Issuu on Google+

La Misericordia La misericordia es el nombre bíblico del amor. Es el amor con estas tres característi-cas esenciales: gratuito, personal y entrañable. En realidad, todo amor, para que merezca este nombre tiene que ser entrañable, personal y gratuito. Todo amor verdadero cumple, a la vez, estas tres condiciones, que son constitutivas e irrenunciables del verdadero amor. San Agustín dice que la misericordia nace del corazón, que se apiada de la miseria ajena, corporal o espiritual de tal manera que le duele y entristece como si fuera propia llevando a poner – si es posible – los remedios oportunos para intentar sanarla. La misericordia no es un paso previo o una forma rebajada de la justicia: va más allá de la justicia, precisamente porque tiene


su origen en la caridad, que nos mueve a amar a los demás con el amor de Dios. No es suficiente limitarse a vivir la justicia, sin más, para considerarse cristiano y para alcanzar el Reino de los Cielos: Dice Jesús en el Evangelio: Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino, que os está preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era peregrino, y me hospedasteis; estando desnudo, me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; encarcelado y vinisteis a verme (Matth. XXV, 34–36). La disposición a compadecerse de los trabajos y miserias ajenas. Se manifiesta en amabilidad, asistencia al necesitado, especialmente de perdón y reconciliación. Es más que un sentido de simpatía, es una práctica. La Misericordia es también un sentimiento de pena o compasión por los que sufren, que impulsa a ayudarles o aliviarles; en determinadas ocasiones, es la virtud que impulsa a ser benévolo en el juicio o castigo. La misericordia es el complemento de la dulzura, porque la persona que no es misericordiosa no puede ser tierna y pacifico; la misericordia consiste en el olvido y el perdón de las ofensas. El odio y el rencor denotan un alma sin elevación y sin grandeza, pues el olvido de las ofensas es propio de almas elevadas que están fuera del alcance del mal que se las quiere hacer; la una siempre está ansiosa, es de una susceptibilidad sombría y llena de hiel; la otra está serena, llena de mansedumbre y de caridad. Ay del que dice: yo no perdonare nunca, porque si no es condenado por los hombres, ciertamente lo será por Dios. ¿Con qué derecho reclamará el perdón de sus propias faltas, si el mismo es incapaz de perdonar a los otros? Jesús nos enseña que la misericordia no puede tener límites, cuando dice que debe perdonarse al hermano que nos ha ofendido no siete veces, sino setenta veces siete veces.”


Un alma elevada no puede conocer el odio ni practicar la venganza. Se cierne por encima de los bajos rencores, ve las cosas desde lo alto. Comprendiendo que los errores de los hombres no son más que el resultado de su ignorancia, no concibe la hiel ni el resentimiento. Solo sabe perdonar, olvidar las equivocaciones del prójimo, aniquilar todo germen de enemistad, borrar toda causa de discordia en el porvenir, tanto en la Tierra como en la vida en el Espacio. La misericordia es una actitud bondadosa de compasión hacia otro, generalmente del ofendido hacia el ofensor o desde el más afortunado hacia el más necesitado. En el cristianismo, es uno de los principales atributos divinos. No hay que confundir la misericordia con la lástima. « Lástima es un sentimiento menos vehemente y más pasajero que compasión. Así es que de la palabra lástima no se deriva un adjetivo aplicable al que la siente, sino al objeto que la provoca, y lo contrario sucede con la palabra compasión, de que se deriva compasivo. Son lastimeros o lastimosos los infortunios, las enfermedades, el hambre y la persecución. Son compasivas las personas en quienes estos males producen lástima..» ? ? «La lástima se aplica con más propiedad a la sensación que nos causa el mal que se ofrece a nuestros sentidos; y la compasión al efecto que causa en el ánimo la reflexión del mal: porque aquella no explica por sí sola más que la sensación de la pena, o el disgusto que causa el mal ajeno; pero la compasión añade a esta idea la de una cierta inclinación del ánimo hacia la persona desgraciada, cuyo mal se desearía evitar. No nos mueve a compasión la suerte de un asesino condenado a muerte, pero nos da lástima el verle padecer en el suplicio. Nos da lástima el ver morir a un irracional; nos da compasión el triste estado de una pobre viuda. La compasión supone siempre un sentimiento verdadero. La lástima se emplea algunas veces para representar un sentimiento tan ligero, que apenas merece el nombre de tal; como: Es una lástima que no haga buen tiempo.»


Hay dos formas muy diferentes de perdonar; el primero es grande, noble, verdaderamente generoso, sin segunda intención, que maneja con delicadeza el amor propio y la susceptibilidad del adversario, aunque este último tuviera toda la culpa; el segundo, es cuando el ofendido, o el que cree estarlo impone al otro condiciones humillantes y hace sentir el peso de un perdón, que irrita en vez de calmar, si le tiende una mano; no es por benevolencia , sino con ostentación, a fin de decir a todo el mundo: ¡Mirad cuan generoso soy! En este caso la reconciliación por ambas partes no es sincera. Es una forma de satisfacer el orgullo. Reconciliémonos con nuestro adversario mientras estamos con él en el camino; no sea que nuestro adversario nos entregue al juez y el juez te entregue al ministro, y seas encerrado en la cárcel. En verdad te digo, que no saldrás de allí hasta que no pagues el último cuadrante (San Mateo, cap. B. v. 25 y 26) Sabemos que la muerte no nos libera de nuestros enemigos; los espíritus vengativos nos persiguen muchas veces más allá de la tumba con un odio hacia los que guardan rencor, por eso nos conviene cuanto antes mejor, reparar los daños que hemos podido causar a nuestro prójimo, perdonar a nuestros enemigos con el fin de desvanecer, antes de morir, todo motivo de disensiones y animosidad ulterior. De esta forma, al enemigo encarnizado en la vida actual, podemos hacer un amigo al otro lado de la vida. Cuando Jesús nos recomienda reconciliarnos con nuestro adversario, no es solo con las miras de apaciguar las discordias durante la existencia actual, sino que también con la de evitar que se perpetúen en las existencias futuras. El dijo: no saldréis de allí hasta que no paguéis el último óbolo, es decir, hasta que no quede satisfecha totalmente la justicia de Dios. La caridad, la mansedumbre, el perdón de las injurias nos hace invulnerables, insensibles a las bajezas y a las perfidias. Provocan nuestra emancipación progresiva de las vanidades


terrenales y nos acostumbran a dirigir nuestras miradas hacia las cosas a las cuales la decepción no puede alcanzar. Perdonar es el deber del alma que aspire a los cielos elevados. ¡Perdonemos para merecer ser perdonados! no podremos obtener aquello que rehusásemos a los demás. Si queremos vengarnos, que sea por medio de nuestras buenas acciones. El bien hecho a quien nos ofende desarma a nuestro enemigo. Despertando su conciencia adormecida, esta lección producir en él una fuerte impresión. Por este medio, quizás iluminándolo, hemos conseguido alcanzar un alma a la perversidad. La indulgencia, la simpatía y la bondad apaciguan a los hombres, los atraen hacia nosotros, los disponen a prestar oído a nuestra opinión confiados, en tanto que la severidad les rechaza las alejas. La bondad nos crea así una especie de austeridad moral sobre las almas, nos proporciona más medios de conmoverlas y orientarlas hacia el bien. Hagamos de la misericordia una antorcha con cuya ayuda podamos llevar la luz a las inteligencias más oscuras, tarea delicada, pero que hace más fácil un poco de amor hacia nuestros hermanos unido al sentimiento profundo de la solidaridad. La misericordia es la caridad que todos podemos utilizar sin dinero remunerado, ya que se ejerce con los dones del espíritu a los que todos tenemos acceso, entremos y tomemos a manos llenas de esta dadiva divina, Dios la utiliza a todas horas con nosotros sus hijos, ya que nos perdona y no nos guarda rencor por el mal que hacemos contra Él y sus criaturas. Pese al mal que hacemos siempre nos da tiempo, para poder enderezar el camino y llegar a Él. Demos nosotros también la misericordia a todos los que nos ultrajan, y nos hacen daño, démosles tiempo para que cambien y lo harán con más soltura si desde un principio cuentan con nuestra misericordia y con nuestro perdón. No persigamos a los que nos hacen daño, no tengamos en cuenta sus debilidades, donde no podamos perdonar tratemos


de sembrar la indiferencia, hasta que estemos posibilitados para poder hacerlo, pero nunca tomemos la justicia por nuestra mano, ya que Dios nos ve y misericordioso nos deja hacer para que a través de las lecciones del perdón podamos aprender que nada es imposible en este mundo, y que si nosotros hemos sido capaces de superar nuestras imperfecciones, ellos también lo harán, y podrán acompañarnos un día como dulces palomas a los pies del Señor.

Enviado por Merchita


La misericordia (mercedes cruz)