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HÉLÈNE BOUVIER Catherine Gouttiére “Considero que no hay que temer afirmar lo que uno cree, y lo que uno cree saber, cuando solamente se tiene en la mira el bien de sus semejantes. Por el don que se me ha otorgado, trato de ayudarles, pero mi ayuda no existiría si no recurriera a la del Cielo Si no tratara de poner en práctica las tres virtudes teologales que nos ha legado la Iglesia: la Fe, la Esperanza y la Caridad, ello, en el amor de nuestro único Maestro, el Cristo”. Hélène Bouvier Hélène Bouvier nació el 1 de agosto de 1901 en la avenida de la Bourdonnais en París. Sus padres tenían un café-tabaquería y ella era la tercera de cuatro hermanos, dos niños y dos niñas. No poseyó como diploma sino su certificado de la escuela. Pero como leía mucho, fue lo que se llama una autodidacta. Aunque sus padres eran ateos, Hélène creía en Dios desde su primera infancia y, sin poder explicarlo, siempre tuvo la certeza de la existencia de otra vida después de la muerte. Desde muy niña surgían ante sus ojos suertes de clisés,


flashes referentes a rostros desconocidos de hombres y mujeres. Cuando le hablaba de ello a sus padres, estos últimos no la comprendían y no tomaban en serio lo que decía. A veces podía adivinar lo que se iba a decir o prever lo que iba a ocurrir. Cuando lo contaba, su entorno lo ponía en la cuenta del azar y no le daba importancia. Por su parte ella tampoco, pues no se daba mucha cuenta de lo que le sucedía. Fue a los catorce años cuando los rostros de los espíritus se le aparecieron más claramente. Siendo de salud frágil, Hélène fue enviada por diez meses a un sanatorio, y fue durante esa estancia cuando comenzó a surgir la confirmación de su mediúmnidad. A guisa de distracción, algunos enfermos organizaban sesiones de mesas giratorias. Era 1915 y las preguntas hechas a la mesa se referían al desarrollo de las hostilidades. Ahora bien, aquella tarde, para su gran sorpresa, el velador le anunció que era médium y que su facultad se desarrollaría considerablemente en el porvenir. Incrédula, Hélène aceptó esa predicción con una sonrisa. Nunca había leído libros que trataran de espiritismo, no tenía verdadera conciencia de su mediúmnidad y además no pidió ninguna explicación sobre el asunto. Le bastaba mirar a las personas para responder rápida y naturalmente, a las preguntas mentales que dichas personas se hacían. Y sus respuestas resultaban correctas. A los diecinueve años Hélène vivió su primera gran manifestación de lo invisible. Cuando estaba sola, escribiendo en una habitación cerrada, se vio como apremiada a volverse y se encontró frente a una gran forma luminosa, cubierta de velos blancos, pero cuyo rostro no podía distinguir. De aquella forma emanó una voz grave y clara que pronunció estas palabras: “No tengas miedo. Soy tu guía. He venido a decirte que ayudarás a mucha gente. Antes sufrirás mucho”. Instintivamente, Hélène respondió: “No quiero sufrir así”. La voz se contentó con responderle: “No puedo hacer nada”. Luego la forma desapareció, como se desvanecían los rostros de sus visitantes desconocidos. Esa manifestación trastornó profundamente a Hélène aunque había sido advertida por sus anteriores lecturas de lo que es un guía. Así es que ella tenía un guía; esa noticia la conmovió profundamente, pues saber y ver son dos estados diferentes. De allí en adelante podía afirmar que lo que había aprendido era verdadero pues la experiencia personal sigue siendo un criterio irrefutable. Durante su vida Hélène volvió a ver a su guía repetidas veces.


Nunca le dio su nombre, y para ella eso no tenía importancia. Sería su compañero de vida y como su guardián durante toda su vida. La protegió durante toda la guerra y gracias a él, escapó de graves accidentes de todo género. En 1918, uno de sus hermanos murió en el frente a los diecinueve años. Su muerte la trastornó. Luego, su hermano mayor cayó gravemente enfermo en el momento en que ella era presa de una crisis de misticismo. Hélène era muy creyente y se preguntó si, haciéndose religiosa su hermano podría sanar. A punto de entrar en el convento, decidió partir hacia Lourdes a implorar la curación de él. Mientras oraba, escuchó una voz que le decía: “Atención, tú no serás una buena religiosa, ya lo has sido”. Hélène, que creía en la existencia de las vidas sucesivas, comprendió que ya había sido religiosa y decidió aplazar su entrada al convento. Haría sin embargo tres peregrinaciones a Lourdes con su madre, pero su hermano murió a los veintinueve años. Como la desgracia nunca llega sola, su abuelo falleció y sus padres decidieron separarse. Su hermana y ella ayudaron a su madre a administrar una pequeña librería, pues la salud de esta última no le permitía trabajar. Ese comercio iba a crear grandes preocupaciones financieras, dificultades que indujeron a Hélène a poner profesionalmente su mediúmnidad al servicio de los que sufrían. Tenía entonces treinta y tres años. Ahora bien, esa predicción le había sido hecha diez años antes, y ella se había prometido no ser nunca médium para los demás. Una nueva página de su vida se abrió entonces. Hélène decidió afrontarla, no sin temor, pero con toda la confianza que le daba su fe. Debió satisfacer las necesidades de los que la rodeaban a la vez que ayudaba a sus semejantes. Por nada del mundo, Hélène quería convertirse en una simple lectora de la buena fortuna. No se servía de cartas, ni de tarots, ni de poso de café, ni de bola de cristal. Su único apoyo sería el vínculo que une el alma de aquellos a los que se llama muertos con los vivos. Sentía que sería guiada, que sólo tendría que obedecer y seguir los consejos que le fueran dictados, sabía que orando con fervor, no sería abandonada. Quería ganarse la vida tan honesta y modestamente como le fuera posible. A partir de ese momento, sus facultades mediúmnicas se desarrollaron cada vez más y las apariciones que, hasta entonces, habían sido muy furtivas, se hicieron más claras y fuertes y podía realizar verdaderos intercambios con los espíritus, aunque esas conversaciones no fueran siempre sino de corta duración. Hélène


recibió una multitud de manifestaciones espontáneas de espíritus conocidos o no en su vida terrenal. Paralelamente, creó una asociación, un círculo, y realizó clarividencias públicas con las fotos que le proporcionaba el público. Cuántos mensajes de consuelo y de aliento fueron dados así, algunos que contribuyeron a evitar verdaderos dramas. Todo esto prueba que aquellos a los que se llama muertos realmente están vivos y se interesan por nosotros. Hélène Bouvier nunca quiso enriquecerse en ninguna forma, ni imponer su voluntad con miras a dominar a quienquiera que fuera. Siempre vivió en un apartamento con un mínimo de comodidades donde no había calefacción central, ni conductos de agua caliente. Se esforzó por permanecer alegre a pesar de sus dificultades y por trabajar para tener justo de qué vivir. Trató de tener amor por todos los seres, lo que incluía el respeto a todas las ideas, indulgencia a las faltas haciendo los esfuerzos necesarios para vencer sus propias faltas. Se llamaba vidente espírita, creía en Dios y en la comunión espiritual de las almas por la oración. Nunca pudo explicar las causas de su facultad mediúmnica o su mecanismo. Sólo conocía de ella el efecto y el objetivo. El efecto era conseguir una toma de conciencia más clara por parte del sujeto que solicitaba los consejos. El objetivo era para ella ayudar a sus semejantes. Hoy en día es considerada como una gran médium vidente cuya sinceridad, humildad y modestia supieron conmover a los que se le acercaron. Siguió el camino que le pareció más justo ignorando incluso la crítica, las burlas y la indiferencia, sabiendo que aportaba ayuda, esperanza y consuelo tanto a los espíritus encarnados como a los desencarnados. Fue lo que hizo hasta su muerte ocurrida el 7 de julio de 1999, a la edad de noventa y ocho años. LE JOURNAL SPIRITE N° 86 OCTOBRE 2011

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