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“El libro negro nunca visto, distinto a la ruptura de los proverbios del mañana como el caleidoscopio hace a la imaginación un acetato; congelando un instante”

Alumnos de 5to 1ra E.E.M.Nº 17, Centro Polivalente de Arte de San Isidro. Buenos Aires, Argentina.

Pamela Marano Merxy Capo Ignacio Pera Jessica Aquino Lucía San Clemente Juan Grenz Rodrigo N. Benitez Paulie Salto Mil Onti Juani Andino Francisco Palacios Camila Sartori

Área de Literatura Ciclo lectivo 2011 Profesor Iezzi Mauricio

Técnica: Redacción de cuentos, en los cuales se juegue con la ruptura de las categorías espacio-temporales, o se juegue con la concatenación exagerada de los hechos (imitando a escritores del Boom Latinoamericano, como Cortázar, García Márquez y Carpentier)


Prólogo

«El libro negro nunca visto, distinto a la ruptura de los proverbios del mañana como el caleidoscopio hace a la imaginación un acetato; congelando un instante» no es solo una recopilación de cuentos ilustrados, es también una experiencia enteramente gratificante, llena de afectos e ilusiones concretadas. Los relatos que integran esta antología tienen un hilo conductor, el cuál surge del trabajo aúlico con autores del boom latinoamericano, como Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Alejo Carpentier. Dicho hilo varía entre los estilos propios de los autores y la interpretación personal que cada alumnx ha logrado volcar sobre su producción. Así, el realismo mágico, lo real maravilloso y la idea de lo fantástico para Cortázar, cobran una nueva significación en cada cuento, y que cosa más bella que ver a los autores revivir en la tarea grata, lúdica y emocionante de la escritura (y más aún cuando esa tarea es realizada con afán). La producción del título fue llevada a cabo en forma colectiva, y dicha propuesta como nombre, no es azarosa, sino que responde a una idea central, a un hilo conductor (al cuál antes aludimos), a una experiencia de lo disruptivo. Se trata de escurrirnos por las hendijas del realismo, y de desafiar las estructuras espacio-temporales, sin escaparnos del todo a ellas; o bien de desafiar la inmediata y esperable resolución de un conflicto. Así es que aquí encontrarán desde tiempos desobedientes, viajes astrales, encuentros misteriosos, hasta finales inesperados. Por último, quiero citar una frase se José Martí que dice: «Hay tres cosas que cada

persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro». Más allá de que si estemos de acuerdo o no, en estos tiempos, con dicho pensamiento; hoy, puedo decirle orgulloso a mis niñxs, que han completado con éxito un tercio de su vida. ¡Mil Felicitaciones!

Mauricio Iezzi


La fuerza del misterio.

Querido diario: Nunca te he comentado como lo conocí ¿no?; Tengo mucho tiempo libre ahora, si no te molesta te lo contaré. Es una historia emocionante, llena de suspenso, intriga y romance. Todo empezó aquel día 9 de marzo, cuando paseaba por el parque como habitualmente lo hacía por las tardes. Lo recuerdo muy bien, era un día caluroso pero a pesar de eso llevaba un abrigo liviano de tela y un paraguas. Porque habían pronosticado lluvias al atardecer. Caminaba abstraída en mis pensamientos cuando de repente, percibí un resplandor de luz que desvió mi atención hacia el tupido bosque que estaba detrás del parque. La luminosidad me encandilaba pero no podía dejar de mirar, y de repente, entre los arboles comenzó a delinearse una figura humana. No lo podía creer, era un joven muy particular como de mi edad. En ese momento no sabía que pensar, me sentí en las nubes, parecía estar soñando. No sé cuánto tiempo transcurrió pero no pude sacar mi vista de él ni por un instante. Como si una fuerza manejara mi voluntad. Tampoco recuerdo como termino. Solo se, que de repente sentí frio y estaba empapada , había oscurecido y me encontraba sola en el parque preguntándome que me estaba pasando. Sola y asustada me fui a mi casa, temblando como una hoja y no pudiendo dejar de pensar en él. Al día siguiente me dirigí al mismo lugar y a la misma hora, los hechos se presentaron igual que la tarde anterior. Nos quedamos observándonos largo rato y sin saber cómo me encontraba sola y de noche en el parque otra vez. Al día siguiente ocurrió exactamente lo mismo, y también los días sucesivos, hasta que en uno de esos encuentros, mi corazón palpitaba descontroladamente y creo que él lo percibió. Entonces se paró frente a mí y dijo: — ¡Hola!, ¿cómo estás? Tarde en contestar, hasta que pude responderle. — ¡Hola!, ¡bien! ¿Y vos? El sonrió y dijo: — Yo bien, gracias. ¿Me puedo sentar?


(Asentí con un movimiento de cabeza.) Así fue como empezamos a comunicarnos, con pocas palabras. Porque él siempre parecía saber lo que yo estaba pensando, como si existiera una conexión mas allá de las palabras. Él siempre llegaba antes que yo. Mi curiosidad iba creciendo día a día porque a pesar del tiempo transcurrido yo no sabía nada de él, pero él parecía saber todo sobre mi. Decidida a averiguar su nombre, de donde viene, o donde vive le pregunte: —¿Hace mucho que me estabas esperando? — No, recién llego –respondió. — Ah, qué bueno, venía pensando... -me interrumpió. — Tengo tu misma edad y vivo cerca del fin del bosque y mi nombre no me gusta, por lo que por ahora lo omitiré. Mi sorpresa fue grande, no podía entender lo que pasaba, no podía responderle nada. Entonces sentí que esto no era bueno, parecía que algo se había roto. No podía formar una idea coherente, y como siempre la noche llegó y estaba sola en el parque. Entonces, al día siguiente acudí al lugar como siempre, pero no ocurrió lo mismo. No hubo ningún diálogo solo nos miramos a los ojos, el giró y me dio la espalda. Yo sabía que debía seguirlo. Así lo hice, por el bosque. Estaba aterrada, pero algo, una fuerza o una energía que no podía manejar, me llevaba caminado tras él. De repente esa luz que me encandilo, su figura y la unión de su cuerpo con la luz que lo elevó hacia el cielo, me dejo una inmensa paz y el secreto develado, que jamás será contado a nadie porque sé que nos volveremos a encontrar.

Autoras: Pamela Marano y Merxy Capo


Al caer la noche

Al caer la noche se pueden escuchar esas latas de pintura agitándose, esperando el último tren. Ahí están, encapuchados, tapados hasta las narices, con sus bandanas, esperando volcar en esos vagones todas sus ideas, su arte, ansiosos, un tanto nerviosos, con sus guantes para no mancharse. “Ahí viene" dice uno, todos atentos empiezan a correr hacia el vagón, pero ven a un puerco, a un mulo, entonces, rápidamente se tiran al piso. La yarda está descuidada, por eso no los pueden ver, los pastos y yuyos los pasaban, el mulo se va, esperan unos segundos y vuelven a la acción. Ya tirado el relleno de cromo, terminando de trazar y empezando con el power blanco, escuchan que se acerca alguien. Corren, se esconden, pero no era más que un perro buscando comida. Una vez que terminan lo suyo, con las piezas congeladas en la cámara, vuelven rumbo para su barrio. El viaje es largo pero ellos no se aburrirán ya que tienen sus marcadores, etiquetas, y uno que otro culito de lata para poder seguir dejando sus huellas por todo el camino vuelta a casa. Al llegar a Palermo, como a las 4 am, deciden pasar por la YPF a descansar y comer algo. Ya pasaban las 4:30, en unas horas amanecería, y ellos, difíciles de satisfacerse, deciden volver a pintar, pero esta vez no el tren. Escalan el edificio más alto de Buenos Aires, con la vista en la cima y sin mirar los más de 40 pisos que tenían debajo de ellos. Llegan al piso 50,"la terraza". Ya son las 6 am, unos de los integrantes de la krew suspira, "¿empezamos?". “Obvio, dale" le contestan, y cuando recién empiezan a rellenar se escucha un sonido... Era el helicóptero de la policía, avisado por la vecina del frente, que nunca dormía. Así, abrumados por el ruido y un tanto asustados, deciden escapar: Saltan de edificio en edificio, con mucho cuidado de no desplomarse en la general paz. Empiezan a caer unas gotas de sintético rojo. Los 3 pibes, agitados, todos empapados de pintura, logran escapar del helicóptero, pero la persecución no termina ahí, les restaba tener mucho cuidado, todos los puercos estaban alertas, y con sus sirenas y radios sonando no era tan difícil evitarlos. Ya de vuelta en las calles, lejos de las alturas, el vértigo desapareció, pero continuaban preocupados por ese sintético rojo que los delataba. La mejor idea que tuvieron fue tirar su toda su ropa manchada a la basura. Y ahí estaban ellos con sus pantalones anchos, sus remeras transpiradas y sus gorras, victoriosos de la gran noche.

Autor: Ignacio Pera


Siempre Tuya

Carta 1: Mi gran amor

Que día tan hermoso, lástima que no puedo disfrutarlo. No puedo explicar con certeza cuanto es que llevo esperando tu regreso, diría que no he comido hace varias semanas, pero no tengo ninguna necesidad de comer. Todas las noches miro las estrellas, recordando ese bonito 30 de diciembre de 2090, cuando me dijiste por primera vez una palabra que quedo grabada en mi memoria para siempre. Estoy agotada mirando mi ventana y sin ganas de hablar con nadie, todos en el barrio me dicen vieja loca, sin saber verdaderamente porque me distancio y sin saber cuáles son mis sentimientos. Muchas veces Salí a comprar al almacén y muchos niños, me tiraron piedras y gritos que no me dañaban exteriormente, sino que en lo profundo de mi corazón. Juro que no sirve llorar, no sirve mostrarse frágil, es preferible mostrarse fuerte imponiendo miedo a aquellos que te lastiman. Tú, mi viejo amor, solías apañarme en mi soledad, si me sentía afligida tratabas de ayudarme para que el dolor que sintiera se borrara para siempre y, así, juntos, poder compartir un momento de felicidad. Bueno me voy a sacar la basura, y limpiar la casa, que no está en buen estado. Nos hablamos luego vida.

Siempre Tuya…

Carta 2: Mi gran amor


Ay, mi amor, que día hoy. Fui a comprar un poco de alpiste para mi fiel compañero Edouard, un canario que aprecio un día de invierno a las seis de la mañana. Sé que un gatito intento agarrarlo, pero logre salvarlo y cuando lo quise liberar se quedo conmigo.

Cuando fui a comprar tuve un problema me desmayé y cuando desperté estaba en el hospital. Una de esas nuevas novedades de autos voladores me llevo para ahí. Me desperté desorientada y apareció una doctora para darme una mala noticia, mi salud no estaba bien. Dijo que ya no podía seguir viviendo en mi viejo hogar y que el tiempo me fue deteriorando. Tengo que estar acompañada por alguien que sepa cuidarme, que sepa que esta enfermedad no es una broma y necesitaba un tratamiento. Trasladaron mis cosas a un geriátrico donde se me designó a una doctora llamada Ellis, una chica de unos 35 años de edad. Ya, en estos momentos, me toca un examen médico que determinará exactamente cuánto tiempo le queda a este viejo corazón. Siempre será tuyo Bob. Jamás se lo entregaré a otra persona.

Siempre tuya…

Carta 3: El Final

Que puedo decir, te enfadarías si supieras en donde me encuentro en este momento. No tenía elección, no era posible practicarme lo que ellos querían. Mis exámenes médicos diagnosticaron que debían realizarme un trasplante de corazón. Sí, solo me quedaba días de vida. Cuando la doctora, luego de darme mi comida diaria, se fue, encontré el momento exacto para mi partida.

No quería que sacaran mi corazón, te pertenece y no quisiera que lo dejaran en un cesto de basura. Ya es tiempo, el viento sopla y me encuentro en el lindo lugar en donde nos encontramos por primera vez, en las orillas del mar.


Me desvanecí sobre el suelo, entrecerraba mis ojos, mis labios estaban secos, y ahí estabas vos, con tu hermosa sonrisa, tu pelo castaño y tu mirada tan brillante como siempre. Doy el adiós después de tanto esperarte, volviste por mí.

Siempre Tuya…

Autora: Jessica Aquino


Cien por hora, un camino desconocido y una mañana fatal.

Yo no soy un hombre impulsivo, pero no sé que me pasó esa mañana cuando tomé otro camino. Cien por hora, un camino desconocido y una mañana fatal. Camino inoportuno, no quise acabar con su vida y sin embargo, lo hice con la mía. Solo recuerdo sonidos: sirenas, gritos y un par de ladridos. Estaba todo oscuro, era como un pasillo. Empecé a ver cosas, momentos. Imaginaba que pasaría si yo no estuviera vivo. La vi, la vi con alguien. No sé quién era, pero yo no estaba ahí. ¿Qué haría ella? ¿Seguiría su vida? ¿Con quién? No debería, ¿o sí? Me llaman, me están llamando: — ¡Despierta, por favor! ¡Dante! ¡Te necesito! –y en ese momento recordé como había llegado ahí. Desperté tarde. Me preparé un café. Estaba caliente y me quemé. Se me cayó en la camisa. Me fui a cambiar. Se me hizo tarde. Salí apurado. Había un papel bajo la puerta que cerré con fuerza, y ni me fije en él. No tenía un buen día, habíamos discutido. Me subí a la moto, la calle estaba cortada. Cien por hora, un camino desconocido, una mañana fatal. Necesito saber que decía ese papel. Estoy volviendo, aún sigue ahí, es de ella, dice: «Feliz aniversario mi amor, te quiero.» Me está llamando. Me sigue llamando. Abrí los ojos y estaba ahí. Siempre estuvo ahí.

Autorxs: Lucia San Clemente y Juan Grenz.


Alambrado Rodearon su casa y la casa de su vecino. Rodearon su pueblo y rodearan el mundo. Si abres la puerta del alambrado, ellos van a entrar y todo va a acabar. A pocas horas de su noveno cumpleaños, espera en su patio con ansias de pedir sus deseos, los cuales él espera que cambien la situación en la que se encuentra su vida. Su noveno cumpleaños encerrado sin poder saltar el alambrado que separa su casa de la de su vecino Eustacio, con quién desde chicos, siempre fueron rivales. Cuando tenían cerca de doce años peleaban por quien tenía el mejor juguete o iba a mejores lugares con sus padres y ya de grandes competían por quien tenía la casa más segura contra los NoMuertos. Todas las noches se miraban a través del alambrado esperando ver como uno de los dos fuera devorado, y todo por no tener la casa con una cerca de metal lo suficientemente resistente para evitar el ingreso de visitantes no deseados. El olor de los cadáveres caminantes que chocaban el alambreado para entrar, era irresistible. Un aroma entre putrefacción y defecación. Una combinación no muy agradable. ¡Y ellos estaban ahí! Su vecino y él… Se miraban a través del alambrado, esperando, tan solo esperando. Sus rostros sin transmitir gesto alguno hacia el otro y la sangre que los cubría casi por completos los hacía más duros frente a la realidad que estaban viviendo. —Golpes, gritos, llantos provenientes de ningún sitio, eso es lo único que escucho. Ya deben ser más de sesenta los que rodean mi casa. Estoy un poco cansado ya, de todo esto -dijo él. (Su vecino lo mira y no produce palabra alguna) Continúo su charla de una persona: — ¿Silencio? ¿Eso es lo que me transmites? Ese es un silencio que no pude apreciar desde que los No-Muertos me tienen preso en mi propia casa. (Su vecino sigue sin pronunciar palabra alguna) — Ahora te veo ahí… junto con mi mujer, mis hijos, el panadero que siempre cobraba de más y con todos nuestros conocidos, que alguna vez creí verlos muertos. La mirada de su vecino Eustacio se hizo profunda. Por primera vez su mirada le llegó al corazón, y sin transmitir ninguna otra señal que esa simple y penetrante atisbo, el entendió. — ¿Por qué no puedo estar con ustedes? -dijo él. Y abrió la puerta del alambrado. Autor: Rodrigo N. Benitez


El Jardín de Clarisa

Nunca supo cuando habían comenzado sus temores. Quizás fue tan de golpe, que no tuvo tiempo de sentir esa sensación de amarre en cada órgano de su cuerpo, en el viaje hacia la clínica. Primero fueron los brazos que parecían pegados al cuerpo, después las piernas que se negaban rotundamente a adelantarse una a la otra. Miró el jardín, sintió el aroma de un perfume dulce, demasiado pegajoso. Rápidamente cortó una flor y recordó. Había pasado ya un año desde que recorrió por primera vez aquel jardín, llevando a Clarisa de la mano. Los médicos le habían aconsejado que fuera a ese lugar para que sus nervios, después del accidente, se repusieran. Era la primera vez que se separaban. Se conocían desde chicos, sus familias habían vivido en el mismo barrio y fueron juntos a la escuela. Siguieron los mismos estudios, se pusieron de novios y se casaron. Ter minaron juntos la universidad y abrieron un estudio jurídico. Trabajaron incluso cuando Clarisa estaba a días de dar a luz. Se sentaba ante la amplia mesa a discutir los casos de los cuales ya se habían hecho cargo. La fama de Gomez & Roberts había crecido, tanto como la misma familia. La casa quedó chica y se mudaron a un barrio residencial. Viajaron porque a ambos les gustaba conocer nuevas culturas. Benjamín recordó lo felices que habían sido. El amor por Clarisa estaba demasiado seguro como para que siga creciendo aún más, porque el cariño que se daban era tan firme como el primer día. Después vino el accidente. Un motociclista que salió de la nada sin luces, ni nada que permitiera verlo. El viaje había sido largo y Benjamín cedió el puesto de conductor. Clarisa trató de frenar a último momento pero fue inútil. El hombre murió en el acto. Sin duda alguna había sido su culpa. Él no se dio cuenta al principio. Los días pasaron demasiado rápido y no tuvo tiempo de observar el cambio. Solo cuando notó las ausencias de Clarisa, sus silencios cada día más extensos consideró consultar con un especialista. Durante seis meses había visitado todos los domingos aquel jardín sin notar mejorías al principio, sólo en las últimas semanas. Podía percibir como Clarisa volvía a ser una adolescente, como las primeras veces que visitaban dicho jardín, era tan preciosa como ahora, tenía su largo pelo oscuro, su tez blanca y


la figura tal de una jovencita. Por momentos su sonrisa se desganaba haciendo que todo vuelva a ser lo de siempre, una Clarisa triste, con culpa dentro de su ser. Ese miércoles había recibido una llamada que habría de cambiarlo todo. Su esposa lo esperaba para que la lleve devuelta a su casa, le había dicho la enfermera. Habló con los médicos, le dijeron como atenderla y ahí comenzaban a crecer en él todos los miedos que habían sido de Clarisa y que él no supo que también los tenía. Benjamín temía a los fantasmas de esa noche. A los silencios de Clarisa, a la sonrisa desganada de sus labios. Hizo un esfuerzo para acercarse a la mujer que lo esperaba y de repente ya no tuvo miedos. Los ojos que lo miraban eran aquellos que durante toda su vida lo sacaron de cualquier miedo o temor. Se acercó y le dió la mano. Recordó el tiempo en que iban a la escuela, recordó cuando eran novios, los hijos y los nietos y tomando a su mujer de la mano olvidó por siempre los miedos.

Autora: Paulie Salto

18/10


Hoy va a ser un buen día, ya me hice la idea. Tuve un sueño. Soñé algo pero no me acuerdo que era, sé que era todo lindo. Había un pibe joven con cachetes como dos figasitas y ojos que me hablaban. Sin decir nada, me decían todo. El olor del pan recién salido del horno invadía mis sentidos, podía escuchar voces tan dulces como las de nenes riendo y sentía como me acariciaban las manos tiernamente. Me desperté de repente muerta de hambre. Cochino rascaba la puerta porque quería salir, estaba descompuesto y había cagado la alfombra de mi cuarto. Me dio asco y lo deje todo como estaba. Me puse unas ojotas, agarre la billetera y salí así nomas. Llegué a la panadería, sin hambre y fresca como una lechuga, pero el olor que había ahí me revolvió el estomago; era olor a descomposición. Nada lindo para ser una panadería, había moscas volando y a la gente parecía no importarle, las señoras cuchichiaban y los nenes corrían muertos de risa por todos lados, empujándome y tironeándome. La panadera me preguntó que quería; no le dije nada y me fui. En la esquina un pibe joven de esos que vigilan me dijo algo, pero no le entendí, por un segundo me quedé mirando sus hermosos ojos negros y me llamó la atención como bailaban sus pestañas tan largas cuando me miraba, seguí caminando pero me perdí en su mirada, hasta que me tropecé y haciéndome la tonta, seguí. No tenía ganas de caminar quince cuadras de nuevo hasta casa, así que me fije en la billetera si tenía monedas, pero solo tenía un billete de dos pesos destruido y pegado con cinta. Fui al banco y el pibe joven me atendió, sus ojos negros penetrantes no dejaban de mirarme, y yo tampoco podía dejar de hacerlo. Era hermoso el morocho, pero bastante mala onda. Le pasé el billete y no me dio las monedas, el cara dura me dijo que ya me las había dado, hice un poco de escándalo pero me calmé enseguida, después de todo solo eran dos pesos. Camine por el mismo recorrido del colectivo para ver si encontraba monedas en el piso, en cambio, lo encontré a él. Me miró y lo miré de nuevo, le pedí monedas y me las dio. Sus manos eran muy ásperas pero no me importó. Me las metí en el bolsillo y saque el billete sucio de dos pesos, pero cuando se lo


quise

dar

ya

no

estaba.

Un tipo pasó corriendo y me lo sacó de la mano, lo seguí media cuadra pero me cansé al toque, aparte justo llegue a la parada y el bondi estaba viniendo. Me subí rápido y pedí “uno diez”, metí la mano en el bolsillo y lo único que tenía era ese billete viejo y sucio de dos pesos. Le pedí por favor al colectivero pero me hizo bajar. Llegue a casa muy cansada. Dejé las monedas en la mesa, comí un poco de pan fresco, y entré a mi cuarto. El perrito nuevo que tengo estaba cagando sobre la alfombra, creo que se va a llamar cochino, lo reté y me acosté a dormir.

Autora: Mil Onti

Todo es uno Mis ojos ya están ausentes. Empezaron a derretirse desde que estoy mirando el sol. Toda la energía está entrando en mi ser. Sigo mirándolo. Descontroladamente vibro (ya vibraba), no retengo nada. Me estaba perdiendo en mi tiempo. Entiendo que el tiempo nunca fué nada. Soy antes del comienzo, durante el medio y después del final de todas las formas y fenómenos. En esta estrella sin luz soy eterno. Universo. Todo

es

Autor: Juani Andino

Rewind

uno.


Pese a que lo intentemos, que lo busquemos lograr, nunca llegaremos a detener el transcurso del tiempo. Este seguirá su marcha, sin importar quien se le oponga, ó eso es lo que nosotros, como simple seres mortales creemos. Les voy a contar mi historia: Todo comenzó en una mañana de un frío Julio. Desperté recordando el accidente de anoche, me caí de la escalera y sufrí un muy fuerte golpe en la cabeza, con el cual llegó una gran jaqueca que hasta ahora no deja de atormentar mi cerebro. Desayuné unas tostadas untadas con manteca, como el doctor me recetó. Luego me duché y me vestí para ir a trabajar, siguiendo mi rutina de todos los días. Pero al salir de mi casa, no todo era como lo recordaba, muchas cosas habían cambiado. No recordaba que los arboles tuvieran tanta vida, que fueran tan verdes, no recordaba que fueran tantos. No obstante seguí con mi trayecto rutinario, abrí la puerta del auto y me introduje en él, encendí el motor y pisando el pedal me puse en marcha a lo que yo pensé que iba a ser un día más. Al llegar a la oficina del periódico, con sorpresa descubro que mi computadora ha sido reemplazada por una máquina de escribir antigua, esta estaba en pésimas condiciones, de ella colgaban telarañas que se asemejaban a las de película de terror. Sin darle interés al asunto empecé a trabajar como todos los días. Apenas terminé de redactar el artículo que se me asigno escribir salí apurado hacia un bar, necesitaba reponer energía, era hora de almorzar. Al llegar al bar de Saúl, un amigo de toda la vida, note que ya no tenía el televisor en el cual siempre mirábamos los partidos de fútbol, en vez de eso había una radio antigua parecida a la que había en la casa de mi bisabuela. Al parecer nadie se percataba de este cambio, era como si el televisor nunca hubiera existido, pedí un café, que tardaron media hora más de lo normal en preparármelo, lo bebí y salí para ir a comprar al supermercado. Al llegar todo era un poco diferente a lo que mi memoria me contaba, ya no parecían los amables chinos que atendían el local. Extrañado recorrí góndola por góndola buscando una salsa de la marca que a mí me gusta, sin encontrarla le pregunte al hombre que atendía la caja, era un hombre con rasgos asiáticos, anotando todo con tinta y usando un ábaco antiguo, en vez de una caja registradora con modernos circuitos electrónicos se hallaba una simple caja parecida a las de herramientas con un candado impidiendo la apertura de esta por quien no tenga la llave. Compre un par de cosas para cenar a la noche y


me direccioné para mi hogar, pero, al salir del supermercado me encontré con que ya no tenía auto, pensando que me lo habían robado miré en todas las direcciones y no lo encontré, además, no solo mi auto había desparecido. Todos habían sido cambiados por carretas impulsadas por caballos, tratando de buscar información acerca de este hecho volví a mi punto de partida, mi casa. Ya en mi hogar, me encontré con que mi televisor ahora era una radio, mi teléfono es un telégrafo, mi microondas un horno, mi heladera un armario de madera, y mi ventilador se transformo en un simple abanico. Ya sin saber que hacer busque ayuda en mis amigos y vecinos, pero nadie se daba cuenta de lo que pasaba, era como si la época que yo recordaba nunca hubiera existido. Adaptándome a los nuevos hábitos, vivo en esta sociedad que ha cambiado para mí. El tiempo puede retroceder, pero hay una mínima posibilidad de que alguien se dé cuenta, sea cual sea el transcurso que tome, no se puede detener. Con estas últimas palabras me despido de quien lea este escrito, quiero decir que escribo esto desde la máquina de escribir de la oficina para decirles que la mejor opción que se puede tomar es fluir con el transcurso del tiempo y nunca tratar de cambiarlo.

Autor: Francisco Palacios



El libro negro nunca visto...