, -dijo señalándole con furia en el semblante- es capaz de cuestionar lo incuestionable de la incuestionabilidad familiar… -hizo una pausa significativa¡Este niño es puro odio. Pura maldad! ¡¿Cómo es posible que un hijo se atreva a lanzar contra sus padres tan terribles y desproporcionadas acusaciones, sean estas ciertas o no ciertas?! ¡¿Tenemos acaso nosotros, la justicia, que consentirlo?! ¡¿Qué clase de respeto les profesa a quienes le dieron la vida?! ¡La familia, el pilar base de nuestra sociedad, esta aquí siendo atacada y vilipendiada por un mocoso! ¡¿Qué clase de país podemos construir si permitimos que un simple niño pierda el deber de defender, e incluso pisotee, a su mas sagrada institución?! No veo otra medida a tomar contra este desagravio que la de ordenar la inclusión de este niño, hasta su mayoría de edad, en un centro correccional estatal donde sera debidamente castigado, educado y encauzado hacia una formación mas respetuosa para con nuestra sociedad… Señores… Señoras… El veredicto esta emitido y la sentencia


se llevara a cabo en un plazo de quince días a partir de hoy, quedando mientras tanto Julián López Jimeno bajo la custodia de sus padres y tutores… Vista concluida. -y cerro el discurso con un fuerte y solemne mazazo justiciero. Julián permaneció quieto, inmóvil, ausente, mientras don Justo se levantaba y mandaba desalojar la sala, con la vista dirigida hacia un punto inexistente detrás del sillón del juez y la mirada completamente perdida. Unos ojos azul cielo que parecían haber visto lo indecible. Félix García Fradejas. Mayo 2002.


CON UN PAR “…¡Cago en Dios! …¿Dónde hostias estoy…? ¿Qué sitio es este? Parece un almacén abandonado, o algo así… ¿Y que cojones hago en una cama? ¡Y tengo to’l pecho vendado! ¡Joder! …Y encima esta puta resaca… ¡Me cago hasta en mi puta madre! A ver… Tranquilízate… Piensa, Anton, piensa… ¿Qué cojones hice anoche…? ¡Espera! ¡Tengo dos drenajes en el pecho! ¡La madre que me parió! ¿No me darían una navajada, y me atraído estos aquí para que no se entere mi mujer? ¡Joder! ¿Y por que no estoy en un hospital normal, no aquí, que tiene esto mas mierda que la funda un jamón? ¡¿Y por que hostias no hay nadie?! ¡¡¡Me cago en Dios!!! Vamos a ver de cuanto me acuerdo yo de anoche. Estuve de farra con Sebas, Alberto y Jose, de todo eso me acuerdo, nos ha jodido. Sobre las diez nos fuimos a tomar un chisme al puti este que han abierto detrás de la catedral, y estos maricones no quisieron subir a echar un polvo… ¡Y gracias por que les convencí para entrar a tomar algo! ¡Nenazas! …Luego me subí con una guarra que no me dejaba que se la endiñase po’l culo… je, je… ¡Que hostias la di! ¡Y se la acabe enchufando po’l jopo! Con un par… Lloraba, la zorra… Que si se lo iba a decir al chulo, que si no se que… ¡Otras dos hostias! No te jode… Me como yo al chulo y a cuarenta como el… Con un par… Y que de gracias a que la pague, que no lo tenia que haber hecho, por puta… ¡Las haces gozar, y encima las tienes que soltar la pasta! ¡Que me paguen ellas a mi! ¡…marranas…! ¡Y cuando bajo, me dicen estos que qué me parecería si se enterase mi mujer! ¡Otra vez la misma vaina! ¡Que se queje, que la reviento la cara a hostias, que el hombre soy yo, encima que la estoy manteniendo, no te jode…! ¡Y todavía me dice el


otro día la cerda llorando como una boba que por lo menos no la pegue delante del niño…! ¡Así aprende cómo hay que tratar a las mujeres, no me vaya a salir un maricón de estos, que es que lo mato! Con un par… Bueno, que me lío, a lo que íbamos. Después creo que fuimos al casco viejo… Si. Fijo. Fuimos al casco viejo. ¡Joder como me duele el pecho! ¡Aguanta, con un par…! Nos metimos en un bar y ya les notaba yo a estos muy raros, que cuchicheaban entre ellos y cosas así… No se no se… Para mi que se traían algo entre manos, pero no tengo ni puta idea de que seria; si ya llevan un tiempo muy bobitos, llamándome Anton el fantasmón y diciéndome que no puedo ir así por la vida… ¡A ver si tienen ellos cojones a cambiarme, que les corto los güevos a ras del culo, con un par…! Sigo. En el bar ese yo sople mucho, con un par…, y ya me notaba yo muy agarrào, y… ¡Ah. Si! ¡Ya me acuerdo! ¡Ni mas cojones! Entro un pelele con la novia, y le dije que qué bien la tenia que chupar su chorva, con esos morritos… ¡Y me quiso pegar, el atontào! ¡Ja, ja! ¡Y le partí un botellín en la cabeza y cuando se agacho su cerda al suelo a por el la agarre del pelo y me pase su cara por el paquete! ¡Ja, ja! ¡Con un par! Ah, bueno, si; luego llegaron estos güevazos y me sacaron del bar, y todavía se quedo el blandengue de Sebas a ayudar a los tortolitos, que yo no se que les diría. Da igual. Me la trae floja. Lo que no entiendo es que luego me llevaran a otro garito con ellos, cuando por mucho menos otras veces me han hecho la tres catorce y me han dejào tirào. Es como si me hubiesen querido acabar de poner ciego. Pero, ¿para que? Luego fuimos… a ver a ver a ver… Si. Luego me metieron en un bar de esos de punkis o pankis o como cojones se llamen, que me extraño porque ahí no entramos nunca y anoche fue como si fueran a tiro fijo. Ni preguntaron si entrábamos ni pollas. Se metieron y punto. Y si que se cuidaron de que


entrara yo también. Eso me extraño mucho. También me extraño que no me dijeran que no siguiera bebiendo ni una puta vez, que va, al contrario; soplaban mas deprisa de lo normal en ellos y en cuanto se terminaban una ronda de copas pedían en seguida otra mas en el mismo bar, que es algo que no hacemos nunca. Y, claro, yo no les iba a dar el gustazo de dejarme atrás. En ningún momento termine yo el vaso el ultimo; y fueron unos cuantos. Con un par. De lo poco que me acuerdo a partir de ahí es de que acabe de la puta música esa hasta los cojones; tanto chillido y tanta hostia. Igual que los animales. Y de la gentuza que había allí lo mismo. Esos pelos, esas pintas… Me sale mi hijo así y lo mato. Hasta había uno con las dos orejas llenas de pendientes, el muy amariconào. Le hubiese inflado a hostias y me hubiese quedado tan a gusto. Ahora que lo pienso… ¿No montaría un jari en ese bar y por eso estoy aquí…? No. No creo. A mi esos macarras me tocan los güevos. Ni entre todos pueden conmigo, no te jode. Les agarro a uno por uno y les arranco el corazón. Con un par… Además, tendría marcas en los nudillos y no tengo nada, solo estas putas vendas y estos putos drenajes. ¡Ah! ¡Si, sí…! ¡Es verdad! ¡que estos no dejaban de mirar a la puerta! Si, es verdad, y entro un tío que no pegaba ahí ni con cola, vestido como un chupatintas, y en cuanto le vio Alberto se le señalo con la mirada a Sebas y a Jose y se fue hacia el… ¡Claro! ¡Así fue! ¿Quién cojones era el pavo ese? No se. Conocía a Alberto de fijo, porque en cuanto se le arrimo se dieron la mano y al poco miro por encima del hombro de Alberto hacia nosotros y a mi me dio la impresión de que al que guipaba era a mi menda y también de que asentía con la cabeza, pero no lo tengo muy claro. Aquello estaba muy oscuro y yo ya demasiado borracho. Me fui a mear… Si. Me fui a mear. y al pasar al lado del pardal


ese se callo echando hostias y ahí si que fijo que me se quedo mirando. Te digo yo que ahí hay gato… Cuando volví del tigre les dije a Sebas y a Jose que fuéramos a otro lào, pero se emperraron en seguir allí a pie quieto, y ahí es cuando creo yo que tuvo que pasar lo que cojones pasara, porque solo me acuerdo de tomar dos chismes mas. De lo demás nada. ¡¿Pero es que aquí no viene ni Dios, a decirme que hostias pasa?! …Ffff… Tranquilízate, Anton. Te sobran a ti güevos para que te vaya a poner esto nervioso ahora… Si esto me pasa por ir con estos pringaos… Nada, nada. Relájate que no pasa nada. Con un par… ¡Espera! ¿Qué es eso que ahí en el suelo…? ¿Un sobre…? ¡Si! ¡Un sobre! A ver… Intenta cogerle… ¡¡¡Joder!!! ¡¡¡Los putos drenajes…!!! …Mmmm… ¡Ahora! …a ver que hostias es esto… Esta cerrado, seguro que tiene algo dentro. A ver. Una nota. A ver. “ANDA, FANTASMÓN, JODETE”. ¡¿Qué quiere decir esto…?! ¡¿Qué puta broma es esta…?!” Anton se levanto de la cama impulsado por el pánico, y, pese al dolor agudo que le atravesó el pecho en el momento de incorporarse, consiguió ponerse en pie. Se percato en ese momento de que el perímetro de su caja torácica no era en absoluto el habitual. “¡¿Cómo no me he podido dar cuenta…?!” Temiéndose lo peor, comenzó a tirar del vendaje sin ningún cuidado, arrancándose un drenaje de cuajo. Siguió tirando. A tomar po`l culo el otro también. Siguió, siguió… Cuando acabaron de caer las vendas al suelo vio, con tremenda flojera de piernas, lo que aquellas ocultaban. Dos tetas. Un par.


Félix García Fradejas. Abril 2004.


MONDO CANE (Relatos 2000-2004)  

Se trata de una recopilación de 24 relatos breves

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