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fotografía

javier hinojosa info@javierhinojosa.com

© javier hinojosa | hierve el agua, oaxaca | piezografía, 100

3 90 cm, 2004


director general

José Ángel Leyva directora editorial

María Luisa Martínez Passarge editor

Universidad Autónoma de Sinaloa rector

Dr. Víctor Antonio Corrales Burgueño secretario general

Dr. José Alfredo Leal Orduño

Alfredo Fressia consejo editorial

Jorge Bustamante | Marco Antonio Campos | Sandro Cohen | Elsa Cross | Evodio Escalante | Jor­ ge Esquinca | Juan Gelman | Hugo Gu­tié­rrez Vega | Eduardo Hurtado | Eduardo Langagne | Her­nán Lavín Cerda | Carlos Maciel | Pa­blo Molinet | Carlos Montemayor | José Emilio Pa­ che­co | Vicente Quirarte consejo nacional aguascalientes Claudia Santa-Ana | chihuahua Jorge Humberto Chávez | distrito federal Ma­

ría Baranda, Víctor Cabrera, Antonio Deltoro, Miguel Ángel Flores, Grissel Gómez Estrada, Samuel Gordon, Eduardo Mosches, Lucía Rivadeneyra | jalisco Jorge Souza | michoa­cán Gas­ par Aguilera | morelos Javier Sicilia | nuevo león Armando Alanís Pulido, Margarito Cuéllar | puebla Ludmila Biriukova | sinaloa Elmer Mendoza, Juan José Rodríguez, Elizabeth Moreno Rojas | sonora Juan Manz | veracruz Silvia Tomasa Rivera | zacatecas José de Jesús Sampedro consejo internacional argentina Rodolfo Alonso, Jorge Boccanera, Cecilia Romana | australia John Kinsella | bél­gica Stefaan van den Bremt | bolivia Eduardo Mitre, Mónica Velásquez | brasil Lêdo Ivo, Floriano Martins, Ana Rüsche | chile José María Memet, Jaime Quezada, Manuel Silva | co­lombia

año i | núm. 4 | julio-septiembre 2009 portada y portafolio fotográfico

Javier Hinojosa Portada: Árbol, Milpa Alta, Ciudad de México | Piezografía, 110 x 90 cm | 2003 dossier artes plásticas

Manel Pujol

Rafael del Castillo, Pedro Alejo Gómez, Santiago Mutis, Amparo Oso­rio, Juan Manuel Roca | costa rica Alfonso Peña | ecuador Jorge Enrique Adoum†, Edwin Madrid | el salvador André Cruchaga | españa Rodolfo Häsler, Luis García Montero, Uberto Stabile, Jordi Virallonga | estados unidos Margaret Randall, Víctor Rodríguez Núñez | francia Stéphane Chaumet, Eduar­ do García Aguilar | grecia Guadalupe Flores | islas canarias Juan Carlos de Sancho | italia Martha Canfield, Emilio Coco | paraguay Jacobo Rauskin | perú An­tonio Cisneros, Hilde­bran­ do Pérez Grande, Renato Sandoval | polonia Krystyna Rodowska | portugal Rosa Alice Branco, Nuno Júdice | quebec Claude Beausoleil, Bernard Pozier | república dominicana Soledad Ál­ varez, Alexis Gómez Rosa | rusia Andrei Kofman | uruguay Luis Bravo, Gerardo Ciancio | ve­ nezuela María Antonieta Flores consejo de arte

Octavio Bajonero | Pascual Borzelli | Guillermo Ceniceros | Rogelio Cuéllar | Felipe Ehren­ berg | Germaine Gómez-Haro | Es­ther González | Graciela Kartofel | Samuel Vázquez

diseño y formación

La Cabra Ediciones, S.A. de C.V. relaciones públicas

Araceli Pérez Montiel impresión

Exima, S.A. de C.V. | Panteón 209, bodega 3, Los Reyes Coyoacán, Coyoacán, 04330, México, D.F. 1 000 ejemplares página web

www.laotrarevista.com Reyes Sánchez Villaseñor [mexking@prodigy.net.mx] issn 1305 5143

La Otra es una publicación trimestral de La Cabra Ediciones, S.A. de C.V., en coedición con la Universidad de Sinaloa | issn 1305-5143 | Número de Certi­fi­cado de Re­ser­­va otorgado por el Instituto Nacional de Derecho de Autor: 04-2009-022514215700-102 | Número de Certificado de Licitud de Contenido: en trámite | Domicilio: Callejón del Atrio núm. 8-1 bis, casa 3, Cuadrante de San Francisco, Coyoacán, 04320, México, D.F. | Teléfono: (55) 5554 3968 | [www.laotrarevista.com] [otragaceta@gmail.com] [lacabraediciones1@gmail.com]


Dice Fernando Savater que el fin último de la cultura es la lucha contra el aburrimiento, la invención de tiempos y espacios para el ocio donde tienen lugar la creación y el pensa­ miento, la imaginación y el saber. La lectura, sea cual fuese su soporte, sería entonces el eje de ro­tación de tal estadio. En ese combate contra el hastío, el hartazgo, la frustración y la ignorancia, las universidades desempeñan un papel protagónico, porque es allí don­de se gestan las ideas, donde brotan la ciencia y la técnica, donde la crítica enciende la lla­ ma de la razón y las artes se revuelven contra sí mismas para hallar nuevos cami­nos. En México la universidad pública ha representado la esperanza de millones de individuos imposibilitados para formarse intelectualmente en ámbitos privados. La universidad nos ha salvado no sólo del aburrimiento, sino también del aburramiento, la violencia, la destrucción, la intolerancia y el olvido. No obstante que la muerte se enseñorea en di­versos puntos de la geografía nacional y los viejos vicios dominan el quehacer de la política, la educación y la cultura cierran filas para reconocernos no sólo como país, sino como sociedad heredera de tradiciones y memorias que nos dan coraje suficiente para emprender acciones que nos vacunen contra la epidemia de la depredación y la es­ tulticia. Defender la universidad pública es defender un derecho al futuro, un derecho a pensar y a ser en una geografía poblada de malos presagios sin ver lo que nos conforma, lo que nos dignifica, una historia y un herencia cultural como pocas, un catálogo de hombres y mujeres pensantes y actuantes. La Universidad Autónoma de Sinaloa ha elegido a su nuevo rector, el doctor Antonio Co­ rrales Burgueño, para darle continuidad a un proyecto de transformación académica y de integración con la sociedad sinaloense, además de buscar salidas que la desmarquen de un contexto donde la delincuencia y la barbarie han pretendido fungir como signo de una cultura. Estamos seguros que el doctor Corrales Burgueño abrirá nuevas opciones pa­ ra los universitarios y para la población sinaloense. Le damos la bienvenida y nuestro hondo agradecimiento por permitir que La Otra continúe su alianza universitaria para explorar nuevas vertientes que nos permitan mirarnos desde fuera, valorarnos en esa perspectiva que nos da lo local, lo individual, lo nuestro, que se hace y se comparte con lo otro, con lo que buscamos y nos busca desde fuera. Extrañarnos es entrañarnos. La Otra vuelve con sus Poetas en Babel, con sus artistas visuales y plásticos, con sus otras escrituras, con sus gastronomías sobre una mesa parlante. Buen apetito.


Š javier hinojosa | lago onelli, patagonia, argentina | giclÊe, 50

3 34 cm,2004


índice fotografía | javier hinojosa alfonso morales carrillo

| El ojo y la brizna. La fotografía de Javier Hinojosa | 6

poetas en babel

| Emilio Coco | 18 | El don de la noche | 20 geo bogza | Poemas | 23 timo berger | Poemas | 27 salah al hamdani | Poemas | 30 dirceu villa | Poesía joven de Brasil. Sofisticado & sabroso, el aperitivo | 35 vincenzo ananía emilio coco

Alexandre Barbosa de Souza, 37 | Eduardo Sterzi, 38 | Angélica Freitas, 39 | Fabiano Calixto, 40 | Flávia Rocha, 41 | Paulo Ferraz, 42 | Rodrigo Petronio, 43 | Ricardo Domeneck, 44 | Fabio Aristimunho Vargas, 45 | Ana Rüsche, 46 | Fabiana Faleiros, 47 | Mariano Marovatto, 48 | alfredo fressia un hombre de palabras

| El barro del Edén. Sobre la poesía de Alfredo Fressia | 49 | Constelación del ángel | 51 dirceu villa | Poesía intimista en voz alta. Sobre la poesía de Alfredo Fressia | 56 alfredo fressia | Poemas | 59 rodrigo petronio josé ángel leyva

artes plásticas | manel pujol baladas fernando gálvez de aguinaga

| De lo sonoro nace la imagen. Manel Pujol Baladas | 65

miscelánea

| Mario Benedetti: ser latinoamericano hoy | 73 | Entrevista con Miguel Ángel Chávez Díaz de León | 75 miguel ángel chávez díaz de león | Cuatro poemas | 82 Santiago Espinosa | Seis poemas | 84 luis paniagua | (Algunas) Cartas para Eleme | 87 gilberto lastra guerrero | Tres poemas | 89 maría cruz | Cuatro poemas | 92 j. j. junieles | Cinco poemas | 95 juan bonilla | Tres poemas | 98 guadalupe galván | Tres poemas | 102 martha canfield

antonio moreno montero

la cocina del artista | enrique hernández-d’jesús josé ángel leyva

| El imperio de las viandas. Conversación con Enrique Hernández-D’Jesús | 104 | Cordero donde aparece una sola Venus | 111

enrique hernández-d’jesús otras letras guillermo samperio

| Dos cuentos | 113

lengua de sastre carina blixen

| Las lenguas de diamante. Las muchas vidas de Juana de Ibarborou | 117 | Entre El Sexto y El apando. Los presidios de José María Arguedas y José Revueltas | 121

jorge fuentes morúa colaboradores

| 133

eclipses ferreira gullar

| Traducirse | 136


fotografía

el ojo y la brizna

© marcela hinojosa, 2009

alfonso morales carrillo

la fotografía de javier hinojosa

U

n largo rodeo hizo Javier Hinojosa (Ciudad de México, 1957) para llegar al reino de la ceiba. La abstracción geométrica y figurativa, la experimenta­ ción alquímica y el retrato son algunas de las vertien­ tes que este discreto y generoso maestro de la fotografía me­xi­cana ha desarrollado a lo largo de su obra. Duran­ te el úl­timo lustro, las encomiendas profesionales y su pro­pia curiosidad le han convertido en el más refinado cronis­ta visual de un mundo apa­rentemente desapa­ recido y, sin embargo, ubicuo, de cuyo esplendor dan testimonio sus propias ruinas: el orbe indiano que hoy llamamos Mesoamérica. De su frecuente trato con los vestigios milenarios, Hinojosa ha extraído no sólo lecciones estilísticas o ins­piraciones temáticas sino, principalmente, elemen­ tos para conformar su per­sonal ética de la contempla­ ción. Las expediciones en pos de templos, estelas y glifos del Mé­xi­co antiguo fueron, asimismo, el inicio de un viaje aún más profundo en la espiral del tiempo. La sel­va Lacandona enseñó al fotógrafo que hay una his­ toria más vasta que la contada por las civilizaciones y sus monumentos. Su más reciente serie de paisajes

—impresiones resultantes de la afortunada combina­ ción de viejas y nuevas técnicas fotográficas— expresa el ánimo ele­giaco de una mirada que ha redescubierto las armonías de lo primigenio: la música que va del aire a las ramas y de éstas a sus acuáticos reflejos. J. W. von Goethe afirmaba que a la naturaleza siem­ pre le asiste la razón y que son los hom­bres quienes se equivocan, sobre todo si creen ser superiores o ajenos a aquélla. “La persona incapaz de apreciarla la desde­ ña y ella sólo se entrega al acertado, al puro, al autén­ tico”, escribió el autor de Fausto. Javier Hinojosa, por cuyo afán de autenticidad y pureza hablan sus foto­ gra­fías, ha entendido que el paisaje es mu­cho más que un género, sin duda fatigado por los falsos lirismos. Los re­tratos de la naturaleza, cuando son sen­sibles al rumor de la brizna, revelan los prodigios que ya no sa­ bemos ver. Javier Hinojosa nos recuerda con sus paisajes, im­ buidos de un aliento de haikai, que el mundo empe­zó mucho antes que nosotros y que, sin su diaria resu­ rrección, nuestra sobrevivencia no será posible. v

La Otra | julio-septiembre 2009


© javier hinojosa | iztaccíhuatl, estado de méxico | giclée, 50

3 38 cm, 2004


© javier hinojosa | Árbol y gaviotas, zihuatanejo, guerrero, méxico | , giclée, 50

3 25 cm, 2003


© javier hinojosa | río lacantún, chiapas, méxico | reprografía, 87

3 250 cm, 2003

© javier hinojosa | selva lacandona, chiapas, méxico | piezografía, 87

3 252 cm, 2003

© javier hinojosa | horizonte, xochimilco, ciudad de méxico | piezografía, 87



3 251 cm, 2003

La Otra | julio-septiembre 2009


© javier hinojosa | rama, cuatrociénegas, coahuila, méxico | piezografía, 110

3 60 cm, 2002


© javier hinojosa | témpano, patagonia, argentina | giclée, 50

3 33 cm, 2004

p. 12 | © javier hinojosa | sal, las coloradas, yucatán | piezografía, 87

fotografía | javier hinojosa

3 125 cm, 2003




© javier hinojosa | cuitzeo, michoacán | piezografía, 110



3 90 cm, 2003

La Otra | julio-septiembre 2009


© javier hinojosa | aves, celestún, yucatán | piezografía, 110

fotografía | javier hinojosa

3 90 cm, 2003




© javier hinojosa | zona del silencio, coahuila | piezografía, 60



3 120 cm, 2007

La Otra | julio-septiembre 2009


fotografía | javier hinojosa




poetas en babel

vincenzo ananía

emilio coco | San Marco in Lamis, Italia, 1940 | Traducción del italiano | Marco Antonio Campos

I

l donno della note (El don de la noche), de Emilio Coco (Passigli Editore, Firenze, 2009) es el diario, en forma poética, de la fulminan­te enfermedad y de la agonía y muerte de Miche­le Coco, hermano mayor de Emilio, quien hasta el últi­mo momento lo asistió. Es­ta muer­te dramática se vuelve aún más grave por el gran valor humano del desapa­re­cido. Pero es una pérdida —me atrevería a decir— un poco atenuada por ser el origen de este espléndido libro. Una nueva forma de vi­da en la cual la figura de Michele sur­ge de nuevo en una evocación de alto valor esté­ti­co y destinada a per­ durar. Es un canto de reconocimiento, de amor y de aguda nostalgia con acentos de intensidad inusual, co­mo cuando el poeta se dirige a Michele —“ado­ rado como un dios”— como un “adolescente ena­ morado”. El retrato que resulta es el de una persona fuera de serie, en su huma­nísima y abi­ga­rrada comple­ jidad, comenzando por el aspecto físico: un “portento­ so dios con el cabello / on­dulado y brillan­te”, con una “contextura de gigante” y con la bar­ba que le “confe­ ría / un aire de grandeza y distinción”, que le llevaba a ser “cortejado por todas las muchachas”, gra­cias tam­



bién a su aplicación “en aprender técnicas secretas / sobre cómo tener éxito con las chicas” (“De niño te adoraba como a un dios…”). Interés por la belleza femenina, que no lo abandona ni siquiera cuan­do se halla en el hospital, donde en su cuarto sigue “con ojos refulgentes” a una guapa enfermera vein­tea­ñera (“Llegar al veintidós es un enredo…”). Y este hombre poderoso y seductor, que no es extraño a uno de los mayores placeres de la vida común, es también y so­ bre todo un intelectual finísimo, poeta de alto nivel y óptimo traductor, en especial —pero no sólo— de poetas de la antigüedad griega y latina, entre ellos Catulo, en cuyo coloquio constante con el profesor Michele Coco, Emilio se expande, con un to­no entre irónico y tierno, en el poema “Qué harán tus libros en el estudio”, en el cual describe el lugar donde el her­ mano trabajaba. Es una evocación “perceptible”: se ve a Michele, consagrado con serenidad, ya al cuida­do de miles de libros —tal vez veinte mil— “en brillan­tes es­ tantes alineados”, que registraba en un cuaderno con su “hermosa y nítida grafía”, ya a la traducción de los clásicos latinos. Ante todo Catulo —ya se dijo—, La Otra | julio-septiembre 2009


colocado en la última repisa “enfrente de la mesa”, pa­ra el que “bastaba levantar” la cara y asegurarse de su “presencia tranquilizadora”. El texto concluye con dos tiernísimos versos: “Os contemplábais con los ojos lán­guidos / de dos enamorados incurables.” Es para subrayar la difusa presencia de la vida en más puntos del poema, en relación dialéctica con la muerte inminente, ya, como se ha visto, en las referen­ cias a la existencia de Michele, para contrabalancear, aun mínimamente, la gran tristeza que Emilio siente al seguir la disgregación de aquella persona magnífi­ ca, pero también la vida que sigue su curso, allí en los hospitales. En su desesperada lucha, Emilio, querien­ do contrastar al menos la inminencia de la muerte, re­ curre casi a diario, con la esperanza de un milagro, a invocaciones dirigidas a las iconos de la Virgen, de San Pío o de otros santos, hasta la obviamente irracio­nal pe­ro muy conmovedora resistencia “corpórea” del mis­ mo Emilio con otros cuatro parientes, apretados en torno al lecho del moribundo, en vigilia, “con los ojos abiertos”, para impedirle a la muerte su paso, forman­do “un dique, una barrera”,“un altísimo muro inexpugna­ ble / de prisión o castillo medieval” (“No le demos es­ pacio. Nos cerramos…”). Muerte que Emilio parece querer propiciarse —para inducirla a desistir o, de otra manera, a ser “dulce”— en dos bellísimos textos que le dedica. En “No dejes que te hechice con su rostro…” pone en guardia a Michele de las lisonjas y astucias de la muerte para transbordarlo más allá de la Estigia. La describe como una jovencita “agua y jabón”, quien, al contarle historias prodigiosas y de Alceo, que lo espe­ ra para brindar con “el gran poeta y fino traductor”, le ofrece un vaso de “vino soporoso” para adormecerlo.

poetas en babel

En “Así tendría que llegar la muerte…”, Emilio, con to­ nos de abandono adolescente, sueña con una muerteamante que “acoja en su seno” los labios de Miche­le, para luego cerrarle los ojos como: “aquella madre los de su niño / que en quedarse despierto se empecina / en plena noche y contra su pecho / lo aprieta suave­ mente, con su mano / rozándole los párpados, lo po­ ne / en la cuna, se encanta en contemplarlo”: versos de alta gracia y profundamente atrayentes. Y bajo la capa de la muerte, que parece asumir el papel de guardián protector, el poeta enlista numerosos parientes, des­de un abuelo a los padres y las tías, reunidos en la capi­lla familiar (“Dejadme ya con ellos, con mis muertos…”). Este desconsolado poema de amor y de añoranza concluye con un texto de embeleso cuya forma e imá­ genes son genuinamente clásicas. Es la visión de un paraje de mar y de sol perenne, en el que Michele y Emilio se vuelven a encontrar para quedar allí, eter­ namente jóvenes, junto a los poetas que amaron tan­ to, y con ellos cantar los propios versos, acompañados del susurro de las frondas que son “cítaras movidas por la brisa / que aturde y acaricia los sentidos”: líri­ ca de extraordinaria intensidad estética y emotiva. No puede uno sino quedar fascinado ante esta poe­ sía poderosa y límpida, sin fingimientos ni excesos retóricos, de una claridad bastante rara sobre todo en la poesía contemporánea, y que se desarrolla en el hilo de una musicalidad fina, expresada en perfectos ende­ casílabos, a cuyos secretos fue iniciado Emilio por su hermano, como evoca con inmensa gratitud en “Sé que ya no será como era antes…”. De todo eso, en es­te lec­ tor, quedará la “frescura dulce y perfumada” anhe­ la­da por Emilio en su poema final. v




emilio coco

el don de la noche Traducción del italiano | Emilio Coco

A mi hermano Michele, poeta y traductor de poetas latinos y griegos, muerto el 23 de agosto de 2008, a las 21:45 horas, de cáncer de cerebro.

Lasciatemi con loro, coi miei morti. Con zia Franca e il suo timido sorriso nella cornice ovale d’oro finto che si mortifica se a volte manco alla consueta visita del sabato. Le sta sotto zia Gina che è arrivata a gennaio di quest’anno a mio dispetto, senza avvisarmi se n’è andata via nel giorno del battesimo di Alessio. Non mi doveva fare questo torto, l’ho pianta a Murcia chiuso nella stanza mentre gli altri mangiavano paella nel salotto, brindando con champagne. Più in alto ancora stanno mamma e babbo, lui in trench, spavaldo e con la folta chioma, lei con la veste nera e il volto scarno. E infine confinando col soffitto, tutti riuniti nello stesso loculo la madre e due fratelli delle zie, nonno Michele che passava il tempo leggendo la Gazzetta e masticando le caramelle menta che compravo al caffè di via Roma, col giornale. T’abbiamo riservato il miglior posto, al centro, in bella vista, sull’altare. Manca solo la lapide e la foto. 

Dejadme ya con ellos, con mis muertos. Con tía Franca y su tímida sonrisa dentro del marco oval de oro falso, que se angustia si a veces no acudo a la cita habitual de cada sábado. Debajo está tía Gina que ha llegado en enero de este año a mi despecho, sin avisarme se marchó en el día del bautismo de Alessio. No debías hacerme esta injusticia. Te he llorado encerrado en mi cuarto en Espinardo mientras comían paella con mariscos y brindaban con cava catalán. Un poco más arriba están mis padres, él con trinchera y el cabello espeso, ella con traje negro, demacrada. Finalmente, lindando con el techo, reunidos todos en el mismo nicho, la madre y dos hermanos de las tías, el abuelo Michele que leía, para pasar el tiempo, la Gaceta mascando caramelos que compraba con el diario en el bar de calle Roma. Te hemos destinado el mejor sitio, a la vista de todos, en el centro. Faltan sólo la lápida y la foto. La Otra | julio-septiembre 2009


Sé que ya no será como era antes. Te doy las gracias, aunque con retraso, por haberme explicado que en poesía sólo es cuestión de música y de ritmo. Me lo dijiste cuando te enseñé la traducción de mi primer poeta, Francisco Bejarano. Me iniciaste en los secretos del endecasílabo, tu metro favorito. Me ayudaste a escribir en mi lengua aquellos versos con los que comenzó mi vida insana: Col mare se ne vanno i desideri. È la terra quel mondo dove mai le barche misteriose approderanno che ho viste nel crepuscolo passare. Con extrema paciencia corregías mis versos insonoros, algo cojos mientras me atormentaba todo el día contando con los dedos los acentos a la búsqueda exacta de la rima. Sé que ya no será como era antes.

poetas en babel

Tus amigos me dan la mano y dicen: Te expreso mi sincera condolencia. Estaba con mis hijos en la playa, y lo he sabido sólo el otro día, acabado el entierro, pues lo siento. Mis amigos me abrazan compungidos: En la playa no me ha avisado nadie. Lo he sabido leyendo las esquelas. Créeme, por favor, lo siento mucho, anímate, no puedes hacer nada. Con la cabeza gacha y paso rápido, tomo las calles menos frecuentadas. Soy un gran egoísta. No deseo compartir con los otros mi dolor.




¿Y tus libros qué harán en el estudio? Es así que llamabas el garaje de unos sesenta metros que compraste para hospedarlos todos a la vista en brillantes estantes alineados en las paredes hasta el cielorraso. Sentado tras la mesa, con cuidado los ibas anotando en un cuaderno con tu hermosa y nítida grafía, tardaré mucho tiempo, tengo tantos, nunca los he contado. ¿Veinte mil? Creo que aún más. Si vienes a ayudarme dentro de un mes los ficharemos todos. ¿Advertirá la falta alguno de ellos de una caricia leve por su lomo? ¿Te llorarán los clásicos latinos, tu querido Catulo, sobre todo? Lo habías puesto en la última repisa, enfrente de la mesa. Te bastaba levantar la cabeza, asegurarte de su presencia tranquilizadora. Os contemplábais con los ojos lánguidos de dos enamorados incurables.



Volveremos a vernos en un país donde el sol resplandece todo el día sin que llegue a quemar porque las olas nos envuelven dejando en nuestro cuerpo una frescura dulce y perfumada. Y seremos eternamente jóvenes, formaremos un corro con poetas que amamos tanto y esperan impacientes nuestra llegada para cantar juntos sus versos y los nuestros, cortejados por el son de los árboles. Sus hojas son cítaras movidas por la brisa que aturde y acaricia los sentidos. Nos meteremos luego por un bosque, lejos del estruendo de la gloria que un día perseguimos en la tierra. Recordando, cogidos de la mano, bobadas de otros tiempos, nos reiremos de tanto esfuerzo para distinguirnos de la anónima turba cagatintas.

La Otra | julio-septiembre 2009


poetas en babel

geo bogza | Rumania, 1908-1993 | Traducción del rumano | Omar Lara

Amintiri din Polonia

Recuerdos de Polonia

[fragmente]

[fragmentos]

i La Varsovia, o fata˘ vorbea a¸sa: Daca˘ vrei sa˘ ma˘ mîngîi, nu m-a¸s împotrivi Daca˘ vrei sa˘ ma˘ sa˘ru¸ti, t¸i-a¸s da voie Ti-a¸ ¸ s da voie sa˘-mi dezgole¸sti sînul. Dar sa˘ s¸ tii ca˘ pe tata l-au împu¸scat nem¸tii Iar pe un frate al meu l-au ars în cuptoare.

i En Varsovia, una muchacha hablaba así: si quieres acariciarme, yo no me opondría si quieres besarme, te lo permitiría te permitiría que me desnudes los senos. Pero debes saber que a papá lo fusilaron los alemanes y a un hermano mío lo quemaron en los hornos.

Daca˘ vrei sa˘ ma˘ mîngîi, nu m-a¸s împotrivi, Dar sa˘ s¸ tii ca˘ mor¸tii ace¸stia urla˘ în mine S¸ i eu toata˘, toata˘ sînt de cenu¸sa˘. Sa˘ruta˘-ma˘, dar sa˘ nu-¸ti par amara˘.

Si quieres acariciarme, yo no me opondría pero debes saber que todos estos muertos aúllan en mí y yo toda, toda soy de cenizas. Bésame, pero que no te sepa amarga.

ii La Cracovia o fata˘ vorbea a¸sa: Daca˘ vrei po¸ti sa˘-mi cuprinzi umerii Daca˘ vrei po¸ti sa˘-mi mîngîi sînii Dar sa˘ nu-mi cumperi niciodata˘ ma˘rgele. Aveam treisprezece ani cînd nem¸tii Au spînzurat-o pe mama, în strada˘, de un copac.

ii En Cracovia, una muchacha hablaba así: si quieres puedes abrazarme si quieres puedes acariciarme los senos pero no me compres nunca abalorios. Tenía trece años cuando los alemanes ahorcaron a mamá, en la calle, de un árbol.

Daca˘ vrei putem trece Vistula înot Dar sa˘ nu-mi spui ca˘ am gîtul alb s¸ i frumos S¸ i sa˘ nu-mi cumperi niciodata˘ ma˘rgele.

Si quieres podemos atravesar nadando el Vístula pero no me digas que tengo el cuello blanco y bello y no me compres nunca abalorios.

poetas en babel




Recuerdo de una muchacha Recuerdo una muchacha andaba con los pies descalzos por el polvo en la falda de los Montes Fagaras.

Los cuatro nos sentamos en la tierra el hombre y la mujer me instaban a comer y la muchacha me tendía el cántaro con agua.

Era un día cálido de verano yo pasaba vagando por allí hambriento y sediento. Ella tenía un cántaro en la mano y me dio de beber.

Tenía los pies pequeños y rasguñados y me tendía sonriendo el cántaro con agua. Y como estábamos todos sentados en la tierra parecíamos un cuadro representando la bondad.

En la falda de los Montes Fagaras me miraba con ojos azules, tranquilos y tenía las piernas rasguñadas.

Me acuerdo de ti, querida muchacha, te recuerdo a ti, Bondad. Debes saber que no he olvidado nunca tus piernas rasguñadas y tus ojos azules, tranquilos.

Me llevó donde sus padres a la orilla de un maizal.

Ioana María V Ioana María, hay mañanas turbias cuando parece que algo malo ha ocurrido en la tierra, nubes cansadas y sucias cubren el cielo y los pájaros pasan húmedos por el aire. Una mañana como éstas, Ioana María, después que la noche había sido desgarrada por los relámpagos y yo por garras interiores, afiladas e implacables, nos enteramos de la muerte de nuestro amigo el aviador, errábamos taciturnos por las calles vacías, envueltos en nuestros impermeables y por primera vez amigos. 

La Otra | julio-septiembre 2009


Yo y la palmera He cruzado ríos, por largos puentes metálicos, siempre hacia el mediodía. He atravesado cordilleras, por negros, hambrientos túneles, siempre hacia el mediodía. Tres días y tres noches bajé hacia el mediodía, hasta llegar al puerto, en Málaga. Allí me he fotografiado bajo las ramas de una vieja palmera y partí de regreso. He cruzado ríos, por largos puentes metálicos, siempre hacia el norte. He atravesado cordilleras, por negros, hambrientos túneles, siempre hacia el norte. Tres días y tres noches he subido hacia el norte, siempre mirando la fotografía, como a un pacto solemne entre mí y el patético mundo español que empezando allí —no termina sino más allá del océano, en la Tierra del Fuego. Tres días y tres noches la he mirado, planeando regresar lo más pronto posible y seguir más allá, hasta la Tierra del Fuego. En Barcelona he comprado un diccionario español y la puse entre sus páginas. Volví a encontrarla hoy, después de veinte años, un joven lleno de nebulosos sueños y una vieja palmera, en el puerto de Málaga. poetas en babel




Duración i Cuando torres, ciudadelas, estatuas, catedrales, pirámides, sean roídas por los dientes de fierro del tiempo, cuando los montes mismos sean convertidos en arena por el paso de muchos miles de milenios, cuando en ninguna parte haya nada de todo lo que hoy se alza bajo el sol, los hombres podrán aún subir los peldaños de un templo con grandes columnas de mármol y granito, escuchando a Johann Sebastian Bach.

ii Cuando nadie sepa ninguna de las lenguas que hoy se hablan en la Tierra, cuando los hombres se comuniquen entre ellos según fórmulas matemáticas, cuando la historia del mundo pueda ser contenida en siete sílabas, los hombres de esa era aún aprenderán diecisiete mil palabras perdidas por amor a Shakespeare.

Crónica ¡Qué bellos somos! — decía. ¡Qué bellos somos! — decías. Y tú tocabas mi corazón como una lira. Y yo tocaba tu cabellera como un arpa. ¡Qué locos somos! — decía. ¡Qué locos somos! — repetías. Y éramos, en la historia del mundo, un trote de caballos. 

La Otra | julio-septiembre 2009


poetas en babel

timo berger | Stuttgart, Alemania, 1974 | Traducción del alemán | Timo Berger Revisión | Víctor Rodríguez Núñez

Überfall auf die Fantasie eines Heimgekehrten

Asalto al imaginario del repatriado

Etwas verkohlt im Ofen, Gestank von verbranntem Eiweiß füllt den Raum weil keiner der auf dem Boden Liegenden die Hände über den Köpfen, Geldbeutel und Mobiltelefone zur Seite, schnell

Algo se quema en el horno del local, el aire se llena con olor a proteína carbonizada, porque ninguno de los que están en el suelo, manos a la cabeza, portamonedas y teléfonos móviles a un lado, rápido, puede mover la paleta de madera, las pizzas. Mientras el dueño defiende a muerte la caja, se registran disparos. A uno de los clientes, que dejó en casa un dvd prendido para atender las necesidades alimentarias de sus invitados, le salpica sangre sobre su vestimenta y una porción de pánico se filtra. Una tarjeta de crédito se puede bloquear, pero su camiseta es un ejemplar único, firmada por los jugadores del Barça y prueba del éxito en el extranjero de un repatriado; ahora maldice su vuelta de las Europas, el recuperado hijo del barrio que, esta noche, sin embargo, se va a retrasar.

Den Holzschieber bedienen kann der Pizzabäcker verteidigt die Kasse es kracht. Einem der Kunden, der Zuhause eine dvd unterbrochen hat um den Hunger seiner Gäste zu stillen spritzt Blut auf die Kleidung und Angst macht Flecken. Eine Karte Läßt sich sperren, doch sein Trikot ist ein Unikat, signiert von den Spielern von Barça und Beweis für den Erfolg in der Fremde eines unerwartet Heimgekehrten, einer, der sich heute dennoch verspätet poetas en babel

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Cordón umbilical

Arte en las orillas Los afiches de publicidad pintados a mano, resultan la única exhibición de arte moderno que llega hasta acá: formatos enormes, técnica mixta, autoría colectiva o anónima, montados sobre los techos de los edificios o invadiendo el espacio público desde el margen de la calle. Colectivos (compañeros de ruta) que circulan en 700 líneas arrastrándose semáforo a semáforo por congestionamientos de tránsito, vehículos con todos los colores del espectro solar, esculturas pop-art de los suburbios, sólo más sucias y abolladas que aquellas que esperan con impaciencia, bajo los ojos de cámaras y custodios en museos, a un público que quiere ponerse al corriente.

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La madre por una línea alquilada permanece cableada con su hijo, recetas, indicaciones para la limpieza de los muebles y platos, la lavarropas que falta en el baño, la ignorancia de cuál planta colocar en plena luz y cuál en semisombra… A veces también visitas conjuntas a la autoridad competente o consejos de cómo llevar una vida en general, historias sobre cómo todo había sido una vez… Una mudanza de varón no es un asunto que se desarrolla de un día para el otro, menos aún, cuando ninguna mujer en primer plano sirve a la vieja ágil un agua a temperatura ambiente y sin gas, por favor, y se van a entregar sin pedido, de ahora en adelante, milanesas como sábanas.

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Cuidado del paisaje Los participantes del congreso de esperanto en Potsdam azotan al cafetero con su giros propagandísticos, chocolate-flavor en vez de leche achocolatada; en este tiempo no se les entiende nada porque su idioma jamás se impuso sobre el canturreo de los pájaros, menos por el parque de las plantas vivaces —arriba se marchitan hojas traducidas, abajo el bulbo transgénico unas raíces simbióticas de hongos y bacterias; más allá de los jardines rige el inglés básico en miles de vocablos, exceptuando cifras y marcas, la gramática de un encuentro simplificado: en una carnicería de Budapest, por ejemplo, un hombre garabatea con el dedo un “1” y dos “0” (de un sistema de valores decimales) en el aire como las velas para año nuevo, la mujer aludida con sus nuevas emotions sacadas del messenger blande al mismo ritmo un sable de salamín, filoso, envolviendo la única palabra compartida en papel más tarde, casi a la mañana, echa agua sobre la cara de él, de un vaso puesto en el nochero, y luego de la revelación de las instantáneas del vodka, ambos perciben que la vida es más que un chat, que la química funcionaba ya antes de cambiar las cartas.

Pérdida de tecnología Ella lleva sus poemas en el memorystick descuartiza metáforas en mega pixeles y comprime las canciones en la memoria. Ella instaló un filtro spam para que un emisario conocido deje de intrometerse en sus versos: móvil y online, desde ayer en un single chat. poetas en babel

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poetas en babel

salah al hamdani | Bagdad, Iraq, 1951 | Traducción del francés | Myriam Montoya

Poèmes avant le retour 1 Après toutes ces années d’éloignement, je croyais... comme ce paquebot enraciné au milieu des rochers, com­me cette bannière dressée sur la colline… je croyais… oui, peut-être… qu’il y avait une maison dans la ville là-bas. Après la guerre, quelque part dans une ruelle ou dans le miroir, quelqu’un me fera signe… Une sœur, une morte, le cadavre d’un père, un frère édenté… Des gens m’appelleront par mon prénom… ou bien un in­ connu à l’oreille coupée et sans sourire, m’attendra et me dira : « La maison de tes parents n’est pas ici. Il faut aller encore plus loin. »

2 Les plis du visage, ces rides suffocantes loin d’une vieillesse sereine, ces années qui baignent dans un regard contemplant la plaine, fondent en moi comme des étoiles. J’ai promis de ne livrer à personne ma colère, le langage des cailloux de la montagne, l’Aubrac et le désert… Le voyage, la vie, les mots tranchants, la servitude, le travail et mon amour pour toi. Tout ça vient naturel­ lement d’une rencontre avec l’insupportable souvenir. Les jours difficiles accompagnent mon attente, tandis que des hommes contrefaits, sans cœur, fouettent avec d’énormes branches d’olivier, le corps d’une femme qui n’a plus de sourire, de visage, ni de regard pour l’horizon.

Estos poemas pertenecen al libro Bagdad a cielo abierto.

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Poemas antes del regreso 1 Después de todos estos años de alejamiento, creía… como ese barco enraizado en medio de las rocas, como esta bandera izada sobre la colina… creía… sí, quizá… que había una casa en la ciudad allá. Después de la guerra, en alguna parte, en una calleja o en el espejo, alguien me hará un signo… Una herma­na, una muerta, el cadáver de un padre, un hermano desdentado… Personas me llamarán por mi nombre… o bien un desconocido con la oreja cortada y sin sonrisa, me esperará y me dirá: “La casa de tus padres no es aquí. Hay que ir todavía más lejos.”

2 Los pliegues del rostro, sus arrugas sofocantes lejos de un vejez serena, estos años que bañan en una mirada contemplando el llano, funden en mí como estrellas. He prometido no descargar en nadie mi cólera, el lenguaje de guijarros de la montaña, el Aubrac y el desi­ erto… El viaje, la vida, las palabras cortantes, la servidumbre, el trabajo y mi amor por ti. Todo eso llega naturalmente de un encuentro con el insoportable recuerdo. Los días difíciles acompañan mi espera, mientras que hombres contrahechos, sin corazón, fustigan con enor­ mes ramas de olivo, el cuerpo de una mujer que no tiene más sonrisa, rostro, ni mirada hacia el horizonte.

3 De nuevo el horizonte ha venido como un difunto enterrado una mañana de invierno, con su última pala­ bra íntima al viento. Cosa extraña, siento en mí un acantilado que protege este azar, el rostro familiar de este cielo poniente. Al destello de reverberos, he cogido la mano del horizonte, tu cara en la mía, los he arrastrado detrás de mis valles íntimos. Llegado al rocío del bosque, al extremo de la tierra, siempre contra mi cuerpo, los he mecido como una noche sin sueño, una luna en el corazón de las estepas. ¡Era dichoso, quiero que, mañana, todo vuelva a comenzar como en nuestros sueños! Las guerras, guerras para amarrar en el hormigón. El elefante se aleja para morir, el escorpión se pica de certeza y el 9 de marzo de 2003, Saddam caerá quizá.

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


4 En el curso de nuestra travesía donde dibujamos tantos ríos y campos gimientes nuestros cuerpos están abiertos reteniendo el deseo del pasado En mi cuarto acogí en plena brazada la tempestad y he sido aquel que lloraba su vida en el hueco del espejo. 5 Vuelvo a descender al interior de mí. Abro la ventana y cierro el cielo sin nubes, de pie, el rostro en el vacío. Ahora voy a poder reflexionar antes de ver de nuevo a mis semejantes. Antes de este descenso en mí, la única cosa que recibí de los otros, es esta posibilidad de estallar el pasado como un balón, de dejar correr el con­ tenido sobre mi cuerpo como un aguacero hasta el ahogo del pensamiento. Pronto será el verano allá. No hay casi más nubes sobre los tejados de la ciudad, más aire fresco en las mira­ das y las palmeras están abandonadas al espejismo.

6 Al incendio que devora a la caída de la oscuridad restos de nuestro amor Tus ojos y mis heridas se acuerdan de tu mirada de hembra en este mundo de hombre cuando la tarde desnuda la memoria frente a la soledad de un árbol ahogado en el viento.

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7 Vivir a la inversa vivir aferrado a una esquina de papel al cabo de un hilo un fragmento de nube chocando la ventana.

8 Se abalanzan en mi garganta como una camisa cosida por las mangas Sí, detesto el grito del sol en el plato vacío y también la muerte que vigila el árbol muerto Llueve en mí aguacero de sollozos y allá a una distancia de lamento en una maleta el olvido busca cómo salir.

9 Un Señor aquí y un Dios allá nada han previsto para reescribir el dolor nada para los caminos sin retorno nada para cubrir la piel de esos días de los que han sacado el corazón Después del nacimiento desde el exilio erizo mis venas para tatuar sobre mi cuerpo la frontera mis ojos rampando bajo la tierra poetas en babel

Me agazapo tendido como una presa para la tumba avanzo a contracorriente Y siempre ese muro.

10 En el vientre de la mujer hay palabras que como la palabra de la humanidad merodean invisibles y funden mi grito.

11 Desde ese tiempo doblo mis días limpio el cielo y suspendo mi alma delante del cementerio de mis hermanos Sobre vuestra tierra lejana me balanceo de una guerra a otra de una derrota a otra y me deshago de mis heridas como un soldado busca abrigo Sí, madre, un soldado ya muerto no se sacrifica. 


12 Es así que el cuerpo del amante se tiende sobre el otro este otro las piernas ofrecidas al cielo mientras que la primavera estira sus brazos hacia el verano que la tierra derrama su polvo sobre el rostro de la muerte y que un niño sonríe a los ojos de su madre Un obrero extranjero se impregna de un perfume de domingo penetra aún el cuarto sombrío donde su mujer llora mientras que en la lejanía esa noche se reúnen los hombres para sembrar el horizonte.

13 Oh nube arriba de los alambrados en la extremidad del invierno con un viento que se pasea muy alto Las palabras soplan al alba y dan frío Sin embargo conocemos bien el lamento del pájaro que anida sobre una tumba la agitación del día sobre un haz de árboles en el vacío y la caída de los sentimientos con ese lago que zozobra en la hierba con furor Una vez todavía resonarán mis llamados a la nube a través de los barrotes Entonces a pie limpio juego con el columpio bajo la mirada de una tropa de camellos que se desvanecen en el espejismo.



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dirceu villa

poesía joven de brasil sofisticado & sabroso, el aperitivo Traducción del portugués | Alfredo Fressia

L

a poesía brasileña más reciente, escrita por jó­ve­ nes, y sobre todo desconocida para el público y la crí­tica (particularmente desatentos en los últimos quince años a las obras publicadas en el país), pre­ senta una variedad no sólo muy vital, también ejem­ plar en cuanto a las diversas concepciones de la poesía, todas compareciendo simultáneamente y sin actitu­ des exclusivistas, lo que constituye una diferen­cia no­ table respecto al periodo precedente. Después de la época transcurrida bajo la fuerte in­ fluencia de la segunda ola de vanguardia —la de los años 1950 y 1960, y sus reflujos en las tres décadas si­ guientes—, empiezan a surgir autores que, asumien­do la experiencia del “modernismo” local y sus deriva­ cio­nes como un hecho consumado, aplican mucho de la técnica poética desarrollada en esa época, pero tam­ bién presentan su crítica en forma de parodia, y en la reconfiguración de sus elementos con referencias más antiguas o recientísimas en el mundo de la cultura. Con frecuencia usan formas osadas, pero no en el sentido del experimentalismo programático que les ante­ce­dió: las formas ahora tienen una aplicación orgánica. poetas en babel

Un ejemplo es el libro de Angélica Freitas, que ya desde el título —Rilke Shake— sugiere que batirá sus referencias en una licuadora de irreverencia. Lo hace con inteligencia en algunos poemas, parodia de preo­ cupaciones y nombres de la mo­der­nidad, como Ger­ trude Stein, Ezra Pound, y de un autor funda­mental para las vanguardias de los años 1950-1960: Stéphane Mallarmé.1 Otros poetas llevan sus referencias hacia un pun­ to diferente, como lo hace Paulo Ferraz con la técnica de subordinación y análisis de João Cabral de Melo Ne­to en poemas enfocados en la experiencia de la me­ tró­polis, con una inteligencia sintáctica muy personal; o Fabio Aristimunho Vargas (que escribe el inteligen­ te y muy técnico “Cactus”), donde resulta notable el uso de formas y tonos de voz que lo aproximan a Manuel Bandeira y, en ciertos aspectos, a Carlos Drummond de Andrade. Ana Rüsche escribe una poesía muchas

El libro sobrepasa lo meramente paródico, evidentemente, pero el sentido paródico es presentado en esta introducción como ejercicio de perspectiva. 1




veces violenta, irónica, con epi­gramas y poemas morda­ ces que inciden sobre la vida metropolitana.2 Ricardo Domeneck, que ha explotado con fineza y crítica cierta inversión de los presupuestos poéti­ cos, practica en los dos poemas que aquí figuran no sólo un sutil metalenguaje, sino que centra la dificul­ tad de su escritura en la propia complejidad del pen­ samiento sobre el lenguaje y sus relaciones éticas con la vida. Eduardo Sterzi también compone sus poemas enfocado en el lenguaje, revolviéndolo y obligándolo a fornecer significados antes inertes en las palabras, aunque también se lee en su poesía un humor de en­ trelíneas, sinuoso. La delicada y bella poesía de Alexandre Barbosa de Souza se compone de una limpidez estilística que cor­ ta claramente sus versos (muchos de ellos evocativos), pero sin sonar nostálgico, lo que es por sí solo un lo­ gro. Fabiano Calixto se muestra permeable a un uso poroso del lenguaje poético, y se percibe no sólo su habilidad con el idioma y con el verso, sino también un ímpetu por abarcar una diversidad de referencias del modo más elástico posible.3 La poesía de Rodrigo Petronio, también variada formalmente, va desde poe­ mas de gran percepción visual, a veces áspera (como se leerá en los dos poemas escogidos), hasta una poesía filosófica, idealista, que registra el uso de formas fi­ jas, como el soneto o la terza rima. La delicadeza de una construcción calcada sobre to­do en la imagen se observa en la poesía de Flá­v ia

En la escritura de su verso ante todo inteligente hay necesariamente la melancolía que no se perdona a sí misma. Muchas veces su poesía es rápida, elíptica, no porque sea vaga y sugestiva, sino porque exige del lector la recomposición del sentido asociativo. 3 Así como Angélica Freitas, su poesía tiene parentesco con lo mejor de la llamada poesía marginal brasileña de los años setenta, de Ana Cristina Cesar, Paulo Leminski y Torcuato Neto, entre otros. 2



Ro­cha, quien publicó un libro bilingüe (portuguésinglés) —A casa azul ao meio-dia / The blue housearound noon—, con poemas de una lírica esencial contenida, inteligentemente imaginista. Entre los más jóvenes de esta selección se encuentra Fabiana Falei­ ros, cuyos poemas cuentan con un lenguaje único que no se basa en el reperto­rio tradicional de la poe­sía:4 puede merecer la expre­sión “ver con ojos nuevos” usa­ da por Oswald de Andrade. Finalmente, Mariano Ma­ rovatto mezcla un manejo in­teligente y certero del verso con experiencias de gran apertura formal y un humor frecuente, irónico, muchas veces transido de referen­ cias pop.5 Espero que esta muy breve muestra invite al cono­ cimiento más amplio de la nueva poesía brasileña; espero también que, en este pequeño espacio, la op­ ción haya sido lo suficientemente hábil como para presentar la diversidad fecunda de la escritura practi­ cada en los últimos años. Habría muchos otros nom­ bres por mencionar, de poetas que podrían contribuir igualmente a un panorama de esa poesía, pero el he­ cho de reunir a doce poetas nacidos a partir de 1970, con dos poemas cada uno, pretende ser, de hecho (y no podría funcionar de otra manera), sólo un aperitivo. Rebuscado & sabroso en sus dimensiones discretas, el aperitivo. Gaudete. v

4 Aunque “Nosotros, en el raro café” —poema que aparece aquí— se aproxime a experiencias cubistas y dadaístas, del collage y del efecto de descocamiento imaginístico y sintáctico que vemos en poetas como Ger­trude Stein o Hans Arp, me parece que la relación es, sobre to­do, circunstancial. Sus poemas buscan especialmente decir cosas difíciles y muy peculiares, como percepción. 5 Ha explorado recientemente la relación que existe entre la poesía y la música popular.

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Alexandre Barbosa de Souza

(1972)

Em uma exposição de fotos de Sit Kong Sang

En una exposición de fotos de Sit Kong Sang

Nós que nascemos ontem, No quarto dia do sexto mês, Do segundo ano do novo milênio, Na era cristã, neste lado do mundo, Após o trabalho, viemos apreciar Os muitos nomes da luz.

Nosotros que nacimos ayer, En el cuarto día del sexto mes, Del segundo año del nuevo milenio, En la era cristiana, en este lado del mundo, Después del trabajo, vinimos a apreciar Los muchos nombres de la luz.

Sente-se a distância em cada um: Beijing Tsingdao, Wuhan,

Se siente la distancia en cada uno: Beijing Tsingdao, Wuhan, Pamir.

Pamir.

No cigarro depois do almoço, No rosto da menina uighur, No traço de um cartaz de Kashgar, Na pedra escrita em Guilin.

En el cigarrillo después del almuerzo, En el rostro de la muchacha uighur, En el trazo de un afiche de Kashgar, En la piedra escrita en Guilin.

Contudo é possível voltar à China: De bicicleta, ouvir palavras de dez mil anos, E subindo o Himalaia chegar a Shangrilá.

Sin embargo es posible volver a la China: En bicicleta, oír las palabras de diez mil años, Y subiendo el Himalaya llegar a Shangrilá.

Em silêncio vejamos os presentes: O vendedor cazaqui os pescadores do rio Li.

En silencio veamos los presentes: El vendedor kazako los pescadores del río Li

Sente-se que a luz Não precisa da aprovação dos homens, E quase chega a envergonhar-se de seu brilho.

Se siente que la luz No necesita la aprobación de los hombres, Y casi llega a avergonzarse de su brillo.

poetas en babel

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Saber secretamente E ignorar saber. Como sabían aquellos niños: Que el mar derretirá El Castillo De Arena. Y se preocupaban con las torres, Las torres que el agua hace y derrumba. Como secretamente Sé que me conocen: El poeta de ese castillo de arena.

Eduardo Sterzi

Juego

(1973)

Mimo mundo — manivela monocordia — música — verruga de la concordia — monodia recitada a la amplia nada — pozo de palabras — re verberación del verbo re vogado — mímica, mudez de un desespero sin vocales



después de la primera patada es fácil alguien pregunta para qué tanta violencia poco a poco hasta se va serenando como si entrañara a contra gusto la lámina del sueño sucia de la propia sangre la sangre de otro poco a poco hasta se va ahogando en el sueño que baja por la garganta viene de los oídos sólo piensa proteger los ojos proteger la nuca proteger las sienes parece que sonríe la espera del último que no viene la espera del próximo es fácil basta con sólo olvidar que aquella es tu (sólo) tu cabeza La Otra | julio-septiembre 2009


Angélica Freitas

(1973)

Rito de passagem agora que raspei a cabeça não vou demorar nas esquinas irritarei os velhinhos assustarei as meninas e os cachorros já latem antes de me avistar. os vizinhos na escada pensam: coitada! que azar perguntarão se eu peguei piolho ou tive queda capilar. tranco a porta e as janelas deixo o mundo e seu bedelho estranha a rua minha cabeça nua me estranhará o espelho?

Rito de pasaje ahora que me rapé la cabeza no voy a demorar en las esquinas irritaré a los viejecillos asustaré a las niñas y los perros ya ladran antes de vislumbrarme. los vecinos en la escalera piensan: ¡pobre! qué desgracia preguntarán si agarré piojos o tuve pérdida capilar.

entro en la librería del bobo. no tengo dinero y tampoco tengo talento para el crimen. desfilan ante mis ojos títulos maravillosos moribundos de tanto estar en los escaparates. róbanos, dicen. no aguantamos más estar aquí en la librería del bobo. ¿quién creería en esta versión de los hechos? ayúdenme, maragatos en esta hora afanérrima de una libertadora paupérrima de libros. retumba mi corazón, retumba más que la batería de samba de salgueiro. tiembla el cuerpo por entero y las manos ya sudan como grifos. gano la calle, las manos vacías y los libros gritan: marica.

tranco la puerta y las ventanas dejo el mundo y sus narices la calle se extraña de mi cabeza desnuda ¿se extrañará el espejo? poetas en babel

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Fabiano Calixto

(1973)

Guaifenesina dextrometorfano

Garanhuns, Pernambuco

garganta que late, áspera piedra nocturna —vivir triste, asfixiado, una eternidad roja. (acero de navaja ruborizado); paisaje (rojo de azafrán) que el viento dice, oxítona; (rubor, sangre drago, noche sanguínea, rubí, tierra donde guitarras en punteo, donde, canoros los labios de las muchachas — mejor, donde los labios de las muchachas: dos incendios); la voz que no sale, el brazo que no se deja leer, que se cierra a los ojos, el sueño que cesa asustado de sudor. (pargo rojo; carmesí; riñones; raspadura de moras; sangre, sin explicación). —palabras atropelladas por estrellas—, insomne, soso, torpe, oigo campanas tocando lejos, pienso en Mauricio y Teresina, en Londres, imagino la calma turbulenta de las manos de Sylvia Plath escribiendo en su diario: “Soy yo misma. No es suficiente.”

estás más cerca del de-color de los rabeles que de los violines europeos. (te llaman rima. Prefiero lágrima). tu invierno embiste en olores inolvidables que, como forjados a durísimo metal, jamás pierden lo raro y alzan un pórtico de nombres y colores a la entrada de la memoria. tal vez, en verdad, estés más íntima que la penumbra calculada de un palacio moro cuyos entalles, caligrafías y paneles confunden nuestros sentidos y, ahora, estamos sólo de rodillas. despedazada estás en la garúa fría, en el reloj de flores, en las aguas minerales, en la pupila de mi madre. estaré aquí hasta que la impaciencia reviente el dique, el hueco de las manos, como la nada de lluvia de este otoño predominantemente gris.

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Flávia Rocha

(1974)

Algas en la noche El faro al fin de la península. Dos bultos parados, la sugestión de un beso: tronco retorcido caído en la arena, las raíces expuestas como cabellos al viento. Noche sin viento. El mar recoge a los pies la noción de distancia. Camino en dirección al mar y hacia fuera del ángulo del beso. Las manos en hueco, las lleno con agua oscura: un alga flota (brilla) en el vacío.

Naturaleza muerta (peras) Lluvia en los bordes del tejado — verde-agua, pendiendo como hojas: parodias de un carnaval de viento, en parte imaginado. Una cesta de peras olvidada en la lluvia, las peras empapadas sobre la mesa con cubierta de latón. Lluvia sobre latón: monotonía interrumpida por la naturaleza imperfecta de los sonidos. En el pomar, los frutos pesan en las ramas, que se aproximan al suelo. Nuestra conversación es fértil… De nuevo me olvidaré de todo lo que se dijo, del lago color petróleo, de las peras sobre la mesa, del tintinear incesante y corrosivo de la lluvia sobre el latón. poetas en babel

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Paulo Ferraz

(1974)

A poética vista num armário

La poética vista en un armario

Suspensos por esses ombros finos — qual fumaça condensada em pano, não por ação de intempéries, mas pelo domínio das mãos sobre o bruto — quanto

Suspendidos por esos hombros finos —cual humo condensado en paño, no por acción de intemperies, sino por el dominio de las manos sobre lo bruto— ¿cuánto

guarda de um conteúdo já tido? Seu corte fôrma não é para o aparente

guarda de un contenido ya tenido? Su corte forma no es para lo aparente

vazio. Se me entrego às curvas e drapeados, deixo me envolver na trama e ali me

vacío. Si me entrego a las curvas y drapeados, me dejo envolver en la trama y allí me

posto. Logo, noto o dom que o fez, paciente e certo, por metragens que eu que

aposto. Luego, noto el don que lo hizo, paciente y cierto, por metrajes que yo que

nada sei de seus motivos, constato em qual corpo cairia — de pronto me espanto,

nada sé de sus motivos, compruebo en cuál cuerpo caería — de pronto me espanto,

pois se forma dentro de mim — mesmo sendo roupa — a sensação do toque.

pues se forma dentro de mí —aun siendo ropa— la sensación de toque.

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Para Noel Perfectas en peso y medida, dos obras del genio me tocan: son las puertas sin trancas que ceden con un simple toque (o, si es alta la borrachera, con un tumbo) y esas lozas donde mear. Ándele, llegar sin sentir las piernas, dar con la frente en la pared, abrir el cierre y observar el dorado en la cloaca ¡no tiene traducción!

Rodrigo Petronio

(1975)

Revolución Entonces él se sentó En el segundo peldaño y se quedó refunfuñando Algunos sonidos entre el humo del cigarrillo Y los ojos fijos en el vacío Cuando dije que en fin Estábamos listos para hacer una revolución De verdad estábamos listos Para tocar el filo de la navaja Y romper la niebla con un tajo de cuchillo Estábamos en el mejor de los mundos posibles Estábamos a salvo en un balcón Estábamos lejos muy lejos Del césped que crecía bajo los pies de los hombres Y les cubría el tobillo en el domingo azul Estábamos sí de hecho allí yo y él Tejiendo el futuro En sones agrupados en el labio con saliva blanca. Reímos. Él abrió un libro cualquiera Dio dos pasos de espadas Y el cuerpo en columpio cayó del décimo quinto piso. En la plaza de al lado Unos viejos iban a alimentar a las palomas con semillas de girasol.

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


Saldo Piel de Levy en la lámpara del príncipe de Gales. Cabellos de Sara en las sandalias de unas putas de Berlín. Un joven circunciso muestra en el glande una esvástica Tatuada en una revista sodomita made in USA. Sólo para los electos fueron hechos el reino de los cielos y la ley. Vide Isaías capítulo IV versículo VI. A orillas del Ganges un asceta aspira a la gracia Y la estrella de cinco puntas gira en sentido antihorario. I hate niggers and I want to Hill Mahoma: Grafiteado en el Muro de las Lamentaciones. Y el enigma de los tiempos se ofrece en una rosa refractaria Que bajo la corona de pétalos se recompone incontinenti Y en la espiral de la historia se repite como farsa.

Ricardo Domeneck

(1977)

difícil convencer todas las partes de mi cuerpo del sentido de una acción y así poner en movimiento las ruedillas de la corpulencia en dirección al abstracto cruzar el océano tantas veces humedece los propósitos hace querer una cama en el fondo no no es irónico 

que bas jan ader in search of the miraculous se hunda desparezca en medio océano

hablar hoy exige elidir la propia voz las transacciones inventivas entre interno y externo demandan que la base venga a flote y la superficie sea

de la profundidad de la historia ímpetu denotando lo centrífugo el cuerpo público que exhibo como escenario fruto de la ansiedad del remitente lo interno a lo largo de la epidermis como emily dickinson terminando una carta de minucias con “forgive me the personality” La Otra | julio-septiembre 2009


Fabio Aristimunho Vargas

(1977)

O cactuo

El cactus

São mesquinhos os cactos. Aptos ante o inóspito, optam o fluxo (não ínfimo) reter no oco. Aptos, mas míseros são os cactos — com espinho abstêm-se os céticos.

Son mezquinos los cactus. Aptos ante lo inhóspito, optan el flujo (no ínfimo) retener en lo hueco. Aptos, mas míseros son los cactus —con espina se abstienen los escépticos.

Cético: ser como o cacto: signo ereto de acúleos. Ressentir do silêncio das folhas, conformar-se à demência dos galhos. Ser convicto sem fruto.

Escéptico: ser como el cactus: signo erecto de acúleos. Resentir del silencio de las hojas, conformarse a la demencia de las ramas. Ser convicto sin fruto.

Ejercicio fragmentado de mis contradicciones (b) siempre fui de la mayoría ( hombre clase media blanco hetero sin ideologías ni otros vicios sino tabaquistas, que no cuentan ) y aun así de las minorías Me atribuyo una que no sé cuál : ¿serán mis gestos? ¿tics de este sentido común que es sentirse aparte? poetas en babel




Ana Rüsche

(1979)

la canción del limpiavidrios yo, un pez de acuario, gordo, consumiendo lo que surge de esta agua turbia. los transeúntes allá abajo como pulpos en patines, una muchacha cargando un agujero negro a sus espaldas y chicles. al lado de los diarios de Internet, mis cactus mueren en su compulsión por agua. los osos polares serán extinguidos por las neveras. en Australia, las ballenas se suicidan en la arena. continúo consumiendo cualquier cosa que brille un poco, yo, un pez pudriéndose gordo en estas aguas sucias.

Revenant mi madre fue muerta en un siglo de entrañas cuando los pájaros oscuros tomaron del suelo el acero para sus alas y las hijas que crió para la tierra fueron en minifaldas llenas de pintalabios y dientes hacia los soldados y los empresarios

desparecieron con las bombas y las fábricas pero ahora nuestra madre retorna con la pestilencia de un perro amordazado para descongelar y beber todas las nieves eternas para asesinar todos los hombres y gallinas de la China

y los hombres que amó sobre el barro fueron en busca de mujeres de revista y corbatas

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Fabiana Faleiros

(1980)

Las letras que pasan paradas en los letreros las luces prendidas una a una dentro de la casa mientras camina duda vestida y sin estar desesperada un antro una posición suya con la cabeza para escribir antes que olvide cuál reloj tiene la hora cierta

Nosotros, en el raro café, siempre nos sentábamos en una mesa en la cual existía otra por debajo de la misma donde nos acostábamos y empezábamos a conversar. Aunque hubiera entre nosotros un caño que mantenía la mesa de arriba pendiente era nuestra estrategia para aproximarme. Había un agujero donde el café filtrado al vacío era colocado para bañarnos. El camarero ya cansado de servir el café aromático entre nosotros y yo tan sólo decía, ay está muy caliente, y las heridas nacieron durmientes. ¿Quieres levantarte? En esa pregunta se decide pasar azúcar y empieza a picarme. Raspa este elemento accesorio que forma parte de todo almacén: “Fornezco gusto pero no soy la cosa en sí. How do you know me?” Si mi blancura asociada a la espesura de tu piel te repele. Si quieres ser un edulcorante. Si quieres alcanzar la forma que retorna sin ser mero acompañante. Filtra café por mí.

poetas en babel

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Mariano Marovatto

(1982)

Waldroped n° 1 Sabes, / tus pequeñas observaciones de oído a la ventana, atenta al posible ruido de la pareja de viejos ricos / que ahora se sientan en el banco de hierro del parque / / al mismo tiempo en que recorres los lomos de los libros lamidos por largos rabos de gatos snobs y limpísimos, / tal como tus alumnos del west village, / que en realidad prefieren pintar sus propios zapatos de tenis en la adidas / que lo que de kooning podría pretender aquel día antes de la guerra frente a la pantalla. // Ellas, / las observaciones silenciosas como la pluma desprendida de lo alto de las secuoyas, / o como la nieve / de enero / ritmada con la cajita de música heredada de la madre / rota hace tiempo, / pueden / de vez en cuando, / no ser lo suficiente.

Poema can-pequinés de la dinastía Tang El convoy pasa a la ventana carros, auto-carros y bocinas también Desde dentro del Hotel Roma pienso en cómo volver al estado original de hombre Expulsa tu sapiencia infame y asume tus ímpetus de poeta.

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u n

h o m b r e

d e

p a l a b r a s

rodrigo petronio

El barro del edĂŠn sobre la poesĂ­a de alfredo fressia


P

rimer hombre nacido naturalmente sobre la Tie­ rra, pesa sobre Caín la cifra de un enig­ma y de un destino, ora individual ora colectivo. Su nombre puede ser entendido peri­frásicamente como obtener o ganar para sí. Algunos eruditos sugieren, sin embar­go, que uno de los sentidos simbólicos de ese persona­je se­ ría el de redentor. Habría venido al mundo des­pués del pecado para matar a la serpiente y restituir la inte­gri­ dad de la vida. De ahí su urgen­cia por obtener reco­no­ cimiento (y aquí es oportuna la ambigüedad semántica) por parte de Dios. De acuerdo con esta lectura hetero­ doxa, habría un sentido subliminar en la figura de Caín. Sería la semilla que habría venido al mundo para ani­ quilar el mal. Habría sido el primer un­gido. Por otro la­do, sabemos que Caín no manifiesta arrepentimien­ to, aunque sí padezca de remordimiento. El hecho es­ taría inscrito en la famosa “marca de Caín”, hecha por Dios, pero cuya ejecución y naturaleza no están espe­ ci­ficadas en el relato bíblico. Paradójicamente, esa marca será un registro de pro­ tección y de estigma. Denota al mismo tiempo la elec­ ción divina y la llaga de una acción ocurrida en el pasado. Es lo que distingue a Caín como descendien­ te adánico, marcando un límite de protección para que no sea ase­sinado, lo que señala su propio crimen. Esa doble naturaleza, protegida y espuria, preserva­da e in­ fame, querría hacer de Caín uno de los protagonistas de la neutralización del mal en el mundo. Era preciso suspender la cadena de muertes, interrumpir las caí­ das inau­guradas con la Caída, de las que Caín repre­ senta una de las más profundas, después de la pérdida del Paraíso, ya que en sí mismo exhibe su mácula. Co­ nocemos la continuación de la intriga en el mythos. Creo que se justifica esta introducción, un tanto idio­ sincrásica, a la poesía de Alfredo Fre­ssia, pues se rela­ ciona a la experiencia de lectura de esa obra. Poesía

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rigurosamente edénica, no lo es, sin embargo, en el sen­ tido de proponer la res­tauración de una unidad per­di­ da entre lenguaje y mun­do, de una Ursprache poética, como lo hicie­ron y lo hacen tantos poetas. Tampoco es poesía “profana”, en el sentido de borrar las marcas del origen que traen consigo tanto el lenguaje como la vi­ da en el mo­vimien­to centrífugo de la Creación. La es­ cena que se sustenta como telón de fondo de todos los poemas de Fressia es una escena de intervalo.

Poeta exiliado Se basa en la conciencia de que la poesía, en su sen­ tido inicial y aun iniciático, nace de un origen puro pero perdido para siempre, y toma para sí la respon­ sabilidad de edificar el mundo, pero después de esta­ blecer su compromiso con el mal. El poeta es esa “rosa condenada” (“Pero la rosa”) al eterno exilio, siempre en el límite o en el umbral. Esa condición de interva­ lo, de radical indecibilidad, para usar el concepto de Blanchot, hace de la vía poética una imposibilidad sus­ tentada. Más que de un dislocado social, esa situa­ción extranjera es ontológica. Nos dice que la poesía, por ser lenguaje, está fuera del Paraíso pero, por ser poe­sía, tampoco comparte la completa ausencia de sentido. Tanto en los conjuntos de poemas de El futuro y Ve­loz eternidad, como en la magistral serie Eclipse, la es­cena de Caín no es accesoria ni meramente referen­ cial. Al contrario; se puede decir que ella es la estructu­ ra mítica sobre la que se levanta la poesía de Fressia, es su materia prima y su brújula. Electa y maldita, así es la desobediencia del poeta y así es el descenso sugerido por la instauración poética. En términos arquetípicos, tales modulaciones de la Caída son explícitas incluso en el pasaje de un poema a otro en Cuarenta poemas o La Otra | julio-septiembre 2009


en Canto desalojado, la antología brasileña de la poe­sía de Fressia organizada por Fabio Aristimunho Vargas. De entrada se ve ese movimiento en los dos prime­ ros poemas de ambos libros. Presentándose como un “malentendido como el alma” y un “traidor” des­de el poema de apertura, justamente llamado “La últi­ma ce­ na”, el recorrido poético es siempre el de la re­minis­cen­ cia, con la nostalgia del abandono (la “derelic­ción”, como dice Heidegger), y la certidumbre de la imposible reden­ ción. Inútil “como la poesía” es la pro­pia existencia del poeta, el más exiliado de los exilia­dos y, sin embargo, portador de la marca divina. De la cena se pasa al diá­ logo con el padre (en “El miedo, pa­dre”), en el que el hijo se espanta al reconocerse “pre­so en el cuerpo”, y define a los hombres como “hi­jos obedientes de la es­ pecie”, la misma expresión que reaparecerá en el her­ moso y fuerte cierre del poema “Obediencia”. Ese fondo mítico, que trae consigo la marca de un mal inexorable, cobra espesura en la escena edénica y no se queda al mero nivel de las formas y los arque­ tipos. Toma cuerpo en la propia vida, enraizado en lo cotidiano, sea al decir, babélicamente, que “todos los idiomas son incomprensibles” en la vasta tristeza noc­ turna, sea mostrando a los amantes como “títeres del tiempo”, en cuartos iluminados de neón (“Nocturno en la avenida São João”). Este paisaje desolado de pér­ dida y carencia puede darse en la ausencia de rostro, “siete días postergado”, en el “secreto de los huesos”, en el ajedrez de las vértebras jugado por la muerte (“Do­ mingo por la tarde”), en la sinfonía de la carne, en la ruina de los cuerpos durante el amor y en el regreso de cada uno de ellos “hasta su ausencia”. Esos cuerpos no son inodoros o distantes, no son paisaje, tampoco es­ tables permutas de un amor ameno. Más bien se di­la­ ceran y se disipan, dejan marcas, huellas, pasos, semen, olores, cortes, sudor, sangre. Se aman como pe­ces, se alfredo fressia | un hombre de palabras

José Angel Leyva

a

constelación del ángel [para Alfredo Fressia]

Confieso haberlo visto en cielos despejados en el azar de estrellas donde el olvido vibra hasta evocar el aire La llama del dragón, el ala hirviente, el sueño empollando una escritura que teje y desteje la imagen de la bestia La bóveda del ojo que no ve sino adivina

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aman y se odian, se atraviesan y se despellejan frente a la mirada sonriente de la muerte. Des­pués, si por aca­ so su propio cuerpo toma conciencia de sí, se pliega y se contrae en la posición fetal, en su retorno pri­ mero al vientre de la Creación, como se lee en el im­ pecable “Liturgia”.

El enigma del sexo Ese barro original desde donde Fressia modela sus cuer­pos, además de manchado e impuro, trae también algo singular. Si observamos, por ejemplo, la temáti­ ca homoerótica de su poesía, podemos desentrañar de ella algunas variantes no sólo del homoerotismo, sino también de la androginia. El enigma de la sexua­ lidad, uno de los enigmas de la vida, está planteado de manera emblemática, entre otros, en el poema “Final”. Al decir que “cierra todo ciclo” y que en sí “se acaba” y, enseguida, “Tiresias contempla al travestí en silen­ cio”, Fressia pasa de una dimensión literaria, del cierre de los poemas, a una dimensión sexual y existencial del volverse sobre sí mismo, o sea, del amor al propio sexo y del amor a sí, como fondo autotélico del deseo que no quiere perderse en el otro. El adivino Tiresias, tal como se dice de Empédocles, había probado en otras vidas la forma de mujer. Esa parte femenina que viene inscrita en la interioridad del personaje, aliado a la ceguera que lo veda al mun­ do de las formas exteriores, es lo que promueve el vi­ sio­na­rismo. El mismo visionarismo que tendrá Edipo en Colono, después de cegado y de haber sellado su pacto con su madre, que es Yocasta y el eterno feme­ nino. Tiene inicio entonces el segundo movimiento de la sinfonía trágica, el conocimiento que se ejerce después de la peripecia del reconocimiento. 

La función edipiana es subvertida aquí de manera casi burlesca. El ciego Tiresias contempla al travesti silencioso. Esto es, las propias estructuras interiores y exteriores se mezclaron, visto ya no haber más aquí ambivalencia productiva. En otras palabras, no hay asi­ milación de los opuestos, anima y animus, sino un profeta ciego que “contempla” a un travesti, cuyo fe­ menino interior ya fue totalmente exteriorizado, pues­ to en potencia. En ese sentido no hay tragedia, pues la tensión de los opuestos se resolvió por disolución. El mismo modo bifronte de unión de los cuerpos se da en el poema “Bello amor”, en ese espejeo de sexos idénticos. De esas descripciones llegamos por fin a las de poemas como “Obediencia”, verdadera ciudad de la carne, donde el cuerpo y el sexo son pensados en tér­ minos puramente negativos, en una noche que des­ morona junto a las cosas.

Cuerpos del barro Bello porque estéril, ese amor que se describe es pro­ piamente una tentativa de no procrear la vida fuera de los límites del Edén, de estarse allí hasta que la salva­ ción venga a cumplir su destino. O no venga nunca. Si la tradición cristiana más ortodoxa vio en la sodo­mía un acto contra naturam es porque no genera hijos que puedan trabajar el lino de la vida hasta la redención de la especie. O, dicho de otro modo, hasta la comple­ta purificación de la marca de Caín que to­dos heredamos. La buena poesía es siempre violenta, y en el caso de Fre­ ssia lo es en la medida en que propone un retor­no a la es­cena del crimen, no para corregirlo, sino para revivir­ lo y mostrarnos un espejo en el que nos reconozca­mos. Esos cuerpos están presentes a lo largo de su obra. ¿Qué decir de ellos sino que son cuerpos edénicos, La Otra | julio-septiembre 2009


moldeados en el barro original y en el pecado irreso­ luto que nos funda? No hay aquí intervención del pu­ ro espíritu o del cuerpo sutil de los místicos. No hay sublimidad, altitud espiritual, pues si no hay salva­ción tampoco hay tragedia. Su encarnación sim­bólica en poe­sía se da como experiencia-límite de la propia ma­ terialidad, de la falta de trascendencia que irriga todos los poros de este mundo que no fue sal­vo aún. Y proba­ blemente nunca lo será. En estos adver­bios temporales parece residir todo el misterio. O mejor, re­side uno de los enigmas que nunca fueron resueltos: el futuro. En el “futuro del pasado” de su poesía, el mun­do todavía espera ser salvo. El “futuro era el de antes” era el del “tiempo de mis quince años”. Con ese pesimismo cu­ yo tono es uno de los más interesantes, con matices judaizantes, se puede decir que la poesía de Fressia es tan exiliada de los lugares en los que radica que ve la propia utopía bajo la luz del luto. De hecho, en su libro justamente titulado El futu­ ro, en especial en el gracioso “Teorema”, más que una proyección utópica frustrada, una distopía o una fal­ ta de encuadramiento social, lo que se lee es una atopía. No aquella fastidiosa, insulsa e insomne de los aero­ puertos (“Aeropuertos”), que están más para los no-lu­ gares de los que nos habla el sociólogo Marc Augé y que son tratados cómicamente. Se trata de una con­ dición estructuralmente incondicional, del poeta y de la poesía. Bajo esa óptica, que es la de un exilio onto­ló­ gico, ya no hay más uruguayo o brasileño; los lugares y los proyectos siempre están por realizarse. No exis­ ten y, por lo tanto, nunca existirán. Serán siempre di­ versos de sí mismos, permaneciendo el centro luminoso de irradiación de su verdad eternamente inaccesible para nosotros. Por eso no podemos decir que algo se­rá salvo por algo o alguien que aún no existe. Si la perspectiva edénica marca su vínculo con el tiempo alfredo fressia | un hombre de palabras

de antes de la salvación, esa salvación que se muestra siempre por venir es eterna. Así siendo, es también in­ finita. No se consuma nunca. No se puede, por tanto, ejecutar, y así carece de esencia. Esa es su parcialidad. Así, se puede decir que la vida humana está y siempre estará bajo el signo de esa parcialidad. Por eso, el cen­ tro de toda la poesía de Fressia llega, en fin, a un tér­ mino: el eclipse.

El eclipse El eclipse como fenómeno natural es simple. Consis­ te en la superposición de uno de los astros que ocul­ta la parte luminosa de otro astro, sea el Sol o la Luna. Pe­ ro si me sorprendo “herido por los astros”, ellos im­ pregnan mi carne, se mezclan con mi sangre. En una palabra, son mi cuerpo astral, la circulación de mi san­ gre y de mi linfa, la materia estelar de la que soy hecho: No nos fijemos en detalles, eso era el futuro, ya lo sabías refugiado en el vientre del bisonte: eras hombre y mujer, y el cielo fue un desierto donde ardió media hora la fogata fría de tus huesos, y estaba escrito que no hubiera bordes ni destino ni esperanza de morir cercado de tus hijos, el semicírculo acosado desde antes de nacer.

La marca del origen es anterior a la escena mundana, a la misma proveniencia de la especie. Viene inscrita en el ocultamiento de los propios astros, que siempre pro­ ducen su marca profética y son más fuertes que nues­ tra voluntad o que la triste sociología de las rebeliones sociales y de nuestras ocupaciones. Se trata de una mar­ ca más profunda: el Extranjero de los gnósticos, que nunca pertenece a este mundo. Está marcado desde el 


origen edénico, en los mitos primordiales que forne­ cen la miseria y la libertad necesaria al ejercicio de nues­ tra finitud. Más aun, de nuestra fatalidad. El poeta, y aquí no hablo en términos literarios, sino del Alfredo Fressia de carne y hueso, ya había sido “acosado des­ de antes de nacer”. El futuro “era el de antes”, era lo que aún no existió y no existirá nunca, pues no tiene esencia. Hombre y mujer, conjunción de sol y luna, de mas­ culino y femenino, de griegos y persas, quemado en medio de un gélido desierto, sin esperanza de dejar des­cendencia que no sea la poesía y el signo de Caín que trae consigo y no se limpia, sea en el eclipse de Te­ bas, en el de la batalla de Salamina o en el de Montevi­ deo. El retorno a la escena primordial cobra aun más espesura, pues ahora vuelve al fundamento metafísi­ co y cósmico de los astros, en su conjunción maléfica. Como dice Fernando Pessoa en uno de los sonetos in­ gleses, su yo es anterior al mundo y anterior aun a Dios. Por eso vive la desolación de saberse siempre ajeno a todo lo que lo rodea. La intención del poeta es reha­ cer esa peregrinación inversa, esa reminiscencia a los orígenes oscuros de donde proviene su verdad. Tal recuperación no es vivida como miseria, como desespero o como autoglorificación; no estamos fren­ te a un dandi que se apostasía anacrónicamente en la trasgresión, ni frente a una mistificación inocua del lado oscuro de la vida. El resultado último del recorri­ do llevado a cabo por Fressia es una especie de desilu­ sión esencial. El remordimiento prosigue, porque no hay redención; pero, por mayor que sea el peso del ne­ fasto eclipse que nos condena, no hay siquiera trage­ dia, porque el destino quiso que nos desviáramos y nos descarriáramos para llegar a conocer la vida y edificar el mundo, con sus bajezas y maravillas. El rito final de esa mise-en-scène prosigue en los her­ 

mosísimos poemas inéditos: “Nugatoria”, “Envidia”, “Poeta en el Edén”, “Calle Rondeau”. Éstos, sumados a poemas como “Liturgia” y “Obediencia”, así como casi todos los poemas de la serie Eclipse, están entre los mejores poemas escritos en las últimas décadas, en Bra­ sil y quizá en castellano. En el magistral “Penitencia” lee­mos: (…) Quiero volver al vientre y velo inmóvil sobre la tela de arañas venenosas. Las cuento una por una, hasta que sucumban hambrientas como pensamientos. Rezo. La gotera no cede en la cocina. Acostado soy blanco y gigante como el arrepentimiento. Vivo para pedir. Perdón por la memoria porosa de la arena, perdón si hundo mi oído en la almohada de plumas y me oigo flotar tras la muralla, Amén.

En los poemas a partir de Eclipse, el tema bíblico —prác­ticamente apenas sugerido en los primeros poemas y profundizado en los demás— toma cuerpo y viene a luz con todas la letras en “Nugatoria”, con la “cabeza rota de la nuez o la inocencia”, porque “es pulpa amarga el corazón del fruto” y llegamos “tarde / a la cosecha de los hijos de Eva”. Y más adelante, en “Poeta en el Edén”, leemos la bella apertura: No, Señor, nunca huiré del Paraíso, tengo en mí la leche eterna de los padres y los hijos, y escribo poemas para la nostalgia.

En seguida el poeta nos habla del “niño inmenso” que dócilmente escribe “en el barro del Edén”, pasando luego a un coloquio entre él mismo y el envidioso, “tendidos sobre el césped” y “fingiendo cierta gloria”. La visión de Caín es ora del otro, ora del propio poe­ta, La Otra | julio-septiembre 2009


pero nunca sale de escena. Caín aparece, sea como el propio poeta, sea en forma dialógica, en ese poema jus­tamente llamado “Envidia”. Esa gloria es un artifi­ cio, una vana tentativa de una soberanía que no exis­te. Porque después del Paraíso confiscado sólo nos resta el modelo histriónico y postizo, dibujado en “serpien­ tes de neón”: Next Paradise.

La estatua de sal Nos queda simplemente el futuro, que no se sabe utó­ pico y ejecutable, mera boutade para aliviar un remor­ dimiento sin cura. En seguida, el deseo de volver a los “nísperos de la infancia” (“Calle Rondeau”). Pero el retorno no consiente un acceso a la veracidad de las cosas, pues el tiempo pasado también es un mundo. Éste, a su vez, es un “trompo de mentiras”, girando en la “vista nocturna del tiempo de mi infancia” (“Tarje­ta postal”). El poeta en su estado natural está en el Edén y, al mismo tiempo, camina por las calles y es corrup­ to. El lenguaje es su Paraíso, pero su naturaleza está modelada en el barro impuro de la Creación. Para finalizar toda antología (incluso la brasileña) de la poesía de Fressia, nada mejor que “Calle Ron­deau”. El leve caminar por la calle llevando “los hijos no na­ci­dos bajo el saco” nos hace sentir todas las vir­tua­ li­da­des; lo que no hubo, pero persiste, entrelazado eter­ namente a su vida. El mito, en ese sentido, también consiste en una mezcla de lo virtual y lo actual, de pre­ sencia pura y de origen perdido para siempre en un pasado irrecuperable. La conciencia del poeta es la de

alfredo fressia | un hombre de palabras

que no hay reconciliación posible. Pero sí hay la tenta­ tiva de, al menos, dignificar su condición en este mun­ do manchado: (…) O desde las bóvedas de la ciudadela, adonde ahora me refugio, acuno a mis hijos no nacidos y me abrazo a las rodillas de todas las estatuas en la estación central para que no me expulsen, ni impregnen mi tierra con sal estéril ni maldigan otra vez mi estirpe por las siete generaciones que vigilan mi poema y vuelva a cumplir mi ceremonia.

El tono elegiaco y pasional es proporcional al tema, corolario de una poética. Y aquí se introduce un nue­ vo leitmotiv: el del tema igualmente bíblico de la mu­ jer de Lot. Si no, ¿de dónde surgieron esas referencias a la sal como elemento estéril y punitivo? Al ser con­ vocada a dejar Sodoma sin mirar atrás, la mujer de Lot no puede contenerse y quedó transformada en esta­ tua de sal. El mismo mitema de Orfeo es recuperado aquí para el poeta, pero en otra clave. Impelido a salir del Paraíso, como lo fuera la mujer a abandonar So­do­ ma, el poeta (siempre Caín) se rehúsa deliberadamen­ te a hacerlo. Al contrario; enfrenta al destino, quiere su ciudad, su estirpe, su vida de vuelta. Quiere librarse de la culpa eterna en la que, tal como Caín, se viera mar­ cado “por siete generaciones”. Los dioses que vi­gilan su poema volverán a cumplir la ceremonia. Esta es la ceremonia del exilio. Y ésa, la esencia de la ubicación última del poeta y de la poesía en el mundo. v

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dirceu villa

poesía intimista en voz alta sobre la poesía de alfredo fressia

C

onocí a Alfredo Fressia hacia 2002 o 2003, en la época cuando presentaba su Eclipse. Cierta poe­ sía 1973-2003, y yo presentaba mi Descort. Experimenté inmediatamente el entusiasmo de los jóvenes poetas cuando descubren a un maestro de una gene­ración anterior. Pero decir “maestro” es decir poco; es posible dominar los medios que nos dan una voz dis­tin­ta­men­ te poética sin que haya nada de ese gai sa­vaoir de trans­ formar no sólo la forma del poema en una firma de su inteligencia, sino de volver el poema un icono que transforma o matiza, a su vez, nuestra percepción. Fressia tiene esa particular y rara felicidad: la inti­ midad de su voz con la poesía es notable y permite que nos reconozcamos en sus versos a nosotros mismos, siendo ya otros por haberlos leído, como dice Rilke de manera inolvidable en la traducción de Manuel Ban­ deira del último verso de “Archaïscher Torso Apollos” [El Torso Arcaico de Apolo]: “força é mudares de vi­ da”. Fabio Aristimunho nos trae su cuidada traducción de treinta y cinco poemas, en edición bilingüe espa­ ñol-portugués, hecha en São Paulo (donde el poeta vi­ ve hace más de treinta años). 

Hacia el año 2004 escribí un brevísimo ensayo so­ bre la poesía de Fressia. Pretendía entonces sugerir algo de esa intensidad contenida, centrípeta, que se bene­ fi­cia de un uso discreto de las formas del verso, al mis­ mo tiempo que mantiene en las palabras sus cua­lidades imprescindibles de misterio (aquella “pala­bra latente, debajo de la palabra que las designa”, como proponía el inteligente Huidobro), operando en ellas su cambio sutil. Fressia entonces decía “penumbrista” para ha­blar de sí mismo, releyéndose irónicamente bajo el signo de azul eclipse, de múltiples significados, que nombra­ ba su libro. Esa penumbra es, en realidad, el dominio poco cuan­ tificable donde la inteligencia poética organiza el ri­tual que establece aquellas ligaciones necesarias —y, en ge­ neral, imprevistas—, el aspecto antes difuso, concen­ trándose para nombrar las sensaciones (Drummond escribiría el famoso “penetra sordamente en el reino de las palabras” para los mismos efectos), y no aquel gru­ po “penumbrista” de franceses, que permanecían per­ didos en una era que no comprendían ni deseaban comprender. Alfredo Fressia tal vez nos llegue con una La Otra | julio-septiembre 2009


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“La poesía de Alfredo Fressia nos hace recordar al mejor Eielson y al más vital Vallejo, el de Trilce. Y en su caso ha estado a su favor el hecho de vivir siempre en la periferia y permanecer muy consciente de ello.” Pedro Granados

voz particularmente educada y límpida, y tal vez la ra­reza de ese hallazgo nos haga reflexionar. Montaigne —quien no ha de desagradar a Fressia, profesor de francés— tenía la sabiduría de filosofar con cosas, es probable que desconfiado de las grandes abstracciones sistémicas (cuando miramos las cosas en detalle ocurre eso en general). Existe esa sabiduría de cosas en la poesía de Fressia, que es una sabiduría de sí mismo, un nosce te ipsum, como escribiría en 1580 el propio Montaigne en una línea justamente célebre: “ainsi, Lecteur, je suis moy-mesme la matiere de mon livre” [“así, Lector, soy yo mismo la materia de mi li­ bro”]. No porque confesionalmente hablara de sí, sino porque percibía el foco muy específico de sus percep­ ciones. La poesía de Fressia habita de un modo defi­ni­ do los lugares, los temperamentos, los diálogos abiertos con las voces de los vivos y los muertos, los acomoda dentro de una posibilidad ya casi olvidada de leer el mundo. Tal vez sea importante recordar que la poesía lati­ noamericana de lengua española siguió rumbos muy diversos de la brasileña, de lengua portuguesa; mien­ alfredo fressia | un hombre de palabras

(El Peruano, Lima)

tras en los últimos cincuenta años los brasileños se di­ vidieron entre los seguidores de la vanguardia concreta y los que se oponían a ella (con pocos poetas fuera de uno u otro grupo, y que insistían en esa no pertenen­ cia), entre los de lengua española floreció todo tipo de poesía y de experimentación, de modo que la existen­ cia o no del verso no es una cuestión bizantina entre ellos, ni el tamaño que la cinta métrica les atribuya. Hay poetas caudalosos tan respetados como poetas de dicción mínima; hay poemas de construcción muy incomún al lado de poemas de formas más conven­ cionales, leídos por lo que son, y no por la filiación que los ennoblecería o empobrecería de antemano. Fressia, de todos modos, no pertenece a ningún ex­tremo, desde lo esdrújulo incomún hasta la mera “con­vencionalidad”: casi horaciano, en ese sentido, su dicción se elabora en el término medio, sin miedo ni etiquetas de fácil identificación. Podríamos tal vez pensar que la poesía de Fressia —sobre todo conside­ rando la opor­tunidad de esta antología diacrónica, con inéditos re­ga­los al final— elabora dentro de sí un argumento que, aboliendo las reglas de cualquier dis­ 


curso no-poéti­co, se volvió algo que combina mágica­ mente una simplicidad muy grande y aparente con una concisión arcana de fórmulas mágicas; pero yo diría, sobre todo, lo que digo en el título de este mo­ desto “posfacio”. Al leer la poesía de Alfredo Fressia percibimos una especie de cultivado monólogo: es el poeta y su au­ diencia, él mismo repasando imaginación, lenguaje, vida, los otros, las agudas percepciones; y es un soli­lo­ quio tan verdadero como fingido. Supone esa proxi­ midad de la voz para disolver la impresión dentro de poemas que se aproximan a todas las cosas, sean ellas la memoria (el impecable “Tarjeta postal”), una lec­tura de Herodoto (“Los persas”) o el amor (“Bello amor”, y la inteligente y sutil reinvención homoerótica del te­ma de la rosa en “Pero la rosa”), etc. Hay en los poe­ mas la duplicidad inevitable de ese soliloquio hecho para los oídos de todos, ese intimismo que nos inti­ ma, nos convoca. Como escribe José Ángel Leyva en la presentación de la edición mexicana de Eclipse: “El poeta se reconoce demasiado extenso, con más defi­ ni­ciones que ser un militante, un hijo, un ciudadano, un exiliado, un inquilino, un varón.” Formalmente, es preciso destacar la palabra su­ti­le­ za: Fressia logra una rela­ción de contigüidad suge­rida por el efecto sonoro entre cuervo, huevo y muerte, en un poema como “La última cena”, que borda así las tres imágenes en un tejido de significado que las propo­ne como obstrucción; o, en un poema que no consta en la selección de la edición brasileña, pero que se im­ pone en este posfacio, “Me pregunto”, en el que una

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estructura clá­sica de preguntas, semejante al ubi sunt?, y en verdad muy simple, se expande sobre cuestiones complejas, conmovedoras, sobre todo porque no son sentimentales. Escribe: Cómo pude escaparme de la muerte, tantas veces el encuentro marcado, el cielo indiferente y postergado.

Que el lector perciba cómo Fressia construye el gesto simple e inteligente de “alejar” la rima en posterga­ do, dándonos el significado en el propio cuer­po del poema, en su estructura: nos hace ver y oír aquello que nos dice. Es un sentido al mismo tiempo musical y estructural del verso. Y de esto es de lo que hablo cuando uso palabras abstractas como maestría o su­ tileza. La dificultad de definirlo viene justamente de la de­ licadeza de esas composiciones: ellas exigen nuestra participación, nuestra admiración al desvendar sus ma­ dejas de simplicidades, nuestra complicidad al descu­ brir los secretos que la bella-ineludible mentira del verso transforma en verdad luminosa. La dificultad de la de­ finición, los rasgos errantes que se nos escapan en el esfuerzo de hablar coherentemente, en general revelan la fuerza de la hábil poesía que se busca aprehender. No se aprehende en un mero “posfacio”, por supues­to, pero puede y será captada in the unstopped ear, como escribió Ezra Pound al comienzo de Mauberley: ése es el sentido de la poesía, y la de Fressia es hoy una de las más vivas. v

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alfredo fressia

poemas

Eclipse Sabías que esa noche llegaría, la del sistro de caliza yaciendo en la caverna, en silencio los lobos y los hombres de manos artífices, tan diestros en el arte de morirse. ¿Y tú, ahí afuera, te sorprendiste herido por los astros? Ya no palpitan, no son almas donde huía fugaz una pasión, esta vez nacieron opalinos huevos del eclipse, esperando por abrirse en el derrrumbe. Caerán sobre la tierra que pisaste, planetas huecos de la primera cuadratura, piedras rotas sobre el cristal que habías historiado con tus viejas escenas de caza en Nínive. La hora llegó, ya viste demasiado el pergamino de tu cielo. Ya sabes que tu pecho en negativo no acusa corazón ni familia ni nada de sagrado, Fressia irremediable, sólo esa ostra celeste hecha de tiempo, madreperla menguante (no repitas la mala suerte en el eclipse) donde volvía a nacer siempre tu padre, indagando inútilmente por un hijo, su mensaje en el tiempo, huellas digitales contra el vidrio empañado de futuro y a ti, botella al mar, te tragaba el torbellino, dorsal, desde los Apeninos a la pampa. No nos fijemos en detalles, eso era el futuro, ya lo sabías refugiado en el vientre del bisonte: alfredo fressia | un hombre de palabras

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eras hombre y mujer, y el cielo fue un desierto donde ardió media hora la fogata fría de tus huesos, y estaba escrito que no hubiera bordes ni destino ni esperanza de morir cercado de tus hijos, el semicírculo acosado desde antes de nacer. No te veo acariciando sus blandos esqueletos, tus niños muertos (de joven llorabas), canciones para danzar entre los dientes de papel del dragón chino, tan manso como las lunas rupestres de cada aniversario, recién nacían, eran las últimas sombras del eclipse, mientras el sistro, Fressia, te seguirá esperando rajado entre tus manos.

En el jardín modernista Cabe la fuente, decía el poema de 1912 que leo un siglo después: Cabe la fuente, y entre la fuente escrita y la que leo yace inmenso y desnudo un dios de sueños. Yo nadaba tras él como un delfín. Sé que quedó cabe el dios todo lo que tuve mientras navegué, el manantial de lo que pensé tener y saber de buena fuente, y hoy me adormezco cabe la estatua de los vertedores implorando por un verso, uno más para olvidarme, Cabe la fuente.

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La tabla de Mendeleiev Dimitri Ivánovich Mendeleiev [Tobolsk, Siberia, 1834-San Petersburgo, 1907]

Dimitri Ivánovich, amigo puntual: te lo confieso, últimamente ando desencontrado, se me confunden las lunaciones, supe que me hacía trampas el solitario, toco y no me cierra la escala periódica entre los dedos. De noche no duermo, y recorro en la tabla los metales más raros y pesados, aquel del cansancio milenario que previste sin saber nombrar, mineral, salado, el de la estatua. Fui presionando con las yemas de los dedos, encontré amantes escondidos atrás de los jacintos, era entre el umbral y el cielo, y vi los genios que bajaban por los cipreses para tocar a los muchachos. También contemplé el vientre atómico de las cruces y las flechas, abierto bajo la luna llena: se maldecían de tanto que se amaban. Entonces fui un amante metafísico (era el cansancio) y absorbía los Valores con los labios secos. Me disfracé de pastora en el Segundo Imperio y consultaba las tablas historiadas con grabados de Doré. Mi perfil era griego y abrigaba sonetos con la lana del rebaño que le robé a Virgilio. Tenía el plectro engarzado con metales preciosos, y otros que no eran preciosos, Dimitri, lo confieso, pero eran mi tabla de salvación. Después vino el otoño, y los metales volátiles, los del vino que mareaba el sueño de los dioses, me desviaron las manos hacia el sur, ¡Islas Marquesas!, gritaba el equipaje, a rehacer la escala inevitable. Hablé aliviado con el Inca en Cuzco, le pedí consejos de coquetería en el futuro alfredo fressia | un hombre de palabras

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próximo y lejano y el futuro futuro de tu Tobolsk inversa, y me descubrí en la playa en brazos de un Marqués rubio y ciego e impotente y sabio. Dimitri, hice tabla rasa del orden de los elementos y giro entre trece signos nuevos para mi horóscopo de estrella sin galaxia. Se me saltean peldaños en la escala, y oigo la risa de Jacob por las fisuras del universo.

Limpieza

Nugatoria

Y ahora procede a retirar la tristeza del mundo, ¿no era esa la función vigorosa de la salud? Mírala, está en esas capas de polvo macilento que encubre los objetos. Se acumula con frecuencia en ciertas calles y sin excepción en todos los zapatos. Suele ser el comienzo de todos los males así del cuerpo como del alma. Sóplalo. Verás levantarse las nubes de polvo que ahogarán a los frágiles, a los perplejos y a los poetas lánguidos, hongos blancos crecidos a destiempo en ese polvo húmedo. La naturaleza prefiere a los más fuertes, siempre lo supiste, y ella cuenta con tu perecedera lozanía.

Te desafió la nuez, latía tras la cáscara guerrera, un yelmo inmemorial deslizando sobre el hule de la mesa. La despensa huele a paraíso y apenas había yuyos secos de la infancia, dientes de leche en el estuche repujado con la piel de una serpiente como recuerdo de batallas engañosas. Te tientan las manos expertas en degüellos, viejas guerras de amor, el ávido vaivén en las nueces frágiles de Adán.

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Será certero el golpe, sólo añicos belicosos, cabeza rota de la nuez o la inocencia. Y es pulpa amarga el corazón del fruto, el que llegó con moho en las arrugas, tarde a la cosecha de los hijos de Eva, los del polvo que acecha en el regusto de una nuez.

La Otra | julio-septiembre 2009


Calle Rondeau Fue cuando descendía por la calle Rondeau, ocupo mi cuerpo como si él fuera un arcano. Supe que entre el exilio/ y la sinuosa ceremonia del exilio huye el poema, resbala/ Rondeau abajo y yo lo sigo, lo acecho/ hasta llegar al mar como a un destino. Le hice tantas preguntas, sentado/ al borde de los muelles. Me miro los pies descalzos mientras oigo/ mis preguntas deslizarse a mis espaldas sobre la certeza silenciosa de los rieles y la respuesta de los durmientes. Practiqué muchos años/ la ceremonia del té y ahora desciendo la calle Rondeau,/ soy recóndito, llevo los hijos que no tuve arropados bajo el saco. Los protejo de ese viento del mar que hunde en la bruma el viaje persistente de los genes. Sólo después cruzaré Agraciada/ y tendré que reconstruir la calle Rondeau, como si volviera a los nísperos de la infancia o los del insomnio. Correré/ sobre el cordón de la vereda y pasarán la zapatería La Molicie, la ferretería La Fuerza del Destino,/ la marmolería El Pensamiento, y Cecilia me contará de la carbonería La Venus de Milo, la vez que la asustó el camafeo gigante. Yo sabía que alguien me acechaba,/ alguien me observa frente al mar porque soy y seré sin para qué, soy/ más allá de la gracia de un Dios y de las obras, como los corales/ que no existen en la bahía de Montevideo, o como yo mismo que tampoco existo/ bajando la calle Rondeau por mi cuenta y riesgo/ sin otra red para saltar los años y la calle Agraciada/ sino este amuleto que compongo, como si fuera un poema,/ entre el té y las rosas té, la íntima ceremonia de los rosales/ hundidos en el mar adonde hoy llego como la noche,/ como los siglos, como Antonio Luis Cortés Varela/ y María Angélica Zambroni García llegaron en un tren del 10 de mayo de 1966 alfredo fressia | un hombre de palabras




para que él la besara, y después mamaba en sus senos antiguos,/ la asía con sus brazos tensos de obediencia y mundo, apretaba/ la palanca del tiempo, cavaba con el pene, con los dedos, con la boca como para hundirse en un tiempo sin tiempo en que flotaba,/ tal vez el mismo vientre, o aun antes, y lloraba/ de placer, decía, lloraba frente al cuerpo/ intransponible y dócil y el coral del semen se le abría para entregar la semilla que si germinara haría nacer al mismo hombre/ que baja la misma calle Rondeau, siempre el mismo, desde la caverna/ o antes. O desde las bóvedas de la ciudadela, adonde ahora me refugio, acuno/ a mis hijos no nacidos y me abrazo a las rodillas de todas las estatuas/ en la estación central, un héroe fantasmal en busca de un país y cuatro sabios desafectados de futuro, para que no me expulsen, ni impregnen mi tierra con sal estéril ni maldigan otra vez mi estirpe/ por las siete generaciones que vigilan mi poema/ y vuelva a cumplir mi ceremonia.

Abel Juegan los dos niños. Hermano mío tan exacto será el crimen, a ti cabrán estas ciudades y los hijos, y nos reiremos casi mareados del carrousel. Dimos vuelta a los ríos del Edén y vimos girar el globo terrestre en el pupitre, un ecuador obeso crujía sobre la esfera, el calambre en la costilla de Adán. Era como un vértigo, como un viaje de regreso obediente rumbo al vientre. 

Yo rumiaré con gratitud el pasto de los nacidos para morir. Tú trazarás con el compás ese círculo donde otra vez me hundo. Hermano mío, guardé el borrón de sangre prometida en los lentos cuadernos de la infancia, o eran pergaminos, piel mortal, versos. Sólo quedó la bóveda del cráneo y una estrella. Los misiles le apuntan.

La Otra | julio-septiembre 2009


artes plรกsticas

fernando gรกlvez de aguinaga

de lo sonoro nace la imagen manel pujol baladas


I

maginemos que la batuta de un director de orquesta se transfigura en pincel; que el seguimiento de los ritmos de la composición y las indicaciones para la incor­ poración de determinados instrumentos en los tiempos de la pieza musical no son únicamente movimientos en el aire, sino que las trayectorias de la mano y el brazo y la batuta generan líneas, salpicaduras, manchas coloridas, puntos, brochazos, atmósferas. Manel Pujol Baladas lle­ va años trabajando frente a la tela mientras su estudio es inundado por la música de los grandes compositores del mundo. Pero su trabajo pictórico no se limita a tener por fondo una atmósfe­ra sonora; hay algo más. Desde hace tiempo que los colores y los trazos, las materias mezcladas con las pinturas, buscan en el trabajo de este creador español trasladar el universo de sensaciones que surge en su interior mientras escucha una sinfonía, una sona­ ta pa­ra piano o una canción de los Beatles. Acto alquímico por excelencia, el arte intenta transfigurar el mundo a las ma­terias propias de cada disciplina. Así, Pujol Baladas se ha entregado a la aventura de convertir en visible lo sonoro; de traducir a formas, líneas y tonali­dades cro­ máticas las notas de una melodía. Es, sin lugar a dudas, un gran explorador del fenómeno de la sinestesia, que consiste en trasladar las cualidades de un sentido hacia otro en la obra artística. Más que el desarreglo de los sen­ tidos al que cantaba Rimbaud, la exploración límite de los mismos para intentar lo imposible: decir con una ima­ gen detenida en el tiempo lo que acontece en el trans­ curso de una trama melódica. Las series más recientes de Pujol Baladas se abocan al diálogo con los trabajos de dos excelsos composito­res: por un lado, el poderoso Beethoven y su potente Quinta sinfonía, y por el otro, Carlos Chávez, con sus expresivas y mexica­ní­si­mas y composiciones para arpa. Pujol tra­du­ce en la tela lo que escucha: los sonidos del arpa se vuelven por momentos delgados escurrimientos de 

pintura sobre una atmósfera orquestal de gradaciones cromáticas, mien­t ras que en los trabajos dedicados a la Quinta…, los brochazos se vuelven gruesos, sin más fondo que las expresivas franjas cro­má­ticas que atravie­ san la composición, al igual que, en la sala de conciertos, los conjuntos instrumentales pe­netran con su ímpetu sonoro, con sus controlados arrebatos de pasión que sue­ nan y resuenan en contrapuntos orquestales y que luego se fugan para dar paso a otra estampida de notas. Pero las traducciones visuales de la música que hace Pujol Baladas no se limitan a gestos pictóricos. La inte­li­ gente asimilación que del llamado arte matérico catalán ha hecho el artista lo llevan a reforzar sus composiciones, cuando lo cree necesario, con capas de cemento que mez­ cla con la pintura para darle grosor a un trazo y, de ese modo, enfatizar la robusta sonoridad de un pasaje musical. Así también pega cartones que, con sus texturas, sugieren ritmos y calidades del timbre de un instrumen­ to que vaga por la sinfonía. Además del discurso de las materias, vemos que la organización compositiva busca plasmar las complejidades orquestales de la obra a la que se refiere. No hay soluciones fáciles a pesar de la aparen­ te espontaneidad que reflejan los cuadros. El espesor de una línea o el arrebato de un escurrido que pueden pa­ recer un mero accidente pictórico, en realidad quieren expresar algo preciso sobre determinado arreglo o momento musical. La inclusión del dibujo de algunas notas habla de momen­tos clave en una sinfonía que, de pronto, con un acen­to to­nal, abren la pieza a vastas dimensio­ nes sensoriales que diferencian al gran creador del mero técnico musical. Los oídos de Pujol Baladas son ya expertos cazadores de esos puntos de inflexión; él es un re­ finado compositor de imágenes, un preciso y no menos apasionado director en la orquesta de lo pictórico. p. 65: Sonata Claro de Luna, serie Ludwig van Beethoven | mixta/papel, 100 3 100 cm | 23 de abril de 2009

La Otra | julio-septiembre 2009


Symphony n° 8, serie Allan Pettersson | mixta/papel, 100 3 150 cm | 23 de abril de 2009

Reflexiones estéticas sobre la 8ª Sinfonía de Allan Pettersson, serie Allan Pettersson | mixta/papel, 62.7 3 89.4 cm | 11 de mayo de 2009


De la serie “Sinfonía n° 5, The Emperor”, serie Ludwig van Beethoven | mixta, polvo de mármol y carborundum/papel, 100 3 150 cm | 9 de abril de 2008

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La Otra | julio-septiembre 2009


Invention for Harp iii, serie Carlos ChĂĄvez | mixta/papel, 50 3 120 cm | 27 de febrero de 2009

Symphony n° 8, serie Allan Pettersson | mixta/papel, 100 3 150 cm | 23 de abril de 2009


Symphony n째 8, serie Allan Pettersson | mixta/papel, 100 3 150 cm | 15 de mayo de 2009

Symphony n째 8, serie Allan Pettersson | mixta/papel, 100 3 150 cm | 15 de mayo de 2009


Invention for Harp, serie Carlos Chávez | mixta/papel, 122 3 150 cm | 2 de marzo de 2009

artes plásticas | manel pujol baladas

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De la serie “Sinfonía n° 5, The Emperor”, serie Ludwig van Beethoven | mixta, polvo de mármol y óleo/tela, 180 3 180 cm | 25 de mayo de 2009

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La Otra | julio-septiembre 2009


miscelánea

martha canfield

mario benedetti: ser latinoamericano hoy entrevista inédita

Montevideo, 28 de febrero de 2008

¿C

uándo empieza para ti la historia de Iberoamé­ rica: con la formación de los grandes imperios indios, con la conquista a fines del siglo xv o con la formación de las repúblicas en el siglo xix? Para entender a Iberoamérica y su historia debemos tener en cuenta que la propia histo­ria es dinámica y que el conceto de origen cambia según la perspecti­va, por lo cual cada uno de los mencionados puede ser considerado un origen válido. ¿Qué nombre consideras más apropiado pa­ra el Nue­ vo Mundo: América, en ho­nor a Vespucci; Colom­bia, en honor a Colón; Abya Yala, nombre propuesto por una aso­cia­ción de indígenas del continente, u otro? Latinoamérica. Se ha hablado del blanqueamiento progresivo de la población americana. ¿Qué piensas so­bre esto? Creo que el término deriva de un prejuicio euro­ centrista y que el destino, tanto de América como de

miscelánea

Europa, es el de ver las razas y las culturas del mundo mezcladas. Ojalá para que pueda nacer el hombre nue­ vo de tantas utopías revolucionarias. ¿Cuál es el aporte de la raza negra al mundo ameri­ cano, según tu parecer? Después de la abolición de la esclavitud, la margi­ nación y la explotación de los negros se mantuvo. Aún así, ellos hicieron una contribución fundamen­tal en la música, tanto en el jazz como en los ritmos del Ca­ ribe, en la samba y en la poesía. El movimiento de la negritud, a partir de los años treinta, lo hizo evidente. De las varias corrientes migratorias —judíos, italia­ nos, españoles durante la Guerra Civil o bajo Franco, turcos, árabes, alemanes, japoneses, etc.—, ¿cuál consideras más interesante o determinante en la forma­ ción de la cultura americana? Cada uno de estos grupos ha dado y recibido, y es ne­ cesario reconocer que el intercambio es recíproco. Bas­ te recordar la fuerza de la tradición judeo-argen­tina, la difusión de la cultura y de la lengua italiana en Río de 


la Plata y en Venezuela, la memoria árabe pre­sente en el norte de Colombia, que ha generado una poesía no­ table, las colonias alemanas en Chile y en Uruguay, la cocina china en Perú, los famosos “Chifas”, etcétera. ¿Qué ritmo musical consideras más típicamente ame­ ricano y cuál es el que tú prefieres escuchar o bailar? Hay muchos ritmos americanos, como es natural en un mundo multiétnico y multicultural. Yo, como uruguayo, prefiero el tango y la milonga. ¿Cuál es tu plato favorito, con el que sientes que saboreas tu identidad? El churrasco. ¿Cuál es la mala palabra que expresa mejor tus sen­ timientos de contrariedad o de rabia? Las verdaderas malas palabras son hambre, po­bre­ za, traición y guerra, por ejemplo. ¿Cuál ha sido el periodo más fértil para el pensa­ miento creativo en la historia americana? Las revoluciones. ¿Cuáles son los autores españoles o hispanoamericanos que más han influido en tu obra? Antonio Machado, Miguel Hernández, Horacio Qui­roga, César Vallejo, Baldomero Fernández More­ no, José Martí, entre otros. ¿Y de los europeos? Kafka, Proust, Thomas Mann, por ejemplo. ¿Quién es el personaje histórico más emblemático de América Latina? Simón Bolívar. 

¿El héroe o la heroína, el político, el filósofo? El héroe, Artigas; el político, Fidel Castro; el filóso­ fo, Carlos Vaz Ferreira. ¿Para ti, quién encarna mejor la belleza femenina ame­ricana: María Félix, Zully Moreno, las actrices la­ tinas hoy de moda como Jennifer López o Salma Ha­ yek? ¿Y quién la imagen masculina? Ninguna de ellas. Tanto en la mujer como en el hom­bre la belleza no es para mí lo más importante. En todo caso, una belleza humana, como persona, su inteligencia, su lealtad, su sensibilidad para con los demás… ¿Qué significa para ti la Malinche? Una traición a sus orígenes. ¿Te consideras sobre todo un autor uruguayo, un au­ tor hispanoamericano, un autor de lengua española, o más simplemente, un escritor contemporáneo (sin mar­ cas nacionales especiales)? Me considero un uruguayo sin atenuantes, so­li­da­ rio con América Latina. ¿Cuánto está presente América en tu obra? ¿Dirías que esa presencia es predominantemente voluntaria o inevitable? En mi poesía y en mi narrativa está presente sobre todo mi país. En mis ensayos y en mis escritos políti­ cos está presente América Latina, y es una presencia inevitable. ¿Qué sueñas para el futuro de América? Su liberación en todos los campos, y que pueda su­ perar todos los condicionamientos, empezando por el económico. v La Otra | julio-septiembre 2009


miscelánea

antonio moreno montero

miguel ángel chávez díaz de león entrevista

Para el compositor Jacobo Moreno

2009

(ni cabalístico ni capicúa) es el año edi­torial para el poeta Miguel Ángel Chá­vez Díaz de León, después de veinticinco años de trabajo creativo: Ediciones Sin Nombre editará pró­ximamente Poemas completos de libros inconclusos, y la Universidad Veracruzana, en coedición con el Ins­ti­tuto Chihuahuense de la Cultura, está por imprimir su Poesía reunida (1984-2009). La obra del discípulo de David Ojeda, en aquellos primeros y vertiginosos años de los ochenta, es cono­cida por sólo un puñado de lectores. Así es la norma en un país de poetas. Ojeda coordinó por varios años el taller literario que tomaba lugar en el Museo de Ar­te e Historia de Ciudad Juárez. Ojeda se convertía cada semana en Odiseo, y Ciudad Juárez en la Ítaca de su destino, porque se desplazaba en autobús desde San Luis Potosí para asistir al taller donde le espera­ ban, sedientos, Miguel Ángel, Jor­ge Humberto Chávez Díaz de León, Joaquín Cossío y Ri­ cardo Morales, entre otros. Así floreció una ge­ne­ración literaria que sigue imponiendo magisterio. En la presentación del primer poemario de Miguel Ángel Chávez publicado en 1984, Ojeda advierte una voz sólida, cuajada temática y formalmente. Su traba­jo manifiesta una postura insolente, un humor oscu­ro, una burla terrible que encuentra sus objetivos en el hombre de todos los días. Entre los poemarios En este rincón duerme la du­que­sa (Praxis-Dosfilos-Universidad Au­ tónoma de Zacatecas, 1984) y Los ángeles también van de cacería (Puente Libre, 2006) no

miscelánea




media más que una poesía ra­biosa, anecdótica y, al mismo tiempo, al servicio de la inmedia­ tez de las cosas; de allí su vitalidad, puesto que no deja de encarar la realidad para nutrirse de ella. No obstante, no sufre de sorderas con respecto de nues­tra tradición poética. Su poesía está marcada por los colmillos de Borges, el erotismo coruscante de la piel en vilo heredado de Sabines y la festividad de la calle, de Efraín Huerta. Si los temas de la mujer y la ciudad son fundamen­tales y le dan sentido a todos sus libros, el fervor del desierto está presente in abstentia. Se implican mutuamente y de manera rei­ terativa en Este lugar sin sur (Boldó i Clement, 1988), quizá uno de sus mejores li­bros, a la par de Vhala Blues para saxofones (Boldó i Clement, 1991). Son extraordinarios frescos de sen­ sibilidad musical y estado de ánimo que destacan, a la manera de Charles Simic, la gran­ deza y admiración por lo simple y las cosas pequeñas, despreciadas por la rutina y la ceguera cotidianas. Este interés, evidente en tales poemarios, le proporciona estabilidad y sentido al mensaje poético mediante un lenguaje forjado en versos cuidadosamente cincelados. Prevalece en Chávez Díaz de León (1962) la necesidad de que sus experiencias subjetivas y objetivas exploren y concentren la mayor posibilidad poética de la vida humana. Su trabajo lo capta a partir de escenas urbanas, de lecturas iniciáticas y demoledoras que in­cluyen la rea­ lidad circundante y, por extensión, los su­cesos históricos notables de la Revolución mexicana y de la migración contemporánea del sur hacia el nor­te en las últimas décadas del siglo xx que alcanza rasgos épicos; sin exceptuar los diálogos sostenidos textualmente con Juan Rulfo y Jesús Gardea, ni la evocación de los amigos entrañables y los cófrades del vanguar­dis­mo eu­ ropeo, como tampoco la presencia-ausencia de los amores posibles e imposibles. Hace siete meses, por azar o accidente, y con cierta pena por la extemporaneidad, leí por primera vez Es­te lugar sin sur, título totémico para la poesía mexicana y que será señero de entre sus cincos libros compilados en Poesía reunida (1984-2009). Mi llegada un poco tardía al libro significa y demuestra, de alguna mane­ra, la ralentización del proceso y la circulación entre la poesía, los lectores y la crítica literaria en nuestro país. Este año se cumplen veintiuno de indiferencia (me atre­vo a afirmar que éste lo han leído sólo poetas y amigos del autor). Es un gran libro escrito por un poe­ta mayor y gira en torno a un tema capital: el noma­dismo del hombre dentro de un mapa que ya conoce, pero no cuando está al revés o fragmentado. El poemario es pionero en lo que respecta a la literatura fron­teriza porque reúne sensibilidad, imaginería, códigos y mitos fronterizos. Para hablar de Este lugar sin sur y de su traduc­ción a la lengua inglesa hecha por Sharon Montano, así co­mo de las publicaciones próximas, Chávez Díaz de León me recibe con de­ senfado en su casa de Juárez, una fría mañana de principios de enero de 2009. Des­de la ven­ tana me observa llegar. Me da la bienvenida y, de inmediato, esboza una leve sonrisa al momento de decirle que finalmente he encontrado una grabado­ra. Habla como camina: 

La Otra | julio-septiembre 2009


pausadamente. Usa un bastón para caminar y sus movimientos son desafiantes al igual que las ideas que esgrime sobre su poética. Un hombre que ha vencido la muerte en el primer episodio de la batalla no deja de ser un acto de he­roís­mo. Estuvo semanas en estado de coma por culpa de un derrame cerebral en 2005, pero resucitó y poco a po­co empezó a inmiscuirse nuevamente en la vida co­tidiana, a utilizar las palabras —su antigua herramien­ta— para nombrar las cosas, recuperar la me­ moria y describir los sentimientos como si estuviera en una etapa pre-adánica. Pone a mi disposición café, tequila y whisky. Antes de iniciar la conversación, como sali­ dos de una chistera, aparecen Perro y Pío, sus mascotas: una cacatúa y un cardenal de un rojo granadino que parece irreal. v

Encuentro con Borges Tenía como trece años; una tarde, caminando por el centro de Ciudad Juárez, vi en el aparador de Librolan­ dia el Libro de arena, de Jorge Luis Borges. Era peque­ ño, publicado por Alianza. En la portada destacaba la arena. Y lo compré, finalmente. ¿Por qué? ¿Quién sa­ be? Lo leí y me asombró la presencia del tiempo. Así me convertí en lector. Después llegaron a mis manos libros de Neruda, Efraín Huerta, Machado, y libros incendiarios como los de Bakunin, Malatesta y Marx. Mi encuentro con Borges fue accidental. No tenía nin­ guna noción de la literatura ni sabía quién era él. Pasó más de un mes para que yo comprara El libro de arena. Pero antes, llegaba y me paraba frente al aparador y lo veía con nostalgia y asombro, como si fuese un animal, la misma actitud que seguramente manifes­ taba el mismo Borges-niño cuando visitaba el zoo­ló­ gico y se paraba frente a la jaula del tigre. La calle La calle me reveló una serie de mundos y, más que na­ da, una vitalidad. Orientaba mi vida hacia ella. En el miscelánea

barrio donde crecí no valía mucho la escuela, sino los golpes, saber pelear y defenderse. En la calle fui des­ cubriendo nuevas posibilidades para mi existencia, pa­ ra hacer algo conmigo; a la vez, me fui preocupando por las emociones, el amor y los sentimientos. Fue cuando empecé a escribir en automático. Escribía mis textos sin ayuda. A partir de las lecturas me formé una idea personal de lo que era un texto literario, un poe­ ma. Luego estudié y analicé todas las corrientes lite­ ra­rias. Leí mucho sobre el surrealismo y el nadaísmo co­lombiano. Fueron para mí influencias muy raras, por un lado. Por el otro estaba Borges, Neruda, Efraín Huerta y Jaime Sabines. Eran voces poéticas que me retumbaban y yo quería imitarlas. La poesía me entu­ siasmó primero como lector y después como ejecu­ tante. Un paisaje Además del libro de Borges, me marcó profundamen­ te un paisaje. Esto fue muy importante en mi vida. A seis metros, dabas la vuelta en la esquina de mi casa y se veía El Paso, Texas. En esa vista sobresalían las casas 


de uno de los sectores más exclusivos de esa ciudad. Cuando estalló la Revolución mexicana, las familias acaudaladas de Chihuahua se instalaron allí, lo que es actualmente la zona histórica. Cada vez que salía a la calle, lo primero que veía era esa imagen opulen­ta de Estados Unidos (a veinte cuadras de distancia de mi casa), que contrastaba radicalmente con mi barrio. Ese paisaje me oprimía el corazón. Me pesaba. Veías de es­ te lado un Juárez estático. Estaba el Barrio Alto a mis espaldas, completamente diferente, desolado. Era un páramo, pero no miserable. La convocatoria del taller literario En el periódico El Fronterizo, el más importante de aquella época, apareció publicada una convocatoria li­ teraria. Se convocaba a jóvenes con deseos de iniciar­se en el trabajo creativo. Los elegidos se harían merece­do­ res de una beca otorgada por el Instituto Nacional de Bellas Artes (inba). Yo asocié beca con dinero. No me importó en ese momento tanto la literatura como el di­nero. Asistí para inscribirme y me dijeron que tenía que llevar dos poemas como muestra. Elegí mis me­ jores poemas con la intención de ganar dinero, y sa­ lieron premiados. Cuando me explicaron las condiciones de la beca y en lo que consistía un taller literario, comprendí que esto no era un juego ni una cuestión de dinero, sino una cuestión de ponerse a trabajar en la escritura. Así descubrí lo que significaba dedicarse a la poe­sía. En­ tendí que la poesía es un oficio que exi­ge mucho ri­gor. Al regreso de esa reunión en el inba, cuando iba en el autobús, supe que mi vida estaba a punto de cambiar radicalmente. Yo pensaba que estaría siempre ligado al barrio, porque me veía como uno de sus líderes y tam­ bién como un gran de­lincuente, porque tenía habili­ dades: sabía pelear con los puños y con la navaja. 

La llegada de David Ojeda El taller se inauguró en 1980 y lo coordinó durante diez años el poeta David Ojeda, de San Luis Potosí. Formaba parte de un programa nacional que tenía el inba para formar escritores en provincia. En aquel tiempo, como ahora, la provincia estaba muy olvidada. Aunque había grupos dedicados a la cuestión cultural y que hacían su labor, no me servían porque carecían de rigor y formación. Por un lado, es­ taban detenidos en el tiempo con grupos integrados por personas de muy avanzada edad. Por el otro, ha­bía grupos muy radicales. Escribían poemas panfleta­rios. Contaban con rigor, pero creían que nadie les podía ayudar. Lamentablemente, ellos se han quedado en el olvido, no aceptaron que un taller les pudie­ra ayudar. Además, un taller literario era una cuestión novedo­ sa; sin embargo, muchos escritores locales vie­ron con malos ojos la llegada y la inauguración del taller. Ojeda viajaba en autobús desde San Luis Potosí. Así, pese a las 18 horas de viaje, nunca faltó a las reunio­nes. Esos viajes de ida y vuelta duraron tres años. En los si­ guientes dos años, hacía los viajes cada mes. El taller tuvo una vigencia, con Ojeda a la cabeza, de diez años. Fue una gran ayuda para mí. El taller literario del inba inauguró el resurgimien­ to de una generación de escritores que marcó las pro­ ducciones editoriales del norte de México. Empezamos a publicar en revistas como Tierra Adentro y nuestro trabajo fue incluido en algunas antologías. Era un gran logro publicar un poema en revistas del centro de Mé­ xico. Allí publicaron Ricardo Morales y Jorge Hum­ berto Chávez. Hasta ese momento, yo era un escritor a quien todavía le faltaba un poco de trabajo. Después de poco tiempo despegué, igual que los otros. Con Ojeda empezó a darse una relación muy inten­ sa. En esa primera generación participaron Ricardo La Otra | julio-septiembre 2009


Morales Lares (un excelente poeta), Alonso Lastra (un excelente mecánico), Joaquín Cossío (una celebridad en el cine), Marco Antonio García (dedicado al tea­ tro) y Jorge Humberto Chávez Díaz de León (el poe­ ta mayor); posteriormente se incorporaron Rosario Sanmiguel y Willivaldo Delgadillo, narradores extra­ ordinarios. El grupo sesionaba en las instalaciones del inba. An­tes de iniciar con las actividades del día, Ojeda nos hablaba de las novedades editoriales y los chismes li­ terarios. Una vez iniciada la sesión, el trabajo colec­ tivo era cosa seria. Trabajábamos tres horas intensas. Teníamos muy fija nuestra meta en el taller: formar­ nos como escritores para, de allí, buscar las publica­ ciones. En este rincón duerme la duquesa (1984) Quería mostrar que algo estábamos haciendo en Juá­ rez y que un grupo de jóvenes estaba tratando de es­ cribir. La duquesa es un símbolo que ha sido constante en mi poesía, para nombrar a la mujer como una da­ ma. Es una celebración a ella, que es el centro de mi poesía. Son el erotismo y la mujer como temas. Este lugar sin sur (1989) Quise poner en perspectiva el descubrimiento de una ciudad y la reivindicación de la calle. Veía mi ciudad latiente, pero acechada por la violencia y el peligro. Para un nuevo lector de este libro, estoy seguro que pensará que lo escribí hace medio año; y no, lo escri­bí hace veintiún años, cuando la ciudad estaba en cal­ma. Pero pensaba que se estaban gestando algunos demo­ nios. Veía una ciudad pujante en la industria, en la economía, pero desolada. La ciudad se estaba des­com­ poniendo y apuntaba hacia muchos lados. Al mismo tiempo que la veía con muchas riquezas y situaciones miscelánea

agradables, resaltaba su lado terrorífico. Todas las ur­ bes tienen un lado oculto, y yo estaba muy conscien­ te de estar descubriendo ese lado. De ahí las referencias a la calle. En muchos poemas está como motivo te­ mático. Los poemas celebran la calle y alude a deter­ minados espacios sagrados como las cantinas; pongo de relieve los monumentos de la ciudad, los escrito­res que me marcaron y, sobre todo, hablo de la mujer. Es el libro más cercano a mi corazón y el que me de­ fine como poeta. La idea de nombrar un lugar ca­ren­ te de un punto cardinal surgió porque considera­ba que mi ciudad y mi región eran, hasta cierto punto, escenarios desolados. Es un lugar común, pero en ese entonces estábamos muy alejados de las políticas cul­ turales del centro del país. Y estábamos también muy marginados de Estados Unidos. El Paso (Texas) era una ciudad olvidada, como en un limbo. Ese limbo viene a ser, precisamente, una frontera de la nación más im­ portante y de un país que siempre va a estar en vías de desarrollo. Veo la frontera como un lugar sin sur. Es como de­ cir un lugar sin esperanza ni futuro. A mí me encan­ ta la ciudad y la celebro; pero me dicen mis lectores y mis amigos que la maltrato mucho en mis poemas. Vivir en una frontera te da vitalidad y desesperan­ za. Ese sí y no pertenecer a algún lado. No eres parte de algo, sino de aquí nada más. La frontera es pertenecer a este lugar que no tiene puntos cardinales, más que este punto, que es el de aquí. Uno construye su pro­ pio sol, su propio sur y su propio norte. Geográfica­ mente estamos en un punto muerto. La ciudad no es hermosa, pero si te metes a sus entrañas, descubres lugares maravillosos. El viajero puede llegar a Ciudad Juárez y toparse con una ciudad gris, violenta. Quien vive aquí y logra sobrevivir por tres meses, se da cuenta que la ciudad 


tiene un encanto que está en su gente, en cier­tos lu­ gares, en su pasado. En estas calles se dan el prin­cipio y el final de la Revolución mexicana. Igualmente se dan hechos que tienen que ver con la Reforma de Be­nito Juárez. Y si nos situamos hasta hace pocos años, aquí se genera un movimiento político que derrocará al pri de la presidencia nacional. Ciudad Juárez es un punto muerto que da mucha vida. No puedes compa­ rar una frontera con otra. Ciudad Juárez, donde yo vivo, es una región muy misteriosa. Vhala blues para saxones (1991) La poesía no puede estar para lamentaciones ni que­ jas. Por eso es un libro festivo, ligado de alguna ma­ nera con mi situación amorosa. Cuando lo escribí me sentía con mucha vitalidad y quería que fuera un li­ bro irónico, irreverente, rebelde y con humor. El título se lo debo a mi aprecio por el jazz y el blues; en cuanto a Vhala, es el seudónimo de mi esposa. Hay dos poemas que hablan de Vhala como si fuera un ser mitológico y misterioso. El título se refiere a la mujer en general. Pero, obviamente, la intención era nombrar a mi esposa e, implícitamente, a todas las muje­res. La presencia del humor es constante y eso se lo de­bo a Efraín Huerta. Pensé necesario hacerle un pequeño homenaje. Escribirlo fue muy divertido para mí. En este libro exploro la sensibilidad femenina. Es un homenaje a todas las mujeres de la vida galante que conocí cuando tenía un restaurante en la Avenida Juá­ rez. Ese trabajo me hizo vivir el ambiente de los bares, las prostitutas, los chulos, de la gente que traficaba con personas para pasarlas al otro lado. No están pre­ sentes en mi poesía, pero sí el ambiente nocturno y de congales de Ciudad Juárez. Hay un poema titulado “El congal, señores, nos pertenece ahora”, que está dedicado a mis amigos del taller literario. 

La convivencia con las prostitutas me dio una lec­ ción de vida importante: primero, el respeto que les tengo y, segundo, la valentía por lo que ellas hacen. Debo confesar que nunca entablé con ellas una rela­ ción amorosa, sino de amistad profunda. A esa zona de la ciudad llegaban muchísimas prostitutas que ve­ nían del sur y de otras partes del país. Yo tenía en mi restaurante casetas telefónicas para hacer llamadas de larga distancia, cuando todavía no existían los celulares. Las conversaciones con sus pa­ rientes subían de tono. Ellas respondían a los reclamos de sus familiares porque las habían descubierto: no tra­ bajaban en una maquiladora, sino que eran bai­lari­nas en un bar. Salían llorando de la caseta y se quejaban conmigo. Así fue como se me ocurrió hacerles un fa­ vor.Les dije que iba a destinar un teléfono exclusivo para ellas, como si fuera el teléfono de una maquila­ dora imaginaria. Para mis amigas cercanas, la idea les pareció fenomenal. Ellas tenían que decir que traba­ jaban para Maquiladora Ciudad Juárez y yo sería el recepcionista. Se corrió la voz de la línea telefónica y empezaron a llegar muchas mujeres. Tuve que hacer una lista con los nombres artísticos de las muchachas: Janeth, Juli­ ssa. Nombres acostumbrados en ese ambiente, cuan­ do en realidad los nombres que más abundaban eran Manuela, María, Carmen y Luisa. Contraté a un men­ sajero para que, al momento de recibir las llamadas —que eran muchas—, las buscara en el lugar de tra­ bajo o en el hotel donde vivían. Como recepcionista, yo contestaba: “Maquiladora Ciudad Juárez, ¿en qué le puedo atender?” De inme­ diato me pedían hablar con alguien y yo les decía que no podía contestar porque estaba en su línea de traba­ jo. Les sugería que llamaran en su hora de receso o de comida. En ese momento mandaba al mensajero. La Otra | julio-septiembre 2009


Ellas descansaban mañana y tarde. Por eso llegaban a la caseta todas greñudas a contestar las llamadas de sus familiares. Llegué a juntar una lista de 98 muje­ res. Eso fue maravilloso porque me abrió las puertas al mundo venturoso de la nocturnidad. Los ángeles también van de cacería (2006) Surge de un poema extenso. Hay que tomar en cuen­ ta de que duré diez años sin escribir. En 1993 dejé de escribir porque mi trabajo en el periódico me quita­ ba mucho tiempo. Me dedicaba a la escritura perio­ dística; en especial, exploté el género de la crónica y la columna política. Es un libro centrado en un tema muy específico. De nuevo, celebro a la mujer como sujeto erótico. Con la escritura de este poemario cierro un ciclo de mi vi­ da. Los ángeles de este libro son obscenos. Es una poesía directa en contra de la moral y del conserva­ durismo. Lo escribí pensando en el recato y las gaz­ moñerías de las políticas del foxiato. Es una postura en contra de una política cerrada y dura. Armé el li­ bro pensando en ángeles profanos. Poemas completos de libros inconclusos (2009) David Ojeda seguía insistiendo, desde hacía mucho tiempo, que le diera un libro para publicar. Había te­ nido intentos fallidos al momento de querer armar uno, pero me dejaba insatisfecho la tarea de buscarle unidad temática al conjunto de poemas. Un día hablé

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con David y le propuse organizar un libro a partir de los intentos que había hecho, es decir, que cada ca­pí­ tulo sea un libro inconcluso. Poesía reunida (1984-2009) La idea de compilar toda mi poesía me cayó como una bomba. Es extraordinario descubrir que hay cierto reconocimiento hacia mi trabajo y que en Ciudad Juárez se hace una buena literatura. Definir la poesía La defino como una declaración de principios. Es un lenguaje personal que se va armando en el transcur­ so de la vida. Existe también la posibilidad de no de­ fi­nirla, sino de hacerla y crearla. Escribir poesía es como si te arrancaras flechas del cuerpo para liberarte de cierto dolor. Yo pienso que el poeta es un hombre herido. A lo largo de su vida va sanando sus heridas, pero siempre al lado de la mu­ jer. Creo también que la mujer ayuda al poeta a sanar de ese dolor porque le da alivio en todos los sentidos. Por eso me llevo mejor con las mujeres que con los hombres; con los hombres, ni para jugar béisbol. La mujer es mitad diosa, mitad bruja, de ahí su ca­ pacidad de creación y destrucción. Es un oasis que siem­pre hay que buscar para beber de sus aguas. Cuan­ do no lo hacemos, estamos perdidos. De la misma ma­ nera que defino la mujer, defino la poesía. Son las que nos pueden salvar. v

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miguel ángel chávez díaz de león

cuatro poemas | Ciudad Juárez, México, 1959 |

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Poema

Direcciones

Desde que las tarántulas abandonaron los solares y las divinas garzas no hacen el amor en el Río Bravo. Desde que las mariposas habitan en la red y la revolución de antaño duerme en la cama principal desde que se fueron los centauros y dejaron desolada esta tierra de habitantes perdidos estás al lado mío amor ciego del norte.

Yo nací y crecí cerca del Arroyo Colorado, Tuvieron que pasar 20 años, 3 ó 4 romances, un matrimonio y una juventud disoluta para descubrir que el amor de mi vida estaba a la vuelta de mi esquina.

La Otra | julio-septiembre 2009


El norte y la frontera

Breve historia de la tierra del norte

…me ofrecía enviarme tortugas de allá: es, me parece, la promesa más bella que me han hecho. andré breton

Bajan las campanas para invadir el río Jacques Vache nunca orinó en nuestra ciudad el tranvía es un fantasma lleno de poemas libre de atentados porque su caja de cristal y moño azul de institución lo salvaguardan. El mar nuestro es una duna suicidándose y los galeones nunca soñaron con este pueblo gris. Aquí la soledad es la psicosis un tipo doce da un beso-judío a su carabina aquí Bretón se sufre nos damos de molondrones con la vida y nada puedo enviarte perdóname.

miscelánea

Estas tierras del norte beben sangre de Dios y duermen en asombro alucinan de noche los hombres que las pisan se sueñan en bandidos alimentan el mundo del centauro de los trenes fantasma y los caballos de lluvia tierra y hombre se aman en invierno cuando el viento convierte demonios en mujeres que amotinan en su cuerpo a la lujuria y de cuyas manos brota el santo y seña para entrar al olvido al abandono de este lugar sin sur.

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santiago espinosa

seis poemas | Bogotá, Colombia, 1985 |

Valse triste

Caída de la tarde A la manera de Jean Sibeluis

El ruido áspero de un fósforo, dos, tres de la mañana. Pasos en la casa de la esquina. ¿No es demasiado tarde para empezar la velada? Quizá estrellen las copas mirándose a los labios y suene en el piano la canción escogida. Él y su corbata roja, la que compró con ella antes del accidente. Ella, perfumada, lleva el vestido de encaje: única herencia de su madre. Bailan, jóvenes, por la pista de otros ojos, de otra memoria, sigilosamente haciéndose fantasmas.

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La lluvia llega a la ciudad en su creciente de voces. Como un tratante de angustias pasa por la avenida trocando el polvo de las calles por espejos viejos. Cae la tarde. El día se diluye en periódicos mojados. Y en el suelo, en las piedras ordenadas por el tiempo, vuelven a hablar los muertos con besos repentinos.

La Otra | julio-septiembre 2009


La casa ilusoria Como un árbol que se abre camino en la mitad del mar, la casa, su olvidado lenguaje de peldaños, de redes y vacíos luminosos, nació en el sueño del arquitecto. “Una casa”, se dijo, “huella de la vida, que tenga por rostro la prudencia del anónimo…” “Que interprete la montaña sin cortes sin remedos.” “Pura y aislada como la hoguera.” Y de la casa surgieron moradores. Sus altos muros fueron perdiendo la extrañeza, cuando por el pasillo circularon las visitas haciendo de los rincones escondites, refugios, donde la hombría pudo llorar las deudas de rejas para dentro y habría de llegar el sexo a la lengua de los niños. Sonaron los estruendos de cada noticiero. El abandono en las caídas del futbol. También hubo películas dobladas que hablaban del África, de una aridez distinta a la que comenzó en los muslos y terminó en el trazo de los rostros. Fueron muchos los recuerdos que se robó la mansarda. La capa adusta del abuelo, amables caracoles, los niños jugando a la guerra miscelánea

con sombreros de copa o emprendiendo la caza del Mohán en la selva imaginada. Mientras tanto, en la noche, los otros oían a su conciencia traquear en la madera, dando sus primeros pasos. En medio de los aromas del melón, siempre distintos, viendo la luz colarse en los vitrales, por la ventana entró el sonido de un antiguo clarinete, poblando la casa de fantasmas y de barcos que se hunden. Con el adiós de los nardos, creciendo en la portada, quizás sólo hubo tiempo de mirarse a los ojos para estrellar las copas de cara a la montaña. Hubo tiempo de alzarlas y volver a brindar por los ausentes. La obra estaba completa. Para Guiseppe Volpini

A un escultor judío Centrar la arcilla. Que el torno libere el grito las formas azules del pasado presas en el lodo. Piensa en su nombre, lo convoca, y vuelven las yemas a su cuerpo blanco; su memoria a la memoria. Giran las espirales y en ellas vuelve el tren donde se conocieron los abuelos, las aguas de un mar muerto entre los dedos y rocas el túmulo amargo de la madre. 


Tiene el furor del poseído: siente que lo persiguen soledades. La diáspora de unos huesos todavía húmedos, y que ahora encuentran su olvidada luz, emergen de entre sus manos como un árbol nuevo. Nada crea el escultor, tan sólo escucha lo que dice la roca. Se levanta temprano, desayuna, prende otro cigarrillo, y ofrece los brazos a una antigua ceremonia. —Quizás lo sagrado era la piedra desnuda no el templo. La piedra tatuada en las agujas de la lluvia, aceitada en las yemas del verdugo.

Disparo O sonará un tiro y él pensará: Me he matado… O sonará un tiro y él pensará: ¡Soy un asesino! vladimir holan

Verte de lejos. Con el revés de los ojos. Reencontrarse en la tierra blanda y en las voces de la niebla. Sólo un disparo que dispersa los pájaros. Un solo disparo. Y en los labios toda la sal de los naufragios que nunca se cumplieron.

Para Nicolás Escalante

El carnicero La materia “diáspora de estrella”, es para Don Orlando kilos peso tibio entre las manos. Y el tiempo, del negro al blanco, le zumba al oído como moscas en la tarde. Entre lomos, caderas, blancos puñados de grasa, pasan los días de Don Orlando. Por eso alza las carnes al hombro sin pensar en los cortejos. Lee los mensajes de las fibras sin detenerse en augurios. 

No hubo pudor cuando besó a su hijo entre placentas. Cuando lo tuvo en los brazos, y en los ojos del uno y del otro la misma bruma, sus manos, sin saberlo, imitaron la balanza romana. Las vísceras del hijo se velaron, al ver la luz por el cuchillo de otros. Don Orlando no hace conjeturas, su madre le enseñó que era malo especular. Y sin embargo no olvida la bendición antes de hacer los cortes. Hay que lavarse bien las manos sin importar el precio del jabón. La Otra | julio-septiembre 2009


luis paniagua

(algunas) cartas para eleme | Guanajuato, México, 1979 |

Para tocar tu puerta y mi voz es un puño cerrado que golpea las puertas francisco hernández

Venido del sueño, extiendo la mano para tocar tu puerta, para tocar tu puerta con la palma extendida o llamar a tu puerta con el puño cerrado. Al mínimo contacto el metal absorbe lo tibio de la mano. Al más ligero toque la madera conoce la forma de las huellas.

Sólo quedan las huellas digitales el afán de traspasar vetas, nudos, maderamen de un árbol derribado; permanece lo tibio de la mano palpando la afiebrada superficie de una puerta cerrada hacia lo oscuro, de una puerta metálica tañendo hacia adentro, a las profundidades de la casa, del cuarto donde duermes

(No está claro el camino de llegada ni se sabe la forma del retorno.

ajena a todo tacto de estas manos que tocan a tu puerta no importa si madera, no importa si metal,

Igual se desconocen materiales: si de un tronco salió tu protección, si de la misma fragua de Vulcano.)

si es la palma extendida, si es el puño cerrado, si venido del sueño yo escribo estas palabras para tocar tu puerta y que lo notes.

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Escribir en el muro Escribir en ese muro tu nombre con los puños hasta que sangre, el muro. Escribir en ese muro tu nombre con los puños hasta que caiga, tu nombre. Escribir en ese muro tu nombre con los puños hasta hacer llover peces voladores. Escribir en ese muro tu nombre con los puños hasta deletrearlo calles adelante. Escribir en ese muro tu nombre con los puños y dejarlo fijo, ahí, como un cartel que nadie nota, como una propaganda que ondea con el viento al que de por sí nadie presta atención.

Para decir tu nombre Para decir tu nombre decir fuego, decir volcán o edificio en llamas.

Decir tu nombre con tus mismos labios y quede en la memoria llamarada.

Para poder tocarte decir mano en el fuego, carne crepitante o “muero porque no muero”.

Decir tu nombre, repetirlo una y otra vez no importa que mañana, con luz de día y encadenado a piedras, las aves destrocen mis entrañas.

Con la mano en el fuego abrir los ojos, recargar la mirada en otra parte decir tu nombre para no decir agua, aguanta, aguarda, afluente, ausencia, ayuda, ay. Pero el fuego se aviva debajo de estas sílabas, crece como el oxígeno que llena mis pulmones aumenta de tamaño, de intensidad, de holgura. Y para no decir mano toco el fuego, por no decir soledad digo mi mano izquierda sobre la derecha, o no, o viceversa. 

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gilberto lastra guerrero

Tres poemas | Durango, México, 1977 |

Afuera llueve y el circo pasa con sus maravillas a lo largo de las calles mojadas por alfileres redondos y la libertad se pasea en las jaulas jugueteando con los recuerdos de vidas pasadas donde a lo mejor nos encontramos en un parque en vez de árboles ángeles Tal vez en esa cajita donde vives pueda naufragar el mar o un sueño mientras afuera llueve y el circo pasa con sus maravillas para ti

Afuera llueve y el carnaval te espera llamándote de lejos la vida y su significado es el arcoiris que se dibuja en las pupilas Lentamente avanza como lentamente creces como un coloso y los ojos del silencio quieren que los rompas para oírte balbucear

Tal vez en esa cajita donde estás puedas ver cómo se pone el sol cuando cierras la mano o al abrir los ojos el cielo se despeje para que ya no llueva y se mojen los tigres y los ponys

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Se arrancó la carne del hueso y me vi naciendo otra vez cuando tocaba un planeta debajo de una blusa hecha de nubes Los músculos se hicieron alas y conocí un ángel del mismo nombre que yo Esperaba un signo al pasar mi mano por el mundo forrado de piel y las amarras de la vida estaban ahí esperando conocer la luz Valentina en un mar de cielo en una concha de cristal en una coraza llena de figuritas en pequeñas manos y pies Y el latido distante como parpadean las estrellas hablando apenas con la inocencia en su pequeña esfera Su madre alegre cayéndole las aguas del Jordán y el rumor del viento que Cristo enseñó Apenas empieza la vida de nuevo

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La Otra | julio-septiembre 2009


Una voz de luz te nombra como un espejo donde te oigo hablar con el silencio Y el llanto se vuelve anuncio y el alma llena de delfines hace retoñar un hospital El zoológico sonríe esperándote llegar y los leones y los tigres y jirafas como acordeones te saludan de lejos Los pájaros abrieron nuestras jaulas y te miramos en el recuerdo en la cajita de cristal donde te acaricia una cascada de dedos Y luego desayunaremos auroras y estrellas con leche cuando esté aquí abrazando al sol

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maría cruz

cuatro poemas | Ciudad de México, 1974 |

Rastro Atrás de la cortina de hachas las reses metálicas producen una música remota. No estridulan los grillos ni habitan las arañas sus andamios de luz. Sólo un infierno glacial: los huesos rotos y las carnes azules; los fantasmas encarnan sobre ganchos sus trajes y sus pieles, cae el peso cansado de las fibras suspendidas sin cuernos, sin agua, sin pelo, sin mirada.

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El cuarto de la agonía Nunca pensé que al mediodía se pudiera morir, que el jardín estuviera florido mientras él agonizaba. Con qué tardanza las sienes se le pusieron de piedra y los ojos de hielo extraviado. El aliento batía en su jaula como una pluma sin pájaro. Para qué decir que era abril cuando sentí la ceniza en la boca y los niños jugaban en la calle. Creí merecer el si­lencio y no lo hubo. Creí sentir la noche curándome los ojos, pero la luz era esplendoro­sa. Él dejó de estar mientras estaba a mi lado; le palpé las costillas, la frente vacía de deseos y después toqué mi frente toda, acontecida, infectada de sombras.

En una cuerda Aquí empiezo a nombrarte. Surges como de una semilla que sale de mi mano y florece en el sueño. Te nom­ bro con todas las palabras y el nombre tuyo permanece oscuro y dorado en mi centro. Te llamo pez, te llamo roble, te llamo piedra. Las palabras. Puedo dártelas todas. Puedo meterte en ellas y al decir agua nombrar tus manos que se deslizan por la noche. Una fuente emite el aroma de la yerbabuena remojada. Allí estás tú también. La luna extiende el mantel ensimismado de luz y yo remo bajo su pecho. Te he visto correr por calles que asfalta la memoria. Todo es mentira cuando quiero que se vuelva tangible. Hay un lugar que no es, que acaso fue. Se trata de un río o una colina que nadie habita. He creado en la cambiante constelación un astro que se mueve y que a ratos se hunde en la oscuridad, se aviva como un pájaro o se queda fijo. Es tal vez un hombre que se apresura y salta para escapar de una memoria que no es suya sino de alguien más. Nada puede hacer. Quedó atrapado en corredores que no son de este mundo ni de otro. Hay una línea azul y amarilla, como el color de una flama. Entre esos colores habitas, en una cuerda sutil, en el color del crepúsculo que a nada se parece.

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Danza Me he encomendado a una diosa sin túnica, la miro tañendo íntimas campanas bajo los flamboyanes rojos.

Le gusta jugar con los perros y contar los ojos de los peces en las aguas abisales.

La huelo en las bardas que trepo para conocer el mundo.

Me he encomendado a una diosa que arroja su corazón al fuego cuando siente la desidia y hace surgir de la tierra amapolas fantásticas.

Ella va desnuda, le gusta correr por la playa con los pechos al aire. le gusta comer trozos de carne de recentales claros. Me he encomendado a una bailarina que gusta de las fronteras, se sostiene en un solo pie allí donde la tierra se convierte en mar. Le gustan las copas de los árboles, el equilibrio incierto de los jóvenes pájaros que aprenden a medir el aire.

No estoy a salvo. Ella deposita en mi oído frases que apenas entiendo, su lenguaje me conduce por calles nuevas, por ciudades que nunca pude imaginar. La que danza es mi aliada, rompe los listones del cabello y me pone la valija delante de los ojos. La frontera es su designio.

Le gustan las honduras, las letras de las cavernas, la voracidad de los pozos que repiten los rostros curiosos del reflejo.

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j. j. junieles

cinco poemas | Sucre, Colombia, 1970 |

En el diario del supersticioso No debo dejar las tijeras abiertas sobre la cama. Procuro no darle la espalda a los armarios. Las malas noticias me hacen tocar la madera. Me levanto de una mesa si son trece los comensales. Cuando tengo miedo cierro los ojos y cuento hasta diez. No me gusta pensar en lo que viene después de eso.

Última noticia de un viejo reportero del San Francisco Chronicle en la sierra mexicana Recostado a la puerta del rancho se limpia los oídos con un fósforo. Observa el mundo con ojos de domador de tigres, la sierra que no acaba, el maguey arañando el cielo. La edad que no aparece en las biografías, le castiga la cara. Largos pelos asoman por las orejas, ha guardado la noche en sus ojeras, miscelánea

hondas como bolsillos de pobres (denuncian fogatas, tequila, coyotes). Cicatrices, son muchas, profundas, tienen dueños. El desierto parece la única máscara a su medida. Los indios serranos lo miran de lejos, pelo de jabón (así distinguen a Ambrosio Bierce), y piensan: Algún día debió ser otra cosa.

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En México D.F. muere un mimo Nada extraño tiene que un mimo muera en México arrollado por un auto, pudo ser en Madrid o en Alajuela (la noticia es escueta, parece el obituario de un fantasma). Uno es lo que come, me digo, y el mimo se alimenta de gestos y silencios. Cuando se lava la cara, el mimo finge que es un hombre. Extraña los guantes blancos con que inventa cuerdas y paredes invisibles. No son pocos los locos que insistieron en su locura, y el mundo se volvió reflejo de sus delirios. Por eso, nada de extraño tiene que un mimo muera arrollado por un auto. Visto de alguna manera es señal de perfección en su arte. El conductor seguramente pasó una toalla por la mancha blanca y roja del parabrisas. Pensó en un ave, tal vez una paloma extraviada entre los edificios.

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La genealogía de las moscas La guerra llega un día en que tu hermano sale a buscar pan a la tienda y regresa con una bala perdida en el bolsillo de su pecho. Entonces el mundo es una gran mortaja, eres un sitio vacío en mitad del miedo, y descubres sus ojos hasta en los perros de la calle. Bajo el muro fusilado de la noche la paz duerme su largo invierno. La guerra se come el fruto de las nubes, y canta su temblor sobre las tumbas. Sueñas con tu hermano, una mano de niño abriéndose paso entre la tierra. Despiertas asustado y acudes al llamado de la ventana donde ves la luna coagulada. Esta forma de sentirse viudo, este duelo largo como la genealogía de las moscas. La guerra, con su sorda sucesión de sombras, hunde sus semillas, y tú cosechas el odio en las esquinas, mientras esperas la cara de tu venganza. La Otra | julio-septiembre 2009


Una luz que pasa Qué hacer con esta conciencia de todo y de nada, esta entropía que me inventa y aniquila. Lo poco que ve del mundo una hormiga puede parecerle suficiente. Desde la cúpula del Empire State el halcón peregrino observa palomas en la calle (en realidad espera los vientos favorables). Hay un misterio en la apacible entrega de los animales a sus leyes naturales, pero no sé qué es, ni cómo explicarlo. Tal vez para ellos, el mundo no es un milagro, tampoco una condena, no se desviven por lo irremediable. Donde no hay pensamientos sólo el instinto acelera los latidos, viven las altas sensaciones del instante (saben arder). El algebra de los fractales parece un alfabeto del universo, así como presentimos cuando somos observados desde atrás de un espejo. Pero donde queda entonces el misterio de esas miradas, que siembran alas en nuestra espalda, nos olvidamos de las hondas preguntas, y nos vamos por ahí, sin Dios, olvidados hasta de nosotros mismos. Para los animales —tal vez—, el día es una luz que pasa, y de pronto las estrellas.

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juan bonilla

cuatro poemas | Jerez de la Frontera, España, 1966 |

el momento de la verdad Hay un charco de sol sobre la cama Y en la ventana el día Recita el infinito en que se inscribe. Nos ganamos la vida mendigando Momentos como éste, contra La insolvencia que nos dicta el pasado Que es la estación que queda entre el presente y el futuro, Y en la que el tren nunca se para Por mucho que se fugue el pensamiento A sus andenes inalcanzables. Y la vida perdemos en banales Negocios con los que nos construimos Un yo insignificante, el mismo yo Que se ahoga en ese charco de sol sobre la cama, Mientras susurra el día La evidencia radiante de que somos una porción de nada 

hecha de pura cháchara Perdida en espejismos Por darse la importancia Que no le dan las cosas. La muerte trabajando en los espejos susurra esa alegría de dar con un secreto Que nos hace más fuertes A cambio de anularnos: Que la vida no va en serio, Lo empezarás a comprender muy tarde. Toda tu biografía derretida En esa luz de sol, en el rumor del día, En este darse cuenta de que el yo es sólo un niño ciego que no sabe callarse.

La Otra | julio-septiembre 2009


su último día Me he levantado al alba aunque detesto madrugar. Me he lavado con agua fría aunque me pone enfermo. Me da arcadas la leche pero me he tomado un vaso. No acostumbro a fumar hasta la noche, pero he encendido un cigarrillo Y luego otro. Los sermoneadores matinales me parecen mequetrefes insufribles Pero he escuchado en la radio a uno de ellos escupir su porquería. Rara vez tomo alcohol, pero en el bar he pedido un cognac. Y todo porque son las cosas que ya no podrás hacer, Leer la párvula prensa deportiva que he comprado en el kiosco, Y sentarme en un banco a echarle de comer a las palomas, Y meterme en el coche a escuchar flamenco. A las doce te entierran. Pero no iré a despedirte, no cargaré con mis hermanos tu ataúd. Estaré aquí haciendo las cosas que tú hacías, Tomándome pastillas a sus horas, Fumando contra toda prescripción facultativa Mirando a mujeres entradas en carne Y viendo en televisión una serie deplorable. Regalarte así un día, tu primer día de muerto, Repitiendo los hechos de una jornada más de tu vida perdida. Me acostaré a las doce aunque no suelo dormirme hasta las tantas, Y en la radio pondré ese programa en el que emiten Las confesiones de oyentes más solos que la una.

miscelánea

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no hay un por qué Hay quien dice que escribe porque no encuentra nunca lo que quiere leer —y suele ser tan exigente con los otros como complaciente consigo mismo. Hubo un poeta que escribía para que le quisieran más: acabó fusilado (ya se sabe que igual que hacia el aire crecen las ramas del amor, bajo la tierra se extienden las raíces del odio). Para la inmensa minoría, dijo un sabio. La intensa mayoría reaccionó, convirtiendo al poeta en un letrista de canciones, modelo para estatuas, efigie para sellos, nombre para colegios, avenidas, premios. Y en la que fue la casa de su infancia pueden verse la bata que lucía cada noche y las horteras zapatillas con tacón de su mujer. Alguno escribe para reflejar “el abismo de un yo en un tiempo abismal” y el tiempo no se da por enterado seguramente porque el yo no fue capaz de quitarse de en medio, ensuciándolo todo con sus dedos arrugados. En cierto manicomio extraviado entre brumas otro poeta dijo: escribo para desenmascarar a Satanás 

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y embarazar a Dios de su última hija: la alegría. No se le tenga en cuenta (aunque cabe apuntar que quien así hablaba no era uno de los internos del manicomio sino el director del establecimiento, o eso creía él). Y hay quienes se han nombrado representantes pulcros de un grupo sociológico —los gays o los adolescentes, los burgueses de izquierda, los que tienen tendencia a engordar, los novios que fueron abandonados en el altar por sus parejas— en el que por supuesto encuentran los lectores suficientes para mantener sanas sus cuentas bancarias: como aquella folklórica podrán decir que ellos se deben a su público. También están los Orwell, ya sabéis. En plena guerra metidos en la trinchera Recuerdan que hubo un día en que supieron claramente por qué querían estar aquí pegando tiros contra el enemigo, pero lo han olvidado y lo único que saben ya es que no pueden dejar de pegar tiros.

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guadalupe galván

Tres poemas

Continente Ya no soy más que un adentro. alejandra pizarnik

¿Qué contiene? No hay nada afuera Ella lo contiene Afuera todo despejado limpio aclarado Ella es caja pozo casa silencio Tiene algo dentro Ella es interior Un contenedor de tormenta Ella es recipiente boca que se cierra Toda ojos Toda cuerpo que contiene Frasco de vidrio verde ¿qué navega dentro? 

¿de qué materia es lo que encierra? Ella es un vaso un caracol Afuera todo detenido en sus puntos Afuera todo eficaz ordenado Ella es continente ¿qué guarda? ¿qué encierra en sus cajas en sus cofres en sus baldes? Muestra sus manos dispuestas inocentes pero algo tienen dentro ¿está escondido o está interno? Ella no contesta Todo lo contiene Ella es toda sangre recipiente toda huesos caja toda palabras. La Otra | julio-septiembre 2009


Ventana La lluvia vino a escribir con sus agujas esta historia. Su presencia repentina atormentó el patio. Parecían ahogarse gustosas las plantas y los ojos en la ventana. Inundó las jaulas Desbordó los lavaderos Petrificó los ojos que la veían y también miraban algo invisible. Las agujas de la lluvia dejaron a la luna enrojecida. La ropa en los tendederos dibujaba hombres y mujeres tristes. La tierra se aflojó pero la hierba abrió su verde más intenso y lentísima, empezó a crecer.

Funeral Marosa se fue. Vistió el mantón de las mujeres muertas. El más vistoso de todos. Los planetas en su jardín seguían girando. Sombras y hombres encabezaban el largo y lento cortejo. Ellos le llevaron puñados de amelias, nidias, marcelas, ramilletes de antonias azules todavía desangrándose. Fresquísimas todas las flores resaltaban entre el olor de la tierra del camposanto. Los asistentes estaban tristes y extraños con un leve silencio, un peso distinto, como recién fecundados. Despues sucedió el banquete y ella parecía deslizarse todavía entre los velos y los manteles que movía el viento. miscelánea

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enrique hernández-d’jesús y jotamario arbeláez bogotá, colombia, 2009 | © josé ángel leyva


la cocina del artista

josé ángel leyva

el imperio de las viandas conversación con enrique hernández-d’jesús

Piernas de cabrita horneadas Los ingredientes 2 piernas traseras | ½ botella de vino tinto | tomillo 2 hojas de laurel | sal molida | curry La preparación Las piernas de las cabritas son astutas, han saltado desde la mañana hasta el final de la tarde. Esto las hace conmovedoras. Las piernas tra­ seras son la imagen de la belleza, del deseo, de las ganas de disfru­ tarlas en nuestro paladar. Ellas buscan un método de persuadir.

La boca

M

ejor conocido como el Catire Hernández-D’Jesús, el poeta venezolano Enrique Her­ nández-D’Jesús ha publicado libros de gastronomía sui generis, una especie de verbo culinario que mezcla el saber con el sabor. Nos conocimos en Bogotá y la conversación sobre el tema comenzó en la sobremesa de un restaurante de Chía, en la periferia bogotana, “Ar­ canos Mayores”. Entre los tumbos de algarabía y la gula, dimos paso a una charla sobre sus li­bros La tentación de la carne y Aquí la boca, su oquedad eterna. Enrique Hernández-D’Jesús posee, además, una vasta colección de fotografías de escritores y personajes, particularmen­ te poetas, que intervienen la foto en sus contornos. En esos días de mayo del año que corre la cocina del artista

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restaurante arcanos mayores, usaquén, bogotá, colombia

enrique hernández-d’jesús | fotos: © josé ángel leyva

—y vaya que corre, 2009— expuso, en la embajada de su país en la vecina Colombia, Morada al sur, 113 fotografías intervenidas de poetas colombianos y venezolanos. Su obra poética es también abundante; entre sus libros destaco Vestuario, Los poemas de Venus García, Recursos del huésped, Muerto de risa, Mi abuelo primaveral y sudoroso, Mi abue­ lo volvió del fuego, La máscara, así como la antología La sagrada familia, entre otros. Es co­ nocida su hiperactividad y su diversidad de registros ocupacionales y creativos, su humor y su gusto por la cocina. Retomamos el hilo de la conversación y damos rienda suelta a las pre­ guntas y respuestas.

¿Cómo hacer del y con el verbo un buen platillo? ¿Cómo vinculas la sazón con la desazón del poeta? El gusto, o mejor dicho el paladar o los sentidos, forman parte de nuestros deseos; cons­ tituyen ese momento grato de los placeres de la mesa y de los sueños. En mi libro Aquí la boca, su oquedad eterna, escribí muchos textos sobre la sensualidad del poeta aprehendidos en los fogones de la infancia. El poeta no sólo ve el color de los alimentos, sino su expresión más profunda, los sentimientos: la tristeza y la alegría, la melancolía y la rabia. No sólo perci­ be lo salado y lo dulce, también el agrio, lo simple, el picante, la eterna apreciación del sabor de las emociones. Un escritor que no tenga sentido del ridículo y de la belleza, no sabe a lo que sabe, ni tampoco sabe lo que saben los aromas de la amada. Hay que saber comerse a la amada para saber del mundo: escanciar la miel de sus ojos, revolver el erotismo de su saliva, probar la dulzura de sus cachetes, conocer la raíz y el árbol de sus cabellos. No olvidar la cre­ma 

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de su piel y la especia de sus pestañas. Todo ello acompañado de una copa y otra copa rebo­ sante de licor de sus piernas. El gusto —el gusto común y el privado— ha sido objeto de polémica entre un arte viejo que responde a un gusto mayoritario, común, y uno privado, que no a todos complace. ¿Cómo funciona en ti esta dualidad? Pienso en El país de la canela, cuando los perros del perro conquistador se comían a los indios. El gusto era de los indios por dejarse comer o de los perros por desgraciados y mal­ conducidos. El gusto no tiene espacio ni en lo privado, ni en lo mayoritario; el gusto está en las papilas y en la apreciación que cada pueblo hace de su cultura gastronómica Entonces, ¿podemos decir que es lo mismo tragar que comer? Allí radica una diferencia entre los que engullen y entre los que paladean, hacen una lectura con las papilas gustativas y los ojos de aquello que llevan a la boca y al estómago. No, no hay que confundir al buen comensal con el tragón, como ese ser despreciable en Colombia, que se dedica al odio y cultiva la envidia. Aunque se engrape el estómago, su alma está podrida de mal gusto. No pregunto a quién te refieres, aunque lo supongo. Entonces para ti, ¿qué significa comer? Comer comienza con la vista, sigue con el aroma y las papilas deseosas, continúa con el plato, y estos movimientos nos llevan al placer gustativo… Entonces, ¿no somos el fuego? Somos la posibilidad del porvenir, en el decir de Víctor Valera Mora. ¿Hay una relación directa entre el que cocina, prepara, imagina, crea, y el que degusta? No sólo una relación; debe existir un matrimonio, una buena cama, un amor total. Si eso no ocurre, no sirve la comunicación entre el que cocina y el que come. El que prepara, ¿es un gourmet o no necesariamente? Por ejempo, la relación que existe entre el escritor y la lectura, ¿cómo se puede concebir a un escritor que no lea, que no se alimente de buenos libros? Es igual; un mal poema indigesta, un mal plato es peor. Yo escribo para mí. Si tengo lec­ tores, los felicito. Yo cocino para mis amigas, y si ellas lo desean, las cocino a ellas. ¿Has pensado algunas vez en los escritores y artistas que son buenos gourmet o cocineros, y los que prefieren la dieta y la mesura? Pienso en ambos. Prefiero a los buenos comensales que no intenten agregarle ningún con­ la cocina del artista

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dimento a cualquier plato preparado por mí. Si lo intentan, los envío a engullir comida en­ latada. ¿Cómo definirías a un comensal inteligente y a un cocinero refinado y crea­tivo? A ambos los defino por su sensibilidad. Hay cocineros que no son refinados, pero saben manejar el gusto, y hay comensales que no son inteligentes y no saben manejar nada. En La tentación de la carne aludes a la animalidad en el gusto como requisito fundamental para degustar tus platillos. ¿Qué significa? No es una contradicción con la inteligencia o, por lo menos, no una oposición, como lo fue entre el romanticismo y la Ilustración, la razón y el instinto. Venimos de la animalidad y hacia la animalidad vamos. Como el poema de Gerbasi, venimos de la noche y hacia la noche vamos. Escribí una novela que se llama La noche del jabalí. Hay allí hay una receta de cómo hacer el jabalí recién sacrificado. Un cazador gallego me dijo que es imposible cocinarlo por su sabor bravío. Un chef francés me dijo que sí es posible. ¿Qué opina el gastrónomo Catire? El sabor del jabalí es como el beso de esa bella poeta mexicana, que no digo su nombre para evitar que su marido se moleste, debido al arraigado machismo latinoamericano. El sa­ bor del jabalí recién cazado se puede quitar dejándolo un par de horas en un baño de leche; luego se saca de la leche y se desgrasa un poco en el horno, se bota la grasa y se sigue coci­ nando a fuego lento, sin especias ni condimentos, hasta lograr que el jabalí se sonroje. En­ tonces se le agrega sal en grano, vino de muy buena calidad, cebollas rojas y cebollín, hasta que su pudor se sienta. Cuando se saca del horno debe acariciar el olfato y el paladar de un degustador exigente. En tus recetas literarias, ¿contemplas el efecto del colesterol y los triglicéridos, el azúcar y el ácido úrico? Yo trato en lo posible de no utilizar la sal, en algunos casos uso la soya; en otros trato de sacarle el gusto a cada uno de los alimentos. Por ejemplo, es un absurdo comer aguacate y agregarle sal; otro ejemplo: el cordero sabe a cordero, y unas chuletas de cordero simples son más ricas que unas chuletas de cordero saladas. Mis comensales morirán de colesterol, pero no de tensión arterial. En la medida que nos hacemos más muchachos maduros, en esa medida cuidamos las ex­ travagancias de la grasa. En La tentación de la carne hay un texto sobre el cochino, el divino cerdo, las utilidades y los beneficios que nos ofrece. 

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Hay culturas que viven alrededor de la mesa, hacen la celebración y la reflexión sobre la in­ gesta o en la sobremesa. ¿Cuáles culturas o sociedades tienes en mente en ese sentido? Es decir, la comida, la divina comida, es el centro de su espíritu. Pienso que la mexicana y la peruana son grandes culturas gastronómicas. En nosotros, los venezolanos, la mezcla es muy fuerte; somos indios, españoles, italianos, japoneses, chi­ nos, franceses, árabes, judíos, colombianos, ecuatorianos. Es una suerte de culturas que, afor­ tunadamente, conservan sus espíritus y no se convierten en esa chatarra que inventaron vuestros vecinos del norte, es decir, el mal gusto. Una palabra para Hung. Un chino le lleva un plato de arroz frito a su esposa en el cemen­ terio, y uno de los nuestros le dice: “Chino loco, ¿crees que tu mujer se va comer ese plato?” Y él contesta: “Igual que la tuya, que nunca olerá esas flores.” Hemos hablado de la relación de la literatura con la mesa y de la cultura con la mesa. Pero dime, ¿qué obras son para ti reveladoras de esa relación entre lectura y escritura con la imagi­ nación gastronómica, con la memoria colectiva en ese plano? Libros los de los poetas que hablen de una flor, y los de los alucinados, como Enrique Molina, que anduvo en un barco bebiendo y amando. La moda se la dejo a los intelectuales, los poetas somos románticos y soñadores. ¿Doña flor y sus dos maridos, de Jorge Amado? Ese libro es una belleza, sobre todo por los dos amantes. Y, ¿por qué no pensar en Salo­món cuando habla de sus amadas? La cocina es ciencia, no intelecto. Pasión siempre, juego no; ju­ go sí, savia. Reclinatorio y amada amada. En ti está presente la imagen. Eres un cazador de imágenes, un mirón de la carne. ¿Cómo li­ gas esas dos aficiones o deseos? Para mí la palabra y la imagen están juntas desde que mi madre me sacó de la teta. Ella pa­ rió catorce hijos y nacían cada nueve meses; es decir, a mí me saca­ron de la teta antes de tiem­ po. Por eso mis fetiches poéticos, mis locuras terrenales, mis pasiones desatadas, mis libros y fotografías, mis fantasmas enamorados, mis enfermedades per­didas, mis deseos como deseo. ¿Cuándo y cómo inició tu afición por la comida, por la cocina, por la mesa, por la escritura dedicada a la gastronomía? Todo este proceso. Ya te dije, desde la teta materna; después por mi abuela, que era una extraordinaria coci­ nera. Mi tía abuela panadera, mi padre heladero y luego, por sobrevivencia y por mis rela­ ciones amorosas. la cocina del artista

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¿Gula y lujuria, o gula o lujuria? Todo al mismo tiempo. Tú sabes de eso. Ya lo vi en tus libros sobre los siete pecados capi­ tales. Mira, pongámoslo desde otro ángulo, desde la carencia y la oportunidad. Ése es el secreto que me llevaré a la tumba: la carencia. Los pobres no tendrán qué comer, pero siempre están pensando en hacer el amor. Tienen más hijos que nosotros. Estoy de acuer­ do contigo: nuestra proclama debe ser gula y lujuria poéticas para todos. Además, el picante es un afrodisiaco, un paliativo en los pobres platos de nuestras culturas, tan ricas en nuestras tierras, vegetales, frutas, animales, ríos, mares, pescados, aves. Excesos es lo que el hombre tiene en mente; la realidad de esos excesos es pura literatura. Al menos en nosotros es exceso, en los otros es vacío. Me gusta más el exceso cuando el ex­ ceso soy yo. Y cuando me miro al espejo. ¿Has cocinado todas tus recetas literarias, al menos las de La tentación de la carne? Todas se cocinan, a lo mejor no con el ingrediente que digo, pero hay alternativas. Es decir, son cocinables. Todas. Lo que es imaginativo es la escritura y la poesía a su alrededor. Estoy organizando ahora un menú de nueve platos con William Ospina e Irina Pedrozo para un evento de “El país de la canela”. En mi libro Venus García aparecen recetas, también en Vestuario. Para terminar, ¿qué te gustaría comer como despedida de este mundo o ya daría lo mismo? Despedida de este mundo, no. Cocinar a una joven mexicana, que no sea feminista ni ma­ chista, que venga con salsa picante de ciruelas y cerezas frescas, finamente rebanadas, nueces cubiertas de miel, varias gotas de mezcal, otras más. Y cuando la piel comience la batalla del enrojecimiento se le adiciona con pluma de gallo de pelea, una mezcla entre aceite de oliva extravirgen, tequila, muchas hojas de albahaca, estragón y tomillo. Se lo unifica dulcemente hasta llegar a una textura suave que acaricie el cuerpo, lo embriague y así, su carne será más tierna, más iluminada. El cuerpo de la amada es un poquito salado, por el mismo calor es sudoroso. Esta cadencia despierta el sentido del oído, la música florece de su cuerpo, es una revelación, una mexicana auténtica. v

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enrique hernández-d’jesús

cordero donde aparece una sola venus

Dos piernas de cordero que estén entre el quinto y quinto y medio mes. Se les quita la grasa y se dejan toda la noche en un baño de leche, después que se le han inyectado pedacitos de ajo. Al día siguiente entre las diez y once de la mañana se les quita la leche y se cubren de diversas hierbas (orégano, salvia, nuez moscada, pimienta, y pimentón español molido). Se le agregan tres copas de vino blanco del sur de Francia, y se dejan macerar hasta las cuatro de la tarde que es cuando se mete al horno con un fuego más o menos regular. Me siento agradada. Puedo extrañar lo que veo. Yo soy una mujer que no quiere cambiar nada de lo que tengo, no quiero cambiar nada de lo que me hace daño. Soy frenética. Algunas veces me pongo triste, lo siento en mis ojos. Consigo cambiar mi joven apresuramiento. Haciendo el amor me entrego y recibo energías. Acompaño la fuerza pretendiendo presentarla a la naturaleza. Desde allí no puedo dejar que mis defectos sean los creadores de este mundo importante. Me siento, también, estúpida y no quiero que transformen mi corazón. El cordero debe ser inocente, sencillo, cándido, de un candor que ilumine mi cuerpo, mi piel, mis cabellos, mi espalda y los objetos y frascos que están en la cocina. Aparte preparo una salsa que lleva una copa del mismo vino dos cucharadas de soya, jalea de mango preparada en casa con cuatro parchitas, la cocino un poco, no más de quince minutos, y media hora antes de que el cordero se sirva, con una pluma de un pavorreal que haya sido criado en casa la agrega. Poco a poco se cubren las piernas de cordero. la cocina del artista

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Se cierra el horno y se sube el fuego a una temperatura fuerte pero no variable.

restaurante arcanos mayores, usaquén, bogotá, colombia

Las saco del horno veinte minutos después, y se debe comer caliente Cada algo que corta mi relación contigo es engañado en el modo de ocurrir. Contigo podría estar sola Desconcierto el tiempo me como el cordero Suspiro. Busco mi desgracia. No pienso desvariar Me abrazo, me abraza debajo de la regadera. Así Así. Sigo y desvarío.

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otras letras

guillermo samperio

dos cuentos

Los últimos Ramseses (Caramazana)

P

or allí voy, en el campo de montes azules y filos violetas y malvas; llevo los brazos hacia arriba y mis manos portan guantes amarillos, el color de nuestro signo; al fondo ya se nota un poco la luz de la luna llena. Debo confesar que mi espíritu ya se había debilitado, que una noche de luna llena como ésta no tuve ganas de asistir al concilio nocturno y que no deseaba ver más cómo sacrificábamos al alce frente a la hoguera de leños gruesos, arran­ carle la cornamenta para luego dársela a algún niño que todavía no la tuviera, preparándo­ lo, sin que lo supiera, para las noches de los concilios. Después de empalar el cuerpo del alce y asarlo casi al carbón, cada uno de nosotros, con los guantes amarillos puestos, le arrancábamos trozos de su carne hasta que el Ministro, evaluan­ do que ya el esqueleto se transparentaba, emitía un grito de “Alto”; nos aquie­tába­mos y aga­ chábamos la cabeza en el sitio en el que estuviéramos. El Ministro lanzaba entonces dos oraciones con voz firme, mirando hacia la luna, y después los jóvenes mayo­res repartían copas y nos ser­ vían vino de la mejor cosecha de nuestros viñedos —los propios jóvenes se servían en copas doradas semejantes a las que nosotros usábamos. El Ministro pedía que nos hincáramos en círculo y, dirigiendo los brazos hacia la Madre Diana, circular como espejo de platino, nos convocaba a que dijéramos al unísono: “En el Monte de los Inmortales divisamos una deidad, resplandece su mirada como un aro fugaz. Las estrellas se deslizan por una puerta rojiza en su entorno y, desde su belleza nívea, se al­ zará nuestra destreza.”

otras letras

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En ese instante levantábamos las copas hacia el cielo negro, señalando a la Diana, y luego bebíamos el vino hasta darle fin. Los jóvenes recogían las copas, en tanto nosotros nos abra­ zá­bamos, incluyendo cuatro golpes en la espalda, que representaban la estrella de las múlti­ ples direcciones, lo que a su vez quería decir que éramos libres para ser quienes éramos. Luego regresábamos a nuestras casas, llevando en el pecho esa libertad. Aquella noche que no asistí soñé con todo esto, y pensaba que no había tal libertad; que si éramos un grupo grande de simples campiranos con viñedos y cría de cerdos, además de cazadores de acuerdo con las leyes del país, no había necesidad de evidenciar nuestra barba­ rie ocultándola con una ceremonia tan primitiva. En nuestro entorno nadie recuerda a Dia­na, nadie mira a la luna ni la llama madre; esa deidad fue expulsada ya, de hecho, con inferiores cultos, en la época de los últimos Ramseses. En los poblados que nos rodean y que no quie­ ren mezclarse con nosotros ni nosotros con ellos, ahí cortan y asan a los alces en la cocina y se sientan a la mesa a comer; los que no son cazadores sólo van al mercado central y com­ pran las piezas que necesitan, empaquetadas y limpias, sin tener que arrancar con la propia mano el trozo que se tragarán. Al día siguiente, sin embargo, me di cuenta que era un apestado en la población; no só­lo no me hablaban, sino que me veían con ojos de arma de fuego. Es cierto que a nada me obli­ gaban, ni mi propia familia, pero conforme se acercaba el día de la nueva luna llena, sen­tía que cada una de las personas de la población metía su mano en mi pecho para arrancar­me un trozo de alma hasta dejarme vacío. Por ello, cuando fui a hablar con el Ministro y suscri­ bir mi reincorporación a la ceremonia de esa noche, se llevaron a cabo los preparativos de mi renacimiento, pues el Ministro, todo el pueblo y yo mismo sabíamos muy bien que yo me había quedado sin alma. Voy corriendo en la vegetal oscuridad azulosa, a veces con ráfagas violetas y malvas; mis bra­ zos van en alto con mis guantes amarillos; los demás, en lugar de guantes, llevan capucho­ nes amarillos. Detrás de mí va el Viceministro y, unos metros más adelante, el Ministro. Llevo la cabeza vendada, así como el cuello y partes de los brazos y las piernas, a la manera de los cadáveres del antiguo Egipto. Nos estamos avecinando al amplio claro de luna, por lo que los reflejos azules son más claros en mi pecho, en el del Ministro y en la vegetación que nos ro­ dea. A nuestras espaldas, donde vienen otros hombres, el azul es más intenso, casi oscuro, y por ello no se distinguen. Ése es el motivo por el que pareciera que sólo cuatro luces amari­ llas cruzan la vegetación; como si alguien, con sus pinceles, nos estuviera pintando. v

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De una acera a la de enfrente a Sara Ladrón de Guevara

M

e compré un vestido azul para la ocasión. Hoy lo traigo puesto, mientras te escribo este mensaje. La cita no había sido confirmada, pero tenía ganas de verme en tus ojos de nuevo, oír tu voz sosegada, las pausas que haces. Acababa de leer un cuento de Ítalo Calvino en el que el amante recorre el infinito en una autopista de uno y otro sentido, imaginando a la mujer corriendo en sentido inverso. El en­ cuentro, por supuesto, es imposible. Y así me la pasaba: atravesando la calle entre las dos Gandhis, de una acera a la de enfren­ te, pues me di cuenta que las dos tenían cafetería y que te había citado en la cafetería de la Gandhi, sin suponer las dos. Yo prefería que llegaras a la librería viejita, donde nos vimos la última vez. Confundí tu melena con las de varios clientes. Después de todo, qué voy a saber cuántas canas tienes o si tu cabello es más o menos largo. Pero ninguna coronaba tus rasgos. Luego olvidé la melena y pensé que estabas enfermo, o si habrías engordado o adelgazado, o si tu desmemoria se habría profundizado. Quizá te había enviado el mensaje a un viejo email. Pero aún así no podría confundirte. Insistía en pensar en que no me habías con­firmado y que, en lugar de mandarte un simple mail, debí haberte hablado por teléfono para la cita y no se me ocurría llamarte a tu casa para decirte que ya estaba en la Gandhi. Me reía de mí misma atravesando una y otra vez la calle. Decidí mejor buscarte en el ana­ quel de literatura mexicana. Ahí estabas, claro, en la S; junto a tus libros, un autor que no conozco. Ya olvidé su nombre de pila: quizás Humberto. Pero recuerdo con claridad su ape­ llido: Saraya. Decía, en realidad, “Sara, ya”, me dije y entendí el mensaje oculto o, con fran­ queza, tosco. Me reí de mí otra vez y me senté en la banqueta a esperarte una eternidad. Ya conoces mi obstinación y esta vez no me abandonaría. Pensé también que no habrías leído mi mensaje, pero no supuse que podría haberse extraviado en la madeja infinita del Internet, o que tu cuenta estaba sobrecargada de mensajes y que, en esos casos, rebotan al ilimitado te­ rritorio de la web infinita. Y yo allí en la banqueta; podrías llegar, tal vez, más tarde, a tomarte tu café de siempre. Me puse a leer un libro de antropología. Empezó una llovizna y no me moví; la llovizna se convirtió en lluvia y, ésta, en granizada. Yo seguía leyendo, aunque viera cómo mi libro se deshacía en las manos. Se quitó la graniza­ da y regresó la lluvia; se quitó la lluvia y regresó la llovizna; se quitó la llovizna y vino un aire fresco. Mi vestido azul seguía azul, pero mi libro de antropología se había convertido en li­ bro de cañería. Llegó la noche y aún supuse que, tal vez, llegarías por tu taza de café capuchi­ no cargado sin azúcar como recuerdo que lo tomabas, o que tendrías algún compromiso ya otras letras

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no conmigo, porque nuestra hora se había extraviado en alguna de las coladeras cercanas, como mi mensaje. Cerraron ambas Gandhis, la vieja y la nueva, la de una acera y la de la otra, una frente a la otra. Se fueron yendo los automóviles y la avenida Miguel Ángel de Quevedo se quedó va­cía. Me di cuenta que los cuidadores de carros no habían puesto atención en mí, a pesar de que los autos se estacionaban cerca de mis pies y luego se iban y se acomodaban otros. Cuando hicieron cuentas de las propinas y se las repartieron, casi a un lado mío, se despidieron y nin­ guno me echó un ojo. Me di cuenta que cerca de mí había dos árboles. Luego pensé que, como vivías por el rum­bo, quizá pasarías por aquí y me descubrirías de inmediato. Llegó la media noche y la ma­dru­ gada y noté que mi vestido azul, debido a luz de los arbotantes, se veía medio verde. No supe en qué momento me quedé dormida, allí sentada, al lado de la Gandhi viejita. Al amanecer se me hizo extraño que no hubiera sentido frío, aún cuando me había gra­ ni­zado, llovido y lloviznado, y que un viento casi helado recorría Miguel Ángel de Quevedo de oriente a poniente, y luego de poniente a oriente, como el hombre en el cuento de Ítalo Cal­ vino. Más tarde, como a las diez de la mañana, sin hambre, sin ganas de moverme ni bañar­ me ni cambiarme de ropa, descubrí que mi vestido azul se había convertido en verde; y no sólo eso, sino que además estaba de pie, tenía yo un tronco a mis pies, hojas y ramas de ja­ ca­randa a mi alrededor. Llegaron los cuidadores de carros; uno de ellos se metió a la librería. Al rato salió con un bote, le echó un poco de agua a cada árbol de los que estaban junto a mí y, al final, a mí tam­ bién me tocó un buen chorro de agua. Me sentí contenta, como con energías, regenerada. El muchacho del bote dijo: “Se está poniendo chula la jacaranda, ¿no?” Los demás asintieron. Conforme pasaba el tiempo, se me iba borrando la memoria; mi último pensamiento fue que tal vez a tu computadora se le había descompuesto la memoria y que por ello no habías recibido mi mensaje. Lo último que me dije fue que debí haberte llamado por teléfono para concertar la cita. Que no se hacen citas por Internet y menos a ciegas, y menos no confirma­ das, y menos de un estado a otro, y menos cuando es tan importante para una y menos y me­nos y menos y meno y men y me y m y v

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lengua de sastre

carina blixen

las lenguas de diamante las muchas vidas de juana de ibarborou

“Y no tengo camino…”

diego fischer

Al encuentro de las tres Marías Aguilar | Montevideo, 2008

lengua de sastre

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n 1950, a los cincuenta y ocho años, Juana de Ibar­ bourou publicó Perdida: un testimonio de su apasionado reencuentro con la poesía. No había de­ jado de escribir, pero hacía veinte años que la poeta más popular de Uruguay no publicaba versos. Según aclaró en su oportunidad, el título no tiene una con­ notación moral: alude al hecho de hallarse sin rumbo. El poema “La última muerte”, de este libro, crea un sujeto que ha “cultivado” distintas fantasías de muer­ te a lo largo de una vida para llegar a la última: “Ahora tengo la muerte / Sin voz, sin ojos, sin color ni cara, / La que no es presencia, ni paisaje, / Ni terrena espe­ ranza.” En el desarrollo lírico del poema van ca­yendo los escenarios de las muertes alucinadas hasta que­ dar al final ante la ineluctable “Muralla del misterio”. Este ritmo de sustitución de una imagen por otra po­ dría trasladarse a las sucesivas representacio­nes que de la figura de Juana de Ibarbourou —la mujer ínti­ ma y pública—, nacida Juana Fernández Mora­les, se han acumulado a lo largo del siglo xx. 


La reciente biografía de Diego Fischer, Al encuentro de las Tres Marías, no suma otra: no podría hacerlo en realidad porque las imágenes de Juana son construc­ ciones colectivas en las que han participado el poder político, el intelectual, el público y, por supuesto, ella misma. Pero devela la drogadicción y, al hacerlo, obli­ ga a revisar a las “Juanas” anteriores. Ninguna es ya lo que parecía ser. La adicción puede leerse como una metáfora de la ambigüedad corrosiva detectable en la poesía de Ibarbourou y que perturbaba la diafani­ dad de cualquier imagen suya que se quisiera fijar. De criterios discutibles, el libro de Fischer tiene la virtud de nombrar lo que parece haber sido un secreto a vo­ ces y un amor tardío, hasta ahora desconocido. A modo de apretado catálogo de imágenes: prime­ ro, aquel acto increíblemente cursi de agosto de 1929 en el Parlamento uruguayo cuando fue proclamada Jua­ na de América, al lado de sus “padrinos” Alfonso Re­ yes y el poeta “oficial” uruguayo Juan Zo­rrilla de San Martín. Habría que recordar que se enmarca en un lus­ tro de exaltación cívica, pues entre 1925 —La Cruza­da Libertadora, evento reivindicado por el “Partido Blan­ co” (Partido Nacional)— y 1930 —la jura de la Cons­ti­ tución, reivindicado por los colorados, batllistas— se desarrollaron los festejos del Centenario de la Indepen­ dencia uruguaya. Las fechas de homenaje fueron po­ lémicas y —lo que puede entenderse como una for­ma de convivencia pacífica entre los partidos políticos y la Iglesia católica— se festejaron todos los episodios que recordaban los orígenes de la Patria. El historia­ dor Gerardo Caetano ha estudiado cómo, en ese mar­ co de celebración disputada, el batllismo (colorados progresistas) “defendió la idea de una celebración más orientada al futuro que al pasado”, más “modélica” que “historicista”. Una mujer poeta, esposa y madre, ca­ tó­lica, casada con América en el Palacio Legislativo, 

parece un símbolo funcional a una sociedad que ne­ gociaba sus conflictos, tenía voluntad integradora y quería mirar hacia delante. La Generación del 45, con su filosofía existencialis­ ta, su rechazo a la cursilería y al orden literario impe­ rante, y su poca afinidad con el espíritu de homenaje, no le perdonó a Juana su casamiento con el Estado: la relegó, salvo contadas excepciones, al silencio. No voy a detenerme en comentar cómo algunos integrantes de la Generación del 60 volvieron a la lectura de Ibar­ bourou al margen del peso de la “Juana de América” y en las condiciones en las que, durante la dictadura cí­ vico-militar (1973-1985), la poeta recluida (Juana pasó décadas literalmente recluida en su casa de la avenida 8 de Octubre) aceptó del dictador Juan María Bor­da­ berry una medalla que en 1975 quería conmemorar los ciento cincuenta años de la llamada Cruzada Li­ bertadora Uruguaya. El conflicto de fechas del Cen­ tenario, entre los blancos y los colorados batllistas, fue resuelto por los dictadores en beneficio de los pri­ meros, y el espectro de la Juana inaugural concurrió a la cita.

Lo dicho y lo no dicho La aceptación que ha tenido en Uruguay Al encuentro de las Tres Marías tal vez se alimente de la actual vora­ cidad por las vidas de los famosos y de los que no lo son, y de la facilidad con que la obra puede ser leí­da. Fischer eligió novelar la vida de Juana de Ibarbou­rou y narra haciendo que el lector, como en toda ficción, suspenda su descreimiento. Contar una vida genera un conflicto entre la imprescindible fidelidad a los he­ chos y el deseo de crear una forma verosímil que acer­ que al lector a algo que no está nunca en los meros La Otra | julio-septiembre 2009


hechos, sino en “su alma”, en palabras de Linacero, el personaje de Onetti. La “lógica de la incertidumbre” inherente a todo proceso de investigación puede ser respetada por un buen narrador que nos convenza pro­ visoriamente o que interpele la credulidad del lector, pero Fischer no es un buen narrador. Crea escenas un poco de manera mecánica, pero con ingredientes de impacto seguro. Fischer dice en el prólogo de su biografía que, para escribirla, fueron fundamentales, entre otros, los apor­ tes “de algunas personas que vivieron infiernos simi­ lares a los de Juana, aunque con mejor suerte que ella”. En forma oblicua alude a la adicción, a otros que la pa­ decieron y que pudieron contarla. Era necesaria la acumulación de esa experiencia individual y social para poder nombrar algo que “se sabía” de la manera tortuosa en que se conoce lo que se niega. Sólo cuando alguien dice abiertamente eso que “todos sabemos”, pero nuestras conciencias no toleran, lo latente y re­ chazado se vuelve evidente. Para el lector de esta nota hago una enumeración, un poco arbitraria, de algunos de los principales episo­ dios relatados. Vicente Fernández, el padre de Juana, mantuvo en la ciudad de Melo (nores­te del Uruguay) una doble familia. Juana tuvo dos me­dio hermanos con los que restableció una relación después de la muer­ te del padre en 1932. A Lucas Ibarbourou, el marido militar, le resultó difícil adaptarse a una esposa que dedicaba cada vez más tiempo a un mundo que él no entendía y que tal vez no valorara. La narración crea la sensación de una hombría retaceada y la incompren­ sión ante una mujer sólo aparentemente sumisa: cuen­ ta la desaparición del amor y una escena de violencia. El mayor Ibarbourou fue un buen administrador del dinero de su esposa y ejerció su autoridad ante Julio César, el hijo que, una vez muerto el padre en 1942, pa­ lengua de sastre

rece haberse hundido en su vida de jugador. Fischer ubica los comienzos de la adicción de Ibarbourou en la década de los treinta, ligada a los insomnios provo­ cados por la angustia. Aproximadamente hacia fines de esa década es que el biógrafo recrea una escena de crisis por sobredosis que se resuelve con Juana sien­ do llevada al sanatorio por su marido y su hijo. Juana contó en algunos momentos con la ayuda de personas que sabían lo que le sucedía, como la poeta Esther de Cáceres; su marido, el psiquiatra Alfredo Cáceres, y un hermano de éste, también psiquiatra, pero vivió inmer­ sa en una red de complicidades —en algunos casos con políticos importantes— que, sin saberlo, facilita­ ron su autodestrucción. En 1949, después de la muerte de la madre, quedó casi definitivamente sola, some­ tida a la violencia creciente del hijo. La inestabilidad económica y la incertidumbre sobre su seguridad fí­ sica marcaron, en lo que resta, la vida de Juana, con escasos momentos de reparación. De estas pérdidas nació un hermoso libro de poesía: Perdida (1950). Al año siguiente, a los cincuenta y nueve años, se ena­ mo­ró del doctor Eduardo de Robertis, un médico ar­ gen­tino y prestigioso investigador, instalado con su familia en Uruguay un par de años antes. Su amante tenía la edad de su hijo. Es una historia hermosa, de reencuentro consigo misma, de recuperación y de es­ peranza. El romance duró cinco años. Por sentido co­ mún o cobardía, Juana no quiso seguir. En los años siguientes Juana siguió escribiendo y transformando su poesía, al mismo tiempo que su vida se volvía cada vez más oscura. No se sabe exactamente qué día mu­ rió. Hay una partida de defunción del 17 de julio de 1979, y se supone que la muerte fue entre el 14 y el 15 de ese mes.

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De nuevo la poesía Desde la década de los sesenta ha sido revisada aque­ lla lectura de la poesía de Juana de Ibarbourou que veía en sus primeros libros sólo la efusión de la vitalidad, el primitivismo, el canto a la vida. En un mundo pa­ ra­lelo a su imagen y a lo que de ella se decía, la poeta escribió una poesía compleja, una poesía del riesgo y la inseguridad. Quien mejor replanteó la dimensión de la poesía de Ibarbourou fue Jorge Rodríguez Pa­ drón en su prólogo a Las lenguas de diamante. Raíz salvaje, en el que insistió en “la identificación entre experiencia existencial y ejercicio de la escritura” en to­ da su obra de Ibarborou. Creo que el libro de Fischer refuerza esta interpretación, no porque sea posible tras­ladar sentidos de la vida a la poesía o viceversa, sino porque uno descubre la duda, el dolor, la angus­ tia, el amor, la emoción, la ternura en ambas. Rodríguez Padrón ubica a Ibarbourou en el con­ texto de las poetas latinoamericanas de principios del siglo xx y señala que, para ellas, el lugar de la mujer aporta una “doblez decisiva”: “lo que son y su másca­ ra; la razón que las mueve y el ritual que le da forma. Para ser, arriesgarse a dejar de ser.” El crítico recono­ce en la poesía de Ibarbourou la “respiración verbal”, el “ritmo versal” que se origina en la oralidad. Dice que los poemas de Juana, a pesar de los fastos y las lectu­ ras equivocadas o manipuladas, han de leerse en “fun­ ción de su búsqueda apasionada antes que desde esa errónea pretensión afirmativa que se les adjudica”. Na­

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da ingenua, nada “instintiva” es Juana al momento de es­cribir: ni en el primer libro, ni en ninguno. Rodrí­ guez Padrón analiza las diversas formas de la ambigüe­ dad y el artificio en su obra y, en contrapartida, las lecturas flechadas a las que fue sometida. Es probable que la mayoría de los lectores de Al en­ cuentro de las Tres Marías se que­de en la biografía; lo deseable sería que los nuevos aportes sobre la vida de Juana de Ibarbourou in­citaran a una relectura de su obra. Chico Carlo (1944) puede acercarnos el ejem­ plo más inmediato. Nada de lo que ahora se sabe de la doble familia del padre aparece en esta narración en la que Ibarbourou cuenta su infancia creando al personaje de Susana. Con el desplazamiento del nom­ bre, la autobiógrafa se otorga libertad para mitificar. Chico Carlo resurge como un libro cargado de nostal­ gia que abreva en la desolación del presente en que es­ cribe. Por otro lado, es casi imposible no relacionar el renacer del impulso vital en la poesía última con el he­ cho de volver a vivir el amor y no darse cuenta, aho­ ra, que la gran cantidad de poemas amorosos finales abren un nuevo espacio de conflicto con la reiterada interpretación de su obra, a partir de Perdida, en el eje del paso del tiempo y la asunción de la vejez. Queda abierta la pregunta sobre la manera en que la comprensión de la adicción condicionará una nueva lectura. Como las imágenes de la muerte del poema de Perdida, el oído se “cultiva” para escuchar la diver­ sidad de sonidos que late en el texto. Este es un desa­ fío al que sólo se enfrentan los buenos poetas. v

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lengua de sastre

jorge fuentes morúa

entre el sexto y el apando los presidios de josé maría arguedas y josé revueltas*

Si luchas por la libertad, tienes que estar preso; si luchas por alimentos, tienes que sentir hambre.

i. Las vidas, los relatos

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xisten razones para relacionar las vidas y las obras de José María Arguedas (1911-1969) y José Revuel­ tas (1914-1976). Entre otras, pueden mencionarse las si­ guientes: 1. En primer término, estos escritores fueron disi­den­ tes; criticaron y lucharon apasionadamente en con­ tra de la dominación existente proponiendo utopías capaces de superar la coyuntura prevaleciente en sus respectivas sociedades. Sin embargo, a partir de la crítica a sus respectivas sociedades, remontaron el horizonte nacional para proponer un futuro dis­ tinto donde quedaría superado el orden capitalista.

* Ponencia presentada el martes 5 de agosto de 2008 en el marco del vi Coloquio de Antropología y Literatura José María Arguedas, “Socie­ dad, ciencia, arte y filosofía”, 4-9 de agosto de 2008, Huancayo, Perú.

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2. Estos escritores estuvieron hondamente preocupa­ dos por el destino de sus países, lo cual les dotó de una marcada tendencia nacionalista. Sin embargo, no fue nacionalismo burgués, pues el compromi­ so con la Nación fue construido desde el combate por superar la condición de los oprimidos: prole­ tarios, campesinos y, por supuesto, los indígenas, los indios. 3. Sería conveniente escribir un estudio sobre los ma­ tices y las diferencias que a propósito de la proble­ mática indígena existen en las obras de Arguedas y Revueltas. Por lo pronto, puede afirmarse que la visión de Arguedas se construyó desde el interior, profundamente marcada por su propia formación y experiencia cultural quechua. La de Revueltas es­ tá signada por la exterioridad: los indígenas con­si­ derados desde afuera, desde la historia de la Nación y desde un ideal revolucionario señalado por la cons­ trucción, primero, del Partido Comunista Mexicano (pcm); luego, en otra coyuntura, del Popular Socia­ lis­ta. Quiso radica­lizar al pcm, y lo abandonó para empren­der alternativas autogestionarias, como la 


Liga Leninista Espartaco. Durante el movimien­to es­tudiantil-popular de 1968 impulsó y participó en distintos núcleos autogestionarios. Por eso es po­ sible distinguir esta primera gran diferencia entre estos escritores notables. Constituyen dos expe­rien­ cias paradigmáticas sobre el modo como se orga­ nizó la relación y el proyecto de la intelectualidad revolucionaria con el movimiento indígena. 4. La mayoría de los escritores y militantes comunis­ tas, socialistas, demócratas, antifascistas como Ar­ guedas y Revueltas debieron purgar reclusiones en cárceles y penitenciarías, las cuales cobraron noto­ riedad en el siglo xx por haber mantenido en sus celdas, mazmorras y apandos a militantes de las causas mencionadas. Así las cosas, no sorprende que Arguedas haya escrito un texto estrujante —El sexto— sobre el sufrimiento impuesto y padecido por los militantes antifascistas apristas y comunis­ tas. Por su parte, José Revueltas escribió El apando, creación literaria redactada durante su presidio en el penal de Lecumberri, conocido como el Palacio Negro. En esa prisión fueron recluidos numero­sos militantes: socialistas, comunistas, demócratas, gue­ rrilleros, y los más destacados dirigentes del movi­ miento estudiantil y popular de 1968. Revueltas fue uno de esos militantes recluidos en el Palacio Ne­ gro de 1968 a 1971.1

1 Lecumberri fue construido en 1900 a instancias del entonces presi­ dente y dictador general Porfirio Díaz, como parte del proyecto nacio­ nal-burgués de modernización capitalista del país, cuyas élites lucharon afanosamente por enganchar a México al desarrollo capitalista, parti­ cularmente europeo; es decir, con Francia y Gran Bretaña, intentando tomar distancia frente a Estados Unidos. Sobre el movimiento estu­ diantil-popular de 1968, Revueltas escribió profusamente. Sus textos han sido reunidos en José Revueltas, México 68. Juventud y revolución. Obras completas, núm. 15, Era, México, 1978.

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José Revueltas en Lecumberri, 1970

5. Conviene evocar cómo las vidas de Arguedas y Re­ vueltas quedaron entrelazadas de modo inespera­ do. Revueltas conoció desde joven los reclusorios; los encarcelamientos sufridos se debieron a su mi­ litancia política, primero como integrante del So­ co­rro Rojo Internacional, luego como militante del pcm. Siendo muy joven conoció, en las Islas Ma­rías, al peruano Jacobo Hurwitz, al parecer militante de la Internacional Comunista, y quien probablemen­ te le orientó al estudio de la obra de José Carlos Ma­ riátegui, cuyos escritos empezaban a ser difundidos por la revista de la Liga de Escritores y Artistas Re­vo­ lucionarios, Frente a Frente.2 Estas circunstancias “Defensa del marxismo, por Mariátegui… Con este título se aca­baban de reimprimir los primeros escritos de carácter marxista del sin­cero es­ critor peruano que más tarde dio toda su actividad y su talento al ser­ vicio de la causa del proletariado”, en Frente a Frente, México, enero de 1935, p. 16. Cabe anotar que el notable músico Silvestre Revueltas,

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José María Arguedas

favorecieron que, durante su visita a Perú en 1944, se vinculara intensamente con pintores y escrito­res, destacando la profundización de su rela­ción con Ar­ guedas. Los indicios apuntan a pensar que El dios vivo, relato sobre las autoridades de la tribu yaqui de Vicam (Sonora, México), no obs­tante haber sido publicado en México en 1944, fue escrito en Are­qui­ pa, Perú, dedicado a José María Arguedas y fecha­ do en esa ciudad peruana. Cabe re­cordar que, tanto en la correspondencia personal como en el repor­

hermano de José, fue presidente de la Liga de Escritores y Artistas Re­ volucionarios. Por ello, sin duda, el hermano menor conoció tempra­ namente las ideas del peruano. Su impronta permaneció a lo largo de su vida intelectual, pues lo consideró como su maestro para resolver la compleja problemática de la nacionalización del marxismo. José Re­ vueltas, Visión del Paricutín (y otras crónicas y reseñas), Era, México, 1983, pp. 194, 198, 199; Ensayos sobre México, Era, México, 1985, p. 222. Finalmente, vale la pena recordar que José Carlos Mariátegui militó en la célula de periodistas del pcm.

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taje que publicó sobre sus experiencias en Perú, destaca la figura de José María Ar­guedas. Estas cir­ cunstancias ponen de relieve las consonancias vi­ tales entre estos escritores.3 6. El Sexto apareció en 1961, El apando en 1969. Es inte­ resante advertir cómo estas obras fueron publica­ das en la misma década, hecho que constituye un síntoma del ascenso teórico y político de los movi­ mientos revolucionarios y de liberación nacional en America Latina, alentados por el triunfo de la Revolución cubana. Quienes, como Arguedas y Re­ vueltas, confiaron en los poderes de la razón y en la vocación iluminista de la humanidad, conside­ raron un momento insoslayable para la libera­ción latinoamericana, la formación de la conciencia crí­ tica capaz de negar la realidad y el caos prevale­cien­ te. De ahí la escritura implacable, funcionando como dispositivo destinado a denunciar públicamente el modo como el Estado mantiene la domi­nación de clase. Por eso, la negatividad contenida en El Sexto y en El apando está dotada de finalidad: presentar al mundo como un presidio que debe ser destruido, negado, superado mediante la construc­ción de otro mundo donde no existan la miseria y la opresión que, de modo repugnante, figuran en los sis­te­mas penitenciarios peruano y mexicano.

El dios vivo fue publicado en la revista Estampa, septiembre de 1944. El original mecanografiado está fechado “Arequipa, Perú, 14-15 enero 1944” (J. Revueltas, Dios en la Tierra, Era, México, 1979, p. 176). A pro­pó­ sito de las impresiones causadas por los intelectuales peruanos, par­ticu­ larmente Arguedas, puede verse J. Revueltas, Las evocaciones requeridas, Era, México, 1987, pp. 230-239. En su reportaje “Viaje a Perú” concede un amplio espacio a comentar sus relaciones con la intelectualidad pe­rua­ na, destacando la figura de José María Arguedas. Véase J. Revueltas, Vi­ sión del Paricutín…, op. cit., pp. 98-140. 3

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ii. Panoptismo ubicuo En pleno auge de los movimientos políticos y socia­ les característicos del año de 1968, apareció el libro de Nicos Poulantzas, Poder político y clases sociales en el Es­ tado capitalista. En esta investigación, el notable teó­ri­co griego desarrolló un planteamiento sustancial: es con­ dición fundamental para que el Estado capitalis­ta cons­ truya la dominación y mantenga el poder po­líti­co que logre construir dispositivos ideológicos, policiacos y mi­litares destinados al funcionamiento de lo que de­ nominó efecto de aislamiento o efecto aislamiento. Es­ta problemática es abordada de manera consistente, y explica cómo la dominación burguesa se sostiene a tra­ vés de un complejo sistema de relaciones destina­do a fragmentar e impedir los vínculos e interconexiones entre los hombres y sus débiles formas de asociación.4 La genealogía de esta problemática puede reconocer­ se como un elemento consustancial al surgimiento de la sociedad burguesa. Por ello, filósofos como Leibniz5 afirmaban que los individuos podían representarse co­ mo mónadas cerradas, sin ventanas, sin comunica­ción. En consecuencia, las concepciones del individuo co­ mo un ser aislado se manifestarán de modo renovado

4 Poulantzas escribió: “Este es el sentido mismo de los análisis de Marx, relativos al fetichismo capitalista, distinto del simple fetichismo mercan­ til, en el modo de producción capitalista ‘puro’. Los fenómenos per­ cibidos bajo la forma de fetichismo, así como la generalización de los intercambios, la competencia, etc., suponen precisamente, como con­ dición de posibilidad, ese efecto particular de aislamiento que se remon­ ta hasta la ideología: efecto que Marx trata de una manera descriptiva, por oposición a lo que llama ‘lazos naturales’ de las formaciones socia­ les precapitalistas”. Nicos Poulantzas, Poder político y clases sociales en el Estado capitalista, Siglo XXI Editores, México, 1969, p. 273. En una obra posterior, este autor desarrolló la relación entre ley y terror, ex­ plicando cómo el poder debe inscribir la sociedad toda en cuadrícu­ las. Nicos Poulantzas, Estado poder y socialismo, Siglo XXI Editores, México, 1979, pp. 87-108. 5 Leibniz, Monadología, Aguilar, México, 1962.

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dos siglos después, es decir, de acuerdo con el grado de desarrollo capitalista. Desde entonces, esta existencia acotada, cercenada por una cuadrícula ubicua, será un rasgo definitorio de la vida en las sociedades capitalis­ tas cuando ya han logrado romper con las formas de existencia comunales.

iii. Los presidios Si los hombres están aislados e incomunicados, enton­ ces los presidios expresan el grado más elabo­rado y cruelmente refinado de dominación y cercenamien­ to de la capacidad comunicativa. La imposibilidad o la limitación comunicativa cons­ tituyen un aspecto fundamental en las narraciones de Arguedas y de Revueltas. Cada uno, a su manera, va­ lién­dose de diversos recursos interpretativos surgidos de sus experiencias vitales, desarrollan el lenguaje es­ tético-literario necesario para expresar las condicio­nes de hacinamiento físico y moral propio de los recluso­ rios. Revueltas propone la noción de geometría enaje­ nada para explicar cómo los cuerpos son capturados y aislados mediante complejos sistemas geométricos: án­ gulos, nichos, pendientes, declives, barrotes y rejas. Ca­ lafatear el espacio para imposibilitar la fuga aun de los pensamientos. La forma más acabada de estos dispo­ sitivos geométricos en el sistema penitenciario mexi­ cano —motivo del sufrimiento de Revueltas— fue el apando. Tal denominación corresponde al nicho as­ fi­xiante donde son confinados aquellos reclusos que deben ser castigados con mayor severidad. El prisio­ nero es transformado en un ente apandado, sometido al mayor encierro, casi sepultado en vida. En dicha oque­dad, el penalizado es remitido al aislamiento pri­ migenio, al del nonato, encerrado en las entrañas de La Otra | julio-septiembre 2009


la madre. Pero los presos ya hombres no están confina­ dos en un nicho cálido y acogedor; por el contrario, son sepultados en las entrañas del presidio, en esa crip­ta grotesca construida con piedra, cemento y hierro, don­ de no pueden comunicarse, ni expresar, ni hablar. Por ello, cualquier expresión oral (gritos, aullidos, pala­bras incoherentes) es soliloquio, delirio demencial. Esto se debe a que se encuentran cumpliendo una pena espe­ cífica, la del silencio, la de incomunicabilidad del ser. No hay mejor modo de expresarlo: apandados. Conviene tener presente que El apando fue escrito precisamente a raíz de la reclusión de Revueltas en Le­ cumberri. Junto con él permaneció encarcelado un am­plio conjunto de intelectuales distinguidos y mu­ chos estudiantes, cuyo delito fundamental fue haber hecho uso de intensas acciones comunicativas, de la li­bertad de expresión. Es pertinente asociar aquella nu­ trida Marcha del Silencio que, en septiembre de 1968, llevaron a cabo numerosos universitarios: muchos de ellos cubrieron sus labios con esparadrapo. Esta mul­ titudinaria manifestación silenciosa anunció las tum­ bas temporales de quienes estuvieron posteriormente apandados en Lecumberri, o los sepulcros definiti­vos y silenciosos de quienes fueron asesinados en la ma­sa­ cre del 2 de octubre de 1968. El régimen persiguió con saña inaudita las expresiones críticas, buscando enmu­ decer a la sociedad entera. En El Sexto se encuentran recluidos personajes en­ mudecidos por la locura de la ergástula, por la enferme­ dad, por la segregación racial. El pianista enloquecido ya sólo puede gesticular en cualquier lugar figuran­ do tocar piano, pero sin hablar. El japonés tampoco habla; su boca sólo sirve para mantener una sonrisa compulsiva, para comer vorazmente de las manos co­ mo un animal y para devorar sus pro­pios piojos. Cla­vel, el homosexual, ha sido bestializado, prostituido por la lengua de sastre

violencia del carce­lero Puñalada, verdugo negro de cor­ pulencia descomunal; sólo puede gritar ocasio­nal­men­ te y caminar hacia atrás, agachándose pa­ra cumplir con la función prostibularia a la que lo re­du­jo Puñalada. En El Sexto no figuran apandos, pero la comunica­ ción humana ha sido eliminada. En su lugar, los gritos, la violencia, los golpes, las miradas esquivas, la gesticu­ lación, se han convertido en los lenguajes del lugar.

iv. Animalización-zoologización Una vez perdida la primordial facultad humana —el len­guaje—, inicia el proceso de carencia y despojo has­ ta la animalización completa. En El apando, los monos, las monas, los micos esen­ ciales son los carceleros, descritos como antropoides homosexuales incapaces de comprender que, a pesar de su función de verdugos y torturadores, ellos son a la vez presos, poseídos por la obligación de vigilar de ma­ nera compulsiva a los presidiarios, cautivos por esta compulsión impuesta por quienes administran y go­ biernan el castigo, el dolor, la vigilancia y la tortura. Además de los monos, las fuerzas represivas que impe­ ran en el penal van animalizando de forma paulatina a todos sin excepción. Aun las mujeres, quienes po­drían ser sensuales, esperan cumplir con las visitas conyuga­ les con una actitud semejante a la de perras rabiosas. En El Sexto, un temible soplón apodado El Pato es finalmente ajusticiado por un noble piurano. Pero no importan tanto los apelativos; lo más significativo es la condición vital a la que han sido reducidos los pre­ sidiarios. El japonés, como un simio, come sus propios piojos. Devoran con las manos, recogen los desperdi­ cios de alimentos del suelo, lamen la sangre humana del piso. El negro encargado de repartir el rancho usa un 


palo al momento de distribuir los alimentos, del mis­ mo modo que se hace con cualquier rebaño de ani­ males hambrientos, pues deben ser apaleados du­rante una circunstancia fundamental: la alimenta­ción. La ani­malización descrita por estos autores de­semboca en un mundo darwiniano semejante al de los animales más agresivos y feroces: el mundo de los in­sectos. En efecto, en los sórdidos mundos descritos en El apando y El Sexto, sólo logran sobrevivir los más fuertes, hábi­ les, corruptos, per­versos, o los héroes, aquellos que encarnan figuras prometeicas. Los primeros sólo tie­ nen un destino: su­cumbir, enloquecer, morir asesina­ dos por enfermedad o por inanición. Los personajes prometeicos son aquellos que encarnan la dignidad humana, piedad, solidaridad. Estos rasgos sólo figu­ ran en El Sexto en relación con los presos políticos, y son éstos quie­nes preparan una alternativa social di­ ferente y, por ello, libertaria. En El apando, en medio del naufragio físico y éti­ co, aún prevalece lo humano, una humanidad enaje­ nada, dislocada. Cobra vida en la madre de El Carajo, un lum­pen proletario; ella busca satisfacer a toda cos­ ta la drogadicción del hijo encarcelado. El Carajo, per­ sonaje horrendo, repugnante, motiva el llanto de su madre debido a su sufrimiento, su físico contrahe­cho. Lo ve y lo defiende desde su figura envejecida y nau­ seabunda, pero aún capaz de expresar amor, un amor extraño y enajenado. Sólo estas fuerzas rompen con el mundo de los artrópodos tan característico de la vida de los presidiarios.

v. ¿Quién regula el mundo hobbesiano? En El apando, el mundo hobbesiano es gobernado por los monos y las monas: centinelas y celadoras, homo­ 

sexuales y lesbianas. Estas últimas gozan al registrar con sus dedos las vaginas de las mujeres de los presos con el pretexto de evitar el ingreso de drogas, pero ante todo, para proporcionarse placer, silencioso, omnipotente y gratuito. Los monos y las monas golpean brutalmen­te y vigilan a todos los presos; también a los apandados, pues son la representación clara de un Estado pode­ roso, ubicuo y vigilante apoyado en esa geometría del presidio tan analíticamente descrita por Revueltas. Los ángulos, polígonos, rectángulos, óvalos construidos de piedra, cemento y fierro constituyen el lado objetivo para el fluir de las miradas vigilantes. Monos y monas son el lado subjetivo del panoptismo resultante de la articulación de la geometría y las pasiones: mirar, vi­ gilar, torturar. En El Sexto, los ejecutores del martirio, el sadismo y la crueldad no corresponden a representantes direc­ tos del gobierno, pues quienes golpean y torturan son presos comunes, delincuentes encabezados por negros como Puñalada, con su banda integrada también por otros negros que controlan y ejercen la violencia, ad­ ministran las raciones, apalean a quienes pretenden co­mer más de lo permitido. Puñalada y sus paquete­ ros: El Rosita, trasvesti corrupto, temible por su pan­ dilla; El Maravi y su caterva de seguidores. Esta chusma y sus cabecillas reciben como forma de pago por el control de los presos y por mantener un régimen de terror cierta especie de franquicia naturalmente infor­ mal mediante la cual controlan el tráfico de drogas, la prostitución masculina, la distribución de al­cohol. Ellos son los encargados de la opresión interior. La do­ minación gubernamental, es decir, el control exterior de El Sexto está en manos de la policía y de los soplo­ nes como El Pato, lumpenproletario como otros que fueron incorporados como delatores y agentes para­ policiacos durante la década de los años treinta. Tuvie­ La Otra | julio-septiembre 2009


ron a su cargo las tareas de provocación, infiltración y asesinato, configurando una especie de cuerpo repre­ sivo fascista. En consecuencia, la administración gu­ bernamental de El Sexto reconstruyó al interior del penal un régimen de castas para evitar que fueran di­ rectamente los agentes gubernamentales, los unifor­ mados, los encargados de administrar el sufrimiento y la crueldad. Además, con tal fragmentación étnicoracial y de clases se impedía cualquier frente o alian­ za entre los oprimidos.

vi. Las sendas Las experiencias vitales y la formación intelectual de Arguedas y Revueltas se aprecian nítidamente en El Sexto y en El apando. Las situaciones límites cobran vida en estos relatos, obligando a los autores a mani­ festar claramente sus puntos de vista. Las circunstan­ cias narradas no fueron ajenas a sus propias vidas, pues Arguedas vivió la experiencia del presidio en El Sexto; Revueltas ya había sufrido la prisión en la Co­ rreccional para Menores de la Ciudad de México y también había sido recluido en dos ocasiones en el te­ mible penal de las Islas Marías antes de haber estado encarcelado en el Palacio Negro de Lecumberri, don­de redactó El apando. Estos hechos dotan de cierto senti­ do autobiográfico a estos relatos. La experiencia en las mazmorras mueve las fibras más profundas de los se­ res humanos, particularmente la de los pre­sos po­líticos, quienes terminan sometidos al encarce­lamiento cuan­ do su propósito, su proyecto histórico, consistió en al­ canzar la libertad y la justicia.6 Estas consideraciones 6 Entrevistado por la escritora Elena Poniatowska, Revueltas resumió la relación dialéctica entre libertad y prisión con el aforismo siguiente:

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son válidas porque Arguedas y Revueltas fueron, en dos aspectos, presos poco comunes. Primero, porque ambos fueron presos políticos, y segundo, porque los dos se distinguían por contar con una notable sensibi­ lidad, cultivada y orientada por la inteligencia, ta­len­ tos éstos desarrollados en el trabajo intelectual fincado en las mejores tradiciones culturales y filosóficas la­ ti­noamericanas y europeas. No es fácil —más aun, es imposible— saber cómo asumieron estos escritores y militantes el absurdo de encontrarse recluidos en lu­ gares tan violentos e irracionales como El Sexto y Le­ cumberri, pero sí es posible conocer es el modo co­mo racionalizaron y expresaron literariamente su presi­ dio. En El Sexto, Arguedas relata minuciosamente la configuración de la sociedad peruana, al parecer un régimen de castas en el cual la procedencia étnico-ra­ cial resultaba determinante. Negros en primer térmi­ no: Puñalada mostrando como único argumento de su predominio sobre el resto de los presidiarios su cor­ pulencia, su descomunal fuerza y su servilismo an­te la gendarmería y el director del penal; también un joven negro administrador de la celda —burdel— controla­ da por Puñalada; el negro ranchero arma­do con un palo que distribuía las raciones apaleando a los deso­ bedientes; el viejo negro idiotizado, que mostraba su voluminosa prominencia genital y pedía limosna por unos cuantos pasos de baile; un negrito amante de Ma­ ravi, otro de los sinies­tros amos de El Sexto. La migración asiática a Perú también tiene sus pre­ sos en El Sexto: El japonés. Son pocas las menciones de blancos y criollos, probablemente el per­sonaje Pa­­ cas­mayo. Los indígenas están en los extremos: por un “Si luchas por la libertad, tienes que estar preso; si luchas por alimen­ tos, tienes que sentir hambre.” En Andrea Revueltas y Philippe Cheron (comps.), Conversaciones con José Revueltas, Era, México, 2001, pp. 196-207.

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lado, Cámac, quien encarna al indio, al campesino pro­ letarizado convertido en minero y que, como proleta­ rio, lucha contra el imperialismo estado­u­nidense; por el otro, Libio Tasaico, injustamente acusado de robo por su patrona y ya en El Sexto violado por Puñalada y su grupo de negros. Los policías, el inspector, el mé­ dico, el soplón apodado El Pato, to­dos ellos parecen mestizos, como los son también dos personajes fuer­ tes y redentores: Gabriel y don Policarpo Herrera —El Piurano—, quienes contienen el poder de la ra­zón y de la fuerza, respectivamente. El análisis político es ri­ guroso; las contradicciones políticas de la sociedad peruana son representadas al interior del presidio: a) la dictadura militar; b) la oposición aprista; c) la opo­si­ ción comunista; d) la presencia del imperialismo es­ tadounidense apoderándose de la principal riqueza de Perú, la minería; e) los reclamos democráticos de quienes, sin tener militancia partidaria, reclaman una trasformación justiciera para el Perú. El relato también presenta aspectos de la crisis social peruana: ba­rrios marginales donde proliferan individuos miserables como el Puñalada o donde se refugian seres huma­ nos enloquecidos como Clavel. El escritor no olvidó el más mínimo detalle en la descripción de las casas de lámina de los marginados ni la pestilencia de las calles. Los presos mueren de modo violento, pero también de sífilis, el estigma propio de la promiscuidad sexual. La escritura de Arguedas manifiesta claramente su for­ mación como antropólogo, historiador y literato, sin olvidar su dominio del quechua. Es cierto que El apando fue redactado en el temible Palacio Negro, Lecumberri. Revueltas, leal a su dicho y a su ironía, había señalado que el Estado le había otor­ gado becas cada vez que lo encarcelaba, pues las re­ clusiones presidiarias le permitían estudiar y escribir. Si bien es cierto que su novela Los muros de agua está 

inspirada en las reclusiones padecidas en el penal de las Islas Marías, no fue escrita en este lugar. En cambio, El apando fue redactado en prisión, configurándose como la expresión literaria de las reflexiones teóricas, filo­só­ ficas y políticas desarrolladas en torno a la pro­blemá­ti­ ca de la enajenación planteada en la obra primordial del Marx joven: Manuscritos, económico-filosóficos de 1844. Esta obra se caracteriza por la intensa relación de Marx con la filosofía de Hegel. Poco antes del esta­ llamiento del movimiento estudiantil-popular de 1968, Revueltas reanudó sus investigaciones sobre la concien­ cia y la enajenación. Por ello, ya recluido en Lecum­be­ rri continuó desarrollando un conjunto de estudios en torno a la problemática de la conciencia y la enajena­ ción. La reunión de esos trabajos teóricos originó el libro Dialéctica de la conciencia.7 La redacción de El apando fue cons­truida sobre an­ damios cuyas conexiones se basan en una argumen­ tación fundada en la razón dialéctica, pues eso es lo que aparece recurrentemente de modo filosófico y literario en el Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962), luego en la novela Los errores (1964), diversos es­ tudios sobre la conciencia y la enajenación desde 1964 hasta 1974, que dieron lugar a Dialéctica de la concien­ cia. En consecuencia, la coyuntura intelectual en la que fue escrito El apando es la que explica su carácter racionalista-dialéctico. Los personajes no tienen nom­ bre; de los guardias sabemos que son simiescos y ho­ mose­xuales, mono y mona. Las celadoras encargadas de revi­sar a las mujeres son lesbianas impersonales. To­ dos semejan apéndices de las rejas y los muros. Los presos son Albino y Polonio, de quienes sólo se sabe que son presos comunes, fuertes físicamente, y El Ca­ rajo, contrahecho y deforme, cojo y tuerto, adicto 7

José Revueltas, Dialéctica de la conciencia, Era, México, 1986.

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mortuorio. Las mujeres son la madre de El Carajo y las parejas de Polonio —La Chata, figurada como una mujer soberbia— y Albino —Meche, mujer honra­ da, ratera sí, pero que no se dejaba padrotear, sólo se acostaba con otro hombre por gusto y no le faltaban las propuestas, incluso hasta con Polonio se había acostado. Revueltas abunda en la descripción corpo­ ral de El Carajo hasta producir en el lector una mezcla de compasión y repugnancia; lo mismo hace con la fisonomía de la madre. Ambos —madre e hijo— en­ carnan procesos de pauperización física e intelectual que tanto figuran en la novelística de Revueltas; la hu­ manidad es animalizada, degradada. Meche y La Cha­ ta son descritas como mujeres muy hermosas dotadas de una ética peculiar y que, al igual que la madre de El Carajo, están plenamente dispuestas a hacer todo lo necesario para introducir la droga reclamada con urgencia por Polonio y Albino. La única determina­ ción histórica que aparece de modo ubicuo y firme es la capacidad de poder del Estado. La geometría ena­ jenante es resultado de la arquitectura y la ingeniería empleadas para reprimir, vigilar y castigar. La tarea de los monos y las monas es mantener noche y día la mi­ ra­da vigilante, dar curso al panoptismo calculando los movimientos, las acciones y los deseos de los presos. Desde la entrada a Lecumberri inicia el castigo. Las mu­jeres deben padecer el manoseo de las celadoras les­ bianas cuya fisonomía no es descrita, sólo su función: reprimir y someter, imponer un erotismo vulgar y dis­ frazado mediante el tacto vaginal. En consecuencia, los personajes de Revueltas en este relato son descarna­ dos, cumplen una función primordial, podría decirse que lógica, abstracta. Unos deben reprimir, vigilar, cas­ tigar; otros construyen el delicado vinculo de la liber­ tad. Tampoco cada quien tiene su margen de libertad, edificada mediante el proceso constructivo de las re­ lengua de sastre

laciones necesarias para alcanzar los propios satisfac­ tores. Sin embargo, cada modo de luchar por la libertad no es otra cosa que formas de expresión de una ne­ cesidad humana fundamental: la libertaria. Es cierto que puede ser enajenada, como la de los personajes habitantes de El apando, pero finalmente el escritor cumple su propósito en una coyuntura política que, en esos años, se caracterizó en México por el ascenso de las luchas democráticas, socialistas y también guerri­ lleras. Por lo anterior, Revueltas efectúa un estudio mo­lecular de la coyuntura mexicana de esos años; se trata de un movimiento social cargado de contenidos libertarios que debieron enfrentar a un Estado alta­ mente represivo, cuyo panoptismo ubicuo vigilaba to­ dos los nichos de la sociedad.

vii. Las figuras prometeicas No obstante el entorno y las sensaciones asfixiantes comunicadas por El Sexto y El apando, éstos no cons­ tituyen textos cerrados, pues en la escena literaria figu­ ran personajes cuyas acciones y cosmo­visiones impiden pensar que el círculo opresivo e ignominioso es per­ fecto y que no tiene salidas para facilitar la fuga. En ambos textos, la escritura presenta las fisuras por don­ de se construyen las huidas. El Sexto, debido a su escritura impregnada de rea­ lismo histórico, presenta con claridad aquellos perso­ najes portadores de energía amorosa cuya traducción a principios políticos puede transformarse en solida­ ridad, fraternidad, lealtad y capacidad afectiva e inte­ lectual lo suficientemente poderosa para superar los hechos que muestra ese presente sórdido y pestilente que es la vida en El Sexto. Alejandro Jiménez Cámac es un indígena cuya comunidad agraria fue destruida 


y sus habitantes han sufrido el proceso de proletari­za­ ción. Al igual que otros comuneros, una vez desarti­cu­ lada la economía comunal ha sido proletarizada, Cámac abandonó sus cultivos para ser arrojado a la oscuridad de los socavones y tiros de las minas. Convertido en proletario, Cámac abrazó las banderas del comunis­ mo, sugiriendo así el proceso del comunismo peruano, donde la nacionalización está dada por la asimila­ción del comunismo desde la tradición comunal indígena. Por ello, Cámac permite recordar las ideas de José Car­ los Mariátegui. Cámac está encarcelado en El Sexto de­ bido a su actividad como dirigente proletario entre los mineros, por su participación como militante del Partido Comunista y por su decidido antiimperialis­ mo. Antes de su encarcelamiento en El Sexto, Cámac ya había estado en otros penales acusado de delitos urdidos por los poderosos para ocultar cómo el pro­ pó­sito verdadero sólo era castigar a un organizador de sindicatos y huelgas. Cámac es tuerto, con un ojo enfermo que lo ciega; el ojo útil, además de mirar co­ mo cualquier ojo, también tiene la capacidad de ver como el ojo de la Providencia.8 Por ello, este curtido

“Su ojo sano era como una estrella, por la limpieza y la energía […] ‘Sí’, le dije. Cámac era distinto; su único ojo tenía más poder y claridad que los dos de todos nosotros. Era tierno y enérgico como nuestras cor­ dilleras”. José María Arguedas, El Sexto, edición digital, pp. 5 y 58. En la novela Los días terrenales (1949) existe un indio de larga trayectoria política, el Tuerto Ventura, que fue primero magonista y después comu­ nista; él protege a los cuadros del Partido Comunista que hacen traba­jo en esa región, su único ojo es sobrenatural. “Estaba a punto de llegar el so­lemne, activo y afanoso minuto en que la compuerta fuese levanta­ da, pero Ventura, con su gran y penetrante ojo de cíclope, quizá descu­ brió algo fuera de orden.” Evodio Escalante (coord.), José Revueltas. Los días terrenales, edición crítica, Conaculta, México, 1992, p. 12. Es nota­ ble esta coincidencia, pues Revueltas y Arguedas presentan a Ventura y a Cámac, respectivamente, como indígenas militantes en las filas del comunismo, además de que son tuertos y de que el ojo sano evoca las re­ presentaciones sobre la Providencia. Esta concordancia recuerda las tendencias intelectuales comunes en las que se formaron Arguedas y Revueltas. 8

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militante comunista, con su mirada monocular, logra trasmitir sentimientos de justicia, rebeldía, solidari­ dad, fraternidad, pero sobre todo, un sentimiento de trascendencia y ruptura no sólo con la miseria de El Sexto, sino con todas aquellas lacras destructoras de la sociedad peruana. Cámac falleció en el penal y su muerte originó la movilización combativa de los pre­ sos políticos; en primer lugar, los comunistas, aunque también lograron que importantes sectores apristas se solidarizaran con el funeral del viejo luchador pro­ letario. Cámac es un indio y en su idea de comunis­ mo se prefigura otra nación peruana. Ni la corrupción ni la persecución debilitaron el alma acerada de este indio, piedra angular de la nueva peruanidad. Gabriel es un joven militante de las causas demo­ cráticas, ajeno a los conflictos políticos vivos aun en El Sexto entre comunistas y apristas. Este joven Prome­ teo encarna la figura del humanista comprometido con las causas de la igualdad, la justicia y la fraterni­ dad, viejos ideales renovados por Gabriel debido a su origen pueblerino y a su conocimiento de la lengua y la cultura quechua. Construye así la fuga de El Sexto a partir de viejos sentimientos que le impiden per­ma­ necer indiferente o aislado ante las injusticias. Don Policarpo Herrera, El Piurano, reúne las vir­ tudes de un hidalgo pueblerino, incluida su destreza para manejar cuchillos, dagas, chavetas. Don Policar­ po ha rebasado los cincuenta años, pero su figura no ha perdido nobleza y gallardía; mantiene vivo su valor personal para el combate cuerpo a cuerpo. No per­te­ nece a ninguna organización política; sin embargo, su dignidad personal y su rebeldía ante las injusticias constituyen otra vía de fuga, de salida de la prisión. Conviene hacer notar que ninguno de estos tres per­ sonajes son limeños, sino que provienen de pequeñas ciudades o de pueblos, en suma de la periferia. En El La Otra | julio-septiembre 2009


Sexto existe una perspectiva clara y distinta de lo que es la opresión y lo que es la libertad. Incluso el sujeto histórico libertario se perfila claramente integrado por los segmentos sociales de donde provienen los prome­ teos aquí señalados: indígenas y mestizos constituyen las piedras angulares de la nueva nación peruana. Las figuras prometéicas aparecen en El apan­do no de manera clara; surgen como conciencias que cum­ plen sus tareas libertarias de modo enajenado, cosifi­ cado. Entre el repugnante Carajo y la desagradable figura de su madre existe un sórdido amor maternal y filial; ella está dispuesta a burlar todo el cerco carce­ lario para llevarle al hijo la droga, que le permite fu­ garse, en primer lugar, de su contrahecho cuerpo, y luego de la misma prisión. Albino y Polonio también son adictos, pero están decididos a llevar su huida li­ bertaria más allá del momentáneo placer que les pro­ porciona la adicción. Ni los delirios de los narcóticos ni el alcohol logran resolver su implacable necesidad de libertad autentica, aunque gozan de los amores de La Chata y Meche, quienes les proporcionan otro mo­ do de con­quistar la libertad. Además, Albino ostenta en el vientre un tatuaje brahamánico, que le permite ejecutar una danza extraordinariamente sensual. Sin embargo, ninguna de esas conquistas liberta­rias, así sean enajenantes, es suficiente para configurar la auténtica libertad, esa que en la filosofía de Hegel apa­ rece como la lucha entre el amo y el esclavo. Polonio y Albino emprenden su propia rebelión, logran que­ dar encerrados con algunos monos y monas, e inicia el combate despiadado, violento y desesperado: Con un solo y brusco ademán Albino cerró el candado de la puerta que comunicaba con la Crujía. Ahora estaban solos con el comandante y los tres celadores, encerrados en la mis­ ma jaula de monos. Cuatro contra tres; no, dos contra cua­ tro […]. ‘Ora vamos a ver de a cómo nos toca, monos hijos lengua de sastre

de su puta madre’, bramó Albino a tiempo que se despo­ jaba de su cinturón de baqueta para blandirlo en la pelea. Un garrotazo en pleno rostro, sobre el pómulo y la nariz, le hizo brotar una repentina flor de sangre, sorprendente, co­ mo salida de la nada. Polonio y Albino estaban convertidos en dos antiguos gladiadores, homicidas hasta la raíz de los cabellos. La pelea era callada, acechante, precisa, sin un grito, sin una queja. Tiraban a matar y herirse en lo más vivo, con los pies, con los garrotes, con los dientes, con los puños, a sacarse los ojos y romperse los testículos. Las mi­radas, las actitudes, la respiración, el calculado movimiento de un bra­ zo, el adelantar o el retroceder de un pie, consagrados por entero a la tensa voluntad de un solo y unívoco fin impla­ cable, trasudaban la muerte en su presencia más rotunda, mas increíble […]. Llegaron de la Comandancia otros mo­ nos, veinte o más, provistos de largos tubos de hierro. La cuestión era introducirlos, tubo por tubo, entre los barro­ tes, de reja a reja de la jaula, y con la ayuda de los celadores que habían quedado en el patio de la Crujía, mantenerlos firmes, con dos o tres hombres sujetos a cada extremo, a fin de ir levantando barreras sucesivas a lo largo y lo alto del rec­ tángulo, en los más diversos e imprevistos planos y niveles, conforme a lo que exigieran las necesidades de la lucha con­ tra las dos bestias y, al mismo tiempo, atentos a no entorpe­ cer o anular la acción del Comandante y los tres monos, en un diabólico sucederse de mutilaciones del espacio, trián­ gu­los, trapecios, paralelas, segmentos oblicuos o perpen­ di­culares, líneas y más líneas, rejas y más rejas hasta impedir cualquier movimiento de los gladiadores y dejarlos cruci­ ficados sobre el esquema monstruoso de esta gigantesca de­ rrota de la libertad a manos de la geometría. Las tres primeras de las cinco barras horizontales que hacían perpendicular con los barrotes de cada reja del cajón, primero como pun­ to de apoyo para los tubos que irían de lado a lado y des­ pués como estructuración vertical del espacio, bastaban a los propósitos de la operación, pues la inferior, a la altura de las rodillas, y las de en medio y superior, a los niveles del ba­jo vientre y del cuello de un hombre de dimensiones regula­ res —Albino, no obstante, rebasaría con la cabeza la línea superior—, permitirían tender los trazos invasores con los cuales aherrojar, hasta la inmovilidad más completa, al par de rebeldes enloquecidos. Ellos, los gladiadores, eran invi­si­ bles, incluso por encima de Dios, pero no podían con esto. Empujaban los tubos hacia arriba, saltaban, forcejeaban de

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mil maneras, pero al fin no pudieron más. Los celadores entraron a la jaula para sacar al Comandante y a los tres compañeros suyos, convertidos en guiñapos […]. Colgan­ tes de los tubos, más presos que preso alguno, Polonio y Albino parecían harapos sanguinolentos, monos descuar­ tizados y puestos a secar al sol…9

El apando fue redactado en la cárcel preventiva de la Ciudad de México (Lecumberri), durante los meses de febrero-marzo de 1969. El movimiento estudiantil y popular había iniciado en julio de 1968. Durante los me­ses de julio, agosto y septiembre los estudiantes li­ braron verdaderos combates contra los gra­naderos y la policía, incluidos algunos choques con militares. Es­ cuelas, calles y avenidas se convirtieron en campos de batalla; los reclusorios pronto se saturaron, ya que en las redadas se capturaban a cientos de estudiantes que eran inmediatamente recluidos. Después de la masa­ cre del 2 de octubre de 1968 también el Campo Militar Número Uno sirvió para encarcelar y torturar a la ma­ yor parte de los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga. La lucha de Albino y Polonio en la celda atravesa­da por barrotes de metal cuadriculó el territorio, con­fi­ gu­rando una metáfora de lo sucedido en la Ciudad de México. Su territorio había sido convertido en una ex­ tensa cuadrícula acotada por las fuerzas represivas en sus distintas facetas: patrullas policiacas, camiones de granaderos, vehículos militares, policías uniformados, policías secretos, delatores, “orejas”, etcétera.

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El 2 de octubre de 1968, la Plaza de Tlatelolco fue con­vertida en una enorme celda, como aquella don­ de Albino y Polonio combatieron a monos y monas en una lucha desigual hasta quedar brutalmente golpea­ dos. De la misma manera, ese 2 de octubre la gente que­dó aco­rra­lada en el gigantesco cua­drilátero que formaba la Plaza de Tlatelolco, rodeada de edificios multifami­lia­res. Los comandantes militares, policia­ cos y parapoliciacos cruzaron, atravesaron, ensarta­ ron el enorme espacio del cuadrilátero de la Plaza de Tlatelolco no con tubos de hierro, sino con ráfagas de ametralladoras y otras armas automáticas, fuego cruzado. Del cielo también descendieron las barras de hierro, pues desde los helicópteros los disparos acribi­ llaron a los estudiantes. Los disparos de los vehículos militares artillados ensartaron a los estudiantes, que quedaron convertidos en cuentas que formaron un co­ llar de cuerpos sanguinolentos. La entereza de Revuel­ tas le permite redactar El apando, paradójica proclama libertaria desde su crujía en Lecumberri y, sin perder lucidez, nos deja ver los síntomas de la decadencia. Por eso Ventura es como Cámac: ve más que los ojos de to­ dos, su mirada de cíclope es alentadora y optimista. El Carajo también es tuerto, pero la mirada de su único ojo es turbia, criminal; la visión monocular de la de­ rrota, del mismo modo que el combate de Albino y Po­ lonio constituye la evidencia del poder de la pasión libertaria. v

José Revueltas, El apando, Era, México, 11ª reimpr., 1991, pp. 53-56.

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colaboradores

| De origen siciliano y pullés, ex magistrado, vive actual­mente en Roma. Ha publicado los siguientes libros de poesía: Nell’arco (Premio Alfonso Gatto, 1992), Le ali di Darwin (1999), Noi (2003) y Biblioteca. Poe­sie 1990-2006 (2007). Fundó y dirige el trimestral de poesía internacional Pagine y la editorial Zone.

vincenzo ananía

Timo Berger | Stuttgart, Baden-Württemberg, Alemania, 1974 | Destacado poeta, periodista, traductor y promotor cultural. Su más re­ ciente libro de poemas es Ferne Quartiere (Munich, Lyrikedition, 2000 y 2008). Edita la publicación virtual Latin.Log (www.latinlog. de), dedicada a la poesía latinoamericana. Ha traducido al alemán, entre otros, a Laura Erber (del portugués), Edgardo Cozarinsky, Sergio Raimondi, Washington Cucurto y Fabián Casas (del castellano). Ha funda­do y organizado los festivales de poesía latinoame­ ri­cana “Salida al Mar” (Buenos Aires, 2004-2007) y “Latinale” (Berlín, 2006-2008). La editorial Paraísos Perdidos de Guadalajara pu­blicará este año su compilación Luces intermitentes. Antología de la poesía alemana actual. carina blixen | Profesora de literatura, investigadora y crítica literaria. Ha publicado Isabelino Gradín. Testimonio de una vida (2000), El desván del Novecientos. Mujeres solas (2002) y Dictadura, lenguaje, literatura. La obra de Carlos Liscano (2006). Prologó y compiló el libro J de I. Selección de poesía (2003), de Juana de Ibarbourou.

GEO BOGZA

| Blejoi, Rumania, 1908-1993 | Poeta, periodista, creador del reportaje literario rumano.

| Jerez de la Frontera, España, 1966 | Uno de los escritores españoles más leídos, con notables aportes en varios géneros li­te­rarios, sobre todo en la poesía. Sus principales libros de versos son Partes de guerra (1994), El berbedere (2002) y Buzón vacío (2006). Ha publicado cinco novelas, entre las que se destaca Los príncipes nubios (Premio Biblioteca Breve, Barcelo­ na, 2003), traducida a nueve idiomas. Además, ha dado a la luz cinco libros de relatos, que se recopilan en Basado en hechos rea­ les (2006). Su producción más relevante como ensayista ha sido reunida en La plaza del mundo (2008). juan Bonilla

| Montevideo, Uruguay, 1949 | Nacionalizada italiana, es poeta, traductora, ensayista y antologista de poesía. Ha publicado los siguientes libros de poesía en español: Anunciaciones (1977), Mar/Mare (1989), El viaje de Orfeo (1990), Caza de altura (1994); y en italiano: Nero cuore dell’alba (1998) y Capriccio di un colore (2004). También ha publicado, entre otros, los libros ensayísticos La provincia inmutable. Estudios sobre la poesía de Ramón López Velarde (1981), “El patriarca” de García Márquez, arquetipo literario del dictador latinoamericano (1984), Configuración del arquetipo. Ensayos de literatura hispanoamericana (1988) y El diálogo infinito. Una conversación con Jorge Eduardo Eielson (1995). En italiano ha preparado antologías poéticas de Idea Vilariño (1989), Jorge Eduardo Eielson (1993), Álvaro Mutis (1997) y Mario Benedetti (2001).

martha canfield

miguel ángel chávez díaz de león | Ciudad Juárez, Chihuahua, México, 1962 | Escritor y periodista. Ha publicado En este rin­ cón duerme la duquesa (1984), Este lugar sin sur (1987), Vhala Blues para saxofones (1989) y Los ángeles también van de cacería (2005). Colabora en varios periódicos nacionales. Su obra poetica se ha publicado en diversas revistas del país, como Tierra Aden­ tro, Azar y Diasiete.

| San Marco in Lamis, Italia, 1940 | Poeta, hispanista, traductor y editor. Entre sus trabajos más recientes destacan Antologia della poesia basca (1994), tres volúmenes de Teatro spagnolo contemporaneo (1998-2004), El fuego y las brasas. Poesía ita­ liana contemporánea (2001), Los poetas vengan a los niños (2002) y Poeti spagnoli contemporanei (2008). Como poeta ha publicado Pro­fanazioni (1990), Le parole di sempre (1994), La memoria del vuelo (2002), Fingere la vita (2004), Contra desilusiones y tormentas. Antología personal 1990-2006 (2006), Il tardo amore (2008; trad. al castellano, gallego y portugués), así como algunas plaque­ ttes. Es editor de I Quaderni di Abanico e I Quaderni della Valle. En 2003 el rey de España Juan Carlos I le otorgó la encomienda con placa de la orden civil de Alfonso X el Sabio. [emilio.coco@alice.it]

emilio coco

colaboradores




maría cruz | Ciudad de México, 1974 | Egresada de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (sogem). Ha publicado los libros de poemas Colmena de oro y ceniza (primer premio en el segundo concurso de poesía urbana Carlos Pe­ llicer, 1997), Suma de patios (2001), El libro de las grietas (2004). Textos suyos aparecen en las antologías Los siete pecados capita­ les. La lujuria (2008), Palabras en poesía. Cincuenta poetas mexicanos (2008) y Musa de musas. Poesía de mujeres desde la ciudad de México (2008). santiago espinosa | Bogotá, Colombia, 1985 | Crítico y periodista. Ha escrito artículos y reseñas para diversas revistas, entre otras

Alforja y La Otra (México), Casa de Poesía Silva Arcadia y el periódico La Hoja (Bogotá), del que fue jefe redacción hasta su de­ saparición. Su tesis de literatura, El exilio heredado: morada y encanto en la poesía de Giovanni Quessep, será pu­blicada por la editorial de la Universidad de los Andes. Como director de teatro montó La cantante calva, de Eugene Ionesco (2004), así como un par de piezas breves de Harold Pinter (2007). Sus poemas están incluidos en antologías nacionales e internacionales. Los ecos, su primer poemario, será publicado en los próximos meses. Actualmente prepara una antología crítica de la poesía colombiana del silgo xx. jorge fuentes morúa | Profesor-investigador en el Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iz­ tapa­lapa. [fuenteovejuna23@gmail.com].

| Tlalnepantla, Estado de México, 1973 | Poeta, escritora de letras para canciones, traductora de poesía en portugués. Autora del poemario Niebla del día (2003) y La casa azul (Premio Enriqueta Ochoa, 2005). Sus poemas han sido an­ tologados en Amar el mar (2001), Los siete pecados capitales. La lujuria (2008) y en Musa de musas. Poesía de mujeres desde la ciudad de México (2008). Ha publicado en las revistas Tinta Seca, Pauta y Revista de Literatura Mexicana Contemporánea. guadalupe galván

ferreira gullar | São Luís, Maranhão, Brasil, 1930 | Poeta, periodista, cronista y crítico de artes plásticas. Su verdadero nombre es José de Ribamar Ferreira. Su obra poética incluye Um pouco acima do chão (1949), A luta corporal (1954), Dentro da noite veloz (1975), Poema sujo (1976), Na vertigem do dia (1980), Muitas vozes (1999). Además de su trabajo como traductor y como poeta, su obra como cronista se ha reunido en libros como A estranha vida banal (1989), O menino e o arco-íris (2001), As melhores crônicas de Ferreira Gullar (2005). Ha obtenido varios premios por su obra dramática, así como los premios Jabutí y el “Alphonsus de Guimarães” de la Biblioteca Nacional, el premio “Multicultural 2000” del diario O Estado de S. Paulo, el “Príncipe Claus” de Holanda, el “Fundação Conrado Wessel de Ciência e Cultura” y el “Machado de Assis” de la Academia Brasileña de Letras. Salah al Hamdani | Bagdad, Iraq, 1951 | Poeta y hombre de teatro francés de origen iraquí, se exilió en Francia en 1975. Comenzó a escribir en una prisión política en Iraq a la edad de veinte años. Fue un opositor a la dictadura de Saddam Hussein, sus guerras y la ocupación anglo-americana de Iraq. Regresó a Iraq sólo después de la caída de la dictadura en 2004. Ha publicado varios libros de poesía, novelas y cuentos en francés y en árabe.

javier hinojosa | Ciudad de México, 1956 | Fotógrafo mexicano que ha expuesto de manera individual en distintos países de América Latina, Europa, Estados Unidos, Canadá, y recientemente en Egipto, India, Indonesia y Nueva Zelanda. Destacan en­ tre sus publicaciones la serie de libros Espacios de la memoria, que ilustran su visión del México antiguo. Su trabajo sobresale por su particular acercamiento a la naturaleza y por el refinado tratamiento y estilización con la que impregna sus imágenes. Ha sido miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (2001-2007). enrique hernández-d’jesús | Mérida, Venezuela, 1947 | Poeta, fotógrafo y editor. Desde 1978 ha realizado exposiciones en su país, Italia, España y Puerto Rico. Ha publicado, entre otros, Muerto de risa (1968), Mi abuelo primaveral y sudoroso (1974), Así sea uno de aquí (1976), Los últimos fabuladores (1977), Mi sagrada familia (1978), Mi abuelo volvió del fuego (1980), El circo (1986), Retrato en familia (1988), Los poemas de Venus García (1988), Recurso del huésped (1988), Magicismos (1989), La semejanza transfigurada (94 fotografías intervenidas por Vicente Gerbasi, 1996) y La tentación de la carne (1997). Ha obtenido diversos premios de litera­ tura y de fotografía.

| Sincé, Sucre, Colombia, 1970 | Escritor, periodista, guionista y docente. Ha publicado: Con la luz que me queda basta (cuentos, 2007, Premio Ciudad de Cartagena para Libros de Cuento, 1997); la novela Hombres solos en la fila del cine (2004), y los libros de poesía Canciones de un barrio en la frontera (Premio Nacional de Literatura Ciudad de Bogotá, 2002), Viajero con pasaje a tierra extraña (Premio Internacional de Poesía Ciudad de Alajuela-Costa Rica, 2005), Metafísica de los patios (X Premio

john j. junieles


Internacional de Poesía Nicolás Guillén, México, y Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, 2007). For­ma parte del pro­ yecto Bogotá 39 del Hay Festival de Literatura. [http://johnjairojunieles.blogspot.com/]. | Mexico, 1977 | Poeta y periodista. Cuenta con dos libros publicados y piezas sueltas en diversas re­ vistas nacionales e internacionales.

gilberto lastra guerrero

josé ángel leyva | Durango, México, 1958. Poeta, periodista, ensayista. Fue codirector de la revista de poesía Alforja (1979-2008). Obtuvo el Premio Nacional de Poesía “Olga Arias” con el libro Entresueños (1990). En 1999 recibió el premio del xxix Certamen Nacional de Periodismo, en el área de reportaje cultural, otorgado por el Club de Periodistas. Ha publicado los libros de poesía Botellas de sed (1988), Catulo en el destierro (1993), Entresueños (1996), El Espinazo del Diablo (1998) y Duranguraños (2007). Es au­tor, entre otros, de los libros El admirable caso del médico curioso: Claude Bernard (1991), El Naranjo en flor. Homenaje a los Revuel­tas (1994), Lectura del mundo nuevo (1996), El Politécnico, un joven de 60 años (1996; 1999), La sombra de lo que va a suceder (2006); de la novela La noche del jabalí. Fábulas de lo efímero (2002), y del libro para niños Taga el papalote (2005). alfonso morales carrillo | Curador, investigador, escritor y editor. Ha escrito obras pa­ra teatro y cabaret, entre las cuales se cuenta Atracciones Fénix. Fue ganador de un premio Ariel por la dirección artística de la película La leyenda de una máscara. Ha publicado artículos y ensayos sobre la historia de la fotografía en México y sobre el trabajo específico de distintos autores. Fue jefe de fotografía de las revistas Foto-Click y Zonas. Actualmente es director de la revista mexicana de fotografía Luna Córnea, editada por el Centro de la Imagen. . luis paniagua | Guanajuato, México, 1979 | Poeta y ensayista. Estudió literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Méxi­

co. En el año 2000 obtuvo el primer lugar en el género de poesía del concurso José Emilio Pacheco, en 2004 el premio en el mis­mo rubro en el concurso Punto de Partida, y en 2008 el primer lugar en el concurso Décima Muerte. Ha sido incluido en las anto­lo­g ías Crimen confeso (2003), Un orbe más ancho. Cuarenta poetas jóvenes de México (2005), Los mejores poemas mexicanos (edición 2006), Anuario de poesía mexicana (ediciones 2007 y 2008) y La luz que va dando nombre. Veinte años de poesía última en México: 19651985 (2007). Es coautor de los libros Espacio en disidencia (2005) y Al frío de los cuatro vientos (2006). Su primer libro in­d ividual lleva por título Los pasos del visitante (2006). rodrigo petronio | São Paulo, Brasil, 1975 | Poeta, crítico, traductor y editor. Estudió Letras y actualmente desarrolla su proyecto de maestría en Literatura Española en la Universidad de São Paulo, en torno a la obra de Luis de Góngora. Recibió el Premio Nas­ cente da USP en las categorías de Prosa (con el libro de cuentos Anavarata) y de Poesia (con la obra Eco), ambos en el año 2000. También recibió el Premio Guimarães Rosa de cuentos (2001), entre otros premios y reconocimientos. Entre sus libros de poesía publicados destaca História natural, publicado bajo el sello de Gargântua.

| Vic, Cataluña, 1947 | Reside en México desde 1998. Heredero de la escuela española por tradición y por relación personal con los tres monstruos españoles del siglo xx: Picasso, Dalí y Miró. Cuenta con más de setenta exposiciones individuales en México, El Salvador, Puerto Rico, España, Suecia, Francia y Estados Unidos. Ha participado en exposiciones co­ lectivas con diversos artistas. Su obra se encuentra entre las colecciones de los museos más importantes de Estados Unidos, Mé­x i­ co, Viena, España, Suiza, París, así como en colecciones privadas de España, Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra, Suiza, Colombia, Estados Unidos, Argentina, Suecia, Estados Unidos y México.

manel pujol baladas

guillermo samperio | Ciudad de México, 1948 | Desde hace más de veinte años imparte talleres literarios. Su obra es abundante y variada. Entre sus libros de cuentos publicados están con Gente de la ciudad (1985), Miedo ambiente (1977), Cualquier día sábado (1974), Cuaderno imaginario (1989), Cuando el tacto toma la palabra. Cuentos (1999), La cochinilla y otras ficciones breves (1999), entre otros. Entre sus novelas publicadas están con Anteojos para la abstracción (1994) y Ventriloquía inalámbrica (1996). Varias de sus obras han sido incluidas en antologías del país y el extranjero.

| São Paulo, Brasil, 1975 | Poeta, traductor, ensayista y profesor de literatura. Ha publicado MCMXCVIII (1998), Des­ cort (2003) e Icterofagia (2008).

dirceu villa


eclipses

ferreira gullar

Traducirse Una parte de mí es todo el mundo; otra parte es nadie: fondo sin fondo Una parte de mí es muchedumbre; otra parte es extrañeza y soledad. Una parte de mí pesa, pondera; otra parte delira. Una parte de mí almuerza y cena; otra parte se espanta. Una parte de mí es permanente; otra parte se sabe de repente. Una parte de mí es sólo vértigo: otra parte, lenguaje. Traducir una parte en la otra parte —que es una cuestión de vida o muerte— ¿será arte?


La Otra No. 4