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CAUSAS DE LA INCREDULIDAD Cartas a Kardec Señor Allan Kardec, leí con mucha desconfianza, diré aún mismo, con sentimiento de incredulidad, vuestras primeras publicaciones a respecto del Espiritismo. Más tarde las releí con bastante atención, también como vuestras otras publicaciones, a la medida que aparecían. Debo decir sin rodeos que yo pertenecía a la escuela materialista. ¿Es razonable? Es que de todas las sectas filosóficas o religiosas era la más tolerante, la única que no se entregaba a demonstraciones de fuerza para la defensa de un Dios que dice por la boca del Maestro: “Mis discípulos serán reconocidos por lo mucho que se amaran” porque la mayoría de los guías que la sociedad ofrece para inculcar en los jóvenes las ideas de moral y de religión antes parecían destinados a lanzar el pánico en las almas de lo que les enseñan a conducirse bien, a esperar una recompensa por sus sufrimientos, una compensación por sus aflicciones. Siendo así, los materialistas de todas las épocas, y principalmente los filósofos del


siglo pasado, la mayoría de los cuales ilustraran las artes y las ciencias, aumentaron el número de sus prosélitos, a la medida que la instrucción emancipaba a las criaturas. Se prefirió la nada a los tormentos eternos. Es natural que el infeliz compare. Si la comparación le es desventajosa, el dudará de todo. Efectivamente, cuando se ve el vicio en la opulencia y la virtud en la miseria, si no se tuviera una doctrina raciocinada y probada por los hechos, el desespero se apoderaría del alma y se preguntará que es lo que se gana en ser virtuoso, atribuyéndose los escrúpulos de la consciencia a los preconceptos y a los errores de una primera educación. Ignorando cual es el uso que haréis de mi carta, mas, en el caso, dejándoos entera libertad, pienso que no será inútil dar a conocer las causas que operan a mi conversión. Yo había oído hablar vagamente del magnetismo. Unos lo consideraban cosa seria y real, mientras otros hallaban que era una locura. Siendo así, no perdí tiempo con eso. Más tarde oí hablar por todas partes de las mesas giratorias, parlantes, etc.; más cada uno empleaba a respecto el mismo lenguaje que sobre el magnetismo, lo que hizo que también no me interesase. Todavía, por una circunstancia enteramente imprevista, tuve a mi disposición el Tratado de Magnetismo y de Sonambulismo, del Sr. Aubin Gauthier. Leí esa obra con una disposición de espíritu en constante rebeldía a su contenido, tan extraordinario y aun mismo imposible me parecía lo que allí era explicado. Con todo, habiendo llegado a la página en que aquel hombre honesto dice: “No queremos que nos crean bajo palabra; experimenten, de acuerdo con los principios que indicamos y, si reconocieran como cierto aquello que anticipamos, todo cuanto pedimos es que lo hagan de buena fe y que se entiendan mutuamente.” Este lenguaje de una certeza raciocinada, que solo el hombre práctico puede tener, paralizó toda mi efervescencia, sometió a mi espíritu a la reflexión y lo animó a experimentar. Inicialmente opere con el hijo de uno de mis parientes, de cerca de dieciséis años, y logré resultados que ultrapasaron mis expectativas. Será difícil


decir de la perturbación que se apoderó de mí; yo desconfiaba de mi mismo y me preguntaba si no era víctima de aquel rapaz que, habiendo adivinado mis intenciones, se entregaba a estupideces y simulaciones para en seguida burlarse de mí. Para asegurarme, tome ciertas precauciones indicadas y mande llamar a un magnetizador. Entonces me convencí de que el joven estaba realmente bajo influencia magnética. Ese primer ensayo fue tan estimulante que me entregué a esa ciencia, cuyos fenómenos tuve ocasión de observar y, al mismo tiempo, constatar la existencia del agente invisible que los producía. ¿Qué agente es ese? ¿Quién lo dirige? ¿Cuál es su esencia? ¿Por qué no es visible? Son preguntas a porque –decía de mí para mí – si un agente invisible podía producir los efectos de que yo era testimonio, otro agente, o talvez el mismo, podría muy bien producir otros. Concluí, así, que la cosa era posible; ahora creo, aunque nada haya visto. Por sus efectos, esas cosas son tan sorprendentes como el Espiritismo, de hecho muy francamente combatido por los críticos, de manera a no alterar ninguna convicción. Más lo que lo caracteriza de forma diversa de los otros efectos materiales, son los efectos morales. Para mí es evidente que todo hombre que se ocupa seriamente del magnetismo, si fuese bueno, se tornaría mejor; si fuese malo, forzosamente modificará su carácter. En el pasado la esperanza era una cuerda en la que se colgaban los infelices; con el Espiritismo la esperanza es un consuelo, los sufrimientos una expiación y el Espíritu, en vez de rebelarse contra los decretos de la Providencia, soporta pacientemente sus miserias, no maldice a Dios ni a los hombres y marcha siempre para la perfección. Si yo hubiese sido alimentado por esas ideas, por cierto no habría pasado por la escuela del materialismo, de donde me siento feliz por haber salido. Como ve, señor, por más rudos que hayan sido los combates a que me entregué, mi conversión se operó y sois uno de aquellos que para ella más contribuirán. Registrarla en vuestras fichas, porque no será una de las menores y, desde ahora en adelante, dignaos a contar conmigo en el número de vuestros adeptos.


Gauzy, Antiguo Oficial, 23, calle Saint-Louis, Batignolles (Paris) Observación – Esta conversión es un ejemplo más de la causa más común de incredulidad. En cuanto fueron dadas como verdades absolutas cosas que la razón repele, habrá incrédulos y materialistas. Para hacer creer, es necesario hacer comprender. Nuestro siglo así lo quiere y es preciso marchar con el siglo si no se quisiere sucumbir. Más para hacer comprender, es preciso que todo sea lógico: principios y consecuencias. El Sr. Gauzy enuncia una gran verdad al decir que el hombre prefiere la idea de la nada, que pone fin a sus sufrimientos, a la perspectiva de las torturas sin -fin, a las cuales es tan difícil escapar. Siendo así, procura gozar lo más posible mientras está en la Tierra. Preguntad a un hombre que sufre mucho lo que él prefiere: morir inmediatamente o vivir en el dolor cincuenta años; su elección no será dudosa. Quien mucho quiere probar nada prueba; a la fuerza de exagerar las penas, se acaba por generar la descreencia. Tenemos certeza de que hay mucha gente que concuerda con nosotros, diciendo que la doctrina del diablo y de las penas eternas hizo al mayor número de los materialistas; que la de un Dios que creo seres para destinar a la inmensa mayoría de ellos a torturas sin esperanza, por faltas temporarias, hizo el mayor número de los ateos. Allan Kardec. Revista Espírita, mayo de 1862.

Traducido por: M. C. R

Causas de la incredulidad (cartas a kardec)  

CAUSAS DE LA INCREDULIDAD (CARTAS A KARDEC)

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CAUSAS DE LA INCREDULIDAD (CARTAS A KARDEC)

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