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LA PALABRA DEL MUERTO Chico Xavier Cuando Saúl notó el peso de las tremendas responsabilidades en el campo de la autoridad y del poder, se acordó inmediatamente de Samuel, el gran juez que le había precedido en la dirección de los israelitas. Aunque el noble varón había sido arrebatado al mundo de la muerte, el rey sabía que los muertos pueden volver, haciéndose oír. Interrogando a los áulicos de su séquito, supo que en Endor había una pitonisa que quizá pudiese satisfacer sus propósitos. No vaciló y se dirigió a ella. Y cuando la intermediaria cayó en trance, tras amonestarlo en cuanto al anonimato a que se había recogido, he aquí que Samuel surge ante sus ojos asombrados. No es un fantasma quien lo visita, trayendo vestigios de la sepultura. Es el verdadero Samuel, materializado a plena luz, quien le extiende las manos


acogedoras. No exhibe las insignias de juez, y su mirada, otrora severa y autoritaria, se mantiene impregnada de humildad infinita. Amplia capa resguarda su cuerpo, y mientras recompone su figura a fin de charlar tranquilamente, Saúl cae arrodillado, en llanto convulsivo. —Oh, santo Juez de Israel — pregunta el rey, emocionado y confundido — ¿dónde están tus insignias de Enviado de Jehová? ¿Por qué vuelves del sepulcro, pobre y simple, como cualquier mortal? Samuel lo contempló tristemente, y contestó: —¡Saúl, que el Eterno te bendiga y te conceda paz! No me preguntes por las posesiones y los honores efímeros. Mi toga de lino de juzgador y mi espada de guerrero han quedado para siempre en el sepulcro de Roma. El hombre que ejerce la Justicia no debe aguardar, ante el Supremo, prerrogativas diferentes que los que felicitan a los ministros del Señor, en cualquier trabajo provechoso… Pero ¡escucha! ¿Qué te induce a traerme del sepulcro? ¿Por cuáles razones interrumpes mi trabajo en el reino de los muertos? Saúl enjugó las lágrimas abundantes y dijo: —Oh, Gran Juez, ¡aconséjame! ¡Estamos en vísperas de grandes batallas y tengo el corazón lleno de malos presagios!... Me siento inquieto, dubitativo… ¡Dime qué piensas, concédeme tus directrices sabias y justas! El Espíritu de Samuel lo contempló, melancólicamente, y volvió a preguntar: — ¿Qué deseas que te diga? — ¡La verdad! — dijo el rey jadeante. La entidad sonrió y observó: —Entre los hombres que viven en la carne y los que han revivido, fuera de ella, al sublime influjo de la muerte, la verdad es siempre terrible. ¿Podrás, acaso, soportarla? Respondió Saúl afirmativamente. El Espíritu materializado se adelantó hacia él, acarició su cabeza y dijo, conmovido:


—Vuelve entonces al pueblo de Israel, desarma nuestro ejército y di a la nación que nuestro orgullo racial es un error nefasto y profundo, frente a la muerte, inevitable para todos. Notifica a las doce tribus que nuestras guerras y atritos con los vecinos son malditas ilusiones que agravan nuestras responsabilidades, ante el Dios Altísimo. Hazles saber que la muerte me ha enseñado, a mí, último juez de los israelitas, las más extrañas revelaciones. El Señor Supremo no está en nuestra área de sustancia perecedera del mundo, que no es más que mero símbolo, aunque respetable… ¿Dónde habremos ido a buscar tanta osadía como para considerarnos privilegiados del Eterno? ¿Qué espíritus satánicos penetraron en nuestros hogares, para que odiemos el trabajo pacífico, entregándonos al monstruo de la guerra, que extiende el hambre, la peste y la desolación? Es verdad que nuestros antepasados han sufrido mucho en las persecuciones de Babilonia y en el cautiverio de Egipto, pero también es innegable que nunca hemos sabido valorar los favores y las gracias de Jehová, el Padre Magnificente. Reajustando ahora mis conocimientos por las imposiciones del sepulcro, yo mismo, que cultivaba la Justicia y suponía servir al Señor, comprendo cuánto me he alejado de las voces espirituales que nos inducen al escrupuloso cumplimiento de la Ley. Hoy me veo forzado a socorrer a nuestros armadores y flecheros, guerrilleros y pajes de armas, que lloran y sufren junto a mí y a quienes he ayudado en la matanza. Regresa pues, Saúl, mientras es tiempo, y enseña a los nuestros la realidad dura y angustiosa. Explícales que los filisteos también son hijos del Altísimo y que, en vez de odiarnos, es imprescindible que nos amemos los unos a los otros, ayudándonos recíprocamente como hermanos. Los hogares de Jerusalén no son mejores que los de Escalan. ¡Ve y enseña a nuestro pueblo una vida nueva! ¡As que los instrumentos destructores y de exterminio se empleen en el trabajo pacífico y bendito en el suelo de la Tierra! Saúl sollozaba, de rodillas. ¿Cómo aceptar aquellos consejos inesperados y humillantes? No se sentía con la fuerza necesaria para retroceder. Buscaba orientación para la victoria en la batalla, ¿y el juez inolvidable de Israel regresaba del misterioso reino de la muerte para inducirlo a la sumisión? El Espíritu de Samuel comprendió su lucha interior y dijo, cariñoso:


—Acuérdate del tiempo en que, humildemente, reunías jumentas en el campo, en la pobre condición de descendiente de la tribu de Benjamín, y no te extrañen mis palabras. Recuerda que cuando el Señor desea conocer las conquistas de un alma, le da la autoridad y la fortuna, el gobierno y el trono para la terrible experiencia. Atiende a Dios y domínate. Ejecuta la Voluntad del Señor y olvídate, para que puedas de hecho triunfar, por su Divina Misericordia. Se hizo entonces pesado silencio. Como Saúl llorase, el mensajero, deseando terminar la entrevista, preguntó: — ¿Desistirás de la carnicería? ¿Te reconciliarás con tus enemigos? ¿Enseñarás al pueblo la humildad, el servicio y la concordia? El rey de Israel hizo un esfuerzo supremo y contestó: — ¡Es imposible! ¡No puedo! El Espíritu lo contempló con profunda tristeza y añadió: — ¿Cómo pides, entonces, consejos a la luz de la sabiduría, si prefieres la prisión en las tinieblas de la ignorancia? El Señor te envía por mi boca las verdades de hoy, pero si persistes en desatenderlo, rasgará el reino que guardas en las manos y entregará a otro la autoridad. Y si no das oídos a la Divina Palabra, y ejecutas los siniestros propósitos de tu ira, sufrirá Israel contigo las consecuencias de tu rebeldía, caerás ante los golpes del adversario; y mañana mismo serás recogido por la muerte, juntamente con tus hijos, ¡y vendrás a aprender con nosotros que nadie confundirá al Eterno Poder! Volvió Samuel a su condición en el plano invisible y Saúl cayó desmayado de espanto, mientras la pitonisa despertaba para socorrerlo. Y tal como le ocurre a mucha gente que ruega la orientación de los Espíritus desencarnados, Saúl despreció las advertencias que había oído y atendió a los caprichos condenables de su corazón; pero al siguiente día también, estaba con sus hijos en el camino sombrío del sepulcro, a fin de aprender con la muerte las sagradas lecciones de la vida. Extraido del libro de chico Xavier “Lazaro”



La palabra del muerto (chico xavier)