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BUEN ANIMO LIBRO: La Buena Nueva Chico Xavier/ Por el espíritu Humberto de Campos El apóstol Bartolomé fue uno de los más dedicados discípulos de Cristo, desde los primeros tiempos de sus predicaciones junto al Tiberíades. Todas sus posibilidades eran empleadas en acompañar al Maestro, en su tarea divina. Entre tanto, Bartolomé era triste y en innumerables ocasiones, el Señor lo sorprendía en meditaciones profundas y dolorosas. Fue tal vez, por eso que, una noche, mientras Simón Pedro y su familia se entregaban a los impostergables quehaceres domésticos, Jesús aprovechó algunos instantes para hablarle más demoradamente al corazón. Después de una afectuosa y fraterna interrogación, Bartolomé dejó que su sensible espíritu hablase:


— Maestro — exclamó, tímidamente —, no sabría nunca explicaros el porqué de mis tristezas amargas. Sólo se decir que vuestro Evangelio me llena de esperanzas para el reino de luz que espera nuestros corazones, más allá, en las alturas... Cuando esclarecisteis que vuestro reino no es de esté mundo, experimenté un nuevo coraje para atravesar las miserias del camino de la Tierra, pues, aquí, ¡el sello del mal parece oscurecer las cosas más puras!... ¡Por todas partes, es la victoria del crimen, el juego de las ambiciones, la cosecha de los desengaños!.. La voz del apóstol se había tornado casi sofocada por las lágrimas. Sin embargo, Jesús le miró con blandura y le habló con serenidad: — Nuestra doctrina, no obstante, es la del Evangelio o de la Buena Nueva y ¿ya viste, Bartolomé, que una buena noticia no provoque alegría? Haces bien, conservando tu esperanza en base a las nuevas enseñanzas; pero, no quiero sino encender el buen ánimo en el espíritu de mis discípulos. Si ya tuve ocasión de enseñar que mi reino aún no es el de este mundo, eso no quiere decir que yo desdeñe el trabajo de extenderlo un día, a los corazones que pueblan la Tierra. ¿Crees, entonces, que yo habría venido a este mundo sin esa consoladora seguridad? El Evangelio tendrá que florecer, primeramente, en el alma de las criaturas, antes de fructificar para el espíritu de los pueblos. Pero, vengo de mi Padre, lleno de fortaleza y confianza, siendo que mi mensaje habrá de proporcionar gran júbilo a cuantos lo reciban de corazón. Después de una pausa, en que el discípulo lo contemplaba silencioso, el Maestro continuó: — La vida terrestre es un camino pedregoso, que conduce a los amorosos brazos de Dios. El trabajo es la marcha. La lucha común es la caminata de todo día. Los deliciosos instantes de la mañana y las horas nocturnas de serenidad son los puestos de reposo; pero, escúchame bien: en la actividad o en el descanso físico, la oportunidad de una hora, de una leve acción, de una palabra humilde, es la invitación de Nuestro Padre para que sembremos sus sacrosantas bendiciones. En general, los hombres abusan de esa preciosa ocasión para anteponer su imperfecta voluntad a los designios superiores, perturbando la propia marcha. De allí resultan las más ásperas jornadas obligatorias para la


rectificación de las faltas cometidas y, muchas veces, infructíferas labores. En vista de estas razones, observamos que los viajeros de la Tierra están siempre desalentados. En la obcecación de la propia voluntad, hieren su frente con las piedras del camino, cierran los oídos a la realidad espiritual, vendan los ojos con la sombra de la rebeldía y pasan en lágrimas, en imprecaciones desesperadas y gemidos amargos, sin observar la fuente cristalina, la cariñosa estrella del cielo, el perfume de la flor, la palabra de un amigo, la claridad de las experiencias que Dios extendió, para su jornada, en todos los aspectos del camino. Hubo un pequeño intervalo en las consideraciones afectuosas, después de lo que, sin él mismo percibir el alcance de sus palabras en forma integral, Bartolomé preguntó: — Maestro, vuestros esclarecimientos disipan mis pesares; pero, ¿el Evangelio exige de nosotros fortaleza permanente? — La verdad no exige: transforma. El Evangelio no podría reclamar estados especiales de sus discípulos; pero, es necesario considerar que la alegría, el coraje y la esperanza deben ser trazos constantes de sus actividades en cada día ¿Por qué quedarnos en la pesadilla de una hora, si conocemos la gloriosa realidad de la eternidad con Nuestro Padre? — ¿Y cuándo los negocios del mundo nos son adversos? ¿Y cuándo todo parece en lucha contra nosotros? preguntó el pescador con mirada inquieta. Jesús, sin embargo, como si notase, enteramente, la finalidad de sus preguntas, esclareció con bondad: — ¿Cuál es el mejor negocio del mundo, Bartolomé, será la aventura que se efectúa a peso de oro, muchas veces amordazándose el corazón y la conciencia para aumentar las preocupaciones de la vida material, o la definitiva iluminación del alma para Dios, que solamente se realiza por la buena voluntad del hombre que desee marchar para su amor, por entre las espinas del camino? ¿No será la adversidad en los negocios del mundo una invitación amiga para que la criatura siempre con más amor, un llamado indirecto que le arranque a las ilusiones de la Tierra para las verdades del reino de Dios?


Bartolomé guardó aquella respuesta en el corazón, no todavía, sin experimentar cierta extrañeza. Y luego, recordándose de que su progenitora había partido, hacía poco tiempo para la sombra de la tumba, interpeló aún, ansioso: — Maestro: ¿no será justificable la tristeza cuando perdemos a un ser querido? — Pero, ¿quién estará perdido si Dios es el padre de todos nosotros?... Si los que están sepultados en el lodo de los crímenes han de vislumbrar un día, la alborada de la redención, ¿por qué lamentarnos, en desesperación, del amigo que partió al llamado del Todopoderoso? La muerte del cuerpo abre las puertas de un mundo nuevo para el alma. Nadie queda verdaderamente huérfano sobre la Tierra, como ningún ser vive abandonado, porque todo es de Dios y todos somos sus hijos. ¡Por esto es que todo discípulo del Evangelio tiene que ser un sembrador de paz y de alegría! Jesús entró en silencio, como si hubiera terminado su exposición serena y juiciosa. Y, como la hora ya iba adelantada, Bartolomé se despidió. La mirada del Maestro le ofrecía a la suya, en aquella noche, una luz más dulce y más brillante; sus manos tocaron levemente sus hombros, dejándole una sensación saludable y desconocida. Aunque nacido en Caná de Galilea, Bartolomé residía entonces, en Dalmanuta, para donde se dirigió, meditando gravemente en las lecciones recibidas. La noche le pareció más hermosa que nunca. En lo alto, las estrellas se le figuraban como las luces gloriosas del palacio de Dios, a la espera de sus criaturas, con himnos de alegría. Las aguas del Genezaret, a sus ojos, estaban más serenas y felices. Los vientos blandos le susurraban al entendimiento inspiraciones cariñosas, como un correo delicado que llegase del cielo. Bartolomé comenzó a recordar las razones de sus tristezas intraducibles, pero, con sorpresa, no las encontró más en el corazón. Se recordaba de haber perdido a su afectuosa madre; pero, reflexionó, con más amplitud, al respecto de los designios de la Divina Providencia. ¿Dios no era padre y madre en los cielos? Recordó los contratiempos de la vida y ponderó que sus hermanos por la sangre lo aborrecían y calumniaban. Entretanto, ¿Jesús no le era un hermano generoso y sincero? Pasó en revista los fracasos


materiales. Con todo, ¿qué eran sus pescas o la avaricia de los negociantes de Bethsaida y de Cafarnaúm, comparados a la luz del reino de Dios, que él trabajaba por edificar en el corazón? Llegó a casa por la madrugada. A lo lejos, las primeras claridades del Sol le parecían mensajeras de la comodidad celestial. El canto de las aves repercutía en su espíritu como notas armónicas de profunda alegría. El propio mugido de los bueyes presentaba nueva tonalidad a sus oídos. Su alma estaba ahora clara; el corazón aliviado y feliz. Al sonar los goznes de la puerta, sus hermanos le dirigieron insultos, acusándolo de mal hijo, de vagabundo y traidor de la ley. Pero, Bartolomé recordó el Evangelio y sintió que sólo él tenía bastante alegría para dar a sus hermanos. En vez de reaccionar ásperamente, como en otras veces, les sonrió con la bondad de las explicaciones amigas. Su viejo padre igualmente lo acusó, expulsándolo. El apóstol, no obstante, lo encontró natural. Su padre no conocía a Jesús y él lo conocía. No consiguiendo esclarecerlos, guardó los bienes del silencio y se encontró en posesión de una nueva alegría. Después de reposar algunos momentos, tomó sus redes viejas y se fue a su barca. Tuvo para todos los compañeros de servicio una frase consoladora y amiga. El lago como que se encontraba más acogedor y más bello; sus compañeros de trabajo, más delicados y accesibles. En la tarde, no discutió con los comerciantes, llenándoles, además, el espíritu de buenas palabras y de actitudes cautivantes y educativas. Bartolomé había convertido todos los desalientos en un cántico de alegría, al soplo regenerador de las enseñanzas de Cristo; todos los observaron con admiración, excepto Jesús, que conocía, con júbilo, la nueva actitud mental de su discípulo. El sábado siguiente, el Maestro demandó las orillas del lago, cercado de sus numerosos seguidores. Allí se aglomeraban hombres y mujeres del pueblo, judíos y funcionarios de Antipas, a la par de gran número de soldados romanos. Jesús comenzó a predicar la Buena Nueva y, a cierta altura, contó conforme a la narración de Mateo, que — "el reino de los cielos es semejante a un tesoro que, oculto en un campo, fue hallado y escondido por un


hombre que, movido de gozo, vendió todo lo que poseía y compró aquél campo". En ese instante, la mirada del Maestro se posó sobre Bartolomé que lo contemplaba, embebecido; la luz blanda de sus ojos generosos penetró hondo en el interior del apóstol, por la ternura que evidenciaba, y el humilde pescador comprendió la delicada alusión de la enseñanza, experimentando el alma leve y satisfecha, después de haber descartado todas las vanidades de que aún no se había deshecho, para adquirir el tesoro divino, en el campo infinito de la vida. Enviando a Jesús una mirada de amor y de reconocimiento, Bartolomé limpió una lágrima. Era la primera vez que lloraba de alegría. El pescador de Dalmanuta adhirió para siempre, a los júbilos eternos del Evangelio del Reino.

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Buen animo chico xavier humberto de campos  

BUEN ANIMO CHICO XAVIER HUMBERTO DE CAMPOS

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