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SERVICIO DE INVESTIGACIÓN Francisco Cándido Xavier Del libro Lázaro El investigador policial, a propósito de problemas intrincados, es siempre alguien que debe educar los ojos para identificar el mal. En los crímenes oscuros, en los hurtos misteriosos, se echa al campo en busca de los verdaderos culpables. A veces se socorre de la injusticia, hasta que el delincuente aparezca a la luz meridiana, confesando la propia falta. Sus esfuerzos casi siempre son dignos de alabanza; pese a ello, como la justicia del mundo en muchas ocasiones está simbolizada por una diosa ciega, la ternura fraternal no es característica de sus funciones. Es lógico reconocer que la sociedad humana no puede prescindir de su concurso. El ―hombre lobo aún predomina entre las criaturas, depredando y asaltando, arruinan-do y destruyendo. Siendo así, comprendemos cuán imprescindible es la fiscalización en el instituto del orden social. El investigador, no obstante, a título de ejercer fielmente la misión que se le ha conferido, alardea de alejarse de la piedad. Es preciso arrancar confesiones, corregir el mal, rectificar el desvío y borrar de una vez la posibilidad de nuevos crímenes. Son atribuciones ingratas, pero


naturales y humanas, ante los desequilibrios provocados por la perversidad deliberada. En sana conciencia, el profesional de la seguridad pública no puede ser criticado, siempre que no trate de estancar la sangre derramando más sangre, ni de reprimir la violencia impulsiva con la violencia organizada. El médico también hace amputaciones difíciles y dolorosas y aplica el hierro candente a las heridas de mal carácter. Y las llagas sociales exigen ánimo fuerte a los cirujanos de la policía técnica. No se puede curar los golpes hondos de la maldad voluntaria con perfume de rosas sin espinas. A menudo es indispensable cortar y hacer daño, aislar y cauterizar. Ese es un sector de benemerencia de la criminología. Nos referimos a minucias psicológicas del investigador, para demostrar la elevación de su tarea en la zona que le es propia, valiéndonos, además, de la enseñanza para algunas observaciones en el servicio de la espiritualidad superior. ¿Cuántas veces los compañeros de lucha improvisan investigaciones, so pretexto de caridad? Se reúnen forzadamente en torno a médiums, como detectives sagaces en busca de la pretendida maldad. No criticamos en ellos la observación constructiva, sino que lamentamos las pésimas condiciones de espíritu con que recurren a la experimentación. ¿No sería más útil aplazar la tentativa? ¿Y no será más prudente, en el capítulo de las amabilidades, que los amigos de la doctrina y los médiums de buena intención se abstengan de colaborar en esos intentos prematuros? Es un error acudir a los desencarnados esclarecidos a la luz de la Revelación Divina manteniendo en el corazón propósitos únicamente comprensibles en los investigadores policiales, que se han de valerse forzosamente de ellos en el trato con los criminales contumaces. Todos los que organizan sesiones mediúmnicas con el objetivo de satisfacer a los cazadores de delincuentes, no se acautelan contra los peligros a que se exponen, porque en el plano invisible también hay entidades perversas, que no pierden ocasión de participar en condenables aventuras; y el trabajo de los Espíritus Superiores en tales ocasiones se reduce, casi, a preservar a los investigadores tiránicos de la influencia de peligrosos malhechores desencarnados, que responden a las preocupaciones de orden inferior que los asaltan.


La reunión mediúmnica es asimismo una visita de las almas encarnadas al plano espiritual. Los compañeros terrestres se elevan por medio del pensamiento, a fin de que nos encontremos en algún lugar. Si el cooperador humano cuenta con excelentes relaciones en la esfera invisible, recibiendo de ellas contribuciones efectivas de socorro e iluminación, ¿cómo someter a sus bienhechores lejanos a la investigación por parte de personas, que si bien son respetables por el trabajo que llevan a cabo en la Tierra, están absolutamente faltas de preparación en cuanto a las responsabilidades del Espíritu? ¿Entregaría el hombre de bien, al primer desconocido que visitase su casa, las intimidades del santuario doméstico, so pretexto de dar ejemplo de caridad evangélica? ¿Cómo olvidar evidentes deberes en la seguridad del bien, si el propio Cristo recomendó a sus seguidores que no arrojasen sus perlas así como así? Es posible que muchos amigos nuestros todavía encarnados, obedeciendo a impulsos de excesiva afectividad, arrojen a cualquier aventurero adornado de títulos externos las joyas de la confianza y del optimismo que les fueron regaladas por las inteligencias que habitan el Plano Divino. Pero nosotros, de ojos abiertos y vigilantes, ante el campo infinito de la Vida, no podemos hacer lo mismo. La caridad es la virtud sublime que salva, mejora, enaltece y perfecciona, pero la imprudencia, disimulada por palabras lisonjeras, no le puede arrebatar la aureola fulgurante. Es razonable que los estudiantes del Espiritismo evangélico no desprecien el análisis constructivo. Es imposible vivir a ciegas en un terreno tan claro, donde la libertad para discernir, como diosa de la razón victoriosa, no permite la soberanía de las tinieblas interiores. Pero que nadie convierta un ambiente de legítima fraternidad en gabinete policial, donde los Espíritus Elevados deben comparecer como delincuentes sumisos. Búsquese la compañía de esos Bienhechores con el espíritu de alegría, serenidad y amor con que se buscan los afectos generosos y dignos de la Tierra. Los que no puedan proceder así, aplacen el cometido, aunque estén ante la insistencia apresurada de sus mejores amigos, porque el pensamiento del hombre, donde quiera que se encuentre, emite rayos de atracción buscando receptores adecuados, y quienes se reúnen buscando malhechores y criminales, han de encontrarlos, tanto ahí como aquí.


Servicio de investigación (chico xavier)