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JEANNE LAVAL, 1895-1975, MÉDIUM FABIENNE DUCOURNEAU Jeanne Augé nació el 4 de octubre de 1895 en Montech (Tarn-etGaronne), en el seno de una familia modesta y un ambiente de profundo afecto. Su padre se ocupaba de caballos y su madre era planchadora. Brillante alumna y a pesar de una beca, Jeanne, sintiéndolo mucho, se vio obligada por su padre a quedarse en casa para ayudar a sus padres y más particularmente a su madre en el planchado, lo que se convertiría en su oficio. Estamos a principios de los años 1900 y el papel de las hijas en esa época era quedarse en casa para secundar a los padres. Mientras trabajaba, Jeanne descubrió un don natural, el canto. Alentada por su padre, que hacía pequeños extras en las bodas y banquetes, lo acompañó y ambos se hicieron “famosos” en la región. Más tarde, Jeanne se destacó por su voz, una voz capaz de cantar grandes arias de ópera, pero ella rechazó toda carrera en ese campo, prefiriendo una vida modesta cerca de los suyos. A los dieciocho años, Jeanne era una chica que estaba lejos de dejar


indiferentes a les hombres y sabía que sólo existen tres medios para salir de una condición social difícil: inteligencia, talento o belleza. En esa época, un encuentro marcaría su destino para siempre. Como todos los años, en otoño, los feriantes venían a instalarse por algunos días en Montech. A Jeanne le encantaba ese medio en particular y un día presentando su mano a una gitana, ésta le dijo: “Jeanne, tú estás marcada… En tu mano está el signo de los médiums, un día serás contactada por el más allá y harás mucho más que predecir el porvenir pues eres elegida”. Pasan los años, se acerca la guerra de 1914, y es en este período cuando Jeanne conoce al ingeniero químico Emile Bouysset. Emile ha sido enviado al frente como muchos de su generación. Llega 1918, final de la guerra donde él retoma su trabajo de ingeniero y Jeanne Augé se convierte en Jeanne Bouysset. A causa de la explosión química de una retorta, Emile muere y Jeanne se encuentra sola y embarazada. En 1967, Jeanne cuenta: “Fue en 1918 cuando todo comenzó, acababa de perder a mi marido y absolutamente desesperada, sólo tenía una idea en la cabeza, reunirme en la tumba con el que me había dejado viuda y embarazada después de 7 meses de felicidad. Estaba enferma y en cama; sobre mi mesita de noche había una botella de Láudano en medio de otros remedios. Un día, resuelta a acabar con todo, tomé la botella para ingerir el contenido y la llevaba a mis labios, cuando una mano invisible pero firme tomó mi brazo y me obligó a volver a poner la botella en su sitio, mientras escuchaba a mi oído: « ¿Y el niño?». Me sobresalté y miré hacia todos lados, estaba sola. Tomé la botella de nuevo y por segunda vez, la mano invisible realizó el mismo gesto y volví a oír: « ¿Y el niño?» Entonces, dije en voz alta: «Un niño sin padre y pronto sin madre, tengo derecho a no dejarlo vivir» y retomé la botella. Esta vez, la mano invisible se tornó brutal, mis dedos fueron apartados por la fuerza, la botella cayó y se rompió. En ese mismo instante, mi madre abrió la puerta, comprendió y me suplicó que pensara en ella y en mi padre. En resumen, lloramos las dos y prometí vivir. Mi hijo vino al mundo en muy malas condiciones y antes de término. Era una niña, Emilienne, que más tarde se convertiría en la madre de Jean-Louis


Victor. Con frecuencia yo iba a sentarme en una habitación apartada, lloraba y tenía la impresión de una presencia a mí alrededor. Un día, encontré el libro de Leon Denis «Después de la muerte», libro traído hacía tiempo a mi padre por una anciana señorita ciega a la que de vez en cuando él complacía leyéndole. Y mientras yo leía, una amiga de paso por mi casa me dijo: «¿Qué libro es ese?» Se lo mostré y le dije: « ¡Qué hermoso si fuera verdad!». «¡Es verdad!», me dijo ella. Para mi gran asombro me contó que tenía una prima médium que tenía comunicaciones de desencarnados. No tuve descanso hasta que conseguí una cita con aquella médium. En esa sesión, obtuve mensajes de mi marido, tan precisos y tan claros que mis dudas se disiparon. Cuando él me anunció su partida, le pedí que regresara y me dijo: «Volveré por ti, eres médium y más tarde estarás obligada a cuidar a esta por quien me manifiesto hoy. Toma un lápiz mañana a las dos y verás». Al siguiente día, a la hora indicada, con el nerviosismo que comprenderéis, tomé un lápiz, esperé apenas cinco minutos, y mi brazo arrancó como un loco, mi mano volaba sobre el papel pero era una fantástica producción de letras que no conseguía juntar, yo estaba desolada. Finalmente, poco a poco, surgieron palabras y frases. Los mensajes adquirieron un sentido y ofrecieron interés. Yo estaba feliz, pero mis padres estaban consternados, me creían sumida en la locura. Mi padre me decía: «Mi pobre niña, ese es un fenómeno nervioso que no te interesa sino a ti, ¡te lo ruego, deja todo eso!», tanto me lo dijo que terminé por creer que en efecto era autosugestión y, en dos palabras, estaba desesperada. Entonces se me ocurrió una idea, le pedí al invisible, pruebas fuera de mí para demostrarme bien la realidad de las comunicaciones. Y las pruebas se multiplicaron. Fue el retrato al lápiz de mi abuela paterna, muerta cuando mi padre tenía ocho años y que nunca había sido fotografiada. Su hermano, a quien se le mostró el dibujo, la reconoció y se asustó; ¡pobre hombre! ¡Qué revelación en 80 años! Luego fue mi marido, químico en vida, indicando un escondrijo donde algún tiempo antes de su muerte, había ocultado venenos, escondrijo cuya existencia desconocíamos. También nos reveló, que algunos días antes de su muerte le habían prestado un impermeable, impermeable que dejó en casa de un pariente que no se atrevía a traérmelo para no


despertar mi dolor. El propietario de la prenda, creyendo que se la habían robado, tampoco se atrevía a hablarnos del asunto. Todo resultó exacto. Mis padres fueron convencidos por una serie de pruebas sucesivas. Finalmente vinieron las manifestaciones físicas: la cuna de mi hija se mecía suavemente a plena luz, las puertas se abrían, el lápiz escribía solo sobre una mesa, aportes, etc. Un espíritu que firmaba «Jean» signo de interrogación, otro «Justicia» nos dieron muchos pequeños poemas, así como cantidad de respuestas a preguntas que a menudo, no teníamos tiempo de hacer. Finalmente tuvimos sesiones regulares donde diversas entidades, como «Piedad”, «La falena»,(*) «Resplandor», «La sombra», «Cimientos», «Poder», «El espíritu negro», etc., se manifestaron, marcando cada una bien claramente su personalidad. Diferencias de escritura, de estilos y de voces, pues, algunos como «Deber» y «Olvidar», me dormían y me hacían cantar. Ofrecían canciones compuestas por ellos. «Deber» las cantaba con una voz muy grave y muy fuerte de barítono, «Escudo» con una voz un poco más débil pero muy timbrada, justa y conmovedora, según los oyentes, pues en lo que a mí respecta, al despertar, nada me quedaba de recuerdo. Así, apoyándose uno al otro, se llegó a «Símbolo» quien enseguida se mostró diferente de los demás. Me hizo escribir automáticamente luego, por fin, acabó por decretar que necesitaba servirse de las ondas y organizar otro medio de comunicación. Yo escuchaba una voz blanca dictar las respuestas palabra por palabra, en medio de un ruido bastante fuerte y desagradable que recordaba al que se oye en el teléfono cuando hay viento sobre la línea. Fue en estas circunstancias particularmente extrañas que se anunció la enseñanza supra terrestre que recibí y que está consignada en el libro «La hora de las revelaciones» editado por mi nieto, Jean-Louis Victor, a quien tengo que rendir homenaje aquí. En efecto, al decidir tomar a su vez la antorcha de la verdad, eligió las dificultades y las pesadas responsabilidades, pero también el gran ideal que esta misión suponía y ha sabido darme, en el atardecer de mi vida, la dulce alegría de ver la obra de «Símbolo» retomando su marcha luminosa por el mundo. Así, habiendo vuelto a tener entre mis viejas manos el espléndido mensaje que lo invisible me confió, puedo esperar desde entonces, confiada y


serena, recobrar los horizontes infinitamente maravillosos de los que nos hablaba «Símbolo», hace ya tantos años”. (*) Especie de mariposa nocturna (N. del T.) Jeanne se volvió a casar en 1925 con el terrateniente Maurice Laval. Jeanne Bouysset se convirtió en Jeanne Laval y tuvo una hija, Alice. De 1918 a 1936, las comunicaciones fueron regulares antes de interrumpirse después de haber anunciado la guerra y sus consecuencias. La producción mediúmnica de Jeanne Laval, que poseía muchas posibilidades parapsíquicos (escritura automática, videncia, clariaudencia, psicoquinesia, telepatía) es inmensa. Grandes investigadores de su época se interesaron por sus textos: el profesor Charles Richet (Premio Nobel de Medicina) y el doctor Osty, antiguo director del instituto Metapsíquico de París. El grupo con el cual trabajaba era dirigido por el pastor Bénézech, director de la facultad de Teología Protestante de Montauban. Numerosas entidades se manifestaron a través de Jeanne Laval entre 1918 y 1932, cada una con una personalidad típica: Jean y Justicia que transmitieron numerosos poemas, Deber y Escudo, especialistas en cantos, y Símbolo que fue el más asombroso de todos, dando notables precisiones sobre la realidad del mundo invisible y sobre la reencarnación. Observamos que este espíritu “Símbolo”, lo encontramos en la obra de Allan Kardec pero también en la de Leon Denis, así como en las sesiones de Victor Hugo. Con frecuencia los resultados de las sesiones espíritas fueron sorprendentes. Tomemos un ejemplo muy concreto, donde justamente estaba presente el doctor Osty: el 20 de julio de 1932, una entidad, “Olga”, que había sido Lola Montez, ex-amante escandalosa del rey Louis I de Baviera, se dibujó ella misma vía Jeanne Laval, un dibujo muy hermoso firmado Dartiguenave y publicado en el libro La hora de las revelaciones. Lo que dio lugar a una pesquisa larga y a menudo inútil. Fue necesario esperar hasta agosto de 1939 para poner la mano en el original, increíblemente parecido a la obra de Jeanne Laval. A la muerte del pastor Bénézech, que asistía al grupo, las numerosas voces del más allá se volvieron discretas. Los espíritus que hasta entonces la habían seguido, le anunciaron su partida, por haber cumplido ya su misión. Jeanne se entristeció mucho,


declarando que después de Símbolo y de todos los demás espíritus familiares y regulares, ya no quería a más nadie. Entre 1936 y 1970, Jeanne se retiró al campo y fue en 1970 cuando se reanudaron algunas comunicaciones, sobre todo en el sentido de ayudar a la gente en toda clase de dificultades. Terminó sus días en el campo donde sucumbió a un ataque cerebral para morir el 6 de abril de 1975. Fue Jean-Louis Victor, autor de numerosos libros, entre ellos La reencarnación, quien sacaría a la luz la obra de su abuela. La obra principal de Jeanne Laval, La hora de las revelaciones es el testimonio de esas visitas y lo constituyen cuatro tomos. Jeanne había resumido esa sucesión en estos términos: “Yo he sido el portaplumas, mi nieto será el portavoz…” Jeanne Laval se manifestó dos veces en nuestra Asociación, en 1978 y en 1987. Y he aquí algunos extractos de sus mensajes: “Con gran placer vengo junto a vosotros… La sutileza de la sombra del espíritu sigue siendo grande e indefinida. El espíritu viene hasta vosotros en su amor y en su protección como un viento que sopla sin intermitencia sin que sepáis y luego se acelera bruscamente para levantarse al contacto de vuestras vibrantes fuerzas fluídicas que llaman. Estáis allí, testigos… La fuerza impulsiva del intelecto que se suma al corazón, puede dar en su integralidad a nivel del miembro humano, mensaje generoso, anunciador y protector del espíritu que vos conocéis y que os pide sin cesar que inscribáis en la página su obra naciente… Mi nombre es conocido para vosotros. Soy Jeanne Laval”. “Soy el espíritu Jeanne Laval y vengo, esta noche, a aportar toda mi certeza, toda mi convicción, toda mi fuerza para los que, designados por el espíritu, tienen una misión que cumplir y deben continuar esa misión hasta su término. Cuando yo vivía en la Tierra, fui médium de varios espíritus. Escribí páginas y páginas. Cuando comencé esta misión, la angustia me traspasaba, la duda me invadía. No sabía más, no sabía. Cuántas veces arrojé al fuego el lápiz o la página. Cuántas veces renuncié, cuántas veces tuve miedo. Es preciso decir que yo tenía a mí alrededor sólo a algunos amigos, invadidos por el mismo temor, invadidos por las mismas angustias. Es preciso decir que no pertenecía a ningún círculo pero el espíritu acabó con mi duda y mi miedo, y la perseverancia triunfó sobre todo eso.


Hace falta comprender. Hace falta esperar. Hace falta saber, que nosotros los espíritus somos seres absolutamente decididos. Oh, yo sé bien que el hombre pasa y atraviesa por múltiples sentimientos de la mañana a la noche y sé bien que su naturaleza frágil impide a veces cumplir la misión en el momento en que debería cumplirse, pero es una verdad absoluta la dicha por el espíritu, dicha también por el espíritu del hombre reencarnado, antes de su regreso a la Tierra. Somos la luz. Somos los que volvemos para decirles a los hombres, habíais pensado esta verdad, habíais deseado esta misión. La nuestra es simplemente recordárosla…” El ejemplo de modestia y humildad de Jeanne Laval ante el fenómeno espírita debe ser tomado en cuenta por todos aquellos que quisieran aventurarse en este campo, sin tener en el corazón la seriedad de tal revelación.

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Jeanne laval fabienne ducourneau  

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