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EL YUGO DE JESÚS •

Explicar, a la luz de la Doctrina Espírita, el significado del yugo de Cristo.

Meditar sobre la necesidad de someternos al amparo de Jesús. IDEAS PRINCIPALES

El yugo al que Jesús se refiere es precisamente a su Doctrina, el conocimiento y la práctica de las reglas de bien vivir, expuestos en el Sermón de la Montaña y en la Revelación Espírita; es la práctica del Amor, los deberes de la Caridad, la conciencia de los principios de las leyes eternas y su posible observación, divulgadas en lo alto del Sinaí. Ivonne A. Pereira: A la luz del consolador, ítem: Invitación al estudio.  Todos los sufrimientos (…) encuentran consuelo en la fe en el porvenir y en la confianza en la justicia de Dios, que Cristo vino a enseñar a los hombres. Allan Kardec: El evangelio según el espiritismo, Cap. 6, ítem 2.


Texto evangélico En aquel tiempo Jesús dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y se las has manifestado a los sencillos. Sí, Padre, porque así lo has querido. (…)Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy afable y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Mateo, 11:25-26; 28-30. Por esta enseñanza directa, Jesús nos hace ver la importancia de su Evangelio como un camino seguro para la conquista de la verdadera felicidad. Emmanuel nos aclara: Podemos presentarnos con voluminoso equipaje e débitos del pasado oscuro, ante la verdad, pero desde el instante en que nos rendimos a los designios del Señor, aceptando sinceramente el deber de nuestra propia generación, avanzamos para una región espiritual diferente, donde todo yugo es suave y todo fardo es leve.12 Bajo su amparo y orientación, adquirimos fortaleza moral que nos libera de los viejos hábitos que nos mantienen presos en el campo de las imperfecciones. En este propósito, la orientación espírita nos proporciona la clave para comprender el mensaje de Cristo, necesario para nuestra verdadera felicidad. Todos los sufrimientos: miserias, desengaños, dolores físicos, pérdida de seres queridos, encuentran su consuelo en la fe en el porvenir y en la confianza en la justicia de Dios, que Cristo vino a enseñar a los hombres. Para que nada espera después de esta vida, o que simplemente duda, al contrario, las aflicciones caen sobre él con todo su peso y ninguna esperanza viene a mitigar su amargura. Esto es lo que hizo decir a Jesús: “venid a mí, todos los que estáis fatigados y yo os aliviaré.” Sin embargo, Jesús pone una condición a su asistencia y a la felicidad que promete a los afligidos; esta condición está en la ley que enseña; su yugo es la observancia de esta ley; pero ese yugo es ligero y esa ley es suave, puesto que impone por deber el amor y la caridad. 1


1. Interpretación del texto evangélico

 En aquel tiempo Jesús dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y se las has manifestado a los sencillos. Sí, Padre, porque así lo has querido. (Mateo, 11:25-26). Las lecciones del Evangelio tienen carácter eterno: orientaron al discípulo en la época en que Cristo estuvo en el plano físico (“en aquel tiempo”), orientan en el presente y orientarán en los días futuros. Independientemente de nuestra fase evolutiva, es importante considerar que Jesús continúa con nosotros, siempre solícito, dispuesto a enseñarnos cómo edificar el reino de los cielos, en nosotros mismos. Las palabras “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra” indican, además de alabanza, veneración y sumisión al yugo, o voluntad, de Dios (el “Padre”), Creador Supremo (“Señor del cielo y la tierra”). Los vocablos “cielo y “tierra”, revelan, respectivamente, y bajo una forma simbólica, los valores inmortales que transmiten felicidad eterna (“cielo”) al Espíritu y el campo o laboratorio de las experiencias necesarias para el aprendizaje humano (“tierra”). Jesús alaba al Creador Supremo porque ciertas verdades son reveladas a los pequeños y ocultas a los sabios e instruidos. En el lenguaje del Evangelio, “pequeños” hace referencia a los humildes, a las almas pacíficas y buenas, que se encuentran abiertas a las enseñanzas morales de Cristo. Los “sabios e instruidos” representan el grupo de intelectuales celosos del saber que poseen. Por creerse “dueños de la verdad” son incapaces de percibir que muestran el estado de ignorancia moral en el que se encuentran, por ahora. Son los intelectuales de todas las épocas, que ven a través de lentes miopes, pero se valoran como superiores a los semejantes, porque tienen alguna cultura proporcionada por el mundo, o en razón de la posición social o económica que ocupan. En verdad, quien se cree sabio entroniza su propia ignorancia, pues la verdadera sabiduría consiste en aplicar el conocimiento en la construcción del bien, por medio de ejemplificaciones moralmente elevadas. Los “sabios e instruidos” a los que Jesús hace alusión, se revelan, paradójicamente, incapaces de entender las orientaciones espirituales básicas, ya que traen el espíritu saturado de arrogancia y de vanidad.


Dios no oculta las cosas a los sabios y a los entendidos; es el orgullo el que no los deja verlas. Mientras que los pequeños, es decir, los desprovistos de orgullo y de presunción, iluminados por la fe pura que les concede una segura intuición, asimilan fácilmente las lecciones divinas y hacen de ellas un camino para la felicidad espiritual.8

Los humildes, al contrario, por inclinarse a los designios divinos, no se creen superiores. Siendo Espíritus mansos y benevolentes captan la esencia de las verdades inmortales, por inspiración superior, aunque en la reencarnación se presenten desprovistos de grandes conocimientos intelectuales. El poder de Dios brilla en las pequeñas como en las grandes cosas; no pone la luz debajo del celemín, puesto que la esparce a torrentes por todas partes; ciegos son, pues, los que no la ven. Dios no quiere abrirle los ojos a la fuerza, puesto que les gusta tenerlos cerrados. (…) Emplea, para vencer la incredulidad, los medios que le conviene según los individuos; no corresponde al incrédulo prescribirle lo que debe hacer y decirle: “si quieres convencerme, es preciso para ello escoger esta o aquella manera, en tal momento más bien que en tal otro, porque este momento es de mi conveniencia”. Que no se maravillen, pues, los incrédulos, si Dios y los Espíritus que son los agentes de su voluntad, no se someten a sus exigencias. Que se pregunten qué es lo que dirían si el último de sus servidores quisiera imponérseles. Dios impone sus condiciones y no se sujeta a las de ellos; escucha con bondad a los que se dirigen a Él con humildad y no a los que creen ser más que él.2

Jesús ejemplifica la obediencia a Dios cuando afirma: “Sí, Padre, porque así lo has querido”. Él “(…) tenía la certeza de que sus enseñanzas jamás se perderían. En el camino del progreso, lo que el alma no acepta hoy, lo aceptará en el futuro.”8 Entretanto, Jesús respeta el libre albedrío de cuantos lo escuchaban, de aceptar o rechazar sus sabias orientaciones. “No nos olvidemos de que el Evangelio es para ser divulgado, y a partir de ahí, germinar, crecer y fructificar en el corazón.”4 El ejemplo de Cristo enseña el tipo de comportamiento que debemos adoptar ante las personas que rechazan o desconocen las enseñanzas espíritas. Precisamos respetar, con serenidad, la indiferencia o las opiniones contrarias emitidas sobre la Doctrina Espírita. Con el tiempo, todas las criaturas humanas absorberán sus principios. “Tras del “así lo quisiste” del Padre, puede estar presente el recurso menos agradable, pero imprescindible para la reparación de débitos del pasado, u otros, destinados a la confrontación de las conquistas ya realizadas, con vistas al futuro (…).”5


El Maestro demuestra que los Espíritus que rechazan las verdades del Evangelio, lo hacen porque están transitoriamente incapacitados de ver más allá. “El orgullo es la catarata que oscurece su vista; ¿para qué sirve presentar la luz a un ciego? Pues es preciso primero curar las causas del mal.”3 Esta condición nos hace recordar la siguiente afirmativa de Pablo: “Si alguno cree que sabe algo, no lo sabe como lo debía saber” (1ª Corintios, 8:2), cuya interpretación de Emmanuel no debemos ignorar: La civilización siempre cuida saber excesivamente, pero, en tiempo alguno, supo como conviene saber. Es por esto que, aún ahora, el avión bombardea, la radio transmite la mentira y la muerte, y el combustible alimenta maquinarias de agresión. Así también, en la esfera individual, el hombre sólo reflexiona saber, olvidando que es indispensable saber cómo conviene. En nuestras actividades evangélicas, toda atención es necesaria para el éxito de la tarea que nos fue acometida. Existen aprendices del Evangelio que pretenden guardar toda la revelación del cielo, para imponerla a los vecinos; que presumen de la posesión de la humildad, para tiranizar a los otros, que se declaran pacientes, irritando a quien los oye; que se afirman creyentes, confundiendo la fe ajena; que exhiben títulos de caridad, olvidando simples obligaciones domésticas. Esos amigos, principalmente, son de aquellos que imaginan saber, sin saber de hecho. Los que conocen espiritualmente las situaciones ayudan sin ofender, mejoran sin herir, esclarecen sin perturbar. Saben cómo conviene saber y aprendieron a ser útiles. Usan el silencio y la palabra, localizan el bien y el mal, identifican la sombra y la luz y distribuyen con todos los dones de Cristo. Se informan sobre la Fuente de la Eterna Sabiduría y se unen a ella como lámparas perfectas al centro de la fuerza. Fracasos y triunfos, en el plano de las formas temporales, no les modifican las energías. Esos saben porque saben y utilizan su propio conocimiento como conviene saber.14

 Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy afable y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. (Mateo, 11:28-30). Este texto revela una de las más bellas y consoladoras manifestaciones de Jesús. Demuestra la sensibilidad del educador consciente de su ministerio y del que efectivamente el aprendiz necesita repasar.


Nadie como Cristo esparció en la Tierra tanta alegría y fortaleza de ánimo. Reconociendo eso, muchos discípulos amontonan argumentos contra la lágrima y abominan las expresiones de sufrimiento. El Paraíso ya estaría en la Tierra si nadie tuviese razones para llorar. Considerando así, Jesús que era el Maestro de la confianza y del optimismo, llamaba a su corazón a todos los que estuviesen cansados y oprimidos bajo el peso de los desengaños terrestres. No maldijo a los tristes: los convocó a la consolación. (…) Se caracterizan las lágrimas a través de orígenes específicos. Cuando nacen del dolor sincero y constructivo, son filtros de redención y vida; no obstante, si proceden del desespero son venenos mortales.10

La expresión “Venid a mí” está saturada de vibraciones amorosas. Invitándonos, Jesús espera que vayamos hacia Él. A pesar de aguardarnos en el transcurso de los milenios, estas palabras Suyas aún suenan en las conciencias, trabajando en nuestras reservas, hasta que el libre albedrío, imprescindible en tal decisión, pueda ser accionado en Su dirección que es la puerta de la solución de los dolores y aprensiones.6

Sabemos, como cristianos y espíritas, que Jesús posee la suprema gracia divina. De él fluye el bien superior, en razón de su íntima y perfecta unión con el Padre celestial.9 “En tales condiciones, un deseo ardiente domina su amoroso corazón: volver a los hombres tales como es él, hacerlos co-herederos con él, de la herencia paterna.”9 La ternura expresada en el “Venid a mí”, indica la posibilidad de liberarnos del peso de las pruebas. Es una llamada sincera que se asemeja a las manos extendidas; al abrazo fraterno; al secar de lágrimas; al ofrecimiento de un hombro amigo; es también una manifestación de socorro, consuelo y protección. Creados simples e ignorantes, optamos, no obstante, en deambular por los desvíos que nos apartan del camino del bien, a pesar de las innumerables oportunidades de elevación que nos son ofrecidas. Todos los males que nos afectan tienen su origen en la falta de comunión con Dios. Por consiguiente, todo lo que nos causa aflicciones, amarguras y sufrimientos, se resolverá como por encanto, mediante el establecimiento de nuestras relaciones con la Divinidad. 9


El ser humano, para ser feliz, necesita desprenderse de la opresión que la vida material proporciona. La pregunta que se hace, naturalmente, no es que Cristo venga hasta nosotros, sino decidirnos, efectivamente, ir nosotros a su encuentro. Todos oyen las palabras de Cristo, las cuales insisten para que la mente inquieta y el corazón atormentado le procuren el regazo refrigerante… (…) Aquí, las palabras del Maestro se derraman como vigoroso bálsamo, entretanto, los lazos de la conveniencia inmediatista son demasiado fuertes; más allá, se señala el convite divino, entre promesas de renovación para la jornada redentora, mientras tanto, la prisión del desánimo aísla al espíritu, a través de grandes resistencias; allí, el llamamiento de lo Alto ameniza las penas del alma desilusionada, pero es casi impracticable la liberación de los impedimentos constituidos por personas y cosas, situaciones e intereses individuales, aparentemente urgentes. Jesús, nuestro Salvador, nos tiende sus brazos amorosos y compasivos. Con él la vida se enriquecerá de valores eternos y a la sombra de sus enseñanzas celestes seguiremos, por el trabajo santificante, en la dirección de la Patria Universal… 11

Se hace necesario, pues, que el ser humano dé prioridad a su felicidad, orientándose por el poder del amor. Por eso, cuando Jesús afirma: “Venid a mí, todos los que estáis cansados y oprimidos y yo os aliviaré”, destaca que la fuerza del amor es la única capaz de producir paz y alegría duraderas. El yugo de Cristo es el yugo del amor, que educa y promueve al ser humano. Bajo su tutela, conocemos y ponemos en práctica su Doctrina, que se resume en la práctica de la caridad. Entretanto, actuando como Espíritus rebeldes e inmaduros, huimos de su asistencia, a través de acciones infelices, contra nosotros mismos y contra el prójimo. Por no buscarlo por la vía del amor, Él nos aguarda después de muchas luchas y desarmonías experimentadas en las veredas del sufrimiento y de la desilusión. Oprimidos, porque las cosas de la Tierra no sólo cansan, oprimen también. Las desilusiones aniquilan. Las derrotas afligen. Después de tanta lucha, todo pasa dejando cicatrices para inducirnos a la reflexión, para tomar una nueva posición con Él en los senderos del progreso.7

Es importante que no nos sometamos a las necesidades efímeras alimentadas por el ego que, por ser ficticias y transitorias, aturden los sentidos, envenenan los sentimientos, impiden el raciocinio, interponiendo obstáculos para mejorar espiritualmente. El atraso moral hace al Espíritu esclavo de pasiones inferiores,


donde el orgullo y el egoísmo establecen un reinado desolador. Liberados, no obstante, de sus llamadas inferiores, optando por el amor de Cristo, se constata que su yugo libera y ampara por estar basado en el amor. Los versículos 29 y 30, del registro de Mateo, traen una promesa de Jesús que debe ser considerada con mucha seriedad. “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy afable y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.” Es importante estacar que si Cristo habla de su yugo es porque existen otros yugos, como el de las pasiones inferiores, anteriormente señaladas. En esas condiciones, la persona corre el riesgo de quedar indiferente al bien. Prefiriendo mantenerse al margen de la vida, indolente, es entonces subyugada por las oscilaciones de los intereses egoístas que alimentan su existencia. Presa a las manifestaciones del egocentrismo, pasa a ignorar el valor del sacrificio en beneficio del prójimo, encontrándose incapaz de renunciar a las atracciones impuestas por posiciones y cargos existentes en la vida en sociedad. Es necesario estar atentos al verdadero sentido de estas palabras de Jesús, evitando cualquier tipo de equivocación: “Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy afable y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.” No existe, en la transcripción, estímulo a la falta de compromiso moral cuando Jesús anuncia: “aprended de mí, que soy afable y humilde de corazón”; ni a la ociosidad cuando afirma: “encontraréis descanso para vuestras almas”; o, tampoco, desprecio por el esfuerzo y por el trabajo, cuando dice que su yugo es llevadero y su carga ligera. Recordemos que el proceso de renovación en el bien exige dedicación y persistencia, obtenidos, generalmente, a costa de sudor y lágrimas.

En este contexto, el benefactor Emmanuel orienta con propiedad: Se dirigió Jesús a la multitud de los afligidos y desalentados proclamando el divino propósito de aliviarlos.

- “¡Venid a mí! – clamó el Maestro - ¡tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended conmigo, que soy manso y humilde de corazón!” Su ruego amoroso vibra en el mundo, a través de todos los siglos del Cristianismo. Compacta es la turba de desesperados y oprimidos de la Tierra, no obstante el amistoso convite. Es que el Maestro en el “¡Venid a mí!” espera naturalmente que las almas inquietas y tristes lo busque para la adquisición de la enseñanza divina. Pero no todos los afligidos pretenden renunciar al objeto de sus desesperaciones ni todos los tristes quieren huir de la sombra para encontrarse con la luz. La mayoría de los desalentados legan a intentar la satisfacción de caprichos criminales con la protección de Jesús, emitiendo rogativas


extrañas. Entretanto, cuando los sufrientes se dirigiesen sinceramente a Cristo, han de oírlo, en el silencio del santuario interior, concitándole el espíritu a despreciar las disputas reprobables del campo inferior. ¿Dónde están los afligidos de la Tierra que pretenden cambiar el cautiverio de sus propias pasiones por el yugo suave de Jesucristo? Para esos fueron pronunciadas las santas palabras “¡Venid a mí!”, reservándoles el Evangelio poderosa luz para la renovación indispensable.13

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