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POEMAS DE ALBERTO RODRÍGUEZ TOSCA (REVISTA LA OTRA)

***


LA FIESTA DE LOS NÁUFRAGOS

Tantas noches pensando que iba a llegar el día. Tantos días rumiando en la oquedad las suaves canciones que antaño nos sirvieron de incienso para espantar el frío. Tantos fríos apenas espantados. Agua. Agua y más agua. Rigurosas corrientes arrojando montañas de cadáveres en las biliosas cuencas de un océano vacío. Nadie para partir. Nadie para llegar. Una garganta sangrando a borbotones y nadie para calmar la sed con agua. Agua. Agua y más agua. Bulliciosas corrientes acunando sierpes de doble cola y lengua de marfil. Horizontes con muros. Oceánidas salmodiando en la distancia adustas oraciones sobre las penas y las glorias del mar. Prisas del cielo por encubrir la tierra. Apremios de la tierra por renegar del cielo. Recias campanas doblando a lágrima y espuma. Una ola de fuego arrastrando el carro de Neptuno hacia la callada vigilia de una segunda eternidad. Tantas noches pensando que iba a llegar el día, y ahora que llega los caprichos del verbo lo convierten en una lúgubre celebración del agua. Agua. Agua y más agua: la tradicional fiesta de los náufragos apenas comenzó.

LAS VIDAS TRANQUILAS DEL DOLOR

Las vidas tranquilas del dolor. Vienen y van como cometas perdidos en una galaxia enemiga. Arden en la fragancia de los trinos y no se comprometen sino con sus propias estelas de agua. Son las vidas tranquilas del dolor. La calma chicha de la sangre agujereada con alfileres de seda. La fuente. El puente. Una estación para sembrar pequeños botones de bocas cerradas. El silencio no es humano. Lo alquilan en la tierra


para falsificar la gloria de los dioses. Pero si callas hoy mañana te será dado un reino de noches sin culpas y devuelta la devoción por la música de los desiertos. No soy digno de decir lo que digo. Pero la madrugada será larga y nadie llamará para decir que no soy digno de decir lo que digo. Una cerveza, un ánfora, una foto, un beso, un verso, un huerto, un puerto, varias tumbas de más, una página en blanco, una conversación con las estrellas y un país. Así transcurren las vidas tranquilas del dolor. Entre un cuerpo que tiembla y una ventana por donde alguna vez se fugó el día.

HACHA

Crecer en la burbuja. Sentir la fiebre de los suaves cristales restallando en la bruma como si fueran olas. Vienen de mí y en mí consuelan la nostalgia del mar. Chocan contra mi cuerpo y se retiran llevándose pedazos de la entraña feliz. No gimo. Busco mis dos manos en la oscuridad y me las llevo a la cara. Tengo cara. Tengo la sensación de que la piedra que acaricié en el sueño era real. Así que tengo sueño y piedra y cara y dos manos para asestarle al prójimo una tajadura en la cabeza. ¿Estás preparado para vivir? Hacha hacha hacha. ¿Recuerdas? Cada tajo un recuerdo. ¿Estás preparado para fingir? Recuerda. Todo lo que caiga en tu boca será bendecido por nadie. No esperes ni bendición ni ensalmo. Si acaso, la voluntad del hacha resbalando hacia ti como una hebra de luz en busca de un espejo y una interrogación (?). Gusano. Celebran en las gradas. La apariencia del signo es un gusano: (?). Sus anillos se enroscan en el filo del hacha y preguntan por todo: país, patria, cárcel, labrantíos, astrolabios, velocípedos, jabalíes, bibliotecas, monasterios, partidos, urnas, revoluciones, balsas, cementerios marinos, viernes santos, martines pescadores... Pero ahora no vas a responder, pues


debes regresar a la primera noche con el vago fervor de quien regresa de una gran derrota. Recuerda: eres el derrotado. Alégrate por eso. Y llora.

RECOBRAS LA CABEZA

Recobras la cabeza. La hundes en la piedra con el mismo estupor con que en las noches los microbios ejercitan su danza en el borde de una vieja medalla. Cuentas hasta diez, suspiras con los pulmones de otro y robas un pan que ardía sobre un campo de cieno. Te lo llevas a la boca como si nadie estuviera observando ese recorrido fantasma de tu gloria en pena. Burlas al burlador y sigues tu camino de astro desesperado entrando sin remedio y sin tacha al agujero de su perdición. Todo se reconcilia en tu contra y tratas de pronunciar una palabra que te salve de la suerte echada. Insistes en evitar que tus ojos tropiecen con los torsos desnudos de las estatuas de sal. Recobras la cabeza. La hundes en el agua y respiras. La hundes en el aire y te ahogas. No la hundes en el fuego porque una chispa de aire y agua amenaza con denunciar tu desespero ante el justo tribunal de los casos perdidos. Ya no sabes qué hacer. Adónde ir después de tantas madrugadas cayendo a la misma pueril escarpadura. Quizás seguir cayendo hasta que encuentres la roca que detenga tu rostro antes de estrellarse contra el cielo.

EL EXTRANJERO

Hoy me puse mis galas de extranjero para salir a caminar. Esta ciudad no es mía. La recorro sin prisa. Dejo que me recorra como lo haría la mano de una niña abandonada en una caja de cartón ante la puerta de un prostíbulo. La ciudad ignora que yo existo.


Me escurro entre portales, columnas, puentes, autos, muros, gente. Soy un fantasma aferrado a su túnica como al último madero de un bosque a punto de zozobrar entre las ruinas de un suburbio en llamas. En cada esquina me aseguro de que aún llevo la isla en peso doblada en el bolsillo. Asechan los ladrones. Los asesinos cumplen su ronda alrededor de los ensueños del paseante solitario. Despiertan exhaustos los amantes al regreso de la dura faena. Si algo le pasara a la isla en peso que llevo en el bolsillo, la lluvia que ha empezado a caer quedaría congelada en el aire y tendríamos que abrirnos paso por entre espadas de hielo. Si algo le pasara a la isla... Me resguardo en la barra de un bar del barrio La Concordia y pido una cerveza y un reloj. Busco el aturdimiento en el reloj y la hora exacta en la cerveza. Escribo este poema al dorso de la carta donde me advierten que debo seis meses de alquiler. ¿Será muy tarde ya para rendirle cuentas de las derrotas de anoche a la noche de las derrotas de mañana? En la mesa contigua un hombre llora, otro habla con la sombra de un barco que navega desconsoladamente en la pared. Yo pago la cerveza y vuelvo a la intemperie de un mundo que gira a la velocidad de un lirio. Sí, esta ciudad no es mía, pero tampoco de quienes la heredaron. Es del alba, es del sueño, es de la noche. Por eso hoy todos nos pusimos las galas de extranjero para salir a caminar.

LA CASA TOMADA

Oigo voces, ruidos, pasos. Se tomaron la casa. ¿Quién vive? La noche no responde. No responde el cartero y la golondrina moja sus alas en un vaso de sangre recién servido. Limo mis uñas con un pedazo de metal y escribo un poema en prosa sobre el día en que amanecí tendido sobre un colchón de espuma infectado de una bacteria aún no


reconocida por los altos facultativos de la Cruz Roja Internacional. ¿Miedo? ¿Duelo? ¿Culpa? ¿Desazón? ¿Rencor de mí? ¿Quién vive? El viento no responde. No responde la campana de la parroquia y un capitán de policía monta guardia en la acera de enfrente con una linterna en la cabeza. Los pasos hablan, los ruidos cumplen años, las voces parpadean. Un tigre avanza hacia mi cara y lo distraigo con un verso de Blake que habla de un tigre que avanza hacia mi cara. ¿Quién vive? El tiempo no responde. No responde la golondrina, timbra el cartero y desde su garita de capitán el policía apaga la linterna y alumbra hacia la luna con un cuchillo que se encontró enterrado en el corazón de una muchacha. A través de un cristal pulido por un descendiente de Baruch Spinoza, examino el abolengo de los ruidos, tajo en la anatomía de las voces, investigo la naturaleza de los pasos. Una casa tomada necesita saber quién la ha tomado. Si la noche si el viento si el tiempo si otra casa. Un rumor de hojas secas se precipita sobre la soledad y dicta un número. Se detienen todos los relojes. Se intranquiliza el fuego. Cierro los ojos. Veo el mar... ¿Quién vive?

COLLAR DE FUEGO

Tendrías que vivir en mi cuerpo para entender sus noches. Tendrías que morir en mi alma para urdir sus mañanas. Son tercos cuerpo y alma y ocultan sus vastos horizontes detrás de mis temblores. Sabotean cada paso que das para acercarte. No te acerques. Quédate adonde estás, mirando al cielo. Si de una nube se descuelga una palma y de sus bordes gotea la imagen de un relámpago abrazada con desesperación a la posibilidad de un trueno, ésa será la constatación de que estoy vivo y te elijo entre todas las que ayer pretendieron salvarme del abismo que hoy te salva de mí. No me doliera tanto este dolor si no te acompañara por acompañarme. Pero no me acompaño, amor. También me dejo


solo, tirado por ahí, como una piel de víbora abandonada antes de hora en un potrero. Y el potrero soy yo. Y mi cuerpo y mi alma y a los tres les temo. No insistas. Aún estás a tiempo de huir hacia el próximo llamado de otro cuerpo, aunque no sé si hacia los inevitables cortejos de otra alma. La mía te requiere, aunque ahora mismo te esté diciendo adiós con un collar de fuego en la cabeza.

EL FINGIDOR

No me gusta tu rostro cuando hacemos el amor. Estás fingiendo. Yo sé que estás fingiendo. Yo también finjo a veces. (Todo poeta es un fingidor. De lo contrario no sería poeta). Finjo, por ejemplo, ser bueno. Mis amigos lo creen y me quieren por eso. Soy Jano. Finjo estar triste y finjo ser feliz. Reparto mis dos caras entre el día y la noche como un camión de hiel y otro de miel que dejan sus mercancías a la hora justa en los almacenes de las lunáticas ciudades. Finjo ser tierno y sabio y buen amante y por eso de vez en cuando las muchachas salen, hablan y se acuestan conmigo. Me agradan las mañanas con sol y finjo que las odio porque un poeta serio tiene que comulgar con las mañanas turbias. Detesto la ópera y finjo tener todos los discos de María Callas, Caruso, Kiri Te Kanewa y por supuesto varias versiones de La Traviata, Tosca, Aída y todo Donizetti y Verdi y Leoncavallo. Colecciono los libros de José Santos Chocano pero finjo que es malo porque los que juzgan aseguran que es malo. Finjo saber de todo un poco cuando en verdad sé muy poco de nada. Finjo ir a teatro no me gusta el teatro finjo ir a galerías me aburre la pintura finjo ir a conciertos me fatiga la música y hasta finjo que finjo este poema. Pero no importa. El caso es que no me gusta tu rostro cuando hacemos el amor. Porque estás fingiendo. Yo sé que estás fingiendo.


LA HIGIÉNICA CIUDAD

Un paseo por las alcantarillas nos devolvería la fe en el mito de la alegría y el amor. Sólo un paseo por las alcantarillas. Las úlceras del agua dibujan en la piedra pequeños signos que se mezclan enigmáticamente con el limo. Desconocidos alfabetos rodean la figura con atoradas sílabas que por momentos procuran significar algo. Nadie las reconoce. Son sílabas arrinconadas por un misterio anterior a la lógica y posterior al tiempo. Álgebra de un dolor que huele a espina de rosa imaginada. El silencioso estiércol guarda un secreto que se sabrá algún día. Las costras pútridas del musgo nos protegen de esa persistente ignorancia que nos hace repetir una y otra vez el paseo por las alcantarillas. Yo bajo a veces y tropiezo con los mismos obstinados viajeros que aún sueñan con encontrar entre la erizada pelambre de las ratas un motivo para seguir muriendo por amor. Los pies llagados, el estómago enfermo y las manos vacías, nos anuncian la hora de subir. Arriba nos estará esperando nuevamente, con su silabario de buenas maneras, la crepuscular, pulcra, inmaculada, higiénica... muy higiénica ciudad.

EL HOMBRE-LOBO

El hombre-lobo que necesita de la luna llena para convertirse en lobo, ni es lobo, ni es hombre. Apiadémonos de esa bestia inconclusa que no sabe dónde poner su cuerpo cuando llegan las noches, se abren las ventanas y la ciudad se colma de temibles aullidos. Apiadémonos de ese animal difuso que no sabe dónde poner el alma cuando se muere el día y otro animal se contonea a su favor entre los oasis de un desierto en


ruinas. Hay que desocupar la luna de asechanzas para que el hombre desista de su obsesión por convertirse en lobo. La luna todavía llena es un dulce manjar para el estómago vacío de quien no ha visto la luz sino a través de un sueño. El sueño de las bestias –ya sean lobos, ya sean hombres– siempre tiene sabor a pesadilla. Conciencia de un estupor que los reúne en la distancia para decidir el rumbo de los próximos caminos. No quieren encontrarse en el mismo diván a la hora en que un doctor adormilado en la penumbra les pronostica la misma enfermedad. De vez en cuando los hombres-lobos se disfrazan de corderos para evitar la puñalada por la espalda de los hombres-hombres. Los hombres-hombres de vez en cuando cantan. Se hacen acompañar por hábiles dulzainas y tararean canciones de ultramar para burlar la trayectoria del beso traicionero de los hombres-lobos. Entonces se duerme la ciudad y todos regresan en silencio al temido remanso de la aurora boreal: los hombres-hombres, los hombres-lobos, y yo.

EL RECUERDO DEL HACHA

El recuerdo del hacha apacigua los aleteos de la herida. Duele menos la herida cuando retumba el hacha. Duele menos el hacha cuando la herida grita en los oídos de Dios y nadie más escucha. Escucha ucha hacha hacha hacha... ¿Recuerdas? Así retumba el hacha cuando grita la herida. No me abandones hoy que hacha y herida tienen nombre y hambre y merodean la casa. Pon tu mano en mi frente y límpiame el sudor con esta página que bulle y habla y poco a poco se incendia entre mis dedos. Estoy cansado de pensar: piensa conmigo. Ayúdame a olvidar que soy un cuerpo y traigo un abrigo de papel que no me protege del asedio de los hombres-lobos. Los hombres-lobos aúllan cuando los hombres-hombres afilan sus colmillos y amenazan con ensanchar el tajo de


la herida. Herida y hacha duermen en el mismo portal mientras mis brazos se dejan abrazar por tus caderas y la calle firma un pacto de dolor entre la caridad y el asesino. No me abandones hoy que no se suicidaron las ballenas y su canto insiste en espantar con arpegios de hiel la poca luz que de vez en cuando se asoma a mi cabeza. Estoy cansado de sentir: siente conmigo. Ayúdame a entender que cargo un alma y pesa. Ayúdame a ignorar que arrastro un cuerpo y pesa. Ayúdame a creer que no hace frío. Mientras tanto, ahí dejo a cada verdugo con su herida, a cada condenado con su hacha. ¿Escuchas? Escucha ucha hacha hacha hacha... “Cortar por lo sano para sanar lo enfermo”, dicen que dijo el hacha cuando le preguntó la herida... ¿Recuerdas?

LA TUMBA DE MI MADRE

No hay paz en la tumba de mi madre. Cada noche la escucho arrastrar sus viejas pantuflas de goma por toda la casa. Mientras camina, lava los platos, raspa el polvo, ordena mis camisas. A veces se detiene y dice: “Hijo, ¡cómo estás viejo!” Entonces yo me pregunto: “¿Por qué las madres se duelen de hallar envejecidos a sus hijos si jamás la edad de ellos alcanzará a la de ellas?” El alma en pena de mi madre recorre mi cuerpo con ojos que dan grima. Sus manos tiemblan, zurcen mis pantalones, juegan con los reptiles. El aire se refocila en los cristales y un aroma de pan recién horneado amansa los remolinos de la noche. Mi madre canta. Busca palabras que alivien con música las hendiduras de su propio corazón. A veces se detiene y dice: “¡Hijo, vuelve junto a tu padre, acaricia con lágrimas su pulmón herido; visita de vez en cuando a tus hermanos; llora en paz y sálvate, pero no te avergüences de haber salido de mi vientre escaldado!” La madre es fría y está cumplida. La mía intenta rescatarme de un despeñadero que cultivo con ganas. Me niego a abandonarlo. No quiero. No puedo. Se me hizo tarde para


regresar a la casa materna y mucho menos a esa pleamar de cascabeles sucios que reclama mi cara para tatuar en ella un plano de los días en que fuimos felices. Mi madre tose, se le escapa el aire, lo deja ir con la inspirada resignación de quien escribe un salmo. Mientras camina, se mira en el espejo para verme soñar. Sueña conmigo. Nos soñamos. A veces se detiene y dice: “¡Hijo!”

LA EDAD MADURA

Se reaniman los trenos de la edad madura. El primer inventario de esta inocente vejez agazapada. Buenos días mamá, buenos días papá. Acerquen sus oídos a mis manos y escuchen este vals de hijo no pródigo que busca un tibio rincón en el altar de sus prodigios. Un gran artista pinta en mí. Canas y arrugas, pesadumbre y joroba, barriga y desazón. Soy un lienzo mortal y me ofrezco para el sabio espectáculo de la acuarela y el pincel. Me dejo pincelar. Que pincelen conmigo. La nueva cicatriz será la contraseña para entrar a la noche de los sueños pintados. Arcos de luz remontando la venturosa ubicuidad de la neblina. Chisporroteo de neblinas participando de la luz como de un carnaval de crueldades que no se cansa de rentar una a una las horas de mis noches para darle de comer a la tristeza. Viento feroz, carcajada del mar, rabia del cielo. Mi llanto de hoy flotando en un charco de alcohol como un galeón fantasma a punto de encallar en una isla aún no descubierta por los buscadores de oro por los buscadores de plata por los buscadores. (Yo apenas busco mi isla en un instante de paz y tampoco la encuentro). Mis lágrimas de ayer humedeciendo el aire ya humedecido por las lágrimas que seguramente verteré mañana. Pero no crean: no todo es vencimiento y orfandad. A veces se cansan de vagar y regresan con ganas las ganas de vivir... Buenos días mamá, buenos días papá.


EL TIEMPO

Con qué sutiles distracciones nos derrota el tiempo. Qué triquiñuelas arma para dejarnos sin caminos, para llenarnos de caminos. Abruma la certeza de sus pasos, desconcierta el aspaviento de sus vivas. Fuente de todo augurio y toda desazón, el tiempo urde las trampas, nosotros caemos en ellas. Nos estrellamos contra el mundo y celebramos junto al fuego como bestias hipnotizadas por el dedo de un dios destituido por Dios que goza con el frágil candor de la distraída Criatura. No volveré al camino. Lo esquivaré como se esquiva un perro con rabia o a una mujer traidora. A campo traviesa encontraré una piedra y sobre ella proferiré mi grito de rencor para que sólo lo escuche la lombriz que desde el fango conversa con la luna y no le hace tanto duelo a su dolor. Quiero recuperar el tiempo perdido, restituir el tiempo ganado, quedarme temporalmente sin tiempo. Prófugo del tiempo y de mí, hasta que cese la algarabía de unas manos ajenas huyendo de la tierra con mis manos. Me declaro en huelga de tiempo. Interrumpo los latidos del corazón con una diadema de espinas. Me niego a hacerle el juego a este desordenado festín de soledades que tan altivamente nos prepara para la muerte súbita. Me volveré a morir, pero sin muerte. Me volveré a quejar, pero sin miedo.

EL MIEDO

Me acuesto y me levanto con miedo. Con miedo voy al baño, enciendo luces, me visto, me calzo, me preparo un café. No me miro en el espejo por miedo a verme en el espejo. Pienso en el aire de mi país y un sudor frío sube por mis rodillas como si me arrastrara


sobre un campo de nieve hacia un árbol donde se mece suavemente un ahorcado. Me da miedo quedarme solo con el miedo y salgo a caminar. Camino, por supuesto, con miedo. Camino y observo a la gente que camina y me observa. Compartimos el miedo de morir, pero no algún día o dentro de muchos años sino ahora, en el próximo paso, tras la próxima mirada; entonces nos ignoramos a propósito y en silencio nos decimos adiós con el justo temblor de quienes saben que se despiden de los otros para siempre. Con miedo escribo que me despido de los otros para siempre, por miedo no me atrevo a borrarlo, pero de súbito sobreviene el milagro: desaparece el miedo, y es el momento que aprovecha para hacer su desapacible estrepitosa entrada triunfal: el pánico.

DESCARTES Y EPICURO

“Vive escondido avanza enmascarado”. Lo sabían Epicuro y Descartes, lo ignoramos nosotros. Somos las marionetas del paseo. Saltamos de vitrina en vitrina como chispas de un volador en navidades. A nosotros nos condena todos los días a la hoguera la Santa Exhibición. Hablamos por hablar, decimos por decir, mentimos y de vez en cuando tarta-mu-de-a-mos la verdad. ¿Pero qué es la verdad sino este insensato ignorar la superioridad de la mentira? “Vivir escondido” supone desocupar el cuerpo de falsos extravíos. “Avanzar enmascarado” supone constatar la materia de un sueño que no se sueña. “Vivir escondido” supone “avanzar enmascarado”. Lo ignoramos nosotros. Descartes y Epicuro lo sabían.

TRABAJAR CANSA


Yo siempre quise ser un gran poeta. Incluso yo estaba llamado a ser un gran poeta. Tenía quince años cuando el gran poeta que iba a ser empujó la puerta de mi cuarto y me dijo: “Tú vas a ser un gran poeta... pero hay que trabajar”. Tenía quince años y era yo. No el trotavientos que ahora soy y se burla de todo y a toda hora le saca la lengua a aquel gran poeta que iba a ser. Tenía quince años y cada noche una palabra distinta se acostaba conmigo y en la mañana amanecíamos con hijos que crecían en la tarde y en la noche se acostaban con otras palabras que daban a luz palabras nuevas, hijas del siguiente amanecer. No era nada despreciable mi familia cuando tenía quince años y el mundo comenzaba a mis pies y terminaba en la lengua de Dios justo en el instante en que empezaba a decir “hágase esto y lo otro y aquello y lo de más allá”. Tenía quince años y era yo. Tenía quince años y era Dios. Sí, yo estaba llamado a ser un gran poeta. Por Dios lo juro. Y también por mi madre, que otro día entró a mi cuarto y me dijo: “Yo no sé si tú vas a ser un gran poeta, pero lo que sea que vayas a ser... hay que trabajar”.

LOS HOMBRES Y LOS LIBROS

No quiero leer un libro más. Tampoco un libro menos. Los que he leído bastan. La mayoría de los libros son como la mayoría de los hombres: enseguida se agotan. Se dejan encandilar por las palabras y cuando no tienen nada que decir, siguen diciendo. No quiero conocer a un hombre más. Tampoco a un hombre menos. Los que conozco bastan. La mayoría de los hombres son como la mayoría de los libros: enseguida se agotan. Se dejan corromper por la arrogancia de sus cielos y cuando no tienen nada que pensar, siguen pensando. Hombres y libros se agotan por igual en verbo y alma. Y


aunque el tiempo de vez en cuando los corrige, ellos no cesan de escarbar en los pantanos del lenguaje como si allí fueran a encontrar la quintaesencia de la palabra “hombre”, la quintaesencia de la palabra “libro”. Libro y hombre: el mismo error errando, la misma errancia horrible. Por eso no quiero leer un libro más. Tampoco a un hombre menos.

LOS LIBROS Y YO

Todo lo que sé de la vida lo aprendí en los libros. Y como desde hace rato mi biblioteca se transformó en una inquilina extraña para mis ojos arrobados por el miedo, no estoy al día y cada nueva página se me antoja un enigma. Antes la vida no era un enigma. No sé qué pasó mientras dormía. Me perdí de algo que ahora no puedo descifrar. Otra vida se incrustó en mí como un cuchillo con herrumbre de oro. Era simple y sabia la vida de los libros, pero alguien pasó una página sin avisar y ahora no sé nada. Voy a tener que ponerme la camisa y salir a caminar a ver si entiendo algo de lo que pasa afuera.

EL POETA Y SU MUERTE

“Y ahora te toca a ti: el poeta y su muerte; no es una buena escena ni aun para el autor de los monólogos: nada ocurre en ella de especialmente emocionante”. Enrique Lihn termina su cerveza y sale a caminar, tranquilo. Yo lo siento pasar, dejo que se despida de los árboles y le susurro al viento: “Ahora me toca a mí: la muerte y su poeta. No es una buena escena ni siquiera para el autor de los delirios: ocurre todo en ella”. Pero el poeta los poetas de la muerte lenta trabajan juntos en las noches de abril para segar con


el filo de un espejo el cuello del dragón de cuya lengua no brota el fuego de los dioses señalados sino la mustia escarcha de un día sin dinero y sin mujer. No resultaron ser tan fieles los difuntos. Se desboca un reloj, se inquieta la ciudad, se nubla el cielo. Doblan por mí las nítidas campanas. No por los otros doblan. No por los otros se derrumban al paso de la brisa las fáusticas paredes. Río por no saber quién llora al interior de la puerta que sigue y lloro por no saber quién ríe en el zaguán de aquella casa que no veré jamás. Ladran los perros, mugen las vacas, se suicidan los peces. (Una noticia tuya me sacaría de este arrecife sin orillas que poco a poco se desmigaja en mi cabeza). Aún no ha cerrado el bar. Enrique Linh regresa con el cadáver de un niño entre sus manos, pide una hoja en blanco y se sienta a conversar, tranquilo: “¡Un día al fin! Tu madre, toda suave lectura, vuelve para aventar del patio los recuerdos turbulentos, que gritan: ¡el muerto, el muerto, el muerto! Con las orejas y las manos sucias”.

AULLIDO

He visto las mejores mentes de mi generación desvanecidas en el aire como asustados cálamos a punto de caer. Las he visto, a su pesar, cayendo. Las he visto estrellarse contra un muro de ideas que antes se estrellaron contra un muro de gente. Las he visto izar banderas y quemarlas después. Aplaudir desenfrenadamente en sus tribunas y con el mismo desenfreno abominarlas luego en tribunas de otros. Las he visto lidiar sus más altos y más bajos instintos con la destreza de un banderillero que desafía el cuerno temeroso ante la mirada expectante del poder y la gloria. (Todavía escucho sus lánguidos aullidos batallando en la plaza). Las mejores mentes de mi generación


quisieron cambiar el mundo con bombo y pandereta a una hora en que el mundo se cambiaba a sí mismo con saña y maldición. Sordomudas ante el paso del tiempo y de rodillas ante las broncas filípicas de los Padres de la Patria, las mejores mentes de mi generación dilapidaron en un grito todo el silencio que necesitarían después para salvar la patria de los padres. Hablaron, callaron. Gozaron, sufrieron. Ganaron, perdieron. Sangraron y con pequeños sorbos de absolución y olvido curaron sus heridas. Qué más decir de las mejores mentes de mi generación, sino que siguen siendo las mejores mentes de mi generación... hasta que nazcan otras.

POEMA DEL HOMBRE QUE VA A MORIR

Este hombre que va a morir. Este hombre que va a ejecutar el salto heroico hacia la nada. Este hombre que cultivó una huerta de espinas bajo sus pies desnudos. Este hombre que miró por última vez a las estrellas y por última vez roció con lágrimas la claridad del firmamento para luego colorearla con su sangre. Este hombre que ayer habló y jugó y se rió con sus amigos. Este hombre que hoy se despidió de sus hermanos con un “ya vuelvo” que retumbó en la noche como un acorde de violín batallando con la voracidad de un trueno. Este hombre que va a morir, termina de vomitar el “poema del hombre que va a morir”... y salta.

De Las derrotas (La Habana, 2008)

EL SUEÑO DE LA RAZÓN


El sueño de la razón engendra monstruos ¿Quién vive? Pregunto a nadie en una esquina de la alta madrugada: Nadie responde. “No sé quién somos yo”, confieso. Burla burlando, me encierro en la ocasión para olvidar que alguien pregunta. Apuro el trago amargo del alma y me derrumbo contra un charco de sal canonizada para excomulgarme a mí mismo antes de que lo haga la heráldica del clérigo. Con afilados mondadientes me abro camino entre milicias de colmillos blindados para tajar las lenguas ¡zas! tajo en las lenguas ¡zas! y nadie se interpone entre el puñal y la hendidura. Con la hendidura rasgo las redes del noble pescador para que huya el pez-humo que de tanto recordar se hizo corpóreo. Y ¡zas!: rompo relaciones diplomáticas con la memoria (memorias son derrotas). Le retiro el afecto y la palabra al hipotálamo. No más fuliginosos pensamientos calificando cada paso que doy como si tropezar fuera un delito. Mi delito soy yo. Y el juicio, y la condena. El sueño de la locura engendra alquimia ¿Quién vive? Pregunto a nadie en una esquina de la alta madrugada: Nadie responde. “No sé quién somos yo”, confieso. Burla burlando, escribo sobre el hielo la palabra “hielo”, me derrito con ella y con ella me hermano con el mar. Del mar escribo, y del fuego. Y escribo sobre el fuego la palabra “fuego”, con ella ardo y sofoco la agonía para aportar trepidaciones al sacrificio de las voces. Hablo de más, pienso de más, me lamento de más. Me revuelco sobre el vómito nunca vomitado y calzo guantes, medias, sombrero, para que ningún otro pérfido niño vuelva a gritar que ando desnudo. Odio en el odio, lloro en el llanto, me desespero en la


desesperación. Sobre la cuerda floja de los vientos, camino. Me zarandeo a propósito para verme caer: no caigo. Insisto en caer: no caigo. Entonces le apuesto a la paciencia de los que aún andan encariñados con mis venas e insisten en que continúe corriendo sangre por sus rampas monstruosas. La alquimia engendra ¿Quién vive? Pregunto a nadie en una esquina de la alta madrugada: Nadie responde. Cansado de burlar, burla burlando, me abismo en la escritura. La palabra que nombra y canta es la misma que silencia y llora. Lugar común en la vulgar común manera de pretender ser otro. Soy otro, el mismo, y Borges. Tres buenos para nada. Tres nadas sobreviviendo cada una por su lado a las ruinas y miserias de todo lo que soy. “No sé quién somos yo”, confieso. Quizás una pequeña cita con Nadie en el parque del mundo, y nadie va a llegar, y nadie va a llegar, y Nadie... El sueño de la razón engendra monstruos El sueño de la locura engendra alquimia La alquimia engendra.

ANABASIS*

Y la mañana para nosotros conduce su dedo entre santas escrituras. ¡No es de ayer el exilio! ¡No es de ayer el exilio!


Lees a Saint-John Perse. De la pequeña lámpara de queroseno brota una menuda sombra más o menos salvaje. La miras de reojo porque sospechas que es sombra vengativa. Te llama por tu nombre y gira hacia la izquierda para mostrarte el verdadero rostro del horror: tu rostro. Tiemblas ante el espejo y te hundes en la página para escapar del estropicio: la turbamulta de los cánticos contra la suspicacia del candil. El miedo, ¿ves?, el miedo: su golosa expansión sobre los bordes de tu velo vencido. Raspas la roca con la punta de la lengua y lanzas el bronco salivazo contra el sillón en que murió tu padre en el verano sangriento de 1492 ¡Puaf! Hoy te revelas contra nada. La Nada que ayer se alió contigo pronto habrá de aliarse con la jungla para mañana revelarse contra ti. La suerte echada. El ademán siniestro de una pluma desapareciendo sigilosamente entre tifones. Marchas hacia lo oscuro como una gacela enceguecida por los olores que emanan de los ojos del tigre. No te decides por ninguna de las cuatro caras de la cruz. Porque no hay cruz, no hay caras; si acaso caridad, usura, lisonja hipócrita. Entre la maldición y el abanico, eliges la pradera. Pisas la fuente, palpas la brisa. Reclamas un poco de no ser para no ser (no seguir siendo) en este instante crucial y una vez más y para siempre, un número.

Entonces la neblina. El terraplén partiendo en dos la noche. En tres la lengua que habrá de acudir al reclamo de la flauta para desvanecerse ante el discurso tenebroso: discurso tenebroso. El mismo resignado reptil volando sobre alfombras bailadoras para atajar con física la mística del vuelo. Vuelo, volar, reconstruirse en la fatiga


del alba. Ludir, volver, recuperarse de la luna anterior como un pájaro enfermo que se borra de la jaula con su última pluma ensangrentada. ¡Ah si mi madre, ah si mi padre, ah si mis hermanos estuvieran conmigo!

Páginas, músicas. Anacrónicas máquinas de hombres bebiendo bilis en las cuencas de los cuervos que ayer bebieron leche. Párpados, sílfides. Fáciles mandíbulas sin éxtasis mordisqueando en los márgenes de un destino casi siempre manipulado por la máscara. Torpes murciélagos sobrevolando en círculo los húmedos aeródromos de esta torta melindrosa y fútil, que llaman bola de cristal, o mundo. Mundo, mundano, mundanal. Apocalípticas imágenes descubiertas en público para hacer cumplir la ruda penitencia del pasado neurótico. Pronósticos del oráculo, hálitos sin aliento, tráfico de oropéndolas. Nuevas pústulas procurando equilibrio sobre las viejas básculas. Marchas fúnebres paseando sus escrúpulos sobre la blanda noche de los asesinos. En c��mara lenta se festejan los anunciados crímenes, en cruentas ráfagas las criminales líricas. Se agita la toga en el areópago y el tribuno exige al tribunal de los arcángeles rectificar el ambiguo balanceo del péndulo a fin de absolver de todos los delitos el destino elemental de la libélula. Cúpulas, cópulas. Cansancio griego, canibalismo helénico: Anaxímedes el aire, el fuego Heráclito, el átomo Demócrito, Pitágoras el número, mas no hay síntomas de Diógenes el Cínico ni de Sócrates el Báquico regurgitando escupitajos y mayéuticas en las playas del ágora. Porque no hay ágora. Hay niños díscolos siempre recomenzando. Y trasnochadas metafísicas pretendiendo ocultar tras cada hipérbole la súbita precipitación de sus crepúsculos.


Entonces la neblina. El segundo bostezo y un escuadrón de silencios armados lanzando mortíferas gotas de rocío contra la impetuosa arremetida de la chusma verbal. Amotinamiento de las voces en los cuarteles de La Mancha. Sublevación del libro en blanco contra el blanco manchado. Mancha, Mancha, manchar: tinta indeleble. El maquillista afila sus tijeras para hendir su punta roma en las preguntas que no le hizo nunca el futuro al presente del pasado común. ¡Ah si mi madre, ah si mi padre, ah si mis hermanos no estuvieran conmigo!

Lágrimas del orégano, álgebras del oxígeno, retóricas del éxodo y la diáspora. Socorridas metáforas reformulando fórmulas ejercitando ejércitos para simular que somos los fáusticos herederos de una congoja prehistórica. Los súbditos magníficos. Gusanos mitológicos, títeres, espantapájaros, presbíteros, apóstoles, pontífices: huéspedes maquiavélicos pregonando sus artes de falsear en la cúspide de la feria fantástica. El hombre seudónimo del hombre. Su sinónimo, su jeroglífico, su antónimo, en la vorágine de sus falsas rosaledas selváticas. Réplica del repique sonámbulo, parábola del instinto diabólico, y un coro en tránsito: ¡Ciérrate Sésamo! Con cáscaras de plátano quebremos la clavícula de la escalera eléctrica, incendiemos la cuerda del acróbata, enloquezcamos las luces del semáforo, arruinemos la noche de la cena romántica, subámonos de una vez por todas al patíbulo y ¡no más dictámenes! No más


horóscopos, no más turísticas. No más de hinojos ante el monstruo del hábito, ese fétido esclavo del déspota del límite. Descompongamos la brújula, proscribamos el énfasis, expatriemos el júbilo, cortemos el cable rojo del teléfono. Guardemos nuestros votos para las grandes sílabas, las graves tórridas, las agudas pálidas. No se lo merecen estas tardas gramáticas solazándose en sus propios híbridos para ocultar la verdadera intención de sus esdrújulas1. Decrépitas esdrújulas2 ganando tiempo para la simétrica consumación de la catástrofe en la víspera de las noches difíciles, noches difíciles... Son las noches difíciles.

Entonces la neblina. Hacia dentro, siempre, la neblina. Viaje, sendero, experimento: expedición sacramental. Lengua, lenguaje, alcor sagrado. ¡Ah que tú escapes! Palabras. Reloj de arena deshaciéndose de su carga estorbosa para salvarse solo. ¡Ah mi amiga! Palabras. Escombros. Impunidad de la costumbre, dolencia de las horas, violencia. ¡Ah si pudiera ser cierto! Palabras. Piedras de más. Venablos de ceniza, estremecimiento entre las flores. ¡Ah si mi madre! Palabras. ¡Ah si mi padre! Palabras. ¡Ah! Sanción de la escritura, arenga por borrar. Escama de pez, cicatriz y pergamino en celo. ¡Ah branquia sencilla! Presencias reales contra el número.


No más un número. No más la servidumbre del candor. No más otra baraja forcejeando bocarriba para no ver el entrecejo de quien habrá de convertirla en todo lo que no es. No más ardides para evadir la última responsabilidad y hacerse cargo por fin de la pulpa, arpegio, desparpajo, traición monosilábica, hombre solo, en la ciudad cualquiera. Transpiras a la entrada del camino: no te atreves a llegar, partir. No sales, no entras. Quedas paralizado en el umbral. El marco te protege. La mentira te protege. De alguna forma te protege el número. Y la memoria. Memorias son derrotas. Derrotas son tatuajes en la frente canicular del Extranjero. Dícese del Extranjero que sobreactúa a veces, que manipula, que dramatiza el gesto. Pero la batalla contra la solemnidad se gana con solemnidad en la batalla. Lees a Saint-John Perse:

Extranjero, sin audiencia ni testigo, lleva a la oreja del Poniente una concha sin memoria.

______________ 1 Dícese de la palabra acentuada en la antepenúltima sílaba. Ej: Esdrújula. FAM. Sobresdrújula. Pequeño Larousse. 2 Todas las palabras esdrújulas,/ como los sentimientos esdrújulos,/ son naturalmente/ ridículas, Álvaro de Campos. *Anábasis (Jenofonte), del griego νάβασις: “Expedición hacia el interior”.

De Cédula de Extranjería (inédito)


ALBERTO RODRÍGUEZ TOSCA (La Habana, Cuba, 1962). Poeta, ensayista y narrador. Ha publicado Todas las jaurías del rey (Premio David de Poesía, 1987), Otros poemas (Premio Nacional de la Crítica, 1992), El viaje (Ediciones Catapulta, Colombia, 2003), Escrito sobre el hielo (La Pobreza Irradiante Editorial, Colombia, 2006). Las derrotas (Ediciones Unión, 2008, Premio Nacional de la Crítica 2009). Sus poemas y cuentos han aparecido en antologías publicadas en Cuba, España, Argentina, México, Colombia, Venezuela, Puerto Rico, Austria, Italia y Estados Unidos. Estudió Dirección de Cine, Radio y Televisión en la Facultad de Medios Audiovisuales del Instituto Superior de Arte (ISA) de La Habana. Llegó a Bogotá en 1994 invitado al III Encuentro de Poetas Hispanoamericanos organizado por la revista Ulrika. Desde entonces reside en Colombia. Ha sido escritor y director de programas de radio, profesor universitario y editor general de varias publicaciones colombianas de periodismo cultural (Suburbia Capital, Urbe, Horas, La Sangrada Escritura). Actualmente es director de Tesis de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia y dicta Talleres de Creación Poética y de Redacción y Ortografía en la Casa de Poesía Silva, en donde realiza la coordinación editorial de su Revista.


Poemas Alberto Rodríguez Tosca