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La caridad El anciano Turiri príncipe de Bagdad, era muy rico, muy sabio, y pasaba por eminentemente virtuoso. En su palacio, los mármoles y los metales preciosos imitaban con sus cincelados, los árboles y las flores. Mantenía a hermosas mujeres, exigiéndoles tan solo que fueran bellas y estuviesen primorosamente ataviadas, y no se incomodaba con ellas aunque fuesen necias y caprichosas. Mantenía a varios poetas, pidiéndoles tan solo que escribiesen versos y canciones cuando les apeteciera, sin incomodarse con ellos cuando sus poesías no eran buenas. Mantenía a buen numero de filósofos pidiéndoles tan solo que discurriesen con el sobre la naturaleza dé Dios y el origen del mundo, y no se incomodaba con ellos cuando por casualidad desatinaban. Una mañana Turiri se paseaba por la calle principal de Bagdad.


Las pirámides naranjas y los montones de rosas, de que estaban atestados los puestos de los vendedores, el hormigueo de las chaquetillas y trajes azules, rojos y verdes se destacaban brillantemente sobre la blancura de la calle, perfumadas magnolias asomaban por encima de los muros de los patios, y el agua corría con grato murmullo en los pilones de las fuentes. Y las jóvenes parecían frescas flores que exhalaban sutilísimo aroma. Y a causa de aquellos perfumes, de aquellos colores y de aquella alegría penetrante, el sabio Turiri sentía remozarse su viejo cuerpo, recordaba con placer días pasados, no veía ninguna objeción grave a la existencia del mundo tal como es, y no estaba lejos de creer que la vida es buena. Dijo en voz alta: ¡Que grato calor y que hermoso sol! Encontró a una niña de cinco años, linda rubia y sonrosada, vestida con una camiseta. Muy seria y con el dedo en la boca, la niña lo miraba por entre los mechones de sus dorados cabellos, y parecía admirar mucho la gran barba de <Turiri, o tal vez las bestias misteriosas bordadas en su manto. Y porque era bonita, Turiri se inclino hacia ella, la beso y puso en su mano una moneda de oro. Luego encontró a un niño de unos diez años. El chico era feo, iba cubierto de andrajos, tenia el rostro lleno de pecas hasta la punta de su arremingada nariz, y sus ojos sin transparencia se asemejaban al agua sucia. Tendía la mano con voz chillona, como quien recita una lección penando en otra cosa, refería que su madre estaba en cama, que tenia siete hermanos y que hacia tres días que no había comido. Turiri frunció el ceño y le dio una moneda de oro. Veinte pasos más allá vio a un viejo mendigo, con el espinazo doblado, sucio, harapiento y el aspecto de un perro apaleado. Su barba era amarilla, y sus ojos encarnados y sin pestañas se parecían a las grietas que abren en los higos maduros. Con voz ronca, lentamente, susurro: ¡Tened piedad de mi, un hombre que no puede trabajar! Y del fétido aliento se escapan vapores de bebidas fermentadas. Turiri le alargo una moneda de plata, pero desde tan lejos que la moneda cayo al suelo, el viejo mendigo se arrodillo trabajosamente para recogerla. Más adelante una mujer de la que no se podía decir si era joven o vieja, llevaba en los brazos a un recién nacido con la cabeza llena de salpullidos y de ulceras.


Humilde como el polvo de los caminos, tan encorvada que no se le veían los ojos, le siguió murmurando con voz lánguida un ruego pertinaz. No por dureza, sino por fastidio, Turiri apretó el paso, pero como aquella miseria y aquel lamento continuaban arrastrándose, detrás de el, empezó a revolver en su cartera sin encontrar lo que buscaba. Al fin, arrojo a la mujer algunas monedas de cobre. Entonces vio a treinta pasos más adelante un hombre sin brazos y sin piernas apoyado en la pared. El hombre con voz fuerte, triste y desafinada cantaba una canción de Isudusi, llena de luz, de pájaros y flores, la cual daba horror de oír. Turiri se detuvo y como aquel al menos no podía seguirlo, hizo como que no lo veía y pasó al otro lado de la calle. Siguió andando, pero ya no sentía alegría de vivir. Dijo en voz alta: ¡Este sol es insoportable! Y regreso a su casa. Entonces habiendo reflexionado, llamo a su intendente y le dijo, ve a la calle principal, allí encontrarás aun mendigo y les darás unas monedas de oro; y enumerando a todos, le ordenó que a todos les diera dinero. Desde aquel día, Turiri cuando salía de paseo, se hacia seguir por un siervo que iba repartiendo dinero a los pobres, ordenándoles que se quitaran del lugar para que Turiri no los viera. Así Turiri cada día se hizo más caritativo. Parecía que se había jurado a si mismo que en Bagdad no habría más pobres. Fundo un hospicio para los niños, uno para los viejos, uno para las madres y otro para los imposibilitados y enfermos. Y cuando le referían que un fingido enfermo o un fingido indigente se había valido de su astucia para hacerse socorrer, decía: dejadme en paz. No tengo tiempo de buscar la verdad ni de distinguir lamentara. De esta manera gasto más de la tercera parte de sus riquezas en ayudar a los pobres. Hasta llegó a reducir el tren de vida de su casa, conservando solo a la más joven de sus esposas, a los más jóvenes de sus poetas y a los menos afirmativos de sus filósofos. Por lo demás seguía viviendo, con todo lujo rodeado de las más esplendidas obras de arte, de la industria y del genio y sabiduría de los hombres, y jamás visito los hospicios que había construido ni las salas donde se atendía a los pobres.


Un día que pasaba por la ciudad se vio rodeado por una multitud de pobres gentes. Todos juntos gritaban que le debían la vida, y muchos se arrodillaban y besaban sus manos. Peo se encolerizó como si aquellas muestras de gratitud lo ultrajasen o el hiciesen sufrir. Y el pueblo le consideró como el hombre más venerable y de más acrisolada santidad que jamás hubiese vivido en Bagdad. Cuando se sintió próximo a morir mando que retirasen a los poetas y los filósofos y solo hizo quedar a su cabecera a una hermosa niña de dieciséis años, a la cual le recomendó que no le dijese nada y no hiciese nada más que mirarle con sus dulces ojos de color azul zafiro. Al morir, los pobres, los antiguos pobres de Bagdad, siguieron su entierro y muchos de ellos lloraban. Más allá de los tiempos, más allá de las formas, más allá del espacio…. ¿En donde fue? No lo sabemos ni yo ni nadie. El alma de Turiri compareció ante Ormuz para ser juzgado. Ormuz le pregunto: ¿Qué has hecho en la tierra? ¿Cuáles son tus obras? Turiri, muy tranquilo respecto a la próxima sentencia, contesto con humildad y modestia, ciertamente, no siendo más que un hombre, he sido débil. Me he deleitado con las hermosas líneas, con los colores esplendidos, con los sonidos, con los perfumes, con los contactos suaves y con los fútiles juegos de la palabra. Pero he fundado con mis riquezas cuatro hospitales, he dado a los pobres tres tercios de mi riqueza, no conservando nada más que para mí una parte. En verdad, dijo Ormuz, no has sido un hombre malo, y en tus acciones muchas veces te ha guiado un Espíritu de Dulzura. Sin embargo, por esta vez, no entrarás en el paraíso. Pero tu alma volverá a encarnar en otro cuerpo, y vivirás otra nueva vida terrestre a fin de expiar y de aprender. Turiri muy sorprendido, pregunto:


¿Y que es lo que tengo que expiar Señor? Reflexiona, sobre ti mismo y conócete mejor. ¿Cuál era tu pensamiento cuando dabas a los pobres tus bienes? ¿El día que encontraste al viejo mendigo, a la mujer pálida con su hijo, y al hombre sin brazos y sin pernas? ¿Qué fue lo que sintió tu corazón? Una inmensa piedad, por el dolor humano, respondió Turiri. Mientes dijo Ormuz. La primera impresión que produjo tu vista fue una sorpresa desagradable. Te recordaba demasiado brutalmente el dolor y la miseria. Te sentías irritado contra ellos porque ofendían tu vista con su desaseo y fealdad. Te indignaba también su envilecimiento, la bajeza con que te imploraban y la porfía de sus cansadas suplicas. Les arrojabas la limosna con repugnancia, y tanto era el desprecio que te inspiraban los desgraciados que un día no pudiste soportar sus acciones de agradecimiento, pues la grosería de las efusiones te molestaban, y la delicadeza de tus nervios negó a aquellos infelices el derecho de probarte con su gratitud, que no eran indignos de tus beneficios. Te esforzaste en suprimir la miseria creyendo que es un baldón para el mundo y que deshonra la vida. Pero yo te lo digo, yo que penetro en las conciencias, había odio y repugnancia en tu caridad. Turiri respondió: lo que yo aborrecía no eran a los miserables, era el padecimiento el mal, Ahriman, nuestro eterno enemigo. Yo soy Ahriman, respondió Ormuz. ¿Vos Señor? Soy Ahriman y soy Ormuz. El bien, no puede más que del mal, la virtud no puede salir más que del dolor. ¿Y es esto señor, lo que habéis podido hacer? No blasfemes. El mal pasará. No existe nada más que para engendrar la felicidad y la virtud. Cuando la Tierra donde se sufre la prueba, haya desaparecido, cuando todas las almas de los justos estén conmigo, entonces será como si el mal no hubiese existido nunca. Esto es precioso dijo Turiri, pero ¿Qué se debe inferir de ello respecto a mi caso? ¿Qué sentimiento podían inspirarme criaturas envilecidas y asquerosas? ¿Y que otra cosa les debía más que aliviar sus miserias?


Para que lo aprendas es que te vuelvo a enviar a la Tierra. Pero señor…. Turiri no pudo decir más… Ormuz desapareció… desapareció Turiri… solo el abismo… Nada más sencillo y más triste que la vida de Turiri. Nació en Escub, hijo de artesanos muy pobres, sufrió hambre y malos tratos durante su infancia. Aprendió un oficio del cual vivió penosamente. Tenía virtudes de pobre hombre; era bastante honrado, bastante bueno y muy bien resignado, pero carecía de la dignidad y de la delicadeza que son el lujo del alma. Se casó para no estar solo. El trabajo le faltaba a menudo. Su mujer y sus dos hijos murieron de miseria. Un día cayó un andamio, y no habiendo tenido los cuidados necesario, quedo eternamente inútil de ambas piernas, con un brazo paralizado, y una llaga incurable en el otro. Tuvo que mendigar. Al principio lo hizo mal, sintiéndose avergonzado, no se atrevía a insistir, y no le daban casi nada. Poco a poco adquirió la costumbre de la mano tenazmente tendida como un instrumento de pesca, de los ademanes humildes, del ruego que persigue al transeúnte y que espera cansarle. Desde entonces recibió poco más o meno lo suficiente para no morirse de hambre. Y no teniendo alegría en el mundo, cuando le quedaban algunas monedas se embriagaba con el licor fermentando del maíz. Una joven muy pobre que habitaba en un cuarto antiguo, habiéndole visto varias veces, se compadeció de el. Todas las mañanas le curaba las llagas, le hacia la cama., le preparaba su pobre comida y le remendaba las ropas sin pedirle nada a cambio. Se llamaba Krika, y no era hermosa, pero había tanta bondad en sus ojos que daba gusto encontrar su mirada. Y sin saber porque, Turiri acechaba todas las mañanas desde su miserable lecho el momento en que Krika al levantarse se asomaba a la ventana. Un día un hombre rico, cuando Turiri mendigaba, le arrojo con repugnancia una moneda de oro. En aquel momento, Ormuz permitió que su alma recordara haber sido Turiri. Y Turiri ver una expresión de odio en la mirada de aquel hombre rico que le daba la limosna. Y entonces comprendió el porque le había condenado Ormuz. Comprendió que también el en su vida anterior al mismo tiempo que socorría a los miserables, les había odiado por su envilecimiento y fealdad, por cosas de las


que ellos no eran responsables. Al día siguiente cuando entro Krika a curarle la llaga la miro. Vio que desempeñaba su tarea sin repugnancia y que sus ojos continuaban dulces y serenos. Y entonces comprendió que aquella joven que le cuidaba y no se apartaba de el, aunque era horrible entre todos los miserables, era verdaderamente buena y verdaderamente santa. Cuando terminó de curarlo le beso las manos silenciosamente y lloro. Y Ormuz le hizo la gracia de concederle aquella misma noche una muerte dulce. ¿Qué has comprendido Turiri? Le pregunto Ormuz.

Y Turiri le dijo emocionado: que se debe servir a los pobres pobremente, se debe penetrar en su alma de pobres y no despreciarles por su envilecimiento y disminución de alma ya que también nosotros hubiéramos podido vernos reducidos si nos hubieran agobiado las mismas necesidades. Amarles cuando menos por su resignación, a ellos que son la multitud y cuyas iras unidas barrerían a los ricos como briznas de paja; y por último, buscar si no subsiste aun en ellos algún vestigio de nobleza y dignidad. Y es menester servirles humildemente, es menester así como nos resignamos a nuestros propios padecimientos, resignarnos a la miseria de los demás aun cuando ofenda nuestras delicadezas; se debe al mismo tiempo que se les socorre, no indignarse contra esa miseria y aceptarla como se aceptan los misteriosos designios, de aquel que es el único que conoce la razón de las cosas. Porque el objeto del Universo no es la producción de la belleza plástica, sino de la bondad. Ormuz emocionado, le llamo buen Servidor y le invito a entrar en su reino. Así todos nosotros debemos procurar, obtener la disponibilidad, para poder entrar en el Reino de Dios, amando a todos nuestros hermanos, respetándoles sin censurar nunca posiciones que estamos muy lejos de comprender, por no estar en su misma situación, y si nos es posible tenderles una mano generosa, con un gesto de cariño, que le invite a confiar en nosotros, a poder asegurarse de nuestra parte el alivio y comprensión sin exigir nada a cambio, de su parte, pues hay que hacer el bien por el bien mismo. Siempre es fácil observar el mal y reconocerlo. Más lo que Cristo espera de nosotros es el descubrimiento y el cultivo del bien, para que el Divino Amor sea glorificado.


La historia ha sido extraĂ­da del Libro de Amalia Domingo Soler (La luz de la Verdad)

La caridad (historia amalia domingo soler)  

LA CARIDAD (HISTORIA DE AMALIA DOMINGO SOLER)

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