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Predicación y ejemplo Mercedes Cruz Reyes La imperfección es algo que nos tortura, ya que es la culpable de que cometamos muchos errores, ellas nos impiden alcanzar el reino de Dios. Pablo nos exhorta cuando nos dice que deberíamos siempre imaginar que el mundo nos está observando. No os engañéis lo que creéis que con golpes de pecho o absoluciones de manos de hombres o con el orar de rodillas, o con las obras de caridad, habréis de poseer el reino de Dios. Mirad a vuestras acciones y aquilatad el valor del bien y del mal. Vuestras culpas nacen de vuestras imperfecciones. Por tanto, sólo quitándolas podréis llegar a Dios. No os engañéis. Id a vuestra conciencia. Mal que hagáis, mal que no podréis quitar de vosotros con limosnas o palabras humanas de indulgencias alentadoras del vicio y del egoísmo. “El mal sólo se quita limpiando el vaso por fuera y por dentro", como enseñaba Jesús.


¡Ay de aquéllos que hacen el mal en el mundo y tratan de ocultarlo! Tendrán que lavar con dolores las manchas de sus acciones y sufrir para despertar en su propia alma el dolor inferido en la ajena. La acción del hombre es ilimitada. Puede sujetarse al vicio o a la virtud. Pablo contrapone la moral verdadera, a la moral de conveniencia, de ajuste social o de moda. Todo está permitido, sí. Todas las cosas son lícitas según el grado de comprensión de cada ser humano. Más no todas convienen; no todas son justas; no todas son limpias; no todas son elevadas. Y esta es la moral que El predica: ir a la conciencia, discernir lo bueno de lo malo, y actuar. No podéis mirar al mundo, seguir la corriente social, exponiendo la atenuante de que las cosas son según se miran para así sujetaros al desenfreno y a la corrupción. Este es el concepto de la falta de conciencia en lo moral. Cómodo es vivir bien con la opinión social y también es cobardía de espíritu. Mirad el consejo de Pablo y observad la repercusión de tales conceptos: llevan a la adquisición de la verdad para de este juicio partir, aplicándolo a la conducta. Cualquier acción que desempeñemos, los demás, al observarnos, hará lo mismo. Cualquier cosa que pensemos sobre los demás, los demás pensarán lo mismo sobre nosotros. Mantener despierta esta atención es un requisito previo para la auto-transformación. Estamos aquí en la Tierra para ayudar a Dios a cambiar el mundo para mejor. Pero es solamente cuando cambiamos, que el mundo cambia. Mejor consejo es el ejemplo. Si desea la mejora del mundo, haga su reforma íntima. ¡Gran responsabilidad la de tener conocimiento y adquirir autoridad moral y hacer cosa contraria por ajustarse a los males y prejuicios y convencionalismos de la sociedad! No, hermanos, no seáis flacos de espíritu y mirad lo que hacéis. Porque como dice Pablo adquirís gran responsabilidad; primeramente con vuestros hermanos que os imitan y, después, frente al mismo Cristo y la Verdad. Quien predica luz, en luz ha de vivir. “No se puede servir a dos señores”, es la enseñanza de Jesús.


Así tantos hablan de humildad y son esclavos del orgullo, del exclusivismo sectario y de la soberbia. Tantos hablan de Cristo y del amor, y son apañadores del odio, de la discriminación y sustentan con su fuerza la división y la cizaña entre los hombres. No obstante, el oropel mundano de los hombres, ni su hipocresía, éstos podrán ocultar la diáfana luz de Cristo: Sus enseñanzas florecen entre la cizaña de las mistificaciones, de los prejuicios y de los acomodamientos a la conveniencia. Todo proceso requiere de tiempo Es cierto que hay seres excepcionales que logran una alta coherencia. Que consiguen hacer de su vida una auténtica doctrina llevada a la práctica. Seres humanos como Gandhi, que se convirtió en un modelo de vida y llevó sus convicciones a tal punto, que logró cambiar la historia de una nación. Precisamente de Gandhi se cuenta esta historia: “Una mujer fue junto con su hijo a ver a Gandhi. Gandhi le preguntó qué quería y la mujer le pidió que consiguiese que su hijo dejase de comer azúcar. Gandhi le contestó: “traiga usted otra vez a su hijo dentro de dos semanas”. Dos semanas más tarde la mujer volvió con su hijo. Gandhi se volvió y le dijo al niño: “deja de comer azúcar”. La mujer, muy sorprendida, le preguntó: “¿Por qué tuve que esperar dos semanas para qué usted le dijese eso? ¿Acaso no podía habérselo dicho hace quince días?”. Gandhi contestó: “no, porque hace dos semanas yo comía azúcar”. Sin duda, todo tiene un proceso y un tiempo. No se puede llegar a la meta, sin haber transitado por completo cada uno de sus trayectos. Nada de lo que hagamos por crecer será en vano. Y esta será una trascendental labor, que nadie realizará por nosotros. La elección es nuestra y de nadie más… ¿Te atreves a predicar con el ejemplo?


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PREDICACIÓN Y EJEMPLO MERCEDES CRUZ  

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