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¿SOMOS TODOS MÉDIUMS? J E A N - LO U I S- P E T I T La mediúmnidad está de moda. Las memorias de médiums célebres se han convertido en éxitos de librería; en fin, parece de buen tono manifestar “poderes”. Como en los tiempos anteriores a Kardec, hacer moverse las mesas y dirigirse al más allá parecen, a veces, simpáticas actividades que permiten probar las propias capacidades reales o supuestas. En ciertos aspectos, ese entusiasmo por las ciencias llamadas ocultas puede reflejar una evolución positiva. Uno de los últimos sondeos realizados sobre la práctica religiosa de los franceses hace aparecer una fuerte desafición pero sin embargo, cerca del 60% de nuestros compatriotas cree en una vida después de la muerte. El más allá se convierte en una realidad insoslayable; uno sabe pues se acuerda, que los contactos con los muertos siempre han existido, aunque fueran prohibidos. La noción de mediúmnidad adquiere entonces todo su


sentido: se desea tener noticias de aquellos que nos ha dejado. Uno se muestra tan tranquilizado sobre su propia suerte, cuando un médium puede afirmarnos que ha tenido un contacto, y nos confirma que a partir de ahora el ser querido vive “la vida bienaventurada de los espíritus”. Todos los médiums sinceros insisten en este aspecto noble de su arte. Por tanto, cada vez más personas han abandonado las prácticas religiosas de sus antepasados. Nos encontramos pues en presencia de una espera más o menos formulada de prácticas nuevas, al no gozar ya los dogmas antiguos de gran consideración. ¿Hay que creer entonces en todas esas aspiraciones a la mediúmnidad? Forzoso es comprobar que dista mucho la copa de los labios. Recordemos en primer lugar la extrema gravedad, incluso hasta el peligro, de estas experiencias inopinadas, realizadas sin la ayuda de personas informadas. Supongamos que el grupo reunido para una sesión de mesas giratorias o de tablero ouija (dispositivo moderno de comunicación por medio de una tablilla muy móvil que puede apuntar las letras del alfabeto) incluye a una persona con verdaderas facultades mediúmnicas y puede interesar a un visitante del más allá, no es en absoluto seguro que el espíritu recibido tenga buenas intenciones. Los riesgos de mistificación y hasta de obsesión por un espíritu malo son denunciados sin cesar por los propios Espíritus y han dado lugar a numerosos incidentes. Allan Kardec pudo escribir un libro entero sobre La Obsesión. Si, por casualidad, las primeras pruebas son concluyentes y llevan al desarrollo de una mediúmnidad, ¿es ésta comprobada? No necesariamente, por desgracia para los numerosos adeptos de sesiones más o menos encuadradas, según fórmulas que a menudo halagan el ego, sin tener el sello de autenticidad. El más allá no cesa de manifestársenos; las más de las veces lo hacen en forma unilateral, para influenciarnos. Nuestro guía, al que los católicos llaman el ángel guardián, vela continuamente por nosotros y nos envía consejos o amonestaciones. Nuestras noches son la ocasión de múltiples contactos, especialmente con el mundo de los Espíritus que prodigan sus juiciosos consejos. Al despertar sabemos, que el mundo de los sueños es más importante que las migajas que nos quedan. En fin, en grandes ocasiones, un contacto puede intervenir de manera extraordinaria para borrar provisionalmente las fronteras entre los dos mundos. Camille Flammarión llenó numerosos libros (La muerte y su misterio, por ejemplo) con los testimonios de moribundos que enviaban un mensaje de amor


en forma de adiós a sus parientes. ¿Hay que pensar por eso que todos somos médiums en potencia? Son muchos los que tratan de probárselo. Se animan, al obtener por ejemplo, escrituras automáticas, cuyo contenido no manifestará a menudo más que su propio inconsciente. “Reconocerás el árbol por la calidad de sus frutos”, insistía Allan Kardec, como Jesús en su tiempo. Fuerza es comprobar que muchas de las obras procedentes de la New Age no tienen la densidad contundente de los mensajes recibidos y transcritos por El Libro de los Espíritus o de los mensajes auténticos recibidos del más allá. Pues éstos existen siempre, transmitidos por auténticos médiums. Hay que reconocer igualmente que el espiritismo es el que les suministra a éstos las condiciones de ejercicio mejor adaptadas. En primer lugar, son los mismos Espíritus los que les advierten de sus disposiciones a las personas más dotadas y que luego les proponen trabajar sin descanso, en su propio campo: mediúmnidad artística, escritura, clarividencia etc., bajo la conducción de mayores más experimentados. Sólo el trabajo constante y regular permitirá el progreso, la mayoría de las veces al término de varios meses, incluso años, necesarios para superar el inconsciente personal, para situarse realmente abierto y accesible a los mensajes del otro mundo. La indispensable presencia atenta de un grupo experimentado permitirá superar sin tropiezos el peligro de la sesión. El control constante sobre el contenido de los mensajes recibidos asegurará siempre la calidad del contacto establecido que siempre será autenticado por el más allá, cuando éste estime que la persona se ha convertido realmente en un médium “operativo”. En fin, uno se ilusiona a menudo con las condiciones de ejercicio de una verdadera mediúmnidad. Los grandes médiums, los que están realmente entre “Cielo y Tierra”, como indica el título de un libro de nuestra médium Karine Chateigner donde relata su arte, sufren con frecuencia problemas de salud muy serios. Atrapado entre los dos mundos, el titular de una mediúmnidad sufre las coacciones y exigencias sobre su sueño, sus condiciones de vida, incluso hasta sobre su longevidad. Recibir plenamente a los Espíritus, por ejemplo en incorporación, consume prematuramente. Son numerosos los que, como el célebre Franek Kluski, muy dotado para las apariciones ectoplasmias, han debido abandonar su práctica por razones de salud. Allí también, el espiritismo se revela de gran utilidad. Uno allí conoce los


problemas vinculados con la mediúmnidad, y se sigue atentamente la suerte de los médiums que trabajan por su causa. Más bien, se está consciente de la importancia y la seriedad de este papel. Se exige entonces una perfecta probidad y una muy alta consciencia espiritual. Entonces, no es médium el que lo desea; se trata de una verdadera misión que los Espíritus no quieren confiar sino a personas de confianza largamente formadas. Por tanto, cada uno de nosotros, en el transcurso de su recorrido de vida en vida, un día puede ser llamado a tomar esa dirección, llegado el momento, cuando esté realmente listo. Tomado de la revista: EL JORNAL SPIRITA

Somos todos médiums (j e a n lo u i s p e t i t)  

SOMOS TODOS MEDIUMS

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