Page 1

LA VISIÓN DIVINA Hubo una devota, que implorando una visión del Señor.

durante

muchos

años

oró,

Se mortificaba. Hacia penitencias aflictivas que le quebrantaban el cuerpo y el alma. No hacía solo rigurosos ayunos, sino que además se adiestraba espiritualmente atesorando en su interior preciosas virtudes cristianas. Alejada del mundo, por su adoración, vivía casi sola, consagrada a una humildad pura que le otorgaba una cristalina fuente de piedad. La oración, se le convirtió, en una luz encendida. Renunció a las posesiones humanas. Se alimentaba mal. Contemplando estática muchas veces el azul del cielo, en evocaciones y oraciones. Muchas veces sentía una voces que venia de abajo, de los hombres, pero ella no se detenía en las intrigas de estos, le agradaba cultivar la fe sin macula, hambrienta de integración con el Divino Amor.


Muchas veces, con los ojos llenos de lágrimas, suplicaba a lo Alto: -Maestro ¿Cuándo vendrás? Terminada la suplica, volvía a los quehaceres domésticos, consagrándose a las personas que le eran queridas. Distribuya el agua y el pan en la mesa, cariñosamente. Enseguida se entregaba a la lectura de páginas seráficas. Reflexionaba el ejemplo de los santos y les pedía fuerzas para conducir su propia alma al Divino Amigo. Pasó así toda su vida, arrugas le marcaban el rostro, su cabellera antes negra, ahora comenzaba a encanecer. Con sus ojos ya pesados miraba al firmamento, aguardando la visita Celestial. Cierta mañana vio en el espacio, un punto luminoso, creciendo… creciendo… hasta transformarse en la figura del Benefactor Eterno.

Se emociono y meditando se preguntaba: ¿Qué preciosa gracia le aria el Salvador? ¿La llevaría al Paraíso? ¿La enriquecería con el milagro de santas revelaciones? Asombrada vio, que el Maestro pasó junto a ella, como si no la percibiese su presencia. Entre la desilusión y la admiración, vio que Jesús se parara más adelante, en la intimidad con caminantes distraídos. Inmediatamente, conteniendo los latidos de su corazón en el pecho, cruzó la calle, y deslumbrada, se acerco a El y le rogó, arrodillándose: ¡Señor, dígnate recibirme como esclava fiel!... ¡Muéstrame tu voluntad! ¡Mándame y obedeceré!...


El Embajador divino le acarició los cabellos salpicados de nieve y respondió: ¡Ayúdame aquí ahora!... Dentro de poco, pasará un pobre niño recién nacido. No tiene padre que le ame en la Tierra ni un hogar que lo acoja. En apariencia, es un retoño infeliz de una humilde mujer. En cambio, es un valioso trabajador del reino de Dios, cuyo futuro nos corresponde prevenir. Ayudémoslo, así como a otros hermanos necesitados, a los cuales debemos amparar con nuestro amor y dedicación. Enseguida, por más que se esforzaba, ella nada más vio. El Maestro desapareció en la neblina revoloteante… Con el alma renovada, aguardó el momento de servir. Y, cuando la infortunada madre apareció, abrazando a un angelito enfermo, la sierva de Cristo la socorrió, rapidamente, con alimentación y ropa adecuada. Desde entonces, la devota transformada, no espero más a Jesús, inmóvil y celosa, en la ventana de su amplio aposento. Después de una corta oración, descendía al trabajo con la multitud desconocida, y ejecutaba tareas aparentemente sin importancia, como lavar las heridas de un transeúnte, socorrer a una criatura enferma, o llevando una palabra de alivio o consuelo. Procediendo así, radiante, volvió a ver, muchas veces al Señor que le sonreía agradecido… El servidor que confía en la Ley de la Vida reconoce que todos los patrimonios y glorias del universo pertenecen a Dios. En vista de eso, pasa por el mundo, bajo la luz del entusiasmo y de la acción en el bien incesante, completando las pequeñas y grandes tareas que le competen, sin enamorarse de sí mismo en la vanidad y sin esclavizarse a las creaciones de que abra sido venturos instrumento.


Relevemos nuestra fe, a través de nuestras obras en la felicidad común y el Señor conferirá a nuestra vida el indefinible crecimiento de amor y sabiduría, de belleza y poder. No nos concentremos en la fe sin obras, que constituye embriaguez peligrosa del alma, ni te consagres a la acción, sin fe en el Poder Divino o en tu propio esfuerzo. La fe, en esencia, es aquel grano de mostaza de la enseñanza de Jesús, que en pleno crecimiento, a través de la elevación por el trabajo incesante, se convierte en el Reino Divino, donde el alma del creyente pasa a vivir. Guardar, pues, el éxtasis religioso en el corazón, sin cualquier actividad en las obras de desenvolvimiento de la sabiduría y del amor, consustanciados en el servicio de caridad y de educación, será conservar en la tierra viva del sentimiento un ídolo muerto, sepultado entre las flores inútiles de promesas brillantes.

La visión divina (historia)  

LA VISIÓN DIVINA (HISTORIA)

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you