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LA REENCARNACIÓN INSTRUMENTO DE LA JUSTICIA DIVINA ¿Qué significa reencarnar? Reencarnar significa volver a habitar un cuerpo físico. Es a través de la reencarnación que el hombre consigue evolucionar y llegar a la perfección. Una existencia sola es un tiempo muy corto, un plazo muy limitado, para que el hombre pueda conocer, y saber todo de todo. La ley de renacimientos explica y completa el principio de la inmortalidad. La evolución del ser indica un plan y un fin. Ese fin, que es la perfección, no puede realizarse en una sola existencia, por más larga que sea. Debemos ver en la pluralidad de las vidas del alma (reencarnación) la condición necesaria para su educación y su progreso. Sin el principio de la preexistencia del alma y de la pluralidad de existencias, la mayor parte de las máximas del Evangelio son ininteligibles; por esto dieron lugar a interpretaciones tan contradictorias: ese principio es la clave que debe restituirles su verdadero sentido. Todos los espíritus han sido creados simples e ignorantes, y se instruyen en las luchas y tribulaciones corporales. El que unos se inclinen desde el principio al bien, solo les proporciona llegar antes al fin, y penar menos, pues todas las penas de la vida son originadas por la imperfección del hombre, por su tendencia al mal. Mientras menos imperfecto es el espíritu, menos tormentos


sufren, el que no es envidioso, celoso, egoísta, ambicioso, no sufrirá los tormentos que de estos defectos se originan. El alma (espíritu) después de residir temporalmente en el Espacio, renace en la condición humana, trayendo consigo la herencia buena o mala, de su pasado; renace como niño, reaparece en la escena terrestre para representar el nuevo acto del drama de su vida, pagar las deudas que contrajo, conquistar nuevas capacidades que le han de facilitar la ascensión y acelerar la marcha hacia delante. La Doctrina de la reencarnación, es la única que corresponde a la idea que formamos de la justicia de Dios para con los hombres que se Hallan en condición moral inferior, la única que puede explicar el futuro y afirmar nuestras esperanzas, pues nos ofrece los medios de rescatar nuestros errores por nuevas pruebas. La razón nos lo indica y los Espíritus nos lo enseñan. Mientras tanto, no todas las almas tienen la misma edad, ni todas subirán con el mismo paso sus periodos evolutivos. Unas recorren una carrera inmensa y se aproximan ya al apogeo de los progresos terrestres; otras mal comenzaron su ciclo de evolución en el seno de las humanidades. Estas son almas jóvenes, emanadas hace menos tiempo del foco Eterno. Llegadas a la humanidad, tomaron lugar entre los pueblos salvajes o entre las razas bárbaras que pueblan los continentes atrasados, las regiones desheredadas del Globo. Y, cuando al fin, penetren en las civilizaciones, fácilmente se dejan reconocer por la falta de desembarazo, de aptitudes, por su incapacidad para todas las cosas y principalmente, por sus pasiones violentas. Así en el encadenamiento de nuestras estaciones terrestres, continúa y se completa la obra grandiosa de nuestra educación, el moroso edificar de nuestra individualidad, de nuestra personalidad moral. Es por esa razón que el alma tiene que reencarnar sucesivamente en los medios más diversos, en todas las condiciones sociales; tiene que pasar alternadamente por las pruebas de la riqueza de la pobreza, aprendiendo así a obedecer para después mandar. Precisa de las vidas oscuras, vidas de trabajo, de privaciones para acostumbrarse a renunciar a las vanidades materiales, a despojarse de las cosas frívolas, a tener paciencia, a adquirir la disciplina del Espíritu. Son necearías las existencias de estudio, las misiones de dedicación, de caridad, por vía de las cuales se ilustra la inteligencia y el corazón se enriquece con la adquisición de nuevas cualidades; después vendrán las vidas de sacrificio por la familia, por la patria, por la Humanidad. Son necesarios también la prueba cruel, crisol donde se funden el orgullo y el egoísmo, y las


situaciones dolorosas, que son el rescate del pasado, la reparación de nuestras faltas. Las encarnaciones y las reencarnaciones no ocurren solo en el planeta Tierra: las vivimos en diferentes mundos. Las que aquí pasamos no son las primeras, ni las últimas; son, no obstante, de las más materiales y de las más distantes de la perfección. La encarnación carece de límites precisamente trazados, si tenemos en vista solo el envoltorio que constituye el cuerpo del Espíritu (periespiritu) dado que la materialidad de ese envoltorio disminuye en la proporción que el espíritu se purifica. En ciertos mundos más adelantados que la Tierra, el es ya menos compacto, menos pesado y menos grosero y, por consiguiente, menos sujeto a las vicisitudes. En grado más elevado, es diáfano y casi fluídico. Va desmaterializándose de grado en grado y acaba por confundirse con el Espíritu. No fue la doctrina Espirita la que invento la teoría de la reencarnación. En la India, en Egipto, en Persia las ideas reencarnacionistas han prevalecido desde los principios de la civilización. El papiro de Ananá (1320 a. C) demuestra la idea entre los egipcios. “El hombre retorna a la vida muchas veces más no se acuerda de sus existencias anteriores, excepto algunas veces en sus sueños. Al final todas esas vidas le son reveladas. Pitágoras, Sócrates, Buda, Apolonio de Tiara, Heredoto, Plotino, Porfirio, todos defendían ese principio. Muchas religiones se han basado en la creencia de las vidas sucesivas: El Brahmanismo, el Budismo, el Turismo etc. No hay duda de que, bajo el nombre de resurrección, el principio de la reencarnación es un punto de una de las creencias de los judíos, punto que Jesús y los Profetas confirmaron de modo y forma. De donde se sigue que negar la reencarnación es negar la palabra de Cristo. Ninguna religión ha negado el mundo de los muertos y todas se han esforzado en describirlo. Así mismo, en todas existe una creencia esencial en común, entre la vida material y la espiritual hay una continuidad del ser humano y la muerte representa tan sólo un cambio de estado. La ciencia moderna confirma todo ello, aunque fue a mediados del siglo XX cuando Allan Kardec dio a conocer su obra, que reafirma los conceptos


esenciales emitidos por los más destacados hombres de todos los pueblos desde los confines del tiempo, dando origen al Espiritismo.

Es sobre todo en los últimos 15 a 20 años, con la investigación de lo que sucede en la “muerte clínica” que la teoría de la supervivencia del espíritu y en consecuencia de la reencarnación, ha despertado un inmenso interés en el mundo occidental, ya que los investigadores de las experiencias de personas resucitadas después de estar clínicamente muertas, han acumulado datos fascinantes que ponen de acuerdo las conjeturas de los antiguos y la evidencia médica moderna. Las evidencias científicas de la reencarnación son: Los Genios Precoces Son criaturas prodigio, que desde la más tierna edad muestran poseer conocimientos, de tal orden hacia los temas más diversos que sería imposible explicar sin la certeza de que vivieron antes. Kardec, examinando la cuestión, pregunto a los benefactores, como entender este fenómeno. (P 219 del Libro de los Espíritus) y le dijeron: “aprendizaje del pasado, recordación anterior del alma” Recordación espontánea de vidas pasadas Se caracteriza por el hecho de personas, especialmente criaturas pasar a recordar espontáneamente vidas anteriores. Regresión de la memoria a vidas anteriores Innumerables casos han surgido de personas que pasan a relatar vivencias anteriores durante el fenómeno, hoy en día relativamente común, de regresión de la memoria. A finales del siglo pasado, el pesquisidor francés Alberto Rochas, realizó experiencias con regresión de la memoria y consiguió llevar a uno de sus pacientes a una existencia precedente. A partir de ahí otros cuentistas, en diverso partes del mundo, comenzaron a desenvolver esas técnicas, consiguiendo anotar millares de referencias concordantes con el principio de la polín génesis. Recientemente, este proceso fue desenvuelto con fines terapéuticos, donde psiquiatras espiritualistas se sirven de técnicas apropiadas para, a través de


la regresión de la memoria, desenvolver condiciones neuróticas de pacientes psiquiátricos. Esos procesos, aun en el campo experimental, no son aceptados por la Ciencia Oficial, recibió el nombre de (Terapia de vidas Pasadas)

La reencarnación se basa en los principios de la misericordia y de la justicia de Dios. En la misericordia divina, porque, así como el buen padre deja siempre la puerta abierta a sus hijos imperfectos, facultándoles la rehabilitación, también Dios a través de vidas sucesivas – nos da la oportunidad para que podamos corregirnos, evolucionar y merecer el pleno gozo de una felicidad duradera. Emmanuel llega a decir: “La reencarnación es casi el perdón de Dios”. En la justicia, los errores cometidos y los males infringidos al prójimo deben ser reparados durante nuevas existencias, a fin de que, experimentando los mismos sufrimientos, los hombres puedan rescatar sus débitos, pasando a conquistar el derecho a ser felices. La unicidad de las existencias es injusta e ilógica, pues no atiende a las sabias leyes del progreso espiritual. Es injusta porque gran parte de los errores humanos es el resultado de la ignorancia y, en una vida, no nos es posible el recate de nuestros errores, principalmente cuando el arrepentimiento nos sobreviene casi al final de la existencia. Es preciso se dé la oportunidad al arrepentido para que el compruebe su sinceridad a través de las necesarias reparaciones. Es ilógica, porque no puede explicar las grandes diferencias de actitudes de las criaturas desde su infancia; las ideas innatas, independientemente de la educación recibida, que existen en unos y no aparecen en otros; los instintos precoces, buenos o malos, no obstante a la naturaleza del medio donde nacieron. Las reencarnaciones representan para las criaturas imperfectas valiosas oportunidades de rescate y progreso espiritual. Solo la pluralidad de la existencia puede explicar la diversidad de los caracteres, la variedad de las aptitudes, la desproporción de las cualidades morales, en fin, todas las desigualdades que hieren nuestra vista. Solamente el amor proporciona vida, alegría y equilibrio. Cada uno ha de ver aquello que le proporcione legítimo provecho. El que hace lo que puede, recibe


el salario de la paz. Los espíritus están asociados en existencias comunes, participando en el mismo cáliz de dolores y en las mismas alegrías terrestres. En la generalidad reposan en un mismo lecho, no obstante cada uno vive en planos mentales diferentes. Es muy difícil que se hallen reunidos en los lazos domésticos, almas de la misma esfera. Todas las almas que no pudieron liberarse de las influencias terrestres deben renacer de nuevo en este mundo para trabajar en su mejoramiento; es el caso de la inmensa mayoría. Como las otras fases de la vida de los seres, la reencarnación está sujeta a leyes inmutables. El grado de pureza del periespiritu y la afinidad molecular es la que determina la clasificación de los Espíritus en el espacio y fijan las condiciones de reencarnación. Los semejantes se atraen. Es en virtud de ese hecho, de esa ley de atracción y de esa armonía que los Espíritus de un mismo orden, de caracteres y tendencias análogas se aproximan y constituyen familias homogéneas. Es muy fácil amar a los amigos, admirar a los buenos, defender a los familiares, comprender a los inteligentes, , entronizar afecciones, conservar a los que nos estiman, loar a los justos y ensalzar a los héroes conocidos; más si somos respetables con semejantes posiciones intimas, es preciso reconocer que ellas representan servicio realizado en nuestro proceso evolutivo. El Espíritu encarnado no ha alcanzado la redención final. Por eso la tempestad es la bienhechora; la dificultad la maestra; el adversario, es el instructor eficiente. No debemos permitir la intromisión de fuerzas negativas y destructoras en el campo íntimo del alma. Siempre es posible transformar el mal en bien, cuando hay firme disposición de la criatura en el servicio de fidelidad al Señor. Toda reconciliación es difícil cuando somos ignorantes en la práctica del amor, pero sin la reconciliación humana, jamás será posible nuestra integración gloriosa con la Divinidad. Cuando la fidelidad sincera al Señor permanece viva en el corazón de los hombres, hay siempre lugar para el aumento de misericordia a la que se refería Jesús en su apostolado. Cada hombre, como cada Espíritu, es un mundo por sí mismo y cada mente es como un cielo… Del firmamento, descienden rayos de sol y lluvias benéficas para la organización planetaria, pero también, en el instante de la lucha de los elementos atmosféricos, desde ese mismo cielo proceden chispas destructoras. Así es la mente humana. En ella se originan las fuerzas equilibradas y restauradas para los trillones de células del organismo físico; pero cuando


nos hallamos perturbados, emitimos rayos magnéticos de alto poder destructivo para las comunidades celulares que nos sirven.

Solamente el amor proporciona vida, alegría y equilibrio. No existen milagros para el culto del menor esfuerzo. Cuando nos enseñan la necesidad del amor, de su práctica no se propone por obediencia a meros principios de esencia religiosa y si atendiendo a imperativos reales de la propia vida. La procreación es uno de los servicios que pueden ser realizados por aquellos que aman, sin ser el objeto exclusivo de las uniones. El espíritu que odia o que se coloca en posición negativa ante la ley de Dios, no puede crear vida superior en parte alguna. A medida que nos dirigimos hacia el camino del equilibrio, logramos material de experiencias provechosas, oportunidades de rectificación, fuerza, conocimiento. Alegría y poder. Armonizándonos con las leyes supremas, encontramos la iluminación y la revelación, mientras los Espíritus Superiores adquieren los valores de la Divinidad. “Unión de Cualidades” entre los astros se llama magnetismo planetario de atracción, entre las almas, se denomina amor, y entre los elementos químicos, es conocida por afinidad. Los procesos de reencarnación, tanto como de la muerte física, difieren hasta el infinito, no existiendo dos absolutamente iguales. Las facilidades y los obstáculos, están subordinados a numerosos factores, muchas veces relacionados con el estado conciencial de los propios interesados en el regreso a la tierra o en la liberación de los vehículos carnales. Hay compañeros de gran elevación, que al volver a la esfera terrestre no necesitan ayuda del plano espiritual. Otros al revés, por proceder de zonas inferiores, necesitan de mucha cooperación. La reencarnación es el curso repetido de lecciones necesarias. La esfera terrestre, es una escuela divina. El amor, por medio de las actividades intercesoras, reconduce diariamente al banco escolar de la carne, a millones de aprendices. La vuelta de ciertas entidades de las zonas más bajas. Ocasiona laborioso esfuerzos de los trabajadores del plano espiritual. El diamante perdido en el lodo por algún tiempo, no deja de ser diamante. De igual modo, la paternidad y la maternidad, en sí mismas, son siempre divinas. En todos los lugares se desenvuelve el auxilio de la esfera superior, toda vez que se encuentre en juego la Voluntad de Dios.


El organismo de los engendrados, en expresión más densa, proviene del cuerpo de los padres, que le sustenta la vida y crea sus características con su propia sangre. La criatura terrena, hereda tendencias y no cualidades. Las primeras cercan al hombre que renace, desde los primeros días de la lucha, no solo en su cuerpo transitorio, sino también en el ambiente general en el que fue llamado a vivir, perfeccionándose; las segundas, resultan de la labor individual del alma encarnada, en la defensa, educación y perfeccionamiento de sí misma en los círculos benditos de la experiencia. Nadie puede quejarse de las fuerzas destructoras o circunstancias asfixiantes, refiriéndose al círculo en que nació. Siempre hay dentro del alma reencarnada, la luz de la libertad intima indicando su ascensión. Practicando la elevación espiritual, mejoramos siempre. Esa es la ley. El cuerpo humano tiene sus actividades propiamente vegetativas, el cuerpo peri espiritual que da la forma a los elementos celulares; está fuertemente radicado en la sangre. En la organización fetal el patrimonio sanguíneo, es una dadiva del organismo materno. Después del nacimiento, se inicia el periodo de asimilación diferente de las energías orgánicas, en donde el “yo” reencarnado ensaya la consolidación de sus nuevas experiencias y solamente a los siete años de vida común, comienza a presidir, por si mismo, el proceso básico de equilibrio al cuerpo peri espiritual, en el nuevo servicio iniciado. La sangre, por tanto es, como si fuese el fluido divino que nos fija las actividades en el campo material y en su flujo y reflujo incesantes en la organización fisiológica, nos suministra el símbolo del eterno movimiento de las fuerzas sublimes de la Creación Infinita. Cuando su circulación deja de ser libre, surge el desequilibrio o enfermedad y si surgen obstáculos que impiden su movimiento o circulación, sobreviene entonces la excitación del tonos vital, en el campo físico, al cual sigue la muerte con la retirada inmediata del alma. Es muy grande la responsabilidad del hombre ante el cuerpo material, si no atiende a las tareas que le competen en la preservación del cuerpo físico no podrá alcanzar el progreso espiritual. El Espíritu renace en la carne, para la producción de valores divinos en su naturaleza, pero ¿Cómo atender a semejante imperativo, destruyendo la maquina orgánica, base fundamental del servicio a realizar? El cuerpo terrestre es también un patrimonio heredado hace milenios y que la Humanidad viene perfeccionando a través de siglos. El plasma sublime construcción efectuada en el influjo divino, con agua del mar, en las épocas primitivas, es el fundamento primordial de las organizaciones


fisiológicas. El hombre en la tierra a de aprovechar la herencia, más o menos evolucionada en el cuerpo humano.

Mientras nos movemos en la esfera de la carne, somos criaturas marinas respirando en tierra firme. En el proceso vulgar de la alimentación no podemos prescindir de la sal; nuestro mecanismo fisiológico, en rigor, se constituye del sesenta por ciento de agua salada, cuya composición es casi idéntica a la del mar, constituida por las sales del sodio, del calcio y del potasio. En la esfera de la actividad fisiológica en el hombre encarnado, se encuentra el sabor de la sal, en la sangre, en el sudor, en las lágrimas, en las secreciones. Al renacer, en la superficie del mundo, recibimos, con el cuerpo, una herencia sagrada cuyos valores precisamos preservar, perfeccionándolo. Las fuerzas físicas, deben evolucionar, al igual que nuestras almas. Si nos ofrecen el cuerpo de servicio para nuevas experiencias de elevación, debemos retribuir, con nuestro esfuerzo, auxiliándolas con la luz de nuestro respeto y equilibrio espiritual, en el campo del trabajo y de la educación orgánica. El hombre del futuro, comprenderá que sus células no representan apenas segmentos de carne, sino que son, compañeras de evolución, acreedoras de su reconocimiento y auxilio efectivo. Sin ese entendimiento de armonía en el imperio orgánico, es inútil procurar la paz. Los contornos anatómicos de la forma física, deformes o perfectos, largos o cortos, bellos o feos, forman parte de los estatutos educacionales. En general, la reencarnación sistemática es siempre un curso laborioso de trabajo contra los defectos morales persistentes, en las lecciones y conflictos presentes. Pormenores anatómicos imperfectos, circunstancias adversas, ambientes hostiles, constituyen, en la mayoría de las veces, las mejores oportunidades de aprendizaje y redención, para aquellos que renacen. Por eso el mapa de pruebas útiles, es organizado con antelación, tal como sucede en el cuaderno del alumno en las escuelas comunes. Es como la vuelta de nuevo a la escuela con el propósito de adquirir nuevos valores. Para realizarlo, el espíritu reencarnado a de someterse a las reglas del establecimiento educacional, renunciando, en cierto modo, a la gran libertad que se dispone en el plano espiritual.


La criatura renace con independencia relativa y a veces, subordinada a ciertos condiciones educativas, más semejante imperativo no suprime en caso alguno, el impulso libre del alma, en el sentido de la elevación, estacionamiento o caída en situaciones más bajas. Existe un programa de tareas edificantes a ser cumplidas por el que reencarna, por el cual, los dirigentes del alma, fijan la cuota aproximada de valores eternos que el reencarnante es susceptible de adquirir en la existencia transitoria. El espíritu que vuelve a la esfera de la carne, puede mejorar esa cuota de valores, sobrepasando la previsión superior, por el esfuerzo propio intensivo o distanciarse de ella, enterrándose aun más en las deudas para consigo mismo, menospreciando las santas oportunidades que le son conferidas. Todo plano trazado en la esfera superior, tiene por objetivo fundamental el bien y la ascensión; y toda alma que reencarna en el círculo planetario, aun aquella que se encuentra en condiciones aparentemente desesperadas, tiene recursos para mejorar siempre. La reencarnación significa volver a comenzar en los procesos de la evolución o de la rectificación. Los organismos más perfectos de las esferas sublimadas, proceden inicialmente de la Ameba. Recomienzo, significa “recapitulación” o “vuelta al principio”. Por eso mismo, en su desenvolvimiento embrionario, el futuro cuerpo del hombre no puede ser distinto de la formación del reptil o del pájaro. Lo que opera la diferencia de la forma, es el valor evolutivo contenido en el molde peri espiritual del ser que toma los fluidos de la carne. Así pues, al regresar a la esfera densa, es indispensable recapitular todas las experiencias vividas en el largo drama de nuestro perfeccionamiento, aunque solo sea por breves días u horas, repitiendo, en curso rápido, las etapas vencidas o las lecciones adquiridas, hasta detenerse en la posición en la que debemos proseguir el aprendizaje. Cuando llega la ocasión de reencarnar, el Espíritu se siente arrastrado por una fuerza irresistible, por una misteriosa afinidad, para el medio que le conviene. Es un momento terrible , de angustia, pero más formidable que el de la muerte, pues esta no pasa de la liberación de los lazos carnales, de una entrada en una vida más libre, más intensa, en cuanto a la reencarnación, por el contrario, es la perdida de esa vida de libertad, es un apocamiento de sí mismo, al pasaje de los claros espacios para la región oscura, la descendida para un abismo de sangre, de lama , de miseria, donde el ser va a quedar sujeto a necesidades tiránicas e innumerables. Por eso es más penoso, más doloroso renacer que morir; es el disgusto, el terror, el abatimiento profundo del Espíritu, QUE al entrar en este mundo tenebroso, es fácil de concebirse.


La reencarnación se realiza por la aproximación graduada, por la asimilación de las moléculas materiales al periespiritu, el cual se reduce, se condensa, tornándose progresivamente más pesado, hasta que, por adjunción suficiente de materia, constituye un involucro carnal, un cuerpo humano. El periespiritu se torna por tanto, un molde fluídico, elástico, que calca su forma sobre la materia. De ahí emanan las condiciones fisiológicas del renacimiento. Las cualidades o defectos del molde reaparecen en el cuerpo físico, que no es, en la mayoría de los casos, sino imperfecta grosera copia del periespiritu. Desde que comienza la asimilación molecular que debe producir el cuerpo, el Espíritu queda perturbado; un sopor, una especie de abatimiento lo invaden poco a poco. Sus facultades se van velando unas después de otra la mayoría desaparecen, la conciencia queda adormecida, y el Espíritu como que es sepultado en opresiva crisálida. Entrando en la vida terrestre, el alma, durante un largo periodo, tiene que preparar ese organismo nuevo. Ha de adaptarlo a las funciones necesarias. Solamente después de veinte o treinta años de esfuerzos instintivos es que recupera el uso de sus facultades, sin embargo limitadas aun por la acción de la materia; y, entonces, podrá, proseguir, con alguna seguridad, la travesía peligrosa de la existencia. Allan Kardec nos enseña (Libro de los espíritus cuestión 330) que la reencarnación está para los Espíritus, así como la muerte está para los encarnados: es un proceso ineludible, tan cierto como el desencarnar lo es para los hombres. La encarnación es una necesidad evolutiva, porque solamente al contacto con la materia física consigue el Espíritu ciertos elementos necesarios para su progreso. De acuerdo con el grado evolutivo en que se encuentra, el espíritu podrá facilitar o dificultar el proceso para volver a nacer. Por eso los espíritus rebeldes o indiferentes tienen su encarnación por completo a cargo de los espíritus superiores, que eligen las condiciones bajo las cuales deberán volver a nacer y las experiencias a las que deberán someterse.


La mayoría de los que retornan a la existencia corporal en la esfera del globo, son magnetizados por los benefactores espirituales, que organizan para ellos nuevas tareas redentoras. Muchos encarnan en estado de inconsciencia. Los procesos de la reencarnación son operaciones graduales: “Se inician con la concepción y se completan con el nacimiento.” La unión del alma con el cuerpo se efectúa por medio del periespiritu (envoltorio fluídico) que servirá para conexionar el espíritu y la materia. Mediante un mecanismo complejo el periespiritu es reducido, condensado y se asimila a las moléculas materiales del cuerpo en formación, ajustándose progresivamente a su desarrollo. Al nacer las reminiscencias del pasado pueden manifestarse con tendencias instintivas, simpatías inexplicables y súbitas, bajo la forma de recuerdos e impresiones. Incontables personas se han sorprendido frente a los recuerdos de las vidas pasadas, en los que se sumergían inconscientemente, sufriendo en las evocaciones los estados característicos de los personajes que antes animaron. Es así, que muchos han sido víctimas de variados órdenes, perturbándose, sin conseguir establecer los límites entre los hechos de una y otra existencia: la del pasado que retorna vigorosa y la del presente, que se va sometiendo al impositivo de la otra. La lucha por la sobrevivencia, el periodo de la infancia, el olvido del pasado son condiciones exclusivas de la vida en la Tierra y esenciales para la adquisición de ciertos valores. Allan Kardec dice: el hombre se constituye de una realidad triple: espíritu, periespiritu y materia. El espíritu es eterno; el periespiritu es una formación “espirito-material”, “semi-espiritual”, “semi-material”; ese periespiritu está encargado de modelar la forma, ese periespiritu es la forma, es el centro de la entelequia como enseña Aristóteles. Allan Kardec dice que la reencarnación es la prueba fundamental de la misericordia de Dios, que presenta una Justicia Divina. Todos somos hermanos; todos nosotros marchamos hacia la perfección; todos nosotros tenemos una ruta, un rumbo de felicidad que nos espera.


La vida en la Tierra no es un escenario de placer. El hombre es responsable por su cuerpo, por su felicidad, por su desdicha. Felicidad o desgracia resulta de nuestra actitud de comportamiento. Dios no nos hizo a unos dichosos, a otros desdichados; no, nos ha creado simples e ignorantes, para que consiguiéramos nuestras experiencias, adquiriéramos nuestras capacidades evolutivas, y la ciencia moderna lo puede probar. Esta es una información que tiene 120 años. Y ahora la cámara Kirlian, viene a probar que la materia es un conjunto de energía; pero esa energía no es material, es la energía que hace la materia y cuando la materia se disgrega la energía desaparece. Es decir que tenemos un espíritu; que ese espíritu no es esclavo de la carne., la carne si es esclava del espíritu; que nosotros estamos construyendo lo que es necesario para nuestra evolución. La reencarnación nos abre un horizonte nuevo para entender la vida; los sufrimientos, las nostalgias, las angustias, las amarguras, los desesperos que nosotros atravesamos, desaparecen; y es en este punto que la ciencia espirita, que el Espiritismo, es notable; porque el Espiritismo para el siglo XX, es el más notable tratado de higiene mental, porque consigue libertarnos de aquellos tremendos enemigos de los hombres, los cuatro fantasmas del alma: el miedo, la enfermedad, la duda y la muerte. El Espiritismo nos saca el miedo, porque somos lo que somos y no lo que aparentamos. Sin embargo, hay mucha gente que finge una cosa que no es; cuando se pone un traje de 200 dólares, muy caro, la persona cambia de personalidad, el se engaña a sí mismo, porque intrínsecamente es el mismo. El Espiritismo nos viene a decir que nosotros tenemos una programación interior para libertarnos del miedo. Con el conocimiento espirita aprendemos primero a conocernos: porque es muy común entre las criaturas humanas decir: yo miro a una persona, y la conozco, la percibo todos los errores y defectos; porque nosotros transferimos de nuestro YO las imperfecciones hacia los demás. El Espiritismo nos enseña a conocernos, ¿quien soy?, ¿porque esto en la Tierra?, ¿para qué?, ¿Qué hacer para ser feliz? Y si ustedes desearen respuestas para estas preguntas, léanlas en “El Libro de los Espíritus”, el más completo tratado de dialéctica espiritualista, publicado por Allan Kardec. “El Libro de los Espíritus” explica todo el origen del hombre, hasta las leyes morales, la Justicia Divina; Después, el Espiritismo mata el temor a la muerte, porque todos nosotros tenemos un poco de recelo de la muerte, cuando somos jóvenes nos hacemos materialistas, es porque tenemos la idea de que vamos a vivir mucho; pero


cuando llega la edad nos declinan las fuerzas; cuando llega la enfermedad, la muerte es una constante amargura, y gustaría que la vida continuara. El espiritismo nos enseña a matar la muerte, porque la muerte es solamente un cambio de posición. La vida continua, y la prueba se tienen cuando vuelven los llamados “muertos”. El Espiritismo nos da una actitud optimista; si hoy es noche, voy a trabajar para mi gran día; si hoy es un día bello, voy a continuar trabajando para un día eterno. El Espiritismo nos hace comprender que el infortunio resulta de nuestras actitudes; entonces voy a cambiar de actitudes para el bien y seré feliz. Y por fin, el Espiritismo es el Consolador, como prometió Jesús: “Yo os mandare El Consolador, el Espíritu de Verdad, que enseñara todas las cosas que yo dije, repitiendo, y que dirá cosas nuevas. Cuando El Consolador vuelva ya no tendréis mas sufrimientos”. El Consolador son las voces, la añoranza que sentimos de nuestros seres queridos que partieron de la Tierra, no tiene justificación porque ellos salieron del cuerpo, pero no desaparecieron de la vida. La madre que ama continua junto al hijo querido; la viuda sentirá en esos momentos de reflexión, de meditación, la presencia del ser amado; el niño huérfano escuchara la voz de la madre; la madre llena de desesperación sentirá la presencia del hijo. Esta es la prueba fundamental de la vida; tener la certeza de que la vida continua, es tener la certidumbre de que vivir es amar, vivir es evolucionar; y delante del mundo lleno de dolores y que todos nosotros hacemos un rol de reclamaciones, de desesperaciones, el Espiritismo nos enseña a valorar la vida; nos dice que el cuerpo es una bendición, mismo un cuerpo marcado, amputado, desesperado, señalado por los dolores, es una bendición de Dios; porque el vaso no es importante, mas importante es el contenido; y el contenido es el alma. Por lo tanto, el mensaje del Espiritismo es optimista; es un mensaje científico, basado en la supervivencia del alma, en la reencarnación, es una acritud cristiana de la caridad trascendental, no de la limosna; de la caridad espiritual, de la caridad del amor, de la caridad de la solidaridad humana, de una caridad que da dignidad al hombre, para que el pueda decir un día: “¡Dios mío, cuantas venturas siente mi alma, porque creo, porque sé, porque siento!” El hombre mundano llora y se lamenta a la vera del túmulo, esa puerta abierta sobre el infinito. Si estuviese familiarizado con las leyes divinas, seria al nacer cuando debería gemir. ¿El llanto del recién nacido no será un lamento del espíritu, ante las tristes perspectivas de la vida? Las leyes inflexibles de la Naturaleza, o, antes, los efectos resultantes del pasado, deciden por la reencarnación. El Espíritu inferior, ignorante de esas leyes, poco cuidadoso de su futuro, sufre maquinalmente su suerte y viene a


tomar su lugar en la tierra bajo el impulso de una fuerza que ni el mismo procura conocer. El Espíritu adelantado se inspira en los ejemplos que lo rodean en la vida fluídica, recoge los avisos de sus guías espirituales, pesa las condiciones buenas o malas de su reaparición en este mundo, prevé los obstáculos , las dificultades de la jornada, traza su programa y toma fuertes resoluciones con el propósito de ejecutarlas, solo vuelve a la carne cuando está seguro del apoyo de los invisibles, que lo deben auxiliar en su nueva tarea. En este caso, el Espíritu no sufre más exclusivamente el peso de la fatalidad. Su elección puede ejercerse en ciertos límites, de manera a acelerar su marcha. Por eso, el espíritu esclarecido da preferencia a una existencia laboriosa, a una vida de lucha y abnegación. Sabe que, gracias a ella, su adelantamiento es más rápido. La Tierra es el verdadero purgatorio. Y precisa renacer y sufrir para despojarse de los últimos vestigios de la animalidad, para pagar las faltas y los crímenes del pasado. De ahí las enfermedades crueles, largas y dolorosas molestias, el idiotismo, la perdida de la razón. El abuso de las altas facultades, el orgullo y el egoísmo se expían por el renacimiento en organismos incompletos, en cuerpos deformes y sufridores. El espíritu acepta esa inmolación pasajera, porque, a sus ojos, ella es el precio de la rehabilitación, el único medio de adquirir la modestia, la humildad. Concuerda en privarse momentáneamente de los talentos, de los conocimientos que harán su gloria, y desciende a un cuerpo impotente, dotados de órganos defectuosos, para tornarse un objeto de compasión y de zumbaría. Respetemos a los idiotas, a los enfermos, a los locos. ¡Que el dolor sea sagrado para nosotros! En esos sepulcros de carne un Espíritu vela, sufre, y, en su tesitura intima, tiene conciencia de su miseria, de su degradación. Tememos por nuestros excesos, merecerles la suerte. Más, esos dones de la inteligencias, que el abandona para humillarse, el alma lo hallará después de la muerte, porque son propiedad suya, y jamás perderá lo que adquirió por sus esfuerzos. Los reencontrará y, con ellos, las cualidades, las virtudes nuevas cogidas en el sacrificio, y que harán su corona de luz en el seno de los espacios. Así, todo se paga, todo se rescata. Los pensamientos, los deseos criminales tienen su repercusión en la vida fluídica, más las faltas consumadas en la carne precisan ser expiadas en la carne. Todas las nuevas existencias son correlativas; el bien o el mal se reflejan a través del tiempo. Si embusteros y perversos parecen muchas veces terminar sus vidas en la abundancia y en la paz, quedemos ciertos de que la hora de la justicia sonará y recaerán sobre ellos los sufrimientos de que fueron la causa. Resígnate, pues, hombre, y


soporta con coraje las pruebas inevitables, sin embargo fecundas, que suprimen manchas y te preparan un futuro mejor. Imita al labrador, que siempre camina para el frente, curvado bajo un sol ardiente o quemado por la azada, y cuyos sudores riegan el suelo, el suelo que, como tu corazón, es surcado por el arado desterronador más del cual brotara el trigo dorado que hará tu felicidad. Evita los desfallecimientos, porque te reconducirán al yugo de la materia, haciéndote contraer nuevas deudas que pesaran en tus vidas futuras. Seamos buenos, seamos virtuosos, con el fin de no dejarnos atrapar por el temible engranaje que se llama consecuencia de los actos. Huye de los placeres exorbitantes, de las discordias y de las vanas agitaciones de la multitud. No es en las discusiones estériles, en las rivalidades, en la codicia de las honras y bienes de fortuna que encontrarás la sabiduría, en contentamiento contigo mismo; y si, en el trabajo, en la práctica de la claridad, en la meditación, en el estudio concentrado de cara a la Naturaleza, ese libro admirable que tiene la asignaturas de Dios. (León Denis -Después de la Muerte). El espiritismo con base en la enseñanza de los Espíritus y en los Evangelios tiene la ley de la reencarnación como uno de sus postulados fundamentales. A la Luz de las vidas sucesivas, la Justicia Divina se torna más equitativa y más justa. Dios nos es presentado como Padre de Justicia y de Amor, y, en consecuencia, pasa a tener lógica la recomendación de Jesús: “Sed perfectos como perfecto es el Padre Celestial,” perfección esa que solamente es admisible cuando se lleva en cuenta la pluralidad de las existencias del Espíritu. ************** Trabajo realizado por: Merchita Extraído de varios libros de la Doctrina Espirita: El Evangelio según el Espiritismo, de Misioneros de la Luz y de otros libros. Merchita (Mercedes Cruz Reyes) Miembro fundador del centro espirita Amor Fraterno Alcázar de San Juan. Ciudad Real (España


Reencarnación instrumento de la justicia divina