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fotografía

alejandro zenker

© Alejandro Zenker | Gloria Luz | Fotografía digital | Octubre, 2002


director general

José Ángel Leyva

Universidad Autónoma de Sinaloa rector

Dr. Víctor Antonio Corrales Burgueño subdirector

Víctor Rodríguez Núñez (Cuba-Estados Unidos)

secretario general

Dr. José Alfredo Leal Orduño editor

Alfredo Fressia (Uruguay-Brasil) consejo editorial

Jorge Bustamante | Marco Antonio Campos | Sandro Cohen | Elsa Cross | Evodio Escalante | Jor­ ge Esquinca | Juan Gelman | Hugo Gu­tié­rrez Vega | Eduardo Hurtado | Eduardo Langagne | Her­nán Lavín Cerda | Carlos Maciel | María Luisa Martínez Passarge | Pa­blo Molinet | Carlos Montemayor† | José Emilio Pa­che­co | Begoña Pulido Herráez | Vicente Quirarte

año 3 | núm. 9 | octubre-diciembre 2010 portada y dossier fotográfico

Alejandro Zenker consejo nacional aguascalientes Claudia Santa-Ana | chihuahua Jorge Humberto Chávez | distrito federal Ma­

ría Baranda, Víctor Cabrera, Antonio Deltoro, Miguel Ángel Flores, Grissel Gómez Estrada, Samuel Gordon, Eduardo Mosches, Lucía Rivadeneyra | jalisco Jorge Souza | michoa­cán Gaspar Aguilera | morelos Javier Sicilia | nuevo león Armando Alanís Pulido, Margarito Cuéllar | puebla Ludmila Biriukova | sinaloa Elmer Mendoza, Juan José Rodríguez, Elizabeth Moreno Rojas | sonora Juan Manz | veracruz Silvia Tomasa Rivera | zacatecas José de Jesús Sampedro consejo internacional argentina Rodolfo Alonso, Jorge Boccanera, Cecilia Romana | australia John Kinsella | bél­gica Stefaan van den Bremt | bolivia Eduardo Mitre, Mónica Velásquez | brasil Lêdo Ivo, Floriano Martins, Ana Rüsche | chile José María Memet, Jaime Quezada, Manuel Silva | co­lombia

Rafael del Castillo, Pedro Alejo Gómez, Santiago Mutis, Amparo Oso­rio, Juan Manuel Roca | costa rica Alfonso Peña | cuba Luis Lorente | ecuador Jorge Enrique Adoum†, Edwin Madrid | el salvador André Cruchaga | españa Rodolfo Häsler, Luis García Montero, Uberto Stabile, Jordi Virallonga | estados unidos Margaret Randall | francia Stéphane Chaumet, Eduar­do Gar­cía Aguilar | grecia Guadalupe Flores | islas canarias Juan Carlos de San­cho | italia Martha Canfield, Emilio Coco | paraguay Jacobo Rauskin | perú An­tonio Cisneros, Hilde­bran­do Pérez Gran­ de, Renato Sandoval | polonia Krystyna Rodowska | portugal Rosa Alice Branco, Nuno Júdice | quebec Claude Beausoleil, Bernard Pozier | república dominicana Soledad Álvarez, Alexis Gó­mez Rosa | rusia Andrei Kofman | uruguay Luis Bravo, Gerardo Ciancio | ve­nezuela María

Antonieta Flores consejo de arte

Portada: Allegra Morte, 31 de mayo, 2010.

Octavio Bajonero | Pascual Borzelli | Guillermo Ceniceros | Rogelio Cuéllar | Felipe Ehrenberg | Germaine Gómez-Haro | Es­ther González | Graciela Kartofel | Samuel Vázquez dossier artes plásticas

Margarita Isaza diseño y formación

María Luisa Martínez Passarge impresión

Exima, S.A. de C.V. | Panteón 209, bodega 3, Los Reyes Coyoacán, Coyoacán, 04330, México, D.F. 1 000 ejemplares página web

www.laotrarevista.com Reyes Sánchez Villaseñor [mexking@prodigy.net.mx] issn 1305 5143 La Otra es una publicación trimestral en coedición con la Universidad Autónoma de Sinaloa | issn 1305-5143 | Número de Certi­fi­cado de Re­ser­­va otorgado por el Instituto Nacional de Derecho de Autor: 04-2009-022514215700-102 | Número de Certificado de Licitud de Contenido: en trámite | Domicilio: Cerro del Tesoro núm. 91, Col. Romero de Terreros, Coyoacán, 04310, México, D.F. | [www.laotrarevista.com] [otragaceta@gmail.com]


índice

fotografía | alejandro zenker andrés de luna

| Morfosintaxis del desnudo | 6

poetas en babel

| Poemas (traducciones de Gerardo Beltrán) | 18 | Poemas (traducciones de Mariela Griffor) | 21 maria lúcia dal farra | Poemas (traducciones de la autora, Alfredo Fressia y Claudia Bedoya) | 24 forrest gander | Poemas (traducciones de Valerie Mejer) | 27 andreas unterweger | Poemas (traducciones de Enrique Dayé) | 30 josé garcía villa | (nota de Eduardo Chirinos; traducciones de Jannine Montauban y Eduardo Chirinos) | 34 krystyna rodowska | Poemas (versiones de Krystyna Rodowska) | 38 kornelijus platelis ilya kaminsky

yo poeta | lêdo ivo

| Un poeta llamado Lêdo Ivo [Entrevista] | 42 | Rumbo al faro | 51 | ¿Un poeta es un escritor? | 56 | Poemas | 60

floriano martins lêdo ivo

artes plásticas | margarita isaza juan manuel roca

| Miradas a Margarita Isaza | 65

la cocina del artista | rodolfo hinostroza p. 4 | © Alejandro Zenker | Autorretrato con Lety | Fotografía digital | Julio, 2002

josé ángel leyva

| Rodolfo Hinostroza. Estrellas para la cocina peruana | 73

miscelánea

| De Anuario mínimo (1960-2010) | 78 | De Estrategias de la catedral (2009) | 81 jaime quezada | Siete poemas inéditos | 84 madeline millán | Poemas inéditos | 88 eduardo chirinos vanessa droz

ocho poetas mexicanas nacidas en los decenios de 1950-1960

|

Carmen Boullosa, 93 | Blanca Luz Pulido, 96 | Lucía Rivadeneyra, 99 | Verónica Volkow, 102 | Malva Flores, 112 | María Baranda, 104 | Dana Gelinas, 107 | Rocío González, 110 | otras letras | luis bernardo pérez luis bernardo pérez

| Tres historias para la hora del café | 115

lengua de sastre

| La abstrusa armonía. Recordatorio Julio Herrera y Reissig | 119 | Biografía de Julio Herrera y Reissig | 126

alfredo fressia Karen blixen

colaboradores

| 131

eclipses lasse söderberg

| Tumba de Darwish | 136


fotografía

andrés de luna

morfosintaxis del desnudo

© alejandro zenker | autorretrato

p. 6 | © Alejandro Zenker | Hugo Gutiérrez Vega | Fotografía digital | Agosto, 2002

E

l cuerpo desnudo tiene las virtudes de un continente perdido: es necesario llegar a él para descubrirlo. Alejandro Zenker, editor y fotógrafo, se ha abismado por la encrucijada de las anatomías femeninas y, de manera ocasional, de las masculinas, para ir tras ese hallazgo visual, el gusto por la sombra que moldea y otorga volúmenes, por los altos contrastes y por toda esa geo­ grafía de piel, uñas y pilosidades que forman parte de la identidad visible o secreta de sus modelos. El trabajo del artista se dio a conocer por su serie que en realidad era un diálogo entre un cuerpo femenino exento de ropa y un conjunto de escritores. Algo de ficción y otro tanto de realidad animaban el proyecto. Por un lado, era innegable la presencia de la modelo; por el otro, que los ángulos, el juego visual, las luces y sus oscuridades mantenían en vilo la noción de Eros atisbado por medio de un ejercicio lúdico. Todo era parte del establecimiento de una narrativa que luego se concretaría por medio de un relato escrito. En la actualidad, Alejandro Zenker cuenta con una trayectoria nacional e internacional que se justifica al observar sus imágenes. Su entramado tiene la audacia de quien encuentra en lo erótico el arribo a un puerto privilegiado. Abre las compuertas y consigue que sus mo­ delos sean cómplices de una labor depurada. Una pequeña prueba de lo dicho está en la pre­ sente muestra de un arte que llega por vía directa al imaginario, el cual, por cierto, es el filtro principal de las alucinaciones del deseo. v

fotografía | alejandro zenker


ďœ¸

La Otra | octubre-diciembre 2010


© © Alejandro Zenker | Trío | Fotografía digital | Enero, 2002

p. 8 | Alejandro Zenker | Mirel y Leda | Fotografía digital | Julio, 2002

© © Alejandro Zenker | Roxana | Fotografía digital | Enero, 2006

© Alejandro Zenker | Mariana | Fotografía digital | Agosto, 2006

© Alejandro Zenker | Leda y Raquel | Fotografía digital | Septiembre 2001


Š alejandro zenker | laetitia | 22 de marzo.

p. 10, arriba y abajo | Š alejandro zenker | diana | 2009.


Š alejandro zenker | andrea quianne | 16 de abril, 2009.


Š alejandro zenker | evelyn, segunda parte |


p. 8 | Š alejandro zenker | grupo | julio 2009.


Š alejandro zenker | laetitia thollot dos |

Š alejandro zenker | leda | 8 de enero, 2003.


p. 17 | Š alejandro zenker | yajaira y samantha | Š alejandro zenker | autor con musa | 8 de marzo.


poetas en babel

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poetas en babel

kornelijus platelis | Šiauliai, Lituania, 1951 | Traducciones | Gerardo Beltrán

Kornelijus Platelis es una de las principales voces de la poe­sía en Lituania. Estudió ingeniería y trabajó en esa pro­fesión varios años en la ciudad de Druskinin­kai. Pu­blicó sus primeros poemas en 1977; es autor de Žod­ziai ir dienos (Las palabras y los días, 1980), Namai ant tilto (Hogar en el puente, 1984), Pinklės vėjui (Trampa para el viento, 1987), Luoto kevalas (La cáscara de la ca­noa, 1990), Prakalbos upei (Oraciones al río, 1995), Atos­lūgio juosta (La marca de la marea, 2000) y Palimpsestai (Palimpsestos, 2004). En 1989 publicó Būstas prie Nemuno (Junto al Nemunas), largo ensayo sobre eco­logía. Ha traducido a importan­tes poetas estadunidenses y británicos, entre otros, John Keats, Ezra Pound, T. S. Eliot, e. e. cummings, Seamus Hea­ney, Ted Hughes, Robert Bringhurst, así como a la Premio Nobel polaca Wisława Szymborska. Ha sido vi­ceministro de Cultura y Educación, director de la edito­rial vaga, ministro de Educación y Ciencia y presidente de la Asociación de Artistas Lituanos. Entre otras distinciones, ha recibido el Premio Nacional de la Cultura y las Artes de su país. Es además ini­ciador y organizador del festival literario anual Otoño Poético de Druskininka, así como director del semanario cul­tural Literatūra ir Menas (La literatura y el arte). Su poesía ha sido traducida a varios idiomas. v

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Susitikimas prieblandoje

Encuentro al atardecer

Rūmų bibliotekoje žvelgiant pro langą Į žiemos prieblandą, Staiga atsiveria lentynos ir įeina berniukas Su kraitele obuolių bei rožių. Ir tamsa sutirštėja, mintys keistai susivelia. Šiandien — jis prakalba — Man atsitiko be galo keistas dalykas: Ėjau sodo taku ir staiga atsidūriau Niūriam kambary su lentynom, Pilnom stačiakampių plokščių, Ten stovėjo nuliūdęs vyras ir žvelgė pro langą Į žiemos prieblandą.

En la biblioteca de un palacio, mirando por la ventana un atardecer de invierno, se abren de pronto los estantes y entra un niño con una canasta de frutas y rosas. La oscuridad se condensa, las ideas se enredan misteriosamente. Hoy —dice— me ha sucedido algo muy raro: Iba por un sendero del parque y repentinamente estaba en una habitación oscura con estantes llenos de rectángulos en fila, allí un hombre entristecido miraba por la ventana un atardecer de invierno.

Hades rapta a Perséfone Una mosca golpea contra el vidrio buscando una ranura de calor, los dientes de una sierra se aferran ávidamente a los leños, Hades toma a Perséfone en sus brazos y, resoplando, apenas levanta su enorme trasero de la tierra, los negros corceles aguardan enganchados y cavan en el suelo con sus cascos; unas ninfas muslonas se estrujan las manos, golpean contra el aire que se enfría, sollozan como sierras. Fluyendo sin cuidado el tiempo se congela en formas, la vida en sus signos, el agua en estrellas de nieve, la experiencia en alusiones que espolvorean la poesía, expresando el luminoso paisaje de la vida, difundiendo el aroma de Hades.

poetas en babel

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Leche y tomates

Dos caminos Hay un camino del sabio y otro del guerrero. El primero lleva por el fangoso y equívoco pantano del conocimiento de la verdad, el continuo litigio con los dioses. Cuando hay que decidirse a actuar, no se sabe quién elige los medios: el sabio o el mercader. A veces es claro qué decide el mercader en nombre o en lugar del sabio. a dónde lleva este camino, no lo sé.

ella le dejó una nota: querido compra dos botellas de leche y dos tomates después de leerla él se quedó un largo rato sentado en un banquito en la cocina imaginándose cómo la leche en el vaso blanca y cremosa es como la piel de su rostro y cómo escurrirá desde sus labios hasta su vientre y ella se secará con una servilleta blanca y los tomates rojos como labios y un hilito de su jugo correrá por su barbilla de mármol hasta que una mano blanca la seque (¡qué jugosos tomates!) sus ojos brillarán de deseo llevará el vestido blanco o la falda a cuadros y él sin falta comprará dos botellas de leche y dos tomates

El camino del guerrero conduce por jardines de pureza, por el filo de la única verdad. Es el camino de la voluntad, no del conocimiento, no se mancha en él el alma. No hace falta decidir. A dónde lleva este camino, tampoco lo sé. Ambos desaparecen tras la colina del cementerio. Queda todavía el camino del mercader, por el que vamos. 

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poetas en babel

ilya kaminsky | Odessa, Ucrania (antigua Unión Soviética), 1977 | Versiones: Luis Alberto Arellano || Traducciones: Mariela Griffor

Ilya Kaminsky reside desde 1993 en Estados Unidos. Esta circunstancia vital le ha permitido ser un escritor bilin­ güe, expresarse con igual maestría en ruso y en inglés. Su poemario Dancing in Odessa (2004) recibió importantes reconocimientos, como los premios Whiting Writers, Metcalf y Dorset, así como las becas Ruth Lilly y Lannan. Es editor de la muestra Ecco Anthology of International Poetry (2010). Ha sido escritor en residencia de varias universi­ dades estadunidenses, como Harvard y Naropa, y en la actualidad es profesor en la San Diego State University, en California. v

Author’s Prayer If I speak for the dead, I must leave this animal of my body, I must write the same poem over and over, for an empty page is the white flag of their surrender. If I speak for them, I must walk on the edge of myself, I must live as a blind man who runs through rooms without touching the furniture. Yes, I live. I can cross the streets asking “What year is it?” poetas en babel

I can dance in my sleep and laugh in front of the mirror. Even sleep is a prayer, Lord, I will praise your madness, and in a language not mine, speak of music that wakes us, music in which we move. For whatever I say is a kind of petition, and the darkest days must I praise.

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Oración del autor

El tango de mi madre

Si por los muertos hablo, debo dejar este animal de mi cuerpo,

Veo sus ventanas abiertas mientras llueve, ropa colgada en las ventanas —monta un poni cerrero por mi cumpleaños, un poni blanco en el séptimo piso.

debo escribir el mismo poema una y otra vez, ya que una página en blanco es la bandera blanca de su rendición. Si por ellos hablo, debo caminar por el filo de mí mismo, debo vivir como un ciego que corre por las habitaciones sin tocar los muebles. Sí, estoy vivo. Puedo atravesar las calles preguntando “¿Qué año es?” Puedo bailar dormido y reír frente al espejo. También soñar es orar, Señor, alabaré tu locura, y en un idioma que no es mío, hablaré de la música que nos despierta, la música en que nos movemos. Ya que cualquier cosa que diga es una forma de plegaria, y en los días más oscuros debo alabar.

“¿Y dónde vivirá?” ¡En el balcón!” el poni refunfuñó en el balcón por nueve semanas. En el centro de mi vida: mi madre baila, sí aquí, como en mi niñez, mi madre pregunta acerca de las etapas de mi felicidad —habla de sopas, le gusta hablar de eso: en medio de los regimientos de cacerolas y toallas, se mueve tan rápido —sin dar un paso, abre y cierra puertas. ¿Pero qué era la felicidad? ¡Un poni en el balcón! El pasado de mi madre, una capa que llevaba sobre los hombros. Yo dibujo un eje de un lado al otro de la tarde para verla, sesentona, cortejar una lengua desconocida —joven, no joven— mi madre galopa un poni en el séptimo piso. Se convierte en un extraño y es ella misma, abre lo que está cerrado, cierra lo que está abierto.

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En alabanza de las sonrisas Donde los días se doblan o se enderezan en una ciudad que no pertenece a ninguna nación sino a todas las naciones del viento, ella hablaba el idioma de los álamos —sus orejas temblaban a medida que hablaba, mi tía Rosa escribía odas a las barberías, a las farmacias. Su alma caminaba sobre los dos pies, el alma o no alma, una cuota de niño, amaba a los músicos de la calle y sabía que mi abuelo escribía ensayos sobre la oferta y la demanda de las nubes en nuestro país: el Estado lo declaró enemigo del pueblo. El corrió detrás de un tren con tomates en su abrigo y bailó desnudo encima de la mesa frente a nuestra casa —le dispararon y a mi abuela la violó el fiscal, quien le metió su pluma en la vagina, la pluma con la que firmó por el pueblo durante veinte años. Mas en la historia secreta de la rabia —el silencio de un hombre vive en el cuerpo de otros— bailamos para no caer, entre el doctor y el fiscal: mi familia, el pueblo de Odessa, las mujeres con pechos enormes, los viejos inocentes y aniñados, todas nuestras palabras, montones de plumas quemantes que se levantan más y más con cada recuento.


poetas en babel

maria lúcia dal farra | Botucatú, São Paulo, Brasil, 1944 |

Maria Lúcia Dal Farra reside en el interior de Sergipe. Ha publicado los libros de poesía Livro de auras (1994), Livro de possuídos (2002); las ficciones Inquilina do intervalo (2004); los ensayos O narrador ensimesmado (1978), A alquimia da linguagem (Lisboa, 1986). Tiene varias publicaciones dedicadas a la poeta portuguesa Florbela Espanca: Trocando olhares (Lisboa, 1994), Florbela Espanca (1996), Poemas de Florbela Espanca (1996), Afinado des­concerto (2002), À margem dum soneto/O resto é perfume (2007), Perdidamente. Correspondência amorosa de Florbela Espanca 1920-1925 (Porto, 2008). Salvo indicación específica los poemas aquí publicados fueron traducidos al español por la propia autora. v

Gato Amarra seu sono a cobra que o corpo molda a fabricar o ninho. Enredos de caracol percorre o instinto enquanto (composto) o redondo se obra. O tigre (no gato entranhado) desperta quando ele salta e ata cada curva do bichano à floresta que lhe é estranha. No seu pêlo um desenho se ateia (é novelo intrincado de chamas) ao encerrá-lo também acalenta uma a uma das sete existências. Salamandra, caça, concha. Gato: viveiro de alheios.

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Fruto prohibido Traducción | Claudia Bedoya

Con sus nalgas lascivas de mujer la manzana se acuesta de espaldas en la cesta sobre la mesa. Ya de labios está pintada, trampa edénica en su pozo —en el punto del abismo, caverna de pepitas. Gato Traducción | Alfredo Fressia

Amarra su sueño la serpiente que el cuerpo moldea al fabricar el nido. Enredos de caracol recorre el instinto mientras (compuesto) se obra lo redondo. El tigre (en el gato entrañado) despierta cuando él salta y ata cada curva del minino a la floresta que le es extraña. En su pelo un dibujo se enciende (es una madeja intrincada de llamas) le arrulla también al acabarlo una por una sus siete existencias. Salamandra, caza, concha. Gato: vivero de los ajenos. poetas en babel

Drácula, penetró en su espíritu prohibido en el jardin de las delicias. Cometió (insensato) la gran virtud capital.

Secretos culinarios Antonia se brinda entera a la cocina. En cuanto a las barquitas de berenjena, yerra en la mezcla del relleno de queso: el marido cargó a los hijos allá para el lado de Minas y los bordes se tuercen, las cáscaras se marchitan: la verdura naufraga sin rumbo en la angustia del horno. En la ensalada de cayote, papa y zanahoria, nada escapa al tono opresivo de la remolacha, 


activo color que presta matices funestos también a la boca de quien come. Del alcaucil entonces Antonia gana una apuesta: ¡reniega de él la flor que era! Lo deshoja con tal rigor que en lugar de corazón tenemos (del pobre) el alma —toda atravesada por las puntas listas a prenderse en la lengua de quien disgusta. En compensación la carne estofada con arroz ¡es un primor! Antonia, ¿por qué lloras? —No lloro, corto cebolla.

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João y Joan Cuando habla João Cabral de la mano izquierda de Miró es con diestra que peina la crin de las propias sílabas elevando su poema hacia el desierto de los garranchos: las letras y guarismos se atraen con chispas – piedra, lámina y cal. Lo amarillo queda azul de tanta luz que le infunde: lo que explica el cañaveral tan próximo al cementerio. La mujer y su pájaro (de jaula ella vestida) son sí contra sí y no ya que el diapasón es el mismo. La bailaora flamenca (un alfiler y una pluma) zapatea en Barcelona (con faldas de Andalucía) un xaxado nordestino; el cactus es mariposa ante el tono adoptado, muchacho con capa encarnada (Manolete) es del sertón. Cada uno ve a su toro en la trova desafiante, en la madera golpeada: ni uno ni otro es zurdo.

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poetas en babel

forrest gander | Barstow, Mojave, Estados Unidos, 1956 | Traducciones | Valerie Mejer

Forrest Gander es una de los más depurados y experimentales poetas estadounidenses de hoy. Creció en Virgi­nia y pasó temporadas en México y en San Francisco. Hizo estudios de geología y literatura. Ha publicado los poe­ marios Rush to the lake (1988), Lynchburg (1993), Deeds of utmost kindness (1994), Science & steepleflower (1998), Torn awake (2001) y Eye against eye (con fotos de Sally Mann, 2005). También es autor de la novela As a friend (2008). Ha traducido Firefly under the tongue. Selected poems of Coral Bracho, y No shelter. Selected poems of Pura López Colomé, y, en colaboración con Kent Jonson, los libros de Jaime Saenz, Immanent visitor y The night. Ha recibido, entre otros reconocimientos, las becas Rockefeller, Guggenheim, Whiting, Howard y National Endowment for the Arts. Es profesor de literatura en la Universidad de Brown, Estados Unidos. v

Prelude Mostly I am thinking about your body Which has run through my fingers Like a river burning underground

For which there is no hour no language But a theory and practice of go Emptying itself of mouthlight

Like a river burning underground For which there is no hour no language No ease from its molten glow, no music whatsoever

But a theory and practice of go Small birds that strafe A case-hardened crow, I want you to mistake me for

poetas en babel

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The angel the world is subtracting Small birds that strafe The end surrounded by scaffolding

para la que no haya hora ni lenguaje acaso una teoría y práctica del ir vaciándose uno mismo por la boca-luz

Woven into the fabric, a negative The angel the world is subtracting Its wings blazing in the coffin of the delta

acaso una teoría y práctica del ir pequeñas aves que disparan a un cuervo invulnerable, quiero que me tomes

Its wings blazing in the coffin of the delta A case-hardened crow I want you to mistake me for Woven into the fabric, a negative,

por el ángel del mundo que se sustrae pequeñas aves que disparan el origen del mundo cercado por andamiajes

Or your pubic hair twisting into a braid Which has run through my fingers The end surrounded by scaffolding Emptying itself of mouthlight Mostly I am thinking about your body Or your pubic hair twisting into a braid No ease from its molten glow, no music whatsoever

Preludio Sobretodo estoy pensando en tu cuerpo que ha corrido por mis dedos como un ardiente río subterráneo

hilados en una tela, un negativo, el ángel del mundo que se sustrae sus alas ardientes en el féretro del delta sus alas ardientes en el féretro del delta quiero que me tomes por el cuervo invulnerable hilado en una tela, un negativo, o el vello de tu pubis quebrándose en una trenza que ha corrido por mis dedos el origen del mundo cercado por andamiajes se vacía de la boca-luz sobretodo estoy pensando en tu cuerpo o en el vello de tu pubis quebrándose en una trenza no hay treguas para este brillo fundido, ni música posible

como un ardiente río subterráneo para el que no hay hora, ni lenguaje, ni tregua para este brillo fundido, ni música alguna 

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Ligadura 5 para Valerie Mejer

Ella me dice, no es un insulto rehusarte a colar el vaso, Y una mosca trepa el cazo de salsa picante. ¿Tú escogerías enterrar los órganos junto con el bebé? Y él se retira a su cuarto y cierra la puerta. Aquí, los pájaros del Zócalo zumban y chirrían como juguetes de niño Y allá, un cuerpo quemado cuelga del puente. Desde asiento de atrás, el niño pica la cabeza de su hermana con un tenedor Y al no obtener respuesta, lo intenta en su propia cabeza.― ¿Podría apagar los malditos limpiadores? pregunta la empleada Y el olor de la composta y paja húmeda nos golpea. Cierta clase misterio se adhiere a los que han sufrido profundamente Y gracias a ustedes Sr. y Sra. Radiantes. Sonó como el golpe de una roca lanzada al arroyo Y al impulso de pistón en la respiración del sexo. La pareja en la estación de camiones ¿Cuándo nos hemos besado así? Y hermosa tarde ¿no? — Sí, lo es — Apesta a zorrillo. — Eso seguro. Terrorista y víctima rodeando la última silla cuando la música se detiene Y el gusano chasquea su boca valvulada. Me dije ¿Cuándo me elevo por encima de mí dentro de la ocasión? Ella me pregunta ¿Y cuándo te alzas por encima de ti dentro de la ocasión? Demasiado tarde para contar palomillas en la ventana Y nuestro niño vendrá subiendo las escaleras del porche cuando venga. En coro la larga fila de máquinas caminadoras Y por encima de ellas, las televisiones vuelven a transmitir el desastre. poetas en babel

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poetas en babel

andreas unterweger | Graz, Austria, 1978 | Traducciones | Enrique Dayé

Andreas Unterweger es una de las voces fundamen­ tales de la nueva literatura austriaca y la contracultura de ese país. Su primera novela, Wie im Siebenten (2009) resultó un éxito. También fue bien acogida su ópera para multimedia lost brains, con música de Wim van Zutphen, estrenada en Brucknerhaus Linz ese mis­mo año. Como poeta, ha recibido importantes premios y ha a representado su país en numerosos even­tos internacionales, como las más recientes ediciones de los festivales internacionales de poesía de Granada, Nicaragua, y St. Andrews, Escocia. Ha actuado extensamente con su esposa, la cantante Judith Gschwantner, y su banda Ratlos, cuyo primer disco, Morgen in Graz, apareció en 2008. Para mayor información sobre este artista, visitar su página en Internet, <www.andreasun­ terweger.at>. Los poemas a continua­ción son los pri­ meros que se publican en nuestra lengua. v

Hinterland Für Christian

Ich ging zum Autogas hinüber in der Pinkelpause der kühle Wind kam aus dem Hinterland der Autobahn, da waren ruhige Dinge die auf der Straßenkarte nicht verzeichnet waren Da war ein Sommertag mit ein paar weißen Wolken da waren Felder Berge Bäume eine Kuh Nur eine Schotterstraße führte zu den Dingen die zu befahren streng verboten war

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Paisaje al fondo Para Christian

Me pasé a la gasolinera en busca del baño el viento fresco venía del paisaje al fondo más allá de la autopista, donde había cosas tranquilas que no figuraban en el mapa de carreteras

que la lumbre de tus ojos que se refracciona en unos pocos colores que conoce cada uno & cada uno conoce esos momentos que aunque siendo hermosos no tienen ninguna importancia... El auto marcha, vale la dirección en que vamos la vejiga está vaciada & vemos con claridad lo que hay entre tú y yo, los bosques oscuros están fuera.

Era un día de verano con unas pocas nubes blancas había campos montes árboles una vaca Tan solo una carretera de gravilla llevaba a las cosas hacia las cuales el transitar quedaba terminantemente prohibido

Vuelvo a escribir

Los bosques oscuros

me lucirá, volverá a darme luz como un disco amarillo & entonces todo estará de nuevo

Los bosques están fuera del coche & yo soy de vidrio para ti en este momento con ese rayo de sol que me está irradiando no hay absolutamente nada entre nosotros, por favor no te asustes: Soy envase vacío ya no llevo nada más dentro de mí poetas en babel

como sobre neumáticos de verano en la irrupción del invierno me acerco a ti… En cambio, tú ya verás: el lenguaje

claro como el sol… Como siempre estarás ya de pie al borde de la carretera: caerá una primera palabra, no caerá nieve. 


Tres días de lírica Para J.

30.12.2007 Este es el invierno en que el tiempo no pasa. Yo sí que lo sé: al fin y al cabo llevo sentado aquí dentro día tras día, junto a la ventana y pendiente de lo que pasará fuera. Pero lo único que se mueve es el contenedor anaranjado que va sobre ruedas. Dentro de él duermen ovejas. Son propiedad del Señor Kitzler. Y cada vez después de un par de días las ovejas junto con el contenedor y la valla eléctrica de color naranja que las cerca siguen su camino unos pocos metros más. En esos días las ovejas se comen unos metros más la hierba del campo. En esos días, a veces, cuando me atrevo a caminar de nuevo tu sendero preferido de antaño, las miro en su camino: tres ovejas negras, dos mayores, una chica, que tienen mandíbulas fuertes. No hay mucha hierba aquí en la llanura, y cada día queda menos... Por qué todavía no acabo de reconocer eso: que todo sigue su camino, a pesar de que cada día falta más.

31.12.2007 Soy demasiado amante de la paz como para coger el celular. No soy cazador. Ni siquiera un cazador con la cámara fotográfica, ni siquiera de fotos como esas, en las que todo parece estar en buen orden, como lo era antes ―yo no disparo, no, ni siquiera con la cámara celular… Y no sé mentir, eso no. Y no miento cuando más tarde en el talud de hierba con dedos tiesos escribo en el celular: el sosiego de los corzos en los campos alrededor de jettsdorf, para ti, tuyo andreas. Son tres corzos, dos mayores, uno chico. No podía saber que iban a disparar un tiro. No he mentido, lo que pasa es que no te lo he contado todo… Y es que no llego a 

La Otra | octubre-diciembre 2010


comprender por qué los patos de repente echan a volar, y más tarde, junto al riachuelo, por qué me huyen, revoloteando con pavoroso aleteo. Y lo que le pasa a la mujer, más tarde, en la salida del pueblo. Por qué me mira así. Por qué me odia.

03.01.2008

La nieve no cambia nada. La hierba por debajo, estropajosa y dura, queda siendo la misma —tallo por tallo las ovejas la desarraigan al comer. Y los corzos, tal como parece, de noche ya se atreven a entrar hasta en el jardín… Saco fotos de sus rastros, sin saber por qué. Y para quién. Y cada día por la tarde sigo yendo allí donde está lo que los cazadores suelen llamar “la raya”, es decir, el crepúsculo al borde del bosque... Por entre los troncos de los árboles, sin coger el celular, veo a veces grandes pájaros. Pájaros cuya envergadura de alas queda fuera de la historia. Y esta mañana acercándome al restaurante de la autovía para desayunar, por poco hubiera reído, cuando tres faisanes ―dos mayores, y uno chico, ¡como en mis poemas!—trataron de cruzar con turbulencias la Nacional Número 5… En casa esperaban otra vez, como nuevos, tus calcetines. Y las zapatillas del pequeño. Hoy tampoco no es un día aún.

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


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josé garcía villa | Manila, Filipinas, 1908-Nueva York, 1997| Nota introductoria | Eduardo Chirinos || Traducciones | Jannine Montauban y Eduardo Chirinos

José García Villa es hijo de un médico asimilado al ejército con grado de coronel y de una terrateniente. García Villa terminó la escuela en 1925, y en 1929 ingresó a la universidad para estudiar medicina y leyes, carreras impuestas por un padre que jamás entendió la verdadera vocación de su hijo. Aquel mismo año obtuvo con Mir-INisa el premio al mejor cuento del año concedido por la revista Philippine Free Press. Con el dinero del premio, Gar­cía Villa compró el boleto que le permitió viajar a Estados Unidos, a donde llegó en 1930 con veinti­dós años. Inició su carrera en la Universidad de New México, donde decidió continuar sus estudios de medicina y fundar Clay, revista mimeografiada en la que colaboraron, entre otros, Erskine Caldwell, William Saroyan y su admira­ do William Carlos Williams. Al poco tiempo se mudó a Nueva York, ciudad que lo adoptó para siempre. Allí se matriculó en la Universidad de Columbia para hacer un posgrado, trabajó como editor asociado de New Di­rections Publishing y, más tarde, tuvo a su cargo el Programa de Escritura Creativa de la City University of New York. Gar­ cía Villa consiguió combinar la creación literaria y artística con su vocación por la enseñanza y su acu­sado espíritu bohemio: por aquellos años, Nueva York era un gigantesco imán que atraía a lo mejor de la intelectualidad estadounidense, europea y, por supuesto, de la periferia que se abría paso como bien podía. En una foto publicada por la revista Life en 1948 aparecen Edith Sitwell, Tennessee Williams, Marianne Moore, Elisabeth Bi­shop, Randall Jarrell y, al lado derecho de W. H. Auden, José García Villa. Para ese año, ya había publicado Have come, am here (1942), iniciando una carrera meteórica que continuó con Volume two (1949, por el que obtuvo el Premio Bo­llingen), Select poems and new (1958) y Appassionata. Poems in praise of love (1979), además de libros para niños, ensayos literarios y cuentos. Además del premio Bollingen, García Villa fue merecedor del premio de la American Academy of Arts and Letters, del Shelley Memorial Award, y de las becas Guggenheim y Rockefeller. En 1973, el go­ bierno de Filipinas lo nombró National Artist for Literature. José García Villa murió de un derrame cerebral en Nueva York el 7 de febrero de 1997. v

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I, it, was, that, saw

Estaba hablando de naranjas con una dama

I, it, was, that, saw God, dancing, on, phosphorescent, toes, Among, the, strawberries.

Estaba hablando de naranjas con una dama de gran bondad cuando Oh llegaron las

It, could, have, been, moonlight, or, Daylight— or, no, light, at, all. His, feet, cast, lighty, on, all. On, phosphorescent, feet, On, phosphorescent, feet, He, danced, And, His, eyes, we’re, closed. He, made, strawberries, tremble! Yet, He, hurt, not, the, littlest, one, But, gave, them, ripeness, all.

adorables jirafas. Pronto su esplendor cayó sobre nosotros y mi garganta sufrió con la voz de las grandes alondras. Oh las jirafas eran tan hermosas, parecían hechas para aturdirnos con su irresistible visión: démosle una rosa a cada una dijo mi bella dama de gran bondad y enviamos las alondras en busca de rosas. Fue cuando las alondras se marcharon

Esto, fue, lo, que, vi Esto, fue, lo, que, vi, a, Dios, bailando, entre, las, fresas, sobre, sus, pies, fosforescentes. Podría, haber, habido, luz, de, luna, o luz, de, día — o, ninguna, luz. Sus, pies, lo, iluminaban, todo. Sobre, pies, fosforescentes, sobre, pies, fosforescentes, bailaba, y, Sus, ojos, estaban, cerrados: ¡Él, hacía, temblar, las, fresas! Pero, ni, a, la, más, pequeña, hizo, daño, y, les, dio, madurez, a, todas. poetas en babel

que la más blanca de todas las jirafas y la más dorada de todas las jirafas Oh las más adorables nos buscaron: y al hallarnos se inclinaron ante nosotros arrodillándose con sus divinas cabezas arqueadas. Y entonces supimos por qué nos fue enviada toda esa belleza: el príncipe blanco y la princesa de oro arrodillados: para adorarnos con su brillo: a nosotros los Perfectos Amantes.




Vi a Dios muerto, pero riéndose

Hoy, día, la, espiritualidad, del, demonio

Vi a Dios muerto, pero riéndose. Y yo me reí por Él. Escuché mi cráneo rajarse con la risa fatal de un actor de tragedias.

Hoy, día, la, espiritualidad, del, demonio, desafía, la, demonidad, de, Dios. Menos, no, se, debe, decir; más, no, se, puede, decir; cuanto, menos, más, la, espiritualidad, del, demonio, está, segura.

Avisté el interior del cráneo rajado ―vi la trágica hermandad de monjes en la forma de la cabeza muerta de Dios en sus labios la risa era una joya. Una joya brillante, Oh una joya brillante, la risa del Señor. Risa aprisionada con la eternidad Oh risa brillante, risa brillante. Entonces el Señor se rió más fuerte y yo reí por Él alimentado en el corazón del panal, tomando coraje, más coraje, hasta que todo el universo fue Risas pero la Risa del Señor Oh la Risa de Su Palabra que sólo pudo reír ―después de Su muerte.

La, Religión, no, derriba, ningún, viento. Dios, ha, aprendido, suficiente, demonidad, ¡ser, el, propio, demonio! su, demonidad, también, está, segura. La, trampa, que, llamamos, Eternidad, juzgará, al, vencedor: hoy, es, demasiado, tarde; mañana, es, demasiado, pronto; ayer, ya, pasó.

Las, manos, sobre, el, piano, no, tienen, brazos Las, manos, sobre, el, piano, no, tienen, brazos. Nadie, está, en, el, piano. Las, manos, comienzan, y, terminan, allí. Estas, manos, de, nadie, están, allí: cristalinas, y, claras, sobre, las, teclas. Tocando, lo, que, ellas, tocan. Tocando, lo, que, ellas, son. Tocando, el, sonido, de, la, Identidad. ¡pero, qué, absurdo, qué, absurdo, qué, absurdo!



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(Arriba) (en) (el) (árbol) (Arriba) (en) (el) (árbol) (cuyos) (ojos) (son) (azules) (Mira) (un) (pequeño) (pájaro) (cuyas) (flores) (son) (doradas) (Arriba) (en) (el) (árbol) (cuyos) (ojos) (Mira) (un) (pequeño) (pájaro) (cuyas) (flores) Mi, luminoso, león, viene, bajando Mi, luminoso, león, viene, bajando, bajando, por, la, escalera, de, Jacob, él, —¡mi, luminoso, león, viene, bajando! Cualquier, cosa, en ti, es, brillo —cualquier, cosa, en, ti, es, alabanza— (laurel, o, fruta, o, piedra) ¡A, mi, luminoso, León, arrójalo, ya! Mira —en, su, boca, Oh, mira— en, esa, limpia, boca,

(Arriba) (en) (el) (árbol) (cuyas) (flores) (son) (tres) (Un) (pequeño) (pájaro) (cuyos) (ojos) (son) (ciertos) (Arriba) (en) (el) (árbol) (que) (florece) (Un) (pequeño) (pájaro) (que) (es) (amor)

cuán, valientemente, carga, él, Dios, el, cuerpo, oscuro, al, fin, fuera, del, cielo, brillante.

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poetas en babel

krystyna rodowska | Polonia, 1937 | Versiones al español | Krystyna Rodowska

Krystyna Rodowska es poeta, ensayista, traductora de la literatura hispanoamericana y francesa, sobre todo de poesía. Ha publicado seis libros de poemas, entre otros Na dole płomie ń, w dole płomie ń (Abajo fuego, arriba fue­ go, 1996, premio de la Fundación de la Cultura en Polonia), Bliżej nagości (Hacia la desnudez, 2002). Sus poemas han sido traducidos al francés, español, checo, eslovaco, sueco, lituano, letón, rumano y macedonio, y publicados en las revistas literarias de esos países. Ha realizado varios viajes de estudio en México, Francia y España, y ha parti­ cipado en festivales internacionales de poesía en Europa, América Latina y Canadá (Québec). En 2008 participó en el Festival Internacional de Poesía en Granada, Nicaragua. Ha traducido y publicado en Polonia a los más importantes poetas de Francia y Latinoamérica, entre otros, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Ernesto Cardenal, Gastón Baquero, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, Roberto Juarroz, Eduardo Lizalde, Alejandra Pizarnik y Nicanor Parra. Es miembro de la Asociación de Escritores Polacos y de pen-Club. v

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Zaduszki w Xochicoatlan dla Nahuma y Gerarda Beltrán

O zmarłych być może mówi mi najwięcej tamten wieczór w Xochicoatlán. Na uliczkach ludzie krążyli wśród duchów, z gór opadała mgła. Umarli tutaj żyją; świetlista ścieżynka usypana z żółtych kwiatów cempanxuchitl prowadziła do wnętrza otwartego domu, by dusze, zwłaszcza młodo zmarłych, trafiły między swoich ,weszły w ramki zastygłych fotografii pośród świec i wieńców. Członkowie rodziny i ja, gość z daleka, modliliśmy się stopami w ciągłym tam i z powrotem między cmentarzem na górce a zastawionym stołem My, wszyscy rodzeni — bracia, siostry — przez Tamtą, co wyszczerza zęby z kolorowej bibułki, ruchliwej na wietrze, podczas gdy my wbijamy nasze w ciepły chlebek zmarłych. (Zjadając śmierć, smak jej poznajemy, zanim ona się do nas dobierze) Xochitl — znaczy kwiat. Coa — wąż, lub żmija. Tlán — miejsce, w języku nahuatl, którego korzenie — drzewa życia tej ziemi — przebijają warstwy naniesionej wiary, nazw, kilku stuleci, jakby Konkwista nigdy się nie zdarzyła. Sama nazwa Xochicoatlán triumfowała pośmiertnie nad zwycięzcami.

Śmiertelni, byliśmy w zażyłości z wszechobecną Panią tego domu, użyczaliśmy jej nawet naszych rysów. poetas en babel

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W siedzibie żmijowego kwiatu (którego fotografia śledziła mnie z hotelowej ściany) nie spuszczamy się z oka, Niekochana czerwiec, 2005.

El día de muertos en Xochicoatlán Para Nahum y Gerardo Beltrán

De los muertos me habla tal vez la noche aquella en Xochicoatlán. En las calles circulaba la gente, junto con los fantasmas. La niebla bajaba de las montañas. Los difuntos conocían el sendero Luminoso de flores de cempaxuchitl que fluía hacia las puertas abiertas para que las ánimas, sobre todo jóvenes, llegasen entre los suyos, volviesen entre las fotos quedándose, ya sin respirar, entre velas y coronas de flores. Los de la familia y yo, la invitada, rezábamos con los pies, de ida y vuelta, entre el cementerio de arriba y la fiesta que no callaba. Éramos hermanos y hermanas, paridos por Ella, que reía sin voz con sus dientes recortados en papel de color, mientras nosotros clavábamos los nuestros en el pan de muerto. (Al comer la muerte, la saboreamos, antes de que ella nos devore).

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Xóchitl, es decir, flor. Coa-serpiente, víbora. Tlan-lugar, sitio en náhuatl, Idioma, cuyas raíces hundidas salían a bailar libres en el aire, como si la Conquista no hubiera ocurrido. El nombre mismo de Xochicoatlán Vencía póstumo a los vencedores. Los mortales éramos los íntimos de la Anfitriona de esta casa, hasta le prestamos nuestros rasgos.

Más cerca de la desnudez

En la cuna de la flor de víbora (cuyo “rostro” me estaba siguiendo desde la pared de mi hotel)

Sientes que el enemigo debe rodar por aquí, camuflado (¿hasta cuándo?) con astucia

No nos perdamos de vista, Malquerida.

Durante los ejercicios matinales delante de la ventana abierta en un volar o bajar los brazos, de repente percibes el chasquido de advertencia de tus propios huesos Ya está, repites, sin defensas, escuchando el sonido implacable de un arma a punto de tirar

Vino el turno de las cosas invisibles Se dejan oír desde el fondo de tu cuerpo dispuestas a levantarlo.

Estado de cuentas No tengo nada No tengo edad No tengo calma No tengo límites Ni palabras No me pertenezco Tampoco soy tuya No tengo remedio La nada me detiene: su propiedad rebelde poetas en babel

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yo poeta

floriano martins

un poeta llamado lêdo ivo [entrevista] Traducción | Marta Spagnuolo

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p. 43 | lêdo ivo, casa lamm, ciudad de méxico, 2008 © pascual borzelli

E

n un extraño e inmenso país llamado Brasil a veces suelen ocurrir cosas muy curiosas y hasta preocupantes. A lo largo de mis viajes a países hispanoamericanos, invitado a participar de eventos literarios, siempre me sorprendió la manera afectuosa con que se ha­ blaba de Lêdo Ivo (Maceió, 1924). Al principio me parecía un mal entendido, porque la su­ posición correcta era que serían otros los famosos que alcanzaban proyección internacional. Pero pronto fui descubriendo que la raíz de todo está en la poca (o ninguna) atención que los escritores brasileños prestan a la América hispana, comportamiento que refleja el alto grado de provincianismo de nuestra cultura. De cualquier manera, fui constatando la frecuen­ cia con que el nombre de Lêdo Ivo me era indagado y me avergonzaba el hecho de no conocerlo personalmente o de no haber siquiera intercambiado alguna correspondencia con él en mi vida. Peor: prácticamente no conocía su poesía. Un día finalmente coincidimos en Santo Domingo y fuimos presentados por nuestro común editor mexicano, el poeta José Án­ gel Leyva. La figura carismática, amigable y divertida de Lêdo pronto instaló entre nosotros una buena amistad y un mutuo respeto intelectual. De regreso al Brasil, Lêdo me envió sus libros y avanzamos en nuestro diálogo, siempre inquietándome el hecho de que, siendo un autor tan reconocido en los países vecinos, no tuviese la misma difusión en el Brasil. En 2009 recibí una invitación de la Casa de las Américas para ir a Cuba a integrar el jurado de su famoso premio literario. Por fortuna había entre los libros inscritos uno de Lêdo Ivo. Coin­ cidí, con los otros dos miembros del jurado —Ana María Gonçalves y el angolano Ondjaki— en que el libro de Lêdo, Réquiem, era lo mejor que teníamos entre las manos. Réquiem venía de dos bellas ediciones en el exterior, una en México y otra en Italia, y ofrece, desde luego, gran poesía. De modo que la ocasión de registrar, a través del Premio Casa de las

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Américas otorgado por unanimidad, el valor de la poesía de este brasileño de reconoci­ miento aún no proporcionado a su excelencia en su propio país, fue un verdadero caso de azar objetivo. Así, quedo feliz por haber sido parte de él. Posteriormente, el poeta ganaría también el Premio de Poesía del Mundo Latino Víctor Sandoval (México, 2008) y el Premio Rosalía de Castro (España, 2010). Lêdo Ivo ha sido publicado en España, Dinamar­ca, Italia y Estados Unidos, así como en países hispanoamericanos: México, Chile, Venezue­la y Perú. A continuación, una breve conversación nuestra sobre algunos aspectos de su vida y de la lite­ ratura brasileña.

Lêdo, hay una observación que haces respecto a tu abue­ la ma­terna, de que “era una católica practicante: un catolicismo ortodoxo, jamás bahianizado”. Siempre me ha parecido que la literatura en el Brasil se vio profun­ da­men­te afectada por la interferencia católica. Bien entendido: por el catolicismo adoptado por nuestros escritores e intelectuales. Figuras determinantes como Al­ ceu Amoroso Lima y Mário de Andrade, cuando me­nos propiciaron un hilo de alta tensión entre lo que llamas catolicismo ortodoxo y bahianizado, reorientando la vocación poética de muchos de nuestros escritores, e in­ terfiriendo así en la propia configuración cultural del país. ¿Cuál es para ti la extensión de un prejuicio de esta naturaleza? No creo que la literatura en Brasil se haya visto afec­ tada por la interferencia católica. Como todos los paí­ ses de Occidente, Brasil, como civi­liza­ción, es una creación del cristianismo, cuya mayor obra es la propia Europa. Fue el cristianismo el que colonizó a Amé­ rica, dejando marcas imperecederas en su educación, su arquitectura, su música, su pintura, su modo de vi­ vir y de morir, etc. Ese impacto civilizador, que des­tru­ yó en muchos casos civilizacio­nes importantes, como la maya, azteca, inca, modeló el sistema de educación 

y de producción literaria y artística. Brasil, desde el día de su “descubrimiento”, con la primera misa, siguió y sigue ese camino. En el siglo xix, la inteligencia brasileña siguió, en su ma­yoría, el camino del positi­vismo y recibió in­ fluencias de Darwin y Spencer, neu­tralizando poderosamente el sello católico de nuestra civilización, que se caracterizaba por el hecho de que el catolicis­mo era la religión oficial del país. Ade­más, hay que sub­ra­ yar que esa nueva dirección litera­ria y artística se di­ seminó en el siglo xx. El grupo católico (Jackson de Figueiredo, Alceu Amoroso Lima, Jorge de Lima, Mu­ rilo Mendes, Otávio de Faria, Tasso da Silveira y tantos otros) representa esa proyección de espiritua­lidad en una literatura de fuerte contenido regionalis­ta, pai­ sajístico y de escasa interrogación existencial. Hoy, con la expansión de los evangélicos y de las reli­giones y sectas africanas, la influencia católica, sea la temporal, sea la espiritual, disminuyó sensiblemente, y son raros los escritores brasileños a los que se po­dría con­ siderar “católicos fervorosos” o practicantes. La ma­ yoría, como los pintores y los músicos, son católicos históricos y tradicionales (herederos de tradicio­nes do­ mésticas) “librepensadores” o declaradamente ateos. La Otra | octubre-diciembre 2010


lêdo ivo, ida vitales y enrique fierro en valledupar, colombia | © josé ángel leyva.

También debe acentuarse que la literatura no es un camino único, y que la comunidad literaria irradia en varias y numerosas familias espirituales, tanto en el plano estético como en los planos político y moral. No podemos olvidar que el proyecto modernista de nacionalizar el Brasil tenía fuerte connotación católica, y que sus derivaciones condujeron al integralismo. Benjamin Moser, en la biografía de Clarice Lispector, por ejemplo, al referirse a Plínio Salgado, observa que “co­mo muchos integralistas, Salgado estaba fuerte­men­ te influenciado por los escritores católicos que emergie­ ron en los años 1920, con sus sugestiones de nacionalismo yo poeta | lêdo ivo

místico”. Había entonces la presencia de la revista A Ordem, dirigida por Augusto Frederico Schmidt, en un ambiente donde se confundían aspectos como la llamada escuela introspectiva, nacionalismo místico, integralismo, en una misma sala frecuentada por Tristão de Athayde, Mário de Andrade, el propio Schmidt, Plí­ nio Salgado, ambiente que en cierto momento llegó a estar bajo la coordinación impuesta de la Agencia Nacional, y Lourival Fontes, el súperhombre de Getúlio Vargas, en el comando del Departamento de Prensa y Propaganda. También me remito a Benjamin Moser, quien dice que “la fe católica de muchos de esos escritores llevó a algunos de ellos a asociarse, de manera tem­ 


poral, al integralismo, y a defender ciertas propuestas reaccionarias, como la militancia de Vinicius de Moraes en favor del cine mudo”. Cuando pasamos a la Generación del 45, ¿qué cambia en esa relación con el catolicismo? No creo que el proyecto modernista de nacionali­ zación del Brasil haya tenido “fuerte connotación ca­ tólica”, como tú afirmas. Ese proyecto se inspiró en elementos indígenas y folclóricos, como lo prueba el Manifiesto antropofágico de Oswald de Andrade, y el re­ descubrimiento del barroco mineiro por Mário de An­ drade, el cual era, también, un católico tradicional. Y a esos elementos de carácter ancestral se agregó un ingrediente de vanguardismo europeo, especialmen­

lêdo ivo y juan calzadilla, valledupar, colombia | © josé ángel leyva.

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te el sentimiento de la velocidad tomado del futuris­ mo de Marinetti. Obsérvese que los modernistas de San Pablo igno­ raban el Nordeste brasileño y lo veían de lejos, con ojos turísticos. Y de “turistas aprendices”, para usar aquí una expresión afortunada de Má­rio de Andrade. Plínio Salgado, con las novelas en las que se vale de un proceso de fragmentación de la na­rrativa, y el uso inmoderado de la elipsis y del laco­nismo, es un se­ guidor y discípulo de Oswald. Como es un discípulo incómodo, dada su condición de crea­dor del integra­ lismo (el llamado “fascismo caboclo”), la crítica y los estudiosos del modernismo brasileño escondieron siem­pre esa evidencia, omitiendo su nom­bre o menos­ preciándolo, con la excepción notable de Wilson Mar­ tins que, en su monumental História da inteligência brasileira, llama la atención hacia la importancia se­ minal de O Estrangeiro en el escenario de nuestra ficción. En cuanto a Vinicius de Moraes, fue descubierto po Otávio de Faria, que le dedicó par­te del libro Dois poetas (el otro es Augusto Frederico Schmidt). Otá­ vio de Faria, autor de un incómodo y provocador ensayo, Machiavel e o Brasil, en el que de­nuncia nuestras miserias políticas, influyó profunda­mente en la primera formación de Vinicius de Moraes, marcada por su simpatía por el fascismo. Eran amigos íntimos y ocurrió entre ambos una relación homosexual que ter­ minó cuando Vinicius se convirtió en uno de los ex­ ponentes de la izquierda y del comunismo de salón. Su interés por el cine mudo le vino de Otávio de Fa­ ria, creador del Club Chaplin, cuando era estudiante de la Facultad Nacional de Derecho. Nada tuvo que ver con el catolicismo. Y hay que hacer una rectificación: Otávio de Faria nunca fue integralista. Fue fascista, así como Jorge Amado, Graciliano Ramos y Carlos Drummond de Andrade fueron comunistas, y Rachel La Otra | octubre-diciembre 2010


de Queiroz fue comunista y después trotskista, en un tiempo en que la intelectualidad en su mayor parte no creía en la democracia por considerarla el régimen de la burguesía conservadora y adversa a las grandes reformas políticas, sociales y económicas. Además, el Brasil fue gobernado, de 1930 hasta 1945, por el estadista autoritario, centralizador y dictatorial Getúlio Vargas; en Europa imperaban el nazismo de Hitler, el fascismo de Mussolini, el franquismo del genera­lísi­ mo Franco y varias dictaduras sudamericanas do­ minaban en América. Evidentemente que la inclinación de los escritores católicos o de familias tradicionalmente católicas era por el fascismo y el integralismo. [“Dios, Patria, Fa­mi­ lia”, era el lema del integralismo. Los integralistas lle­va­ ban una camisa verde con un signo que los distinguía, como los nazis y los fascistas.] Cuando emerge la Generación del 45, terminada la Segunda guerra mundial con el derrocamiento del nazismo y del fascismo, el debate político pasa a un segundo plano. Por lo menos en su inicio, esa gene­ ración será formalista y esteticista, preocupada por la “reconstrucción” de la poesía y de la literatura bra­si­ leñas. El nacionalismo modernista será sustituido por un subjetivismo creciente y por un cosmopolitismo de naturaleza actualizadora. Es el tiempo del descubrimiento de Rilke, T. S. Eliot, Paul Valéry, Mallarmé, Ezra Pound, Saint-John Perse, Ungaretti y otros, que sustituyeron las devociones modernistas, representadas por Apollinaire, el futurista Marinetti y Blaise Cendrars, que Oswald de Andrade prácticamente des­ plumó en su Pau-Brasil. Una cosa singular es que el modernismo, teóricamente programado para proce­ der a una actualización de la literatura brasileña, fue uno de los movimientos más desactualizados y desin­ formados en relación con las revoluciones estéticas yo poeta | lêdo ivo

que entonces se operaban en Europa y en Estados Uni­ dos. En el gran banquete de los ismos del siglo xx, se alimentó de migajas. ¿Crees que el cosmopolitismo de la literatura brasi­ leña es una farsa? Como nos relacionamos con grandes centros canónicos y no con la grandeza natural de la cultura en cada país, ¿qué otro Brasil has descubierto a la sombra de esa máscara? Partamos del principio y de la evidencia de que los escritores latinoamericanos somos se­res divididos en­ tre nuestro indigenismo y nuestro ibe­rismo. Como todos los países periféricos que constituyen la América ibérica (a la cual el Brasil pertenece), tenemos una lengua y una etnia europeas (el español, el portugués) y somos los herederos o usufructuarios de una cultu­ ra trasplantada y de la cultura autóctona. Y a ellas se suma aquella milenaria que nos vino de África. A la cultura trasplantada —literatura, música, arquitectu­ ra, educación, culinaria, modo de vivir y de morir etc.— le conferimos un sello nacional que es nuestra diferencia derivada de nuestro indigenismo. El llama­ do “cosmopolitismo” de parte de la literatura brasileña —como de los otros países: Cuba o México, Chile o Argentina— testimonia nuestra ligazón transatlán­ tica con Europa que, como centro insoslayable de tra­ dición y laboratorio de experimentación e invención, atrae nuestra atención, nos abastece con su saber y su creatividad y contribuye a nuestro perfeccionamiento. Y se funde con lo que tenemos de telúrico y nativo, de nuestro suelo. Actualmente podemos vanagloriar­ nos de que la producción literaria y artística en Ibe­ roa­mérica ya alcanzó un ostensivo grado de autonomía e independencia, no por lo que recibimos o imitamos, sino por lo que creamos e inventamos. América La­ ti­na se tornó la patria de la imaginación y de la crea­ 


tividad, cada vez más apreciada por los estudiosos, críticos y lectores de una Europa que atraviesa un periodo de ostensible agotamiento, después de tantos movimientos renovadores como el simbolismo, el surrealismo, el cubismo, el futurismo, el expresio­ nismo y otros. La presencia de escritores latinoame­ ricanos en el flujo editorial europeo, y también su presencia en los festivales y congresos realizados en Europa, indica que estamos siendo cada vez más reconocidos por nuestra diferencia y originalidad. Con su explosión imaginativa, su diversidad artística, su ímpetu testimonial y documental, y su originalidad manifiesta, la literatura hispanoamericana es cada vez más apreciada y aplaudida en Europa. Ostentamos, además, una “irracionalidad” y una “magicidad” que, por su dimensión onírica, primitiva y arcaica, es otra fuente de atracción. ¿El tiempo envejece al creador o a la criatura? Hay poetas y escritores que dan lo mejor de sí en la juventud o en la madurez, y decaen o se vuelven repe­ titivos a medida que envejecen. Otros hay que se re­ nuevan y dan lo mejor de sí en la edad madura y en la vejez. Es un cuadro variado. Lo importante es que el poeta o el escritor descubra el momento en que debe silenciarse, si es que debe silenciarse en algún instan­ te de su vida. En la página 132 de tu libro de ensayos O ajudante de mentiroso (El ayudante de mentiroso) mencionas tu insularidad como elemento responsable de lo que llamas el “tal vez incómodo aire de extranjero en el escenario de las letras brasileñas”. Restringes a una envidia crónica la renuencia del medio literario en relación con tu obra e, incluso, hasta con tu persona. ¿El caso se explica realmente así, de manera tan provinciana? 

lêdo ivo, 2008 | © pascual borzelli

En mi caso personal, mi “insularidad” proviene de la circunstancia de ser originario de Alagoas, en el Nor­ deste brasileño —una región que se caracteriza por su belleza oceánica y litoral, por la miseria clamorosa de la mayor parte de su población. Agréguese a esas evidencias mi soledad, ya que, antes de mí, mi tierra natal sólo produjo dos escritores de proyección nacional: Graciliano Ramos y Jorge de Lima. A esos ele­ mentos se suma el hecho de haber seguido, en mi ofi­cio literario y poético, un camino que atestigua irrefuta­ blemente mi diferencia con respecto a mi generación y tal vez al propio legado cultural del Brasil. Suelo de­ cir que los escritores están constituidos por el talento (cuando lo tienen) y por la envidia (siempre). Pero es­ ta frase mía debe ser tomada más como una boutade. La Otra | octubre-diciembre 2010


Aunque la vida literaria sea un ostensivo dominio de competencia y conflictos, y refleje las virtudes y vi­ cios de la condición humana, es también el territorio de una convivencia armoniosa. A lo largo de mi tra­ yecto de escritor, muchas manos, algunas gloriosas, se me han tendido, apoyándome y abriéndome camino. Y, por mi parte, he procurado proceder de la misma manera. Mi vida ha sido un estuario de amistades. Y también de admiración. Sé admirar. De cualquier modo, me siento un sobreviviente, ya que atravesé varios movimientos poéticos sin adherir­ me a ellos —lo que no fue el caso de grandes poetas empeñados en obtener el aplauso o la complicidad de los jóvenes—, y asistí a la desaparición y el naufra­ gio de esos movimientos. Confieso que soy muy celo­ so de mi diferencia, la cual se proyecta en mi tra­bajo y en mi manera de concebir la literatura y la poesía, y constituye mi sello personal de poeta y escritor, lo que me distingue de mis queridos cofrades. Otro dilema curioso que encontramos en la literatu­ ra brasileña es su aspecto libresco —una literatura “que sólo sabe respirar el aire asfixiante de los libros”—, como tan bien lo has dicho. ¿Cuál es la matriz en que se origina este desvío? Un escritor debe ser libresco y antilibresco. Debe ser guiado por la evidencia de que la literatura y la poesía son problemas de cultura y no de mera sensibilidad. Un poeta, a mi ver, debe ser el protagonista más culto de la comunidad literaria, debe conocer un le­ gado que viene de Homero a Dante, de Virgilio a Ca­ moens, de Quevedo a Shakespeare y que se extiende hasta nuestros días. El conocimiento de otras lenguas es para mí fundamental, ya que la tradición cultural de la lengua portuguesa era insuficiente para mis ne­ cesidades de expresión y educación cultural. Ya el esyo poeta | lêdo ivo

pectro de la lengua española es diferente. Uno puede ser un gran poeta o novelista en lengua española sin necesitar conocer otras lenguas, pues en el pasado his­ pánico están Cervantes y Quevedo, Lope de Vega y Gar­ cilaso de la Vega, Fray Luis de León y Rubén Da­río, Góngora y Antonio Machado, y centenas de otras re­ ferencias fundamentales. Por otro lado, el escritor debe respirar el aire de la vida, de la convivencia, el mundo de los otros, pues en él es donde se abastece para su creación poética y literaria. Y cada poeta o prosista hace su lectura del mundo —no una lectura global y total del mundo, que es muy vasto e inaprensible. Pienso en el verso magistral de José Martí: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche.” Nosotros, los poetas, tenemos siempre nuestra Cuba (o nuestro Brasil, o nuestro México, o nuestro Chile) enclavada en nuestros corazones. Y te­ nemos la noche: el territorio de las oscuridades y las constelaciones, de los sueños y las pesadillas, de la in­ terrogación existencial, de la indagación cosmológica, de la fusión amorosa, del amor y del odio, de nuestra condición humana. En 2002, cuando Walter Galvani recibió el Premio Casa de la Américas, en una entrevista concedida a Fabrício Carpinejar (Rascunho, junio de 2002), el no­ velista comentó haber sentido restricción por parte de la prensa brasileña, lo cual supone relacionado con el régimen cubano, observando que “la divulgación en sí no estuvo a la altura del premio, que tiene prestigio y significado internacional”. El año pasado ganaste el mismo premio. ¿Cómo ha reaccionado a la distinción la prensa brasileña? ¿Crees que este premio haya perdido prestigio internacional? El Brasil es un gran gueto literario y lingüístico. La literatura brasileña es completamente desconocida en 


lêdo ivo con josé ángel leyva, jaime quezada y rafael cadenas, colombia, 2010 | © josé ángel leyva.

el exterior. Algunos poetas y novelistas son editados y apreciados, individualmente, en Hispanoamérica y en algunos países de Europa, pero ese conocimiento de creaciones artísticas individuales no llega a confi­gu­ rarse como presencia de un país (todavía exótico) y de una literatura. En el plano interno, el desconoci­mien­ ­to es todavía más punzante. Las tiradas de nues­tros libros literarios son casi siempre exiguas. Predo­mina en el mercado el libro extranjero, especialmente el bestseller planetario, señal inequívoca de la colonización cultural y de la dominación comercial de los editores multinacionales. La actividad literaria en Brasil es cos­ mética, decorativa, ornamental. Ser escritor en Brasil es una cosa muy melancólica. v [Fortaleza, Río de Janeiro, julio de 2010]

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en casa lamm, ciudad de méxico, 2008 | © pascual borzelli

La Otra | octubre-diciembre 2010


yo poeta

lêdo ivo

rumbo al faro

lêdo ivo, a los 14 años de edad, cuando escribió su primer poema | © cortesía del poeta.

Traducción | Marta Sapgnuolo

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esde la infancia yo desea­ ba ser poeta y escritor. La pro­sa de las primeras lecturas me llevaba a vivir aventuras en los mares del Sur —a los barcos pi­ratas con una bandera negra y una calavera blanca en el centro, a la busca de tesoros escon­didos en islas de­siertas, a tempestades y naufragios. Esa pro­sa en la que los hombres luchaban con­tra los elementos pri­mor­diales del universo y contra los otros hombres se rodeaba de una misteriosa aura poé­ tica. Era como si estuvie­ra en el bote de un barco que naufragaba o me encontra­r a subiendo el peñasco in­sular tras el que estaba enterrado un tesoro. Las pá­ gi­nas de esos libros bienamados de Emilio Salgari, May­ne Reid, R. M. Ballantine, Robert Louis Stevenson, Daniel Defoe y tantos otros correspondían a velas de barcos. Nací en Maceió, una pequeña ciudad marítima y pan­tanosa del Nordeste brasileño, y el paisaje nativo casaba plenamente con el paisaje de las novelas afortu­

yo poeta | lêdo ivo

nadas. Frente a mí estaba siempre el mar, con sus olas sucesivas, los barcos que invitaban a la partida y a la evasión, y un blanco faro vigilante en lo alto de una co­lina. La realidad y la imaginación se fundían en el ins­tante milagroso. Así, desde temprano aprendí que la única verdad del hombre es la verdad de su imagina­ción, esté ella guiando la mano de un escritor o la am­bición de un niño. Alumno de un colegio religioso que privilegiaba, ade­más del idioma patrio, la enseñanza del francés y del latín, me ocurrió a los 15 años un choque de lectu­ ra que sin duda tuvo una importancia seminal en mi vida. Vino a mis manos un periódico con una nota so­ bre la vida y la poesía de Jean-Arthur Rimbaud y que reproducía el poema “Les effarés”. Ese poema fue para mí una epifanía, un deslumbrante descubrimiento de mí mismo, de aquello que yacía dentro de mí a la es­ pera de la expresión y posible comunicación —a la es­pera del lenguaje. 


Noirs dans la neige et dans la brume, Au grand soupirail qui s’allume, Leurs culs en rond A genoux, cinq petits, — misère: Regardent le boulanger faire Le lourd pain blond…

En ese momento aprendí que la poesía es hija de la realidad y de la materialidad y la impureza del mundo visible, pero que sólo por medio de la creación poéti­ ca el mundo puede ser revelado. A los poetas, como a los demás creadores, cabe la tarea o la misión de proceder a la visibilidad del universo. La poesía es un ar­te de ver —de ver y saber ver lo que, incluso ante nuestros ojos, sólo puede ser distinguido por el uso y la ilu­minación del lenguaje. El silencio de los niños andrajosos contemplando el nacimiento del pan en una panadería guardaba, al mismo tiempo, el horror y el deslumbramiento de la vida. Era el silencio de los se­ res sin lenguaje, que sólo pueden expresarse a través de los poetas, de aquellos que saben ver tanto el mar —“infusé d’astres, et lactescent, / Devorant les azurs verts”— como la Clara Venus —“Belle hideusement d’un ulcère à l’anus”. La estética de la belleza y la estéti­ ca de la fealdad —lo bello y lo horrendo, lo armonioso y lo deforme— deben formar la totalidad de una vi­ sión empeñada en celebrar el universo. Un año después de ese descubrimiento incomparable me fui a estudiar a la ciudad de Recife, que des­ de el romanticismo ostentaba una atrayente tradición cultural. Mis primeros pasos me llevaron a la bibliote­ ca pública, donde un pequeño volumen de Rimbaud me esperaba con su tapa amarilla. Otros pasos me con­ dujeron a un café donde se reunía un grupo de jóve­ nes poetas y prosistas. La nueva compañía me abrió el mundo presentido: por medio de las lecturas y los 

diálogos encontré y elegí los poetas que habrían de influir en mi deseada afirmación personal —o en mi destino. Además de Rimbaud, vinieron Baudelaire, Ma­llarmé, Verlaine, seguidos de Rilke y T.S. Eliot, en una larga jornada que me llevó, con el fluir de los años y de un incesante aprendizaje, a descubrimientos y ad­ miraciones innumerables, desde Camoens y Quevedo a Góngora y Antonio Machado; desde Victor Hu­go a Yeats, desde Dante y Ungaretti a Valéry y Blaise Cen­ drars o Apollinaire. Aquel que desde la niñez deseaba ser poeta se rin­ dió a la evidencia de que la creación poética se corres­ ponde con la conquista y la utilización de una magia verbal —con un uso supremo del lenguaje. El estudio de la retórica poética le transmitió la convicción de que el poeta, esa criatura tan celosa de su identidad, al pro­ ducir su obra tiene la libertad de un jugador de futbol o de ajedrez. Ella, la poesía, es construcción y arquitectura. Orden y desorden, razón y sinrazón, contención y desborde, rigor y falta de rigor, la poesía es el arte de hacer versos —o de saber hacer versos—, es el ejercicio de una competencia y obedece a leyes se­ cretas (o a una única Ley) como el mundo en que vi­ vimos, con sus estaciones, la noche y el día, la vida y la muerte, el amor y el odio. Y también aprendió que, en el transcurso de los años y de los siglos, la poesía no progresa. Las rupturas y los cambios, las revolucio­ nes estéticas más violentas y desorientadoras, las experimentaciones más desvariadas, no tienen el poder de realizar la metamorfosis; son apenas incrementos, el incesante fluir de un proceso, las nuevas etapas de una tradición. O instantes ambiciosos o frenéticos que el tiempo, o el viento, habrán de apagar. La verificación de que no hay progreso en el arte, se­gún, por otra parte, la lección de Pound, tal vez ya es­ tuviera presente en mi espíritu a la hora de mi apari­ La Otra | octubre-diciembre 2010


ción, en la década de los cuarenta del siglo pasado. Era, en el Brasil periférico como en los grandes centros de creación artística, un tiempo de cambio, con el fin de la segunda gran guerra y la emergencia de nue­vos sueños y pesadillas. Una nueva generación poética —la del 45— surgía, contraponiéndose al modernismo enton­ ces vigente, y se caracterizaba por su formalismo y su cerebralismo. Privilegiando un verso corto u homeo­ pático, y concentrándose en una práctica poética en que imperaba la metapoesía, los jóvenes poetas producían poemas sobre el arte o la manera de hacer poemas. En ese escenario, puedo vanagloriarme de haber si­ do la oveja negra del rebaño obediente e indistinto: de haber sido el mauvais sujet entre tantos temperamen­ tos juiciosos y bien educados que procuraban huir de la prosa de la vida. Me guiaba la convicción de que la creación poética es una aventura individual e intrans­ ferible, la elevación de una voz inconfundible y casi siempre efímera en la oscuridad del mundo. Las tribus literarias nunca me sedujeron. A lo largo de mi trayectoria literaria me he manifestado tal vez exhaustivamente sobre la creación poé­ tica y la poesía. Y seguramente esas manifestaciones fueron siempre fragmentarias e incompletas. Para mí, la poesía es una manifestación de la creatividad huma­ na; un arte —el arte de hacer versos—; el uso excelso del lenguaje, ya que ella es una magia verbal, un idio­ ma específico dentro del lenguaje, no sólo del común sino también del lenguaje literario de la prosa; un tes­ timonio de la condición humana; una celebración del universo por el hombre. En ese cuadro inmemorial que proclama la necesidad humana de expresarse (in­ ventando y documentando el paso del tiempo y su experiencia personal), es importante subrayar, con el necesario énfasis, que la poesía resulta de una voca­ yo poeta | lêdo ivo

ción individual e intransferible, que se realiza y se per­ fecciona a través del trabajo, de la investigación, de la capacidad de renovación frente a la tradición. El poe­ ta nace poeta, y se hace y es hecho por la cultura que logra incorporar a su oficio. Y él es apenas un ello en el gran sistema poético del mundo, un grano de polvo en una tradición que viene desde el inicio del universo y habrá de continuar mientras nuestro planeta exista. Esto porque hay algo, en el mundo y sobre el mundo, que sólo el lenguaje poético tiene condicio­ nes para expresar. Hay algo, en el hombre, del hombre y para el hombre, que sólo el poeta está en condicio­ nes de decir por medio de y con su lenguaje.

lêdo en san francisco, california, 1962 | © cortesía del poeta.




lêdo y lêda ivo en parís, 1953 | © cortesía del poeta.

Cuando empecé a escribir en la adolescencia, nada sabía de mí, salvo que deseaba ser poeta y escritor, y poner mi poesía y mi prosa al servicio de los hombres, lo que significa ponerla al servicio de la vida y hasta del cambio del mundo, ya que a mí me dolían y me duelen la miseria y la injusticia, la desesperanza y la muerte. Lo importante es que el escritor o poeta proyecte en su obra su experiencia, aquello que Rubén Darío llama “el tesoro personal”. Y convierta esa experiencia en un lenguaje inconfundible, mágico. Aunque practicaba el verso medido y ya había pu­ blicado un Acontecimento do soneto (la primera edi­ción en Barcelona fue hecha en 1948, en la prensa manual del poeta João Cabral de Melo Neto), mi interés fundamental era una expresión poética fundada en el ver­ so largo o respiratorio y en la impureza del mundo. El uso y cultivo de ese tipo de verso, cuyo modelo más 

preclaro es Walt Whitman, hicieron que la tribu lite­ raria me considerase un poeta desbordado. ¡Despojamiento! Era el tiempo en que el protoco­ lo estético exigía de los principiantes que fuesen concisos y despojados, y aseguraba que el acto de escribir consistía en eliminar palabras. De mí, el poder litera­ rio reclamó que me despojase de mí mismo. Sólo así podría trasponer el portal de la aceptación y del aplau­ so. Mi trabajo poético y literario muestra que me rebelé contra esa cláusula niveladora y estandarizante. Para mí, escribir no es eliminar palabras, es acrecentar. Y exhumar las palabras olvidadas o condenadas que yacen en el diccionario a la espera de una resurrección que sólo los poetas están en condiciones de rea­ lizar. ¡Poeta derramado! Era, por cierto, una lectura equívoca. La concisión y la precisión de un verso no residen en su número de letras o de sílabas, sino en su densidad o intensidad. Un haiku puede ser más enfa­ doso que una oda; un poema en redondilla menor o mayor puede tener más exceso verbal que un alejandrino. En fin: mi exactitud era la exactitud del océano y no la de una caja de fósforos. Un verso elíptico o lacónico no significa la prácti­ca de una deseable concentración o condensación. Éstas pueden residir en un verso largo y respiratorio y que, en su ritmo, y sustentado por su musicalidad y sono­ ridad, se desdoble como una ola; y pueda hasta alcan­ zar o invadir el territorio de la prosa: un verso que, siendo al mismo tiempo verso y prosa, aspire a abarcar la totalidad del lenguaje, y sea poesía. Viene a mi memoria el poema de Rimbaud. Veo a los niños acuclillados, asistiendo al momento en que el panadero fabrica el lourd pain blond. Guardé esta imagen como una dádiva incomparable. El poeta piensa en imágenes. Así, en mi trabajo poé­tico, la materialidad y la concreción reclaman ser La Otra | octubre-diciembre 2010


ple­namente identificadas y reconocidas. La poesía es el arte de conferir visibilidad —la visibilidad de la ima­ gen detenida y vuelta presente e inmóvil— a las cosas, seres, paisajes, sentimientos y emociones. Crea para el lector un tiempo intemporal: el fugitivo tiempo per­ pe­tuo en que transcurre la lectura o la audición del poe­ ma, y que contiene el ayer, el hoy y el mañana. Poesía: arte de ver, galaxia de imágenes y visiones; sortilegio del lenguaje. Se ha dicho además que pertenezco al linaje de los poetas y escritores para quienes la creación no es un suplicio, una búsqueda febril de la forma de expresar­ se, sino un placer y una felicidad. Y siempre deseo que ese placer de escribir se convierta, en el lector, en el pla­ cer de leer. La angustia de la expresión no me atormenta. Para mí, el oficio poético ha sido el acto de vi­si­tar­ me a mí mismo; la búsqueda de una voz discer­nible: mi voz, la de una experiencia acumulada y acrecenta­ da en el silencio y el rumor de los días. Una voz empeñada en la celebración del mundo y en la reflexión sobre la condición humana. Dice Valéry: Je me moque des courants, j’admire seu­ lement les navires. Para mí, la función de las teorías, corrien­tes y movimientos estéticos y literarios es pro­ ducir nombres —figuras nítidas y aisladas que al estatuto grupal o escolar agregan el sello o el timbre propio. Creo en la diferencia y la reclamo. Creo en aquella hormiguita de Antonio Machado que va sola por el campo. A pesar de haber recorrido tantas tierras y contem­ plado las nubes de cielos diversos —conducido por esa brisa marina que el progreso tecnológico trans­mu­ tó en brisa aérea— me considero un poeta pro­fun­da­ mente vinculado a la tierra natal. Respiro el sentimiento de la cuna, de la raíz, del origen, de la sangre ancestral. yo poeta | lêdo ivo

Mi poesía guarda mi lugar de nacimiento: Maceió, con el faro y los barcos, el mar y el viento del mar, los cangrejos de tierra y los cangrejos marinos que transitan en el cieno de los manglares, los corrales de pesca, los ciempiés que emergen de las maderas podridas, las estacas de los galpones lacustres, los perros sarnosos y aburridos que vagan por las calles sinuosas, los cemen­ terios marinos, el olor conjugado de azúcar y cebolla de los almacenes portuarios, el graznido de las gaviotas, los mendigos que exhiben al sol las piernas deformadas por la elefantiasis, los murciélagos suspendidos del techo de madera carcomido de las iglesias, las casas gibosas, las ventanas cerradas que esconden secretos inconfesables, los locos que cantaban y bailaban en el hospicio junto al mar, los astilleros abandonados, las dunas y las hormigas. Estos recuerdos y viajes corres­ ponden a la creación de una mitología personal, y con­ servan la luz y la sombra y el bochorno. Regido por el ruido del mar, que aún hoy me sigue hasta en los sueños, el pequeño y cerrado universo de la infancia y la adolescencia me envuelve siempre. La poesía es la hija dilecta de la memoria —de una me­ moria tal vez fiel al tiempo evaporado, tal vez transfi­ gurada por la imaginación creadora y triunfante que la torna infiel. Mis viajes a otras tierras me enseñaron —y toda­ vía me enseñan— tal vez obsesivamente mi origen; y también el conocimiento de otras lenguas me remi­te, imperiosamente, a mi raíz verbal, que é a portugue­sa língua celebrada por Antonio Ferreira. Y el ininterrum­ pido viaje en torno a mí mismo convierte mi noche en un amanecer. Vuelve verdad y realidad un deseo de infancia. En mi largo trayecto, estoy siempre caminando en dirección al faro que me espera en lo alto de la coli­ na. v 


yo poeta

lêdo ivo

¿un poeta es un escritor? Traducción | Marta Sapgnuolo

E

n un tejado en París, a fines del siglo pasado, algunos gatos acostumbraban reunirse todas las noches y entregarse al placer de la conversación, una práctica que no es privilegio de los hombres. En cier­ ta ocasión, uno de los presentes sucumbió a los encantos —evidentemente felinos— de una bellísima angora. Cortejándola, le preguntó quién era ella, y ob­ tuvo la siguiente respuesta: “Dicen que soy la gata del poeta Stéphane Mallarmé.” Ruego al lector conceder a esta anécdota unos tin­ tes de fábula, para que exceda el universo de los acto­res en ella implicados. El no saber quiénes son, y asumir una identidad fijada por los apuntes ajenos no es, cier­ tamente, propiedad de los mininos. También lo es de los hombres. Somos lo que somos —si es que lo somos— porque los otros lo dicen. Así, nuestra identidad es siempre una versión o un relato. No emerge de nuestra boca ni de nuestro silencio —es un sello pega­ do a nuestro cuerpo y a nuestro espíritu, como el nom­ bre que nos imponen cuando nacemos. En la soledad somos incapaces de expresarla, disueltos por falta de un interlocutor o de un término de referencia. Somos 

como los insomnes que encienden la luz de la mesa de noche para tener la certeza de la propia existencia se­ cuestrada por la oscuridad. Nuestra singularidad, lo que en nosotros es único y por ello diverso, reclama, para ser contrastada, el rótulo impuesto por el otro —por aquel que, siendo diferente de nosotros, está por eso mismo habilitado para proclamarnos. Y a él recu­ rrimos, para que nos provea el certificado de residen­ cia de nosotros mismos y, como ciertas autoridades policiales, diga dónde vivimos. Esta digresión aspira a rastrear una observación de orden personal. Desde el comienzo de mi vida litera­ ria, dicen que soy poeta y escritor. Se estableció así, en mi oficio, una dicotomía, o verdaderamente una ní­ tida duplicación de mi ser e identidad. Fui partido en dos, en las mitades del yo y del doble, con el agravan­te de no saber cuál de ellas es mi morada original ni en qué sitio el otro me proyecta o me prolonga. Soy poeta, pero también soy escritor. En este caso, un poeta no es un escritor, lo que no deja de ser singu­ lar, teniendo en cuenta que escribo poemas y que la poesía, siendo alquimia y vértigo, corresponde al uso La Otra | octubre-diciembre 2010


supremo del lenguaje y al más alto y primoroso nivel de la escritura. Apuntada la diferencia, ser escritor con­ sistiría, por lo tanto, en usar la escritura en un plano que no condujera el lenguaje a los firmamentos más elevados y ambiciosos, limitándose su practicante a mantenerla en determinada altitud. Según ese criterio, el prosista habrá de aparecer como el prototipo del escritor, ya que ejerce su actividad en prosa —esto es, trata con un tejido verbal que no es el verso. Un no­ velista, un ensayista, un cronista, un historiador, son, pues, escritores. Nadie, sea portero de hotel o profesor de literatura, podrá refutar la evidencia. Entre tanto, si abrazamos esa doctrina, reconocemos que ser escri­tor significa utilizar el lenguaje dentro de cierta media­ nía, sin conducirlo a los extremos donde sus potencialidades se desatan, y sus tensiones ostentan el poder que tiene el hombre de explorar cada palabra como si ella fuese un yacimiento. Así, el escritor sería aquel que se situase a medio camino entre el habla coloquial de la vida y el gran decir individual de la creación lingüísti­ ca: el hombre del más o menos. Con todo, habrá escri­ tores —especialmente los que confieren desempeños creativos al lenguaje— que, en sus textos, navegan a toda vela hacia ciertos parajes que, por ser del domi­nio de la poesía, exceden esa condición timorata. Como en las fronteras secas que unen países y nacionalidades en lugar de separarlos, y llegan a generar una lengua común, el escritor y el poeta cohabitan en esos acto­res literarios —y aquí registro una impropiedad, pues, al poseer ellos una fracción poética, ésta pertenece a otro mayorazgo de la creación artística. Pero, en mi caso personal, el hecho de haber publi­ cado prosa y verso induce al interlocutor eventual a imponerme una división profesional, como si yo fue­ ra dios y no una siempre inacabada integridad: “Usted es poeta y escritor, ¿verdad?”, interroga el yo poeta | lêdo ivo

otro a quien los dioses confirieron la tarea honrosa de las identificaciones perentorias. Intimado, en nombre de la verdad, y en un univer­ so blanqueado por las radicalizaciones, y que no con­ siente en aceptar la relatividad de las verdades y la rotación generosa de los errores, confieso, muy a pro­ pósito, que soy poeta y escritor. Reconozco aun así que, cuando mi mano escribe un poema, soy poeta y no escritor. ¿Pero dónde se coloca el poema, o se po­ siciona, como dicen eróticamente las actrices de tele-

lêdo, aguascalientes, méxico, 2008 | © josé ángel leyva.

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visión y los politólogos? ¿Dentro de la literatura, como el punto central, el magma, el núcleo privilegiado? ¿O fuera de ella, en otro reino? De cualquier forma, heme aquí binario. Et tout le reste est littérature. Este verso de Verlaine, cierre de un poema dedicado a establecer el espacio lingüístico de la poesía por me­ dio de la celebración de un arte poética, viene a mi memoria. Y en él, la literatura aparece bajo un color peyorativo, como si fuera la sobra del gran banquete del lenguaje. Acojo esta estética de eliminación. En es­ te caso, lo que en mí no es poético por ser prosístico o literario, ha de constituir mi parte vulnerable, algo so­ brante, de que debo despojarme mediante el rigor y la vigilancia. Entre tanto, ¿cómo se explica que en mí sea exceso de una operación intelectual lo que en otros —en aquellos que no son poetas— representa la pro­pia esencia creadora, y no la excrecencia censurada por el reglamento poético? Transeúnte de una avenida de interrogaciones, no sé si la poesía pertenece a la literatura o si constituye otra capitanía de la vida y del lenguaje. El intento de de­ marcación es tanto más singular si tenemos en cuenta que la prosa, dominio del escritor, no está exenta de las exigencias de una retórica que, aunque encuentre en el poema su plenitud, habitualmente visita la no­ve­ la, el cuento, el ensayo. Por lo demás, prosa y poesía no son categorías incomunicables, compartimentos es­ tan­cos. Entre ambas se producen vecindades de puer­ta, intimidades, gradaciones semánticas, tierras de nadie y de ambas. De este modo, ¿cómo establecer el campo magnético en que mi dualidad se hace discernible y posible de desenredar? Y, como si eso no bastase, en ciertos estadios de la poesía y en ciertas aventuras in

dividuales de poetas, el poema asume el nombre y el aspecto gráfico de la prosa. A pocos pasos de mí, en mi biblioteca, los poemas en prosa de Nerval, Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé y tantos otros consignan la ocupación de la prosa por la más exigente de las visi­ tantes. ¡Ingrato oficio éste, que sólo prospera por el camino de las perplejidades y de los equívocos! Poeta o es­cri­tor, todos nosotros en verdad nadamos contra la marea, cuando lo preferible sería que fuésemos la pro­ pia marea, el ir y venir exacto en su indeterminada modulación: la dicción de un mar que nos dispensa­ ra de bracear. El interlocutor reclama de mí la diferencia entre poe­sía y literatura. ¿La prosa y la literatura representan una misma categoría, un único y ejemplar cuerpo de creaciones artísticas? Pero si es evidente que la li­ teratura se deja inocular por el germen poético, y la prosa no está a salvo de los estremecimientos y de las emociones específicas del poema, también lo es que los temibles elementos prosísticos y literarios deben contaminar el cuerpo de la poesía. Y tanto esto es ver­ dad que la llamada poesía pura pertenece al terreno de las suposiciones e idealidades, lo que significa admi­ tir que la viveza de un poema depende de su capacidad de abrigar componentes extrapoéticos o literarios, en vez de agotarse en una pureza exangüe o mortecina. Si el poema se prosifica sutilmente para quedar en la memoria del lector, bajo los residuos de una anécdota, una fábula, una emoción o un enredo, también la novela y el cuento tienden a poetizarse en su voca­ ción para la durabilidad. Y es esa poesía, ese mineral precioso que, irradiado en la prosa de Tolstoi y de Mel­ ville, de Balzac y de Flaubert, de Conrad y de Proust, garantiza el verdor permanente de esos creadores, im­ pidiéndoles envejecer. La Otra | octubre-diciembre 2010


Aún en busca de la frontera que separa los dos rei­ nos, asisto a la carencia de sucesivos argumentos. La forma gráfica de determinados textos y las leyes más ostensivas de su composición tampoco identifican al oficiante, ya que él puede recurrir a la prosa para ser poeta y recurrir al verso para ser escritor juramenta­do. El uso de historias y personajes no sirve para abastecer la intención clarificadora, una vez que hay poemas do­ tados de enredos y figuras (como las epopeyas y las fábulas), mientras muchas novelas y cuentos osan pres­ cindir de la trama y de los personajes, destituyéndolos como expedientes anacrónicos, indignos de un narrador hebillado al tiempo presente —y que se esmera en narrar el propio lenguaje, en vez de narrar una historia como Cervantes y Fielding. En cuanto a la forma especial de utilización de las palabras, de poco servirá para extender la búsqueda de la línea divisoria, pues tanto la poesía como la literatura resultan de esa organización de vocablos; y hasta la prosa más ru­ dimentaria suscita ambigüedades e interpretaciones especiosas del oyente o lector. Al hombre dividido, al pasante literario y al mismo tiempo no literario (porque poético), sólo habrá de restarle la recurrencia a la subjetividad para traducir su doble manera de ser. Las iluminaciones teóricas y las evidencias prácticas tropiezan siempre en contradicciones e inconvenientes, difunden refutaciones y retrocesos, y el magisterio pertinaz no favorece el escla­ recimiento definitivo. Por más que se alargue el ca­reo íntimo, se relevan las disputas de la harina y el salvado. “Usted es poeta y escritor, ¿no es cierto?”, interro­ ga y decreta el inquiridor, emergiendo de las luces y las sombras de este mundo que confiere a ciertos vivien­ tes el privilegio incomparable de ser al mismo tiempo los formuladores de las preguntas y los infalibles por­ tadores de las respuestas. yo poeta | lêdo ivo

“Es cierto, pero prefiero que me llamen hombre de letras”, replico. Situadas antes de las palabras, solas como en el alfabeto, y a la espera de que el poeta o el escritor las in­ vi­te a un paseo, ellas, las letras, son ahora la base de mi verdad y la esperanza de mis mentiras. Trazos gráficos, sueltos en el espacio y en el tiempo, respirando la liber­ tad que precede a la acuñación de las palabras, e inmunes al tizne del significado y del uso, ellas, las letras, me colocan en el lugar en que siempre soñé estar: en el inicio y en el fin de todo. Dada la respuesta, una duda me asalta, desfavoreciendo la certeza final. Si las letras, sueltas y aisladas, son meros trazos gráficos que nada significan, es evidente que, como figuras del abeceda­ rio, no están preparadas para decir mi oficio, pues éste sólo comienza en el instante en que, gracias a un connubio de pluma y tinta, el sonido y el trazo se asocian para promulgar la realidad de un universo creado por la malicia de las palabras. Entonces, comparece a mi memoria aquel verso con­tundente y largo en que Claudel, celebrando la for­ taleza del faible Verlaine, registra la llegada de Rimbaud a París: Le voici pour la première fois qui débarque, et c’est parmi ces horribles hommes de lettres et dans les cafés. Si el poeta es un extranjero entre los hombres de letras, ¿cómo podrá instalarse entre estos cofrades que lo ven y lo consideran como a una oveja negra? Y, antes que mi interlocutor se vaya, lo tomo por la manga del saco: “Sin embargo, para serle sincero, prefiero que me llamen sólo poeta. Aunque, evidente­ mente, también soy escritor.” v

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yo poeta

lêdo ivo

poemas

El silencio esperado

El octavo día

Ahora que vi la nieve ya puedo morir de una muerte blanca e inmaculada que reunirá la sombra y la claridad en el vértigo del último enlace. Con su soplo tembloroso y sus labios fríos ella es el silencio esperado y sepulta en la tierra el amor audaz y el sueño insensato como quien esconde un pajarito muerto de los ojos del paseante que atraviesa el parque.

El mundo, creado en apenas siete días, lleva la marca ostensible de la prisa de Dios. ¡Mi Dios, qué imperfecto es! Yo descendía en la oscura corriente de voces y de gestos los peldaños del metro de la Ciudad de México y a mi alrededor el mundo se desvaía. En la caverna serpenteante que zumbaba nosotros éramos insectos que esperaban en la mañana ruidosa de domingo en que se oía el toque taciturno de la campana negra de la melancolía que rayase la mañana del octavo día.

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Aparición de Mallarmé Todas las veces que yo iba a París acostumbraba a subir la rue de Rome y detenerme ante el edificio en que murió Stéphane Ma­ llarmé. Los silbidos de los trenes en la estación Saint-Lazare no herían el si­lencio que imperaba en esas visitas iniciadas desde la juventud. Cierta mañana, cuando hacía una vez más la peregrinación, una de las ventanas de su apartamento, en el cuarto piso, se abrió y Mallarmé apareció con su rostro de fauno, su barba gris y el plaid legendario cayéndole desde los hombros. Desde el balcón, me miró morosamente, como si yo fuera el vi­si­ tante tardío pero siempre esperado en las reuniones de los martes, cuando su voz se elevaba en el silencio religioso de los discípulos como la flor ausente de todos los buqués. A partir de esa mañana, dejé de subir la rue de Rome. La apari­ción de Mallarmé, que recompensaba mi fidelidad, jamás había de re­ petirse.

yo poeta | lêdo ivo

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Seguro o tal vez Nunca me dijiste dónde puedo encontrar a Dios. ¿Frente a mí? ¿A mi lado? ¿Siguiéndome en la calle cuando cruzo con el semáforo en rojo? ¿Dentro de mí, en la circulación de mi sangre o en los sueños que me persiguen desde la infancia? Tal vez su morada sea entre las estrellas, en el espacio más allá de mi alcance, como los pájaros y los cometas. ¿Estará en el vuelo de un mosquito o en el movimiento imperceptible de las galaxias? ¿En la marea? ¿En el bochorno? ¿En el solsticio de verano? Te hago estas preguntas el día entero y no me respondes. Tal vez Dios esté en tu silencio. Seguro o tal vez.

Las palabras errantes Las palabras no son inmóviles como los pilares que sostienen los puentes estáticos o los rascacielos que encienden sus luces en la mañana vertiginosa. Caminan como los gitanos en busca de la patria ninguna escondida en todas las patrias. Arman sus tiendas a la vera de la ruta pero pronto parten y avanzan en la oscuridad del mundo como sonámbulos o saltan como los grillos en la hierba aún húmeda de rocío. Siempre cambian de lugar como los ataúdes en las funerarias. Ningún clavo fija una palabra en la página abierta en la desolación del día. Se posa en el papel como una mariposa y en seguida vuela y busca un jardín. Las palabras son pájaros migratorios que nos incitan a partir hacia las montañas. Son estrellas errantes. Son barcos. Y yo soy una palabra: estoy siempre andando en el mundo que es camino.

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Salvamento Guardaré todo lo que debe ser salvado: tu grito de amor en la noche oscura el ruido de la pala que arroja tierra en la sepultura el chillido de la lechuza el zumbido del chorro la manzana que se pudre en la góndola del supermercado y el súbito borbotar del agua del embalse atravesada por un pez. Guardaré una tarde en Maceió cuando las luces del mundo se encendieron para que yo conociera al mismo tiempo la noche y la claridad, el amor y el escombro. Y guardaré también la nube que se arrastra en el cielo episcopal como la sombra de un lisiado y el blanco esplendor de la lluvia cayendo sobre los árboles y los tejados averiados en la mañana sostenida por las camelias. Recogeré el remo del bote después del naufragio del barco y la piedra pulverizada en el desmoronamiento. Todo lo guardaré: la piedra y el agua y el viento y el fuego que avanza en la selva. Todo debe ser salvado del abandono y de la perdición. Hasta la ceniza debe ser guardada. En ella se esconde el amor.

yo poeta | lêdo ivo

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El paseo en canoa Aún hoy escucho el rumor de los remos en la laguna. Cortan las aguas como si cavasen la tierra y separasen el amanecer de los prodigios del día. La canoa se desliza lentamente entre los mangles verdes y enmarañados y la promesa del día que fulge en la desembocadura desierta. Los remos esparcen cicatrices en el agua herida que se abre y se rehace. La vida no es sólo el rumor o el gotear de los remos. Es también el silencio abierto como un palio sobre los cuerpos inclinados hacia el agua y las almas condenadas a la duda y al desamparo.

Hay un tiempo de hablar y un tiempo de callar; un tiempo de decir y un tiempo de silenciar después del aprendizaje del día y del viaje en la canoa que surca serenamente las aguas de la laguna y habrá de volver al atracadero donde el agua y la tierra son verdades inseparables como la vida y la muerte.

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juan manuel roca

miradas a

margarita isaza

Sin tĂ­tulo | carboncillo y pastel/papel | 70 3 100 cm, 2005.


U

n artista que trascienda lo programático y lo­gre, sin embargo, tender puentes entre el aden­tro y el afuera, entre el uno y el otro, a cada tanto se sorprende a sí mismo al descubrir algo que no sabía que sabía, algo que se le aparece, traducido de una len­gua ignorada o extraviada en los vericuetos de la memoria. Son los crea­ dores que se recorren a sí mismos, los que se exploran como mineros y extraen de su pro­pio socavón los mine­ rales de su obra. Esto ocurre en la pintura con los artistas que no se que­ dan en la epidermis del papel o del lienzo, en la for­malidad de un trazo o en el equilibrio de un color me­ditado. Casi privativamente le ocurre a los hacedores que, no obstante pensar y sopesar las composiciones o las for-

mas simbólicas, no se niegan a que haya una pin­celada pensante más que pensada, como ocurre con el expresionismo, sea de naturaleza abstracta o figurativa. Margarita Isaza es de esa estirpe de los que tienen la mano habitada y el ojo avizor, de quienes por medio de sus propias grafías resultan conociéndose a sí mismos, descubriéndose en una suerte de prehistoria oculta o de territorio perdido. Siendo una virtuosa dibujante, no se detiene en esa ins­ tancia privilegiada para crear sus ocultos significa­dos. Más bien transgrede la linealidad para esparcir unos mapas de color, unas manchas y unos tramados que parecen pa­ limpsestos cromáticos trazados sobre su propia materia inicial.

Margarita Isaza

Me negué siempre a mudar el destino de las cosas | acrílico y carboncillos/tela | 120 3 120 cm, 2007.

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Los ojos permanecieron límpidos ante el amasijo de mentiras | carboncillos y acrílico/tela | 146 3 114 cm, 2006

Ni por asomo cae en el equívoco de darle al sopor­te el epicentro de su arte; de hacer, como se ha vuelto una mo­neda de uso, la apología del material más que de la materia y del repudio retiniano un escudo para cubrir temores e incapacidades. Fiel a sí misma, la artista antioqueña repele el noma­ deo del arte, ése sobre el cual prevenía con tanta razón Bernard Berenson y que ha llevado a tantos ar­tistas a co­ rrer tras de la historia: “Disfrutan de un te­rritorio y rá­ pidamente se lanzan a la búsqueda de una nueva caza, de nuevos pastos… Los nómadas en el reino del arte no de­ jarían más traza de su excitación y alborozo que los antiguos pueblos migratorios.” Que otros hagan su numerito circense, sus pases hip­ nóticos, sus ocurrencias de pasarela, parece pensar Marartes plásticas | MARgarita isaza

garita Isaza. Que otros entren en el inocuo neo-ri­quismo de las formas dictadas por la moda y la ser­vi­dumbre a la metrópolis, a la revista, a la crítica neblinosa que remue­ ve las aguas para parecer profunda. Lo suyo no es la nove­dad; es la vigorosa rei­te­ración de un arte que pone el entrecomillado a la realidad, que le abre grandes fisuras para que afloren desde el carboncillo, desde el lienzo y la pincelada de acrílico, unas formas que no guardan servidumbre al dibujo de estatuaria, si­ no que se entre­veran a una vi­sita inesperada del espacio y del color. Con qué amoroso cuidado Margarita Isaza nos re­vela desde algunas formas trágicas y desde sus in­quie­tantes revelaciones, tanto en la evocación de una geografía de paisajes mentales como de figuras huma­nas, las escisio­ 


nes del mundo, la pugna ya proverbial entre un vasalla­ je de lo formal y la revuelta de sus libres contenidos. En huellas y rastros de ceniza. En marcas de agua. En trazas de viejos caminos. En laberintos de color y un con­ cilio de sombras, su obra rastrea las señales del paso del tiempo en la mirada. Es como si leyéramos las líneas de sus manos, un repertorio de visiones que nos esperaran entre las cuatro esquinas de sus cuadros. Al contrario de los viejos vanguardistas que aco­me­ tían la ilusa pretensión de poner la huella antes de dar el paso, es decir de primero crear un manifiesto para que después la obra coincidiera con lo manifestado (prime­ ro el decálogo y luego la obra), la pintora antioqueña hace yunta entre el qué decir y el cómo ha­cerlo sin pedir permiso a nadie. Es la suya una obra hecha en el silencio, en una suer­ te de desprevenida duermevela, de conciencia de lo inconsciente que no alardea de su vigorosa presen­cia en lo mejor del arte latinoamericano. Tal vez, si se le preguntara a la pintora cuál es su credo estético, podría coincidir con Benedetto Croce y con el mismo Berenson en que, al dar libertad a sus representaciones visuales y a sus dones innatos, al sol­tar las amarras de su instinto feroz de engullidora de colores y de trazos, sin ninguna idea obsecuente y man­sa de “enseñar o predicar”, libera lo que conoce sin sa­ber, lo que es suyo sin saberlo, en una suerte de rapto. Son las suyas formas que se piensan a sí mismas, que se desarrollan en la artista como si fuera su médium, como si la pintora no fuera más que la emisaria de un mundo que pugna por salir de su vacío para aparecer en la tela. v

Como girón de nube que cede a la mutación del viento | mixta, carboncillo y acrílico/lienzo | 150 3 150 cm, 2006

Bogotá, septiembre de 2010. Y yo mismo desde hace no sé qué año | mixta, carboncillo y acrílico/ lienzo | 82 3 100 cm, 2006

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Hay algo en este relato que vence a su incredulidad | carboncillo/papel | 120 3 150 cm, 2006

Vive en la eternidad del instante | carboncillo/papel | 120 3 150 cm, 2006

artes plásticas | MARgarita isaza

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Sobre el andamio y bajo otra luz | mixta, carboncillo y acrílico/lienzo | 120 3 120 cm, 2007

Fue entonces cuando la miré | mixta, carboncillo y acrílico/lienzo | 120 3 120 cm, 2007

Tampoco podía pensar en amarrar una barca en algún rincón desierto de la orilla | mixta, carboncillo y acrílico/lienzo | 146 3 114 cm, 2007


No soy observador; esas cosas las descubrí poco a poco | mixta, carboncillo y acrílico/lienzo | 162 3 130 cm, 2007/

artes plásticas | MARgarita isaza

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Ellos fueron ignorados | mixta, carboncillos y acrílicos/lienzo | 89 3 86 cm, 2005.

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la cocina del artista

josé ángel leyva

rodolfo hinostroza estrellas para la cocina peruana

la cocina del artista | rodolfo hinostroza

© josé ángel leyva

R

odolfo Hinostroza (Perú, 1941) es uno de los poetas más representativos de su país —de la llama­da generación del 60— y de América Latina, desde que publicara los poema­rios Consejero del lo­bo (1965) y Contranatura (1971, premio Maldoror). Contemporáneo de Antonio Cisneros, son, con cer­te­za, los poetas más destacadas de su genera­ción, ambos tri­bu­ tarios de la figura emblemática de Emilio Adolfo West­ phalen, quien viviera en México. Rodol­fo también ha residido en este país durante largas e inter­mitentes tem­ poradas. Su pa­so por el diván lacaniano dejó un libro audaz que da fe de su proceso de siete años de psico­a­ nálisis: Aprendizaje de la limpieza (1978). La versatilidad de Hinostroza pasa por la poesía —su libro más recien­ te es Memorial de Casa grande—, el relato, la crónica, el teatro; pero sobre todo llama la atención su dedica­ción profesional a la astrología y a la gastronomía. Testi­ monio de ello es su libro Primicias de cocina peruana, merecedor de varios premios. Retomo pues la conversación que sostengo desde hace tiempo con el poe­ ta y gourmet, de quien he de­gustado sus platillos en una de sus recientes estadías en la ciu­dad de México.

rodolfo hinostroza | ciudad juárez, 2008

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© josé ángel leyva rodolfo hinostroza | ciudad de méxico, 2005

¿Cómo nace y se desarrolla en ti esa pasión por la cocina, cómo descubres y despliegas ese universo sensorial? Yo diría que es una herencia familiar, por la rama paterna, ya que mi hermana y yo fuimos “gastronómicamente educados” por mi tía Lucía Ruiz-Huidobro, que era la mejor co­ cinera de mi pueblo, Huaraz, salida del convento de las monjas francesas. Mi hermana es actualmente profesora principal en la escuela internacional Cordon Blue, y es considerada una autoridad en cocina peruana, con seis libros publicados sobre el tema. Por mi parte, yo me actualicé sobre cocina en París, donde viví quince años, en plena eclosión de la Nouvelle Cuisine, y aprendí muchísimo con mi primera suegra, Simone Cailliére, que fue una estupenda cocinera. ¿Que vínculos hallas entre la literatura y la cocina? No estoy muy seguro de que haya un vínculo esencial entre literatura y cocina, porque conozco a muchos literatos que no son capaces de distinguir entre una remolacha y una alcachofa, de modo que sería más bien una opción personal según la inclinación de cada uno. Lo que pasa es que ha habido unos pocos literatos que han escrito sobre cocina, como Alejandro Dumas, Alfonso Reyes, Pablo Neruda, Miguel Ángel Asturias, y eso ha dado la impresión de que todos éramos aficionados a ella, pero eso es falso, porque conozco a no pocos poetas que comen como verdaderos cerdos. 

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Eres de los casos extraños que, además de un poeta con fama, eres un cocinero y un investiga­ dor, autor de un bello libro sobre la cocina peruana, que ha recibido premios por su edición. Háblame de lo que llamamos la cocina de escritor y la cocina de gourmet, de gastrónomo o simplemente de cocinero, porque tú no sólo has cocinado por placer y para los amigos, sino pa­ ra los comensales de un restaurante. ¿Cómo son esas experiencias, cómo las has vivido? Bueno, yo puse con mi hermana un restaurante llamado El Mono Verde, en 1989, donde practicamos una suerte de nouvelle cuisine a la peruana, y fuimos precursores de esta entusiasta y enorme ola de cocina que invade ahora todo el territorio nacional. Mi intención al escribir ese libro, que se llama Primicias de cocina peruana, fue investigar sus fuentes his­ tóricas, porque una cocina de esa originalidad y solidez no es obra de un azar afortunado, de un chef inspirado, sino que responde al desarrollo de toda una nación mestiza, que se crea una gastronomía a su medida al filo de cuatro siglos de historia. Eso es lo que faltaba, porque recetarios los hay a montones, escritos por magníficos chefs que, sin embargo, no son hombres de cultura, y son incapaces de escribir sobre la historia de la cocina. Ahora sí la escena está académicamente completa y podemos enorgullecernos con justa razón de nues­ tra gran cocina; no como antes, que considerábamos que cualquier cocina europea o asiática era mejor que la nuestra. Alguna vez me dijiste que para ti existen tres cocinas: la china, la mexicana y la peruana, en ese orden, me parece. ¿Es correcto? ¿Dónde dejas entonces la francesa, la española, la italia­ na, la japonesa?, ¿cómo las calificas? ¿Qué encuentras en esas tres primeras que no hay en las demás y cómo podrías describirlas a grandes rasgos? Mira, yo no suelo hablar así, y la verdad es que dudo de haberlo hecho, debe ser una cues­ tión de interpretación, porque ése no es el fondo de mi pensamiento. Suelo clasificar las co­ cinas por continente, y así como considero que la cocina china es la mejor del Asia, la fran­cesa la mejor de Europa y la sirio-libanesa la mejor del Medio Oriente, creo que la cocina peruana es la mejor cocina de América. Aquí sin duda vamos a discrepar, porque los mexicanos consideran que la suya es mejor, pero si esto fue cierto alguna vez, lamentablemente ya pasaron a un segundo plano: las últimas veces que he estado en México —y residí más de un año—, he notado una tremenda decadencia en su cocina tradicional. Todo lo han “taquizado”: los mejores platos de su cocina —el mole poblano, el chile en nogada, el manchamanteles— han sido convertidos en viles tacos de esquina, chorreantes de aceite recocido, siguiendo la moda del fast food estadunidense … Una grande y sabia cocina vela por la salud de su pueblo, no lo hace engordar grotescamente, como ha ocurrido en México, que ostenta el poco apetecible récord de tener la población de niños más gordos del mundo, y a los adultos más gordos después de los esla cocina del artista | rodolfo hinostroza

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tadunidenses, lo que es ya un problema de salud pública y constituye un fracaso culinario para cualquier cocina nacional. Pero hay mucho chauvinismo en cuestión cocina, y para muestra un botón: el diario español El País, que la pega de muy progresista, vergonzosamente se negó a publicarme un largo artículo sobre nuestra revolución gastronómica, alegando que yo decía que era “la mejor cocina del mundo”, lo que es falso de toda falsedad, y allí está mi texto para probarlo. Yo no soy tan naïf ni tan idiota para afirmar cosa semejante, pero los chapetones se ofendie­ ron porque ellos sí creen que la suya es la mejor cocina del mundo, y que Ferrán Adriá es el mejor chef del orbe con su cocina de laboratorio… ¿Qué descubriste con la investigación, redacción y publicación de tu libro sobre la cocina peruana? Descubrí que los incas tenían un imperio alimentario, que fueron los únicos en la historia que vencieron al hambre, como lo afirma el premio Nobel de economía Amartya Sen, y que su producto principal no era el oro, sino la papa, de la que tenemos más de dos mil va­ riedades… Descubrí esos granos de los Andes —la quinua, la kiwicha, el tarwi—, de un enorme poder proteico, y la extraordinaria calidad del producto agrícola y marino… Descubrí que la cocina incaica tenía un marcado sesgo comunitario con su mandamiento principal: “Que no se quede nadie sin comer”, y también descubrí el aporte culinario de los inmigrantes italianos, chinos y japoneses, que han dado a nuestra cocina un enorme abani­ co de sabores. El libro ya se ha ganado tres premios internacionales, y tengo la impresión de que ha calado hondo entre el público y la crítica, porque ya es considerado como un clásico, a pesar de que se publicó hace apenas cinco años. Eres, además de escritor y chef, astrólogo. ¿Qué importancia y relaciones tiene la cocina con el universo del horóscopo o de los astros? ¿Lo sensorial de la cocina se liga de algún modo al movimiento del destino? Pues no precisamente… Lo que hay es un sesgo de cada signo en relación con la gastro­ nomía. Por ejemplo, los Aries son más bien carnívoros; los Virgo, herbívoros; los Escorpio­ nes, omnívoros; los Acuarios, experimentalistas… Cada loco con su tema. Ahorita estoy subiendo a internet una página web astrológica, por la que puedes pedir tu horóscopo al instante… Me he demorado unos treinta años en desarrollar el sistema que empleo, pero creo que ha valido la pena… Por último, ¿qué receta te gustaría compartir con los lectores? Va pues la receta clásica de nuestro plato de bandera: el cebiche peruano. v 

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la cocina del artista

rodolfo hinostroza

cebiche de lenguado

Tiempo de preparación | 30 minutos Tiempo de cocción | 15 minutos

Ingredientes 1 kg de filete de lenguado, o cojinova 1 choclo (maíz) tierno 1 camote (batata) 150 gr de azúcar 20 limones sutiles (de mucho jugo) 4 ajíes limo de colores variados 4 ramas de perejil 4 ramas de culantro (o cilantro) ½ cucharadita de pimienta molida 4 dientes de ajos pelados 1 rocoto rojo (un tipo de chile) 1 cebolla roja 4 hojas de lechuga criolla

la cocina del artista | rodolfo hinostroza

Preparación 1 Cocer el choclo con dos cucharadas de azúcar, unos granitos de anís y jugo de un limón. Poner también a cocer el camote con media taza de azúcar y una cucharada de sal. 2 Limpiar y cuadrar perfectamente el pescado, reservando los recortes. Cortar luego los filetes en dados de dos centímetros. 3 Sazonar los dados de pescado con sal, la mitad de la pimienta, los ajos, el ají limo, el perejil y culantro picados muy finos. 4 En un tazón aparte sazonar igualmente los recortes reservados con sal, pimienta, ajos y ají. 5 Dejar reposar diez minutos para agregar el jugo de limón en la preparación de recortes, que debe po­ nerse blanca. 6 Poner en la licuadora los recortes preparados y ba­ tir brevemente en baja velocidad. Colar para extraer el jugo lechoso o “leche de tigre” que se le agrega al cebiche. También se puede suavizar agregándole un cuarto de taza de caldo concentrado de los huesos de pescado. 7 Poco antes de servir, agregar el jugo de limón a los dados de pescado, así como “la leche de tigre”. 8 Cortar la cebolla en pluma muy finamente. Lavarla sin estrujar con abundante agua fría y escurrirla. También se puede preparar la cebolla sacándole tres o cuatro capas antes de cortarla; en este caso, no se lava. Cortar también el rocoto en rodajas, sin las pe­pas. 9 Servir el cebiche poniendo encima un poco de cebolla, bañarla con el jugo, colocar una tajada de ro­ coto en cada plato y acompañar con una rodaja de camote, el choclo desgranado y la lechuga. v

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miscelánea

eduardo chirinos

| Lima, Perú, 1960 |

de Anuario mínimo (1960-2010)

6 El epicentro fue en Chile, pero su fuerza llegó hasta las playas de Tumbes. El terremoto golpeó sus cuatro sílabas en mi cabeza. Luego cayeron al suelo, una por una. Por entre­ tenerme las arrimé con el pie y formé un montoncito. Luego me puse de rodillas y co­ mencé a silabear: “temotorre”, “temorreto”, “motorrete”. Era tan divertido como cazar murciélagos, como ir al cementerio donde jugaba con mi hermano a coleccionar estampitas. Con el otro pie volví a empujar las sílabas. Como era de esperar se esparcie­ ron como terrones de azúcar: “tremetoro”, “motretero”, “trotoreme”. ¿Pero qué haces?, dijo alarmada mi mamá. Y con una escoba barrió para siempre el terremoto.

14 Me encantaban las de Mongolia. Vistosas y elegantes, con animales disfrazados de pastores y el sol dorando un fondo de estepas. Las del país de los Nagas, donde reconocí años más tarde los caballos y los tigres de Franz Marc. Las rusas con el rostro de Gaga­ rin y los ladridos estelares de la perrita Laika. Las de personaje eran más sobrias: las americanas multiplicaban a Washington y a Jefferson, las chinas a Sun Yat Sen y al pre­ sidente Mao. Pero no todo eran imágenes, las frases también ejercían su magia. ¿Cómo se pronuncia Polska Rzeczpospolita Ludowa?, ¿cómo dirías Suomi Tasavalta? Los leones de Asoka no decían India, sino Barath. Y Grecia era Hellás, con su Partenón infaltable, sus islas azules, sus monjes barbados.

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16 Último año de colegio. Fiesta de promoción (a la que no fui), tener una novia (que no tuve), elegir una universidad (a la que no ingresé). Como buen adolescente no sabía qué hacer con mi vida. Y lo que hacía no contaba entre los hobbies que anunciaban una carre­ ra respetable. Hobbie, qué palabra tan ridícula y absurda. Entonces empezaron a rondar­ me. No importaba el día ni la hora, aparecían en mi casa y se instalaban donde fuera. En mis cuadernos escolares, en servilletas usadas, en boletos de autobús. Al comienzo es­ taba un poco asustado, pero eso no parecía importarles. Yo era feliz con ellas. Ellas eran felices conmigo. “Esto es por ahora —me dijeron—, en unos días nos iremos para siem­ pre. Pero nunca más estarás solo”.

18 A veces me sorprendo tratando de recordar cómo era mi padre cuando tenía mi edad. Se trata de un ejercicio que vengo repitiendo desde hace unos años, cuando descubrí —lá­ piz en mano— que me estaba convirtiendo en el hombre a quien llamaba papá cuando cumplí los nueve. Ahora, por ejemplo, soy el hombre a quien me oponía a los dieciocho. A quien tenía que convencer de mi vocación por la literatura, y (lo que era más difícil) de mi dedicación a la poesía. No sé si me hubiera dejado convencer, jamás se me había ocu­rrido enfrentar ese problema. Periodista, pase. Profesor, pase. Sacerdote si te da la gana. Pero, ¿poeta? Al final me convenció. Hasta le presté dinero para que publicara su primer libro. Nunca se lo cobré.

31 Contra los hábitos de la sintaxis, contra la lógica del sentido, contra la tiranía de los significa­dos. Es así como escucho. Lo descubrí de niño. Mis orejas arruinan la sintaxis, echan a perder el sentido, modifican a su antojo los significados. A veces me invitan a su fies­ta y me hacen reír y reír. A veces me arrojan al silencio, a una música que me exige pala­bras. Des­de hace años me exige palabras. Y yo se las doy. Aunque no esté seguro de haberlas escu­chado.

32 Mi oreja es vanguardista, mi ojo clásico. Como todas las parejas, tienen sus pleitos y ma­ lentendidos, pero en general se llevan bien. Saben que se necesitan. Que el uno no pue­ de vivir sin el otro. miscelánea

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35 “The party is over!”, me dice Jannine alargando graciosamente la o de over. Y yo sé que debo apagar la música porque a ella le gusta trabajar en silencio. ¿Por qué escribo con música? No hablo de música ambiental a la que uno se acostumbra y deja de escuchar a los pocos segundos. Hablo de la música que afirma constantemente su presencia. Como las piezas de Mozart, las canciones medievales, el rock más turbulento. Con frecuen­ cia el rock más turbulento. Sin música el silencio no me deja escribir. Sin música me distraigo con los silencios del mundo.

41 (Westphalen) Era una voz que lo cubría todo. Una rosa dura y viva. Un silencio puro como la nieve. Sucio como jaguar encadenado, como isla solitaria en busca de su mar. Así era leerlo. Temblaban los ojos de la Esfinge, incendiaba para siempre la Quimera.

42 Esto es Venecia. Seis o siete barcas, postes de madera carcomida y un viejo farol donde espero la noche. El resto, ya se sabe, es literatura. ¿Pero acaso no soy también literatura? Todo esto debió haber sido a colores: el cielo azul, las aguas celestes, la espuma del Adriá­ tico girando y girando ante mi remo, como en una opereta vulgar. Me gustaría decir “es­ta tarde el crepúsculo tiñe de oro las barcas, y por un momento parecen alegrarse”. Pero estaría mintiendo. Me queda el cansancio, un persistente silencio, la misteriosa costumbre del frío.

44 Dedicar un libro es afirmar su condición manuscrita. Un vestigio medieval que nos recuerda que antes de ser impreso el libro fue parte vital de una persona. Para el lector la dedicatoria es un gesto que borra las huellas del intercambio comercial. La prueba que garantiza el libro como suyo porque ha sido tocado por la mano de su autor. Para el autor dedicar un libro es continuar escribiéndolo. No terminarlo nunca.

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miscelánea

vanessa droz

| Vega Baja, Puerto Rico, 1952 |

de estrategias de la catedral (2009)

Hambre ii

Envidia

No es hambre, no, la manera insustancial en que extiendo la mano esperando algo, lo que sea, la herida cintura del alma abierta al corrompido alimento. Acudo a los agasajos. Nerviosa, espero que nadie note el paroxismo de mi cuerpo. Allí, entre todos, también tiemblan mis vísceras cuando algo —algún manjar, alguna palabra— anticipan. Mi hambre no es de este mundo.

Hoy es lunes y hay algo que comienza y hay preguntas que me hago. ¿Duermen las paredes susurrantes? ¿Qué sueñan los párpados de dios? ¿Por qué la mano que escribe resiste las burbujas del hervor del agua? ¿Por qué cuando despierto huelo a orín y a mierda y a sudor y a hombre que no recuerdo y a cerveza y a polvo, a ese olor que apenas defino porque apenas me lo ha dado mi mejilla aplastada contra el encintado de la acera? ¿Padecen de insomnio las cucarachas? ¿Por qué me besan? ¿Será cierta esta geografía que vivo, sin sangre, sin infancia, sin collares ni enaguas que me tienten suave, con tanta calle, tanta noche, tanto miedo? ¿Será mía, sólo mía, esta eternidad que gozo?

miscelánea

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El tiempo

Especie

“¿Y cómo se ha estado comportando el tiempo?”, pregunta retóricamente el meteorólogo de tv. Algunos mapas y símbolos tras de él parece que significan algo. Y en su rostro, devaneado y mercenario, se delata. Cree que sabe la respuesta.

Una especie se extingue en este

ii Si a mí preguntaran, diría que está incandescido, en mí vaciándome de nada, suplicándome de él, triunfal de que pierda hasta mis pérdidas.

iii Pero, ¿quién a mí preguntaría? ¿Quién, si quien —en una esférica eternidad inútil— me sostiene del garfio de la incertidumbre es Él?

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instante preciso. Dentro de un segundo el último ejemplar de otra habrá caído bajo la dilatada pupila de un mítico cazador, desangrándose hasta el vilo. En una hora —¡qué palabra tan cercana al vapor!— una sabana habrá quedado despoblada de garras, huesos, ternuras, escamas (como el aire), rabos, picos, plumas, juegos, garras, sesiones de higiene, caparazones, belfos (como el aire), pezuñas, saltos (prodigiosos), acechos, colmillos, premuras, pelos, hocicos, opacidades, corazones como el aire, vislumbres, aletas, duermevelas, ojos, ojos como agujas, ojos como desamparo, ojos como muerte, ojos como poder. Todo ello me cerca y, mientras me desangro, los ojos ocupados en devolver el destello que me mata, olfateo, veo la carroña del contrario y me sumerjo en el mareo de la delicia de entrar en su podredumbre. La Otra | octubre-diciembre 2010


El paraíso perdido De la oscuridad a la luz, de la luz a la oscuridad, todo sale del primer gemido, del primer ruido, que es de miedo. En aquel primer fuego, abrimos la boca y bajamos, rabibajos, de los árboles. No podíamos continuar meciéndonos en la fuente de la candencia, en las copas de las palabras, en las ramas del vértigo.

El tiempo ilusionado Para Maria Lúcia Dal Farra

Algo parecido al afecto los mueve a querer estar siempre conmigo. En la cama, su poder refiere a los imperios de la competencia, al rigor del olfato que hurga en dominios fugaces, a la corporal flexibilidad que conduce a posiciones deslumbrantes. Al alba, el proyecto de luz que les aguarda tiene la pretensión de develarles el misterio de eso que antes era Dios, aquel dueño del tiempo. A pleno sol son un mandato del rigor del día, miscelánea

de la selva arrepentida arrepantigándose cerca de la especie, sometiéndola al estruendo de la sal, a las amplias sabanas de su inteligencia, al placer de un nuevo caldo originario (casi enlatado) en el que, juntos, chapoteamos. A la hora del crepúsculo, por fin comprenden que no hay impasibilidad que cuelgue su mantilla de culpas negras sobre el osario de la noche mejor que ellos mismos. A tanta hora, incluso su desdén, con tanta frecuencia argüido, es aparente, nada más que un artilugio de sus sueños para evidenciar algún contraste (recordemos su natal sabiduría). Y así cada día: cada uno presentándose, desapareciendo, moviéndose, cruzándose y desperezándose ante mí. ¿Son los gatos? ¿O son las ilusiones de eso que antes era el tiempo, aquel dueño de Dios? [Inédito]

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miscelánea

jaime quezada

| Los Ángeles, Chile, 1942 |

siete poemas inéditos*

Aparición de Borges Una hoja de tulipero cae cae cae lentamente cae En este libro que hojeo a la luz de arreboles en un parque de Palermo Como si hoja de libro y hoja de tulipero Fuera a su vez el poema el otoño la luz En este libro que hojeo en un parque de Palermo El próximo mes será mi cumpleaños La luna (de enfrente) se va haciendo llena.

Del libro inédito Botánicas & astronomías.

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La Otra | octubre-diciembre 2010


Con Juan de Yepes mirando las estrellas en el Mamañuca La Vía Láctea o el Río Jordán de mis siete años Como vera lluvia lechosa de estrellas (Que bien sé yo la fonte que mana y corre) Y su astronómico resplandor andino en un cielo de fragua (Aunque es de noche).

Vislumbre de la palabra amor De la Z vuelvo zumbando Yo abejorro a la A ardida de Amor Buscándote de arriba abajo De abajo a arriba arrimándome En esta lengua mía imaginaria Cuando esa palabra me hace de pronto El efecto de una iluminación Y es como si la descubriese O la inventase O le viese la entraña por primera vez.

(Los domingos atleta aficionado) ¡Esa corbata muchacho regalo de tu novia prostituta Luce oro en tu camisa de seda voluptuosa Igual secreta e ignota noche igual mañana placentera Igual versos disolutos del poema que Kavafis (igual noche igual mañana) escribió para ti! miscelánea

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Mariposa en la tumba de Ezra Pound En tu umbrosa tumba como tumba abandonada en tierra de nadie O campo de maleza consagrado sólo por un sol tibio de otoño Sin flores ni inscripciones ni dioses remotos recordándote Yo tu lector venido y austral en adriática tarde veneciana Dejo pétalos pétalos pétalos de anémonas silvestres Cortadas de otras tumbas perdidas también en la maleza Mientras una mariposa de octubre de alas color azul murano Revolotea sobre estos pétalos de anémonas anémonas silvestres.

Transfiguración de la passiflora Con sus setenta y dos espinas Sus tres clavos Sus cinco llagas Y hasta el color de su agonía (de un morado sucio por de fuera y más vivo por de dentro O de color encarnado muy subido propiamente de sangre) El santo y seña de su crucifixión O su misterio o su cruz triunfante De naturaleza propia y misma En la corona Y en los estigmas Y en las anteras Y en el cáliz Color púrpura y rosado o blanco verdoso del bejuco passiflora O flor de la pasión de los herbolarios muchos de Indias.

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Genitalia de la mariposa Las mariposas comunes de jardín Se atraen unas a otras batiendo constantemente sus alas O enrollando y desenrollando una y otra vez su espirotrompa libadora La vanesa la lechosa la mercedes la limonera la roja andina Son mariposas comunes de jardín y despliegan su atractivo sexual Por el jugo o néctar o polen de la hoja del tallo de la flor La del cardo por la coloración refractaria de sus ocelos luminosos La mariposa planetaria hembra (llamada también saturnina por los anillos color llama en el extremo de su abdomen y que se activan a llama-fuego intenso al contacto de la cópula) Seduce a la mariposa planetaria macho por su incesante vuelo en espiral Una mariposa orbitando a otra mariposa Otras se aparean en pleno vuelo o vuelo-luz La mariposa de la col por ejemplo Una cópula leve y fugaz Casi no es una cópula apenas un roce roceador de aire Polvo radiante de luz o de sol si se quiere En las mariposas de plantas umbelíferas La cópula puede durar horas una dos tres horas Y a más horas más floreciente el imago en la umbela vibrando Cada una según su propio systema naturae Así la mariposa macho del árbol de la morera Sólo copula con una mariposa hembra y virgen Que detecta con sus palpos labiales y sus antenas de radar Voraz y licenciosa la copula y fertiliza Tanto la fertiliza y la copula Que mariposa fecunda y mariposa voraz vuelven larvariamente Al huevo y a la oruga y a la crisálida y a la pupa Al hilo de seda plumoso y nupcial.

miscelánea

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miscelánea

madeline millán

| Coamo, Puerto Rico, xxxxxxxxxx |

poemas inéditos

El concubino ¿existe? para ella una llave pero no una casa para ella una palabra y un pasado histórico para ella un hombre mirándola bajo la luz de otra palabra como un libro viejo, forma de hombre y de mujer multiplicada, numérica, apostada, perfumada, con un valor de cambio a la espera de él en una casa habitada por su afortunado lugar en el planeta el concubino no existe pero sí un concubinario aquel hombre recibiendo en su casa a todas las de un sueño para ella un hombre, para él las mujeres compitiendo en el verso por un esquivo corazón de animal solitario un justificador de amores para no morir de amor para ella el sueño de no tener el tiempo para no amar para él la puerta abierta, ella debe salir por la parte de atrás de su casa ella se quiere quedar en el preciso momento del adiós el concubinario, si es que existe, tanto como esa palabra casi inexistente, abre la puerta nuevamente, así, una rutina hasta el cansancio la alcoba se convierte en una mesa, en una cama húmeda, mojada, tibia, ensangrentada, de semen y saliva pero no importa la puerta nuevamente, como las ventanas cerradas para que nadie sepa, se abrirá con llave 

La Otra | octubre-diciembre 2010


¿Qué sueña? A J. Sabina

Que desnuda a una mujer primero Para desnudarse después O que se desnudan los dos lentamente mirándose uno frente a uno como a un espejo Que se hacen el amor dos veces tres Que no anochece ni amanece Que cantan gallos Que no salen ni entran a un lugar para borrarse el yo que esa fue la única frontera de velas e inciensos y patitos de hule Que todo se enciende por abajo Que por arriba el fuego destruye y ellos de pie siempre desnudos como si fueran más poderosos que el fuego no se queman Que se besan Que no hay principio ni fin en sus lenguas Que entraron al vértigo Que lloraron de una alegría atroz tan extraña que volvía a alojarse en la memoria Con risas Con deseos renovados Y el fuego ardía y el sol salía la luna con su mar tranquilo y las estrellas con su polvo cayendo sobre los cuerpos y no despertaban jamás Eso sueña un cobarde sólo sueña

miscelánea

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[De Historia de dos cerdos (inédito)] Los nacidos en el año del cerdo Antes de encontrarte me dediqué largos años a devorar basura es más, la tenía muy bien catalogada por sus sabores olores colores antes de llevarme a la boca las palabras pude leer a muy temprana edad algunos anuncios y volantes que volaban por el suelo Supe de un tal Billy The Kid II de Jack el destripador en Londres y de Ana la envenenadora (por amor a su amante había poco a poco envenado con té inglés a sus tres hijos, a su marido, a sus suegros, a todo el que se le pusiera por delante, sin piedad) Todo a mi paso devoraba Había debates sobre la pena de muerte por fusilamientos u otras formas pero sobre mi muerte nadie se ponía de acuerdo Fui una aspiradora trashumante luego me convertí en una peste Nos reproducíamos fácilmente algunas sensibilidades civiles condenaron nuestros amores a pleno día multiplicándonos 

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Pero lo que conocí por las calles algún día tendré que contarlo

Me enamoré de un cerdo éramos generosos con la boca ni se diga con las palabras nacimos después de ese año de la revolución cubana cuando llegamos a finales siglo xx tuvimos cochinitos pero para amarnos tuvimos que entrar al xxi (fue siempre difícil con los cuernos de jabalí en la cara besarnos)

Lo que pocos saben de un cerdo No gana el pan con el sudor de su frente, no suda Bajo esa piel tan dura donde el lodo y el agua se estremecen un primer orgasmo dura 30 minutos y cada orgasmo de su cochino porvenir al venirse Arrasa con todo lo que ve con la inteligencia superior del mono la fiel mansedumbre al amar con una nariz transcendental lo huele todo miscelánea




carmen boullosa

blanca luz pulido

lucía rivadeneyra

verónica volkow

ocho poetas mexicanas nacidas entre 1950 y 1969

malva flores

maría baranda

dana gelinas rocío gonzález


miscelánea

carmen boullosa

| Ciudad de México, 1954 |

niebla [fragmento]

Hay en el aire el retardo de la niebla. Hay en los árboles la tersura de la niebla, la suavidad, y en el río la pausa de la niebla. Todo duerme respirando niebla. El sueño del zorro es suave pausa retardando. El sueño del lobo es sólo niebla. La niebla sueña con ríos inmóviles, amedrentados. El pez no duerme. El hombre cava al pie de la montaña, junto a los árboles, cerca del río, lejos de los caminos, al ritmo suave de la niebla. Hay en el aire… El pez no duerme. El hombre sería alboroto, ventarrón, pero cava en silencio, obedece a la niebla. Cava. Los matorrales bruscos le dan la espalda. No hay gota de sudor sobre su cuerpo. La niebla ocupa al momento la tierra desterrada. El hombre es más de tierra que la tierra,

miscelánea




claro de sal o mansedumbre, piedra de río a quien menea la niebla, piedra flexible, serena como es sereno el desierto, como los bosques de algas, y como ambos iracundas flechas lentísimas apuntando al forastero silenciosas (¿a quién acepta el alga o el desierto?). El hombre viste niebla. Lo protegen la noche y una vela encendida donde danzan su muerte los mosquitos festivos. Lo alumbran los tímidos cocuyos. Él cava, abre la tierra. De ella no brotan lodo o materia arenosa, abierta es neblinosa superficie, tallos, hojas, cordel de enredaderas. ¿No oculta nada esta tierra? El hombre cava más y aparecen hojas, vainas, tallos, botones. ¡No hay raíces, lodo, la cola blanca de la semilla meneando la germinación! Hay polen, nidos de mirlos, brotes, la piel de las plantas (siempre más oscura que la luz de la semilla) y el ala de la hoja y la dura corteza. ¡No está la blanca ciega pata de la raíz! ¡Nada indica que es adentro, que el hombre está cavando! Él cava. ¡Tanta tierra toda abierta no le pide detenerse! ¡Su brazo es azadón, su piel destroza la ternura de la niebla, él cava y cava y cava! Desentierra un cuerpo, entero e intacto como dado a luz. Él lo está dando a luz, quitándole la oscura asfixia de las nocturnas plantas.

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Los cocuyos iluminan su palidez. El hombre es piedra arisca, es tierra. El cuerpo es agua, es mujer oliendo a raíz y a aurora. La niebla la envuelve; el retardo, el tacto del río, la copa del árbol la visten. ¡Ah!, que es bella así adornada. Gime como el botón del tulipán. No conoce costumbres. Como el cadáver no sabe andar de pie. Como el recién nacido, se arrastra en la cuna de tierra. Como el recién nacido, pide brazos para dejar el llanto. Como el laurel, llora ámbar y rocío. ¡Es un árbol talado desde su nacimiento! ¡Es el ser vivo dado a luz por el hombre! ¡Es carne de la carne del hombre, es la hierba del pez, el cuerpo de la niebla!

El hombre toca en ella sus huesos. Cree que está viva, cree que es mujer, no sabe del pez, de la niebla, del árbol, no sabe que ella es la germinación de sus manos en la tierra abierta, no sabe que vendrá la venganza de la luz y que la aurora y la raíz lo detestan. Él desentierra y ríe. Las uñas negras desafían su palidez. Él aquí la ha buscado, es un loco, se ríe. Cavando parió su árbol roto. (Lo sé yo. Es verdad. Yo soy la que ocupaba el sitio de la raíz. Yo quien impedía germinar a la tierra. Mis ojos vigilaban a los escarabajos. Con mis labios sellaba las semillas. miscelánea




miscelánea

blanca luz pulido

| Estado de México, 1956 |

poemas inéditos

Efectos personales Familiares y extraños, me rondan como satélites anteojos, paraguas, bufandas, sombrero, encendedor, multiplicadas plumas, lápices: efectos personales que con su materia nómada extienden o protegen mis deseos. Se diría, sin embargo, que su perverso crecimiento me diluye: debajo de los lentes oscuros alguien se asoma en mi lugar; mis ropas inventan el cuerpo que cada mañana moldean zapatos, calcetines, broches, prendas. Cada día menos él y cada vez más ellos.

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La Otra | octubre-diciembre 2010


La noche de los nombres ¿Y si de pronto llegara la extinción de seres y quehaceres y para nadie existieran en patios, parques, plazas, almacenes sin dueño, hoteles y farmacias, abandonados objetos taciturnos? ¿Qué sería de las llaves ya inútiles, de las puertas abiertas para nadie y los relojes rondando aniversarios cancelados? ¿Y las herramientas todas y su concierto material, su alarde vuelto nada? La inteligente aguja, sola, olvida los colores del tapiz que imaginó; ya nada urde la pluma ni la tinta es tinta sino reunión de pigmentos perezosos. Avanza siempre, se dobla en sí misma y cruje oscuramente la noche de los nombres.

miscelánea




Desgracia

Interrupción Si él va dejándose llevar, ¿qué dios es el que lo lleva? J. M. Coetzee, Desgracia

Caer. Nada impide una limpia caída; caer sin prisa, seco y hasta el fondo. Todos lanzan piedras: la primera, la que sigue, y la última, que ciega. El perro baldado, compañero, ¿por qué no?, debe también morir. De nuevo, de nuevo, y nada más.

En un poema leo un fragmento de otro, de Umberto Saba: “El día tan hermoso y yo tan triste”. Afuera del cuarto la tarde envía mensajes de sol en otro idioma. Un amigo no está y ya no estará. Algo se ha roto. El sol insiste en deslumbrar, a pesar de mis deseos de lluvia. El verano es inútil, de ajenos entusiasmos. Es nuestra sólo una fecha que ignoramos, íntimo beso de la nada. Bajo la mirada de su único ojo estás desnudo. Espérala despierto.

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La Otra | octubre-diciembre 2010


miscelánea

lucía rivadeneyra

| Morelia, Michoacán, 1957 |

poemas inéditos

Obsesión

Sí, se ahogaron los peces con el aire y así te los comiste. Dices que te ayudaron las finas hierbas y la suave amnesia. Yo más bien creo que fue el vino helado y el intenso deseo que tenías por dejar el mantel para buscar mi cuerpo, más salobre que nunca. Obsesionado estabas por sentirte como pez en el agua.

miscelánea




Prodigio El amor se transforma, te dijeron. Y tú no lo creíste. Sólo porque una noche los peces y los panes hicieron su milagro.

Ropa interior Si sientes que me pierdo entre la ropa, de este almacén que abriga mi deseo, búscame a ciegas con tu olfato ilustre y cuando me descubras pon ropa nueva entre mis manos de ostra, para que se te antoje alterar los aromas que me guardo. Impongo yo la talla, Elige tú el estilo. ¿Se te antoja un brassiere con algo de nostalgia? ¿Quizá un poco de seda trasnochada sobre encajes de pulso acelerado?

Por eso caminabas con gozo y desenfado, con las manos adentro de tus jeans y el cabello muy suelto. Una tarde, mientras el sol caía un ahogo a la mitad del pecho te levantó del sueño: la arena del recelo el tiempo miserable y el agua del silencio lograron corromper aquel milagro. Y del prodigio, hoy ya muy remoto, que revolvió los peces con los panes, y consiguió que el mar se atragantara sólo queda el recuerdo muy bien atesorado en la salmuera.

Salgamos de la tienda, que nos perdonen los amigos albos, ajenos al consumo. A nosotros nos han llegado ganas de pagar sin fijarnos en la cuenta para podernos ir a deshebrar la ropa con los dientes. 

La Otra | octubre-diciembre 2010


De colores La memoria no guarda los colores. Por eso no recuerdo el tono de tu rabia ni el de tu placer tan lleno de culpas ni el de tus huellas en cemento fresco. No recuerdo el color de tus paisajes ni si era gris tu suspiro nocturno ni si era de azafrán el lago en que dormías. Hoy, no sé si te vistes de azul adolorido o de verde teñido de amargura. o si estás demorado al llegar a tu casa.

miscelánea

No sé si escoges flores que invitan a la duda o si miras de rojo a las mujeres. Sólo, a veces, recuerdo entre sueño y vigilia tus celos cenicientos tus besos incoloros tus palabras cargadas de dardos amarillos. Quizá por eso mi memoria intenta construir un monumento al deseo que un día, con tus ojos daltónicos, esculpiste en mi cuerpo. Pero el recuerdo es ciego, es trago de vinagre en las tinieblas.




miscelánea

verónica volkow

| Ciudad de México, 1957 |

poemas

Laberinto Quisiera ser volando sólo en el viento seña frágil dibujo que encendida ando y en sumergida sombra mirada plena. Con mi vida escribo las huellas de una estrella bajo una muda noche amanecida. Hay un vuelo que abre la luz en lo interno un caminar sensible del corazón despierto.



Los ángeles A E. E, in rnemoriam,

Vienen los ángeles del aire como la voz y las palabras. Quedan sólo un instante, luego parten. ¿En sitios más tenues persisten inexistentes quizás, aunque también eternos? En la tierra hay semillas, caracoles que despliegan su entraña lentamente, y como por explosiones desde sí mismos crecen, y se van dando a luz parte con parte. Como un Atlas la tierra se carga a sí sobre su espalda y sus torres avanzadas tienen desde los pies que recordarse. Piedra y ladrillo son insomnes, no es del olvido la tierra, no, memoria esforzada es levantarse. La Otra | octubre-diciembre 2010


Tuvo el árbol en sí que hallar sustento, el tigre entre la sangre, el hombre en su cuidado. Mas se muere de pronto cuando el aire ya deja por dentro de habitarnos.

La torre se derrumba entre las piedras, si la ambición de un cielo no la alza.

¿En qué otra parte se halla lo súbito del aire, lo que existe sin causas, primer motor, como por sola gracia? A los ángeles uno los absorbe, vienen cual viento y nos habitan la carne o el pensamiento, se quedan un instante, luego parten, pero quedamos como encendidos de algo infinitamente en el centro luminosos. Los que vinieron y ya no están, no son como los ángeles, pasan por nuestra vida y labran, nos dejan una historia que trabaja su luz difícilmente.

miscelánea

Anuncio

Trae a la noche el viento. ¿La arrastra de algún fondo, o es su anuncio mudo a cada cosa? Grito muy hondo, imprevisto, de lo oscuro, que cada quien escucha desde lo hueco y lo insabido y ciego. ¡Que se haga la noche!, dice el viento, y la luz se deshace y la sombra nos pierde inadvertida. Su voz es el olvido, —palabra invertebrada—, el naufragio íntimo del sueño, el descuido, prófugo, azaroso, la derrota de niebla —el desaliento. Voz del viento sin voz, grito vacío que socava por dentro minucioso.

Y ya la noche es nuestra y su avanzar desierto. Silencio obtuso nos abarca.




miscelánea

malva flores

| Ciudad de México, 1961 |

Poemas inéditos

El sol en su cenit y el cántaro sin agua. Parpadea su imagen como todo en verano y se abrasan los cuerpos buscando el rastro de su sombra. Por que todo en verano es mediodía todo lo que es oasis es engaño. Pero lo real cae como filo: vertical es la luz y la palabra es tajo.



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Todo es perfecto si lo miras de golpe, en un solo vistazo. Perfecto. Con esa perfección de las cosas silentes. Recto como la vía del tren; la simetría entre tus ojos recortando la neblina y ella misma; o aquel paralelo entre el vocablo “azul” e “inmaculada transparencia”. Todo así, lineal, o con volumen de esfera. Perfecto acuerdo entre memoria y ojo. Felicidad de los juncos y el bañista en el paisaje. Hasta que te detienes y observas.

a Luis Ignacio Helguera, in memoriam

Siempre es tarde cuando ocurren las cosas. Es otro su reloj mas es preciso en su atinada inclemencia y todavía esperamos. Nunca vemos pasar a la belleza y le buscamos nombre y le ponemos fechas. Redes para atraparla porque pasa de prisa, suponemos. Habría que preguntarse cuándo es tarde o cambiar de reloj: elegir el color de las nubes o la raya del sol dibujada en la meseta de nuestra presunción. Sin atino o atisbo, Inoportunamente, asistimos.

miscelánea




La forma, la tibieza: arena donde pisas. Marzo, marzo. desfilando el color y las formas, ordenamiento de las cosas inocuas: incluso el cuerpo, si los ojos vendados. Allí volvemos, marzo, apretando los párpados, invocando la hora, el nombre, la palabra. y no ha cambiado nada. Permanece el deseo aroma y floración. No querríamos saber y volveríamos ciegos, de todo renunciados; con esa sencillez de la música inundando la tarde, dispersándola. La forma, la tibieza de las manos para advertir el braille secreto en cada rostro, la charla en el perfil silencioso, vibrando en su mutismo. No querríamos saber mas volveremos mudos, sordos, con sólo el cuerpo domesticando la palabra que indaga, abatiendo los ojos que siempre buscan hacia fuera. Sólo con boca y manos tendiendo un puente hacia el orden reunido. Sin otra exigencia que el abrazo sonámbulo; en medio de la luz pero cegados. Al abandono del taco, del aroma, las cosas como son, la forma, la tibieza. Sólo entonces abriremos los ojos y escucharemos. Cuando memoria y razón y su palabra se confundan, desaparezcan bajo tu claridad sonora, marzo. 

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miscelánea

maría baranda

| Ciudad de México, 1962 |

cañón de lobos inédito

Porque cruzamos levemente cantando por Cañón de Lobos como si fuera la tierra de Canaán, aquel lugar certero de los sueños, entre los sucios charcos y las piedras para implorar ayuda bajo el sudor ajeno. Porque nos fuimos lentos por donde vuelan las hojas tocadas por raíces y la seca plegaria de los cerdos zumbando con suaves movimientos de culebras sin dar la cara a los hombres y a los niños, a la súbita imaginación de quien asalta el cielo, tumbados bajo nubes y largos ríos frescos trazando un nuevo mapa quemándose en las manos de los barrios, de los botes podridos de las calles, de húmedos billares donde los jóvenes usan los trajes gastados de sus padres y los padres empeñan el salario mientras su sangre discurre entre los vasos. Y porque íbamos cansados de estar solos confiando en el ácido olor de nuestros cuerpos, miscelánea




en el vaticinio de un sol sobre los potros, cruzando a golpe la frontera, el silogismo de los sueños y del miedo caímos como cayó el césar de su roca en el oído de la víbora de lo visible a lo invisible en un lugar tan fuera de la vida, contemplando el abismo la tiniebla, tan lejos de las aguas de un Jordán resucitado en piedra, tan cerca de la carne en los balnearios donde germinan los mares mudos de la voz serena, sin huerto de luz para nosotros, sin campo abierto para esconder el eco, acaso una cruz de palo para los siglos sin futuro, un temblor entre las bocas que repiten: “Ya bájalo, ya bájalo” vendrá otro Barrabás como canto de gallo en el amparo de la aurora, vendrá gastándose en el tiempo jalando lámparas de parafina, una carreta de agua, una vaca, los guijarros de una época perdida en el idioma de los perros. Aquí, por Cañón de Lobos, habrá una soga larga blanquísima de un lado al otro del barranco para colgar la suerte de la Historia en claros gritos defendida. Y sin embargo, viajeros solos tan dentro de nosotros, caíamos precipitadamente al corazón abierto de la niebla si corazón es lo que tiene adentro nuestra lengua. Y nos dijimos ciegos, 

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indestructiblemente ciegos, ineludiblemente amigos palpándonos a solas buscando el hueco, la luz, el solo milagro de los hombres que van como los vientos buscando una palabra para anidar su muerte, su mundo en la zozobra y la pregunta siempre al aire: ¿Existe aquí el cielo? Algo quedó entonces en nuestros ojos y los ojos de los ojos de los otros, algo como un silencio adentro que hizo más grande nuestro viaje, más frágil nuestro aturdimiento, algo como un dios atado a nuestros labios levemente cantando su propia tierra seca de un imposible mundo consumido en la mirada sola, en el sudor ajeno, en el aullido siempre de los otros.

miscelánea




miscelánea

dana gelinas

| Ciudad de México, 1962 |

poemas inéditos

El pequeño Augusto Augusto, el nene Pinochet, sólo podía llamarse Augusto. No obstante, ¿qué es incluso el apelativo del César sin la armada de un pequeño país? Y qué es un pobre país, su presidente y la moneda, y qué son las urnas de una gran democracia sino cenizas, sin las insignias de un gran ejército. Augusto no era sino la fe ciega en instituciones majestuosas: el ejército de Chile, el Pentágono y su madre. “Aprende inglés”, aconsejaba la Santa Señora, mientras hacía punto de cruz, 

“y se te abrirán las puertas aquí… y en otras partes del mundo”. Y Augusto, pesado, soso, tan distinguido como un carcelero después de un mal día, aprendió a hablar inglés con funcionarios menores avecindados en Chile, luego con funcionarios medios del Norte; finalmente, lo entrevistó un funcionario de espejuelos tras un enorme escritorio de caoba. “Se le entiende perfectamente, y se le aprueba. Nos gustan sus tiempos y sus modos, ¡ejem!, estamos de acuerdo con los sujetos y ¡wow!, general, ¿dónde manda usted a lavar su uniforme? Ni siquiera puedo contar todas sus insignias”.

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“Esto” —se enderezó de golpe Augusto y asintió con un tenso arco en la espalda—, “es obra de mi madre”. Un día, el pequeño Augusto mató a su amigo Salvador. “Mal Nombre”, dictó su madre, “Salvador del Más Allá es de mal agüero”, mientras lavaba y cepillaba cada insignia de su traje, “Mal Nombre”, y una lucecita se encendía, microscópica, en el Valparaíso de su cabeza. Al amanecer, el consentido Augusto daba órdenes de matar y torturar, y la madre de Augusto lustraba galardones y los volvía a clavar a la altura del pecho, hasta que un día Pinochet encerró a miles de salvadores en un estadio y los ejecutó a todos. Ningún huérfano, viuda, o madre enlutada, logró que tiritaran siquiera los millones de luminarias que encendió la madre de Augusto alrededor de su cerebro. Hoy mismo varios tribunales internacionales intentan juzgarlo. Ahora lo cuida un médico igual que su madre. Lo consulta a domicilio y lee ante las cámaras un informe de salud cada vez que su cliente recibe miscelánea

un citatorio del Tribunal de Justicia. Hoy le duele el corazón, y mañana no podrá confesar ante ustedes, porque le dolerá la sien izquierda y después la derecha. En fin, mi paciente no confesará nada nunca. Compite con eso, César, compite con la madre de Augusto, Agripina la Justa.

Los niños de Hamelin Es, llanamente, un problema de números. Los trasplantes exitosos, los órganos que padecen necrosis después del injerto, los órganos descartados por virus y antivirus exceden las cifras de donantes muertos en accidentes de tránsito y, es claro, al raro universo de los donadores saludables. Cada hora que pasa desaparece un niño para siempre en Latinoamérica. Sin embargo, no hay alcalde que ofrezca un rescate por los niños de Hamelin. No hay alcalde que escuche a las madres de Hamelin. Llenarían, entre todas, la plaza mayor de esta república. Los alcaldes las evitan, 


esconden al responsable del equipo de médicos cirujanos de cierta unidad de trasplantes. La historia de Hamelin es mentira, no existe un gobernador como el de Hamelin. Existe una Pietà, un monumento de mármol hecho trizas para las madres con hijos enfermos, una opinión pública llorosa cuando un cirujano de Alaska trasplanta un estómago a un niño anoréxico y el médico es convertido en celebridad como un edicto de oro sobre el mármol blanco. Las esposas de ciertos funcionarios conocen a los cirujanos de Hamelin,



aunque jamás tendrían el mal gusto de mencionarlos durante sus tours a otros planetas, ni a la esposa del general brigadier de las fuerzas armadas, ni al jefe de la policía federal, ni al jefe de la policía judicial, ni al superintendente local. No es difícil adivinar su rostro, incluso tras un tapabocas. No es difícil adivinar donde está ese gran hospital de medicina avanzada. No es difícil. Son tantos rastros como los niños de Hamelin.

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miscelánea

rocío gonzález

| Juchitán, Oaxaca, 1962 |

linaje inédito

Las mujeres de mi linaje envejecieron temprano: Natalia, Ofelia, Carmen, Dolores, Adelaida; sus ánimas, en ristre, todavía estrangulan mis juegos infantiles. Estoicas, venden a precios altos sus olvidos, yo les doy de comer, a veces, trozos de muerte, para que sobrevivan, para que estén allí, en la voz de mis hijos, en sus ojos oscuros y su belleza artera.

Les pregunto ¿Cómo fui concebida? Ninguna responde, su lejanía descifra caballos, manantiales, atados de maíz, gallinas desplumándose, metates que corroboran el hambre: nuestra herencia, enigmas que fueron sepultados miscelánea

y vuelven en visiones de las que nadie habla.

Insisto, Ofelia: niña sin dientes, trenzas resignadas, niña de jabón sin espuma, niña sin redención que montas a caballo en un pasado silvestre y aleatorio, paraguas contra la lluvia de fuego de mi infancia, proyectando un saber atroz que me enmudece y roza con ortigas tu mano que acaricia ¿de qué estoy hecha? ¿por qué peleaste con mi autismo y me diste las palabras que bordé en tus enaguas? ¿por dónde caminó tu insensatez que me ligó al asombro y me envolvió en el oro de tu abrazo? 


Tú sabes: no debía estar ahí… Este fuego quema mis manos, quema a mis hijos, devora los papeles que acumulé en el temor a la indigencia.

y te odié cuando papá me odiaba, cuando era fea en los desfiles escolares y temblaba al hablar y dormía sobre narcóticos cuyo efecto todavía sobrevive, que no yo, y no mi costra de reseca sangre.

Debí quedarme sorda o ciega. Porque esta luz fragmenta lo que debí ser, lo que nunca debí ser, un hiato en una frase vulgar ¿de dónde los perros furiosos que se doblegaron?

A ti, Carmen, libre a tu pesar, buscando cárceles que solventaran tu belleza, borrosa y enigmática. El filo de la sobrevivencia mutiló tus días, encarnaste papagayos, flamingos y la imbecilidad en hijos demasiado humanos. Debiste tener hijas, ¡ja! para que al menos le dieran sentido a tu rebelión. Tú fuiste meretriz sin edad cuando yo delineaba mi pasado 

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otras letras

luis bernardo pérez

| Ciudad de México, 1962 |

tres historias para la hora del café

En el concierto

M

e extrañó ver a tantos pelirrojos. Si hubieran sido trigueños o castaños claros, aquello no habría tenido nada de particular. Pero toparse con un grupo tan numeroso de pelirrojos en el mismo sitio resultaba raro. Pensé que quizá eran miembros de algún club. Sin embargo, no parecían conocerse entre sí. Cada uno ha­bía llegado por su lado y todos —hombres y mu­ je­res— se acomodaron en butacas distintas. Mi extrañeza aumentó tras echar una ojeada a la orquesta: también entre los músicos había una cantidad inu­ sual de pelirrojos. No eran mayoría, pero su número resultaba superior a lo que cabría esperar. Supuse entonces que se habían pintado el pelo co­ mo una forma de protesta. Quizá se manifestaban en contra del terrorismo internacional, la devastación de la selva amazónica o los bajos salarios de los emplea­ dos postales. Sin embargo, ninguno daba la impre­ sión de llevar tinte. Todos eran pelirrojos auténticos, casi podía jurarlo; se les notaba en la forma de mirar, otras letras

de hablar, de cruzar la pierna. Solamente los pelirrojos miran, hablan y cruzan la pierna de esa forma. Examiné el programa esperando encontrar alguna pista, alguna señal que me ayudara a desentrañar el mis­ terio. Pero, salvo el nombre de Rachmaninoff, que es­ taba mal escrito, no encontré nada fuera de lo común. En ese momento entró el director y sonaron algunos aplausos. No necesito decir que su rebelde cabe­ llera también era rojiza. Esto es absurdo, dije a media voz a la persona sentada junto a mí: una muchacha pecosa de unos veinti­ cinco años que, por cierto, no era pelirroja. La joven me miró con recelo; quizá creyó que intentaba flir­ tear con ella. Bach y Häendel me hicieron olvidar el asunto duran­ te casi una hora. No obstante, en el intermedio eché una mirada a mi alrededor. Me dio la impresión de que el número de pelirrojos había aumentado de manera considerable, lo cual no parecía sorprender al resto de la gente. Una parte del público permaneció tranquila­ mente en sus asientos, mientras la otra salía con lentitud de la sala. 


Me puse de pie para dirigirme al foyer. Allí divisé a un caballero calvo a quien había visto con anterio­ ridad en otros conciertos. Lo saludé. —Qué raro —comenté luego, tratando de que mi tono sonara casual—, nunca había visto a tantos pelirrojos bajo el mismo techo. —No me había fijado —dijo, mientras miraba a su alrededor—. Es cierto, hay algunos. Le hice ver que no eran sólo “algunos”, sino más de los que normalmente se pueden encontrar en el mismo lugar. Él me miró sin comprender. Le expliqué que esa tonalidad de cabello era una característica poco frecuente y que iba en contra de la ley de las probabi­li­ dades de toparse con una cantidad tan grande de pe­ lirrojos en un espacio público. —¿En serio? —preguntó con aire distraído. Luego, tras reflexionar un poco, me miró con recelo—. ¿Tie­ ne usted algo en contra de ellos? —Por supuesto que no. Lo que trato de decir es que… —comencé a explicar. En ese momento la muchacha pecosa que se había sentado junto a mí pasó rápidamente y saludó al caba­ llero. Él le devolvió el saludo y admiró su figura mien­ tras se alejaba. Cuando la perdió de vista retomamos la conversación. —Me estaba diciendo que no le gustan los peli­ rro­jos. —Jamás afirmé tal cosa. Usted me malinterpreta. Sólo dije que me parecía sumamente peculiar que… —Yo soy calvo —me interrumpió—. ¿También le parecen peculiares los calvos? Su réplica me molestó. También la forma en la que me observaba. Entonces recordé que mi interlocutor era un eminente psiquiatra y sospeché que esa mirada era la que empleaba para evaluar a sus pacientes.



Sintiéndome molesto y un tanto avergonzado, bal­ buceé una despedida y regresé a la sala. Cuando estaba a punto de ocupar mi lugar, fui pre­ sa de un presentimiento. Corrí al baño y me situé ante el espejo. Desde el otro lado me miraba un sujeto con expresión atónita. Sus rasgos lucían idénticos a los míos y el cabello era una llamarada escarlata. v

Partida de caza El mecánico levanta el cofre y se asoma al interior con aire profesional. Me pregunta cómo es exactamente el ruido. Intento explicarle pero no es fácil. Mi descripción resulta demasiado imprecisa. No se trata exacta­ mente de un zumbido. Tampoco de un chasquido, ni de un pitido, ni de un silbido, aunque tiene un poco de todo esto. A veces suena como un rechinido, pero tam­ bién parece un gruñido, un aullido, una crepitación combinada con el golpeteo característico de una pieza mal ajustada. Sé que mis explicaciones dejan mucho que desear. Me encojo de hombros para expresar impotencia; lo único que puedo decir es que se trata de ruido, un ruido persistente y molesto que desde ha­ ce varios días se ha instalado en alguna parte del auto. Aparece en cuanto enciendo el motor y se mantiene imperturbable, insidioso, anunciando sin duda algu­ na una avería terrible. Pregunto si es grave, pero el me­ cánico guarda silencio y mantiene la mirada fija en el vehículo. Parece sumido en profundas reflexiones. Des­ pués me pide que encienda el motor. Obedezco. Del interior emerge el ronroneo sedoso y regular de una maquinaria bien aceitada. Estoy perplejo. Desciendo del auto y acerco el oído. Nada. Le aseguró al mecánico La Otra | octubre-diciembre 2010


que el ruido estaba allí, que es la verdad. Él me tran­ quiliza: claro que me cree, ese fenómeno ocurre con frecuencia. Asegura que algunos sonidos son así, astutos y escurridizos; suelen ocultarse cuando se saben en presencia de un experto, alguien como él, acostumbrado a lidiar con ellos. Acto seguido va por sus herramientas y, tras pedirme que apague el auto, se aproxima al vehículo con la seguridad de un cazador experimentado que conoce a la perfección los rin­co­ nes en los que suele ocultarse su presa. Armado con una llave de tuercas, unas pinzas y otras herramientas de brillante acero alemán (todas colocadas en un cin­ turón especial) mira bajo el cofre y examina las en­tra­ ñas del auto con la ayuda de una linterna. Comienza dando golpecitos aquí y allá con la llave de tuercas. Se inclina para ver mejor. Introduce la cabeza, luego el tronco y, como quien desciende por el tiro de una mi­ na, se adentra poco a poco en la maquinaria. Antes de que se pierda de vista, decido acompañarlo. Me arras­ tro detrás de él y los dos avanzamos como topos entre tubos, cables, mangueras, válvulas y piezas metálicas de diversos tamaños y formas cuya función ignoro y que me sorprenden porque no imaginaba que hubie­ra tantas cosas allí adentro y que todo ello fuera necesario para hacer funcionar un automóvil. Gradualmen­te los espacios se agrandan. Ahora podemos ponernos de pie. Llegamos al final de un largo túnel que desemboca en lo que parece una fábrica o una nave industrial en penumbras. El mecánico escudriña con ayuda de la linterna cada rincón. De pronto, se detiene y se­ ñala con la linterna hacia la derecha. Allí, agazapado tras un tubo de cromo, está el ruido. Al verse descubierto emprende la huida. Nos lanzamos tras él, pero no es fácil avanzar por ese intrincado laberinto. Para colmo, el piso se encuentra cubierto de aceite lubrican­ te y varias veces estoy a punto de caer. La persecu­ción otras letras

se prolonga durante varios minutos por distintos pa­ sillos hasta que, en una intersección, pierdo de vista al mecánico. Me detengo sin saber por dónde seguir. Eli­ jo un camino al azar y avanzo dando traspiés. La oscuridad se vuelve impenetrable. Más que ver, adivino la presencia de grandes y complicadas estructuras me­ tálicas a mi alrededor. Regresó avanzando a tientas so­ bre mis pasos, confuso y temeroso. Pasado un tiempo escuchó un forcejeo lejano. Veo una luz. Es el mecánico. Aparece ante mí sosteniendo con sus pinzas de acero alemán una alimaña que se retuerce con desesperación bajo la luz de la linterna mientras lanza desa­ gradables chillidos. Aunque repulsivo, el ruido ya no me parece tan amenazante e incluso llego a consi­de­ rarlo inofensivo. Me resulta absurdo haberme preo­ cupado tanto por un bicho así. El mecánico parece adivinar mis pensamientos; me aclara que aunque a primera vista parezcan inocuos, muchos de esos ruidos pueden indicar la presencia de desperfectos ma­yo­ res, algunos de ellos sumamente costosos. Es necesario, pues, darles caza antes de que el daño sea irreparable, dice mientras emprendemos el largo camino de re­ greso. Cansados pero satisfechos, con el ruido dentro de un saco, cruzamos una estepa cubierta de hierbas altas y abundantes. Una tenue claridad comienza a in­ sinuarse en el horizonte. Es el amanecer. v

El arte de buscar tesoros El auténtico buscador de tesoros valora la paciencia. Sabe que en su oficio —oficio arduo e incierto— la premura es desaconsejable; que un descubrimiento, aunque sea modesto, es resultado de una larga prepa­ 


ración, de una cuidadosa ascesis; no se trata de hundir la pala en cualquier parte ni adentrarse sin más en la primera cueva que se le salga al paso. Por eso, el buscador de tesoros se demora durante meses e incluso años estudiando los mapas, memori­ zando el nombre de pueblos y caseríos, siguiendo con el dedo los interminables vericuetos del camino seña­ lados en el plano, los cruces y las desviaciones antes de lanzarse a recorrerlos. Y una vez sobre el terreno, observa el entorno sin prisa para adueñarse del pai­ saje con la mirada y dejar que éste lo guíe hacia el ob­ jetivo. El buscador de tesoros se detiene en los albergues para beber y conversar con los parroquianos, siempre atento a los indicios reveladores. Con discreción pre­ gunta sobre el pasado de la localidad con el fin de sa­ ber más sobre las rutas de las diligencias que, siglos atrás, transportaban oro y plata, sobre los escondites usados por los bandidos para ocultar su botín y sobre las haciendas abandonadas entre cuyas ruinas se han hallado —según cuenta gente de fiar— suntuosos candelabros de bronce, salseras de plata, camafeos de marfil y espejos de mano que aún conservan el reflejo de la dama que solía mirarse en ellos. Con tal de ganarse la confianza de los lugareños, se ve obligado a permanecer en la localidad. Se justifica aludiendo a las bondades del clima o al desprecio que siente por las grandes ciudades. En ciertos casos, incluso llega a establecerse allí. Adquiere una casita con un minúsculo huerto y finge sentirse a sus anchas. A veces renta un local en el centro del pueblo y abre un negocio, por ejemplo, una tienda de géneros o una barbería. De esta forma puede quedarse el tiempo ne­ cesario para explorar la zona sin despertar sospechas. Por las noches recorre sigilosamente los campos cir­ cundantes armado con un detector de metales, una 

pala y un pico. Sin embargo, prefiere prescindir de es­ tos instrumentos, pues ellos revelarían sus verdade­ ras intenciones. El buscador de tesoros se esfuerza para que los habitantes del lugar dejen de considerarlo un extraño. Trata de que lo acepten como uno de los suyos. Hace amigos, debate temas de actualidad en los cafés, asis­ te a misa los domingos y está presente en los actos cí­ vicos. A veces, mientras espera en la tienda de géneros o en la barbería la llegada de los clientes, una idea extra­ ña se insinúa en su mente: sospecha que el principal objetivo de los buscadores quizá no sea el tesoro en sí mismo, sino la búsqueda. Pero si esto fuera cierto, su empeño dejaría de tener sentido cuando al fin encon­ trara un tesoro y, en consecuencia, perdería la princi­ pal razón de su existencia. Es posible que, durante esos fugaces momentos, tam­bién llegue a la conclusión de que cada tesoro espera a su propio buscador y cada buscador deberá em­prender la búsqueda del tesoro que la vida le ha re­ servado sólo a él. El suyo podría ser un baúl apolilla­ do rebosante de joyas, un saco de monedas antiguas o una caja de caudales con el contenido intacto. Pero quizá tenga un aspecto muy diferente. Ello lo obliga­ rá a estar alerta en todo momento para reconocerlo en cuanto lo vea. Podría presentarse, digamos, bajo la forma de una muchacha morena que, una tarde cual­ quiera en una calle cualquiera, lo observara desde su balcón. En tal caso, el buscador de tesoros se vería obli­ gado a detenerse para mirar a la muchacha y sonreír­ le. Y en ese preciso instante comprendería —no sin cierta desazón— que su búsqueda ha concluido. v

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lengua de sastre

alfredo fressia

recordatorio julio herrera y reissig (1875-1910)

la abstrusa armonía

© matías bergara.

Poco apreciada por algunos, y no de los menos im­portantes en el canon literario de la lengua es­pa­ñola (Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Octavio Paz), amada por otros (Villaespesa, García Lorca, Neruda, Borges), la obra poética del uruguayo Julio Herrera y Reissig (1975-1910) llega al centenario luc­tuoso de su autor con una vitalidad sorprenden­te. Ocurre con Herrera y Reissig una acumulación de­masiado heterogénea de lecuras, dispares o centradas en regiones diferentes de su poesía (la lectura de los modernistas, la de los españoles del 27, la de los van­guardistas y, muy recientemente, la de los neobarrocos). La Otra, en este centenario de uno de los creadores más actuales del siglo xx, recuerda y sistematiza la obra del poeta como conjunto. Por lo demás, y ya en domi­nio público, las poesías completas están dispo­nibles en internet [<http://www.herrerayreissig.org>].

E

n enero de 1910 Julio Herrera y Reissig cumple sus treinta y cinco años. Morirá en marzo. Ese vera­ no es­cribe “Berceuse blanca”, tal vez uno de los más perfec­tos poemas nacidos de la pluma de un urugua­ yo. Es imposible no pensarlo: el punto final de Julio He­ rre­ra y Reissig es una berceuse, es decir, una nana, un canto destinado a arrullar a una amada, un ser que se encuentra entre la vida y la muerte, como el mismo

lengua de sastre

poe­ta. Podría arrullar su propia obra. Es lo que deja­ba de más íntimo; justo él, que no había querido hacer autobiografía en sus versos. Sin embargo, el conjunto de la obra poética que He­­rrera y Reissig construye en los diez años de su pro­ ducción —que coinciden con su última década de vi­da— puede ser considerado como una unidad. La obra acepta un trámite de lectura que evada la diacro­ 


nía, la evolución dentro de esos años y privilegie el con­ junto orgánico. De hecho, las largas series de poemas herrerianos, como los sonetos pastoriles o los amato­ rios, ocupan años, y el poeta trabaja en ellas en las mis­ mas épocas. Ni siquiera en eso el producto poético de Herrera y Reissig es “biográfico” o “documental”. Con ese criterio “orgánico” de lectura, la obra pue­ de ser abordada a partir de cualquiera de sus títulos. Todos ellos conducen a la originalidad, que también pudo ser soledad del poeta que no crea su obra como una forma de diálogo directo con su país (algo que sí realizó el prosista Herrera). Los poetas uruguayos ha­ bían sido hasta entonces poetas “de la patria”, sobre to­ do el mayor de ellos, el románico tardío llamado Juan Zorrilla de San Martín. Paradójicamente, Julio Herre­ ra lo será también —los uruguayos, y no sólo ellos, lo recuerdan un siglo después de su muerte, y se ha vuel­ to casi un ícono en su país— pero, en tanto poeta, quiso deslindarse y crear su estética desde la renuencia frente a la literatura de formación nacional o de confesión autobiográfica. Es cierto que contaba para ello con un movi­mien­ to continental, el modernismo, que le daba ins­tru­men­ tos de creación. Los toma y los usa, con entusiasmo, en Las pascuas del tiempo y en Los maitines de la noche. Su obra incluirá, por un lado, una vasta producción pastoril, eglógica, centrada principalmente en Los éxtasis de la montaña y en Sonetos vascos (sin excluir poemas extensos como “Ciles alucinada” o “La muerte del pastor”); por el otro, los sonetos de tema amatorio de Los parques abandonados. Finalmente, los nocturnos en octosílabos (“La vida”, “Desolación absurda” y “Tertulia lunática”) deben ser considerados como una personalísima creación de lenguaje que sólo se entiende plenamente dentro del contexto de la obra herreriana. 

El poeta modernista En principio, Las Pascuas… incluye un largo poema en ocho partes. Su tema, dicho desde el título, es una transfiguración alegorizada del tiempo, ese “Viejo pa­ triarca”, con sus ciclos, horas, días, meses, estaciones, representaciones zodiacales, todo bajo el signo de la fiesta y la alegría. Se mezclan aquí mitologías y personajes históricos de eras diversas que el poeta reúne con aparente arbitrariedad y humor: “El papa Borgia está orando (mientras pellizca a una niña), / tan sólo un bardo protesta: Lamartine, con voz airada; / para restaurar el orden se llamó a Marat.[…]” (parte ii). También sorprende en estas Pascuas… como en Los maitines… una variedad y una libertad rítmica —a lo José Asunción Silva, a lo Rubén Darío— que en adelante el poeta ya no se permitirá. Predominan aquí los dodecasílabos, de los que justamente Darío había extraído esa música tan característica de poemas como “Era un aire suave” o “Sinfonía en gris mayor”. Por lo demás, es notable la impronta de las experiencias darianas en este Herrera inicial. Casi confunde re­ encontrar versos como éstos: “Discretos violines hacen historietas / de pies diminutos, escotes y talles; / de anillos traidores, de las Antonietas; / de los galanteos del regio Versalles”. No falta el adjetivo “aleve” (“de aleves conquistas”) ni asonancias como “las suaves y amables carcajadas leves / de las suaves sedas de los leves trajes” (parte iv). Junto a los predominantes dodecasílabos, el poeta trabaja el alejandrino y los dobles octosílabos. En la línea de los dodecas se deben destacar los juegos ternarios de la primera parte, “Su majestad el Tiempo” (como, a su modo, en “El hada Manzana”), con versos de 6, 9, 12 y 18 versos (este último como conjunto de tres grupos hexasílabos: “parece un gran lirio la ní­vea La Otra | octubre-diciembre 2010


cabeza del viejo Patriarca”), todo alternado con versos de siete y diez sílabas. Es el Julio Herrera que más se aproximó a las experiencias formales de los modernistas, los que radicalizaron en lengua española aquello que Paul Valéry llamará “la era de los escrúpulos” (“Situation de Bau­ delaire”, 1924). Y si Darío trabajó en el “Elogio de la seguidilla” —el metro de siete sílabas seguido de una coda de cinco tras la cesura (“Metro mágico y rico que al alma expresas”)—, Julio Herrera creó un espa­ cio nuevo en “Wagnerianas”, de Los maitines…, con octosílabos seguidos de endecasílabos después de la cesura (“¡Oh!, llévame con tus ansias; en las nevadas uvas de tus senos”) alternados con dobles octosílabos (“fermenta el vino sublime de los placeres azu­ les”). La influencia de Théophile Gautier, como la de Stéphane Mallarmé, llega al soneto en “Llave de u”, un “Solo verde-amarillo para flauta”, donde el lengua­ je ya no dice por su significado denotativo, sino por las sinestesias creadas por la música de la vocal u: “Úr­ sula punza la boyuna yunta […]”. Sin embargo, Herrera no osa lo que Darío había rea­ lizado: el poema en prosa, la prosa poética. Se puede, en cambio, encontrar la prosa, como un hipertexto, en las notas que el poeta colocó en pie de página en el poema “La vida”, el nocturno en octosílabos que tam­ bién integra Las Pascuas… El octosílabo es propicio al relato, que en la obra herreriana evolucionará hacia las décimas espinelas. Por el momento, el poeta narra una aventura “vital”, un desplazamiento —él y el caballo— por instancias, eventualmente alegóricas, que las notas van “traduciendo” en un discurso obviamente prosaico, especie de contrapunto al lenguaje del poema que busca por veces opacarse. Quedan así en tensión momentos como —por mero ejemplo— la búsqueda del ideal estético y el elíxir (“para este mal singular, lengua de sastre

/ que me duele hasta reír / y me alegra hasta llorar”) y las Notas de prosa neutra como aclaraciones: por ejemplo, “Peregrinación intelectual del poeta […]”, o “El espíritu investigador ahonda y se reconcentra […]”. Será el único ejemplo de “prosa”, y justamente no será “poética”, pero el poeta la integra como antítesis del texto en versos, y sin ninguna ingenuidad. Pastoral La investigación de ritmos y sonoridades diversos no se adecuaba al beatus ille de Los éxtasis de la montaña, pintura de un mundo rural, fuertemente inscrito en la tradición pastoril. Las dos series de sonetos, en ri­ gurosos versos alejandrinos, instalan al lector en un mundo de tiempo detenido, o que se complace en su presente como una forma de la eternidad. Son ciertamente estampas perfectas. Los objetos, los animales, los hombres, todo funciona en Los éxtasis… como un inmenso reloj, donde la imperfección está definitivamente desterrada: “No late más que un único reloj: el campanario / que cuenta los dichosos hastíos de la aldea” (“La siesta”). Es un edén, y esto es dicho: “Edén que un Fra Doménico soñara en acuarelas […]”. Aquí todos tienen su función: el cura, su ama, los pastores, el sabio, la mujer embarazada, el astrónomo, el poeta, el médico, el profesor, el monasterio, y hasta el mago llega a escu­ char “el latido del mundo”. El “villaje” es el centro de la sociedad humana, y no está situado, in illo tempore, en un pasado ideal, sino en un presente ideal. Los días son “sin reveses”, y en este presente eternizado hay lugar para la modernidad de turistas en automóvil (“Dos turistas, muñecos rubios de rostro inmóvil, / maniobran la visita de un fogoso automóvil […]”, “Do­minus vobiscum”). 


manuscrito de “tertulia lunática” | cortesía de a. mazzucchelli.

Bajo el cielo (“paterno” y “beato” son dos de sus ad­ jetivos) hay lugar para la modernidad del automóvil, pero el tiempo es siempre igual a sí mismo. Los seres —humanos o no— que viven bajo este gran reloj uná­ nime, nunca escapan del orden universal. Sabidamen­ te el “relato” sólo existe cuando ese orden es quebrado. Y es por eso que aquí no hay propiamente “relato”, no hay ruptura. Hay sólo anécdotas que puntúan la vida, igual a sí misma. El cura actúa como debe actuar un cura, hasta en sus pecados (“El único pecado que tie­ 

ne es un sobrino […]”), el profesor es de pocas letras y paga sus pecados gastronómicos, el barbero es chis­ moso, “folletín de la aldea”. Todos, hombres y anima­ les, son una “buena grey”. Un día las gallinas pueden entrar en la iglesia, creando un pendant con el plu­me­ ro del ama, y también un asno puede huir de unos perros. “Y todos son un alma sencilla.” Esa especie de comunión universal se concreta en las personificaciones de los objetos y de la naturaleza. La montaña tiene más que arrugas o “delantal de lino”: conoce el éxtasis. Ese éxtasis proviene de la per­ fección del mundo que contempla. El monte ríe como un abuelo, la brisa se despereza, la huerta sueña. Y porque son sencillos, estos seres comulgan en bon­dad. Es la bondad simple de un mundo sin grie­ tas. La duda de los demonios metafísicos queda desterrada de estos Éxtasis…: “¡Ah, dicha analfabeta sin resabios ni hieles!” La aldea es “siempre dichosa y siempre buena”. Al anochecer, en este paisaje que es “una ingenua página de la Biblia”, “rasca un grillo el silencio perfumado de rosas”. Este mundo que, como el edén, se extasia de sí mis­ mo, este mundo donde todo está bien, o del lado del bien, donde la propia muerte no acecha, este mundo que, moviéndose, no sale jamás de su lugar, es obra de un artista. Y esto no sólo por la sabiduría y el arrojo de los versos siempre exactos, las sonoridades justas, los encabalgamientos que iluminan el sentido, las ri­ mas ricas, las imágenes sobrecogedoras. Es obra de un artista que supo crear un mundo sabidamente artificioso e “irreal” y le dio la respiración de la vida, obra culta y refinada, si las hay. Si su tiempo es un hoy que es siempre, el locus de esta obra permanece indefinido en lo geográfico. Tal vez esté al este de “Hispania”, tie­ ne aires “guipuzcoanos”, pero sus únicas coordenadas son las del país del lenguaje. La Otra | octubre-diciembre 2010


Los parques y la muerte Ya las dos series de sonetos de Los parques abandona­ dos se acercan a Eros y a Tánatos, el amor y la muerte. Con dos excepciones, son todos de versos endecasíla­ bos. Después de recorrer el luminoso edén de Los éxtasis…, el lector penetra en un mundo cerrado, casi claustrofóbico, situado con frecuencia en el atardecer o en la noche, dirigido a una segunda persona, manchado a veces por el desencuentro, el pecado, el error, la muerte. No hay aquí la atemporalidad de Los éxtasis… El poeta sitúa estos sonetos en su presente, es un lugar de quintas, viñedos y castillos, y no se eluden las menciones modernas, como los trenes, o más aún, la novedad del uso del bromuro de plata en las fotos (por lo demás, el soneto “Bromuro” está entre los más lo­ grados de la segunda serie). En ese sentido, Los parques… puede ser leído como una larga primera parte de los nocturnos “Tertulia lunática” y “Berceuse blanca”. Aun dentro de una lectura de la obra herreriana como conjunto, es evidente que hay una evolución en el tema de la muerte, por ejemplo. Mientras éste casi no contaba en Las Pascuas del tiempo ni en Los éxtasis…, al llegar a Los parques… se vuelve un motivo central, recurrente, y lo será en los nocturnos y la berceuse final. Estos sonetos se dirigen a una segunda persona pa­ ra evocar, normalmente en pasado, eventos del amor y su fin. Con semejante estructura, los poemas se pre­ sentan como discurso de una primera persona mascu­ lina, dirigidos a una amada (o a su recuerdo). Es sabido que en poesía la cantidad es un dato de la cualidad, es decir, la larga acumulación de sonetos (65 en total) lle­ va a la construcción inequívoca de esa primera persona masculina que el lector acepta como reiterado hablante. Lo que varía aquí es la segunda persona, la lengua de sastre

mujer, su historia, las variantes del amor y del desamor. Las ropas femeninas, por ejemplo, son sensuales, car­ gadas de significados eróticos, como los guantes, ma­ nos que pueden ser “desenvainadas” como dagas, joyas que se integran a la naturaleza por procedimientos me­ tafóricos (“Soñaban con la Escocia de tus ojos / ver­des los grandes lagos amarillos; / y engarzó un nimbo de esplendores rojos / la sangre de la tarde en tus anil­los”, “La gota amarga”). Pero si aquí el motivo central es el erotismo, el tema de la muerte, obsesivo, comparece como el fin de la amada evocada. El segundo soneto ya se abre con “La muerte, que ensañóse con mi suerte”, y no falta el diálogo (en oxímoron) con la naturaleza crepuscular: “mientras se pin­taba en el ocaso / la dulce primavera de tu muer­te”. A veces la muerte puede ser una ensoñación no menos angustiante que el recuerdo: “Soñé que te encontrabas junto al muro / glacial donde termina la existencia” (“Decoración heráldica”). O entonces la muerte es sólo la del día (“Morían llenos de clamor los sotos”, “La violeta”), o está instalada en el propio cuerpo muerto: “el ataúd te recogió en su seno //[…] Al contemplar tu cabellera muerta” (“La novicia”). En la muerte o a su borde, se puede llegar a un “Crepúsculo espí­ ri­ta”, con un beso de “trágicas fruiciones” y una natu


raleza en la que “se sonrojó tu alma en el ocaso”. Y en “Idilio espectral”, el amor puede ocurrir dentro del ataúd porque “Pasó en un mundo saturnal”. Huraño, taciturno, saturnal; angustias, lágrimas, suspiros; luces mortecinas, “viudeces” (esos plurales de sustantivos abstractos, tan de Julio Herrera), el len­ guaje de estos poemas se hunde en la noche de un mundo que está en las antípodas del bien de Los éxta­ sis… Una interpretación posible radicaría en que, sien­ do estos poemas discursos masculinos, la mujer queda aquí despojada de palabras, “muerta”, o bien mero ob­ jeto de las circunstancias, o destituida de razones, obe­ diente al fin, a lo que acaba, como el día, como un astro en crepúsculo. A veces la naturaleza habla por ella, el alma se sonroja en el ocaso, o de lo contrario, muere. O duerme, y también en esto se anuncia el tópico del somnium imago mortis de “Berceuse blanca”. La mujer es la Lira y la Esfinge, la de “¡Eres todo!”, el primer soneto, en alejandrinos, de la segunda serie, y esa do­ ble imagen, Lira y Esfinge, reaparecerá, exactamente igual, en la Berceuse final. La crítica insiste en ver la presencia del poemario Au jardin de l’Infante (1893), de Albert Samain, en Los parques… de Julio Herrera, lo que explicaría cierto clima común y algunos enojosos parecidos que se de­ tectan entre unos poemas del uruguayo y los de Leopoldo Lugones en Los crepúsculos del jardín. Sin duda, en Julio Herrera hay Samain (“Mon coeur est un beau lac solitaire qui tremble”, “Invitation”), como hay Ma­ llarmé o cierto desamparo irónico de Laforgue (así como hay que investigar los muy parnasianos, exóticos y extrañamente ecológicos Poèmes barbares (1862) de Leconte de Lisle para entender mejor otras regiones de la obra de Herrera). Pero justamente Au jardin… es un poemario con una gran libertad de ritmos, de es­ tructura estrófica y de temas, algunos de los cuales pre­ 

figuran más la serie Las clepsidras (los dos sonetos de “Cleópatre”, por ejemplo) que la sucesión de sonetos de Los parques… Ya la influencia del simbolista de “L’Her­maphrodite”, el que dice: “J’adore l’indécis, les sons, les couleurs frêles” (“Dilection”) comparece te­nue al menos en esta parte de la obra de Julio Herrera.

Nocturnos Los nocturnos “Desolación absurda” y “Tertulia lu­ná­ tica” se destacan en la obra herreriana por el territorio tenso que crea el uso de las décimas espinelas sobre el ímpetu de un idioma denso y que huye de la mera referencialidad. En principio, la décima espinela, de vie­ja tradición castellana, culta y popular, se compo­ ne de diez versos octosílabos con las consabidas rimas abbabccddc y siempre con pausa en el cuarto verso (en estos nocturnos, además de pausa, o para acentuar­ la, hay la repetición de la palabra final del verso a). Es una estrofa propicia al razonamiento, se diría casi al silogismo, a la exposición de razones o de ejemplos destinados a un aprendizaje. Recuérdese el gran mo­ nólogo de Segismundo en La vida es sueño, de Calderón (“Apurar, cielos, pretendo, / ya que me tratáis así, / qué delito cometí / contra vosotros, naciendo”). En los nocturnos herrerianos las décimas instalan una lógica de la exposición metódica, meditada, casi pedagógica, que se ve permanentemente desmentida por un idioma que busca aquí la crisis, la paradoja, el neologismo inesperado, el oxímoron (“Vengo a ti, ser­ piente de ojos / que hunden crímenes amenos”), los fre­cuentes plurales abstractos tan del gusto de Herre­ra (“y llevan su desconsuelo / hacia vagos ostracismos / floridos sonambulismos/ y adioses de terciopelo”), la mención culta o sagrada junto al vituperio. En “Deso­ La Otra | octubre-diciembre 2010


lación…” comparecen la noche y la naturaleza (la lu­na en la tercera décima, el mar en la cuarta, la campaña en la quinta) para ubicar a un hablante en casi trance fren­te a una mujer-noche-luna que se niega como sujeto: “Tú eres póstuma y marchita / misteriosa flor erótica, / mi­ liunanochesca, hipnótica, / flor de Estigia ocre y mar­ chita; / tú eres absurda y maldita, / desterrada del Placer, / la paradoja del ser/ en el borrón de la Na­da […]”. Sin embargo, la “Tertulia…” irá más lejos. Pautada en varias de las siete partes por cánticos gregorianos, atravesada por menciones sagradas que van del Génesis a la Catedral, la astrología, o Doré y un cemen­ terio carnavalizado, la locura y el incesto (uno de los insultos será “Fedra”), la noche del poema tiene el ím­ petu de un discurso insomne, las “ventriloquias de Congo” o “Un leit-motiv de ultratumba”. El impulso verbal se detiene a veces en un detalle del paisaje noc­ turno (el faro frente al mar mencionado como Isaías “hipnotizando un león”, el molino, “libélula embalsamada”, la estrella fugaz “como un carbunclo de oro / en una tela de araña”). Pero si hay que buscar un centro en este discurso regido por las décimas, ese cen­ tro está en la mujer-luna, amada, odiada y, sobre todo, insultada y para siempre amenazada. En la parte ix de “Berceuse blanca”, escrito en el ve­ rano de 1910, cuando el poeta va a morir, hay un ex­ tenso elogio de la amada dormida, y un ver­so dice: “Auscultad el silencio de la abstrusa armo­nía”. No es arbitrario leer ese verso como un modo de acceso a esas regiones nocturnas de la poesía de Herre­ra. Los nocturnos logran la adhesión crítica porque son un desafío a la inteligencia, porque piden la labor de ese otro creador que es el lector, porque es preciso auscul­ tarlos para oír una real, imposible “abstrusa ar­monía”. Armada sobre versos alejandrinos, la “Berceuse…” adormece a una amada que en dos momentos comlengua de sastre

julio herrera y reissig | cortesía de a. mazzucchelli.

parece como poesía: “Su mirada es de luna y de sol es su veste. / Miradla: es la divina Poesía celeste” (parte v, retomada en la parte viii). Frente a esta durmiente y como en una sonata, los motivos se van reiterando y retrabajando. Se repetirá seis veces el tema de “No has menester de Venus […]”. Aquí “Mi pensamiento vela como un dragón asirio”. No faltarán los sustantivos abstractos en plural (“devo­ ciones azules”, “candores ilesos”). Y tres veces oiremos el motivo de la muerte (lo que aproximaría el poe­ma a la tercera parte de Rolla de Musset, otra asociación discutible). Más bien el poema del verano de 1910 cons­tituye tal vez la culminación de la obra de Herrera, más allá del clima romántico, los matices simbolistas y los adensamientos del significante, y puede estar reveladoramente dedicado a su misma poesía, que siempre vuelve, “divina” y celeste”. Lo dice el poeta: “¡Duer­me, que cuando duermas sin fin, bajo la fosa, / mi alma irá en los beatos crepúsculos a verte, / y con sus dedos frágiles de marfil y de rosa / desflorará tus ojos so­ námbulos de muerte!” v 


lengua de sastre

carina blixen

recordatorio julio herera y reissig (1875-1910)

la vida de un escritor

aldo mazzucchelli

La mejor de las fieras humanas. Vida de Julio Herrera y Reissig Taurus | Montevideo, 2010, 635 pp.

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E

l 19 de marzo de 1910, en el Cementerio Central de Montevideo, un joven que acompañaba el cor­tejo de Julio Herrera y Reissig dio un paso al cos­ tado y, dirigiéndose a los concurrentes, los atravesó —o qui­so hacerlo— con un elaborado e indignado apóstrofe. “Fue más que su apellido”, espetó Alberto Zum Felde a familiares y amigos. Y ya hacia el final de un discur­so lo suficientemente contundente y cor­to para anular reacciones inmediatas: “Yo sé la frase que está ahora en muchos labios: ‘reconocemos su talen­ to, pero cree­mos que su vida ha sido un error’. ¡Menti­ ra! ¡Lo más grande que ha tenido este hombre es su vida. El talen­to es cosa que puede discutirse […] Lo que es innega­ble, lo que es evidente, lo que es absoluto, es la grandeza pura de su alma consagrada a la belleza inmortal…”. Con el entierro de Julio Herrera y el discurso de Zum Felde empieza la biografía de Aldo Mazzucche­lli, La mejor de las fieras humanas. Vida de Julio Herrera y Rei­ssig. Es un buen comienzo porque, además de su eficacia emocional, el vibrante discurso sintetiza la opo­sición entre vida y arte, y la división apasionada La Otra | octubre-diciembre 2010


julio, de pie a la izquierda, en familia | cortesía de a. mazzucchelli.

entre partidarios y enemigos que atravesó la vida, la muer­te y la posteridad de Herrera. Es posible preguntarse, en sentido amplio, por qué se escribe una biografía. Buscar la respuesta puede ser el camino para investigar las prioridades, las inclinaciones, las facilidades, los tabúes de una cultura. Son es­casas en nuestra literatura, y Julio Herrera y Rei­ ssig es el escritor que más biografías ha merecido. No porque su vida haya sido especialmente notable o aven­ turera. Se sabe que la vida de un escritor no tiene por qué serlo, que justamente es alguien que puede encon­ trar el desafío y la intensidad en la inmovilidad, en el hábito, en lo que tal vez sólo otro escritor pueda contar. Sin embargo, la interpretación de la vida y obra de Julio Herrera ha estado contagiada por el tono exaltado de la incriminación, la justificación, el alegato.

Las biografías Con errores de datos, imprecisiones temporales y una visión familiar muy sesgada, la biografía de la herma­ lengua de sastre

na menor de Julio Herrera, Herminia, provee, sin em­ bargo, al lector de algunas características del niño y del joven en el estrecho círculo de los próximos que muy pocos podrían brindar. En Vida íntima de Julio Herre­ ra y Reissig (1943) los lectores participamos de las preo­ cupaciones de los padres por el hijo díscolo y enfermo, de la predilección de la madre, del dolor ante la muer­ te del hermano Rafael, de la facilidad temprana de Julio para la música, de su temperamento “místico”, del su­ frimiento por el suicidio de un amigo, del disgusto de los padres por la amistad de Julio con Roberto de las Carreras. Tenemos acceso a la lectura en familia del pri­ mer poema publicado por Julio, “Miraje”. Tal vez retengamos una imagen: alguien le servía el almuerzo en la cama, mientras la familia cumplía con el estricto rito burgués de la comida, una excepción significati­va en el mundo severo y amable de los suyos. Podríamos pensar en los privilegios que otorga la enfermedad, en el sujeto que aprende a sacar réditos del sufrimiento, a conocer su diferencia a partir de lo que no puede. Po­dríamos leer en la escena la temprana experiencia del placer y el dolor mezclados. Resulta molesta la voluntad de Herminia Herrera de flechar la interpretación, pero es muy visible y poco peligrosa. Insiste en que Herrera no conoció la mi­ seria. Seis años después de su primer libro, Herminia publicó una versión ampliada: Julio Herrera y Reissig. Grandeza en el infortunio, que hace evidente desde el título el énfasis defensivo. Herminia Herrera termina su Vida íntima… con una reivindicación que, extrañamente —pues sus actitudes son radicalmente di­fe­­ rentes—, la acerca a algunas palabras de Zum Felde: “Su vida fue la más admirable obra de sus obras.” Es de sospechar que a Zum Felde —más que Herrera— le importaba denunciar la situación injusta del poeta y la poesía en la sociedad burguesa, y que a Herminia, 


tanto como la imagen de Julio le preocupaba defen­ der la forma de vida de los suyos. Entre las dos versiones de Herminia Herrera apa­ reció el libro de Magela Flores Mora, Julio Herrera y Rei­ssig. Estudio biográfico (1947), que debate con Her­ minia en su misma línea interpretativa. Flores Mora entrevistó a César Miranda, Alberto Zum Felde, el re­ verendo padre Hermán Horne y Julieta de la Fuente. Dice que el suyo es “un libro de juventud, tal vez un poco primitivo, pero sí muy sincero, cuyo único fin es ayudar a reivindicar, de un modo admirativo, la vida diaria —tan calumniada— de este poeta, genio y figu­ ra de la literatura nacional […]”. Roberto Bula Píriz es el responsable de una prime­ ra edición de las obras completas de Julio Herrera y Reissig en Aguilar en 1951, y una reedición diez años después. Escribió una introducción en la que dedica unas sesenta páginas a Julio Herrera sin separar el aná­ lisis de la vida y la obra. A pesar de haber sido puntillo­ samente criticado, Bula Píriz hace aportes valiosos a la biografía y, a diferencia de Herminia Herrera y Ma­ gela Flores Mora, no defiende a Julio Herrera. Tiene una actitud simpáticamente distante y descreída ante las opiniones y los deseos del escritor. No es seducido por su personalidad, trata de no caer en el juego de equívocos que Herrera supo crear en torno de sí. No tuvo Julio Herrera la biografía hecha por amigos, como fue el caso de Horacio Quiroga o, fuera del ámbito nacional uruguayo, el de Kafka. Las hermosí­ simas Vida y obra de Horacio Quiroga (1939), de José M. Delgado y Alberto J. Brignole, o Kafka, de Max Brod, están contadas desde la perspectiva privilegiada de quie­ nes participaron amorosamente de deseos y proyectos comunes. En ellas el riesgo de parcialidad y las inexac­ titudes son males menores ante la riqueza del conoci­ miento y la sensibilidad que transmiten. 

La mejor de las fieras humanas Hay mucho acumulado sobre Herrera: el enjundioso trabajo de Roberto Ibáñez en los archivos de la Bi­ blioteca Nacional de Montevideo, las ediciones de su obra con estudios críticos fundamentales (Idea Vila­ri­ ño, Ayacucho, 1978; Ángeles Estévez, Archivos, 1998), numerosos ensayos excelentes sobre los aspectos más variados. En los últimos años ha sido importante la investigación sobre la prosa. Carla Giaudrone y Nilo Berriel publicaron fragmentos de los manuscritos (El pudor, la cachondez, 1992), editados después completos por Aldo Mazzucchelli: Tratado de la imbecilidad del país por el sistema de Herbert Spencer (2006). Que­ dan aproximadamente medio centenar de artículos aparecidos en la prensa a comienzos de siglo y dos tex­ tos en prosa inéditos que serán recopilados por Ma­ zzucchelli para la colección Clásicos Uruguayos en este año de homenajes. Hay dificultades en la escasez y hay dificultades en el exceso. Encarar una nueva biografía de Julio Herre­ ra exigía enfrentar el problema de la abundancia de ma­terial. Haberlo organizado en un relato atractivo pa­ra un lector actual es un logro importante de Aldo Mazzucchelli. La mejor de las fieras humanas es la bio­ grafía de un admirador y un investigador riguroso. Mazzucchelli es profesor de literatura, investigador y poeta. Su obra cumple con los requisitos de las bio­gra­ fías académicas (registro exhaustivo de citas y bi­blio­ grafía), al tiempo que narra de manera contundente sin ficcionalizar. Tiene una actitud desmitificadora ha­cia el sujeto de su estudio, hacia la sociedad que lo juz­gó y lo sigue juzgando, hacia la crítica que no lo ha eva­ luado satisfactoriamente. Advierte que Herrera tu­vo la costumbre de “edificar su personaje público edi­tando fechas y contenidos de su pasado para acomodarlos La Otra | octubre-diciembre 2010


aplicándose una supuesta dosis de morfina | cortesía de a. mazzucchelli.

a sus conveniencias”. Mazzucchelli está mucho más “armado” de teoría y método que los biógrafos anteriores, y también es más elaborado en la narración. Al juicio implícito en la construcción de todo relato, agre­ ga en ocasiones sus opiniones explícitas. Trabaja con algunas ideas fuertes que habían sido planteadas por otros críticos y que son como hilos con­ ductores de su relato. Una es la conversión del militan­ te político y escritor en alguien que hace de la escritura un acto político, más allá de todo partido. Mazzucche­ lli insiste en desmontar la imagen de poeta en la torre de marfil que han repetido críticos y profesores. Anota que el primer poema que Herrera publicó, en enero de 1898, “La dictadura”, está escrito en con­tra del fu­ tu­ro golpe de estado de Cuestas; que “contra­riando la errónea idea —tan repetida en cierta tradición crítilengua de sastre

ca— de que no le interesaba lo cívico, Herrera y Rei­ ssig se pronunció enseguida” a favor de España y contra el egoísmo de Estados Unidos cuando, en 1898, Cuba se independizó de España. Coincide con la crítica que ha señalado que la trans­ formación de la escritura de Herrera a comienzos del siglo xx responde a un quiebre de paradigma (Hugo Achugar) que puede rastrearse en un abanico de elec­ ciones y sucesos de índole diversa: la fugaz actuación de Herrera en el Partido Colorado; el fin de la polé­mi­ca que, del lado de Roberto de las Carreras, lo enfren­ta­ra a Álvaro Armando Vasseur; el proclamado alejamiento de toda política partidaria; el costoso dejar atrás el ro­ manticismo para iniciar una experimentación sin lí­ mites visibles; su casi muerte en 1900; el nacimiento de su hija natural Soledad Luna en 1902 (Mazzucche­ lli marca, como nadie hizo, la importancia de esta rela­ ción para Julio Herrera y dedica un espacio final a la vida de la hija). Retoma la relación establecida por Ángel Rama en­ tre el ataque cardiaco que sufre Herrera en 1900 y el cambio de su estética. La experiencia de la muerte, el sufrimiento de la enfermedad instalada tan temprano en su cuerpo, el recurso a la morfina como único ali­ vio, son puntos clave del engarce entre la vida y la nue­ va estética que va cuajando en los primeros años del siglo xx. Pero Mazzucchelli también amplía y proble­ matiza esta perspectiva. Antes de su ataque cardiaco, Herrera había aceptado teóricamente la visión deca­ den­te. Tal vez la crisis de su cuerpo precipitó hacia una renovación de lenguaje lo que las antenas de su inteli­ gencia y su sensibilidad venían captando en el “clima” de fin de siglo, que tiene que ver con el mencionado cambio de paradigma. Mazzucchelli extrema otra línea de interpretación persistente en los estudios herrerianos (Emir Ro­drí­ 


guez Monegal): la que señala a la ironía y la conciencia de la escritura como un eje de su creación y una clave de su actualidad. Entre los poemas que Julio Herrera da a conocer en 1901 está el famoso “Solo verde amarillo para flauta-Llave de U” que, según el biógrafo, “es el experimento de trastornar un experimento. El montaje del poema lo comanda la ironía respecto de esa misma ‘tradición’, parte de ella tan reciente. Herrera y Reissig escribe de nuevo, consciente de hacerlo, y pa­ ra no repetir se divierte tocando una lira que tiene un par de notas, las vocales a y u (‘Úrsula punza la bo­yu­ na yunta’). Todo está un paso antes del ridículo, bien adentro del territorio de la parodia. Este modernismo tardío ya es pura autoconciencia”. En forma tajante y quizá demasiado adusta, Mazzucchelli hace una apues­ ta radical al humor como criterio de interpretación: “la sociedad mental del Montevideo del novecientos podría cortarse entre los que entendían la risa y los que no la entendían”, afirma. Es notoria y efectiva la preocupación de Mazzucche­ lli por ofrecer al escritor en situación, por anclar los textos en sus circunstancias y así iluminarlos. En 1898, Herrera, por diligencia de su hermano Manuel, fue nombrado secretario de J. P. Massera, director de Ins­ trucción Pública. Debido a cambios políticos, Ma­sse­ ra renunció en 1900; Herrera decidió acompañarlo en lo que consideró un acto de delicadeza de su parte. Aceptada su renuncia de manera au­tomática y burocrática, Herrera se enfureció y escribió sus “Cosas de aldea”. Dice el biógrafo: En Montevideo, al menos, el espa­cio de la “sociedad” coincide estrictamente con el de los cargos, sean pú­ blicos, algunos privados en la banca o el comercio, que dan expectación, esto es, ca­pacidad de tener al­ go que intercambiar con los de­más para mutuo be­ neficio. Herrera y Reissig empieza a dejar de formar 

en los últimos días | cortesía de a. mazzucchelli.

parte de cualquier grupo. Chapucea­rá alguno, sus ce­ náculos. Pero estos grupos que He­rrera y Reissig se in­venta no alcanzan jamás a sustituir el gran vacío de su vida sin conexiones, más agudo aún por haber naci­ do en el centro de ellas. Es un planeta que se enfría y se aleja, y manda unos fulgores raros antes de desaparecer.

Vale la pena esta larga cita porque es ilustra­tiva de un doble aspecto del trabajo de Mazzucchelli que interesa señalar. La primera parte, un poco biliosa, en la que Mazzucchelli generaliza es, creo, la peor versión del biógrafo. La segunda es una penetrante interpretación de la soledad de Herrera que ayuda a compren­ der las intensidades de su escritura. Con seguridad es imposible escribir una biografía sin ponerse en la perspectiva del biografiado; tal vez sea muy difícil no tomar partido por el sujeto que amo­ rosamente se estudia. Mazzucchelli se coloca del lado del escritor contra la sociedad que no lo comprende y, por momentos, se hace cómplice de una perspectiva conservadora proclive a admirar el individualismo La Otra | octubre-diciembre 2010


li­beral enfrentado al Estado. El biógrafo es poco sensible a los condicionamientos de clase. Por ejemplo, cuando habla de los Herrera, no parece nunca mirarlos desde afuera, en una perspectiva social más amplia: “la cohesión histórica de la familia Herrera —más que una ideología, un talante, y una dosis notoria de ta­len­ to— se extiende por cuatro generaciones que abarcan desde la Patria Vieja y la Cisplatina hasta la irrupción del batllismo”.

Contra la interpretación El autor de La mejor de las fieras se propuso desbrozar opiniones, prejuicios, falacias, mitificaciones, interpre­ taciones erróneas. Pelea por destruir lugares comu­ nes en la apreciación social de Herrera y en la crítica especializada. Más allá de las diferencias en los abordajes críticos, los actuales “herreristas” coinciden en un enemigo común: Osvaldo Crispo Acosta (Lauxar). Roberto Echavarren, poeta y estudioso de la obra de Herrera, citó a Lauxar como ejemplo de incomprensión en la presentación del libro de Eduardo Espina, Julio Herrera y Reissig. Prohibida la entrada a los uruguayos, realizada el 12 de mayo pasado en la Bibliote­ca Nacional de Montevideo. En Motivos de crítica hispa­ noamericanos (1914), de Lauxar, una llamada en el tí­ tulo del capítulo “Julio Herrera y Reissig” alerta: “Estas páginas odiosas no hubieran sido escritas jamás sin el temor de que las obras de Julio Herrera y Reissig es­ parcidas en los centros de enseñanza pudiesen ma­ lograr en los espíritus no preparados a su lectura, los mejores dones naturales.” Y comienza el capítulo: “Se ha querido forjar a Julio Herrera y Reissig una leyen­ da maravillosa que perjudica su fama sin agregar ni un ápice al mérito de su poesía. Todas las noticias dilengua de sastre

vulgadas sobre él son muy sospechosas; han sido dadas y recogidas por sus amigos en horas de constante fiebre, con precipitación y apasionamiento.” Es sinto­ mático que el ecuánime, documentado y en general sutil Lauxar no haya podido sustraerse a la “fiebre” provocada por Herrera. Más allá de sus apreciaciones cuestionables, Lau­xar se ha transformado en la “bestia negra” de los he­rre­ ris­tas fundamentalmente a partir de la reapropiación de la figura de Herrera que la publicación de su prosa ha suscitado. Mazzucchelli formó parte de la mesa que cerró el ciclo de homenajes a Herrera, el 28 de ma­yo, en la Biblioteca. Citó también a Lauxar como ejemplo de incomprensión y dejó constancia de que no comparte la crítica que se queda con la obra de He­ rrera dejando en la sombra su vida, ni la que ve en su obra una forma de “heroísmo del lenguaje” en alu­sión a los que consideran a Herrera en la línea del neoba­ rroco. Abogó por una visión pragmática que recupe­re vida y obra en el acto de comunicación y producción. El mismo día se presentó una antología de poemas que, a lo largo del siglo xx, han rendido homenaje a He­rrera y Reissig. A partir de su selección resultó des­ con­certante comprobar de qué manera, este poeta “ex­quisito” y satírico —“exacerbado” dijera Rubén Da­ río—, fue bandera de las posturas estético-ideológicas más dispares. En otro “clima cultural”, en los años cincuenta, en un artículo importante sobre Herrera en la revista Nú­ mero, Idea Vilariño también se acordó de Lauxar con un énfasis distinto. Vilariño retomó, entre otras, la afir­ mación de Lauxar de que es necesario echar abajo la “falsa leyenda” de Herrera. Termina el párrafo: es cierto, por último, que la idealización de su figura por quienes lo conocieron de cerca hace la tarea más 


difícil; pero se vuelve urgente, desde el momento en que se juzga necesario saber de quién se trata, ir a un estudio a fondo —documentos no faltan— de su per­ sonalidad, aplazando la toma de posición en uno u otro sentido. En un primer acercamiento aparece de­ masiado sencillo el hombre Herrera, más de lo que acostumbra a serlo hombre alguno. Es casi seguro que hay que romper la imagen y seguir buscándolo.

En las jornadas citadas, Mazzucchelli polemizó con la separación entre vida y literatura realizada por buena parte de la crítica uruguaya, y citó —de manera un poco forzada, creemos— a Ángel Rama y Emir Rodríguez Monegal, pues Herrera no fue un motivo central en la obra de estos críticos. El biógrafo parece en este caso condicionado por una postura previa. Ma­zzucchelli hizo justicia a la crítica de Idea Vilariño —no la citó en su biografía— que, lúcida, personal y al margen de escuelas, supo percibir la fecundidad de una mirada crítica capaz de dar cuenta de las complejas relaciones del arte y la vida. El énfasis actual en lo biográfico en sus diversas for­ mas —auto y biografía, autoficción, diario íntimo, talk show— tiene que ver con el retorno del autor en el posestructuralismo. Los estudios del lenguaje y lite­ rarios de las últimas décadas han desplazado la noción de sistema cerrado para atender al lenguaje en el acto de la comunicación, a su actualización en un dis­ curso. Si es evidente que en las formas más mediáticas la presencia de los autores responde al común de­seo de saber sobre la vida de los otros, también es cierto que la oscuridad a la se había desplazado la vida de los es­ critores ha venido reclamando de manera persistente un lugar a la luz del sol. Es una puerta para brindar una apreciación más completa y rica del acto de creación. Al mismo tiempo en que se vuelve la atención al su­ jeto como eje de la enunciación (es el que dice en un 

tiempo y condiciones determinadas), avanza la conciencia de que ese mismo sujeto no es dueño de sí ni de sus palabras. No sólo porque el lenguaje lo integra a una tradición, a una historia, a una comunidad, sino también porque, fatalmente, cuanto más intente alejarse en buscar de la originalidad, de la palabra propia, más evidente se le hará que su lenguaje está ha­bitado por otros. Sin plantear problemas teóricos, sin ingenuidad, Mazzucchelli logra transmitir, en La mejor de las fie­ ras, esa lucha agónica del escritor con las palabras. Esto suena a lugar común, tan perseguidos por el bió­ grafo, pero parece la mejor manera de explicar esa forma de jugarse la vida en una tarea que, lo más pro­ bable, es que dé escasos réditos y que a muy pocos interese. Esta biografía proporciona una imagen com­ pleja de la vida de Herrera y —algo más difícil toda­ vía— se acerca a explicar al escritor. El lector acompaña al hombre que resuelve en escritura cada una de las situaciones críticas que vive. Obviamente, la escritura no resuelve nada, y Julio Herrera, como la mayoría de los mortales, a veces logra resolver algo, pero el lec­ tor llega a entender cómo los éxitos y los fracasos, las alegrías y las crisis, son avances en un camino de escritura que lo va dejando cada vez más —inevitablemente— solo. Cada dificultad lo lleva a intensificar su dedicación. Mazzucchelli eligió iniciar el relato de la vida de Ju­ lio Herrera con una escena de la muerte. Después de la muerte, una vida puede parecer una flecha que llega a su destino. A contramano, esta biografía recupera la libertad del biografiado, sus vacilaciones y sus decisiones, lo no fatal de la secuencia vivida. Aunque Mazzucchelli no pueda dejar de tomar posición, como pedía Vilariño a los futuros biógrafos, su relato avanza mucho en el conocimiento de Herrera. v La Otra | octubre-diciembre 2010


colaboradores

maría baranda | Ciudad de México, 1962 | Ha sido miembro del Fonca en Jóvenes Creadores en 1991 y en 1995. Ha escrito varios libros de poesía, entre ellos: El jardín de los encantamientos, Fábula de los perdidos, Los memoriosos, Moradas imposibles, Nadie, los ojos, Narrar, Atlántica y El Rústico, Dylan y las ballenas, Ficticia y Arcadia. Ha recibido los premios de poesía Efraín Huerta (1995), Francisco de Quevedo (Villa de Madrid, España, 1998) y el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (2003). Recientemente la editorial venezolana Monte Ávila publicó una reunión de su poesía bajo el título de Ávido mundo. Libros suyos han sido publica­dos en Bélgica, Canadá y Estados Unidos, y sus poemas han sido traducidos al japonés, alemán, italiano, lituano, rumano, inglés, turco y francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. carina blixen | Montevideo, Uruguay, 1956 | Profesora de literatura, investigadora y crítica literaria. Ha publicado Isabelino Gradin,

testimonio de una vida (2000), El desván del Novecientos. Mujeres solas (2002), Dictadura, lenguaje, literatura. La obra de Carlos Liscano (2006). Prefació y compiló la poesía de Juana de Ibarbourou.

carmen boullosa | Ciudad de México, 1954 | Autora de los poemarios La bebida, Salto de mantarraya y otros dos, La salvaja y La Delirios . Sus novelas más recientes son El complot de los románticos (Premio Café Gijón) y La virgen y el violín (dos ediciones). Obtuvo el premio Xavier Villaurrutia, el Liberatur de la ciudad de Frankfurt por la traducción alemana de La milagrosa, y el Anna Seghers, en ese año otorgado por la Academia de las Artes de Berlín, por el conjunto de su obra. El programa de televisión Nueva York, para el que realiza entrevistas a escritores y artistas, ha recibido a la fecha tres Emmy’s neoyorkinos. Fue becaria Guggenheim, del Cullman Center, de la daad y del Sistema Nacional de Creadores en México. Ha sido profesora visitante en Georgetown University, sdsu y Columbia University. Fue Cátedra Andrés Bello en nyu, y Cátedra Alfonso Reyes de la Sorbona; ha sido por seis años parte del cuerpo académico de la Universidad de Nueva York, en City College. Divide su tiempo entre Coyoacán y Nueva York. eduardo chirinos | Lima, Perú, 1960 | Ha publicado los libros de poesía Cuadernos de Horacio Morell (1981), Crónicas de un ocioso (1983), Archivo de huellas digitales (1985), Rituales del conocimiento y del sueño (1987), El libro de los encuentros (1988), Canciones del herrero del arca (1989), Recuerda, cuerpo… (1991), El equilibrista de Bayard Street (1998), Abecedario del agua (2000), Breve historia de la música (Premio Casa de América de Poesía, Madrid, 2001), Escrito en Missoula (2003), No tengo ruiseñores en el dedo (2006), Humo de incendios lejanos (2009) y Mientras el lobo está (Premio Generación del 27, Málaga, 2010). Han aparecido cuatro antologías de su obra: Raritan Blues (1997), Naufragio de los días (1978-1998), Derrota del otoño (2003) y Coloquio de los animales (2007). Como crítico literario ha publicado El techo de la ballena (1991), La morada del silencio (1998) y Nueve miradas sin dueño (2004). Actualmente reside en Missoula, Estados Unidos, donde se desempeña como profesor de literatura hispana en la Universidad de Montana. andrés de luna | Tampico, Tamaulipas, México, 1955 | Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional Au-

tónoma de México; estudió cine en el Centro de Capacitación Cinematográfica de 1975 a 1978. Es profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco desde 1983; ha impartido cursos acerca de cine, arte y literatura, incluyendo el diplomado “El erotismo en la cultura occidental del siglo XX” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha publicado, entre otros, los libros Erótica: la otra orilla del deseo (1992), Marcel Proust y el cine: el proyecto imposible (1994), Los convidados del alba: textos sobre arte y artistas (1997), El bosque de la serpiente (1998), El secreto de las cosas (2002), El rumor del fuego (2004), El aprendizaje del ahora (2005) y El invierno apenas comienza (2005). vanessa droz | Vega Baja, Puerto Rico, 1952 | Pertenece a la llamada Generación del setenta de escritores en Puerto Rico. Es miembro de las principales revistas literarias del país: Zona Carga y Descarga, Penélope o El Otro Mundo y La Sapa Tse-Tsé. En 1982 publica su primer libro de poesía, La cicatriz a medias, que la instala como una de las escritoras más importantes de su ge­ ne­ración. En 1982 es columnista literaria del periódico El Mundo. En 1996 publica su segundo libro de poemas, Vicios de ángeles y otras pasiones privadas, que le merece el Primer Premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña (compartido con el nove­lista puertorriqueño Enrique Laguerre) por el mejor libro publicado ese año. En 2006 es finalista, con Estrategias de la catedral, del Primer Certamen de Poesía del Instituto de Cultura Puertorriqueña; en 2008 recibe el Premio Nacional San Sebastián por su labor como escritora, comunicadora y promotora cultural. De 2003 a 2007 tiene a su cargo el taller de poesía de la Universidad del Sagrado Corazón, en Puerto Rico. Estrategias de la catedral es publicado en 2009. malva flores | Ciudad de México, 1961 | Es autora, entre otros, de Mudanza del árbol/ Passage of the Tree (2006), Malparaíso (2003), Casa nómada (1999), Ladera de las cosas vivas (1997) y Pasión de caza (1993). En 2006 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo José Re­v ueltas por su libro El ocaso de los poetas intelectuales; en 1999, el Premio de Poesía Aguascalientes, y en 1991, el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino. Su poesía ha sido traducida al inglés, francés, portugués, japonés y holandés.


alfredo fressia | Montevideo, Uruguay, 1948 | Poeta, profesor de literatura, se desempeña también como periodista cultural. Es traductor de poesía brasileña al español. Reside en São Paulo, Brasil, desde 1976. A partir del fin de la dictadura en su país vuelve sistemáticamente a Montevideo, donde publica y se desempeña como crítico de poesía. Editor de La Otra. Revista de Poesía + Ar­tes Visuales + Otras Letras. Entre sus libros publicados se encuentran Un esqueleto azul y otra agonía (1973), Clave final (1982), Noti­cias extranjeras (1984), Destino: Rua Aurora (1986. 2007), Cuarenta poemas (1989), Frontera móvil (1997), El futuro / O futuro (1998), Amores impares (1998), Veloz eternidad (1999), Eclipse. Cierta poesía (1973-2003) (México, 2006).

| Ciudad de México, 1962 | Realizó estudios de maestría en Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es autora de la antología La aguja del corazón/ Heart’s needle (premio Pulitzer W.D. Snodgrass, 1999). Obtuvo la beca Salvador Novo del Centro Mexicano de Escritores, del Instituto Nacional de Bellas Artes y del Fonca (beca para Jóvenes Crea­ dores). Fue jefa de redacción de la revista cultural Sacbé en su versión en inglés y coordinó talleres literarios para niños. Ha pu­ blicado los siguientes libros de poesía: Bajo un cielo de cal (1991, 2006), Poliéster (VIII Premio Nacional de Poesía Tijuana, 2004; 2009), Altos Hornos (2006), Boxers (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 2006), Aves del paraíso (2009); Los trajes nuevos del emperador se encuentra en prensa. dana gelinas

rocío gonzález | Juchitán, Oaxaca, México, 1962 | Doctora en literatura latinoamericana por la Universidad Nacional Autónoma de México. Premio Nacional de Poesía Benemérito de América por Las ocho casas, y Premio Enriqueta Ochoa por Lunacero Sus publicaciones más recientes son Azar que danza (2006), Lunacero (2006) y el libro de ensayo El lenguaje como resistencia (2008). Está en prensa el libro-antología Literatura zapoteca. ¿Resistencia o entropía? Se desempeña como profesora-investigado­ ra en la Academia de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. rodolfo hinostroza | Lima, Perú, 1941 | Poeta, narrador, dramaturgo, traductor, periodista, astrólogo, gastrónomo. En 1960 ingresó a la Universidad de San Marcos para realizar estudios de medicina, que pronto abandonó al descubrir su vocación literaria. En 1962 viaja a Cuba a realizar un posgrado. De regreso en el Perú inicia su carrera como periodista. Viaja a Francia, donde vive los sucesos de Mayo del 68, iniciando luego una larga odisea alrededor del mundo, durante la cual su producción literaria se vuelve especialmente intensa. En 1991 se establece nuevamente en Perú. Ha publicado, en poesía: Consejero del lobo (La Habana, 1965), Contra natura (Barcelona, 1971), Poemas reunidos (1986), Memorial de Casa Grande (2005); en novela: Aprendizaje de la limpieza (Barcelona, 1978), Fata Morgana (1995); en teatro: Apocalipsis de una noche de verano (1987); entre otras obras tiene: El sistema astrológico (Barcelona, 1973), Guía de México (París, 1977), Guía del Perú (París, 1986), Guía de Bolivia (París, 1989). jaime quezada | Los Ángeles, Chile, 1942 | Perteneciente a la generación poética chilena de los años setenta, conocida también co­ mo Generación perdida o Generación diezmada. Obra poética: Poemas de las cosas olvidadas (1965), Las palabras del fabulador (1968), Astrolabio (1976), Huerfanías (1985), Solentiname (1987), Adamita (2003), Llamadura (2004). Obra prosística: Quién es quién en las letras chilenas (1976), Por un tiempo de arraigo (1998), Bendita mi lengua sea (2002), El año de la ira (2003), Bolaño antes de Bolaño (2007), Siete presidentes de Chile en la vida de Gabriela Mistral (2009). Desde 1988, año de su creación, es director del taller de poesía de la Fundación Pablo Neruda (Santiago de Chile). floriano martins | Fortaleza, Brasil, 1957 | Poeta, ensayista, traductor, artista plástico y editor. Dirige el Proyecto Editorial Ban­

da Hispánica. Es coordinador en Brasil de la colección Ponte Velha, de autores de lengua portuguesa; de Escrituras Editora (San Pablo), lo mismo que la colección O Começo da Busca, de autores de lenguas española y portuguesa, de Edições Nephelibata (Santa Catarina). Curador de la Bienal Internacional del Libro del Ceará (2008). Profesor invitado de la Universidad de Cincinatti (Ohio, Estados Unidos, 2009). Autor de libros como Fuego en las cartas (poesía, España, 2009), A inocência de pensar (ensayos, Brasil, 2009), La efigie sospechosa (poesía y fotografía, Costa Rica, 2010) y Escritura conquistada (entrevistas, Venezuela, 2010). Contacto: floriano.agulha@gmail.com. madeline millán | Coamo, Puerto Rico | Vive en Nueva York, ha publicado cuatro libros de poesía: Para no morir por segunda vez (2002), De toros y estrellas (2004), Leche/Milk (edición bilingüe, 2008, Premio Nacional de Poesía de Puerto Rico), 365 esquinas (2009, poesía y narrativa) y Noches de Cornelia/Nights of Cornelia (bilingüe, 2009). Fue editora de la revista de cine latinoamericano Entreextremos. Ha publicado en antologías de poesía y cuento de Latinoamérica y Estados Unidos; también en diversas publicaciones cibernéticas y blogs. Coordina lectu­ras bilingües de poesía en Cornelia’s Street Café. Desde 2004 ejerce como profesora en fit/suny. luis bernardo pérez | Ciudad de México, 1962 | Narrador, ensayista y editor. Licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández. Ha publicado seis volúmenes de relatos: Retablo de quimeras (2001), Cuentos para los días de lluvia (2003), Café Brindisi y otros espacios imaginarios (2004), Fin de fiesta y otras cele­ braciones (2008), Sombras en el jardín (2009), El gato de humo y otros felinos extraordinarios (2009).


blanca luz pulido | Estado de México, México, 1956

| Poeta, ensayista y traductora. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México, y la maestría en Literatura Mexicana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Fue miembro del Tercer Programa para la Formación de Traductores de El Colegio de México, y becaria del Sistema Nacional de Creadores de 2001 a 2006. Ha publicado once títulos de poesía, entre los que se encuentran: Raíz de sombras (1988), Estación del alba (1992), Reino del sueño (1996), Los días (2003), Pájaros (2005), Al vuelo (2006) y Libreta de direcciones (Costa Rica, 2010). | Morelia, Michoacán, México, 1957 | Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam). En la Facultad de Filosofía y Letras cursó la maestría en Literatura Mexicana. Sus libros Rescoldos, En cada cicatriz cabe la vida y Robo calificado fueron merecedores de los premios nacionales de poesía Elías Nandino (1987), Enriqueta Ochoa (1998) y Efraín Huerta (2003), respectivamente. En 2002 se le concedió uno de los estímulos del programa Artes por todas Partes, de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Distrito Federal. En 2007 publicó la antología personal Rumor de tiempos. Participó en el libro colectivo Versosonverso. Poetas entrevistan poetas. Ha sido traducida a diversos idiomas y está incluida en numerosas antologías. Es catedrática de la unam desde 1980. Ejerce el periodismo en medios de circulación nacional.

lucía rivadeneyra

Juan manuel roca | Medellín, Colombia, 1946 | Poeta, periodista, ensayista. Coordina, desde hace veinticuatro años, uno de los talleres de poesía que ofrece la Casa Silva. Libros publicados: Memoria del agua (1973), Luna de ciegos (1975), Los ladrones nocturnos (1977), Señal de cuervos (1979), Fabulario real (1980), País secreto (1987), Ciudadano de la noche (1989), Luna de ciegos (antología, 1990), Pavana con el diablo (1990), Lugar de apariciones (2000), Los cinco entierros de Pessoa (2001), Arenga del que sueña (2002), Esa maldita costumbre de morir (novela, 2003), Las hipótesis de Nadie (2005), El ángel sitiado y otros poemas (2006), Cantar de lejanía (antología, 2005), Testamentos (2008) y Biblia de pobres (2009). lasse söderberg | Estocolmo, 1931 | Poeta surrealista, editor y traductor de diversas lenguas, ha vivido en Malmö, donde ha si­do el organizador y director artístico de los Días Internacionales de Poesía. Ha publicado más de veinte libros de poesía, así co­mo otra buena cantidad de traducciones y relatos. Sus más recientes libros de poemas son Stenarna i Jerusalem (2002) y Breven från Artur (2007). Recientemente tradujo al sueco una antología de Gonzalo Rojas; tradujo antes a Federico García Lorca, Jorge Luis Borges y Octavio Paz, entre otros. Entre los premios que ha recibido se encuentra el Bellmanpriset (1996). Es editor de la revista Tärningskast (Golpe de Dados). marta spagnuolo | Buenos Aires, Argentina, 1942 | Profesora de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Autora de libros y artículos de crítica sobre escritores argentinos e iberoamericanos, como Jorge Luis Borges, Antonio di Benedetto, José S. Álvarez (Fray Mocho), Machado de Assis, Felisberto Hernández, etc. Escribe cuentos y poesía. Ha traducido a autores brasileños, entre otros, a Lêdo Ivo y a Floriano Martins, para varias editoriales hispanoamericanas. Contacto: martaspag@hotmail.com.

| Ciudad de México, 1957 | Doctora en letras y profesora universitaria; ha sido tutora de la Fundación para las Letras Mexicanas. Becaria del Sistema Nacional de Creadores en varias ocasiones. En 2005 recibió el premio José Revueltas de ensayo literario por el texto El retrato de Jorge Cuesta, publicado por Siglo XXI Editores. Su último libro de narrativa es La noche viuda (2004). Ha publicado varios libros de poesía: La sibila de Cumas (1974), Litoral de tinta (1979), El inicio (1983), Los caminos (1989), Arcanos (1996), Oro del viento (2003, Premio de Poesía Pellicer). Escribió también Sudáfrica. Diario de un viaje (crónica sobre la vida cotidiana en el apartheid, 1988).

verónica volkow

alejandro zenker | Ciudad de México,

1955 | Director general de Solar, Servicios Editoriales y Ediciones del Ermitaño, director del Instituto del Libro y la Lectura (illac), coordinador de la Red Internacional de Editores y Proyectos Alternativos (riepa) y de la Red Independiente de Proyectos Alternativos y Culturales (ripac). Es director de la colección Minimalia y de la revista Quehacer Editorial. Ha publicado numerosos artículos sobre traducción y quehacer editorial e impartido conferencias en el ámbito nacional e internacional. En el terreno artístico se ha desempeñado como fotógrafo y ha participado en numerosas exposiciones colectivas e individuales. Su proyecto medular se titula La escritura y el deseo; en ese contexto ha retratado a infinidad de escritores y artistas, entre otros a Alberto Ruy Sánchez, Alí Chumacero, Andrés de Luna, David Martín del Campo, Francisco Hernández, Gustavo Sainz, Hernán Lara Zavala, Hugo Gutiérrez Vega, Jorge Valdés, José Agustín, José de la Colina, José Ángel Leyva, Juan Gar­cía Ponce, Rafael Ramírez Heredia, Karla Sandomingo, Baudelio Lara. Sus fotos ilustran más de veinte libros en el marco de la colección Minimalia Erótica de Ediciones del Ermitaño, en los que alternan con el texto de reconocidos escritores. Ha explorado el desnudo artístico y el erotismo a lo largo de un ejercicio continuo que ha llamado “Morfosintaxis del desnudo”. Es fundador y coordinador general de la agrupación artística ave, con más de 300 miembros.

colaboradores




eclipses

lasse söderberg

Tumba de Darwish Me reconozco en el Otro sin llegar a ser su semejante: forastero con pies fuertes por haber andado tanto, las manos llenas de ceniza, los labios quemados por los lamentos. Y pregunto ¿el otro se reconoce en mí? La debilidad de una de las partes en fuerza se convierte. La fuerza del otro, inequívoca debilidad. Dentro de la piedra presiento una semilla. Crece lentamente. Es pues ¿fuerte o débil? El lugar más remoto amasado con tiempo y fe es siempre el lugar del otro, promesa transformada en piedra, el propio lugar que el otro, fortalecido por el desastre, ha hecho suyo. Israel es una idea basada en la humillación.


La Otra No. 9