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Yo, espíritu transformador Mi alma te sigue de cerca; Tu diestra me sostiene. Por Jane Maiolo

Sentirse parte integrante del Universo es la gran búsqueda interior de la individualidad que transita por la materia densa en su experiencia terrena. Dar sentido a la propia vida ha sido, a lo largo de los siglos, un desafío para el espíritu que, en muchas ocasiones y períodos, se siente desconectado con un propósito mayor en su existencia. El filósofo griego Aristóteles decía que todos tenemos un papel específico para desarrollar. Así el Ser se sentiría pleno y realizado a partir del momento en que se conecta con la causa mayor de su existencia, desempeñando bien su papel. Aristóteles enseñaba que todo el conocimiento y todo el trabajo apunta a algún bien. El bien es el propósito de toda acción. La búsqueda del bien es lo que difiere la acción humana de todos los demás animales. Sin embargo, para realizar el Bien es necesaria una cantidad de energía, o de una vitalidad, una fuerza electromagnética, que todos los seres poseen en mayor o menor cantidad, y cuando accionada por la voluntad del espíritu potencia las características para la


acción a ser emprendida. Fuerza esa denominada Potencia de actuar, por el racionalista y filósofo Espinosa, en el siglo XVII y denominada de fluido vital por la Codificación Kardeciana. [²] Para Espinosa, las ideas adecuadas significan potencia. Una persona que usa adecuadamente su razón es aquella que se esfuerza por un aumento en su potencia, para transformar la pasión en acción y llegar a ser más libre, perfeccionando sus emociones y consecuentemente adquiriendo virtudes. Paradójicamente a ese entendimiento, vivimos un período preocupante en la sociedad contemporánea, visto el alto índice de suicidio, depresión y otras patologías de ordenamiento emocional. El suicidio entre niños y jóvenes ha aumentado de manera alarmante. El aburrimiento contamina a varias personas y el vacío existencial abre un abismo profundo a la desesperación y la ausencia de sentido de la vida. El espíritu transformador de las emociones no puede inclinarse a esos imperativos tan sombríos y desesperanzados. Somos seres transformadores, modeladores e hijos de la inmortalidad. ¿De dónde yacen nuestras necesidades? En toda la desesperación debe haber un sentido, o de lo contrario no habría aprendizaje. La Doctrina Espírita es una invitación al autoconocimiento y la valorización de las potencialidades del hombre. Invitados a transformarse para una vida más feliz y productiva es imperiosa la adopción de algunos comportamientos innovadores tales como desarrollar el sentimiento de pertenencia junto a aquellos que comulgan con los mismos ideales de evolución y perfeccionamiento moral; Crear redes de protección donde nos sentimos comprometidos y útiles en la economía social; Desarrollar el sentido de asertividad y desear la plenitud en nuestras interrelaciones son propuestas que darían calidad de vida a nuestro existir. Es un hecho incontestable que ocurrirán pruebas y expiaciones en la trayectoria de nuestra vida, aviándose visto la categoría de nuestro planeta en franco momento de transición a la etapa de regeneración. Insensato seríamos si estuviéramos esperando sólo la felicidad para nuestra experiencia en la Tierra. Las angustias,


dolores y sufrimientos todavía existen en los cuadros probatorios terrenos. Amar la oportunidad de la vida es lección para el espíritu encarnado, desarrollar las potencialidades del alma es el servicio que nos compete en este período de experiencia. Bendice el recuerdo del salmo que nos recuerda que "la mano del Señor siempre nos sostiene". Bibliografía [1] (Salmos 63: 8) [2] Kardec Allan. El Libro de los Espíritus, cuestión 70, RJ: Ed. FEB, 2002

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Yo espiritu transformador por jane maiolo  

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