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¡CUANTA DICHA PERDIDA! Amalia domingo soler Tras realizar la lectura de unas notas referentes al divorcio, he escrito lo siguiente: Durante el año de 1.885, el número total de los divorcios fallados en París fue de 1.242. Si estas 2.484 personas se hubiesen comprendido ¡Cuántas familias dichosas! ¡Cuántos seres felices! Pero no se han entendido: se unieron los cuerpos quedando separadas las almas; y ha resultado lo que debía resultar, el mutuo hastío. ¡Qué cuadro tan desconsolador! ¡Cuántos hogares vacíos! ¡Cuántos niños sin el dulce calor de la mutua ternura de sus padres! ¡Qué poco se ama la humanidad!... No soy, sin embargo, enemiga del divorcio. Creo preferible la separación de dos seres que se repelen entre sí, a que vivan unidos atormentándose el uno al otro, faltando a sus deberes en muchas ocasiones, sufriendo en otras esas humillaciones, esos desvíos que llegan a exasperar el Espíritu de tal manera que su sufrimiento es completamente estéril. Aun cuando las religiones aseguran que el padecimiento borra la mancha de la culpa, yo creo que si el dolor es superior a las fuerzas del individuo, el


Espíritu se anonada, se humilla, y en la humillación no adelanta ni un solo paso en la senda del progreso; y si se subleva, si pregunta airado a su destino el porqué de su triste y adversa existencia, tras la pregunta suelen venir la impaciencia y la desesperación, con lo cual contrae el Espíritu nuevas responsabilidades. No soy partidaria de que el hombre o la mujer lleve más cruz que la que buena y racionalmente pueda sostener sobre sus débiles hombros; no estoy por esos martirios que sufren muchas mujeres rebajando su dignidad convirtiéndose en esclavas, cuya estúpida resignación me inspira a la vez lástima y desprecio: la mujer nunca debe descender hasta la degradación de sufrir sin murmurar el ultraje, el insulto y los golpes del hombre inhumano que, dominado por los vicios, convierte su hogar en un horrible infierno. La mujer no ha venido a la Tierra para ser únicamente la hembra del hombre; su misión es más noble, más grande, más productiva, más elevada, y el divorcio viene a libertar a la mujer de su vergonzosa servidumbre. Pero el divorcio me hace un efecto parecido al que causa la amputación de un miembro. Bien conozco que cuando se corta un pie, una mano, un brazo o una pierna, es porque la gangrena amenaza invadir todo el cuerpo y sólo la separación del miembro enfermo puede evitar la muerte del individuo, con todo; los preparativos de la operación y la frialdad de los operantes hacen daño a un alma sensible. De aquí la penosa impresión que me causa la separación de dos seres que han vivido juntos, y que creyeron por algunos instantes no poder vivir el uno sin el otro. Nunca olvidaré un día que estando en Madrid fui a ver a una de mis mejores amigas, en el momento crítico que su marido abandonaba el hogar doméstico por mutuo consentimiento. Cinco años habían vivido juntos Elisa y Tadeo. Durante este tiempo los había visto muchas veces paseando por el Buen Retiro, el jardín Botánico y las alamedas de la Castellana, hablando y riendo alegremente, tranquilos y felices en medio de su pobreza, cosa no muy común entre los pobres de levita, cuya miseria es mucho más insoportable que la de aquellos a quienes lo mismo les da salir a la calle vestidos como desnudos.


Elisa y Tadeo pertenecían a esa clase desgraciada cuyos individuos se alimentan moderadamente, para poder comprarse él un cuello de pieles y un sobretodo y ella un abrigo y un sombrero, pero que disfrutan y olvidan su escasez cuando se codean en el paseo con las personas elegantes, sin desmerecer de ellas. Yo que tantas veces había visto a Elisa cosiendo de día y de noche la ropa de su marido para que siempre fuera limpio, arreglado y hasta bien vestido, cuando, sin tener el menor antecedente, entré en su hogar una mañana temprano y la encontré pálida como una muerta, arreglando un baúl, mientras su marido ataba un fardo de un colchón, mantas y almohadas, con los muebles en desorden, y un mozo separando los que Elisa le señalaba, sentí una angustia indefinible. Quise irme, pues hay ocasiones en que hasta los mejores amigos son importunos; y, aunque yo nada sabía, adivinaba por los semblantes de Elisa y Tadeo que se trataba de un acontecimiento grave. -No, no; no te vayas; me dijo Elisa: no sabes el bien que me hace tu venida. Siéntate en el gabinete, que pronto iré a tu lado. La obedecí, y poco rato tuve que esperar. Vino seguida de Tadeo, que me saludó cortésmente y salió del gabinete sin despedirse de su esposa. Se oyó cerrar la puerta y aquel ruido hizo estremecer a Elisa que estaba en pie con los codos apoyados en la cómoda, oprimiéndose la frente con ambas manos, y hubiera caído al suelo si yo no la hubiera sostenido en mis brazos haciéndola sentar en un viejo sofá. Elisa reclinó su cabeza en mi hombro y lloró silenciosamente largo rato. Cuando estuvo más tranquila, me contó que hacía más de un año que vivía muriendo: su marido le era infiel, y además se había entregado al vicio del juego. Pasaba las noches fuera de su casa, y su trato se había hecho insoportable, y temiendo ella apelar al suicidio, porque se desesperaba al ver la infamia de su esposo, cuando él le propuso la separación la aceptó con ese amargo placer del que ha perdido toda esperanza, puesto que Tadeo le repitió cien veces que todo había muerto entre los dos.


Qué cuadro tan triste cuando Elisa, apoyada en mi brazo, recorrió su pequeña y alegre casita, donde antes todo sonreía. Porque Elisa era el arreglo y el primor personificados, y en aquellos instantes todo estaba en completo desorden: la cama deshecha, los armarios abiertos, los libros esparcidos, en la cocina no había lumbre; ¿Para qué? Ya no estaba allí el dueño esperando impaciente el café con leche y el pan tostado. ¡El hielo de la tumba en todas partes! Parecía que había salido de la casa un cuerpo muerto! Elisa no se sintió con valor para pasar el día en su desierto hogar, y se vino a mi casa huyendo de sí misma. ¡Pobrecilla! Aquella mujer tan elegante y tan distinguida, que no salía nunca sin peinarse y sin ponerse los guantes, aquella mañana no parecía la misma: había envejecido diez años ¡Infeliz!... y salió envuelta en un manto de luto, pareciendo la estatua del dolor. Aconsejada por sus amigas, se cambió de casa para no tener tantos recuerdos. Pasada la primera crisis, vivió más tranquila, consagrada por completo a su trabajo; pero... ¡Qué tranquilidad tan triste! Ya no volví a encontrar a Elisa ni una sola vez paseando por el Buen Retiro ni por las alamedas de la Castellana. Los domingos por la tarde se iba al hospital a peinar a las enfermas. A Tadeo tampoco volví a verle en el mundo elegante: sus vicios le absorbieron todo su tiempo. Le vi, sí, sucio y harapiento cómo van los jugadores sin fortuna, hasta que por último fue a parar en el hospital de la Princesa, donde le encontré cinco años después de haberse separado de Elisa. Si él no me hubiera llamado, no le habría reconocido: estaba tan cambiado. Había encanecido, estaba delgadísimo, de color cetrino; no parecía su sombra. Cuando estreché su diestra no pude contener mi llanto, y más aún cuando me dijo: -¡Ay Amalia! ¡Cuánta, cuánta dicha perdida! Cuánto he echado de menos a mi buena, mi incomparable Elisa, tan digna, tan cariñosa, tan sufrida, tan cuidadosa conmigo... y aquellos domingos tan risueños...esperados con afán infantil... ¿Qué es de ella? No la he vuelto a ver. ¿La sigue usted tratando?


-Con más intimidad que antes, porque es inmensamente desgraciada. -Pues no le diga donde me encuentro. Nuestra entrevista sería muy dolorosa para ella; muy vergonzosa para mí. No quiero verla; me ahogaría la vergüenza. La noche de aquel mismo día vino Elisa a verme. -Vengo a contarte, (me dijo) lo que me sucede, porque es muy original. Hará como mes y medio que vi a Tadeo una noche en la Puerta del Sol, en el estado más deplorable que puedes imaginar, completamente ebrio, acompañado de dos amigos que iban como él. ¡Qué lástima me inspiraron todos ellos! Si vieras a mi marido, no le conocerías; a mí me costó no poco trabajo conocerle. De aquel hombre tan distinguido... tan aristocrático, nada queda... absolutamente nada. Aquella noche volví a verle en sueños. Estaba en el hospital, y sus lamentos resonaron en mis oídos. Casi todas las noches le veo en el mismo sitio. ¡Será esto un presentimiento! ¡Estará enfermo en el hospital! -No te preocupes por esas cosas ni hagas caso de los sueños. -¡Ah! No, no, estoy decidida a averiguar si está en algún hospital, porque si así fuera... ¡Oh! Si así fuera... -¿Qué harías? -¿Y me lo preguntas? No le dejaría allí. ¡Pobre Tadeo!... Me conmovieron tanto las palabras de Elisa, que le conté mi triste encuentro con su marido. Al día siguiente fuimos las dos al hospital de la Princesa. La entrevista de Elisa y Tadeo fue verdaderamente conmovedora, y aquel mismo día se trasladó al enfermo a la casa de su esposa, de la cual salió un mes después para el cementerio. Durante aquellos tristes días acompañé cuanto fue posible a mi querida y atribulada Elisa, que no abandonó ni un momento a su esposo, el cual solía repetir en su delirio: “¡Cuánta dicha perdida!” En sus horas de lucidez miraba tristemente a su esposa y murmuraba también a menudo la misma frase.


Elisa acompañó a su esposo hasta dejarle en la fosa. Cuando salimos del cementerio se quedó mirando largo rato el sitio donde iban a disgregarse los restos de Tadeo y, como despidiéndose, “¡Cuánta dicha perdida!”... Exclamó derramando acerbas lágrimas. Muchas son las mujeres que, como Elisa, cruzan la Tierra recordando su hogar perdido, sus horas de amoroso afán y de solícitos cuidados. El divorcio es una cauterización para las heridas del alma; es la amputación de un miembro gangrenado: ¡Desdichados de aquellos matrimonios que tienen que apelar a la separación para vivir tranquilos! Es un remedio casi tan terrible como la enfermedad; por eso al leer la lista de los divorcios fallados en Paris en 1.885, he exclamado recordando las palabras de Elisa y de Tadeo: ¡Cuánta dicha perdida!


Cuanta dicha perdida amalia domingo soler