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El evangelio y el futuro Emmanuel/Chico Xavier Libro: A Camino de la Luz Una modesta síntesis de la Historia hace entrever los lazos eternos que unen a todas las generaciones en los impulsos evolutivos del planeta. Muchas veces se cambió el escenario de las civilizaciones, sufriendo profundas renovaciones, pero los actores son los mimos, caminando, en las luchas purificadoras, para la perfección de Aquel que es la Luz del principio. En los inicios de la humanidad, el hombre terrestre fue naturalmente conducido a las actividades exteriores, desbravando el camino de la naturaleza para la solución del problema vital, pero hubo un tiempo en que su mayoría de edad espiritual fue proclamada por la sabiduría de Grecia y por las organizaciones romanas.


En esa época, la venida de Cristo al planeta señalaría el mayor acontecimiento para el mundo, a la vez que el Evangelio sería el eterno mensaje del cielo, uniendo la Tierra al reino luminoso de Jesús, en la hipótesis de la asimilación del hombre espiritual, con respecto a las enseñanzas divinas. Pero la pureza del Cristianismo no consiguió mantenerse intacta, en cuanto regresaron al plano invisible los ayudantes del Señor, reencarnados en el globo terrestre para la gloria de los tiempos apostólicos. El asedio de las tinieblas avasalló el corazón de las criaturas. Transcurridos tres siglos desde la lección santificante de Jesús, surgieron la falsedad y la mala fe, adaptándose a las conveniencias de los poderes políticos del mundo y desvirtuando todos los principios por favorecer doctrinas de violencia oficializada. En vano envió el Divino Maestro a Sus emisarios y discípulos más queridos al círculo de las luchas planetarias. Cuando no fueron despedazados por las multitudes culpables o por los verdugos de las conciencias, fueron obligados a capitular ante la ignorancia, esperando el largo juicio de la posteridad. Desde esa época, en la que el mensaje evangélico dilataba la esfera de la libertad humana, en virtud de su madurez para el entendimiento de las grandes y consoladoras verdades de la existencia, el hombre espiritual se estacionó en su progreso, imposibilitado de acompañar al hombre físico en su marcha por los caminos del conocimiento. Por ese motivo, al lado de los poderosos aviones y la radiotelefonía que unen todos los continentes y países en la actualidad, indicando los imperativos de las leyes de la solidaridad humana, vemos el concepto de civilización despreciado por todas las doctrinas del aislamiento, mientras las naciones se preparan para el exterminio y la destrucción. Por eso, en nombre del Evangelio, se perpetran todos los absurdos en los países que se denominan cristianos. La realidad es que la civilización occidental no llegó a cristianizarse. En Francia, tenemos la guillotina, la horca en Inglaterra, el hacha en Alemania y la silla eléctrica en la propia América de la fraternidad y la


concordia, y eso por referirnos sólo a las naciones supercivilizadas del planeta. ¿No agredió Italia a Abisinia, en nombre de la civilización cristiana de Occidente? ¿No fue en nombre del Evangelio que los sacerdotes italianos bendijeron los cañones y las ametralladoras de la conquista? En nombre de Cristo se han esparcido, en estos veinte siglos, todas las discordias y amarguras del mundo. Pero ha llegado el tiempo de un reajuste de todos los valores humanos. Si las dolorosas expiaciones colectivas preludian la época de los últimos lamentos del Apocalipsis, la espiritualidad debe de entrar en las realizaciones del hombre físico, llevándolas hacia el bien de toda la humanidad. En su manantial de esclarecimientos, se podrá beber la linfa cristalina de las verdades consoladoras del cielo, preparando a las almas para la nueva era. Han llegado los tiempos en que las fuerzas del mal serán obligadas a abandonar sus últimas posiciones de dominio en la Tierra, y sus últimos triunfos son el resultado de una reacción temeraria e infeliz, que apresura la realización de los vaticinios sombríos que pesan sobre su imperio perecedero. Dictadores, ejércitos, hegemonías económicas, masas versátiles e inconscientes, guerras sin gloria, organizaciones seculares, todo pasará como el vértigo de una pesadilla. La victoria de la fuerza es como la claridad de los fuegos artificiales. Toda la realidad es la del espíritu y toda la paz es la del entendimiento del reino de Dios y de Su justicia. El siglo que pasa efectuará la división de las ovejas del inmenso rebaño. El cayado del pastor conducirá el sufrimiento en la penosa tarea de la elección y el dolor se ocupará del trabajo que los hombres no aceptan por amor. Una tempestad de amargura barrerá toda la Tierra. Los hijos de la Jerusalén de todos los siglos deben llorar, contemplando esas lluvias de lágrimas y sangre que saldrán de las nubes pesadas de sus conciencias oscuras. Condenada por las sentencias irrevocables de sus errores sociales y políticos, la superioridad europea desaparecerá para siempre, como el Imperio Romano, entregando a América el fruto de sus experiencias, con vistas a la civilización del porvenir. Se vive ahora en la Tierra, un crepúsculo, al que


sucederá una profunda noche, y al siglo XX le compete la misión del desenlace de esos espantosos acontecimientos. Pero, los trabajadores humildes de Cristo, oigamos Su voz en lo más profundo de nuestra alma: “¡Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios! ¡Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán hartos! ¡Bienaventurados los afligidos, porque llegará el día de su consuelo! ¡Bienaventurados los pacíficos, porque ellos verán a Dios!” Sí, porque después de la tiniebla surgirá una nueva aurora. Luces consoladoras envolverán todo el orbe regenerado en el bautismo del sufrimiento. El hombre espiritual estará unido al hombre físico para su marcha gloriosa en lo ilimitado, y el Espiritismo habrá retirado de sus escombros materiales el alma divina de las religiones, que los hombres han pervertido, uniéndolas en el abrazo acogedor del Cristianismo restaurado. Trabajemos por Jesús, aunque nuestro lugar de trabajo esté situado en el desierto de las conciencias. Todos estamos llamados a la gran labor y nuestro deber más sublime es responder a la llamada del Escogido. Viendo las escenas de la historia del mundo, sentimos un frío glacial en este crepúsculo doloroso de la civilización occidental. Recordemos la misericordia del Padre y oremos. La noche no tardará en venir, y en la profundidad de sus sombras compactas, no nos olvidemos de Jesús, cuya misericordia infinita, como siempre, será la claridad inmortal de la alborada futura, hecha de paz, fraternidad y redención.

El evangelio y el futuro emmanuel chico xavier  

EL EVANGELIO Y EL FUTURO EMMANUEL CHICO XAVIER

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