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DIRECTOR Rafael del Castillo EDICIÓN Antonio Castaño, Alejandro Luque de Diego COMITÉ ASESOR DEL PRESENTE NÚMERO Rafael de Cózar, Jesús Fernández Palacios, José Ramón Ripoll, Jaume Pont, Joaquín Hernández – Kiki, Hernando Cabarcas, Laura Lachéroy de Ory, Fundación Carlos Edmundo de Ory. CONSEJO EDITORIAL Mario Rivero (†), Nicolás Suescún, Jotamario Arbeláez, Miguel Silva, Luz Mery Giraldo, Fernando Linero, Rafael del Castillo. COLABORADORES COLOMBIA: Rogelio Echavarría, Miguel Méndez Camacho, Isaías Peña, Dario Jaramillo Agudelo, Juan Gustavo Cobo Borda, Federico Díaz Granados, Pedro Alejo Gómez, Ignacio Ramírez, Órinzon Perdomo, Armando Orozco, Luz Ángela Caldas, Fabio Jurado, Maruja Vieira, Gabriel Arturo Castro, Robinson Marín, Rafael Berrio, Gonzalo Mallarino, Giovanni Gómez, Juan Carlos Acevedo, Roberto Puentes. ARGENTINA: Rodolfo Alonso, Daniel Samoilovich, Paulina Vinderman, Marcos Silver, Jorge Ariel Madrazo, Daniel Chirom. BRASIL: Ledo Aníbal Beca. COSTA RICA: Rodolfo Dada, Oswaldo Sauma, José María Zonta, Norberto Salinas, Armando Rodríguez Ballesteros, Álvaro Matta Guille, María Montero. CUBA: Pablo Armando Fernández, Efraín Rodríguez Santana, Cesar López. CHILE: Gonzalo Rojas (†), Gonzalo Millán, José María Memet, Eduardo Llanos, Tomas Harris, Teresa Calderón, María Inés Zaldívar. ECUADOR: Edwin Madrid, Iván Oñate, Iván Carvajal. ESPAÑA: Luis Miguel Madrid, Jesús Munarriz, Esther Zarraluki, José Luis Cruz, Rodolfo Hasler Peyrou, Eduardo Moga, Sergio Laignelet, Juan Pablo Roa. ESTADOS UNIDOS: Armando Romero, Juan Carlos Galeano, Eduardo Chirinos, Mercedes Roffe. MÉXICO: José Emilio Pacheco, José Ángel Leyva, Margarito Cuellar, Leticia Luna, José Vicente Anaya. PERÚ: Antonio Cisneros, Ricardo Silva Santisteban, Luis La Hoz, Enrique Sánchez Hernani, Alberto Benavides Ganoza. URUGUAY: Washington Benavides, Rafael Courtoisie. VENEZUELA: Juan Calzadilla, María Antonieta Flores, Leonardo Padrón, Luis Alberto Crespo. FOTO PORTADA Alain Bullot FOTO CONTRAPORTADA Joaquín Hernández KIKI DISEÑO PANELES Hernando Cabarcas, Diana Liseth Bolívar, Antonio Castaño MAQUETACIÓN Tom Cárdenas IMPRESIÓN JR PUBLICIDAD, Cra 19 Nº. 43 – 08 Santa Teresita Bogotá. Tels: 3400493 – 2889870 – 3104843956, jrpublicidad21@yahoo.com.


Revista de Poesía Ulrika Número 42 – 43

Mayo 2011

ÍNDICE Editorial

pág 4

ORYundo...Soy

pág 5

Poemas de Carlos Edmundo de Ory

pág 60

Desagravio a Luz Mary Giraldo

pág 81


En consecuencia, con el apoyo del Instituto Caro y Cuervo, hemos publicado una hermosa selección de la poesía de Jaime García Maffla titulada Escenas de la Caza que, a petición del maestro, será entregada en forma gratuita en la Feria Internacional del Libro el día de la clausura del Festival, cuando el grueso de los invitados internacionales saludará al poeta. A la memoria de Carlos Edmundo de Ory hemos preparado un cariñoso saludo a través de nuestra revista y una exposición con sus textos y material fotográfico recopilado por los poetas gaditanos Alejandro Luque de Diego y Antonio Castaño (en la compilación y selección de buena parte de los materiales aquí publicados), con la inestimable colaboración de Jesús Fernández Palacios, Joaquín Hernández Kiki, Rafael de Cozár, Jaume Pont, José Ramón Ripoll y la Fundación Carlos Edmundo de Ory, en cabeza de su esposa Laura Lachéroy de Ory. La exposición contó con la cuidadosa curaduría de Antonio Castaño, a quien acompañaron en esta ardua labor el maestro Hernando Cabarcas y Diana Liseth Bolivar. La música y el corazón en la palabra las aporta Luis Eduardo Aute, en nuestra revista y en la web, de manera indistinta. Se cierra nuestra publicación con un desagravio a la poeta colombiana Luz Mary Giraldo, pues para Ulrika las afrentas que se hacen a los escritores, desde las bardas del utilitarismo y bajo la especie de demandas o de otras formas de la mezquindad humana, deben ser respondidas con firmeza solidaria. Estamos, pues, en forma irrestricta con Luz Mary, con su poesía y con su compromiso con los jóvenes y con la palabra.

Rafael del Castillo

Foto: Kiki

ORYundo...soy

Alejandro Luque

Este año mantenemos esa interlocución de la mano del colombiano Jaime García Maffla (poeta que este año –como es costumbre– es homenajeado en vida por el Festival Internacional de Poesía de Bogotá), y del español Carlos Edmundo de Ory, quien falleció en noviembre del año pasado dejando un hermoso legado con su vida y con su obra, a las letras y a los lectores de poesía de estos tiempos y de los que están por venir.

su magisterio mayor. Aunque vivió las últimas décadas de su vida en Francia, Carlos Edmundo de Ory fue un hijo del Atlántico que acostumbraba a arrodillarse ante el mar de Cádiz como el devoto ante una terrible divinidad. No es raro que este primer tributo póstumo que recibe el poeta fuera de su tierra venga del otro lado del océano, de esa orilla ligada a él por el azul inmenso y el milagro del idioma. Que el Festival Internacional de Poesía de Bogotá dedique esta su XIX edición al autor de La flauta prohibida y Lee sin temor, es sin duda un decisivo primer paso para que la obra de Carlos deje de ser patrimonio de iniciados y alcance en América la difusión y el reconocimiento que en justicia le corresponde. Todos los amantes del misterio y la belleza están invitados, igual que él solía invitarnos de improviso en las reuniones de amigos: “¿Por qué no jugamos?”.

Nuestra revista ha valorado desde sus inicios el diálogo natural que debe darse de suyo entre España, Colombia e Hispanoamérica en general. Desde esta perspectiva hemos dedicado números monográficos a poetas de la talla de Vicente Aleixandre, José Hierro, María Mercedes Carranza, Enrique Molina, Aldo Pellegrini, Jaime Sabines o Jorge Teillier; selecciones poéticas en homenaje a Mario Rivero, Fernando Charry Lara, Maruja Vieira, Matilde Espinosa, Jotamario Arbeláez o Álvaro Rodríguez, al tiempo que números especiales en torno a vanguardistas y “raros” como Porfirio Barba Jacob o Alfredo Gangotena, de este lado del mar… Emprendimos también, por esa misma senda números como de hace dos años, en los que se pretendía hacer más evidente o audible dicho diálogo. Ver, por ejemplo, el titulado 20 poetas colombianos – 20 poetas españoles del siglo XX-Una exposición, en el cual saludamos el universo poético de autores de ambas latitudes, contando entre ellos con Carlos Edmundo de Ory, Jotamario Arbeláez, José Manuel Caballero Bonald, Antonio Gamoneda, Samuel Jaramillo, Jenaro Talens, Luz Mary Giraldo, Felipe Benítez Reyes, Fernando Linero, Luis Miguel Madrid, John Fitzgerald Torres, Jorge Riechman, Armando Rodríguez o Guadalupe Grande, sin duda alguna representantes inequívocos de nuestra lengua en los días que corren.

UN HOMBRE LIBRE Durante años le llamaron poeta maldito, pero tan manida etiqueta fue apenas un eufemismo de su verdadera condición, la de hombre libre. Salvo las contadas ocasiones en que cedió a la obstinación de los amigos, siempre rechazó los focos, las entrevistas, los oropeles, esa dimensión pública de la poesía que a él se le antojaba de lo más prosaica. Amaba a los lectores cómplices pero detestaba los aplausos, arguyendo que tampoco se aplaude a las pinturas de los museos, ni al cura que oficia la misa. Hijo del poeta modernista Eduardo de Ory, para Carlos el oficio de los versos fue una herencia y un destino. En su juventud lo vivió como una fiebre abrasadora; más tarde con asombro, cuando empezó a comprobar el impacto de sus libros en la sensibilidad de sus lectores; y en la madurez ya todo fue una fiesta, una incomparable celebración de la vida y del lenguaje. Poeta desde niño, eso fue, poeta a tiempo completo. Poeta y hombre libre: autoexiliado de la España cejijunta y gris del franquismo, pero también emancipado de las corrientes literarias establecidas, junto a sus amigos Eduardo Chicharro y Silvano Sernesi abrió su propia senda, el Postismo. Y también de éste se liberó cuando sintió que el vuelo de su poesía no debía quedar reducido a unos márgenes, que escribir era entre otras cosas tantear siempre horizontes, evitar lo ya transitado. Rindió culto a Baudelaire como a César Vallejo, a George Trakl como a Nietzsche, se empapó de filosofía hindú como de Shakespeare y Artaud, pero siempre buscando su voz, ya fuera para proclamar cantar su dolor. Ése, acompañado de un inefable sentido lúdico, fue

Editorial


Buscando a De Ory

Recuerdo de Carlos Edmundo de Ory

Busquemos como buscan los que aún han de encontrar, encontremos como encuentran los que aún han de buscar. Con esta frase de San Agustín y esta otra de Carlos Edmundo de Ory, no menos sugestiva, ¿por qué no jugamos?, nos hemos dejado llevar por el libre oleaje, y hemos sido tragados de repente por la mar oceánica del poeta, queriendo mostrar toda la lírica que vive, se palpa y respira en sus textos: la del lenguaje de los sentidos, los signos, lo visual, la música… Toda la poesía en una y con el aval de Morfeo, como reza uno de sus aerolitos: Estoy construido con sabor de sueño.

Carlos Edmundo de Ory aireó siempre su personaje con especial elegancia, pero al mismo tiempo con sutil irreverencia. Una especie de poeta loco. Renegó de la primera generación de posguerra, a la que pertenecía más o menos cronológicamente, para subirse al carro de las vanguardias cuando en España nadie apostaba por ellas. Sin duda que el Postismo debería revisarse a la luz de su primera obra, él fue el impulsor de lo poco que había que destacar de aquel Madrid gris de la primera posguerra. Lo primero que le leí fueron sus Diarios, de los que se hablaba como lecturas de culto, y luego me introduje en su poesía, siempre por antologías. De Ory es uno de esos poetas que siempre apetece leer y que cuando aparece se lee con gusto. Su sabia combinación de metros, estilos y tonos son una sorpresa para el lector. Ese puente creado entre las vanguardias históricas que conforme van pasando los años se une a su gusto por la tradición, y su fuerza poética, son sin duda lo más destacado de su obra. Carlos Edmundo de Ory posee una obra de un incalculable valor y el tiempo nos lo irá acercando por su enorme verdad vital.

Después de bucear en ellos, nos lanzamos al vacío con los brazos en cruz bajo un fuego de palabras y todo se transfigura en la sonrisa eterna del niño mago. Transportados a una barraca de feria, o llevando un circo ambulante, jugando con la resaca de una ola, o llegando y yéndose silenciosamente con el mismo pasear por la Alameda de Apodaca en Cádiz, sin decir adiós y diciendo hola, ola… He vuelto a creer en ángeles, sobre todo en el que siempre ha sobrevolado mi mesita de noche, y de nombre Carlos. Veámoslo con ojos libres como él nos mira. ORYundo…Soy. Antonio Castaño Curador, In memoriam Carlos Edmundo de Ory

Juan Carlos Abril

A un poeta en ciernes

Poeta, incontinente monaguillo, desde el altar tu orín se curva como un arcoíris salpicando colibríes... ¡Aleluya! (París, 26 de octubre de 2006)

Pablo Acevedo

Dibujo: Laura Lachéroy


El sembrador de sueños

acogedor, una brisita familiar. Carlos siempre fue de la familia, de esa familia maravillosa que hemos No hay manera de recordar a Carlos sin pensar en elegido. Carlos era de nuestra tribu, esa tribu sin la los sueños. Él era un perpetuo sembrador de sue- que no podíamos vivir, pero que no era necesario ños, un inventor de realidades. Cuando pienso en que estuviera siempre a nuestro lado. Solamente él lo primero que recuerdo es una escena, una an- necesitábamos saber que estaba, donde fuera, lejos tigua escena: yo estaba embarazada. Llaman a la o cerca, pero estaba. Con eso nos bastaba. Con eso puerta de casa. Abro y delante de mí, colgada en el nos seguirá bastando siempre. Porque Carlos, su aire, como si fuera la del gato de Cheshire, aparece risa, sus poemas, su estar en la vida, su permanenla sonrisa de Carlos Edmundo de Ory. “¿Qué tal te entusiasmo nunca acabarán. Seguirán viviendo va el embarazo? Vengo a sacarte un ratito; damos como viven los cuentos infantiles, las coplas de una vuelta, me invitas a un café, porque no tengo Manrique, la música de las esferas y todo lo que ni un duro, y así tomas un poco el aire”. Carlos, consuela al desvalido corazón de los seres. en los últimos meses de mi embarazo, venía todos los días a sacarme a pasear un rato. La sonrisa Querido Carlos, no sé cómo darle las gracias a la de Carlos, su ternura asustada y sus hermosísimos vida por haberte traído a nuestro lado. poemas, se han quedado para siempre dentro de mi corazón. Carlos, Carlos, eres como el maravilloso violinista de Chagall. No he conocido a nadie con una voluntad de vida tan intensa como la que tenía Carlos: había nacido para vivir, había nacido para convivir, había nacido para ir contagiando la vida, para ir pegándonos los unos a los otros con su risa. Carlos se reía y el mundo aumentaba, pasaban cosas maravillosas, a media tarde teníamos la sensación de que iba a amanecer. En mitad de una carretera polvorienta Carlos decía: “¿No oléis el mar?” Y todos sentíamos la bofetada marina en el rostro. A Carlos le gustaba todo lo vivo. Y era un maestro en el arte de las sorpresas. Lo recuerdo subido encima de la mesa de nuestra casa recitando poemas mientras los demás lo escuchábamos atónitos con la extraña sensación de que de un momento a otro Carlos iba a empezar a subir por la escala de Jacob y se iba a perder en la nada. Pero de pronto Carlos empezaba a reírse y todos respirábamos tranquilos: no pasaba nada, ahí seguía Carlos y su lluvia de poemas que nos calaban hasta los huesos. Carlos era un bazar interminable, sus poemas eran historias maravillosas como las de Las mil y una noches, como los antiguos relatos alrededor de la hoguera. Al lado de Carlos siempre sentíamos un calorcillo

Francisca Aguirre

Micropoema para C. E. de O. yo a mi destino lo perdono con vino.

Ajo Micropoetisa

Ory x Aute = La primera sensación al recibir de Fernando Polavieja la noticia de que Carlos ya no estaba entre nosotros fue la de una profundísima sensación de orfandad, de desamparo, de abandono.

El resto del día fue charlar y comer, comer y charlar del mundo, el demonio y la carne... y, por encima de todo, del amor. Para Carlos, el amor, y concretamente su amor por Laura, justificaba la razón de ser de la existencia y, por ende, de su existencia.

Para él, la escritura, la poesía, eran una prolongaCarlos Edmundo de Ory es una de las voces más ción natural de su amor por la vida. Toda la casa, esenciales, más puras, más imaginativas, más lúci- esa casita como de cuento, era una declaración de das, más potentes, más tiernas de la poesía contem- amor a la vida, a la vida con Laura. Voluntariamente aislados del mundo, en ese pequeño pueblito poránea en lengua española. francés, Carlos y Laura habían creado su propio Desde que, hace ya muchos años, descubrí su poe- universo, un universo a la medida de su amor. sía a través de Félix Grande, lo tuve como referenAsí comprendí, casi físicamente, esos versos del te, como mascarón de proa de todo mi trabajo. poema Rosa mía donde sentencia: “La física nuTuve el inmenso privilegio de conocerlo personal- clear no me sirve para comprender porque lloro de mente en ¿1996? cuando en un rapto de irrespon- amor”. sabilidad, y como irredento admirador de sus “aerolitos”, me puse en contacto con él para que me Llegó la noche y, junto a la chimenea, se puso a haprologara mi primer “poemigario”, Animal Uno. blar de Cádiz, de su Cádiz tan lejana en el espacio Le envié a Thèzy-Glimont, el pequeño pueblito y el tiempo, pero tan cerca de su corazón y de sus francés donde vivió los últimos años de su vida sueños. Y ya de madrugada, nos retiramos todos a junto a su adorada Laura, los textos y lo dibujos dormir. Al día siguiente, tras otro suculento desadel libro. Lo leyó enseguida y en pocos días me yuno, Laura y Carlos nos llevaron a la estación. A envió un fax con unos preciosos dibujos de Laura, punto de subirnos al vag��n, en el abrazo de despedonde me confirmaba el gran regalo de su prólogo. dida, Carlos me susurró al oído: “Eduardo, no te olvides nunca que el amor es lo más importante de A partir de entonces, la correspondencia con Car- la vida”. los y Laura fue asidua y fluida. Quedé con ellos en que en la primera ocasión les haríamos Maritchu, El tren empezó a moverse, lentamente. Las figuras mi mujer y yo una visita. Y así fue. Un par de me- de Carlos y Laura, se iban alejando entre la bruma, ses después nos encontramos en Thèzy-Glimont. una fina y persistente neblina que acabó fundiendo Recuerdo perfectamente la llegada a Thèzy. Allí sus cuerpos hasta desaparecer. estaban en aquella diminuta estación de la campiña francesa, Carlos, con su sombrero de fieltro y Laura en el andén. Nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida. El otoño hacía sus estragos con una niebla fina y persistente. Nos subimos al coche y Laura nos condujo hasta su casa, una pequeña casita como de cuento, en las afueras del pueblo. Laura nos preparó un contundente desayuno.

Luis Eduardo Aute


Entre el Jarama y el Sorbe era de noche. Yo estaba tumbado al fresco. Vi como una lengua

luminosa surcaba el cielo oscuro de gato y fue a parar al fondo del valle que está enfrente de mi casa. Por el rastro de letras que dejó en el aire supuse que era un aerolito de los que Carlos Edmundo de Ory solía lanzar desde Francia a España o viceversa. La madeja de letras en ignición rebotó contra una roca y cayó en la mitad del pueblo que estaba en el valle, justo en la mitad. Lo pude ver gracias a mi telescopio. No se muy bien por qué, ese aerolito comenzó a desplegar sus letras y a combinarlas, patas de langosta versificadas se movían por el pueblo despidiendo tal luz que apagaron las farolas solares. La gente aún medio dormida, se asomaba a las ventanas de sus casas. Con las manos, se colgaban de las letras, se divertían. De repente, cada vez más frases,más aforismos, más combinaciones, más aerolitos. Pensé que Carlos Edmundo los estaba escribiendo y que se le estaban escapando sin control con dirección a España. Estos siguieron cayendo sucesivamente y multiplicándose por el valle, erosionando las paredes de roca y llevándose por delante algún que otro animal. La mayoría impactaron en el río que ahora se asemejaba a unos mofletes inflados. Uno tras otro, los aerolitos chorreando se fueron acumulando contra un dique, ahora húmedos pesaban más, se agolpaban como un saco a punto de reventar de materia luminosa. Los tirantes de la presa no aguantarían. Pasaron unos segundos, y un estruendo repetido n veces comprimió la materia. La barrera mineral reventó desbocándose en catarata. Los aerolitos de Ory flotaban a centímetros del agua. Las personas antes somnolientas, miraban como perritos de las praderas la luz de esos versos. Por fin habían descubierto la poesía, por fin se habían despertado.

Matias Ávalos

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Un epigrama ha de ser lo dijo ya Juan de Iriarte Carlos Edmundo de Ory pequeño, dulce y punzante

Desde la nube en mi ay pad andaconluz, fonemorama me hundo en Carlos Edmundo y re-mando este edmundo epigrama

Un epigrama español de miserable ternura para el apatrida tú mi cantoliteratura (mi canto quécaramásdura)

Luis Felipe Barrio

La risa de Ory Recuerdo la anécdota con bastante precisión, aunque no acierto a ubicarla en el tiempo: fue tal vez a mediados de los ochenta. El poeta gaditano Carlos Edmundo de Ory impartía un “taller de poesía” en una conocida institución local. Era numeroso el público allí congregado; en todo caso, más de lo habitual, incluso entonces, cuando todavía no recaía sobre esta clase de actos esa tristeza medular que últimamente parece afectar, al menos aquí en España, a todo lo relacionado con la cultura. Entonces no: entonces, recién estrenada la democracia y más o menos intactas las ilusiones que ésta suscitaba, los llamados “actos culturales” mantenían su condición de convocatoria cívica a la que se acudía con ánimo de goce.

desconcertara al poeta oficiante… Me salió éste: “Ínclitas razas ubérrimas…”. Supongo que las rotundas palabras de Rubén Darío sonarían más bien titubeantes en el divertido silencio en el que transcurría el juego. Ory tuvo una reacción que yo no esperaba: soltó una sonora carcajada. No creo que se estuviera riendo del maestro nicaragüense, al que trató su padre, el también poeta Eduardo de Ory, y cuyo ejemplo fue determinante en la formación del excelente oído musical del hijo. Tampoco creo, en fin, que se riera de mi timidez, que más bien se esfumó ante aquella explosión jovial. Se reía… no sé; quizá del efecto de los años sobre esos versos poderosos y huecos al mismo tiempo; o de la falsa solemnidad de la que se reviste a veces la poesía, que debería ser algo tan necesario y cotidiano como el propio idioma del que surge… Desde entonces, yo mismo me he reído así de muchas cosas que parecían sublimes. Es la mejor lección que debo al poeta gaditano, y creo que recordarla ahora, mientras otros mejor informados que yo analizan o glosan las virtudes de su obra estrictamente literaria, es el más sincero homenaje que puedo hacerle.

En esa ocasión, ya digo, oficiaba Ory. Y en un momento de su charla animó a los concurrentes a decir un verso que recordaran. Siempre he pensado que estos ingenuos juegos literarios que se le ocurrían al poeta escondían una cierta retranca. No se trataba, creo, de suscitar emociones simples, sino de obligar al público a constatar la insuficiencia de ese ánimo sentimental en el que se incurre fácilmente cuando nos ponemos a hablar de poesía. El caso es que empezamos a decir nuestros versos. Los había realmente muy bien traídos, los había cursis, los había malintencionados incluso. Ory asentía a algunos, apostillaba a otros; pero siempre se las arreglaba para convertir toda aquella ganga en un fluido vivaz e ingenioso, que nos recordaba que esos versos más o menos muertos fueron alguna vez palabra viva en labios de alguien. Tal vez ésa era su intención. El caso es que me llegó el turno. Yo era muy tímido entonces; y, con el exceso de autoconciencia del veinteañero que quiere a toda costa reafirmarse, sopesé mis opciones: no sabía si pronunciar un verso que me gustara mucho a mí o uno que

José Manuel Benítez Ariza

Monograma: Hernando Cabarcas


Ory y la tarta de chocolate Carlos Edmundo de Ory era aficionado a los juegos de palabras no sólo en su poesía. “Vamos a hacer un juego”, proponía de repente en medio de una reunión, con su voz aguda de duendecillo afrancesado. “Que cada cual diga la palabra que más le gusta”, por ejemplo. Y así hasta cansar, porque él no se cansaba nunca de aquellos experimentos lúdicos. El gusto verbal era, según él, indicativo de un determinado carácter, y creo que tenía razón: no es lo mismo que tu palabra preferida sea “lapislázuli”, pongamos por caso, que “cerrojo”. De ahí que uno salga garcilasista o postista, gongorino o bretoniano. En abril de 2009, Jesús Fernández Palacios, José Ramón Ripoll y Rafael de Cózar, el gran trío Marejada, nos convocaron a los amigos en Cádiz para celebrar el 86 cumpleaños de Carlos. En el reservado del restaurante jugamos, por supuesto, a las palabras. Aparte de eso, se le entregó una reproducción en cerámica del poema que su padre, el filomodernista Eduardo de Ory, en pleno ejercicio de videncia, le escribió a un Carlos niño: “Tú serás poeta, / poeta preclaro. / ¡Serás mi obra magna / y mi mejor lauro!”. Cantó Fernando Polavieja. Fito Cózar leyó una especie de manifiesto oryniano en un latín paródico. Llegada la hora de la tarta, todos nos quedamos en vilo: cuando el camarero se la puso por delante para que el festejado soplara las velas, dábamos por hecho que Carlos iba a padecer un arranque de indignación postista, consistente –como poco– en estrellar la tarta contra una ventana, al grito de “¡No a los convencionalismos pequeñoburgueses!”, o algo tal vez peor que no acertábamos a calcular. Carlos se quedó mirando la tarta de chocolate durante un minuto. Reconcentrado, calibrando sin

duda el simbolismo criptográfico de aquel dulce. Los comensales nos mirábamos unos a otros. Jesús Fernández Palacios paseaba esa sonrisa suya que reserva para los grandes acontecimientos de rumbo surrealista. “Como poco, va a darle un puñetazo a la tarta”, pronosticábamos todos en silencio. Pero no: Carlos sopló las velas, troceó la tarta, nos la comimos de buen grado y seguimos jugando a las palabras: “Que cada cual escriba en un papel la palabra que le da más miedo”. No recuerdo si apareció entre aquellos papeles la palabra “muerte”, que era la que le rondaba ya. Tal vez no, por obvia. Cuando me enteré de su muerte, recordé aquellos versos que venían en mi libro de texto del instituto y que mi compañero de pupitre, José Balsa Cirrito, y yo nos sabíamos de memoria:

Paso a paso llegué a la verja un día no habiendo nadie y con mi poca altura abrí la puerta y penetré en la oscura casa que estaba en su interior vacía…

Como vacío va quedándose el mundo nuestro, nuestro mundo de interior, cuando desaparece uno de los nuestros.

Felipe Benítez Reyes

CEdO El hombre que duerme y duerme, y le pide a la pasión de tú a tú que cruce los brazos. El desfigurado que sale de su cabaña y lava su ropa sangrienta de suspiros, y bebe la leche de la muerte. El santo que nace piedra y sólo desea ser amado. Escribo lo que me dictan las sirenas, dijo. Ahora, estés donde estés, díctame tú. No dejes de dictarme. Isabel Bono

El 28 febrero de 2006 Carlos Edmundo de Ory fue nombrado lo que ya era: hijo predilecto de su madre telúrica, que así él llamó a Andalucía. En un pronto de esos míos (tengo el don del avenate) traté de colarme en aquel acto oficial de insignes con su insignia que se celebraba en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, frente a mi casa, en la otra orilla del río. Con tal de su viva voz/. En deuda la mía/. No pudo ser. Las tímidas nos descarnamos pero no nos descaramos. Escuché su discurso por la tele. Ay. Aquella mañana, contra el Tiempo, esto escribí:

Poema por si Ory se muriera

Carlos Edmundo, Ory pro nobis

El poeta Ory muere feliz Me asomo a su tez por dentro desde la raya del pelo al medio Por la rendija investigo en latín indagaré al cadáver Nada externo que acompañara su dicha es más perfecto que la caja amecánica de saltitos rupestres avícolas / circulares de manos / así que carlosedmundo tenía / puro púrpura casi intactos Esa caja —En el quirófano cuatro el cirujano se dispone a trasplantarla (sin demasiada esperanza) a una joven víctima de su propio desacato—

Carmen Camacho

Ilustración: Laura Lachéroy


Home ludens Conocí a Carlos Edmundo de Ory a principios de la década de los ochenta del pasado siglo, en Cádiz, su ciudad natal, y en casa de unos de sus hijos adoptivos predilectos, el también poeta Jesús Fernández Palacios. Confieso que antes de este encuentro personal yo sentía alguna prevención hacia el personaje. Si bien era innegable el ninguneo que soportó del mundo literario oficial de nuestro país, yo a veces leía en su obra la adopción de una máscara de poeta maldito o marginado y cierta pose de guru espiritual, papel que, como comprobé más tarde, ejercía en efecto hacia escritores jóvenes a los que, por una parte, atendía con paciencia poco común, y por otra sometía a un magisterio esquinado. Frente a la posible imagen bohemia que los discípulos alimentaban, Carlos era el hombre más ordenado del mundo para su literatura: conservaba todas las críticas de sus libros, estudios, referencias, alusiones y entrevistas en perfecta y cronológica clasificación. Si era capaz de ironía, nunca hacia sí mismo. Una vez discutimos públicamente durante un congresillo de escritores porque yo afirmé que la vanidad era uno de los motores de la creación literaria y Ory, que defendía el fuego sagrado, me echó en cara tal frivolidad. Pero para entonces yo ya lo conocía relativamente bien y apreciaba lo que de genuinamente naïf había en su persona, es decir, en su máscara y en su individualidad humana. Otro gran escritor gaditano, Fernando Quiñones, cuando acudía a casa de los amigos les pedía por favor que, para cuando él llegase, estuvieran ya los niños acostados. Carlos, por el contrario, disfrutaba de los chavales y le gustaba jugar con ellos —alguna vez hasta el agotamiento— de la manera menos paternalista que yo conozco; sabía ponerse a su altura sin ningún esfuerzo, y de eso podría dar fe mi hijo que a los siete años aguantó una larga cena de adultos en nuestra casa de

Nueva York gracias los infinitos juegos con los que un Ory incansable nos entretuvo hasta bien pasada la medianoche. Y ahí radicaba una de las venas más originales de la poesía de Carlos: nunca había despertado del todo de ser niño. Había leído mucho y entre sus inspiraciones se incluían Hölderlin, Lao-Tsé o los presocráticos, pero para mí lo mejor de su poesía nacía de un asombro infantil que se manifestaba en el texto como un relámpago verbal inolvidable. Tantos poetas han lamentado lo efímero de la vida y la fugacidad de la juventud, el amor, etcétera; sólo Ory transformó la elegía en gesto atónito: “Los años, qué animales extraños”. O junto a la tentación romántica, el anticlímax humorístico: “Qué rubores en mi alma, qué tomate” –ese tomate lo retrata de cuerpo entero. Y qué decir de la síntesis de una experiencia sexual: “Hicimos el amor / y se hizo tarde”. Y en una sola línea de sus Aerolitos toda la nostalgia de la juventud: “Bajaban las muchachas por los barrios del verano”. Cuando hace unos pocos años nuestros gobernantes, que llevaban un tiempo acordándose por fin de él, lo nombraron hijo predilecto de Andalucía, Carlos nos citó a unos cuantos amigos en su cuarto del hotel Alfonso XIII porque quería enseñarnos la cama donde dormía, un auténtico campo de batalla por sus magníficas dimensiones. Entonces se le ocurrió a Carlos un experimento entre antropológico y hermanos Marx: “Vamos a comprobar cuánta gente cabe en este lecho suntuoso”, nos propuso. Y allí nos fuimos tumbando todos junto al poeta, diez personas, como consta en la foto que tomó Maribel para que la posteridad no dudara de aquel record. Ese Ory juguetón, bromista, desenfadado, es el que sobrevive en mi memoria, el que escribía los versos que permanecerán siempre en el recuerdo. José María Conget

Carlos Edmundo de Ory en unas líneas Podría decirse que la obra de Carlos Edmundo de Ory representa una de las aventuras literarias más interesantes del siglo XX español, sobre todo por su riesgo, en un contexto que no ha sido, (ni es aún hoy) muy propicio a las vanguardias. Esto sitúa al autor como uno de los más originales e independientes de la poesía española del siglo XX. Su heterodoxia, en el fondo, tiene que ver con la distancia que representa su obra, sobre todo entre 1945 y 1980, frente a la poesía que predominó en esa etapa, por razones sobre todo históricas. La dictadura y la posición más frecuente de los intelectuales contra ella, llevó a la mayoría hacia una posición uniforme de la literatura como compromiso con la realidad y una voluntad de crear conciencia, incluso en perjuicio del valor estético. Y en esa línea de independencia, que provocó su aislamiento hasta entrada la democracia, se produce la evolución desde el “Postismo” (1945) hacia el “Introrrealismo” (años 50) y su concepción de “Poesía abierta” (fines de los sesenta), siempre desde la óptica de la experimentación con el lenguaje, que convierte a Ory en el precedente claro de la “Poesía Experimental” de hoy. Conocí a Carlos Edmundo de Ory a principios de los setenta. Hice mis primeros trabajos universitarios sobre su obra, lo que me llevó a la antología y estudio titulada Metanoia (Cátedra 1978), siendo ya estable y profunda nuestra amistad, desde entonces hasta su muerte, con vivencias inolvidables en su casas de Amiens y Vienne le Chateau, en Francia, así como en sus frecuentes viajes por el sur, Cádiz, Sevilla, formando ya parte integral del clan de los “oryadictos”. Esta convivencia me hizo comprender pronto que la obra de Ory es indisoluble de su vida y temperamento. Carlos había logrado trasladar el “yo real” hacia el “yo artista”, viviendo siempre en artista verdadero, fuera del sistema, de las reglas sociales, inadaptado para la vida regularizada, estable, acomodaticia de la mayoría, incluido el mundo cultural. La fuerte imaginación, la fantasía, el ingenio y la capacidad lúdica eran sus rasgos personales y literarios más evidentes, así como el humor, pero llevado a la trascendencia. Si quisiéramos compararlo con otro autor del siglo XX en esta línea, sólo encontraríamos el caso de Gómez de la Serna, el primer y más destacado vanguardista español de ámbito europeo. Rafael de Cózar

Carlos+Edmundo+de+Ory Un niño que se olvidó creciendo sin saber sumar los días. Antonio Castaño


Paso del Ecuador

amo a una mujer de larga cabellera Carlos Edmundo de Ory

Amo a un mar de larga cabellera cosida con viento a mi popa a pique nos vamos amante y yo en medio de esta tormenta a sus trenzas me prendo loco marinero jinete a sus crines exhausto la tajamar inclina su aguja aguija el mar se duele pero place a los tirones del peine entrometido engancho peino despeino gancho mi ternura enhebra un hilo de espuma sudor pez muerto tiemblo jironado araño muerdo clavo

me empavesa la espalda inyecta olor a hembra mi buque-hebra de acero enfila rajando de este a oeste su melena con la quilla el Ecuador atraviesa traviesa viesa

Mercedes Escolano

Retrato y despedida de Carlos Edmundo de Ory El genial poeta Carlos Edmundo de Ory murió hace apenas unos meses, pero no era tan conocido y valorado como merecía. Algo injusto que siempre lamentamos sus amigos y apasionados lectores, que ahora asumimos la noble tarea de engrandecer su nombre y difundir su oryginal (con y griega) legado literario. Por eso trataré, aunque sea someramente, del personaje y de su obra, con afán de proclamarlo a los cuatro vientos, y buscaré la curiosidad de su primer rastro en el nº 17-18 de la Alameda de Apodaca de Cádiz, donde vino al mundo a las siete de la tarde del 27 de abril de 1923, justamente en la misma casa donde naciera su padre y en el seno de una familia católica, acomodada y de honda raigambre en la ciudad. Segundo hijo del poeta modernista Eduardo de Ory y Sevilla (Cádiz, 18841939) y de Josefina Domínguez de Alcahúd Tejedor (Madrid, 1897-1980), que tuvieron cinco más: José Antonio (†), Nicolás, Concepción, Gloria (†) y Luis. El padre había aportado a esta numerosa familia otros dos varones, Eduardo (†) y Alejandro, de un matrimonio anterior. A las dos semanas de su nacimiento, Carlos Edmundo fue bautizado en la Parroquia de San Antonio, siendo sus padrinos el poeta Edmundo van der Biest, cónsul general de Venezuela en Andalucía, y su tía Concepción Do-

mínguez Alcahúd. En 1930 comienza sus estudios primarios en el Colegio San Felipe Neri, donde hizo la Primera Comunión el 11 de abril de 1932. Así pues, Carlos Edmundo crece y se educa en un ambiente conservador e ilustrado, recibiendo durante su niñez y adolescencia decisivas influencias derivadas de las múltiples e intensas actividades literarias de su padre, que fue un destacado poeta y prohombre de letras, fundador de interesantes revistas como España y América, Azul y Diana, miembro correspondiente de varias Academias hispanoamericanas, cónsul de algunas Repúblicas centroamericanas, autor de diversas obras de creación en verso y prosa, antólogo del modernismo americano y biógrafo de poetas modernistas con los que mantuvo una cierta relación de amistad personal y epistolar, tales como Salvador Rueda, Rubén Darío, Amado Nervo, Manuel Reina y Enrique Gómez Carrillo, entre otros. Esos antecedentes y una estupenda biblioteca familiar fueron acrecentando su sensibilidad y determinando e impulsando la vocación literaria de Carlos Edmundo, que ya desde temprana edad, a partir de 1937, se inicia en la poesía alentado por los consejos paternos y por sus lecturas de los mejores poetas románticos y modernistas que tenía a su alcance, algunos de ellos referentes indispensables en su formación literaria y espiritual. Dicho aprendizaje tuvo su complemento académico con la realización del bachillerato superior en el Instituto Provincial de Cádiz. Tras la muerte prematura del padre el 22 de marzo de 1939, Carlos Edmundo empieza a publicar sus primeros poemas en modestas revistas gaditanas. En 1942 y acompañando a su familia se traslada a Madrid, donde un año después fue nombrado bibliotecario del Parque Móvil de Ministerios Civiles, cargo que desempeña durante una década. En la capital, Ory complementa su labor de bibliotecario con frecuentes colaboraciones en diversos periódicos y revistas, tales como El Español, Garcilaso, Fantasía, El Espectador, La Estafeta Literaria, Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos y Poesía Española, todas editadas en Madrid, así como Verbo de Alicante, Destino de Barcelona, Lanza de Ciudad Real y Platero de Cádiz. En 1944 se produce un hecho trascendental que influye positivamente en su transformación personal, es decir, conoce al poeta y pintor Eduardo Chicharro Briones (Madrid, 1905-1964), que enseguida se convierte en su mejor amigo y maestro, y con el que, al año siguiente, fundaría el Postismo, un movimiento estético-literario de vanguardia, al que también se sumó desde el principio el poeta italiano Silvano Sernesi (Roma, 1923-2003). Dicho movimiento lograría una notable repercusión, con sus bandos de defensores y de furibundos detractores, a través de sus tres manifiestos y de sus dos revistas (Postismo y La Cerbatana, ambas en 1945), que no pasaron del nº 1 por problemas de censura. Coincidiendo con esta aventura, en la que Ory participa activamente hasta 1950, el poeta publica en Madrid su primera colección de poemas, con el título de Versos de pronto, en el nº 19 de la revista Fantasía. Un año después, en el invierno de 1951, Carlos Edmundo de Ory y el pintor dominicano Darío Suro publican conjuntamente una doble proclama artística, Nuestro tiempo: Poesía. Nuestro tiempo: Pintura, en la que ambos creadores plantean una teoría denominada introrrealista, que sin padecer los ataques y críticas que tuvo el Postismo, también sufrió la incomprensión de la mayoría con las honrosas


excepciones de Eugenio D´Ors y Vicente Aleixandre. Como indica el profesor Jaume Pont –máximo especialista en Ory–, en el primero de esos textos introrrealistas, es decir, en el referido a la poesía, Carlos Edmundo adopta “un considerable cambio de rumbo respecto a las tesis vanguardistas e inaugura, a la vez, no pocas de las claves maestras de su pensamiento poético posterior”. Desencantado del ambiente político y cultural de la España franquista, a partir de 1953 y becado por el Gobierno francés Ory realiza frecuentes viajes a París, donde finalmente se queda a vivir y contrae matrimonio con Denise Breuilh en 1956. Con su esposa viaja a Perú al año siguiente para trabajar como profesor de castellano en la Escuela Normal Superior de Chosica, y en dicho país nace su única hija, Solveig, en 1957. Un año después regresan a Francia, donde ejerce como profesor de español en la École Alsacienne y en el Institut Catholique de París. En 1967, tras una irreversible crisis matrimonial, Ory abandona la capital francesa y se traslada a Amiens, donde empieza a trabajar como bibliotecario de la Maison de la Culture. Son años difíciles para el escritor, aunque eso no le impide desarrollar una intensa actividad viajera y creadora que, sin embargo, no se corresponde con una plasmación editorial reseñable. En octubre de 1968, y en la propia Maison de la Culture de Amiens, Ory funda el APO (Atelier de Poésie Ouverte), que durante más de dos años y con el espíritu revolucionario del mayo francés reciente, convoca y reúne a un grupo de poetas, pintores, actores y músicos para realizar un trabajo colectivo de dinamización crítica y cultural, no sólo de puertas para dentro a través de distintos talleres creativos, sino también en la calle con lecturas de poemas, improvisaciones, montajes, juegos de lenguaje, artículos, provocaciones, etc.., todo ello sirviéndose de una serie de “Proposiciones” que Ory publica en la Revue de la Maison de la Culture, a modo de sentencias breves o aforismos en clave filosófica y literaria, que empleaba para agitar el pensamiento del grupo, así como su capacidad analítica y crítica. Una experiencia, en fin, que por su carácter heterodoxo y desafiante terminó costándole el empleo de bibliotecario. Sus constantes viajes y el ritmo creciente de sus publicaciones y reconocimientos suplieron, en buena medida, este nuevo desengaño personal. Desde 1972 imparte clases de lengua y cultura española en la Universidad de Picardie, una actividad que desempeña hasta finales de los ochenta en que se jubila como profesor titular de la citada institución. En 1990 se traslada a Thèzy-Glimont, una pequeña población cercana a Amiens, donde en el año 2000 contrae nuevo matrimonio con la pintora Laure Lachèroy, con la que llevaba conviviendo desde hacia bastantes años. Lejos del elogio gratuito y al margen desde siempre de los premios y honores, Carlos Edmundo de Ory –hay que decirlo en voz alta: tenazmente persuadido y finalmente convencido por sus amigos y cómplices– empieza a aceptar y recibir algunos reconocimientos que, precisamente, procedían de su tierra natal, a la que siempre se sintió vinculado a pesar de sus lejanías. De ese modo, en el año 2003 fue nombrado Hijo Predilecto de la Provincia por la Diputación de Cádiz, y posteriormente Hijo Predilecto de la Ciudad e Hijo Predilecto de Andalucía. En diciembre de 2004, la Junta de Andalucía le otorga el Premio Luis de Góngora por toda su obra literaria, una obra fecunda, rica y variada, que brevemente comentaré. La obra que representa a un modelo de escritor poseso, emocional, visionario

y profético que, desde luego, no desatiende el cuidado más exquisito del lenguaje y de la escritura. Como poeta, un poeta fundamentalmente sincero, ha publicado los siguientes libros: Los sonetos (Madrid, 1963), Poemas (Madrid, 1969), Música de lobo (Madrid, 1970), Técnica y llanto (Barcelona, 1971), Los poemas de 1944 (Madrid, 1973), Lee sin temor (Madrid, 1976), La flauta prohibida (Madrid, 1979), Miserable ternura / Cabaña (Madrid, 1981), Poesía primera 1940-1942 (Cádiz, 1986), Soneto vivo (Madrid, 1988), Sin permiso de ser ángel / Angel without a permit, en versión inglesa de Allen Ginsberg y Edith Grossman (New York, 1988), Melos melancolía (Barcelona, 1999 y 2003) y Las patitas de la sombra, en colaboración con Eduardo Chicharro y edición de Antonio Pérez Lasheras y Alfredo Saldaña (Zaragoza, 2000). Asimismo, su obra en verso ha sido recogida en diversas antologías y ediciones críticas: Poesía 1945-1969, una edición histórica de Félix Grande (Barcelona, 1970), Poesía abierta (1945-1973), edición y prólogo de Jaume Pont Ibáñez (Barcelona, 1974), Energeia, realizada por el propio autor (Barcelona, 1978), Metanoia, con prólogo y selección de Rafael de Cózar (Madrid, 1978 y 1991), Antología, a cargo de Ricardo Cano Gaviria y Rosa Lentini (Barcelona, 2001) y Música de lobo (1941-2001), en una rigurosa edición del profesor Jaume Pont (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2003). Como narrador ha publicado una novela, Mèphiboseth en Onou. Diario de un loco (Las Palmas de Gran Canaria, 1973) y varios libros de relatos (El bosque, Kikirikí Mangó, Una exhibición peligrosa, El alfabeto griego y Basuras), que fueron compilados en dos volúmenes con el título de Cuentos sin hadas (Cádiz, 2001). Su amplia y diversa bibliografía, que parcialmente ha sido traducida a diversos idiomas, se completa, por un lado, con varias ediciones de aforismos, a los que Ory denomina aerolitos, tales como: Aérolithes (París, 1962), Aerolitos (Madrid, 1985), Nuevos aerolitos (Madrid, 1995) y, la muy reciente, Los aerolitos (Editorial Calambur, Madrid, 2005). Y por otro lado, con varios libros de ensayos (Los nuevos prehistóricos, Nuestro tiempo: Poesía, Camus o el ateísmo in extremis, Lorca, etc...), la mayoría reunidos en su obra Iconografías y Estelas (ensayos 1946-1983), publicados en Cádiz en 1991. Respecto a su Diario1944-2000 (Cádiz, 2004), de cuya edición y prólogo tuve el privilegio de ocuparme, la mayor parte permanecía inédito hasta la presente publicación en tres espléndidos volúmenes con más de mil páginas. Casi sesenta años de la vida de Ory, cuyo tiempo se dilata, desde un presente continuo, en la evocación del pasado y en los anhelos y proyectos del futuro. Siendo así, ahí prevalecen también la muerte, la noche y la soledad, los amores y desamores, la risa y la tristeza, las pesadillas y los sueños, los viajes, la escala sísmica de sus lecturas, sus queridos maestros, los temores y dudas, la ansiedad, angustia y desesperación. Toda una vida rica y azarosa, paradójica y matizada, con sus luces y sombras, sus gritos elocuentes y también sus silencios, no menos elocuentes. Finalmente, para profundizar en su vida y, sobre todo, en su literatura es aconsejable leer Carlos Edmundo de Ory. Textos críticos sobre su obra (Cádiz, 2001), que contiene un amplio y atractivo índice de colaboraciones, así como un buen número de fotos del escritor en distintas épocas de su vida. Carlos Edmundo de Ory fue siempre un poeta de los grandes, hasta en los ratos más inadvertidos.


Mientras vigilaba era poeta. Y siempre vigilaba, hasta en el sueño. Él mismo decía que nunca soñaba barato. Su energía constante resultaba extenuadora a veces, pero siempre estimulante. La disciplina y el juego, el rigor y la risa, el pensamiento serio y el pensamiento lúdico, la crisis y la reconciliación, la ética y la estética, la técnica y el llanto: todo eso convivía en Ory y se refleja en su obra de una manera coherente. De sus guedejas de león trotamundos colgaban 87 años de grito y de silencio. Nació un viernes de abril a la puesta de sol. Como Venus, a quien los antiguos consagraron el viernes, nació del Mar en su Alameda gaditana, y allí se produjo su iniciación al “genius loci”, su visión de los “grandes misterios genésicos y telúricos de las MADRES y del reino espantosamente fascinante del MAR”, según sus confidencias epistolares. Desde entonces cantaban sus ojos y su mirada se proyectaba joven encima de la rija. Andaba con pasos infantiles, desde entonces. Se rendía ante la ternura. Era un provocador y un matón de lo vulgar. Como buen Tauro era un hombre ordenado y cuidaba con esmero sus pertenencias: plisaba, por ejemplo, los pañuelos en su sitio y acomodaba, pertinaz, las gafas en su funda, una y otra vez, con afán de no perderlas. En clave cinematográfica: era indómito como James Dean; diminuto y enérgico como Dustin Hoffman; enamorado y demente como Buster Keaton; maniático, colérico, sediento e irresistible como James Cagney; solitario, irónico e inteligente como Woody Allen; magnífico, duro, molesto y sarcástico como Humphrey Bogart; torpe, cómico y adivino como Klaus Kinski; ingenuo y lujurioso como Fatty; distinto, adusto y ocioso como Marlon Brando; inquieto, temible y doliente como Montgomery Clift. A pesar de la inevitable sensación de tristeza y pérdida que nos produce su muerte, acaecida en su casa de Thèzy-Glimont (Francia) en la madrugada del 11 de noviembre de 2010, a pesar de eso que tanto lamentamos, percibimos otra sensación de serenidad: la de saber que Carlos Edmundo de Ory ha encontrado el satori, es decir, la iluminación que siempre había buscado y se ha unido al Todo. No se ha ido a ningún sitio, se ha quedado en el Aquí. Donde habitamos los oryanos para preservar su noble memoria. Una memoria que ahora trasciende a la otra orilla del océano atlántico y se sustancia en el conmovedor homenaje que van a tributarle nuestros hermanos oryanos de Colombia en su prestigioso Festival Internacional de Poesía. Una oportuna y feliz iniciativa que agradecemos de todo corazón. Jesús Fernández Palacios

Foto Kiki

Foto: Kiki

Me dijeron que Ory tenía una cabaña Me dijeron que Ory tenía una cabaña. Yo era un niño. No podía vivir desorientado. Tomé la dirección de su derrota. Tomé la dirección de su cabaña. En la estación del Norte tomé un tren. Me dijeron que Ory era delgado, transparente como una verdad, alegre como un tren de lagartijas. Habitaba en Amiens con su rabo. Rabo de lagartija como el rabo de todos los diablos. Un ángel endiabladamente humano era Ory. Miserablemente tierno era Ory. Me dijeron que Carlos tenía una cabaña. Una buhardilla de humo. Una casa de aire. Un calcetín vacío. Me dijeron cuidado con tu vida, cuidado con tus pies y tu cabeza, cuidado con tu novia en la cabaña. Entra y condénate me dijo el viejo joven aún y yo le di la mano y era de noche todavía en Cádiz y en Bogotá de día. José Fernández de la Sota


Un diálogo peregrino

Para Laura Lachéroy de Ory Tomados del brazo, caminamos por entre las tumbas del cementerio de La Madeleine. Después de visitar la tumba de Julio Verne, que en ese momento hervía de flores. Carlos comentó que era extraño, que nunca habían sacado una foto en esas circunstancias. Carlos Edmundo de Ory era un hombre que gustaba de los mágicos rituales mágicos y uno de ellos era llevar a sus invitados a tomarles una foto, junto a él y Laura, en la tumba del viejo Verne. Caminamos y continuaba el diálogo del día anterior, diálogo lúdico y lleno de misterio y de sonrisas. Sonreír era el otro gusto del poeta. Jugar, platicar, mostrar lo invisible. Preguntaba, todo el tiempo preguntaba, interesado en todos los temas posibles. Compartía, otro gusto de Ory, compartir. Si me imagino de lleno a un poeta humano, humanamente humano, vendría a mi imaginación la figura luminosa de Carlos Edmundo de Ory. No gustaba de los premios, ni de las entrevistas y tampoco de los homenajes, aunque asistió a alguno. Le gustaba querer pero no gustaba de los huecos aduladores o fanáticos de su persona u obra. Se alejaba del mundo para querer al mundo y para crear sus mundos y ofrecerlos cálidamente. Creador de uno de los “ismos” más extraños y controvertidos de los últimos que surgieron en Europa y el menos difundido. El Postismo. El movimiento postista llegó a México en el año del 2008, en una coedición de Editorial Andrógino y Ediciones sin nombre. Carlos recibió emocionado el libro La mano en la espalda, que reúne los cuatro manifiestos postistas. El primero de ellos se publicó en Madrid en 1945. Año del lanzamiento del Postismo. La relación de Ory con México siempre estuvo presente: “Pues, yo mismo, Carlos, sé mucho de México y su poesía desde mi niñez gracias a mi padre Eduardo de Ory. Cuando estuvisteis en casa, “el otro día”, no se me ocurrió poner ante vuestros ojos el precioso libro de oro de mi padre, edición de M. Aguilar, Madrid 1936, titulado como tenía que ser ANTOLOGÍA DE LA POESÍA MEXICANA. Por orden alfabético desde Acuña (Manuel) n.1849, hasta Zayas Enrique (Rafael) n. 1848.  La dedicatoria dice: “A la memoria del inmortal poeta AMADO NERVO mi inolvidable y gran amigo. E de Ory” Efraín Huerta y Octavio Paz, enviaban sus libros a Carlos. Él gustaba más de la poesía de Efraín Huerta. Para mí fue muy grato encontrar en la biblioteca de Huerta cuatro libros de Ory dedicados al poeta mexicano, con esa forma tan llena de colores y de figuras que tenía costumbre hacer en la portadilla de sus libros dedicados. Otros poetas mexicanos que conocía Ory eran: Pedro Damián, Víctor Monjarás, Mario Santiago Papasquiaro. Incluyendo el gusto por la poesía de Roberto Bolaño y de Bruno Montané, que vivieron un tiempo en México. Gran lector de poesía, recomendaba leer un poemario no como se revisa un almanaque, sino había que practicar el brinco de poema a poema, en diferentes días y a distintas horas. Leer uno o dos, cerrar el libro, acomodar el poema en el espíritu y después volver al poemario, abrirlo y dejarse llevar por la luz o la oscuridad del poema en turno. Y así hasta concluirlo en algún momento.

Cuando lo busqué en su casa de Thézy, él estaba solo y abrió la pequeña ventana de su puerta, y después de identificarnos, comentó: que era, yo, más inteligente que los gaditanos. Por haber dado con él, con Laura y la dirección de su casa sólo siguiendo la intuición y los mapas cósmicos de los vasos comunicantes. Le observé sentado en su sillón y comenté que al verle tenía unas ganas inmensas de llorar de gusto y él me dijo que: “si Homero no censuraba a los hombres que lloran tampoco él lo haría” después me pidió que leyera uno de mis poemas. Le gustó. Después me bautizó como un: extriste o como el ogro inteligente. Palabras, era un excelente malabarista de palabras e imágenes. Y como Byron un gran coleccionista de palabras y también de caballos, juguetes y otros objetos de magia o de arte. No podría elegir a uno de sus libros como favorito. Todos me hablan, todos me seducen de forma distinta. Sus cuentos, poemas, ensayos, todo tiene ese algo especial de lo magnífico. Pero existe algo muy particular y casi embrujante, en sus diarios. Sus diarios son poesía pura de donde nace la vida y la muerte. Tal belleza sólo puede pertenecer al jardín de un genio. Y lo digo con la certeza y seguridad de que es verdad. Un genio humilde. Sus diarios, que detalladamente nos muestran paso a paso, hora a día, las vicisitudes que el poeta tuvo que pasar para encontrarse y cumplir su hermosa misión aquí en la tierra y en la literatura. Una vez le escribí quejándome de la indiferencia de algunos poetas mexicanos hacia diversos temas o quejándome sobre la corrupción de ciertos poetas, él me contestó: “La poesía si verdadera se paga. Platica más con los poetas muertos que con los vivos.” Dormí junto a los cuadernos forrados de negro en donde escribía su diario. Los originales que cargaba de un lado a otro, de un país a otro, de un estado de ánimo a otra visión. Hasta que por fin se instaló en Thézy: “Vivo en Francia desde hace mucho tiempo. En París, ya lo sabéis por el Diario. De París me trasladé a la capital de Picardía, Amiens desde 1967 y con  Laura mi compañera, pintora, desde 1972. Vivimos desde 1990 en una aldea llamada Thézy-Glimont a 13 km de Amiens en casa propia.” Cádiz, Madrid, París, Perú, Amiens, vieron ir y venir al poeta en alegre y a veces trágico, desde la visión poética, periplo. Lo constante era su poesía, su sino, su genialidad jocosa. Su amor por los amigos, siempre rodeado de amigos y gente que le quiere. Y él a su vez queriéndolos a todos. Como el mar abraza, como la tierra recibe, como el cielo dignifica la claridad de la frente. Carlos Edmundo de Ory era un mundo de entrega. En lo personal pasear por entre las tumbas y jugar a decir palabras serias, alegres, apesadumbradas, luminosas, fue una lección de vida y de literatura. Jugar para saborear el lenguaje. La bella pronunciación de las cosas junto a un demiurgo. Con Carlos y Laura compartimos libros, poemas, viajes, collages, e intercambiamos visiones, gustos, sueños, palabras. En el 2004 comenzamos un diálogo que Carlos llamó, en uno de sus mensajes, diálogo peregrino. Y eso es nuestra larga plática. Un diálogo peregrino. Que afortunadamente continúa. Seguimos conversando: Laura, Carlos y yo. Continuamos con el ir y venir del mensaje, de poemas, de pulsaciones que imagino, compartirán los muchos otros lectores. Quien se acerque a su obra comenzará, como yo lo hice en algún momento, a conversar con este bello poeta. Poeta


humanamente humano que me sonrió un día y que no ha dejado de hacerlo. Poeta que me abrió su casa, su poesía y su corazón. Que me presentó a mí mismo como poeta, que me enseñó que siempre se puede mostrar uno de muchas formas pero que sólo se puede ser uno mismo de una sola manera: Fiel a la pulsación creativa, fiel al poema. Carlos y Laura escribieron: Sabed, ojos míos, ajos míos, hijos míos, que Karl Borromäus y Laura de Noves, novios diarios y nocturnos, paganos de la luna y el sol y el arco iris, os quieren                                                                                      mucho                                                                                      mecha                                                                                      macho

Esta ternura y estas manos libres: los cuentos de Carlos Edmundo de Ory Congregados al calor de la sombra de Carlos Edmundo de Ory, no faltan los elogios a una obra admirable. Siendo así, preferiría recordar un rasgo del hombre y del escritor, muy presente en sus cuentos, y que nunca olvidaremos quienes le conocimos y disfrutamos de su compañía, de sus palabras, de su emocionante y maravillosamente imprevisible sentido de la vida. Ese rasgo, que todos los lectores adivinamos en él y en sus textos, es su ternura, que defiendo porque corre a veces el riesgo de pasar desapercibida, como le suele ocurrir a la ternura misma. Quienes ahora tratamos de recordar apresuradamente su trayectoria no dejamos de advertir esa notable naturalidad para convocar la imaginación y el respeto alrededor de un hombre cuya palabra y vida no se han ajustado al canon del triunfo: apenas hay en su vida el esplendor típico y tópico de los honores institucionales; su peso, su extraordinario peso, su verdadero poder, es su literatura.

y esperan que nos veamos el día siempre pensado

Pero su peculiar manera de ser residía, a mi modo de ver, en esa convivencia íntima entre dignidad y ternura que, probablemente, es lo que produjo la asombrosa textura de sensibilidad que tan hermosamente encarnó en sus cuentos, una de las facetas más interesantes y menos estudiada del conjunto de su obra.

Carlos y Laura Marco Fonz

Sus libros, desde El bosque a los Cuentos sin hadas –incluso la novela Mephiboseth en Onou podría entenderse como un mosaico de relatos– se ubican, sin resistencia aparente, en la llamada “corriente fantástica”, esa suerte de almacén de curiosidades de la literatura donde la crítica acopia todo aquello que no se compra con la moneda fácil del sentido común. Dejo de lado esta clasificación, porque creo, como Cortázar, que gran parte de lo fantástico es una dimensión de lo real, y además porque esfumado el límite entre la prosa y el poema no se explica la restricción del término fantástico a la narrativa. En poesía aceptamos la metáfora de lo insólito, como si en el trance del hacer poético el escritor estuviera patrocinado por un poder de intuición superior que no lo visita cuando compone un cuento. Ory se adentra desde temprano en dicha corriente articulando lo extraordinario en los actos más sencillos y cotidianos. Lejos del juego de la imaginación, del ejercicio estético destinado a su propia perfección, cada cuento, surgido del sueño, entraña un braceo impaciente para disipar las sombras, para desbrozar las galerías que encubren su verdadero ser. El gran poeta francés, Alfred Jarry, dijo una vez, que lo que a él le interesaba verdaderamente no eran las leyes, sino las excepciones de las leyes; cuando había una excepción, para él había una realidad misteriosa y fantástica que valía la pena explorar, y toda su obra, todo su trabajo interior, estuvo siempre encaminado a buscar, no las tres cosas legisladas por la lógica aristotélica, sino las excepciones por las cuales podía pasar, podía colarse lo misterioso, lo fantástico. Todo eso no tiene en Carlos Edmundo de Ory nada de sobrenatural, de mágico, o de esotérico; por el contrario, ese sentimiento era tan natural en él, ese sentimiento de estar inmerso en un misterio continuo, del cual el mundo que estamos viviendo es solamente una parte, era en él tan poco extraordinario, que precisamente cuando su literatura, él mismo, lo acogen, con humildad, con naturalidad, cuando lo capta y lo barniza con la súbita y necesaria ternura, descubrimos que entrar a lo que su narrativa nos propone, minuciosa e impacientemente, es tocar la vida.


La angustia, la soledad, la pobreza, el dolor o incluso la crueldad, Ory los hace aparecer con tal recogimiento, con tal reverencia, con tal respetuoso reconocimiento de la fragilidad de la vida, que el mundo contemplado bajo su sensibilidad, convertido en su propio reflejo, nos permite atisbar su innumerable experiencia. En un comienzo pareciera que “lo que debe ser protegido” es todo aquello que es delicado o “quebradizo”. Mas, “lo que debe ser protegido” no es ni el sueño de un niño, ni la suerte de un animalito indefenso. El imperativo, más allá de los múltiples ejemplos que podamos encontrar en sus textos, llama a un ejercicio de lectura más agudo, que logre reunir nuestros hallazgos en una nueva dirección de sentido: “que Ory sea tierno diciendo las cosas más simples”. Así, esta propuesta de lectura de su obra narrativa a la luz de la ternura, convierte este concepto en origen y a la vez en travesía de cada cuento. La ternura se va mostrando como el lugar de protección de una promesa que, a la par, abriga, encierra y despliega en ella, de un modo paradójico, la posibilidad misma de toda escritura. La ternura es el lugar donde brota la poesía de Ory, porque dispone y determina lo que permanece en la memoria de cada relato ante cualquier peligro u oscilación. La ternura permanece como la llamada a encontrar en las cosas insignificantes, la promesa del tiempo de la plenitud. Y eso, aun en los cuentos más duros, pues como en la frase de Santa Teresa, en Carlos Edmundo de Ory “las palabras llevan a las acciones… preparan el alma, la alistan y la mueven a la ternura”. Por eso me he detenido, en esta intervención acerca de la narrativa de Ory en la ternura, porque es la ternura la que le lleva a acariciar de un modo especial las cosas, la literatura, el amor, los amigos, a considerar sus contornos, a entender lo que a los fantasmas, vagabundos, locos, amantes y suicidas de sus cuentos les hace tales, a considerar su esencial densidad, analizando sus límites, sus grados de elasticidad y tensión. Porque la ternura implica un modo de conocimiento que emplea la cercanía de un modo inmediato. Porque es este amor, esta filia específicamente infantil, no un erotismo desenfrenado, ni un deseo de posesión devorador, ni un desgarramiento trágico y romántico, el que otorga la tonalidad específica a sus cuentos. Es la ternura la que da cuenta de su violencia particular, es ella la modulación de su fuerza. Y no es que Ory no sea a veces terrorífico o devastador, incluso. Pero lo es sin afán persecutorio, sin obcecación ni alevosía. Lo es en la concentración total del juego, en el gesto discontinuo de quien impacta un clavo, destroza algo precioso, agacha la cabeza y luego se dedica a otra cosa. Lo es con esa especie de carencia de alma con que los niños se deshebran entre sí, se critican, se desnudan, chocan aparatosamente. Temibles pero inocentes, deconstructores sonrientes. Convengamos, por tanto, en que las líneas definidas de su narrativa y de su vida, la claridad de su decir, su falta de tormenta, de borrasca, no podría aprehenderse del todo sino se acompaña de esa ternura, no sólo de la ironía y del humor, sino específicamente del cuidado por lo frágil, de una cierta debilidad en el golpe. Sus cuentos, por tanto, no son más que un acercamiento distinto al que podemos considerar el tema capital de su obra: la mirada paciente y amorosa sobre todas las cosas y todas las personas que nos rodean. Lo que ocurre es que aquí la ternura no se parapeta tras la risa, sino que se esconde, casi a traición, en una infinita tristeza urdida de recuerdos y añoranzas, de ausencias y de vidas imposibles. “Todo un mundo creado con una consistencia humana impresionante”, como señaló

Joan Fuster, a propósito de su libro El alfabeto griego, en 1970. En la compleja simplicidad de uno de sus relatos, La lista, puede leerse: “allá Arriba, el tiempo de ida y el tiempo de vuelta son una misma cosa”. Acá abajo, Carlos fue conmigo de una generosidad absoluta. Pasé con él  días llenos de emociones, de modificaciones súbitas del pensamiento, momentos presididos por la magia, por la magia de la conversación, la magia de las miradas, la magia de los libros, por su manera diferente de respirar y de interpretar el mundo. Y ahora que físicamente no lo habita me pregunto: ¿Volverá Carlos alguna vez convertido de nuevo en poeta, o en algún mago, filósofo, danzarín o músico? ¿Volverá él mismo con sus ojos de niño emergiendo al erotismo adolescente? ¿Regresará más inteligente y más guapo? ¿O es que acaso su ternura, infantil, desdramatizada y loca, habrá muerto para siempre? José Manuel García Gil

Músico de la vida Mi Amado Carlos, Por aquí, hay que joderse, no paran de decirme que te has ido para siempre.., están más locos que yo, y lo que es peor, hay quien se empeña en convencerme de ello, como si tú y yo no supiéramos que en absoluto es así, que entre nosotros permanece intacto el mismo vínculo espiritual y carnal, sí, “carnal” también, ¿verdad? Muchos no saben la de horas que hemos pasado cogiditos de la mano, la de besos y abrazos.., y el tiempo, siempre corto, en que te cantaba y contaba mis cosas, las que tú sólo sabes y las que yo únicamente sé de ti. De todas formas, y hasta que no nos volvamos a ver, no quiero dejar de decirte una vez más lo que significas para mí, lo que me has enseñado y sobre todo, el amor que me das.., y no te preocupes, intentaré decir menos tacos, aunque los dos sabemos que muchas veces me tirabas de mi mala lengua para que los soltara, porque al final de la historia te hacían reír, como mis teatrales enfados, mis imitaciones.., la cuestión era verte feliz. En cuanto a tus consejos, como sabes hago lo de costumbre: saltarme un montón de ellos, pero la gran mayoría los llevo grabados en mi mente, escritos.., para precisamente, eso, discutirlos y llevarte la contraria, ya sabes que no tengo solución. Desde tu casita y familia en Jerez, besos babosos y lo que tú quieras.., no te olvides de nosotros, ¿vale? ¡Hasta prontito, Carlitos mío!

Fernando García de Polavieja


El hombrecito gigantesco

por la neurosis, por la fiebre, por el sollozo de los borrachos por la simiente de una fruta y por las aristas de un féretro por las fábulas indias, por la costa del mar del mar del mar

Parece haber viajado tanto Mírenlo ir y venir como sonámbulo pisando su delicadeza, atropellando su ternura Mírenlo cómo corre por países barrios páginas personas Se le ve deambular por calles cavernarias en las que de una puerta sale un grito de hambre y de otra puerta un vendaval de hastío y de otra puerta un no me dejes lóbrego que segrega partículas de año y astillas de calendario taciturno Se le ve caminar aniñado de emoción colosal contra la oscuridad tumultuosa de cuyo abrasador silencio emerge el sobresalto de un pequeño violín Y se le ve dubitativo por las grandes ciudades de cuyas mitológicas ventanas caen personas ardiendo y murmurando socorro socorro En qué piensa este hombre de corta estatura que abraza al saludar y no ha aprendido a despedirse Hay mucho arroyo y numeroso océano en su cabeza repentina Con una atención torrencial persigue en las metáforas los sonidos de tempestad de los astros y los recuerdos Pronuncia noche y se refiere a la teta inmortal en donde maman los lobeznos de siglo pronuncia ayer y nace un filo a ese vocablo fabuloso con el que taja las edades atávicas, lejanas, torturantes que así quedan goteando lentamente ayer ayer ayer sobre el poema Sus sienes son de goma, de grieta y de abundancia de nueve meses dentro de otros nueve y tiene arrugas de cansancio y piedad y de espanto y de escrúpulo fraterno sobre su corazón su corazón Carlos Edmundo de Ory y su emoción de cabecera viajan por los países y por los clásicos por george trakl y por montmartre por dostoievski y américa del sur por la soledad de su cuarto y la piel de denise por la locura de los surrealistas y por su madrid enjoyado por nanda papiri

Eres patético y gentil tan dividido, tan multiplicado Una extraña soberbia biznieta de una lágrima y rigurosamente pariente del fervor te hace ponerle música a la angustia y dedicar al pánico un madrigal de ébano y reclinar a lo tempestuoso sobre la barriga solemne de un violonchelo patriarcal cuyo son cuya almohada significa mucho amor a la vida mucho amor mucho amor casi todo el amor amenazada música tremenda en la noche del mundo Parece haber viajado tanto Leo en esta madrugada sus libros de viajes oigo su música de asombro y saber y perdón y lo veo remontando su existencia bárbara y exquisita avanzando por países y muertos enriquecedores avanzando por los amigos y por las montañas avanzando torcido de cariño debajo del espacio avanzando hacia el mar hacia el desierto avanzando hacia el llanto de aquellos que lo aman y haciendo de su viaje un esfuerzo increíble por clavarle al olvido un arpón de memoria: su ory de amor, su tizne de amargura, su alfiler de ilusión insensata, su gota de verdad su ventisquero de alegría. [1964]

Félix Grande


Metaory, I

Tango para Carlos Edmundo de Ory

Yo te recuerdo a ti, mi única reverencia desde la majestad que brota de entregarse, en tu taller de Amiens, como locomotora que persigue en su marcha a su indecible aullido. Y más que desnortado, en la ternura cumbre ávido de más vuelos, de las intensidades y las nieblas porosas surgir como una avispa que quisiera picar para morir.

Aquí tengo dos copas y un caro champán rosado Bebamos amigo mío sin labios como si fuera un delito Exentos de ambiciones de rencor Esperando lo que nunca llega

Tú como yo o yo como tú has tenido una cabaña Que flotaba en las nubes o tierra adentro en alta mar Océano de hojas y páginas era nuestro sueño El fuego coronando nuestras noches No nos pongamos graves ni trascendentes Que las campanas no han de repicar a muerto Mientras bailamos un tango

Estamos vivos bebamos a la salud de los cuervos Suba la música embriagada de tinieblas Tú quieres un toque flamenco por alegrías de Cádiz Yo un son de Cuba pero acordamos mejor un tango El bandoneón es un lobo que ladra bajo la luna llena

Salimos a la pista vacía En la pavorosa soledad no hay sobrevida Bailamos como dos potros desbocados al azar Por llanuras infinitas sin movernos Lauro –me dijiste– no temas a hacer el ridículo

Eso te hará mejor poeta Y si fueras Dios qué harías preguntaste: Ponerle un presevativo a la Vía Láctea ¿Imaginas a dónde vamos a parar en una eyaculación astral? Y qué haríamos pobres mortales si ahora no bailamos un tango Y de qué sirve gastar dinero en reparar dientes Para triturar y deglutir la nada Cuya excrecencia no tiene forma ni color

Entonces qué mejor que bailar un tango dos que no lo saben bailarlo Tus pies enredándose en los míos Abrazados como dos chimpancés ebrios de champán A puntos de caernos Mejor te propuse hablemos de Rimbaud Laura tu mujer mira a Lauro

Calambres, muecas acribilladas, gemidos asfixiantes y una práctica densa de luto vertebrado en tus ojos horrendos de descubrir la muerte, habitación en ellos de guadañas y filos, quebradizos cristales, aposentados fieles al martirio de luz, en ti yo los recuerdo monstruosos por angélicos, que darte por vencido en mi pecho no es justo, ni hermoso pasa nada para que te descarte por la sustitución de cosas sin cosquillas . Y como el que va a misa a encontrarse con signos de su preexistencia, yo me quedo en tus versos acurrucado y mondo para encontrarte a ti que, lejano, me añades a tus ensoñaciones y a tu inflación de amor.

Antonio Hernández


Sonriendo y resignada El camarero invita porque no son dos borrachos Un anciano y un joven equívoca pareja Sino dos poetas que bailan Sobre febriles palabras de música y llanto Mejor bebamos este carísimo champán rosado Hecho con sangre de pájaros heridos Además los amigos nos miran con cara de pocos amigos Estamos haciendo el ridículo Pero a nosotros qué no nos importa si ya no importa nada Y los que miran mientras te abrazo Seguro piensan lo que no es. Alberto Lauro

Este chico

Estate quieto Carlos deja de molestar a los señores cuántas veces hemos de decirte que no se orina en el té ni se come la nieve ve a jugar abajo con tus astros favoritos sal un rato al jardín saca a pasear tu leopardi

Este chico ustedes sabrán disculparle recriado en la clara alameda de Cádiz se asilvestró en la capital pasó mucha hambre de aeroplanos de espacio de fe viajó a sus adentros en trenes de ganado los funcionarios le sorprendieron tiritando de alegría y antes de las doce estaba de vuelta en baudelaire

No tienes remedio Carlos si sigues flagelando a los invitados con esos versos tremendmundos vas a ganarte un trakl en las nalgas o un buen azote en el blok

Lección de desobediencia Su escritura es una vasta cantera luminosa: poemas, ensayos, ‘aerolitos’, novelas, diarios... Su actitud, un gesto de distanciada aristocracia, de indiferencia a los cauces reglamentarios de la literatura, asumiendo con ánimo lobuno las consecuencias. Carlos Edmundo de Ory es uno de los poetas con cultivo más sorprendente de la segunda mitad del siglo XX. Un ser apartado, riguroso y delirante. Escogió Francia como territorio de vida en los años 50. Y esa osadía, en un país como España, se paga. No le concedieron nunca un premio oficial. Un reconocimiento de esos que abundan en la galaxia de los burócratas. Tampoco lo necesitaba. Su poesía vuela mejor sin ciertas cadenas. Era un vanguardista de los de honda voz, no de aquellos que se quedaron colgados en sus primaveras mentales. Un poeta eminentemente plástico, con tentáculos en aquel simbolismo lejano que vive de la música. Pero también un creador de largo alcance más allá de la sonoridad, huroneador de espacios nuevos donde la intuición ejercía de rama de almendro para el zahorí. Aquilatado en la irreverencia y en el espacio fundacional del delirio como motor de explosión de una nueva conciencia del mundo, su obra tiene –una vez despejada de todo aquello de lo que podemos prescindir–, esa carga de sabiduría de quien conoce la tradición y la metaboliza dándole otra posibilidad inflamable. Su ADN se confeccionó con las aspas de aquel Postismo que fundó junto a Eduardo Chicharro y Silvano Sernesi. De ahí salió una identidad hecha de afanes inquebrantables y aventura con las palabras. A algunos de los que nos hemos acercado hasta su extraña jurisdicción nos ha enseñado el rigor de la exigencia lúdica, el calambre de un pensamiento hecho de vértigos y hermosísimos suicidios. El alcance de sus hallazgos se sabrá plenamente más adelante. Pero asomaos un rato aquí: “No te quedes quieto mirándome/ como si quisieras decirme/ que hay demasiadas cosas mudas/ debajo de lo que se dice”. No hay duda: veremos un día que su canto es una resistencia disfrazada de lírico disparate. Un aullido entre dos risas. Un llanto exquisito. Una voladura. Qué necesario legado en días de tedio cultural. No hubo poeta más raro en su generación. Pues su rareza era desobedecer. Y ahí son pocos.

Antonio Lucas

Como les decía este muchacho desperdició su pubertad profanando aduanas se le llenó la cabeza de tinta y lágrimas y se entregó a la vida ociosa de las rimas campeando por la vida con qué soberbia y sin mirar jamás por el dinero

Por dios Carlos repórtate vas a cumplir ochenta años y no ha nacido quien te dome

Helo aquí miren ustedes todo vanitas y voluptas todo belleza y dolor todo zenón y buda ni logramos hacer carrera de él ni pudimos enmendarle una línea y ya está bien Carlitos ponte de una vez tu pijama de oro da las buenas noches y los besos de rigor o qué van a pensar de ti estos caballeros recién llegados ay de la Academia Sueca. Alejandro Luque Foto: Kiki


Cerrar el circulo

No sé cuándo. Tal vez cuando la tierra ponga diminutos hilos ocres encima de mis párpados. Cuando mi cuerpo albergue los silencios de la lombriz y de la escolopendra. Tal vez más tarde. Cuando la sombra de mis huesos sea delgada y apenas pese un poco más que el viento. Entonces, puede ser. Hallaré el gusto de la palabra aquella, el eje exacto donde el sentido importa lo que el tono, la letra o el sonido lo que el alma. Como cuando nacimos a la vida.

Yo no estoy solo aunque me llame Carlos (Aerolitos al modo Oryano)

Josefa Parra

De mi biografía: Año 78, me compro Metanoia en una librería de Zaragoza. 250 pesetas. Con 17 años me hago Oryano y poeta. To be or not to be. (Shakespeare). To do is to be. (Descartes).To be is to do. (Platón). Do be do be do. (Sinatra) An Hell: El ángel protector de Carlos se llama Cahethel. Carlos sobrevivió a Cahethel y le salvó dos veces de la inmolación. Frente a la sinfonía de los idiotas y furiosos, siempre su Música de lobo. Chocolatinas del mundo, uníos. Versos de pronto: con risa sin PRISA. Con demonio y carne por sombrero pero sin MUNDO. Con copas y ambrosías sin enCOPEtamientos. Contra la estética anestesiada, cirugía ética. Si a la Cabaña subiste y a la Ternura bajaste, miserable, debes estar hecho polvo, Burt Lancaster. De mi biografía: 1994, en un concierto en Zaragoza, en la fiesta que cierra un congreso sobre Miguel Labordeta. Carlos se sube al escenario conmigo con un vaso de oro en las manos y rapea y recita como un chamán a ritmo de reggae. Descripción de Ory con acompañamiento de flautas prohibidas: Él fue el hereje que hizo un ERE al lenguaje de los eremitas. No le enterraron vestido de payaso sino de mar a la sombra del fuego. “Yo no estoy solo aunque me llame carlos”, escribe Ory el 13 de septiembre de 1973, dos días después del golpe de Pinochet en Chile. Ángel Petisme


Las Ollerías

El sueño del lobo

Para el homenaje a Carlos Edmundo de Ory

Aún es pronto para volver a casa: me han curvado la espalda los enanos que he venido cargando desde siempre, los que duermen la siesta en mis bolsillos para ralentizar mi digestión. Aún es pronto para volver a casa, aunque pisé los límites. Pensé que nadie me podría reconocer. Escuché los ladridos, temí el polvo naranja. Recordé la alcancía oculta bajo el mueble. ¿Qué ha sido del nervio, el escondite bajo un muslo de reina y el metal de unas manos? Ahora los disfraces son de piel y miro la avenida desde lejos, ya muy lejos del sol y de los otros, que alguna vez volaron para aplacar mi fiebre. Sé lo que estás pensando: aún es pronto, y casi no he cumplido mis pactos con la vida. Es muy pronto aún, pero qué esperas, si tu voz se me clava en los tobillos y me amansa la angustia, el temor de un insomnio. Dentro, en mí, habitas aún la casa. Otros vinieron antes, y ya la vaciaron de ti, de tus vestidos, de tus plantas vivaces a las que siempre hablabas de mí, entre otras cosas.

Joaquín Pérez Azaustre

A semejanza de don Juan, el indio yaqui de Carlos Castaneda, la voluntad poética de Carlos Edmundo de Ory vivió movida por un centro con tres puntos silenciosos: el soñar, el sentir, el ver. Podríamos decir, pues, que en su poesía se encarna con rebeldía inigualable aquella aspiración del romanticismo germano y universal que, como el mismo poeta dejó escrito en su Diario, representa “el ansia de infinito” y “la eterna sehnsucht”. Esa concepción de la poesía, larvada en la fuerza de lo humano, desposeída de lo que ella entiende y siente como el aura primigenia de los dioses, no cesa en su perpetua búsqueda. El anhelo, la nostalgia y la angustia son sus impulsos ineludibles. Y como imantación máxima, como fuerza pánica o principio que lo envuelve todo: el principio creador del amor. Porque nada en la poesía de Ory es capaz de argumentarse sin esa suerte de panerotismo universal que mueve la razón misma de los seres, los sentimientos más ocultos y los rincones secretos de las cosas. Digamos que en ese terreno Ory parece estar tocado, por decirlo al arrimo de tres de sus voces maestras, con la ternura turbadora de poetas como Charles Baudelaire, César Vallejo o PierreJean Jouve, voces que desvelaron sin tapujos las contradictorias heridas de la existencia humana. Desde Poesía primera, su juvenília gaditana, a Melos melancolía, con títulos inolvidables como Poemas, Música de lobo, Soneto vivo, Técnica y llanto, Miserable ternura, Cabaña o Lee sin temor, el acontecer poético carloedmundiano no hace otra cosa que poner de manifiesto su profunda conciencia de desarraigado, de un ser en extranjería que hurga en la herida abierta entre poesía y realidad. En este orden, que esconde de profundis un espíritu trágico, nuestro poeta es la misma representación de un anhelo metafísico en el que convergen experiencia sagrada y demonismo a ultranza. Desde esta ladera, y tras una larga andadura de solista proscrito en la que se hermanan el poeta de vanguardia y el Postismo con su voluntario aislamiento a lo largo de casi sesenta años, Ory se nos antoja un caso sin parangón en la poesía hispánica del pasado siglo. Pocos como él han sabido hacer de su visión del mundo la materialización misma de un lenguaje poético asido a la ruptura permanente, de un humor transido de melancolía, de una imaginación creadora que hace de la palabra el centro mimo de conflicto y agitación. Agramaticalidad, fragmentación, onirismo, nerobarroquismo expresivo y polifonía verbal son sus señas más socorridas. O lo que es lo mismo: el sueño de la poesía –ese “otro” soñar, esos otros sentir y ver– no existe sin la razón de una profunda antagonía. Y esa fue y sigue siendo la enseñanza vigilante de Carlos Edmundo de Ory. El cielo y el infierno nunca estuvieron tan cercanos: “Mi poesía no sale por la puerta de todos: / sale por la rendija del mundo / por las alcantarillas del siglo / por las uñas de un criminal arrepentido. / Vamos a la cama, vamos a jugar a las tinieblas. / Vamos a soñar con un perfil de lobos”. Jaume Pont

Foto Laura Lachéroy


Ory ya es una estrella

Escribir con una espada

La luz es nuestro regalo. Ella hace posible la vida en la Tierra. Pero sólo contados seres tienen el don de darle cuerpo. Dicen que uno de esos seres, el poeta Carlos Edmundo de Ory, acaba de morir. Pero a los que fuimos sus amigos nos consta que no es exactamente así. Desaparecer no es morir. Aceptamos que Carlos haya desaparecido, pero no aceptamos que su luz se haya apagado. Sólo se ha cambiado de sitio para convertirse en eterna. Astrónomos, corran a sus telescopios: la nova Ory empieza esta noche a emitir sus fulgores azules, rojos, amarillos y verdes, que seguirán alcanzándonos mientras seamos capaces de leer poesía. Ciega, sorda y muda ha de estar una sociedad, una comunidad de hablantes, para que una desaparición así no la conmueva hasta la médula. Si supiéramos quién era el que ha desaparecido haríamos un duelo nacional morrocotudo, porque Ory (pregunten a los que de verdad saben de esto) era hasta el día de ayer nuestro mejor poeta vivo. Pero está bien así, porque a Carlos, un hombre que ascendió a la sencillez desde la más profunda complejidad, no le hubiera gustado. Además de poeta (mejor: a causa de ello) fue un sabio con sabiduría de niño, un filósofo con filosofía de gato, un maestro con la maestría de Diógenes. Un brillante andaluz, un andalúcido. Sus amigos lloramos su desaparición, lloramos a quien escribió: “No censuro a los que lloran”.

(tumoración sobre un poema de Carlos Edmundo de Ory) Escribir con una espada, dice. Escribir dentro de una caracola, traduciendo el mar y el tintineo idiota de la sal. El idioma del mar o un ejército de muñecos rotos de porcelana dispuestos en la orilla, girando sus cabezas a la vez cada nueva ola. Escribir porcelana y dejarla caer desde un sexto piso. Con una espada, dice, porque algo tiene que sangrar si queremos que haya vida. Escribir entonces con una espada, o dentro de una caracola, o en los mil pedazos de una vajilla rota. Pero escribir y que en algún trozo diga: acariciar sin tener manos. Es una orden. Encontrar pedazos de luna en los bolsillos. Que ese sea el principio básico de una religión azul. Un largo viaje de palabra a palabra, de este mundo al fin de todos. Y todo eso con una espada porque tiene que existir el filo si queremos que haya vida. Comprar una playa a gritos. Comprar un grito a versos. Escribir una espada y clavarla en la orilla frente a un ejército de muñecos blancos. Que giren sus cabezas blancas y digan nieve o algodón. Ir al infierno a ver a un amigo. Ir al infierno a pintar un graffiti con la caligrafía de un sueño y la forma de una caracola. Ir al infierno a decir poema y abrazarse al eco. Eso podría ser. Escribir con una espada y cortar de cuajo el último verso, porque debe ser imperfecto lo que llamamos vida.

Murió el tío raro que no concedía entrevistas, que detestaba oírse llamar maestro. Durante toda su vida despreció convertirse en una estrella mediática. Ahora mismo es una estrella real. Y allá arriba luce y lucirá por los siglos de los siglos. Mientras haya estrellas. Mientras haya bibliotecas.

  Raúl Quinto

Alberto Porlan

Dibujo: Laura Lachéroy

Foto: Kiki


Inspiraciones Hay un poema de Carlos Edmundo de Ory que, cuando lo leí por primera vez, me impresionó con tal viveza que ha logrado permanecer en mi memoria (aunque esto tampoco es de extrañar, pues ocurre con bastantes poemas de este autor). Es un poema de apariencia muy simple, con un ritmo muy marcado cuya base es el hexasílabo. Su sonoridad recuerda la de un conjuro o un sortilegio, y el lector siente que se le trasmite algo así como un conocimiento oculto o prohibido. Un elemento esencial de la poesía de Carlos Edmundo de Ory es la religión. Ory ha sido un estudioso de la alta magia y del esoterismo. Las referencias a las culturas religiosas de India, Egipto, Grecia, etc. son habituales en su poesía. Esta asimilación, ya digo, se refleja en los versos del poema al que me refiero.

Sueños demóticos de mujer

Una mujer sueña que da a luz un gato tendrá muchos hijos

Una mujer sueña que da a luz un perro tendrá un solo hijo

Una mujer sueña que da a luz un cuervo tendrá un hijo loco

El poema está fechado en París, a 6 de abril de 1965. Este poema tan inspirado, tan cargado de resonancias mágicas, tan bello, parece que ya hubiera sido escrito. Esa sensación de que es un poema antiquísimo persiste en la memoria. ¿Ory es un hierofante que conecta con lo divino y escribe como sacerdote de Egipto o de Eleusis? ¿Parece este poema escrito por un autor español a mediados de los años sesenta? Parto de una suposición: Ory, buscador incansable, pudo, tal vez, leer, a principio de los sesenta, en París, un libro que trata sobre los sueños en el Antiguo Egipto: “Les songes et leur interprétation dans l’Égypte ancienne”, Sources Orientales 2, Paris, Seuil, 1959, de Serge Sauneron. El señor Sauneron ofrece una traducción de los papiros 50.138 y 50.139 del Museo de El Cairo en la página 37. Estos textos primitivos son relaciones de sueños sexuales femeninos:

Si una mujer besa a su marido, tendrá pesares; si un caballo se une a ella, se mostrará violenta con su marido; si un asno se une a ella, será castigada por una falta grave; si un macho cabrío se une a ella, morirá pronto; si un morueco se une a ella, el Faraón la hará objeto de sus bondades; si un sirio se une a ella, llorará, porque dejará que un esclavo se una a ella; si pare un gato, tendrá muchos hijos; si pare un perro, tendrá un hijo varón; Si pare un asno, tendrá un hijo idiota; Si pare un cocodrilo, tendrá muchos hijos.

Ory asimila magistralmente tres líneas de esos papiros escritos en demótico y las convierte en poesía. No cabe duda de que el texto de Ory es mucho más hermoso y efectivo que el texto original. ¿Podríamos hablar en este caso de asimilación y recreación, de arqueología literaria? No sé; pero esta es, sin duda, otra muestra de la genialidad de Carlos Edmundo de Ory. Rafael Ramírez Escoto


Mi lucha contra la mosca En memoria de C. E. de Ory Ángel mío, ¿me anuncias mi mañana? Anúnciame también otro esplendor. Ángel negro y sonoro, tartamudo, ¿qué sol has visto en mí que me cantas y el mar nos ha cercado? Qué solos estamos, ¿verdad? Qué solos estamos. De mi cuerpo al cristal, el paraíso es tu misión que zumba, tu ovillo peligroso. Tanto luchamos y ninguno puede abrir esa ventana. Ni tú ni yo veremos quién te envía a escribir en mi piel con tus espadas, con los dedos de Ruth. Mi familia marchó, yo luché con la mosca. Una mañana y una tarde y un día estuve luchando con ella. Se rompieron los sellos más líquidos de otoño. Detrás de la ventana era amarilla la eternidad. Y el oro peregrino se detuvo en las cofias asombradas de las muchachas belgas al salir del sermón. Nada supe después, nada aprendí, sino una montaña transparente, un alud de leves huesos hacia arriba, rocío del milagro. Yo que pude haber visto el temblor de la eterna primavera, yo que pude haber sido otro ángel más dócil, tuve sólo la gloria de luchar al borde del Edén. Si vuelves, mosca mía, si regresas de pronto y ya no estoy, si acaso duermo en una calabaza, despiértame, exterminio, despiértame sonando, clarín de Apocalipsis, mi azul revelación. Y yo, que aguardo el día, lucharé, yo que espero la gracia.

José Luis Rey

La luz de Ory Durante una parte de mi juventud estuve convencido de que Carlos Edmundo de Ory pertenecía a esa estirpe de poetas esotéricos que reciben la palabra dictada desde algún rincón oculto del universo, sin que se interponga entre ellos la propia voluntad del artista. Muchas veces le oí decir que él solamente cumplía funciones de médium en el proceso del acto creativo, y que el sobrenombre de poeta no era más que una pretenciosa pedantería, ya que el papel de este se reducía a servir de correa transmisora en el momento de la revelación y nada más. Por eso le parecía ridículo y pedante lucir el cartelito de poeta, como si fuera un título adquirido o un mérito profesional. A mí todo ese misterio me trastornaba un poco, pero pronto comprobé que tras ese fogonazo iluminador se escondían muchas horas de trabajo, cambiando vocablos, limando versos y devolviendo el color natural a las palabras veladas por exceso de luz o ensombrecidas por la oscuridad.. Tanto por la actitud deliberadamente antiliteraria que cultivó durante toda su vida, como por su originalidad en las maneras de configurar las metáforas, asociar las ideas o articular el lenguaje, Ory me fascinó desde el primer momento. Recuerdo que cuando leí un poema suyo en el Diario de Cádiz, allá por el año 1970, tuve la sensación de haberme encontrado con algo completamente distinto a lo que hasta entonces había leído. No se trataba de un poema al uso, trazado desde el recinto de las emociones o la reflexión, sino de un texto aparentemente antilírico, donde las palabras colisionaban entre sí, produciendo una música que jamás escuché antes y, como ocurre en las canciones de Alban Berg, me sorprendía, sin tener muy claro el efecto que su sonoridad producía en mí. Tuve la osadía juvenil de escribirle una carta a su dirección de Amiens, donde vivía y trabajaba por aquellas fechas, expresándole mis inquietudes literarias y mis opiniones sobre aquel poema. Me contestó enseguida, en un papel mecanografiado máquina donde todas las letras “o” estaban perforadas. Nunca cambió de máquina, pues pensaba que así respiraban mejor el texto y las ideas. Me hacía hincapié en la dialéctica negativa y de las sinergias que se producían en el mundo. Relacionaba a Buda con Cristo, a Lao-Tse con Sócrates, a Confucio con Hegel, e insitía en que tras la intuición de la totalidad del universo era posible la negación de todo, y esa negación era el camino para encontrar al ser en estado puro, como la palabra poética. Naturalmente, a un joven de dieciocho años de principios de los setenta, tal argumentación le sonaba a chino, y no tuve reparos en pedirle explicaciones. Tardó un tiempo en contestarme, y por fin me dijo: “Tu frase me inhibió. Quedarse en Sócrates está bien para los Tovar, amigo mío. En España se sabe poco de Buda. Sin contar que Zubiri no es Heidegger.” Quiero decir con esto que Ory entendía el pensamiento como un proceso convergente de varias energías que se desarrollaban en distintos espacios y momentos del mundo, y que en sus respectivos desarrollos se rozaban, incluso libraban temibles batallas para finalmente encontrarse en la negación de sus orígenes. La poesía, pues, era la espina limpia de ese pensamiento presente y desaparecido a la vez. No es extraño que tras un discurso de estas características el nombre de Ory no circulara entre los manuales y antologías de la época, ya que, tanto por sus lecturas como por su concepción poética, se le consideraba como un autor perteneciente a otras tradiciones y usos del lenguaje. Para nosotros, un grupo de jóvenes aspirantes a adentrarnos en el espacio de la poesía, entre los que se encontraba


Jesús Fernández Palacios y Rafael de Cózar, el apadrinamiento de Carlos fue más que una suerte, pues de alguna manera, nos desvió del “buen camino”, invitándonos a conocer otra poesía diferente a la que se frecuentaba en aquellos momentos difíciles para un país como España, que aún conservaba vivito a su dictador y aún no había iniciado su apertura política y cultural. Carlos nos enseñó a creer en el lenguaje como un juego en continua creación, capaz de remover las emociones más internas del ser humano, pero también de reforzar la integridad moral contra las imposiciones sistemáticas, y trató de mostrarnos la rebelión contra todo tipo de gregarismo, el aislamiento como el territorio idóneo de la escritura y el desdén por todo lo que significara aplauso fácil y gloria de espuma. Tras la muerte de Ory intento hacer balance del largo camino recorrido junto a él y su obra, y creo que personalmente le debo tanto a su figura como hombre y amigo como a su poesía. En una sociedad tan proclive a la vanidad como la nuestra, es más que meritorio una conducta al margen de las alharacas mediáticas y oficiales, por muchas contradicciones que el poeta, como ser humano, mostrase en determinadas ocasiones. Por ejemplo, siempre me llamó la atención cuánto le atraía el mundo de la infancia. En cualquier reunión donde hubiera niños, solía dejar a losadultos en su conversación, para ir a jugar con los más pequeños. El mago Ory, lo llamaban nuestros hijos. Lo constataba la viveza de sus ojos: una mirada cómplice de pillo que lo delataba y que duró hasta pocos meses antes de sus fallecimiento, cuando comenzó a extinguirse la luz de sus pupilas. Sin embargo, aquel fogonazo refulgente bajo el que aparecía el poema seguirá alumbrando el camino de su palabra única. José Ramón Ripoll

Carlos Edmundo de Ory, un recuerdo HOY, el periódico local traía la noticia de la muerte de Carlos Edmundo de Ory, a los 87 años, en la localidad francesa de Thézy-Glimont, en otro mundo como quien dice, que era donde el poeta vivía desde joven. A Ory, le conocí en el otoño de 1971, en un viaje en el día que hice a Amiens, desde París, para ir a visitarle en la “cabaña” en la que vivía, en la rue Saint-Funcien, una calle que se perdía no ya en el extrarradio, sino en pleno campo, cerca de unos bosquecillos. Aquel paisaje desaparecería enseguida engullido por construcciones y urbanizaciones diversas. Una peregrinación literaria, la mía, en una época en la que creía que los delirios eran lo mío, y sin duda lo eran. Y en la poesía de Ory en su vida (puesta en el escenario del papel) había una mezcla de delirio, entusiasmo, rebeldía que para una ciudad y un mundo manso como era le mío resultaba ejemplar. Cuando llegué, a primera hora de la tarde, Ory no estaba en su casa, en su buhardilla quiero decir, así que me fui hasta un cruce cercano donde había un bar, a esperarle; un bar que tenía un minigolf que había conocido mejores tiempos. El lugar estaba desierto y quien estaba al cargo del local me miraba de cuando en cuando con franca suspicacia a través del vidrio redondo de la puerta de la cocina. Era un día muy otoñal, gris, de cielo oscuro y bajo, con mucho viento. El lugar resultaba desolado. Al fin apareció Ory en escena. Llegó montado en una motocicleta desvencijada con una bufanda al viento del otoño. Vivía muy pobremente en lo que él llamaba “mi cabaña”, que en realidad eran los desvanes nada confortables de una modesta casa de campesinos habilitado como vivienda más precaria que otra cosa. Cuando la dueña de la casa abrió la puerta, Ory apareció en lo alto de la escalera y me hizo subir a su buhardilla que estaba iluminada por una pequeña claraboya, a través de la que se veía el cielo gris de la tarde. Entré allí más muerto que vivo. Él era el poeta que admirábamos gracias a la edición que hizo Félix Grande de sus poemas, acompañado del texto más hermoso que se haya escrito sobre Ory. El poeta, entonces, tendría 48 años, yo acababa de cumplir 21. Me regaló algunos libros –Música de Lobo y el que le editó en Zaragoza Giménez-Arnau y alguna cosa más que no recuerdo– y no me dedicó ninguno porque las dedicatorias eran burguesas. Eso dijo al menos. Miraba mucho Ory lo que era burgués y convencional, y lo que no; lo que era poético y lo que no. Seguía siendo postista. No era difícil darse cuenta de que Ory vivía entonces de manera muy pobre y ordenada entre muebles descalabrados y precarios, y muchos libros en estantes de tablones reciclados... Unas mamparas de lo mismo separaban la escueta cocina –el comer y la cocina no era lo suyo– del minúsculo retrete. La mesa cubierta con un hule, bajo la claraboya, los cuadernos de los diarios, de hule también, que tanto prestigio tuvieron entre quienes los convirtieron en un mito. Había uno sobre la mesa, como si acabara de tomar alguna de sus intensas y arrebatadas anotaciones. Ory vivía en la desposesión porque no le quedaba más remedio. No creo que su empleo en la biblioteca municipal de Amiens diera para más. Pasamos una tarde de cháchara vagamente poética con mucho aerolito, mucho incienso en el aire


y mucha actuación del poeta haciendo de poeta, delirando, recitando, riendo y llorando. Una tarde confusa. Y más confusa cuanto más la recuerdo en sus detalles. Luego llegaron dos chicas con grandes aficiones poéticas y mucho desparpajo, vagamente jipiodes, o algo así. Ninguna de las dos era Laure. A Laure la conocí en otro viaje. En aquel primero, Ory estaba tumbado en su cama hablando de poesía y los demás sentados como podíamos a su alrededor (más o menos porque la piltra estaba pegada a la pared), apiñados. Afuera el viento del otoño soplaba con fuerza. Cuando me despedí, ya de oscurecida, allí se quedaron las chicas riéndose en el hueco de la escalera. Fue una despedida postista en toda regla. Unos meses antes le había enviado los primeros poemas que publiqué. Recuerdo bien la emoción que sentí cuando vi su carta de contestación encima de la mesa de mi cuarto. Generosa, cordial. Luego hubo bastantes encuentros, en su casa de Amiens, con Laure a quien recuerdo como una persona risueña, encantadora y delicada, en París y en algún otro lado. En enero de 1976, después de haber cenado en una pizzería de la rue de la Harpe y de haber tenido una bronca por cuenta de un talón bancario con el que Ory pretendía pagar la cena, le despedí en un andén de la gare d’Austerlitz, una noche de mucha nieve y ventisca, cuando iba camino de España para dar unos recitales que le había conseguido en Pamplona, en la sala de cultura que dirigía Xabier Morrás (nos mareó todo lo que quiso y más para hacer la plaquette de sus poemas que acompañaba a la lectura y que acabó siendo postista claro: la cubierta era el cuadernillo del medio). En Pamplona fue donde y como conoció a Ramón Irigoyen, que me dijo que había encontrado poco menos que su alma gemela, y que se lo llevó a Logroño, pasando por Estella. Ory tenía serías dificultades con los asuntos y negocios de la vida cotidiana que lo mismo estallaban en una pizzería que en un tienda de máquinas de escribir. Era un broncas o como tal se comportaba, o mejor, era un provocador poético que tenía que hacerse notar, un postista. Y la gente no suele entender el postismo, sobre todo si está trabajando. Unas navidades fuimos a verlos, a él y a Laure, a Montmorency, al norte de París. Estaban pasando unos días en la casa de la familia de Laure. Una casa preciosa, sobre la que pesaba no sé qué misterio, envuelta en un viejo jardín asilvestrado. Aquel fue un día hermoso del que quedan algunas fotografías.  La última vez que nos vimos fue en Pamplona, hacia 1980, en compañía de unos amigos de Avignon angelicales. Estuvimos en mi casa un buen rato hasta que fuimos a cenar al Bar Montón, un tabernón de la ciudad vieja. La cena fue un desastre porque Ory se empeñó en que le dieran merluza a la plancha. Lo que le sirvieron no era merluza ni nada de su familia zoológica, sino algo que pertenecía al reino animal por casualidad. Y Ory protestó. Era un atropello, pero en aquella taberna de sindicalistas no entendían de fiorituras gastronómicas, allí daban de comer, y aquel hecho le sirvió a Ory para un airado discurso sobre lo inapropiado de esa expresión y del  léxico que gastaba la parroquia. Después de aquel último encuentro no volvimos a vernos ni a escribirnos. ¿El motivo? Lo ignoro. Hoy he intentado leer poemas suyos. Me han sonrojado los subrayados de hace casi cuarenta años en

Música de lobo: Una mujer sueña que da a luz un cuervo: tendrá un hijo loco. ¿En qué estaría yo pensando entonces? Fuera lo que fuera, gracias a aquello (y la carta de Ory sobre mi mesa de estudio formaba parte de aquello) estoy ahora escribiendo, otros delirios, los míos, a ratos. Ahora dicen que su vida en Francia fue “un desaire”. ¿Qué desaire? ¿A quién? ¿Por qué? ¿Por no arrimarse con descaro a los pesebres oficiales? Ory no tenía dónde vivir en España. No tenía sitio en la sociedad literaria de los últimos 20 años, salvo que le hubiesen dado algún pesebre autonómico, algún momio en alguna fundación que tal vez no hubiese aceptado. No se lo dieron. Le dieron algún premio, le festejaron algo en su tierra, pero no creo que se le leyera mucho. Ha sido un poeta de culto, una leyenda andante, un mito... me temo que no hay losa sepulcral que pese tanto. Miguel Sánchez-Ostiz 


Libertad y soledad

Ory

Para Laura

Una amistad larga, enriquecedora. En Madrid, Amiens, Cádiz, Sevilla. Actividades conjuntas. Publicaciones. Una larga, profunda correspondencia. Siempre me pareció un niño de gran sabiduría, sensibilidad latente a flor de piel, irónico, juguetón, expectante en su mirada indagadora. Recuerdo cuando en los bosques buscaba ardillas para recitarles sus poemas, cuando en su casa de Saint Fuscien me contemplaba socarrón contemplando el susto que me provocaban decenas de gatos saltando en las habitaciónes o deslizándose por las escaleras mientras Laura pintaba alargados sexos de mujer como si fueran lagartos verdes, cuando me pedía que le enseñara como funcionaban las cabinas de teléfonos para que así pudiera llamarme a España. Nunca envejecía porque al fin la vida no era sino juego, amor y poesía, y duraba un segundo que se estiraba entre el nacer y el morir. “Un creador no acaba nunca la obra que concibe”, me escribía. Y en una carta del 12 de enero de 1980, me decía: “Pronto nos veremos. Tu tierna carta me llama, Andrés. Al calor de viva vox nos comunicaremos pequeños y grandes misterios de lo cotidiano y daremos razón de silencios y músicas entrañables” (…) Adelantamos abrazos azules”. Me hablaba de la novela que largo tiempo llevaba componiendo. De viajes. De exigencias lingüísticas. De su flaubertismo incorregible de la enmienda. Me preguntaba en otra ocasión: “¿Cómo vais, estáis, vivís, amáis, pensáis, tañís, soñáis?...” Cartas, libros, recuerdos. El tiempo, Ory, el tiempo. El ruido de la vida. El silencio de la muerte.

Hay personas y obras cuyo destino es la contravención. Pocos como Carlos Edmundo de Ory han podido representar ese destino entre nosotros, y pocas obras pueden darnos de ello un testimonio más puro. Por temperamento creador, el poeta gaditano mostró siempre pertenecer a la estirpe de los escritores que impugnan lo establecido, pero no por un movimiento de la voluntad o por una decisión consciente y premeditada, sino porque no pueden dejar de hacerlo: esa contravención es el resultado inevitable de la libertad esencial con que se aspira a estar en el mundo. Ory no aceptó el contexto cultural español de su tiempo, un contexto al que renunció en 1954 al abandonar España e instalarse en Francia. Esa ruptura determinó su perfil de escritor. Lo que abandonaba en España, sin embargo, lo ganó en Francia. Es inútil subrayar la importancia de este dato, si de lo que se trata es de valorar los lazos de la poesía española y la poesía europea de la época, rotos en gran parte tras la guerra civil, unos lazos que Ory se había negado a que desaparecieran por completo con la fundación, como es sabido, del postismo a mediados de la década de 1940. Pero la soledad del poeta no desapareció. Era una soledad esencial o connatural, se diría, a la experiencia poética misma tal y como Ory la concebía, más allá de cualquier condicionamiento y totalmente alejada, por lo demás, del medio literario y de sus servidumbres. Desde entonces hasta el momento mismo de su muerte ha vivido esa soledad como una carga que en todo momento debía asumir si no deseaba renunciar a su concepción de la poesía como manifestación o expresión de la libertad.

Andrés Sorel

Todo ello confluyó en el hecho de que su obra fuese casi totalmente ignorada en la península, y que la existencia misma del poeta gaditano —a pesar de la significación del postismo— fuese silenciada por los dirigentes y tutores de la cultura literaria española. Sólo unos pocos lectores lo acompañaron. Nada de esto acabó con la libertad del poeta gaditano ni le hizo cambiar de actitud. En 1979, en una nota de su Diario, confesaba: «No ha cambiado en nada mi situación solipsista, apátrida y rabiosamente hereje». En esa libertad y en esa soledad vivió siempre; fiel a sí mismo, insobornable, en ellas muere ahora.

Andrés Sánchez Robayna

Foto: Kiki


Ory, contra la noche de los vivos murientes Carlos Edmundo de Ory fue un vivo en un país de zombies, como deduce el propio Francisco Nieva: “Extraño y no natural era Carlos en algunos momentos, y esto es lo que más daba que pensar. ¿Sufría Carlos calladamente por ser diferente a los demás, por tener que aguantar una doble vida, la de su ‘más acá’ en el mundo de lo sensible y la de su ‘más allá’ en el mundo de lo conceptual? También en esto acertaba yo. Pues sí: Era una carga un tanto onerosa, un compromiso tácito, un secreto deber y una particular fatalidad. Vi, con igual claridad, que hasta el nombre le acompañaba y era como una jaculatoria de sugestión para el público que lo leyese. Un mal poema firmado por un tal Carlos Edmundo de Ory, hubiera sido un deshonor, un fracaso de lo más miserable. No puede escribirse mala poesía llamándose así. ¡Qué pretensiones!”. Nieva firma el prefacio que abre El desenterrador de vivos, un libro disco de Carlos Edmundo de Ory, que publicó Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, junto con un entrañable DVD de Alvaro Forqué y un CD con canciones de Luis Eduardo Aute y Fernando Polavieja, inmenso y bluesero en su interpretación de la poesía oryana–. Porque de poesía se trata, ya sea en verso –“aquí estoy enseñando a comer nieve a la gente”–, en sus collages o en los certeros 33 aerolitos inéditos que comienzan diferenciando entre “el Bien y el Mar” o afirmando que “el hombre es un misterio estropeado”. Ory ácido/Ory lúcido/Ory prometeico: “Mi patria es el aire que respiro”, arenga en tiempos aldeanos. Es universal, como siempre: “Se dice el más allá, pero nunca decimos el más aquí”. Y escalofriantemente tierno. “Se dice que la noche de sus bodas las muchachas de Japón queman sus juguetes”. El título no es baladí: Ory luchaba en aquella última entrega de su ingenio en negro sobre blanco contra la larga noche de los vivos murientes, intentando zarandear las solapas de un mundo en el que “un silencio fanático ruge” y los pensamientos, a menudo, son ataúdes. Cuando le conoció en su juventud, Francisco Nieva se sentía como si se hubiera hecho amigo de César Borgia. Pero Ory piensa, en cambio, que “Dios estaba borracho cuando me hizo”. Tras su muerte, vuelvo con frecuencia a sus páginas. Aquel volumen era un testamento colectivo, un rompecabezas que no sólo reunía textos, vídeos y canciones, sino collages del propio autor y dibujos de sus amigos, desde artistas callejeros a un retrato del mismísimo Nieva, de Aute y de Laura, así como otras piezas de autores como Marco Fonz de Tanya, Benjamín Palencia, José Hierro, Eduardo Chicharro hijo y, entre otros, Felipe Boso. Con este libro, se saldaba una vieja deuda musical con Ory, algunos de cuyos versos ya conocíamos en la voz de Juan Luis Pineda (Olla de grillos), o los que habría de musicar luego Fernando Lobo. En plena transición, se planteó en firme el proyecto de grabar un disco completo con textos de Carlos Edmundo de Ory a los que puso música Serafín Martínez: algunos recordarán muchos de sus poemas en la voz armónica de aquel músico que fue empleado de banca y que terminó instalándose en Sevilla, donde falleció repentinamente no hace mucho. Aunque para un gaditano la luz suele ser esencial, al fundador del postismo no pareció importarle, a tenor de sus aerolitos: “No vemos el viento ni vemos el silencio”. Carlos Edmundo de Ory solía decir que el vientre de su madre fue como una formidable caracola a

través de la cual él ya escuchaba el sonido del mar como una banda sonora prenatal. A ese mismo mar de Cádiz volverá más pronto que tarde convertido en cenizas el desenterrador de vivos. También en su patria chica, si todo sigue el curso previsto, la memoria de sus hechos –poemas, recuerdos, collages y artificios– descansará en la Fundación que llevará su nombre y que tomará cuerpo en el Centro Cultural Reina Sofía, en la capital gaditana. Pero quizá le influyese definitivamente la obra y la peripecia de su padre, Eduardo de Ory, aquel poeta modernista y admirador por supuesto de Rubén Darío que no pudo encontrarse con su maestro enfermo cuando el barco donde viajaba fondeó en la Bahía gaditana: “Mi bandera es la del viento”, diría para siempre Carlos Edmundo. El viento le hizo dejar Cádiz por Madrid para fletar el postismo, y España por una humilde biblioteca de Amiéns o el caserón final de Thézy-Glimont donde enunció su último cadáver exquisito. Allí estaba el poeta cerbatana, el de la malaquita, el picapedrero de aerolitos, el que escribía sin temor con una espada, el de los besos lagartijas, el de la mujer de larga cabellera que siempre nos inspiró obediencia y deseo. Allí estuvo el que rezaba padre nuestro Cádiz con disfraz de Mefistófeles. Allí, el de la hija como una hoja de nieve desde los pies a la cabeza. Allí, el que creía que amar era una forma de olor pero de cuyos versos nacía savia terrorista en un país terrorífico. Allá, melena al viento, el bibliotecario de Amiens, el de los cuentos imposibles, el rey de las ruinas, el desenterrador de vivos. El muerto que seguirá viviendo. Juan José Téllez


Ory pro nobis Yo fui uno de aquellos jóvenes que vivió la transición española subido a una motocicleta, que gustaba leer poemas, atravesar fronteras y rechazaba todo cuanto oliera a sotana y cuartel. Con estas coordenadas vitales era previsible que mis lecturas nunca fueran politicamente correctas, y como tantos otros jóvenes de mi edad abracé con entusiasmo y devoción los versos encendidos de Rimbaud, Verlaine o Baudelaire, los aullidos literarios de los beatniks, las canciones disolutas y efervescentes de Dylan, Cohen o Brassens, abrí mis pupilas desorbitadas hacia el nuevo cine alemán, el neorealismo italiano y la nouvelle vague, porque la España que nos querían heredar olía a naftalina y olvido por los cuatro costados. Yo tenía veinte años en 1979, y el ánimo preciso para ir a contracorriente o morir, para amar y armar cuantas revoluciones quedaran pendientes. Y un día de aquel año, un año normal que comenzó en lunes en el calendario gregoriano, alguien trajo un libro de poesía que nos fuimos pasando de mano en mano, una antología titulada Metanoia, de un poeta español desconocido entonces para nosotros, atípico y próximo a pesar de la edad, los treinta y cinco años que nos separaban, llamado Carlos Edmundo de Ory, nacido en Cádiz, fundador de dos movimientos literarios: Postismo e Introrrealismo, de quien decían que era bibliotecario y vivía su particular autoexilio en la localidad francesa de Amiens. Los poemas de ese libro, a pesar de los años, transcurridos sonaban a nuevo, nos alejaban del rancio y estrecho paisaje dibujado por la, entonces oficial, poesía española contemporánea. Sus versos jugaban con nuestra sensibilidad, nos llenaban de emoción y ternura carnal y abrían puertas que nos permitían avanzar en esa singular travesía poética, demoliendo tópicos y cadenas. Era uno de los nuestros: “Tengo sed de alcantarillas / y de cerveza bendita” (1). Por si fuera poco el libro se cerraba con una suerte de fotografías-collages que nada tenían que ver con los convencionalismos estéticos a los que nos tenían acostumbrados los manuales de literatura universal, además de una especie de epigramas que bajo el nombre de Mínimas (Aerolitos) nos recordaban las pintadas callejeras con las que solíamos decorar las calles grises de aquella España taciturna. Al curador de la edición, Rafael de Cózar, lo conocí años más tarde, pero nunca tuve la suerte de bucear en ese mar profundo que probablemente Ory tenía en su mirada, de noches en vela y soledades aciagas. Yo nunca estreché la mano del poeta, ni compartí versos, vino ni recuerdos con el hombre de los Aerolitos, no puedo hablar de su amistad, de su persona, del hombre sino de la poesía, de cuanto logró transformar y cambió la nuestra, la de aquellos jóvenes airados que vimos en sus versos la luz que permite recorrer caminos todavía ocultos y dolorosos. Leímos en complicidad cada uno de sus poemas y nos fuimos pasando los libros que poco a poco íbamos encontrando. Hacernos con ellos se convirtió en una auténtica pasión, una pasión nada fácil, porque durante años las ediciones de los poemas de Carlos Edmundo de Ory, por alguna extraña razón, se hacían difíciles de conseguir en nuestra ciudad. Las librerías de segunda mano del casco antiguo de Valencia eran nuestro principal arsenal, allí fuimos desenterrando uno tras otro, casi todos sus libros: Lee sin temor, Poesía 1945-1969, Poesía abierta, Diario, Técnica y llanto, La flauta prohibida, Energeia, Basuras, o Mephisboseth en Onou. Entre las palabras que le dedicaban sus mentores y prologuistas, como Félix Grande, Jaume Pont o Rafael de

Cózar y amigos como Juan José Téllez, fui haciéndome una idea aproximada del calibre humano de un autor cuya dignidad encajaba como anillo al dedo con nuestra rebeldía y determinación por no ser ni decir lo que tocaba y era preceptivo. En la primavera de ese mismo año aquel grupo de jóvenes entusiastas con ínfulas de poeta, decidimos editar una pequeña revista literaria bajo el poco ortodoxo nombre de “Bananas”, nuestro peculiar homenaje a la película homónima de Woody Allen y una provocación en regla al buen gusto y los convencionalismos literarios del momento. Para publicitar la revista editamos una tarjeta en cuyo reverso podía leerse uno de los aerolitos de Ory, cual proclama de nuestra aventura poética, “Aprende a ser colectivo, a ser anónimo” (2). Luego vino la vida, y como no podía ser menos, nos fue marcando a cada cual un tiempo y un lugar. Las devociones se convirtieron en resistencia, los sueños dejaron paso a las pesadillas y el mundo se hizo de pronto más pequeño, “El hombre es un animal que miente” (3). La revista desapareció dos años más tarde, en 1981, pero los versos de Ory, sus pequeñas-grandes lecciones fueron y siguen siendo hoy un punto de referencia, esa inflexión de cuanto creemos a pie juntillas y apenas se sostiene con pies de barro. Ahora creo que el poema bien destilado se hace Ory, y Ory hace de la poesía un lugar más habitable. En su lectura sigo encontrando la misma frescura y vitalidad que provocó en mi la primera vez que lo leí, como los buenos vinos su poesía no sólo resiste bien el paso del tiempo, sino que mejora y adquiere nuevos matices con la edad. El Ory que leo hoy, treinta años más tarde, destila humanidad y me recuerda que “De noche nadie debe dormir solo” (4), así pues tú, Carlos Edmundo, tú que seguramente estás en los cielos y conoces ya el error de todos los versos sigue alimentando nuestros sueños, Ory pro nobis.

(1) “España mística” pág. 222 “Metanoia”, edición de Rafael de Cózar (Ediciones Cátedra, Madrid 1978) (2) “Mínimas (Aerolitos)” pág. 312 “Metanoia” (3) “Mínimas (Aerolitos)” pág. 314 “Metanoia” (4) “Mínimas (Aerolitos)” pág. 312 “Metanoia”

Uberto Stabile


El mundo estaba malito

De bocas o moluscos

Mis amigos mayores –que eran ya sus amigos– hablaban con devoción de la cabaña en la que se había instalado. Siempre quise pensar que tenía en aquel chozo una enorme pizarra y un arca. En el arca, guardaba aerolitos, un traje de payaso, las trenzas de una mujer a la que amó, una cuchara de César Vallejo…

Como del rayo, nos dejaba en noviembre del pasado año el poeta, ensayista y traductor gaditano exiliado en Francia Carlos Edmundo de Ory, que estableciera vínculos de sangre con los principales movimientos de vanguardia europeos. Su obra, reconocida de manera tardía y sólo capitalizada en los últimos tiempos por nuestras instituciones públicas, supuso una fecunda renovación de la poesía española de posguerra. Había –hay– en ella dos temas nucleares: el amor y el dolor. «Como hombre», declaró, «he de decir que todo se resume en eso, en el amor a los seres humanos afines, a la naturaleza, a la música, a la poesía; y en el dolor (…), porque van pasando los años y cuando se llega a mi edad se lleva con gran peso una cartilla cada vez más amplia de muertos muy queridos». Durante años, su poema “Amo a una mujer de larga cabellera”, que por la sensualidad y la plasticidad de sus imágenes se instala en la mejor tradición de la poesía erótica en lengua francesa, desde Paul Éluard y César Moro a Pierre Jean Jouve (a quien tradujo y trató personalmente, y de cuyos encuentros dejó constancia en varias entradas de su Diario), se reveló para mí, junto con ciertas piezas de Tomás Segovia o Gonzalo Rojas, como la expresión más lúcida y vibrante de la lírica amorosa contemporánea, e influyó necesariamente en la conformación de algunos de mis textos. La noticia de su fallecimiento cayó entonces como un jarro de agua fría incluso para quienes más temerosamente la esperaban, como sus «afines» Jesús Fernández Palacios y José Ramón Ripoll. Sin embargo, del conjunto de su obra se desprende una intensa afirmación de vida. Gocémosla sin luto. Viva, irónicamente. Como a él le gustaría.

En la pizarra, durante las noches, a la luz de un candil, dibujaba el mundo, escribía con rara caligrafía su oración de hereje a un dios mucho más hermoso que aquel de andar por casa que tenían los curas y los poetas del régimen. El mundo estaba malito en España y él se fue a respirar un aire más limpio allí en Amiens y como era poeta de culto tuvo sus peregrinos. El reloj de Carlos Edmundo Ory –él lo dijo– eran los caminos abiertos y eso le apartó de Madrid y de las antologías. Este rey de las ruinas que, al igual que al poeta Vallejo, le daba pena su “ombligo lleno de soledad” levantó el fabuloso edificio de su poesía con unos materiales nada frecuentes en la lírica española de posguerra. Los peotas del café Gijón, le llamaron poeta maldito pues confesó, con esa inocencia que hace hermosos a los hombres, haber matado al sereno y vendido a precio bajo su muleta.

Javier Vela

Por los años ochenta recuerdo haber hablado a menudo de él con mi amigo Jesús Fernández Palacios, con mi hermano Félix Grande y con el hoy ilustre catedrático Rafaelito de Cózar. La edición que de los poemas de Carlos E. de Ory hizo éste último, con el título de Metanoia, la llevé como una muleta para andar por mi atolondrada adolescencia. Recité a cuanta mujer se apiadaba de mí, aquello de: Sin ti me armo un lío y me armo un lío…/Y tú me has dado el queso de la luna./Y tú me has dado eso eso eso. No pude tratar a Carlos Edmundo de Ory hasta fines de los ochenta en que aparecía, de vez en cuando, por una taberna de Sevilla donde yo trabajaba. Este extraordinario poeta, este hombre que había pasado más de una temporada en el infierno, formaba parte de mi alfabeto sentimental y apenas pude contárselo. Ahora llegan noticias de su muerte y puede que no sea verdad. Quizás, allá en su cabaña de Amiens, dejó, por un momento, en el suelo, su pizarra; apagó de un soplo el candil y se echó a soñar en su rudo camastro. Quizás ronda su cabaña uno de sus aerolitos. Por ejemplo, éste: la almohada es la flauta del sueño.

Rafael Adolfo Téllez

Foto: Kiki


El alcohólico

Un cuento con hado

(Carlos Edmundo, poeta, de otro mundo)

A Carlos Edmundo de Ory

Era el 30 de mayo del año 2009 y estaba en La Habana.

Somos los santos bebedores esparcidos por el mundo, grandes y últimos ––y escasos en número—

corresponsales del santo oficio: dos en París, tres en Nueva York, cuatro en San Petersburgo, cinco en Tokyo, uno en La Habana.

El que bebe solo espera beber con Dios un día.

Vieja piscina del Nacional, de cuerpo entero bajo el agua. Vieja piscina de la tierra, y el fervor y el santo oficio y la alegría espantosa.

Veo la luz del sol, pero soy más humano que esa luz.

Vengo de allá arriba.

Si la alegría fuese este oficio del que bebe en gloria.

Otra vez estoy al mando del gran ejército de la desesperación. Al mando de las altas y superiores legiones solares, en mi puesto, aquí en La Habana, diseñando la estrategia final de la victoria.

A Paco Zaranda y Alejandro Luque Con quienes tanto se quería. Érase una vez, y hubo un tiempo, y aconteció que, en un lugar donde el mar ríe y las rocas ríen y la arena ríe, y los peces ríen y ríen las olas y los ojos se llenan de risa y de brisa, y no tienen prisa y la rima se eriza en la piel de las entrañas. Que aconteció por aquel entonces que estando “yo viendo-lloviendo” lloviendo ángeles desde las celestiales nubes de la bahía de Cádiz; siguió aconteciendo que se quedó boquiabierto hasta el fajín de arcoiris que el trémulo sol se había colocado para tan històrica gala. Y luego siguió pasando, aconteciendo y ocurriendo lo ocurrente que no saben entender algunas mentes, las mentes que sólo tienen dientes, pero no tienen mordientes ni pendientes ni corrientes. Y… cayó desde una nube al mar el primer ángel, se llamaba Ícaro y dibujó y esculpió la playa en su embestida contra la cresta de la pleamar. La playa de la Victoria tiene un cuerpo con alas. Y siguieron y siguieron cayendo y cayendo ángeles y ángeles y más ángeles. Y yendo yo a deambular en busca de mi ansiado maná por los sagrarios báquicos de los alrededores, llegó un aura esplendorosa y, como dando un tajo al cielo, y bajando por una escalera de quimeras y cenizas se posó sobre el rompeolas exclamando: “¡Yo soy Carlos, Carlitos! Y vengo con mí y conmigo y con mis versos, y quiero jugar contigo, con ti y con los tuyos.”

Siempre estuve aquí.

Y así, Carlitos y Juanito empezaron a jugar y a jugar, que es el verbo más enemigo de la muerte. Y jugaron al “entretener”. Ninguno se empeñaba mucho en ganar y dejaron que ganara el tiempo mientras, sobre el mar, la luna ponía mala cara. Y así pasó mucho y mucho tiempo y ocurrió y pasó y aconteció que Carlitos prestó a Juanito sus alas y sus olas. Sus olas y sus alas no se apartaban de él ni un momento. Jugamos a ser Ulises y Aquiles y Neptuno y Agamenón mientras la Tía Norica se meaba de risa… y Bablé “El Viejo” cortaba hilos de una red pescadora abandonada en la tarde para inmortalizar aquel juego en las almas de los títeres. Y siguió pasando ocurriendo y aconteciendo que de pronto y de repente apareció Penélope diciendo –Carlos, pero… ¡Pero Carlos!– a lo cual Carlos, levantando la mirada al cielo, dijo– ¡El tiempo! ¡La culpa la tiene el tiempo! ¡El tiempo estaba aquí con Juanito y conmigo y dijo que se iba porque estaba aburrido! ¡ Y hemos perdido al tiempo! Pero no nos importa, porque al mal tiempo buena cara. ¡El tiempo! ¡El tiempo! ¡Él sí que es aburrido!

Soy el César, estad pendientes de mis órdenes. Mañana quemaremos la Historia. Manuel Vilas Foto: Kiki

Y… de repente volvió el tiempo con su disfraz de frac, cuando la noche empezaba a estar cansada de su oscuridad. Y la noche beoda y hambrienta, maquillada y macilenta y amiga de la tiniebla,


nos increpó rugiendo: ¡Carlos, Juanito tienen ustedes un “Foro” con los “Aerolitos”! allí les están esperando. ¡Vístanse para la ocasión! Volvimos a anclar las naves que nos aventuraban a Itaca en la “Ensenada del Vinate”. Volvimos a jugar de nuevo a construir pajaritas y barquitos de papel para arrojarlos a nuestro estanque de soledad. El tiempo, el señor tiempo, como un gran ayudante de cámara nos hacía, sin embargo, un gran favor, porque Carlitos y yo nos habíamos enamorado de una presumida hoja de una costilla de Adán que galaneaba de hermosura en su macetón a la entrada de aquel tiempo libre, y nada mejor que ir con pretendida apostura. Y pasado el tiempo, mucho tiempo, volvió a ocurrir y a pasar y a acontecer que el tiempo se volvió a aburrir y entonces nosotros nos subimos a un pequeño aerolito llamado “Melos melancolía” que capitaneaba el comandante Postismo. A bordo de la nave jugamos, jugamos y jugamos y… como todos los ángeles nos miraban, querían aterrizar en la Bahía, su bahía de Cádiz… Por eso en la bahía de Cádiz se dice ¡Qué ángel tienes! Pero… Ni Carlitos ni Juanito ni fueron felices ni comieron perdices y se fueron a casa de su tía Zaranda. Carlitos cogió una bota, la bota no era de vino, era para los pies, y, colocándola sobre una desvencijada mesa del tabanco de vinagre de Jerez, miró al cielo y exclamó “¡LA PATADA DEL TIEMPO!” Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado. Juan de la Zaranda

(Corriendo el año de gracia de 2011)

LA MEMORYA ORYENTAL (A propósito de los aerolitos de Carlos Edmundo de Ory) José Ramón Ripoll

Desde Aristóteles, el mundo occidental se ha obstinado en la demostración. Convicto el filósofo, ha venido imponiendo teorías e ideales bajo el amparo de la lógica. Poco se ha escurrido de esas zonas sombrías donde el empirismo no ha podido meter sus narices. Oriente, sin embargo, ha seguido otorgándole su debida importancia a esas oscuridades que convergen en el corazón del hombre y que paradójicamente nos lanzan destellos luminosos, avisos de una consciencia vigilante. En esos momentáneos brotes del corazón, la palabra juega un papel maravilloso, confundiéndose en ocasiones con el fenómeno de ser. La poesía oriental es pues el resultado de una desmesurada contemplación, más que del ingenio o de la especulación. No en vano, Dios es casuístico en muchas religiones o conductas espirituales orientales, porque su presencia es palabra que sólo nombra cada individuo en su interior. Carlos Edmundo de Ory es un poeta deliberadamente apátrida, pertenece a otra tradición distinta del resto de sus coetáneos españoles. Mejor dicho, una vez asumido su correspondiente pasado lírico, el poeta reconstruye su pensamiento apoyándose en múltiples lecturas pertenecientes a lejanas y “extrañas” tradiciones. Oriente le conmovió muy joven, y a él debe en parte la brevedad de sus sentencias y la concisión de sus observaciones. La poesía de Ory es fruto de un acertado maridaje de cuanto bulle precipitadamente en la conciencia y la pertinaz observación de cuanto le rodea. Su ritmo singular está marcado por un pulso distinto, no acompasado por la métrica o la dinámica repetitiva que suelen imponer las palabras encadenadas entre sí, sino por un tiempo suspendido y, a la vez, impetuoso, producto del sorprendente encuentro de su interno discurso con la disposición exterior de la naturaleza contemplada. Todo esto nos hace recordar la precisión de los haikus japoneses, la delicada ornamentación de la poesía china, la seca arquitectura de los versos budistas o la metáfora discordante y pretendidamente equívoca de la lírica persa. Buda, Lao Tse, Basho, Omar Kayan, Hafiz van construyendo, más que un pensamiento, un sentido distinto de percepción que en el poeta configura una dialéctica negativa, según las propias palabras del autor, porque en la negación encuentra la esencia de su búsqueda, su propio verbo. No es Ory, por otra parte, un poeta, ni oriental, ni orientalizado, ni tampoco desorientado –como han querido hacernos ver algunos críticos de miras demasiado estrechas y nacionales-, sino alguién que ha aprendido a congelar la imagen del presente, aislarla de su pasado y su futuro, desnudarla de referencias aditivas e insuflarle vida


POEMAS DE CARLOS EDMUNDO DE ORY A ti la que me inspira obedezco y deseo A ti la que me inspira obedezco y deseo A tu invisible huir y tu errante venir Hacia la onda cuna del ritmo tú me llamas trayéndome la concha de la profundidad Son sin fin son sin fin los diluvios caídos Corazones que a tiempo probaron su fragancia Aquí están todavía las palabras perdidas Y yo compongo un verso de saber y perdón

Amo a una mujer de larga cabellera Amo a una mujer de larga cabellera Como en un lago me hundo en su rostro suave En su vientre mi frente boga con lentitud Palpo muerdo acaricio volúmenes sedosos Registro cavidades me esponjo de su zumo Mujer pantano mío araña tenebrosa Laberinto infinito tambor palacio extraño Eres mi hermana única de olvido y abandono Tus pechos y tus nalgas dobles montes gemelos me brindan la blancura de paloma gigante El amor que nos damos es de noche en la noche En rotundas crudezas la cama nos reúne Se levantan columnas de olor y de respiros Trituro masco sorbo me despeño El deseo florece entre tumbas abiertas Tumbas de besos bocas o moluscos Estoy volando enfermo de venenos Reinando en tus membranas errante y enviciado Nada termina nada empieza todo es triunfo de la ternura custodiada de silencio El pensamiento ha huido de nosotros Se juntan nuestras manos como piedras felices Está la mente quieta como inmóvil palmípedo Las horas se derriten los minutos se agotan

No existe nada más que agonía y placer Placer tu cara no habla sino que va a caballo sobre un mundo de nubes en la cueva del ser Somos mudos no estamos en la vida ridícula Hemos llegado a ser terribles y divinos Fabricantes secretos de miel en abundancia Se oyen los gemidos de la carne incansable En un instante oí la mitad de mi nombre saliendo repentino de tus dientes unidos En la luz pude ver la expresión de tu faz que parecías otra mujer en aquel éxtasis La oscuridad me pone furioso no te veo No encuentro tu cabeza y no sé lo que toco Cuatro manos se van con sus dueños dormidos y lejos de ellas vagan también los cuatro pies Ya no hay dueños no hay más que suspenso y vacío El barco del placer encalla en alta mar ¿Dónde estás? ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Quién eres? Para siempre abandono este interrogatorio Ebrio hechizado loco a las puertas del morbo grandiosa la pasión espero el turno fálico De nuevo en una habitación estamos juntos Desnudos estupendos cómplices de la Muerte.

Cuadro de mi alma Ata siempre que puedas la gran oscuridad a esta pequeña luz de acuario Y si resbala moja tus labios de muriente oro que un vasto astro cansa ¿Qué más quieres ¡oh asomado! si medras entre manchas hacia las gemas de los muertos? ¡Valgo más que en el limbo! Ladina luna sin excepción tu lumbre arde en mi espalda ¿Qué otra mentira urde un fuego enhiesto desde mis pies que lisonjea el mundo? ¿Y hasta dónde ese fuego amarillento?


Siga siga la arena cansándome este vicio de huir del instrumento de la mente No se detiene este sabor de antro ¿Qué se han hecho los altos abuelos de la dicha? Eternamente irradia un son de vida Me abandonan los hechos sobre el desierto pico de una roca no exenta de materia Felices los sabios peces cerca de nosotros Sienta bien a mi alma el mar eterno ¡Y tú no ves la actividad creciente de estas nubes! Entúrbianme los ojos las tristes lejanías Aquí estoy Un vigoroso espíritu me invita La zozobra me impulsa a la quietud y el orbe oscuro rehabilita mi ánimo ¡Pasión cruza los brazos! Está tranquilo Los eminentes coros me rodean Un eje invicto mi presencia guía ¡No te mueva ni aún la salvación!

Dulzura colosal Dulce mi miel de besos siemprevivos Alma de almíbar y manosusurros Te amoro terriblesco de gozo fugitivo Todo se acaba y somos melarquía Nos amamos nos manos nos imamos Másmás en la lactancia ambrosíaca drogadictos de mostos suculentos Seres labiales ningún otro opio no nos satisfará la boca calda

Eros tremendum En la noche del sexo busco luz y encuentro más y más oscuridad mi cuerpo es sacro y sacrifica edad sin tiempo sobre el tuyo cruz con cruz Subo y bajo y gravito mi testuz cae sobre el muro de tu atroz ciudad sin puertas donde al fin me da mitad de entrada a la tiniebla un tragaluz Mantel mi espalda cubre los manjares mis brazos y mis piernas son a pares con los tuyos en forma de escorpión Las dos manzanas mi contacto deja y duerme como un vaso en la bandeja de tu vientre mi enorme corazón

España Mística Cerro lomo inmenso tímpano doliente y en las perchas de los árboles las casacas de los ángeles se pudren Pones puertas al desierto pantalones al espíritu Lava un poco tu esqueleto con jabón De los muertos muertos de hambre pararrayos de oraciones el ciprés Tengo sed de alcantarillas y de cerveza bendita Dame prisión de campanas con tus rosarios mohosos Con tus capas de torero hazme un traje funerario un sudario de primera Y en mi tumba pon mañana un cocido de garbanzos con chorizo


Fiesta digna de matracas y cohetes Oh mi España de peluca y de tomate Matricúlame de muerto en la alcaldía y celebra un carnaval de escapularios ese día noche alba o madrugada

Fonemoramas Si canto soy un cantueso Si leo soy un león Si emano soy una mano Si amo soy un amasijo Si lucho soy un serrucho Si como soy como soy Si río soy un río de risa Si duermo enfermo de dormir Si fumo me fumo hasta el humo Si hablo me escucha el diablo Si miento invento una verdad Si me hundo me Carlos Edmundo

Si tuviera un caballo Si tuviera un caballo en vez de una metáfora Si callara mi boca como calla la luna Volaría lejos de tanta tristeza No escribiría ni una sola línea No puede ser así camino lento Y hablo solo hasta morirme Puñados de sueños y alarmas descienden de las nubes invernales Te busco lontananza sé mi antorcha que me libere del terror nocturno La tiniebla es mi yugo caigo herido en el pantano de mi mente odiosa No veo más que la faz del misterio Pasmo en lo mudo y en la infinitud Sufro de ser poeta y de imprimir mis facciones en el canto amargo  

Trenes de roja noche Hipérbole del amoroso Te amo tanto que duermo con los ojos abiertos Te amo tanto que hablo con los árboles Te amo tanto que como ruiseñores Te amo tanto que lloro joyas de oro Te amo tanto que mi alma tiene trenzas Te amo tanto que me olvido del mar Te amo tanto que las arañas me sonríen Te amo tanto que soy una jirafa Te amo tanto que a Dios telefoneo Te amo tanto que acabo de nacer

Peces llorando en un sueño que tuve Campanas respirando como pájaros tontos Y vi maderas dignas de violines ¿por qué quiero escuchar un ruido de rosas? Oliendo amar se gasta la mañana Cuando amanezco yo pintado de oro Corazón mío aterrizado aquí cose la lluvia gota a gota cósela Hay en mi sueño colas y gemidos Ya no están las doncellas ya no están las doncellas ¿Los muertos que se amaron se besan allí dentro? Madre soy un ciclista y no sabes de mí que ruedo en carreteras oscuras y me duermo Roja noche los trenes de roja noche van llevando locos a otros sitios alejados Las sombras como goma se pegan a mis dedos Como leones ardiendo veo barcos


Sueño color de vacas y castillos castillos Azul es mi garganta de tanto opio mío Mis amigos antiguos han bajado a los pozos Todo esto veo en sueños de roja noche mía

Ovario materno En nuestras manos de hoja de otoño se sostenía la lámpara Nuestro diálogo era escuchado por las moscas que no tienen físico Comparados con los sabios incendiarios de antaño nuestra ropa de lepra en Madrid oyendo misa en las alcantarillas y todo nuestro altar era un grito miserere Yo el poeta de ojos sexuales nihilista nato jefe de la ternura cuántas veces metí el dedo supersónico en el cohete de un soneto Me llamaban «poeta maldito» los peotas del café Gijón Nosotros hemos matado al sereno a exprofeso y vendido a precio bajo su muleta Comparado con las hermanas Brontë y con Poe seres serpientes del Museo del Mal nuestro empleo de campanario Oh Cádiz mío calla calla fumador de mi Cádiz como kif Apéate del bello tren del bosque y bésame la boca con tu lengua sin pijama Amante de diamante mi hija hambrienta mi asistenta de aspaviento con tu par de cebollas araña de mi catre las manchas de tu cepillo me atrajo Ahora escucha la lección de mi huerto donde acuesto guantes de boxeo con zapatitos de niño y me acuerdo de la tierra natal con su cura nadando en la bahía

Dibujo del alma 

Muchas veces solito en mi sofá tiemblo lejos del mundo tiemblo al fondo del zumbido del ser saboreándolo muchas veces   Muchas veces me aúpo me avaloro acariciando el pecho de la noche y el algodón precioso de la nada muchas veces   Muchas veces relincho cuando huelo la naranja podrida del abismo y ejercito mi olfato respirando muchas veces   Muchas veces poseo el equilibrio de mi cero infinito y mi ultratumba me sacudo las hojas de mi frente muchas veces   Muchas veces mis labios especiales obraron filigranas y losanges y he pintado el vacío de color muchas veces

Saloma  Lejos de los escollos lejos de las orillas cantando con dulzura a ras de onda tripulo en el crepúsculo divino Estoy en guardia de mi cuando   Pongo mi lengua en trance pulso la melopea abanico el silencio y balanceo el alma No acaba mi faena mi murmurio Estoy en guardia de mi nunca   Undísonos de espumas espontáneas jubilan Sangra la mente en blanco y sintonizo


náufrago en el bajío del lenguaje Estoy en guardia de mi nada   Absorto entre las aguas secretas del afán mi corazón libó los besos de la pauta Maese marinero de imposibles medusas Estoy en guardia de mi siempre   No siento mi cabeza desgreñada en la noche abandonado el ser a su santa nostalgia de anénomas y aromas de marisma Estoy en guardia de mi menos   Por la fosforescencia de la sirte natal atesora su cuna de oleaje admirable Naviega tu garganta en tu galubia Estoy en guardia de mi no   Ante todas las cosas que estallan agonizo Contemplo el templo mudo del salitre Arrodillo mi frente en el secano Estoy en guardia de mi sin

Las estrellas y la belleza  

Bajo el cielo todo es tentación y la muerte viene después Comer beber y el coito a lo que se le llamó pecado Échame vino y échame mujeres La belleza se gasta y la salud Allí está el Paraíso y aquí la tierra y el carbón Dame tus manos que me besan mientras tan lejos estamos del Onyx y la piedra Bdellah

Mi Laura de Noves Llegó mi Laura a mí que soy tetrarca Y soy tetraedro del amor rotundo Cuatro ojos tengo para ver el mundo Y cuatro brazos reman nuestra barca Todos los besos que guardaba en arca como confetis en su cara hundo y la lleno de savia en un profundo jazmíneo de caricias ¿Soy Petrarca? En todo caso me casé con ella Yo que estoy ya casado con la mía Con la mía maniática poesía Y ambos chupamos la terrible estrella del seno de Abraham que está en lo alto Llegó mi Laura vestida de cobalto


desde su negación. En esta voluntaria fragmentación del tiempo logra Ory concentrar su mirada y, de un sólo golpe, mostrarnos cuanto mira por dentro y por fuera, sin temor a las convenciones de la lengua, sin el vano prejuicio de la memoria. Quizás el apartado – si se puede utilizar este término en la obra de Ory, ya que todo es parte indivisible de una cosmovisión- en el que mejor se aprecie esta orientalidad sea en sus Aerolitos. Así llama el poeta a una serie de fugaces instantes de conciencia representados por frases aparentemente inconexas que, desde el espacio caótico del pensamiento, caen sobre el papel tras un viaje milenario. Son formas perdidas en el sueño, experiencias acumuladas de lecturas, luces de la observancia que van configurando en su esparcimiento el extracto apriorístico de su poesía. Como suele ocurrir con toda la obra de Ory, los aerolitos obedecen a un proceso acumulativo, a un work in progress. En 1962, Marcel Beláu prologa la primera edición de Aerolithes1, aparecida en París y en francés: “El aforismo tal como lo practica Carlos Edmundo de Ory, tiende a subrayar una verdad profunda a medias borrada, o crear un sentimiento, una emoción olvidados. ¿Qué es entonces el pensamiento así traducido? ¿Relámpago en la noche, poema ideal, eco del cielo o el infierno, palabra de Dios?”. Los lectores españoles tuvimos la oportunidad de conocer una selección de estos más que aforismos en dos entregas de Cuadernos Hispanoamericanos2 y en el volúmen que, bajo el título general de Poesía3, preparara Felix Grande en 1970. Diez años más tarde, Gustavo Correa incluye una nueva colección de estos mínimos gestos textuales, en su Antología de poesía española4 Por fin, en 1985 aparece por primera vez en España una cuidadísima edición de Aerolitos, como libro propiamente dicho5, y en 1990, nos encontramos con una importante muestra aforística en Metanoia6, antología de Carlos Edmundo de Ory bajo el cuidado de Rafael de Cozar. En 1994, otra editorial madrileña publica una esperada entrega bajo el título de Nuevos Aerolitos7, y más recientemente, en 2009, la Fundación Cesar Manrique edita los Novísimos Aerolitos8, con ilustraciones de la pintora Laura Lacheroy, esposa y compañera del poeta. Durante todos estos años, varias revistas literarias han venido insertando entre sus páginas aisladas colaboraciones aerolíticas9 que, haciendo gala de su materia y baturaleza, irrumpen inesperadamente en el lineal y, a veces, monótono timbre de nuestra poesía contemporánea. De las voces griegas aer-aeros -aire, pero también oscuridad- y litos -piedra arrojadiza, y al tiempo, piedra preciosa-, cada aerolito es un destello que surge del vacío, de la negra noche y nos invita a regresar al origen tras haber recibido la descarga de su luminosidad. Lo importante de cada aerolito, ya no es su forma ni textura, sino el hueco que deja en nuestro territorio: hueco profundo, grieta deshabitada, caverna en cuyas sombras sucede, no ya lo que creíamos realidad como en el platónico acertijo, sino la vibración rotunda de lo real. En esa introspección, mirada o viaje hacia el centro de la tierra y hacia el

centro del ser, el poeta conecta su memoria oriental con el hilo subterraneo que sotiene la tradición de nuestras negaciones: Socrates, Cristo, Nietzche, Shopenhauer, Kierkegaard o Heidegger. Los aerolitos de Ory se diferencian de otras literaturas breves en que precisamente no son literatura, sino ramificaciones nerviosas de un núcleo vitalísimo que nos recuerda en todo momento que estamos vivos. Sería arriesgado sugerir que no existe pretensión de estilo en estas frases, aparentemente incoherentes algunas, desgarradas las otras, profundas, lúdicas o melancólicas. El escritor difícilmente puede abandonar su engranaje verbal, su estilística, en definitiva, pero al enfrentarnos como lector a alguna de estas series, tenemos la sensación de estar junto a la voz humana del poeta, su risa, su locura, su disparate y su ternura. Los aerolitos son desgajos generosos que el autor nos regala como la representación más auténtica de si mismo. En esto, quizás, estriba una de sus grandes diferencias con las greguerías de Gómez de la Serna. En estas últimas, la literatura y el proceso de fragmentación nos conduce a un mundo ya pensado por el escritor; mientras que en Ory, el fragmento es indicación hacia el vacío, hacia el origen, hacia ese espacio abierto e indescifrable que llamamos silencio. “En el mar no hay libros” dice uno de ellos. “Tener una amiga que se llame Kyrie Eleison”, reza el de más allá. “El amor es el laboratorio del poeta” nos sentencia el de enfrente. O estos últimos: “Mi patria es el aire que respiro”. “Maldito sea el pan que no coma el pobre”. “No me acuerdo de haber nacido”. Un continuo fluir inesperado configura un sinuoso río que, como siempre, se encamina hacia una desembocadura deseada: la libertad total, el desapego total de las palabras, la frase infinita.

(Endnotes) 1 Notas : Aërolithes. Carlos Edmundo de Ory. Imprimerie Rougerie, París, abril 1962 (Versión francesa de Denise de Ory). 2 Cuadernos Hispanoamericanos. Nº. 181. Madrid, 1965 y Nº 230. Madrid, 1969. 3 Poesía 1945-1969. Carlos Edmundo de Ory. Edición preparada por Felix Grande. Edhasa. Barcelona, 1970 4 Antología de la poesía española. Ed. de Gustavo Correa. Volumen II, Madrid, 1980. 5 Aerolitos. Carlos Edmundo de Ory. Ediciones El Observatorio. Madrid,


1985. 6 Metanoia. Ed. de Rafael de Cózar. Cátedra. Madrid, 1990 7 Nuevos Aerolitos. Carlos Edmundo de Ory. Ediciones Libertarias. Madrid, 1994. 8 Novísimos aerolitos. Carlos Edmundo de Ory, Colección Peña Blanca, nº 14, Fundación Cesar Manrique, Lanzarote, 2009 9 Alcance. Nº9, Leon,1981. Barcarola, Nº 15,Albacete 1984. Hora de Poesía. Nº51-52, Barcelona, 1987. Diario de Cádiz. Abril, 1993. Cuadernos Hispanoamericanos, Nº545. Madrid, 1995 El ciervo, Nº544-45, Barcelona, 1996 La carátula. Separata especial, Elche, 1998 Caleta. Nº 2. Cádiz, 1998


LA MEMORYA ORYENTAL (A propósito de los aerolitos de Carlos Edmundo de Ory) Desde Aristóteles, el mundo occidental se ha obstinado en la demostración. Convicto el filósofo, ha venido imponiendo teorías e ideales bajo el amparo de la lógica. Poco se ha escurrido de esas zonas sombrías donde el empirismo no ha podido meter sus narices. Oriente, sin embargo, ha seguido otorgándole su debida importancia a esas oscuridades que convergen en el corazón del hombre y que paradójicamente nos lanzan destellos luminosos, avisos de una consciencia vigilante. En esos momentáneos brotes del corazón, la palabra juega un papel maravilloso, confundiéndose en ocasiones con el fenómeno de ser. La poesía oriental es pues el resultado de una desmesurada contemplación, más que del ingenio o de la especulación. No en vano, Dios es casuístico en muchas religiones o conductas espirituales orientales, porque su presencia es palabra que sólo nombra cada individuo en su interior. Carlos Edmundo de Ory es un poeta deliberadamente apátrida, pertenece a otra tradición distinta del resto de sus coetáneos españoles. Mejor dicho, una vez asumido su correspondiente pasado lírico, el poeta reconstruye su pensamiento apoyándose en múltiples lecturas pertenecientes a lejanas y “extrañas” tradiciones. Oriente le conmovió muy joven, y a él debe en parte la brevedad de sus sentencias y la concisión de sus observaciones. La poesía de Ory es fruto de un acertado maridaje de cuanto bulle precipitadamente en la conciencia y la pertinaz observación de cuanto le rodea. Su ritmo singular está marcado por un pulso distinto, no acompasado por la métrica o la dinámica repetitiva que suelen imponer las palabras encadenadas entre sí, sino por un tiempo suspendido y, a la vez, impetuoso, producto del sorprendente encuentro de su interno discurso con la disposición exterior de la naturaleza contemplada. Todo esto nos hace recordar la precisión de los haikus japoneses, la delicada ornamentación de la poesía china, la seca arquitectura de los versos budistas o la metáfora discordante y pretendidamente equívoca de la lírica persa. Buda, Lao Tse, Basho, Omar Kayan, Hafiz van construyendo, más que un pensamiento, un sentido distinto de percepción que en el poeta configura una dialéctica negativa, según las propias palabras del autor, porque en la negación encuentra la esencia de su búsqueda, su propio verbo. No es Ory, por otra parte, un poeta, ni oriental, ni orientalizado, ni tampoco desorientado –como han querido hacernos ver algunos críticos de miras demasiado estrechas y nacionales-, sino alguién que ha aprendido a congelar la imagen del presente, aislarla de su pasado y su futuro, desnudarla de referencias aditivas e insuflarle vida desde su negación. En esta voluntaria fragmentación del tiempo logra Ory concentrar su mirada y, de un sólo golpe, mostrarnos cuanto mira por dentro y por fuera, sin temor a las convenciones de la lengua, sin el vano prejuicio de la memoria. Quizás el apartado – si se puede utilizar este término en la obra de Ory, ya que todo es parte indivisible de una cosmovisión– en el que mejor se aprecie esta orientalidad sea en sus Aerolitos. Así llama el poeta a una serie de fugaces instantes de conciencia representados por frases aparentemente inconexas que, desde el espacio caótico del pensamiento, caen sobre el papel tras un viaje milenario.Son formas perdidas en el sueño, experiencias acumuladas de lecturas, luces de la observancia que van configurando en su esparcimiento el extracto apriorístico de su poesía.

Como suele ocurrir con toda la obra de Ory, los aerolitos obedecen a un proceso acumulativo, a un work in progress. En 1962, Marcel Beláu prologa la primera edición de Aerolithes1, aparecida en París y en francés: “El aforismo tal como lo practica Carlos Edmundo de Ory, tiende a subrayar una verdad profunda a medias borrada, o crear un sentimiento, una emoción olvidados. ¿Qué es entonces el pensamiento así traducido? ¿Relámpago en la noche, poema ideal, eco del cielo o el infierno, palabra de Dios?”. Los lectores españoles tuvimos la oportunidad de conocer una selección de estos más que aforismos en dos entregas de Cuadernos Hispanoamericanos2 y en el volúmen que, bajo el título general de Poesía3, preparara Felix Grande en 1970. Diez años más tarde, Gustavo Correa incluye una nueva colección de estos mínimos gestos textuales, en su Antología de poesía española4 Por fin, en 1985 aparece por primera vez en España una cuidadísima edición de Aerolitos, como libro propiamente dicho5, y en 1990, nos encontramos con una importante muestra aforística en Metanoia6, antología de Carlos Edmundo de Ory bajo el cuidado de Rafael de Cozar. En 1994, otra editorial madrileña publica una esperada entrega bajo el título de Nuevos Aerolitos7, y más recientemente, en 2009, la Fundación Cesar Manrique edita los Novísimos Aerolitos8, con ilustraciones de la pintora Laura Lacheroy, esposa y compañera del poeta. Durante todos estos años, varias revistas literarias han venido insertando entre sus páginas aisladas colaboraciones aerolíticas9 que, haciendo gala de su materia y baturaleza, irrumpen inesperadamente en el lineal y, a veces, monótono timbre de nuestra poesía contemporánea. De las voces griegas aer-aeros -aire, pero también oscuridad- y litos -piedra arrojadiza, y al tiempo, piedra preciosa-, cada aerolito es un destello que surge del vacío, de la negra noche y nos invita a regresar al origen tras haber recibido la descarga de su luminosidad. Lo importante de cada aerolito, ya no es su forma ni textura, sino el hueco que deja en nuestro territorio: hueco profundo, grieta deshabitada, caverna en cuyas sombras sucede, no ya lo que creíamos realidad como en el platónico acertijo, sino la vibración rotunda de lo real. En esa introspección, mirada o viaje hacia el centro de la tierra y hacia el centro del ser, el poeta conecta su memoria oriental con el hilo subterraneo que sotiene la tradición de nuestras negaciones: Socrates, Cristo, Nietzche, Shopenhauer, Kierkegaard o Heidegger. Los aerolitos de Ory se diferencian de otras literaturas breves en que precisamente no son literatura, sino ramificaciones nerviosas de un núcleo vitalísimo que nos recuerda en todo momento que estamos vivos. Sería arriesgado sugerir que no existe pretensión de estilo en estas frases, aparentemente incoherentes algunas, desgarradas las otras, profundas, lúdicas o melancólicas. El escritor difícilmente puede abandonar su engranaje verbal, su estilística, en definitiva, pero al enfrentarnos como lector a alguna de estas series, tenemos la sensación de estar junto a la voz humana del poeta, su risa, su locura, su disparate y su ternura. Los aerolitos son desgajos generosos que el autor nos regala como la representación más auténtica de si mismo. En esto, quizás, estriba una de sus grandes diferencias con las greguerías de Gómez de la Serna. En estas últimas, la literatura y el proceso de fragmentación nos conduce a un mundo ya pensado por el escritor; mientras que en Ory, el fragmento es indicación hacia el vacío, hacia el origen, hacia ese espacio abierto e indescifrable que llamamos silencio. “En el mar no hay libros” dice uno de ellos. “Tener una amiga que se llame Kyrie Eleison”, reza el de más allá. “El amor es el laboratorio del poeta” nos sentencia el de enfrente. O estos últimos: “Mi patria es el aire que respiro”. “Maldito sea el pan que no coma el pobre”. “No me acuerdo de haber


9 Alcance. Nº9, Leon,1981. Barcarola, Nº 15,Albacete 1984. Hora de Poesía. Nº51-52, Barcelona, 1987. Diario de Cádiz. Abril, 1993. Cuadernos Hispanoamericanos, Nº545. Madrid, 1995 El ciervo, Nº544-45, Barcelona, 1996 La carátula. Separata especial, Elche, 1998 Caleta. Nº 2. Cádiz, 1998

José Ramón Ripoll

1 Aërolithes. Carlos Edmundo de Ory. Imprimerie Rougerie, París, abril 1962 (Versión francesa de Denise de Ory).

2 Cuadernos Hispanoamericanos. Nº. 181. Madrid, 1965 y Nº 230. Madrid, 1969.

3 Poesía 1945-1969. Carlos Edmundo de Ory. Edición preparada por Felix Grande. Edhasa. Barcelona, 1970

4 Antología de la poesía española. Ed. de Gustavo Correa. Volumen II, Madrid, 1980.

5 Aerolitos. Carlos Edmundo de Ory. Ediciones El Observatorio. Madrid, 1985.

6 Metanoia. Ed. de Rafael de Cózar. Cátedra. Madrid, 1990

7 Nuevos Aerolitos. Carlos Edmundo de Ory. Ediciones Libertarias. Madrid, 1994.

8 Novísimos aerolitos. Carlos Edmundo de Ory, Colección Peña Blanca, nº 14, Fundación Cesar Manrique, Lanzarote, 2009

Luz Mary Giraldo. Nació en Ibagué en 1950. Poeta y ensayista, profesora universitaria, autora de varias antologías de cuento colombiano y de libros de ensayo sobre literatura latinoamericana y colombiana. Como poeta ha publicado: El tiempo se volvió poema (Cafastía, 1974), Camino de los sueños (Instituto Tolimense de Cultura, 1981), Con la vida (Universidad Javeriana, 1997), Poemas (Coautoría con Óscar Torres Duque, edición bilingüe. Seattle: Universidad de Washington, 1998), Hoja por hoja (Universidad Nacional de Colombia, 2002), Tarjeta postal (Universidad Externado de Colombia/ El Malpensante, 2003), Poe­mas (Coautoría con Martha Canfield, edic. bilingüe. Florencia: Fundazione Il Fiore, Italia, 2004), Diario vivir (Colecciones Entrecasa, 2007). Ha hecho lecturas de sus poemas en el país y en el exterior y ha sido invitada a encuentros nacionales e internacionales de poesía, entre los cuales cabe destacar: Hay Festival (Cartagena, 2007), Festival Internacional de Poesía en Bogotá (2006, 2007), Festival Internacional de Poesía en Medellín (2008), Casa de la Luz y de la Poesía (Florencia, Italia, 2003), Encuentro Colombo Mexicano de Escritores (México, D. F., 1996). Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés e italiano, e incluidos en antologías nacionales y extranjeras: Tambor en la sombra (México), Antología de la poesía colombiana (Colombia), Diosas de bronce (USA), Letras de paz (Colombia), Nue­vas voces de fin de siglo (México-Colombia), Hilos de arena (Colombia), Ellas y ellos (Colombia), México en la Poesía Colombiana, Posadas (Colombia-México), Poesía Colombiana –Antología 1931-2005- (México), Modelo Cincuenta (Colombia).En varias ocasiones ha sido jurado de Premios Nacionales de Literatura, del Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en Guadalajara y del Premio Internacional de Poesía Juan Valera Mora en Caracas.

nacido”. Un continuo fluir inesperado configura un sinuoso río que, como siempre, se encamina hacia una desembocadura deseada: la libertad total, el desapego total de las palabras, la frase infinita.


“Un día ajeno a la leyenda”.

tierras extrañas que son alfabetos veloces. Y en Sonidos en la luz, “sin profecía, sin proverbio”, Sobre la poesía de Luz Mary Giraldo la poeta juega a la fijeza. Cada poema es el Hay un árbol que no es roble ni abedul y que no juego perdido y deseado: “Punto de llegada cada existe en la botánica aunque esté en la tierra; es rama”. “Crece la lluvia/ y en cada gota la hoja del solo un árbol y, a veces, su contrario. Y hay un árbol cae”. “El punto es el pájaro”. Ella ve pasar pájaro que no es ruiseñor y a veces es el nombre la palabra y el verso, ve pasar el término de su de cuanto no puede volar. Las cosas vivas que búsqueda y, entonces, se adelanta. pueblan los poemas de Luz Mary Giraldo Carolina Sanin construyen, sin amueblarla, la distancia entre la mirada y la experiencia. Son los elementos que ofrece la ventana. La poesía donde laten es poesía de todos los días y es lo opuesto de poesía La poética de Luz Mary Giraldo: saberes cotidiana. Es, precisamente, poesía de la totalidad y poderes de la palabra de los días; labor que encuentra qué habrá sido cuando el último día se vaya. De hoja en hoja, El quehacer literario de Luz Mary Giraldo, no se Luz Mary ha compuesto un nocturno lleno de agota en sus reconocidas investiga ciones sobre luz: una modalidad relampagueante de la elegía. narrativa colombiana contemporánea, en los lúcidos ensayos críticos, en la cuidadosa labor de En Camino de los sueños la existencia es cuanto antologista ,en el exitoso desempeño docente, ni mora lejos. La voz busca saber qué condiciones en los rigurosos trabajos de historia literaria; por tiene lo que existe, y encuentra una sola condición: el contrario, se nutre, y a la vez se potencia, con la de su propia enunciación, siempre en trance la que es sin duda su pasión más acentuada: la de recuperarse; la de su vigilancia, siempre en creación poética. En efecto, el empeño de la autora el instante del comienzo. La memoria busca el recuerdo que no quedó en la memoria, y el poema por conciliar intuición y saber, presentimiento se desenvuelve en la resistencia a ser descrito o y reflexión, o imagen y concepto, ilustra con confesado; se despliega como un gesto hacia suficiencia en perfil que caracteriza a la escritora y la vida propia que está siempre más allá, en la a la intelectual de nuestros tiempos. anterioridad perdida y la aspiración final, en una tierra que es distinta de sí misma sin ser cielo: La trayectoria lírica de Luz Mary Giraldo, integra­ en el “lejano preludio del recuerdo”, “la ausencia da por cinco libros de poemas: El tiempo se volvió solidaria del olvido”, “la cálida nostalgia/ que ya poema (1974), Camino de los sueños (1980), Con no tiene fábulas/ ni canto”. la vida (1996), Hoja por hoja (2002) y Postal de viaje (2003), conforma un ámbito poético, que Antes que suceder en el tiempo, la palabra va a permanentemente decantado, no sólo revela la la caza del tiempo en los poemas de Con la vida. riqueza de su sensibilidad, sino que se constituye El momento percibido se fuerza y se transforma en una percepción peculiar del tiempo, de la vida, en vida entera. La poeta es lectora que investiga del poder de la palabra y de las contingencias co­ cómo hacer germinar una identidad en cada verbo. Luego la investigación se convierte en costumbre tidianas. Los dos libros iniciales se alimentan de resonancias provenientes del simbolismo francés, poética y en doméstico paisaje de la mente. de la poesía española e hispanoamericana de la Los poemas de Postal de viaje reubican sus primera mitad del siglo XX, y más de cerca, de la decisiones en la geografía; instalan la palabra en tradición colombiana hija de José Asunción Silva

y de Aurelio Arturo. En estos poemarios es carac­ terístico el regodeo en la sugerencia de la imagen, en las analogías de lo evanescente y en acompa­ sados efectos rítmicos, o el deleite en metáforas intimistas, generadas en un deseo obsesivo por encantar lo que se va; desde esta perspectiva, se poetizan los tópicos que serán recurrentes en el universo poético de Luz Mary Giraldo: el tiempo, la muerte y las ausencias.

Dentro de un meticuloso proceso creativo, el yo lírico, como una nueva Penélope, teje y desteje urdimbres de palabras, de voces y de ecos, que lo atraen y simultáneamente lo confrontan: el sentimiento de soledad de Ungaretti, la pregunta metafísica de Borges, el desgarramiento de Vallejo, el simbolismo legendario de Quessep, o la inquietud existencial de Blanca Varela; el resultado de este laborioso bordado de memorias y de imágenes con que se define el trabajo literario, genera un nuevo tejido lírico con timbre, tono y estilo característicos dentro de la poesía colombiana contemporánea. A partir del poemario Con la Vida, se evidencia un viraje en la actitud poética de Luz Mary Giraldo, centrada desde entonces en la cercanía de lo cotidiano y en una experiencia vital asumida con madurez; los poemas privilegian los significados hasta constituirse en expresiones de un yo ubicado plenamente en la realidad, que no sólo ha interiorizado las vivencias propias, sino las del entorno que lo rodea, a través de un mayor conocimiento de los saberes secretos y de las posibilidades del lenguaje lírico. El poemario declara y a la vez realiza la poética que lo anima, desplegando distintas facturas líricas que van desde el poema de sustrato narrativo hasta formas condensadas, o desde la enunciación hasta el apóstrofe lírico. En varios casos, los poemas-memoria conforman galerías de retratos- la abuela, la madre, el padre,

el esposo, los hijos, los amigos- , a partir de origi­ nales reelaboraciones de motivos de rancia estirpe literaria: la casa, el cuarto del recuerdo, el jardín, el espejo, el baúl, la foto desteñida o el reloj; la ca­lle, el campanario, los balcones provincianos o el rumor del viento entre los árboles. Esta galería es posible gracias a una poética, según la cual es­ cribir es una costumbre originada en la necesidad de expresar la sorpresa frente a la existencia, la soledad, el carácter inasible de los sueños, las vo­ ces ocultas de las cosas, el milagro de la vida o la vivencia del tiempo; por eso, se escudriñan pala­ bras, se dialoga con otros poetas, se re-apropia la infancia y se convocan los recuerdos. Sin embar­ go, ni se romantiza, ni se lamenta el pasado; por el contrario, el transcurrir del tiempo capturado en el poema, se constituye en la plena toma de conciencia del mismo. En otros casos, los poemas concentran experiencias personales del amor y de la muerte, sin reducir el primero a una mera con­ fesión intimista; ni la segunda, a lamentos paté­ ticos, sino a elaboraciones sensibles y realistas de las dos polaridades entre las cuales se vive; la pa­ labra poética elabora una trama de significantes que permite oír la voz del padre muerto, atenuar el dolor, jugar a la libertad, descubrir el escondite del amor, soñar la aventura, inventar nuevos ros­ tros o forjar esperanzas. Así mismo, sobresale, y será luego característica, la elaboración depurada del poema breve, cuya fuerza expresiva se reconoce en el hallazgo de significados inéditos, que sorprenden por igual la sensibilidad y el intelecto del lector: el alto poder perceptivo de la palabra, los rigores del tiempo, los misterios del quehacer poético o el instante supremo en que surge el valor de lo inmanente; tan repetida es la asociación del verso y de la palabra con imágenes de aves o de vuelo, que varios poemas contienen una poética de lo ascencional, capaz de in­ movilizar momentos únicos y reveladores. Sin embargo, la conciencia


vigilante que orienta este proceso no desemboca en una poesía cerebral; los poemas se constituyen en sugestivas formas de conocimiento, pues antes que describir o ilustrar, descubren una coherencia, que desde una simultaneidad de tiempos y espacios, rompe la continuidad aparente de la vida y revela sus órdenes secretos. El poemario Hoja por Hoja es prolongación de la acti­tud poética característica de Con la vida, sólo que ahora se atenúa la dinámica narrativa y se acentúa el oficio la­borioso con la palabra, cuyo poder expresivo se concen­tra en la contundencia de la imagen. Precisamente, dos imágenes emblemáticas, que continuamente intercam­ bian sus significaciones, enmarcan el libro y definen las preocupaciones creativas de Luz Mary Giraldo: el pájaro, asociado con el poeta, a través de analogías con el canto, el vuelo y la ascencionalidad; y el gato, asocia­do con el poema, a través de analogías con el misterio, el enigma y el acecho. Por eso, el nacimiento y la forma del poema, se analogan respectivamente con los extra­ños movimientos y con la curiosidad traviesa del gato; éste y la poesía saben que la vida y la muerte, como la luz y la sombra, se hermanan enigmáticamente; el gato-poema puede cazar versos, mostrar el revés de la apa­riencia o metamorfoseado en gata esquiva y misteriosa, se identifica con el carácter paradojal de la existencia.. Por otra parte, la imagen del pájaro y la de su vuelo, se identifican con la palabra, que como él, se alza, cruza horizontes, atraviesa confines, y en un momento determinado, se detiene para manifestar el dolor; otras veces, el pájaro-poema deja caer plumas -significados- y congela las ramas convertidas en temporalidad. La potencia de la imagen del pájaro-poeta se conecta con la sugestiva analogía cuerpo-escritura, la cual calma la sed de vida y de ex­presión (la elevación del pájaro), es antídoto contra el dolor y el olvido

(el canto del pájaro), y está irremediablemente emparentada con la muerte (el pájaro cantor se vuelve taciturno). El yo lírico al asumir las contingencias y al prenderse del poder de la poesía, hace posible el triunfo de la vida; convierte al poema en un acto de resistencia más allá de las marcas doloro­sas que el tiempo deja en la escritura: las palabras caen e invaden el espacio en blanco, ahogan el silencio y como gatos nocturnos recorren la ciudad hasta desvelarle sus significados más secretos; de esta manera, el yo lírico de Luz Mary Giraldo educa su percepción del mundo y de las realidades cotidianas. El último poemario de la autora conocido hasta el mo­mento, Postal de viaje, ratifica y ensancha la tópica ca­racterística de su mundo poético; por una parte, la sabia reescritura de epígrafes establece coincidencias, y sobre todo, diferencias con otros universos líricos invocados durante el proceso creativo, a través de poemas conden­ sados, enunciaciones y estructuras dialogales o narrati­vas. Por otra parte, el poemario reubica núcleos semán­ ticos que remiten a un mismo ámbito de significación, evidenciando actitudes y convicciones asumidas con madurez frente a la vida, el tiempo, el dolor, la violencia, los afectos, los amigos, la escritura y el cada vez más am­plio conocimiento del mundo. De igual manera que en los libros anteriores, la palabra se teje incansablemente para aliviar la espera, se espiga hasta reencontrar las cosas perdidas, o su continuo goteo hace florecer el poema como ámbito de combate con la terquedad de las ausencias; el espejo refleja dolores y alegrías de la historia personal como eco del acontecer colectivo; los objetos contienen tiempos congelados, res­catan memorias y poseen lenguajes secretos. A su vez, el emblemático

canto del pájaro se identifica con la poesía, que en tanto vida que fluye, contiene la muerte, por eso, con frecuencia su canto se seca – los hijos de la guerra no lo oyen , no obstante, el yo lírico se empeña en seguir escuchándolo en medio de la aridez y de la soledad del entorno. Finalmente, el tópico del viaje como trayecto geográfico real y como travesía interior, no sólo sintetiza actitudes poéticas fundamentales en la sucesión ver-recordar-tomar concien­ cia, sino que proyecta las significaciones líricas hacia nuevos derroteros, donde la memo­ria evocativa se desplaza en el tiempo y en el espacio, para reubicar los recuerdos y reaco­modar la percepción del mundo Por eso, las postales de Viena, Budapest, Praga, Florencia, Córdoba, Sevilla, Granada, Seattle, Nueva York o México más que estampas de viajero, son elaboraciones líricas de una memoria reconstructiva que mientras reconoce lo intuido, o la reaniman los súbitos descubrimientos, zurce recuerdos, borda sueños y teje vivencias en un lento y depurado acto de afirmación frente al mundo. En conclusión, desde 1996 hasta hoy, la poética de Luz Mary Giraldo permite que su yo lírico enfrente las contingencias cotidianas y se deje leer por los signos de la vida y de la historia; mientras más se apropia de los saberes y de los poderes de la palabra, más se reeduca su per­ cepción de la realidad. Cristo Rafael Figueroa Sánchez.

En la poesía de Luz Mary Giraldo se muestra un núcleo existencial del que se desprenden memorias, vivencias líricas, rechazos, erotismo, en el desvelo no sólo como hecho fisio­lógico, sino emocional, psíquico. No podía omitir el arquetipo de Penélope: espera nocturna, tensión involuntaria, tejer y destejer la vida en el destiempo de la ausencia. No hay disonan­cias ni


violencia en la insatisfacción propia de casi todos los humanos de nuestra civilización, privados de espiritualidad y belleza en aras del triunfo de la máquina, la tecnología, el consu­mo y la ambición de poder. En ese sentido, la poesía puede resultar un oasis si acepta no ser un panfleto sino aproximación a otra realidad que no es la inmediatez. La poesía de Luz Mary mantiene el tono de elegancia lúcida y retenida en la confesión, lo cual resulta bastante excepcional en el clima tórrido y el lenguaje crudo, confesional, de cierta poesía femenina que peca frecuentemente de narcisismo exhibicionista. Juan Liscano, 1994 Hay algo en la poesía de Luz Mary Giraldo relacionado con la superación del abismo entre poesía y vida y con la contemplación y el logro de la palabra más significante. No buscó la música, sino el menor número posible de la palabra: obligar el lenguaje a lo esencial. Encuentro definitivo entre poesía y vida, arte de una maestra cantora, que cultiva la literatura como arte y como ciencia y que ha seguido el vuelo de las palabras desde el sueño hasta el cumplimiento del sueño. Se percibe cierto vago proceso de sucesivo secamiento de las ilusiones, roto de pronto por versos visionarios. Dentro de la vertiente de escritura que enseñaron y escribieron y de la cual ejemplos más simbólicos son Ungaretti y en América Alfonso Reyes, Pedro Enríquez Ureña y Alejandra Pizarnik, Luz Mary busca la poesía lejos del metro y de la rima y aún de todas las posibilidades de jugar sobre la página, buscando la vida, pero no en sus excepciones, sino en el punto donde se encuentra con la poesía.

Augusto Pinilla

Sonidos en la luz de Luz Mary Giraldo:

una manera honda de dar cuenta del asombro La que es evidencia de un dolor, un desarraigo, constatación de una incomodidad que no acaba de permitirnos habitar en el mundo, desterrados de la casa del lenguaje, los creado­res asisten a un ritual de disolución y queja, dolorido silencio que no acaba de sentirse a gusto en el flujo de los días, y la poesía de Luz Mary Giraldo en este nuevo libro, Sonidos en la luz, da cuenta de un camino recorrido con paciencia y maravilla en este mismo espíritu. Adam Zagajewski, el gran poeta polaco pide: “Danos el asombro, y una llama alta, clara”, y esa alta y clara llama es la que Luz Mary convoca en estos versos de contención y desolada certeza. Palabra contenida Papel con garabatos araña y caracol horizonte debajo de la sombra cuerpo y eclipse.

Ronda la muerte al otro lado de la página. Poesía de la disolución aparente, pero celebración de la mirada, estos poemas nos ofrecen contenida belleza, conciencia del paso del tiempo y una manera de afirmarnos en la creación que hace posible el canto y le da su poder de afirmación. Para Luz Mary la imposibilidad del silencio es la constatación plausible de cómo todo está en movimiento, nos habla de un pas­mo fundamental ante el mundo del que el poema debe dar cuenta:

Silencio de los árboles Dicen que en el silencio están la nada y la armonía pero no oyen el corazón el eco de la voz la sangre que corre por las venas el crujir de los huesos los párpados que temblorosos se abren. Escucha la respiración su trote lento o un cabalgar atormentado el agua entre la boca y la garganta el cielo de tu pecho cuando amas la materia del cuerpo y sus sonidos el árbol contra el viento. Ni siquiera en la sombra está el silencio no está en la calle vacía tampoco en el paisaje ciego. No se queda en la muerte. Algo se escucha en la carne y el hueso cuando la soledad desciende hacia a la tierra con el silencio de los árboles. Como la luz que le da su razón de ser a la mirada del asombro, estos sonidos que habitan la luz de los versos de este libro no se detienen nunca. La constatación de nuestra fundamental fra­gilidad es luz que habla, sonido que no deja de dar cuenta de aquello que nos define como do­loridos o maravillados habitantes de un mundo donde la infancia y el canto hacen posible que el asombro viva en nuestros inquietos corazones. Oír en la luz, inversión de los sentidos que da cuenta de una complejidad que da vida al canto, incomodidad y deseo de salir de nuestra limitada percepción para hacer vivir una expresión que no hable de cómodos logros sino que muestre nuestra fundamental extrañeza en el mundo, son algunos de los poderes que habitan esta poesía, y nos la hacen íntima y la llenan de valor,


permitiendo que una memoria de lo no evidente, asordinada, nunca complacida en la estridencia, nos habite y acompañe en el sendero. Leamos uno de los poemas más reveladores, en mi opinión, de la imagen nutricia que le da vida a Sonidos en la luz:

Regreso

Bajo la cicatriz de un pájaro inicias otro vuelo: las alas de tu casa se han abierto

El vuelo del pájaro que es la forma de la casa extendida es quizás la imagen central de este libro. Quietud y movimiento se hacen uno en la imagen del vuelo del hogar, lo doméstico buscando una manera de andadura en el mundo, su manera de hacerse una vagabunda inmó­vil a la manera de Michel Tournier, y en esta paradoja se basa su más honda significación, la que le permite a la palabra ser ruido y silencio, condena y paraíso, porque el vuelo del pájaro que despliega sus alas en la manera más externa de la casa es acaso el símbolo secreto de una palabra que nos saca de nosotros mismos y nos ofrece un bálsamo en el que la ponzoña no está exenta, una forma de alegría que no esconde su dosis de dolor y esfuerzo. La vida puede estar deshecha, pero seguimos descubriendo una manera de habitar en el mundo que nos habla de un último aliento, una forma de luz que es rumorosa, la imagen sinestésica que le da su título a estos sonidos de la luz permite que las palabras de la esperanza le den otro sentido al tiempo, uno que se reactualiza en el poema:

Si acaso Si acaso llega el sol si vuelve a repetirme tu mirada si reconoce mis palabras y se detiene delante de la puerta si golpea despacio ante la sombra sabré que has regresado y de nuevo me abrazas cierras los ojos y te quedas.

Juan Felipe Robledo

Llévame como un verso Además de la temática recurrente en su poesía (que menciona García Verdecia refirién dose a “la tristeza, el dolor, el miedo, la soledad”), hay una conciencia profunda del drama social de las multitudes desplazadas y exiliadas, no sólo en Suramérica sino en otros continentes. Los pueblos, las gentes dicen:”Sabíamos que todo era agua revuelta y pozos en­ lutados” Entonces, resurge la evidencia de la Gran Culpa y en la Canción Desamparada que­dan “huellas de tormenta” en los vocablos. Sí, sí, el exilio es otro naufragio y un destierro que “muerde las horas”. En la Canción Desolada “los días golpean como ausencia de Dios”....... La alusión al sacrificio de Ana Frank aporta un elemento histórico a la recurrencia de la memo­ria, Difusa, inconsistente, ésta puede ser también culpable. En Canción del Regreso y Trazo sobre el Papel, se introducen elementos líricos y estéticos, preparando un desenlace en que el poeta “con canto afónico dibuja el horizonte”. Finalmente, el testimonio femenino de Woolf, Pizarnik y Storni, describen la suerte del animal herido. Entretanto los poetas, las poetas, “construyen lo que pueden” como “alfareros de la vida”.

Acerca de “Sonidos en la luz” de Luz Mary Giraldo Una poesíatuada de meteoros Desde que perdí la vista no había vuelto a leer un libro. Me los leían, en susurros, con fondo de música religiosa y una botella de agua de Perrier al alcance de los labios. No podía ver, pero apoyado en el tacto podía dármelas de visionario. Una noche blanca que di­simulaba que disimulaba muy bien mis gafas oscuras, mis bufandas de holán y mi memoria prodigiosa de zapatero. Ni en mi propia casa se dieron cuenta de mi cegama. No se requiere ser un lince para acariciar la gata, ni un águila para desligarse de los zapatos. Pero en la feria del Libro me cayó como un beso Sonidos en la luz, de Luz Mary Giraldo, y súbito recuperé la luz de mis ojos.

Porque la poesía todo lo cura. Desde la pérdida de la memoria hasta la pérdida de la fe, desde la locura sagrada hasta la dispepsia, desde la influenza presidencial hasta el mal de Chagas, desde la claudicación intermitente hasta la picadura de la serpiente emplumada. Es la razón de la vida la poesía y por ella hasta la razón pierde. Pero se recupera la claridad. Todos los elementos tienen posada en esta poesía tatuada de meteoros. Donde a cada paso Un hermoso poemario, en que como dice Francine por la casa se sienten aleteando los dio­ses lares. Masiello refiriéndose a ciertas poetas ar­gentinas: Cuando el poema se tiende sobre tu sombra el “se entra en la paradoja máxima de la poesía, cuerpo que te viste se desvanece. Las endechas pues el uso de la palabra remite a un significado de amor van desnudas a la in­temperie. Nievan que elude la palabra misma; se revierte el mundo las sílabas, huracanan los adjetivos, treman intuitivo donde rige su poder sensual”. los significados, una pala­bra sola encierra la tarde, oraciones subidas de tono merodean los aposentos, un gato en un diván ronronea, madre Helena Araújo pone los platos lle­nos de fiesta. El rubio pan de la amistad hace margen a los poemas, nos Laussane, julio, 2010 sugiere el recuerdo de Ignacio Ramírez rodando por París en un taxi destartalado conducido por Michel de Nostradamus, a Gonzaloarango


tirando por la borda cien postales de amor desde el barco Gloria, a R. H. Moreno-Durán caminando dormido pero ebrio en Barcelona. La poetisa moja su pluma en tinta china para escribir la palabra cerezo y la palabra cerezo sabe a ce­reza. Van pasando las hojas como la vida y el libro de la naturaleza le va cediendo espacio a la muerte que anda siempre buscando pues­to. Es entonces cuando el día pinta de negro. Qué sería la poesía sin la muerte, que es un estado del alma. La poetisa toma el te con la dama de los hilos cortados ensartados en la aguja del tiempo. Hablan de pérdidas y pa­deceres. De amores idos de paseo. De perse­cuciones de espanto. De incendios interiores y de pavesas. Del esplendor de abrir los pár­pados para recibir el amanecer de hoy y del encandilamiento de enfrentar las ausencias. Agradezco a Luz Mary por haberme vuelto a la luz. Por este bosque de imágenes. Por este golpe de caricia en los ojos. Por este torrente de vértigo. Por el amor que todo lo vence em­pacado en la maleta. Por toda la belleza que florece y fructifica en las hojas guardadas en cada página. En los poemas de este libro vuelve el mun­do a reverdecer, echan a volar los árboles, los cielos se cargan de soles, se llenan las venta­nas de picaflores, tal ángel estaciona sus alas en la estación caminera. El animal de los deseos sale a recorrer la música y la noche. Aquí está todo el aire contenido en el agua, la tierra contenida en el aire, el agua contenida en la piedra, el fuego contenido en una mi­ rada. Cruza un collar de sueños un pájaro en cámara lenta y en contravía, ascienden cata­ratas de flores en el bosque de cantos, oscuro como un cerrar de ojos, y la poetisa que tiene las llaves del laberinto abre una puerta tras otra con las manos heridas, porque la vida tiene vidrios que cortan. La cicatriz en el ros­tro de narciso se la hizo con el espejo. Sueño de espejos rotos es el poema, pozo insonda­ble, catalejo para acercar al inválido, salvavi­das inflado con aires de Copacabana, círculo absorto. Hasta el aire cojea si el invierno le quita las botas de tacón alto. Yo al poema me acerco con puntas de pie, paso las hojas con la lengua de los dedos, al poema hay que saber tenderle la cama en el alma. Se oye el quejido del amor, doliendo rico. Ya bailé lo bailado con la sombra de la sono­ra, ahora canto encantado estos poemas im­presos como flores de mimosa. Paisajes inte­riores acompañados al piano por una pluma y dolientes amantes pisando céspedes a la hora de la merienda. Nubes de pájaros en barrena, polvo doméstico, aguas que ruedan por el cuerpo, soles clarividentes, perlas de mango, camisetas portátiles, horcas de mano, la poetisa le da los buenos días a la tristeza en traje de novia y la invita a sentarse para cortarle las uñas.

Aprendiz de gato Como el joven poeta el gato se inicia en lo desconocido: se acerca al laberinto

Jota Mario Arbélaez

acecha ruidos el aire cortado por un vuelo ángeles que caen sombras bajo la luz. Gato el poeta va y viene sin reposo sabe que a diario encuentra una salida otra puerta al enigma la vida escondida entre lo oscuro la muerte agazapada en los rincones. Sabe - poeta o gato – que los días soleados albergan la noche en lo más frondoso de los árboles donde la luz comienza: en el punto más negro.

Eterna biblioteca Con el libro abierto sobre el pecho repaso la vida que se revela en la palabra. Busco el cómo el dónde y el cuándo de las pausadas o truculentas horas el siempre o el nunca en el silencio la eterna biblioteca y la mirada. Lo escrito y lo leído rasgan la tela de papel despilfarran la tinta la cicatriz abierta el paso de un día con otro en la curva de la espalda y el libro que es toda la vida fragmento de fragmentos con el dónde y el cuándo del comienzo o el punto final de la palabra escritura en tinieblas.


No llega un pájaro Soy pájaro: mis vuelos son dentro de mí. Humberto Ak´abal

No canta un nuevo pájaro en el sueño no hay más lugar para el olvido imposible más sombra: crujen los huesos. No cabe una canción en este cielo negro: no llega un gato un pájaro que cante el triste duelo no llega a este lugar tan frío no llega. No vuela un pájaro no canta dentro de nadie: tiemblan los huesos.

¿Canto de pájaros? Sorda la vida y este dolor de huesos rotos. ¿Por qué tan poca luz por qué los ángeles se esconden y corre sangre en los puntos cardinales? Piden un canto de pájaros un arco iris en palabras nada de ausencias, cruces, miedos, ruidos. Anestesio el dolor lo escondo entre las páginas abro mis ojos desvalidos y el rojo se extiende como sábana. Sorda la vida y este dolor de huesos rotos.

En mi cuaderno Un rumor se detiene en mi cuaderno: el pájaro esconde su pico bajo el ala cae la lluvia y refresca la mirada. El gato se ovilla adormecido la luna dibuja la soledad de los amantes la alegría pasajera de su beso el mar atormentado la ciudad que se queja. El perro guarda silencio y crece la tarde de los pájaros. En mi verso soy libre: trazo una línea vertical en el cuaderno otra persigue el horizonte y la vida camina de puntillas con la muerte enredada en cada una de mis letras.


Abuela en los recuerdos

Por la gran culpa

Doblas y desdoblas camisas como atando y desatando el tiempo. Aquí las medias y la caja de zapatos a este lado el sacón para el frío de la tarde el traje oscuro en la fiesta de sombras y el rojo para suavizar la pena. En el baúl duermen el velo de la infancia y el terciopelo de los años. El camisón bordado hace su siesta entre las sába­nas y el pañuelo de seda guardas reliquias de un recuerdo.

Por culpa de nadie

La casa que tú llevas contigo arrebujada es un solar de tiempo y un patio de cerezos es la cena servida en la noche de todos niños en los jardines y un oculto secreto. Páginas donde hay versos oraciones y sueños. Un ramo de violetas con olor a jazmín a yerbabuena a viento. Un icono de fondo luminoso duerme en la sala y la palabra espera en la puerta de la entrada con la copa de vino un mantel de dos letras y la campana que tañe al recordar los muertos. La casa que tú llevas tejida en el silencio dobla y desdobla tu sueño y tu desvelo.

habrá llorado esta piedra Gonzalo Rojas

Por culpa de todos habrán llorado las piedras se habrán roto los caminos y se habrá cerrado la puerta de salida del laberinto. Por culpa del silencio y las manos desunidas habremos caído en el abismo. Por culpa de nadie perderemos la música que ahora disuena en el canto afónico de los pájaros o en el sonido turbio de las cuerdas flojas de los violonchelos o en la respiración asmática del perro guardián que agoniza en la puerta de la iglesia. También por culpa mía no vuelan mariposas blancas ni crece el jardín de las delicias ni el pozo de verdor en cada página. Por la gran culpa solo crecen erizos. Atormentados erizos.



Revista de Poesía Ulrika 42