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10 de septiembre del 2010 El envejecimiento, es un término general que, según el contexto en que aparezca, puede referirse a un fenómeno fisiológico, de comportamiento, social o cronológico. Los jóvenes e incluso los ancianos tienden a pensar que la vejez está relacionada con la tristeza y la decadencia, pero en la realidad no sucede así. El envejecimiento constituye una característica fácilmente identificable en un grupo humano. En cierto sentido refleja su grado de desarrollo social. Por consiguiente, su estudio será una herramienta que puede aportar interesantes y valiosos resultados para mejorar el trabajo y brindar un mejor apoyo a los ancianos. El psicólogo Peter Ubel, ha llevado a cabo diversos estudios sobre este tema, descubriendo que la gente es a menudo sorprendentemente feliz, incluso en


condiciones muy desfavorables, lo que sugiere una adaptabilidad a los problemas médicos o de otra índole. La gente suele creer que la felicidad depende de nuestras circunstancias, y que si algo bueno ocurre, esto la garantizará a largo plazo, mientras que si sucede algo malo, la felicidad terminará. Sin embargo, la felicidad sucede gracias a nuestros recursos emocionales subyacentes, que suelen aumentar según vamos cumpliendo años. Con la edad, aprendemos a manejarnos mejor con las idas y venidas de la vida, por lo que, en la vejez, somos capaces de sentirnos más felices a pesar de que, objetivamente, hayamos entrado en la decadencia física. Según declaraciones del profesor Ubel en el comunicado de la universidad de Michigan, el secreto para que seamos más felices en la vejez es muy sencillo: los tropiezos en la vida nos hacen más sabios, lo que provoca generalmente una mejoría en nuestras emociones. Sea cuales fueren nuestras condiciones al nacer, el caso es que las experiencias a lo largo de la vida conllevan la adquisición de conocimiento, y eso nos hace más felices, incluso frente a la adversidad. El recuerdo que solemos mantener de la juventud es el de las posibilidades que teníamos aún por descubrir, el de un cuerpo sin deterioros y el de las diversiones. Sin embargo, también hay que recordar cómo aún teníamos que aprender acerca de ciertas emociones básicas, a relacionarnos con los demás, acerca de nosotros mismos, etc. Probablemente, con la edad nos parezca más fácil vivir que al principio de la vida, insiste Ubel. Un error fundamental es el haber orientado la mirada en el aspecto de deterioro que se da en la vejez. En el anciano también hay facultades que alcanzan el máximo de su esplendor, como la sabiduría, la sencillez, la tolerancia, la capacidad de escucha, el gozo de los placeres simples de la vida, el disfrute de la compañía. En los estudios que se hacen de la persona anciana, de alguna manera, sigue prevaleciendo este enfoque carencial que destaca en el orden fisiológico; los cambios de apariencia física, la declinación gradual del vigor y la pérdida de la habilidad física para resistir las enfermedades o las condiciones a las que se enfrenta el individuo por el medio, en los aspectos psicológicos; el deterioro en los procesos sensoriales, las destrezas motoras, las percepciones, las inteligencias, la habilidad de resolver problemas, el entendimiento, los


procesos de aprendizaje, los impulsos y las emociones, las dificultades en el comportamiento. En la gerontología actual, no obstante, se ha ido tratando de diferenciar aquellos deterioros que tienen que ver con la edad y los que son frutos de las enfermedades. Sus aportaciones han permitido o favorecido el auto cuidado y la visión del proceso de envejecimiento como un fenómeno natural pero no de deterioro sino de crecimiento y oportunidades para el desarrollo de estrategias personales para su enfrentamiento y con ello lograr evitar las consecuencias del mismo y más bien optimizar dichos recursos y potencialidades para una buena calidad de vida. Independientemente de los avances en la atención de las personas ancianas, hay un hecho insoslayable: la sociedad de hoy le teme a la vejez, sobre todo por la disminución física y mental. Si se asume que esta disminución trae aparejada una incapacitación para funcionar autónomamente, esta etapa aterroriza porque hace del hombre un ser dependiente socialmente. Estas pérdidas provocan un cambio en el estatus social que deteriora la imagen que se tiene de sí mismo y la propia valía personal. Esta dependencia obliga a quienes les rodean a atenderlos y crear servicios de apoyo. Casi pareciera que se vuelve una carga para la sociedad. Un factor que influye en las actitudes hacia el viejo es la situación económica. Parece ser que contar con recursos económicos para la sobrevivencia, en esta sociedad, hacen la llegada a la vejez muy diferente. Pues por una parte la actitud de la sociedad y de la familia es distinta, se tienen más consideraciones hacia los viejos que cuentan con propiedades u otros recursos, pues el interés por los bienes se hace manifiesta a través de la aspiración a la herencia. Además no son una carga y ellos pueden pagar sus gastos, así como su cuidado. En el caso de los viejos pobres que llegan a esta edad sin contar con un patrimonio, ni una situación económica estable, pero sobre todo que durante su vida por atender las necesidades de la familia y en particular de los hijos, no pudieron adquirir una vivienda y tienen que vivir en casas de sus hijos o demás familiares, lo que tiende a deprimirlos y generarles la desesperanza, que también los hace más vulnerables. Y por otro lado representan una carga para la familia que en ocasiones por cuidarlos tiene que abandonar sus trabajos y eso merma la economía familiar, lo que deteriora más aún la calidad de vida, y


cuando no se abandona el trabajo se deja a los viejos solos, y dicho abandono también tiende a deprimirlos y a desear morir. La vejez constituye hoy en día uno de los problemas sociales que reclaman la mayor atención por parte de los gobiernos e instituciones de la sociedad. Se enfrentan por los países en el mundo las necesidades acuciantes de una población envejecida, sumida una buena parte de ella en condiciones de absoluta pobreza y abandono. La atención al anciano será siempre desde una escucha abierta, positiva y sin juicios de valor ni prejuicios. Esta atención lleva implícita la dedicación de un cierto tiempo para escuchar cómo está esa persona mayor, cómo vive, qué quiere, qué le gusta, cómo percibe sus recuerdos y experiencias. Esta actitud es muy diferente a la de “oír las batallitas del abuelo”. La escucha de la que hablamos es humana y está teñida de aprecio, consideración, cercanía y acompañamiento. Equivocados están los que piensan que la persona de edad avanzada aparece como una pieza inservible, en el movimiento de la vida. Muchos son los hombres y mujeres que tan pronto pasan de los cincuenta o sesenta, se ponen en situación psíquica de quienes ya se encuentran marchando para el fin, para la estática. Es verdad que no tienen las mismas capacidades físicas, las mismos reflejos, las mismas disposiciones, que son características que se encuentran en la fase de la juventud. Sin embargo no hay razón para el desanimo ni para la compulsiva jubilación, mientras Dios nos mantiene en el campo de las lides corporales. Si los años hacen sobre usted, compañero o compañera, no se marchite. Después de las agonías e inseguridades, ansiedades e inconsciencias que quizás hayamos sufrido durante la juventud, nos debemos valer de las experiencias y ampliación de vistas del tiempo concedido para ponernos a servir más en el taller del Creador, que es el mundo. Hay que hacer todo lo que sea posible para no alejarnos de las líneas de la utilidad, de la laboriosidad. Dialogue, sin hacerse excesivamente hablador, causando indisposición en los que lo escuchen, pero hable para y por el bien.


Desarrolle un arte cualquiera, ya sea la música, la interpretación instrumental, cualquier forma de mantenerse ocupado en laboriosos menesteres le será de gran ayuda. La costura, el jardín, la cerámica, y muchas otras cosas, pueden ayudarle a olvidarse un poco de sí mismo e ilusionarse en nuevos emprendimientos. La participación en actividades sociales, culturales, deportivas y de voluntariado social contribuye a mantener el bienestar subjetivo entre los mayores; siendo imprescindible ofrecerles la posibilidad de tomar parte activa allí donde se identifican sus necesidades y se adoptan decisiones que les conciernen.

Las personas mayores, dependientes o no, son antes que nada ciudadanos, con derechos, obligaciones, capacidad de decisión y derecho a ser los protagonistas de su propia vejez. De ahí que, a la hora de planificar y programar, tanto la Administración como las entidades de la sociedad civil que se encuentran implicadas en su acompañamiento y atención, deben hacer un esfuerzo por escuchar y atender aquello que los propios mayores expresan entre sus deseos, necesidades y preferencias. Los programas de educación con personas mayores deben partir de aquello que los mayores ya conocen y les interesa. Aprender ayuda a las personas mayores a completar su proyecto vital, reforzando el compromiso con la vida que previamente se tuviera.

La actividad cognitiva, los programas de ejercicio físico saludable; unos buenos hábitos de salud y nutrición, una adecuada red de relaciones sociales satisfactorias, la correspondiente autoestima y cierto nivel de compromiso social son buenos elementos del envejecimiento saludable que todos deseamos. Muchas veces, no se dispone de la necesaria paciencia para aprender hacer, aun así, aprenda y practique; no se deje llevar por las limitaciones innecesarias. Donde este coopere, con cualquier servicio, no se deje dominar por el pensamiento negativo de “soy un viejo inservible”, no se admita jamás cansado,


estancado, o acabado, por no tener las mismas predisposiciones que en su mocedad. Mientras estemos hospedados en el cuerpo material sepa que deben existir motivos que se nos escapan, pero que están en los planes del señor. Por lo tanto no tenemos que dejarnos marchitar, ni descorazonar en la fe. Persistamos sirviendo y produciendo en los esfuerzos de la vida, al alcance de nuestras condiciones generales. Realice ejercicios mentales de comprensión y racionalice los percances y limites de la edad, evitando rebeldías, represiones, amarguras y lamentaciones en función de la edad avanzada. Sea jovial en las actitudes, transformando su estación provecta en terreno de cariño y de ternura para cuantos se aproximen a su vejez, equilibrada y feliz. No reprenda a los jóvenes llamándolos “cabeza hueca, inútiles” afirmando, que “en sus tiempo no era así” en todas las épocas, en el seno de cualquier pueblo, siempre han existidos aturdidos y exóticos, llamando la atención de todos. No maldiga la existencia, pues si a su alrededor existen problemas de difícil solución, en función de la edad con su sequito de trastornos, recuerde que un día no muy distante, usted, salto, corrió, amó, se equivocó, y acertó, con la misma movilidad y, posiblemente con la misma argumentación usada por los jóvenes de hoy en día. Procure tener buen ánimo y siga adelante, conduciendo las bendiciones de su vejez. Solo la muerte del cuerpo nos deberá impedir de actuar sobre él, en las labores de Dios mientras ella no llega, debemos continuar trabajando. Seguramente, usted cuenta con la dicha de ser abuelo, una experiencia afectiva que propician elevadas alegrías al corazón. Ser abuelo o abuela es hacerse padre o madre dos veces, lo que configura una indiscutible verdad. Ser agraciado con la honra de ver a los hijos de sus hijos, de poder acompañar su desarrollo, de cooperar en el proceso de su felicidad provoca sentimientos legítimos y ennoblecidos que a nadie se le ocurrirá oponer o condenar. También en esta misión de ser abuelo, tenemos que considerar algunos puntos importantísimos, al principio los abuelos deben ejercitar la virtud del respeto a sus hijos, en lo que se refiere a la orientación que deseen ellos ofrecer a sus nietos.


Es comprensible que los abuelos tienen mayores experiencias de la vida que sus hijos; sin embargo, deben permitir que esas buenas experiencias coronen las frentes de sus hijos, a fin de que estos no se hagan continuados tontos con relación a los propios compromisos, porque sus padres toman su papel. En la actuación de abuelo o abuela será imprescindible que no tome sus hombros el deber de criar, de educar a sus nietos cuando todo esté en la faja de la normalidad, solo se justifica esta conducta en los casos de orfandad o de desastres morales, pues como abuelo o abuela usted tiene propios deberes delante de su existencia, lo que no deberá menospreciar, teniendo en consideración que marcha para el cierre de su vida terrena, teniendo mucho que realizar no solo paenas por sus nietos, sino por todos los que necesiten de usted. Aprenda, en el ejercicio del respeto a sus hijos, a no conducir a sus nietos por la ruta de sus concepciones, sin que los padres concuerden con ellas. Si desea tomar una posición ante sus nietos sobre cuestiones graves o definitivas, dialogue con sus hijos, primeramente, haciéndolos aceptar sus puntos de vista. Nunca se olvide que en la posición de abuelo o de abuela, usted será forzosamente suegro o suegra, y es muy desagradable, incluso irrespetuosa, su intromisión no solicitada. Observando de esta manera si es aceptada o no su idea, o está ocasionando alteraciones funcionales entre sus hijos y sus cónyuges, silencie con naturalidad cohibiendo en si mismo la manía de tener que opinar sobre todo o determinar todo. Sus yernos, o sus nueras no están obligados a aceptar sus posiciones. Tendrán el derecho de discordar, cabiendo a usted el esfuerzo por emplear sobriedad y autocritica, que le permitirán mantener un clima de paz con sus afines. Procure no abarrotar a sus nietos con regalos caros. Pregunten antes a los padres de lo que necesitan o lo que a los pequeños les gustaría que se les regalara, si ya lo señalaron.


Procure no sofocar a sus nietos con el conjunto de hábitos que han caracterizado su época. Evite conflictuarlos cuando ellos están recibiendo la palabra de los propios padres. Cuando tenga oportunidad, hable del bien y del amor, de las buenas costumbres y de la noble vivencia; sin embargo, no imponga nada, no exija nada, entendiendo que la responsabilidad directa con ellos no les pertenece. Intente no generar en los corazones de sus nietos inseguridad. En el caso de que sus nietos no reciban ejemplo en el propio hogar o para forzar la directriz que ya los alumbra en el ámbito domestico, asístalos con cariño, con su vivencia alegre, honesta y útil, para que sirva de ejemplo a los retoños de sus hijos. Amelos sin apego, con su madurez; ayúdeles sin hacer sus deberes; agrádeles sin envanecerles; hábleles de Jesús sin sentimientos ridículos, para que su participación en sus vidas pueda asemejarse a un rastro brillante, una luz espiritual, apuntándoles caminos de honorabilidad y de paz, discreta e inteligente. No justifique que los padres de hoy no saben educar, puesto que el Creador, teniendo visión plena de todo, les consintió la paternidad y la maternidad, en el derrotero terrestre. Jamás se indisponga con sus hijos y afines por sus nietos, puesto que estos están junto a aquellos obedeciendo a las irreprochables Leyes de la Vida y del Destino. Sea un abuelo o abuela equilibrada, dando espacio para que sus hijos actúen en el campo que Dios les dio para burilarse y crecer. Ayude, apenas, cuando sea solicitado a hacerlo. Confié en el Señor que es el Gran Padre de sus hijos de sus nietos y de usted mismo. Qué difícil es envejecer con alegría y naturalidad! ¡Qué duro es reconocer que se ha entrado en el atardecer de la vida y captar, al mismo tiempo, que aún queda mucho por hacer! Y al mismo tiempo, que eso que queda por hacer es algo muy distinto, ¡aunque no menos importante que lo hecho hasta ahora!


Hay tres cosas y que producen pena: un “viejo” de cuarenta años, un viejo que se cree “joven” y un viejo que se cree “muerto”. Y una que produce alegría, un “joven” de ochenta años, es decir un viejo que asume la segunda parte de su vida con tanto coraje e ilusión como la primera. Pero para ser uno de esos, hay que aceptar, que el Sol del atardecer es tan importante como el del amanecer y el del mediodía, aunque su calor sea muy distinto. El Sol no se avergüenza de ponerse, no siente nostalgia de su brillo matutino, no piensa que las horas del día le estén “echando” del cielo, no cree que es menos luminoso ni hermoso porque el ocaso se aproxima. Tampoco su resol sobre los edificios es menos importante o necesario que el que, hace algunas horas, hacía germinar las semillas en los campos o crecer las frutas en los árboles. Cada hora tiene su gozo y el Sol cumple, hora a hora, con su misión. Es verdad que la Naturaleza es más piadosa con las cosas, que los hombres con ellos mismos. Nadie desprecia al Sol de la tarde, ni le empuja a jubilarse, ni le niega el derecho a seguir dando su luz, débil, pero luz verdadera, necesaria, a veces la más hermosa. ¡Qué bien sabe el enfermo lo dulce de este último rayo de sol que se cuela, por la última esquina de la ventana! ¡Si todos los ancianos entendieran que su sonrisa puede ser tan hermosa y fecunda, como ese último rayo de sol antes de ponerse! ¡Si comprendieran que el Sol nunca es amargo, aunque sea más débil! ¡Si pensaran lo orgulloso que se siente el Sol de ser lo que es, de haberlo sido, de seguirlo siendo hasta el último segundo de su estancia en el cielo! ¡Señor, no me dejes marchar hasta haber repartido el último rayo de mi pobre luz! El resumen perfecto de estos Reflexiones es la siguiente oración de José Laguna Menor. ¿Hay algo que añadir? Sí, ¡hay que vivirlos! Señor, enséñame a envejecer como cristiano. Convénceme de que no son injustos conmigo: los que me quitan responsabilidades;


los que ya no piden mi opinión; los que llaman a otro para que ocupe mi puesto. Quítame el orgullo de mi experiencia pasada y el sentimiento de que soy indispensable. Pero ayúdame, Señor, para que siga siendo útil a los demás, contribuyendo con mi alegría al entusiasmo de los que ahora tienen responsabilidades. Y que acepte mi salida de los campos de actividad, como acepto con sencilla naturalidad la puesta del Sol. Finalmente te doy gracias, pues en esta hora tranquila caigo en la cuenta de lo mucho que me has amado. Concédeme que mire con gratitud hacia el destino feliz que me tienes preparado. ¡Señor, ayúdame a envejecer así! José Laguna Menor

Trabajo extraído del libro “Vereda Familiar” de Raúl Texeira y de páginas de Internet


La vejez (conferencia mercedes cruz)