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TESTIMONIO PARA LA FE Divaldo Franco El fermento farisaico aumentaba el desequilibrio de las multitudes, a medida que el mensaje ganaba el corazón de los afligidos… Pairaban en el aire las viejas tradiciones abarrotadas de creencias y crueldad, mientras ls bendiciones de la Buena Nueva amenizaban los dolores y desesperanzas. Era una batalla sin espada ni armas destructivas, más si de ideas retrogradas que intentaban detener la marcha del progreso, ante la madrugada rica de pensamientos y acciones libertadoras. Adhiriéndose lentamente a las enseñanzas ricas de alegría y de progreso, las criaturas modificaban la conducta mientras una brisa de esperanza se esparcía por todo lugar donde Él quemaba con la llama del amor, la hierba mala de los hábitos infelices. La sociedad siempre presentará los venturosos y los vencidos, los dominadores y los sumisos, mediante la esclavitud descarada o bajo disfraces.


De ese modo, marginalizados, los pobres y desheredados ahora recibían el pábulo de la verdad para tener disminuidas sus penas. No solamente esos desgraciados se beneficiaban de las inestimables predicaciones de la Buena Nueva. También ciudadanos ricos y bien situados descubrían, en Jesús, el confort y la seguridad de la que tenían necesidad. Todos viandantes de la indumentaria carnal dependen de los valiosos tesauros de la fe y de la esperanza, a fin de dar sentido a la existência. En consecuencia, cada día era más numerosa la multitud que acudía a las playas o a las plazas donde Él hablaba en Cafarnaúm, también como en otras ciudades u aldeas. Su voz era como una brisa perfumada que beneficiaba a propia Naturaleza. Madres desesperadas con hijos enfermos, hombres y mujeres con el cuerpo mutilado en el alma, en la existencia cuerpo, en el alma, en la existência, desvariados con trastornos emocionales y mentales, ancianos abandonados y desilusionados eran jovialmente socorridos y amonestados para rectificar el comportamiento, volviéndose para el deber y el orden. Se trataba, sin duda, de una revolución extraordinaria, como antes nunca ocurriera. Su figura portadora de una belleza sin par, exudaba ternura y compasión sin que, cualquiera que fuera el paciente, jamás dejase de recibir la misericordia que esparcía. Siempre gentil, actuando con respeto las Leyes y sin solicitar cualquier tipo de recompensa, Jesús era, en aquellos días, la felicidad que llegaría a las tierras áridas de Israel. Su voz dulce alcanzaba la acústica del ser como una sinfonía de bendiciones y nadie que las oía lograba olvidarlo. Para Él, todos, sin embargo, son hijos de Dios, merecedores de las mismas oportunidades, así como del derecho de creer y cantar, conforme les proveyera, la canción de la alegría. Incomodados en su ridícula presunción, los fariseos, especialmente soberbios, pasaron a detestarlo con más rigor e insistencia, amedrentados por Su grandeza.


No lo aceptaron, siempre que Lo conocieron, y estaban en todas partes perturbando a la multitud, generando confusión o Lo criticaban en intentos frustrados de perturbar su ministerio. Pero Él, que los conocía bien, que identificó su carácter venal, respondió a sus preguntas con superioridad, silenciando de una manera sorprendente. Pasaron, entonces, a difamarlo, calumniándolo como un mensajero de Satanás, mistificador y enemigo del pueblo, que se reunía para asestar un golpe futuro contra el Sanedrín y el César. Como resultado, sus amigos, aquellos que Lo siguieron de cerca, sufrieron continuos mandatos y amenazas. Ignorándolos, los enfermos mentales continuaron sembrando luz y alegría, después de ser recuperados por Su misericordia. Sin embargo, los amigos menos equipados de sabiduría y la elevación moral fueron atacados verbalmente e incluso agredidos en su trabajo diario o en la tarea de la adquisición del pan. En una ocasión especial, después de una discusión injustificable que casi había terminado en agresión física, que fue muy tensa, Simon buscó al Amigo y le preguntó sin preámbulos: ¿Cómo proceder, Señor, con Tus enemigos que se convierten en adversarios espontáneos, agresores y opositores sin corazón? En Cafarnaúm, donde vivimos, conocemos a casi todos los residentes que nos respetan, y ahora, acosados por adversarios crueles, nos desprecian y a menudo se niegan a comprar nuestros productos. Con su peculiar serenidad, el amigo respondió: Simón, hasta ahora el mundo ha cultivado el comportamiento que denigra a los pobres, a las viudas, a los huérfanos que siguen siendo tasados como dañinos para la comunidad, frente al orgullo enfermo que domina en todas partes. Ahora estamos al borde de una Nueva Era, en la que el amor de Nuestro Padre alberga a todas las criaturas, ayudándolas a disfrutar de la paz y la esperanza de días mejores. No acostumbrados a las nuevas pautas de misericordia y compasión, los explotadores de las masas infelices desean detener el río de solidaridad que Él ha dirigido en estos días de renovación. Es natural que los desafortunados en sí mismos reaccionen ante nuestra alegría y amistad, teniendo en vista que siempre los veía banales, rebajados, a causa de las secreciones intimas, que desconocen.


Como no nos pueden hacer cambiar las ideas, o hacer lo que nuestro Padre nos permite hacer, se rebelan y luchan para silenciarnos, para evitar la implantación del Reino de Dios. Después de a una pausa para reflexionar, el discípulo herido volvió a preguntar: Pero, Maestro, ellos son malvados y odiosos. ¿Cómo tratarlos? No nos dan tregua ni nos permiten, siquiera, aclararlos. Nos calumnian como siervos de Satanás e hipnotizados por Ti. Jesús respondió: Debemos responderles con el trato compasivo que merecen. Ellos ignoran las enfermedades que los consumen y los enferman. El perdón de nuestra parte es la fuerza que nace en el corazón del amor que debemos tener por aquellos que nos maldicen y nos persiguen porque son profundamente infelices. ¿Qué hace la delicada flor cuando es pisoteada, sino perfumar la pata que la aplasta? Otra no es nuestra alternativa. Si entramos en litigio, que es, además, lo que quieren, para permanecer en discusiones infructuosas y feroces, estaremos en su mismo nivel mental y emocional. La misión del Evangelio es transformar los pantanos morales en huertos de bendición, los corazones pedregosos en sentimientos de ternura y amabilidad. Pero Pedro, que estaba cansado de la persecución y la maldad de los desafectos de la verdad, aún volvía a la carga: ¿No valdría la pena reaccionar, buscar justicia, demostrar la grandeza de nuestros sentimientos y el honra de nuestros antepasados? El Maestro responde: Quien se preocupa con la defensa personal, olvida que sus acciones son la única fortaleza de su dignidad. Solo los ociosos, los infieles, están interesados en títulos terrenales, glorias sociales, por los antepasados... Somos los constructores de un mundo de paz y confianza, y es indispensable que vivamos esa realidad en el período que lo antecede, a fin de que aquellos que no nos comprenden se sientan atraídos por nuestra alegría de vivir y de amar. El silencio a la persecución y al mal, con la acción correspondiente del bien, es la receta efectiva para los testimonios de fe y fidelidad a Dios. Silenció el Rabí y a continuación fue a encontrarse con un fariseo rico y conocido que lo buscó, llorando... Incluso hoy, la obra del amor de Dios no encuentra la receptividad que merece. Durante algún tiempo, la construcción del Reino de Dios se logrará con las lágrimas de los desinteresados discípulos de Jesús.


Por el espíritu Amelia Rodríguez. Psicografía de Divaldo Pereira Franco, en la sesión mediática del 2 de febrero de 2019, en el Centro de Redención Spiritist Way, en Salvador, Bahía. Desde el sitio: http://www.divaldofranco.com.br/mensagens.php?not=584.

Traducido por: M. C. R

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