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PALABRAS DE LUZ Y ESCLARECIMIENTO Mercedes Cruz Todos estamos aprendiendo en la escuela carnal, no obstante durante el sueño atravesamos casi liberados compartimos con el plano espiritual la fraternidad y la esperanza, adiestrando facultades y sentimientos para la verdadera vida. Bien es verdad que muchos dudan de esto, naturalmente, no recuerdan nada, al volver al cuerpo físico, en virtud de la deficiencia del cerebro, incapaz de soportar la carga de dos vidas simultáneas, pero el recuerdo de este momento permanecerá en el fondo de vuestro ser, orientando vuestras tendencias superiores hacia el terreno de la elevación y abriéndoos la puerta de la intuición para que nos llegue el pensamiento fraternal, de cuantos allí desean nuestro bien. Cansados de las sensaciones en el plano denso de la existencia, intentamos pisar otros dominios. Buscamos la novedad, el consuelo desconocido, la solución a torturantes enigmas: sin embargo, no hemos de olvidar que la llama del propio corazón, convertido en santuario de claridad divina, es la única


lámpara capaz de iluminar el misterio espiritual, en nuestra marcha por la senda redentora y evolutiva. Al lado de cada hombre y de cada mujer, en el mundo, permanece viva la Voluntad de Dios, en lo relativo a los deberes que les corresponde. Cada cual tiene delante el servicio que le compete, como cada día trae consigo posibilidades especiales de realización en el bien. El universo se encuadra en el orden absoluto. Como aves libres en limitados cielos, interferimos en el plano divino, creando para nosotros prisiones y ataduras, liberación y enriquecimiento. Debemos pues, adaptarnos al equilibrio divino, atendiendo a la función aislada que nos compete en la colmena de la vida. Al lado de cada hombre y de cada mujer, en el mundo, permanece viva la Voluntad de Dios, en lo relativo a los deberes que les corresponde. Cada cual tiene delante el servicio que le compete, como cada día trae consigo posibilidades especiales de realización en el bien. El universo se encuadra en el orden absoluto. Debemos pues, adaptarnos al equilibrio divino, atendiendo a la función aislada que nos compete en la colmena de la vida. Utilizando cuerpos sagrados, perdemos, como niños despreocupados y entretenidos en juegos infantiles, la oportunidad santificante de la existencia; de esta forma, nos convertimos en condenados de las leyes soberanas, mientras millones de almas poseen ocasiones de enmienda y reajuste, entregadas al esfuerzo regenerativo en las ciudades terrestres, millones de otras lloran la propia derrota, perdidas en la tenebrosa pausa de la desilusión y del padecimiento. En vez de siervos leales del Señor de la vida, hemos sido soldados de los ejércitos de la ilusión, dejando a la retaguardia millones de tumbas abiertas bajo aluviones de ceniza y humo. En balde nos exhortó Cristo a buscar las manifestaciones del Padre en nuestro interior. Alimentamos y expandimos únicamente el egoísmo y la ambición, la vanidad y la fantasía en la Tierra. Contrajimos pesadas deudas y nos esclavizamos a los tristes resultados de nuestras obras, quedándonos, indefinidamente, en la mies de los espinos. Empeñados en disputas interminables, en duelos espantosos de opinión, conducidos por desvariadas ambiciones inferiores, los hijos de la Tierra se acercan a un nuevo abismo, que la visión turbia no les deja percibir. El trabajo de salvación no es exclusivo de las religiones, es una labor común a todos, porque un día vendrá en que el hombre ha de reconocer la Divina


Presencia en todas partes. Lo que debemos hacer no es a título particular, es una obra genérica para la colectividad, el esfuerzo del servidor honesto y sincero, interesado en el bien de todos. Si buscamos orientación para el trabajo sublime del espíritu, no hemos de olvidarnos de la propia luz. No hemos de contar con antorchas ajenas para la jornada. En los planos de sufrimiento regenerador, en las cercanías de la carne, lloran amargamente millones de hombres y de mujeres que abusaron de la ayuda de los buenos, precipitándose en las tinieblas al perder en la tumba los ojos efímeros con que apreciaban el paisaje de la vida a la luz del Sol. Muchos buscan la orientación necesaria para los trabajos a realizar en el presente en la corteza de la Tierra. Seducidos por la claridad de la Esfera Superior y fascinados por las primeras nociones del amor universal, queréis cooperar en la siembra del porvenir. Reclamáis alas para los vuelos sublimes y tenéis en mira ayudar en el esfuerzo de elevación. Indudablemente, la intención no puede ser más noble, pero es indispensable que consideréis vuestra necesidad de integración en el deber de cada día. Es imposible progresar en un siglo, sin atender las obligaciones de la hora. Es imprescindible, en la actualidad, recomponer las energías, reajustar las aspiraciones y santificar los deseos. No basta creer en la inmortalidad del alma. Es inaplazable la iluminación de nosotros mismos, para que seamos claridad sublime. No basta, para la redención, el simple reconocimiento de la supervivencia del alma o del intercambio entre los dos mundos. Los livianos y los malos, los ignorantes y los tontos, pueden comunicarse igualmente a distancia de país a país. Antes de nada lo que importa es elevar el corazón, romper las murallas que nos encierran en la sombra, olvidar las ilusiones de la posesión, rasgar los velos espesos de la vanidad y abstenerse del letal licor del personalismo envilecido, para que las claridades del monte fulguren en el fondo de los valles, para que el sol eterno de Dios disipe las transitorias tinieblas humanas. La Puerta Divina no se abre a espíritus que no se divinizaron por el trabajo incesante de cooperación con el Padre Altísimo. Y el suelo del planeta, al que os prendéis provisionalmente, representa el bendito círculo de colaboración que el Señor os confía. Recoged el rocío celestial en vuestro corazón sediento de paz,


contemplad las estrellas que nos hacen señales de lejos, como sublimes ápices de la Divinidad, pero no olvidéis el campo de las luchas presentes. El espiritualismo, en los tiempos modernos, no puede encerrar a Dios entre las paredes de un templo de la Tierra, porque nuestra misión esencial es la de convertir toda la Tierra en el templo de Dios. Nuestro trabajo es de iluminación y de eternidad. El Gobierno Universal no nos encargó la custodia de altares perecederos. No fuimos convocados a velar en el círculo particular de una interpretación exclusivista, sino a cooperar en la liberación del espíritu encarnado, abriendo horizontes más amplios a la razón humana y rehaciendo el edificio de la fe redentora que las religiones olvidaron. Seamos instrumentos del bien, antes que esperar cualquier gracia. No hemos de buscar lo maravilloso: la sed de lo milagroso puede viciarnos y perdernos. Vinculaos, por la oración y por el trabajo constructivo, a los planos superiores, y estos os proporcionarán contacto con los Almacenes Divinos, que dan a cada uno de nosotros según la justa necesidad. Las situaciones que os oprimen en el paisaje terrenal, por más duras o desagradables que sean, representan la Voluntad Suprema. No saltéis los obstáculos, ni intentéis huir de ellos, vencedlos, utilizando la voluntad y la perseverancia, dando así oportunidad de crecimiento a vuestros propios valores. No transitéis sin la debida prudencia en los caminos de la carne, en que, muchas veces, imitáis a la mariposa insensata. Atended las exigencias de cada día, contentándoos al satisfacer las tareas mínimas. No intentéis el vuelo sin haber aprendido a andar. Sobre todo, no indaguéis sobre probables derechos que os corresponderían en el banquete divino, antes de liquidar los compromisos humanos. Es imposible conseguir el título de ángeles, sin antes ser criaturas sensatas. Presiden nuestros destinos soberanas e indefectibles leyes. Somos conocidos y examinados en todas partes. Las facilidades concedidas a los espíritus santificados que admiramos, son prodigadas a nosotros, por Dios, en todos los lugares. El aprovechamiento, sin


embargo, es obra nuestra. Las máquinas terrestres pueden llevar el cuerpo físico a considerable altura, pero el vuelo espiritual, con el que os liberaréis de la animalidad, jamás lo realizaréis sin alas propias. La amistad de bienhechores encarnados y desencarnados os han consolado, como suaves y benditas flores del alma, pero se marchitarán como las rosas de un día, si no fertilizáis el corazón con la fe y el entendimiento, con la esperanza inquebrantable y el amor inmortal, sublimes abonos que propician el desarrollo en el terreno de vuestro esfuerzo sin tregua. No codiciéis el reposo de las manos y de los pies; antes de semejante propósito, buscad la paz interior en la suprema tranquilidad de la conciencia. Abandonad la ilusión, antes que la ilusión os abandone. Controlando vuestra propia existencia, dejad plantado el bien en la estela de vuestros pasos. Solamente los siervos que trabajan, graban en el tiempo las señales de la evolución; solo los que se bañan en el sudor de la responsabilidad consiguen acuñar nuevas formas de vida y de ideal renovador. Los demás, llámense monarcas o príncipes, ministros o legisladores, sacerdotes o generales, entregados a la ociosidad, se clasifican en el orden de los parásitos de la Tierra; no llegan a señalar su permanencia provisional en la corteza del Planeta; revolotean como insectos multicolores, volviendo al polvo del que se alzaron por algunos minutos. Tomado del libro “En un mundo mayor” del discurso de Eusebio.


Palabras de luz y esclarecimiento (mercedes cruz)