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LECCIÓN EN JERUSALÉN Por el Espíritu por el Espíritu Hermano X (Humberto de Campos). Psicografia de Francisco Cándido Xavier. Libro: Lázaro Redivivo. Lección nº 17. Página 85. Muy significativa la entrada gloriosa de Jesús en Jerusalén, de la que el texto evangélico nos proporciona la información. La ciudad lo conocía, desde su primera visita al Templo, y mucha gente, de cuando Él paso por allí, que corría presurosa, para escuchar sus predicaciones. El pueblo judío suspiraba por alguien, con bastante autoridad, que lo liberase de los opresores. ¿No sería tiempo de la redención de Israel? La raza escogida experimentaba severas humillaciones. El romano orgulloso apretaba Palestina en los brazos tiránicos. Por eso, Jesús simbolizaba la renovación, la promesa.


¿Quién había operado prodigios iguales a los suyos? Profeta alguno alcanzó esas culminaciones. La resurrección de Lázaro, envuelta en la tumba, con signos evidentes de descomposición cadavérica, asombraba a los más ilustres descendientes de Abraham. Ni Moisés, el legislador inolvidable, había logrado la realización de esa naturaleza. Y el pueblo, en aquellos días de fiesta tradicional, se dispuso a homenajearlo, por regla general. Recibiría al profeta con demostraciones diferentes. Mostraría a los prelados de César, que Jerusalén no renunciaba a los propósitos de liberación, ansiosa de su autonomía, y ahora, más que nunca, poseía un jefe político a la altura de los acontecimientos. Jesús, ciertamente, no atendía a las imposiciones de los sacerdotes y ni se sometería al soborno, ante las promesas doradas de los áulicos imperiales. En vista de eso, cuando el Maestro salió de Betania, camino de la ciudad, se alinearon filas de populares, saludándolo festivamente. Ancianos de barbas encanecidas acompañaban el coro de los jóvenes: - "Hosanna al hijo de David!" Las mujeres gritaban, entusiasmadamente, amparando a los niños a sostener, con gracia, verdes ramas de palmera. Los discípulos, ladeando al Maestro, sentían el efímero júbilo revocado por el mentiroso incienso de la multitud. Los fieles galileos, exaltados inesperadamente a la cima de la popularidad, se inclinaban con desvanecimiento, embriagados por el triunfo. De espacio a espacio, ese o aquel patriarca hacía señales a Pedro, Felipe o Juan, invitándoles a pronunciarse discretamente: - ¿Cuándo se manifestará el Mesías?


Los interpelados asumían actitud de orgullosa prudencia y respondían, casi siempre, lo mismo: - Estamos seguros de que el homenaje de hoy es decisivo y el Mesías nos dará a conocer el plan de nuestras reivindicaciones. Jesús agradecía a los manifestantes de Jerusalén con la mirada, mostrando, sin embargo, melancólica sonrisas. Demostrando comprender la situación, luego, convocó a los discípulos a una reunión más íntima, en la que les diría algo grave. Interpelados por algunos amigos, Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, informaron sobre el anuncio del Maestro. Discutir las cuestiones del presente y del futuro, y, posiblemente, sería más claro en las definiciones políticas de la acción renovadora. Por ese motivo, mientras el Cristo y los compañeros tomaban la comida frugal del cenáculo, verdadera multitud se apiñaba, discreta, en las adyacencias. El pueblo aguardaba informaciones del colegio apostólico, entre la ansiedad y la esperanza. Al concluir la reunión, y mientras Jesús y Simón Pedro se demoraban en confidencias, seis discípulos vinieron, cautelosos, a la vía pública. La fisonomía de ellos denunciaba preocupaciones y desencanto. Comenzaron los comentarios, entre los intelectualistas de Jerusalén y los pescadores de Galilea. - ¿Qué dijo el profeta? - preguntó el patriarca, jefe de aquel movimiento de curiosidad - ¿Explicó, después de todo? - Sí - aclaró Felipe con benevolencia. - ¿Y cuál es la base del programa de nuestra restauración política y social? - Recomienda al Señor para que el mayor sea siervo del menor, que todos deberíamos amarnos unos a otros. - ¿Y la señal del movimiento? -preguntó el anciano de ojos lúcidos.


- Estará justamente en el amor y en el sacrificio de cada uno de nosotros - replicó el Apóstol, humilde. - ¿Se dirigirá inmediatamente al César, fundamentando la necesaria protesta? - Nos dijo para confiar en el Padre y creer también en él, nuestro Maestro y Señor. - ¿No se hará, entonces, exigencia alguna? -exclamó el patriarca, irritado. - Nos aconsejó pedir al Cielo lo que sea necesario y afirmó que seremos atendidos en su nombre - explicó Felipe, sin perturbarse. Se entrelazaron, admirados los circunstantes. - ¿Y nuestra posición? - murmuró el viejo - ¿No somos el pueblo escogido de la Tierra? Muy calmado, el Apóstol aclaró: - Dijo el Maestro que no somos del mundo y por eso el mundo nos aborrecerá, hasta que su reino sea establecido. Explotaron las primeras carcajadas. - ¿Pero el profeta -continuó el israelí exigente- no firmó ningún documento, ni se refirió a ningún compromiso con las autoridades? -No -respondió Felipe, sincero e ingenuo, apenas lavó los pies de sus compañeros. Oh! para los hijos vanidosos de Jerusalén era demasiado. Surgieron risas y protestas. - ¿No te dije, Jafet? - habló un antiguo fariseo al patriarca. - Todo eso es una farsa. Un mozo pedante afianzó, después de detestable risa: - ¡Muy buena, esta aventura de los pescadores! Pasados unos minutos, se veía la calle desierta.


Desde esa hora, comprendiendo que Jesús cumplía, por encima de todo, la Voluntad de Dios, lejos de cualquier disputa con los hombres, la multitud lo abandonó. Los discípulos, reconociendo también que Él despreciaba todos los cálculos de probabilidad del triunfo político, se retractaron, decepcionados. Y, desde ese instante, la persecución del Sanedrín tomó gran bulto y el Mesías, solo con su dolor y con su lealtad, experimentó la prisión, el abandono, la injusticia, el azote, la ironía y la crucifixión. Esta fue una de las últimas lecciones de Él entre las criaturas, dándonos a conocer que es muy fácil cantar hosanna a Dios, pero muy difícil cumplir la Divina Voluntad, con el sacrificio de nosotros mismos.

Lección en jerusalén humberto de campos chico xavier  

LECCIÓN EN JERUSALÉN HUMBERTO DE CAMPOS CHICO XAVIER

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