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Los misterios y nuestro destino León Denis El mundo invisible y la guerra Con letras de fuego está escrito en el cielo nuestro destino. Desde el origen de los mundos Dios ha trazado por encima de nuestras cabezas -con rasgos sublimes- el poema del alma y de su porvenir. Y todos aquellos que han sabido descifrar tan grandiosos caracteres extrajeron de ese estudio sabiduría y fuerza moral. Bien es verdad que el número de los iniciados es todavía escaso. Aún entre los Espíritus de nuestra esfera hay pocos a los cuales sea dado visitar y describir los esplendores celestes. Si algunos, en rápido vuelo, pueden explorar diversos sistemas y penetrar más allá dentro de lo infinito, deben pronto regresar a los ambientes que su grado de evolución les asigna. Esas exploraciones a puntos distantes se permiten al Espíritu que se muestra digno de ellas, a fin de mostrarle su camino de


ascensión. Estimulan su voluntad de ganar los méritos que le harán vivir en la sociedad de las almas unidas por el amor dentro de la dicha. En nuestra evolución todo se halla graduado. Para algunos Espíritus demasiado jóvenes, insuficientemente preparados, la posesión de ciertas verdades llevaría el riesgo de quebrar todo equilibrio mental. El pleno conocimiento del Universo pertenece tan sólo a los grandes Espíritus. De ellos nos viene, sobre todo -ya sea por intuición, ya por mediumnidad-, la revelación de las leyes superiores. Con el objeto de alcanzarla, debemos preparar nuestra alma por medio de la meditación, el recogimiento y la plegaria. Se opera así una especie de dilatación del Ser, un expandirse de las facultades, que hace posible que penetren en nosotros las verdades más altas. Por la acción de éstas se va produciendo poco a poco una transformación. Al mismo tiempo que las páginas del libro exterior se desarrollan, y conforme el horizonte se aclara, el Ser interior se va iluminando: los ecos de dentro responden a los llamados de fuera. Bajo el influjo espiritual los recuerdos del pasado, amortajados en lo más hondo de nuestra memoria, resurgen. La cadena de nuestras anteriores existencias se reconstruye. Volvemos a tomar conciencia de nuestra auténtica naturaleza y de nuestra patria de origen. Sentimos mejor la gravedad, la solemnidad de las cosas de la vida. Pruebas y males, trabajos y dolores, los conceptuamos otros tantos medios de educación y elevación. Escrita está en nosotros toda nuestra historia, a través de los siglos. Las vidas que hemos pasado, monótonas o trágicas, han ido vertiendo gota a gota, en el fondo de nuestra alma, como un agua profunda hacia cuya superficie nos inclinamos a ciertas horas, y podemos ver entonces reflejarse en ella -como en un espejo- las imágenes del ayer. Hemos comprobado que, en los fenómenos de exteriorización y mediante visión psíquica aumentada, el Ser ve otra vez los lugares donde se ha desarrollado el rosario de sus existencias. Las soleadas orillas del Ática, donde la mar estrella su encaje de espumas bajo las ramas de los mirtos y la verdura plateada de los olivares. Las llanuras interminables de Asiria y Egipto, y los colosos de piedra,


que yerguen bajo el azul del cielo sus formas geométricas o sus perfiles de animales. El alma reconstituye las civilizaciones lejanas y el rol -oscuro a menudo, pero a veces brillante- que en ellas desempeñaba. Revé las blancas ciudades cuyos nombres armoniosos señalan como jalones la marcha intelectual de la humanidad: Atenas, la joya de la Hélade, la ciudad amada por filósofos, oradores y estatuarios. Crotona, donde Pitágoras enseñaba su doctrina a un círculo de iniciados. Alejandría, en la que los esplendores del genio griego se fusionaron, en el crisol del pensamiento, con la llama del Cristianismo naciente. Aquellos que han vivido esas horas deslumbrantes de la historia no pueden sustraerse a un sentimiento emocionado recordando la ingenua adolescencia de su alma, acunada por los mitos y las leyendas paganas y prendadas de los espejismos de la vida oriental. Podríamos formarnos una idea de tales impresiones comparándolas con las que nos proporciona, en el ocaso de la vida, el recuerdo de las ricas sensaciones de nuestra más reciente juventud, cuando para nosotros todo era seducción y encantamiento. Entonces, todos los espectáculos de la Naturaleza nos producían una suerte de embriaguez. Por ejemplo, ¡qué arrobamiento cuando por vez primera nos internamos en la profundidad de un bosque, escuchando el murmullo de manantiales y arroyuelos, o la canción del viento entre el ramaje! ¡Cuando desde lo alto de los montes vimos extenderse allá abajo valles y planicies, brillando en lontanza el océano o desplegándose el panorama de una gran ciudad! ¡Cuánta riqueza oculta en los oscuros repliegues del alma! Tesoros de pensamientos y acciones, de alegrías y dolores, acumulados por los siglos en lo hondo del Ser, y que la operación magnética hace que vuelvan a la luz, como esas plantas y flores que flotan en la superficie de los estanques y cuyas raíces se sumergen hasta las sombrías profundidades de las aguas... Entre esos cuadros y remembranzas que emergen de la oscuridad del ayer los hay gratos y que proporcionan calma y alivio, sin duda alguna, pero, en cambio, ¡cuántas escenas nos traen ellas también, y que preferiríamos no haber vivido!


Surgen del silencio y de la noche, adquiriendo poderoso relieve. En ocasiones, al contemplarlas nos asalta la angustia. De esos recuerdos súbitamente despertados se desprenden y propagan vibraciones dolorosas, que nos invaden. Los secretos inmersos en las honduras de nuestra memoria se levantan y nos acusan. Todo nuestro pasado sigue subsistiendo, indestructible, imborrable. No hay poder que sea capaz de destruirlo, pero nos es dado redimirlo en el porvenir por medio de obras de sacrificio y tareas bien realizadas. Comprendemos por qué la eterna sabiduría ha hecho que olvidemos darnos un tiempo todas esas remembranzas distantes, a fin de darnos más completa libertad de acción en el transcurso de la vida actual. A no ser por esa precaución necesaria, los fantasmas de nuestras pasadas existencias reaparecerían sin cesar ante nuestros ojos. La calma y serenidad del presente se verían perturbadas por ellos. El conocimiento de las responsabilidades en que hemos incurrido, y de las consecuencias que traen consigo, paralizaría más bien nuestro impulso hacia adelante. ************ Los más profundos misterios del alma y del Universo siguen siéndonos ocultados. No obstante, es dable comprobar que un progreso evidente se va haciendo en el dominio del conocimiento. El velo del destino se levanta y la gran ley de la evolución se va precisando a nuestros ojos. Asistimos a un verdadero cambio de frente del pensamiento, desde el punto de vista filosófico. Aquél abandona cada vez más las posiciones materialistas que ocupaba desde hace tanto tiempo, para tornarse ahora espiritualista e idealista. Las antiguas teorías del átomo y la célula han caído en desuso. Se reconoce ya que por encima de la materia existe una fuerza organizadora, un dinamismo poderoso que la penetra y la rige. Y más arriba aún domina la idea. La inteligencia y la voluntad gobiernan el mundo de los seres y las cosas. Aparece la ley. Por medio de ella se afirma la noción de Dios. Dios es el pensamiento y la eterna fuerza que mueven al Universo. Dios es la conciliación de todos los problemas y el supremo objetivo


de todas las evoluciones. De Él dimanan las más altas aspiraciones del genio y las intuiciones del artista y el sabio. Todas las creaciones de un arte sublime, los espectáculos grandiosos de la Naturaleza, las armonías del Cosmos, la sinfonía que los mundos componen entre sí en las profundidades del espacio, todo eso no es más que el reflejo, el eco debilitado de la potencia creadora. Estudiar a Dios en su obra es el secreto de toda fuerza y verdad, sabiduría y amor. Porque Dios irradia a través de aquélla de la misma manera que el Sol filtra sus rayos por entre las ligeras brumas matinales que flotan sobre los bosques y los valles.

Los misterios y nuestros destinos león denis  

LOS MISTERIOS Y NUESTROS DESTINOS LEÓN DENIS

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