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ESCLAVITUD ENTRE LOS HOMBRES Mercedes cruz Reyes Millones de personas en el mundo se encuentran esclavizadas de múltiples maneras. Después de las armas de fuego, el tráfico de personas es la segunda industria ilegal más grande del mundo, mayoritariamente de mujeres y niñas destinadas al mercado sexual, y hasta 1.2 millones de niños cada año. Según estadísticas 27 millones de personas viven en la esclavitud en todo el mundo. En el caso especial de los niños, no son pocas las organizaciones, algunas de ellas criminales, que los emplean porque representan un menor riesgo para sus intereses. Sea como parte de los mecanismos del tráfico de drogas o en labores que se creerían menos ilegales como la cosecha de enormes campos de cultivo (como en Zimbabue, donde los niños reciben un dólar por cada 60 kilogramos de hojas y brotes de té recolectados), este sector de la población es uno de los más susceptibles de volverse esclavos.


Al pensar en la esclavitud suelen venir a la cabeza imágenes de africanos en barcos rumbo a las colonias europeas en América; sin embargo, la esclavitud en nuestros días afecta a más personas que nunca y permite la reproducción de un ciclo de explotación mediante el cual, directa o indirectamente, se beneficia la economía mundial. Hacernos conscientes de la cantidad de personas que viven y son explotadas por la esclavitud nos permite pensar en la manera en que nuestros hábitos y prácticas –a instancias del capitalismo y su voracidad– están sustentados en el abuso. La vida en el mundo está llena de diferencias sociales y de la preservación por los bienes; olvidando el hombre que lo que tiene es apenas un préstamo de la misericordia de Dios, pues por Su voluntad los espíritus que animan el cuerpo de señores podrían estar ahora, en la carne de un negro humillado y explotado que solo recibe, a cambio de su sudor, nada más que una choza infectada y el látigo impiadoso. Los caminos de los hombres son extraños e insondables. Cuando la criatura vive en un clima mental donde caben todas las virtudes y con el espíritu abierto al entendimiento de todas las situaciones, es la disposición idónea tanto en la tierra como en el plano espiritual para que su espíritu sirva bien. El ser esclavo, no prohíbe a la criatura vivir en un clima mental superior; por el contrario, por la contingencia de la subalternidad, tiene mayores motivos para educar al espíritu en las líneas de la tolerancia y de la humildad, tiene mayores motivos para educar al espíritu en las líneas de la tolerancia y de la humildad, de la comprensión y del deber. Le basta no asilar al monstruo de la revuelta, ni entregarse a la hoguera de la envidia para que la existencia le sea sumamente provechosa. De la misma forma, privado de todos los recursos materiales y morales sabe, más fácilmente, entender las dificultades ajenas y no existe nadie tan pobre que no tenga algo de si mismo para dar, sea una palabra de cariño, o un gesto de compasión. Nunca debemos olvidar que el Sol baña y vivifica el lirio del campo, también atiende a las necesidades del pantano, y la misma vida de Dios que anima a los hombres, anima, también, a las serpientes más temidas. El alma es esclava siempre de sus debilidades. Por eso no hay labor más eficaz para esto, que combatirlas hasta lograr hacerlas desaparecer.


Cuando sufrimos y aceptamos con humildad ese sufrimiento, estamos también, con el espíritu preparado para las más duras realidades y con la mente abierta a la comprensión de todos los problemas. La continuidad, como se puede percibir, dice respecto a nuestras disposiciones espirituales y no a nuestra situación en el mundo material. Negro o blanco, el hombre que se siente respetado y reconocido, jamás se revolverá contra sus bienhechores. Cada ser tiene la existencia que le es necesaria. Ningún ser, ante los dictámenes de la providencia podría surcar otros caminos que no sean, lo que la vida, espontáneamente le ofrece. Aunque el hombre no busque a Dios, siempre que no abrigue la rebeldía y venza, paso a paso, su caminata, aprovechara su existencia íntegramente. La búsqueda de Dios es un objetivo de la filosofía que no hace falta a la realidad, pues Dios está dentro de nosotros mismos, con nuestro consentimiento o sin el. Dios es la vida y la vida es luz. Todos tenemos nuestro libre albedrio y nadie recibe pruebas del Señor para las cuales no este preparado. Todos podemos recibir ayuda en la lucha, pero no es licito el que les perdamos nuestro concurso, debemos andar con nuestros propios pies y escoger el propio camino. Cualquier situación que enfrentemos, la solución que intentemos en ella, será desastrosa si no podemos comandar la lucha. Si permitimos, en nuestro propio barco, a cada viajante que entre, comandar el timón imprimiendo la ruta, que mejor le parece, tengamos por seguro que no llegaremos a ninguna parte. Somos capitanes y debemos enfrentar los rigores de la tempestad. De la misma forma que el armador no entrega el barco a cualquier marinero, la Providencia Divina, con más justa razón, no coloca a sus hijos bajo la tutela de Espíritus inhabilitados. Como el buen capitán consulta sus propias cartas de navegación para conducir el barco. Donde nos vemos incapaces, somos espíritus inmortales que, de experiencia en experiencia, tenemos juntados grandes recursos. No sabemos solo lo que nos han enseñado en esta vida, sabemos todo lo que ya vivimos, actuando cada uno en una misma cosa de forma diferente, debido a que somos diferentes. Todos debemos aprender a aceptar las cosas que nos llegan y contra las cuales somos impotentes. El hombre negligente y que se entrega a la indisciplina


mental, es foco permanente de complicaciones. Es muy difícil que nos ajustemos al deber y a la disciplina, los dos imperativos, mayores para garantizarnos la tranquilidad del Espíritu. Generalmente, los corazones generosos no se saben defender del mal porque no cogitaron acerca de el. Acostumbrados a vivir espontáneamente, junto a la sinceridad, relajan la vigilancia que, aparentemente, no se torna necesaria. Aprenden a confiar en los otros y solo descubren que los otros mienten cuando caen en una gran desilusión. Aunque esto es peligroso, hay que admitir, que es preferible vivir confiando, pues la desconfianza en los que nos rodean genera inquietud constante. Los más complicados procesos patológicos de la mente tienen su etiología en la desconfianza habitual. El hombre desconfiado vive como un animal acorralado, divisando cazadores imaginarios que lo quieren abatir y, en el delirio de la persecución, crea un mundo de angustias e inseguridades. La duda es un acido destructivo que ataca al espíritu, consumiendo sus energías superiores. Es un polarizador de todas las energías negativas que nos circundan, es como una fabrica de inquietudes, liberando poderosas corrientes de antipatía y de perturbación. Las fuerzas de la vida no funcionan como nuestra cabeza; ellas son eternas y justas y cada uno de nosotros recorre caminos recogiendo el resultado de su siembra. Cundo vemos un acontecimiento como deplorable e injusto, este puede ser un auge de suprema felicidad para la redención del espíritu que en esos pasos tiene la oportunidad de resarcir deudas del pasado. Lo que es bueno y lo que es malo nosotros podemos definirlo con los viejos patrones de la tierra, de acuerdo con la alegría o el sufrimiento que nos acusan, sin embargo, lo que es justo o injusto, son definiciones que nos escapan al entendimiento por desconocer los autos del proceso cósmico. El hombre considerado más insignificante puede ayudar al considerado como más poderoso. Tenemos necesidad de no interferir, en las vidas de nuestros hermanos, hurtándoles la oportunidad de la experiencia. Las decisiones son de cada uno, porque ellas representan el momento en que el espíritu extravasará sus propios problemas y resolverá sus complicadas necesidades interiores. Las personas que nos rodean son personajes de un mismo drama y nos inclinamos hacia cada una de acuerdo con las reminiscencias de experiencias pretéritas


que están archivadas en nuestro inconsciente. En razón de eso, nuestras decisiones tienen vinculación con una realidad que no nos es dado percibir. El amor no es flor pasajera que la primavera pone encanto; es como el carbón de la tierra que precisa de siglos para transformarse en joya. De la misma forma, la gestación del odio es larga y se funda en realidad del ayer. Todo el Universo obedece a leyes precisas e inmutables, y no es el destino de los hombres las criaturas superiores de la tierra, los que están a merced de las fuerzas del acaso. Todo viene y va, en la vida, a su tiempo. Debemos aprender a aceptar las cosas como contingencias necesarias, incluso cuando no podemos entenderlas, confiando en el Conductor Celeste que no está distante de ellas. Acordémonos del Sermón de la Montaña cuando Jesús aseguró que los humillados serán exaltados y los que padecen por causa de los hombres serán aliviados. Debemos siempre ante acontecimientos desagradables tener paciencia sin asilar nuestro corazón con conclusiones angustiantes, muchas veces indebidas. Todos sabemos qué sin el Sol la vida fenecería y bendecimos su presencia vivificante en el Universo, sin por eso conocer su intimidad e indagarle los secretos. Sabemos, también, como saben los propios salvajes, que existe un Ente Superior que todo lo creó y a todo prevé, que como incomparable Maestro rige la armonía de la vida Universal, sin por eso haberle visto, imaginándole de mil formas. Son certezas que no discutimos y que nos sustentan el ánimo, aunque no podamos entenderlas en su plenitud. Mientras somos ignorantes, esa fuerza interior deberá animar nuestro raciocinio, a medida que evolucionamos vamos entendiéndola, sustituyendo nuestro impulso místico por el conocimiento de las causas y de los fenómenos. El hombre teje por si mismo su propio futuro, preparando su propio camino, el contenido del mañana es la evolución constante. Las escenas de hoy continúan una historia pasada. La experiencia reencarnatoria es para extinguir el mal y no para perpetuarlo. La venganza no forma parte de la Justicia Divina, esta funciona en el tribunal de la propia conciencia de cada uno y mientras no sobrevenga una sentencia de absolución, seremos reos ante nosotros mismos. Fue por ese motivo que Jesús nos enseño que Dios está dentro e nosotros.


Antes de reencarnar, llevamos la memoria espiritual activada en los acontecimientos anteriores que nos generaron los conflictos, también somos preparados para los momentos de decisión. En la hora de elección, los impulsos son equivalentes, porque si ellos conocen el problema en el inconsciente, en ese mismo depósito inconsciente existen, contenidos morales para contornarle. Por eso las decisiones son los instantes supremos del espíritu y no es lícito interferir en ellos. Cuando volvemos al otro lado y no nos acordamos de existencias pasadas y no sabemos los males que hemos cometido y nuestra conciencia está tranquila. Muchas veces nos preguntamos ¿Cómo vamos a pensar en una nueva encarnación? Eso sucede porque acabamos de ingresar en el plano espiritual, porque aun estamos impregnados de energías groseras del plano terrestre. A medida que nos adaptemos a la esfera en que estamos, con el pasar del tiempo, esa influencia decaerá y podremos enseñorearnos de una vasta faja del pasado, identificaremos con ello nuevas experiencias, con el beneplácito de nuestros Mentores que organizaran las tareas y acentuaran los detalles de la reencarnación. Cuando el espíritu no puede fruir de esa facultad, los instructores Mayores deciden por el, programándole la experiencia en el grupo que le corresponde y activándoles la memoria en el momento preciso para que pueda integrarse en ese grupo. Los que ganaron ya muchos valores, deciden hasta donde pueden, y los que permanecen en la retaguardia aceptan las decisiones que no alcanzan. Con todo, ninguno de nosotros permanecerá estacionado por no tener y no poder, siempre que coopere en querer, aceptando las imposiciones de la realidad. Existen, los espíritus incapaces, cuyo consentimiento es suprimido, por aquellos que les tutelan la evolución. Ahí ocurren las reencarnaciones compulsorias cuando el reencarnante ingresa en un grupo que lo acepta y corre el riesgo de su presencia. Se sujeta a las programaciones del grupo en hipótesis, con el cual, naturalmente, tiene ligaciones afectivas y, como no se preparó previamente, los frutos que podrá recoger serán limitados. Los hechos surgen y desaparecen al paso de los días que los cubre con el polvo del olvido para la gran mayoría de los espectadores. Sin embargo, los protagonistas son marcados por ellos. Principalmente para aquel que los


causo, sin soportar las consecuencias. La conciencia es un tribunal permanente y hace que el espíritu se juzgue, natural y automáticamente, sin necesidad de interferencias exteriores. Cuando el espíritu se siente culpable, por un hecho infeliz, ese sentimiento de culpa pasa a ser una sentencia condenatoria que nos va a exigir reparaciones permanente, hasta que en la conciencia, la contabilidad de nuestro mal cometido de el pago de la pena por resarcido. No hay culpa que no tenga un precio dentro de nosotros mismos, y que no carguemos indefinidamente hasta pagarla. Nadie lesiona a nadie, impunemente. La Justicia Divina colocó en cada mente humana una especie de condensador de sustratos emocionales, donde quedan retenidas todas las imágenes y vibraciones, historia y consecuencias de cada acto responsable del ser humano, ese condensador de vez en cuando, o de una sola vez, descarga energías diferentes, de emociones diversas, que llevan a los deudores a cierto tipo de angustia exacerbada, y a los vencedores de si mismo a la exaltación de ideales cada vez más nobles. Debemos procurar no apartarnos jamás de las líneas de justicia y de bondad, de tolerancia y del perdón, a fin de tener siempre la conciencia tranquila y el corazón des nublado del panorama doloroso de las angustias. El secreto de la felicidad es vivir de tal forma que nuestra conciencia no registre culpas que puedan suscitarnos problemas de reparación. Cada Espíritu es un mundo y gravita en torno de otros mundos que le son afines; nosotros conocemos de cada uno, apenas algunos detalles insignificantes en el cómputo general de cada individualidad. Todo guarda una enseñanza, incluso las cosas peores y, por eso, nuestros ojos deben mirar para aprender. Quien conoce el olor del estiércol del corral, sabe dar mayor valor al perfume del jardín, aunque no deje de ir al corral donde precisa coger la leche que sirve a la mesa, ni deje de ir al jardín porque las flores no alimentan. Tenemos en la vida duras realidades y tiernas bellezas, necesidades y placeres y debemos transitar entre ellas con el mismo espíritu de elevación, conscientes de que, por muchos siglos aun, nos serán inseparables. El hombre para discernir precisa conocer lo cierto y lo errado, precisa conocer el lado bueno y el lado malo de las cosas, precisa, en fin, conocer la vida, porque es la vida que contiene cosas buenas y cosas consideradas malas. Lo


que no precisa y no debe, es vivir el lado malo de las cosas, porque es eso lo que lo contamina y le pierde. Llegará un día, en la faz de la Tierra, en que las ciencias del Espíritu catalogaran como enfermedades el orgullo y el egoísmo, la vanidad y la ambición y el orden social les obligará a severo tratamiento, una vez que son fuentes permanentes del mal y de la intranquilidad que reinan en el globo. El hombre que rebasa los límites de la normalidad, camina hacia la locura declarada, y es una fuente generadora de desequilibrio, en potencial. El mal del mundo nace en el corazón del hombre egoísta y orgulloso, que no sabe perdonar, ceder u obedecer, comprender y ayudar, guardando las debidas proporciones de sí mismo como frágil criatura, necesitada de todo y de todos. Lo malo es que la Humanidad sabe eso hace milenios y continúa siendo la misma. El mensaje de Jesús no tuvo otro sentido sino el de convocar a los hombres hacia la humildad y la caridad, a fin de que pudiesen amarse los unos a los otros. El Maestro incitó a los buenos a tolerar y ayudar a los débiles, para que las pruebas de los hombres se abreviasen con la extinción del mal sobre la Tierra. ¿Y qué es lo que hicimos hasta ahora? Estamos lejos muy lejos del Paraíso terrestre para cuando los tiempos sean llegados. Con los principios espiritas se “apaga naturalmente toda la distinción establecida entre los hombres según las ventajas corpóreas y mundanas, sobre las cuales el orgullo fundó castas y los entupido preconceptos de color”. Como se observa, una doctrina anarquista, como es el Espiritismo, no compacta, bajo cualquier pretexto, con ninguna ideología que mire la discriminación étnica entre los grupos sociales. En la envergadura de la literatura basilar de la Tercera Revelación, el Codificador resalta que, “en la reencarnación desaparecen los preconceptos de razas y castas, pues el mismo Espíritu puede volver a nacer, rico o pobre, capitalistas o proletarios, jefe o subordinado, libre o esclavo, hombre o mujer. Si, pues, la reencarnación funda en una ley de la Naturaleza el principio de la fraternidad universal, también funda en la misma ley el de la igualdad de los derechos sociales y, por consiguiente, el de la libertad.”


Los actos humanos deben ser juzgados por la intención que los motiva, no por los efectos que puedan llegar a tener, por fuerza de las cosas. El mal se elimina a si mismo, sin que nadie se erija en justificador. Va creando gérmenes de la propia destrucción, hasta que no puede contenerlos más. Cada uno responde por sus actos, a pesar de que el mal que genere, pueda resultar beneficios para centenares de personas. La vida es una escuela en que contra más se vive, más se aprende. No podemos responsabilizarnos por lo que los otros hacen más allá de los límites de nuestras decisiones, cada hombre siembra, con sus pensamientos y actos siendo la cosecha fruto del tiempo y de la vida. Es te mundo no está a la deriva, ni la propia Naturaleza está abandonada: cuando sus fuerzas naturales llegan a un punto de desequilibrio, ella se autocorrige. La felicidad no es tener poder, ni vagabundear, ni gozar los placeres de este mundo: La felicidad es tener la conciencia tranquila por el deber cumplido con amor. Solo el amor importa mientras el more en nuestros corazones, ni dolores ni tinieblas perturbaran nuestra paz, porque el es caritativo y perdona, ayuda, soporta, comprende y por encima de todo, nos hace cada vez mejores ante la vida y ante Dios. Ninguna comunidad puede progresar y vivir en paz cuando las personas que la componen no se respetan mutuamente. Cuando se vive feliz y con respeto, la vergüenza nos ayuda a no violar las reglas de la comunidad. Todo ser humano debe observar rigurosamente el deber y la disciplina, el respeto y la solidaridad. Cualquier función que realicemos hagámosla con amor y aremos brotar de ella nuestro reconocimiento. Debemos respetar las reglas, cumpliéndolas con ese amor y con toda nuestra responsabilidad como hijos de Dios. Cuando consigamos vencer todos los escrúpulos y perjuicios y nos abracemos con amor, encontraremos al fin del sendero nuestros corazones modificados, pues el amor genera amor y cubre la multitud de nuestros pecados. Cuando el hombre en la Tierra conozca el verdadero potencial de una vibración de amor, de un gesto de fraternidad, de una palabra de consuelo y de perdón, movilizará esa energía, que está dentro de si mismo, para transformarse a si mismo y el mundo que lo rodea pues el amor es la única semilla que produce eternamente.


El amor, el respeto la verdadera fraternidad es la única cosa de valor en este mundo porque nunca mueren y siempre aumentan nuestras riquezas espirituales, nuestra felicidad todo en la vida tiene su razón de ser y cuando podamos penetrar en los recuerdos de nuestro propio pasado, encontraremos muchas explicaciones para las cosas aparentemente inexplicables. Nuestras vidas están entrelazadas. Convivimos en la vida con mucha gente, tenemos muchos lazos afectivos, y cada lazo afectivo tiene su historia, buena o mala, porque los sentimientos se estructuran en los siglos. Amor y odio, solo en los cuentos de fantasía nacen a primera vista. Ellos nacen y se fortalecen o se rompen en el transcurso de los siglos. Convivimos con acreedores y deudores del pasado, teniendo que pagar y recibir de los que comparten con nosotros la existencia. Por esa razón, quien sabe amar siempre, dando y perdonando va resolviendo todos sus problemas Karmico dentro de la mayor naturalidad, al mismo tiempo que va facilitando, a los que le deben, saldar sus deudas con menores humillaciones y mayores alegrías. Jesús dijo que el amor cubre la mayoría de los pecados; las pruebas están ahí a nuestro frente, y en las historias de nuestros compañeros. Cuando los hombres comprendamos eso, veremos que el pedido de Jesús , para que nos amasemos los unos a los otros, mucho más que un consejo religioso, es una ley a la que no podemos dar la espalda, ante la vida, para así ser felices.

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Este trabajo ha sido extraído del Libro, Esclavitud de Salvador Gentile. Realizado por Merchita Miembro fundador del centro espirita Amor Fraterno, de Alcázar de San Juan, Ciudad Real (España)



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