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ANGUSTIA MATERNAL Chico Xavier (Diversos Espíritus) Atendíamos al horario de las lecciones en nuestra reunión de la noche del 17 de mayo de 1956 , cuando, traída al recinto por nuestros benefactores espirituales, la hermana desencarnada, Sebastiana Pires, se valió de las posibilidades mediúmnicas para transmitirnos su historia, que pasamos a la consideración de nuestros lectores como dolorosa enseñanza al amor fraterno. El corazón de la madre es una taza de amor en la que la vida se manifiesta en el mundo. Ser madre es ser un poema de confort y cariño, protección y belleza. Sin embargo, qué tan grave es el arte de la verdadera maternidad Se levantan monumentos de progreso entre los hombres y los debemos, en gran parte, a las madres abnegadas y justas, más se yerguen penitenciarias y las debemos, en la misma proporción, las madres indiferentes y criminales.


Es que, muchas veces, transformamos la miel de la ternura, destinada por Dios a la alimentación de los servidores de la Tierra, en veneno de egoísmo que genera monstruos. Os habla una pobre mujer desencarnada, soportando, en las esferas inferiores, el peso de inmensa angustia. Resumiré mi caso para no inquietaros con mi dolor. Moza aun, me case con Claudino, un hombre digno y trabajador, que ganaba honestamente el pan de cada día en actividades comerciales. Un hijo era el mayor ideal de nuestros corazones entrelazados en un mismo sueño. Y, por esa razón, durante seis años consecutivos ore fervorosamente, suplicando a Dios nos concediese esa bendición… Un niño que nos trajo la verdadera alegría, que nos consolidase el reino dl amor y felicidad.. Después de seis años, el hijo querido gemía en nuestros brazos. Le llamamos Pedro, en homenaje al segundo Emperador de Brasil, cuya personalidad nos merecía entrañado respeto. Con todo, desde las primeras horas en que me hiciera madre, inesperado exclusivismo me tomo el espíritu débil. Alenté a mi hijo como si el alma de una leona despertase en mi seno. No obstante las protestas de mi marido, crie a Pedro tan solamente para mi admiración, para mi encantamiento y para el círculo estrecho de nuestra casa. Muchas veces me perdía en cismas fantasiosos, ideando para el un futuro diferente, en el cual, más rico y más poderoso que los otros hombres, viviese consagrado a mi dominación. Por ese motivo, mal ensayando los primeros pasos, Pedro, estimulado por mi liviandad e invigilância, procuraba ser fuerte en mal sentido. Cuidado por mí, apedreaba la casa de los vecinos, humillaba a los compañeros y se entregaba, en el templo domestico, a los caprichos que más le gustaban.


En balde, Claudino me advertía, atento. Mis principios, aunque, eran diferentes de los de él y yo quería a mi hijo para vanidosamente reinar. En la escuela primaria, Pedro se hizo pequeño dominio. No respetaba, perturbaba, destruía… Aun así, vivía u misma cuestionando con los profesores, para que le fuesen asegurados privilegios especiales. El niño era transferido de colegio a colegio, porque los instructores y sirviente temían mi agresividad siempre dispuesta a herir. En razón de eso, en la juventud, vi a mi hijo incapacitado para mis amplios estudios. La índole de Pedro no se compadecía con cualquiera disciplina, porque yo, su madre, le favorecía el despotismo la vanidad y el gigante orgullo. Cuando nuestro rapaz completo los dieciséis años, el padre amoroso y correcto le ofreció tarea digna, más, falló el tercer día de trabajo. Pedro llego a casa lloriqueando, quejándose del jefe, y yo, en mi imprudencia, acepte sus lamentaciones y exigí que Claudino le doblase el subsidio, retirándolo del empleo en el que, a mi ver, apenas encontraría pesares y humillaciones. El esposo me hizo ver la impropiedad de semejante procedimiento, no en tanto, me amaba demasiado para contrariarme los caprichos y, en breve tiempo, nuestro hijo se entregó a disposiciones deplorables. Aquel a quien idealizara en un futuro de rey, llegaba al hogar a avanzadas de la noche, tambaleándose por la embriaguez.

horas

La mirada piadosa de Claudino para mis lágrimas me daba a entender que mis preocupaciones surgían demasiado tarde. Todos mis cuidados fueron entonces inútiles. Gastador y viciado, Pedro de dio a la bebida, al juego, comprometiéndose en un estelionato de grandes proporciones, en el que el nombre paterno se envolvió en una deuda muy superior a las posibilidades de nuestra casa.


Claudino, desdichado y avergonzado, enfermo, sin que los médicos le identificasen la enfermedad, falleciendo después de largos meses de martirio silencioso. Muerto aquel que era mi compañero amadísimo, vendí nuestra residencia para pagar grandes deudas. Me recogí con Pedro en un Domicio modesto, entretanto, aunque me emplease, a los cincuenta años, para poder atender sus necesidades, comencé a sufrir, de las manos de mi hijo ebrio, dilaceraciones y atacamientos. Cierta noche, no pude contenerle los criminales impulsos y caí expulsando sangre… Internada en un hospital de emergencia, sentí miedo de compartir el mismo techo con el hombre que mi vientre generara con desvelado cariño y que se transformara en despiadado verdugo. Siendo así, huy de su convivencia. Procure a vieja compañera de mi juventud, pasando a morar con ella en un barrio pobre. Y, juntas, organizamos pequeño bazar de quinquillerías. Pensaba en mi hijo, ahora, entre la salud y la oración, entregándolo a la protección de la Virgen Santísima. Finalizada la tarea diaria, me recogí a solas en sencillo aposento, trayendo en mis manos el retrato de Pedro u rogando al Ángel de los Desvalidos amparase a aquel cuya moral yo apenas supiera agravar con negligencia criminal. Almacene algún dinero… Diez años corrieron apresurados sobre mi nueva situación. Y porque nuestras pequeñas migajas Vivian atesoradas en mi cuarto de vieja indefensa, cada noche me armaba de un revolver bajo la almohada, al mismo tiempo que descolorida fotografía era acariciada por mis manos. En una noche lluviosa y oscura, observe que un hombre me rondaba el lecho humilde.


Se alzaba la madrugada. El desconocido hurgando en los cajones naturalmente, atender su biciación.

procurando algo que le pudiese,

No dude ni un instante. Saque el arma y mire el tiro correcto para no fallar, cuando la luz de un relámpago penetró los cristales… Asombrada, reconocí, en el semblante del hombre que me invadía la casa, a mi hijo Pedro, convertido en ladrón: Se me desmoronaron los brazos. Quise gritar, más no pude. La conmoción insufrible como que me estrangulaba la garganta. Con todo, a través de la misma claridad, Pedro me vio armada y exclamo, sin reconocerme de pronto: -¡No me mates, bruja! ¡No me mates! Avanzó sobre mí como una fiera sobre la presa vencida y, despojándome del revólver de la punta de mis manos desfallecientes, me ahogo con los dedos que yo tantas veces había acariciado, y que me asfixiaban ahora, como garras asesinas…. No conseguí, realmente, pronunciar una sola palabra. Sin embargo, ligada aun a mi cuerpo, mis ojos y mis oídos funcionaban eficientes. Le observe el salto rápido sobre el encendedor de la luz… Naturalmente, el ahora contaba simplemente con un cadáver. Lo contemple con la ternura de la mujer que aun ama, a pesar de sentirse en derrocada suprema y note que Pedro se inclino, instintivamente, para mi mano izquierda, crispada, sosteniendo la fotografía. Horrorizado, exclamo:


-¡Madre, madre mía! ¿Eres tú? Para hablar con franqueza, daría todo por volver al equilibrio orgánico, para acariciarle de nuevo los cabellos y decirle: “¡Hijo querido, no te preocupes! Regenérese y seamos felices volviendo a vivir juntos! estoy vieja y cansada… ¿Quédese conmigo! ¡Quédate conmigo!...” Entretanto, mi lengua yacía inanimada y mis manos estaban inertes. Lágrimas ardientes borboteaban de los ojos parados, mientras la voz querida gritaba estridente:

- ¡Mama! ¿Mama! ¡Mi madre!... Un sueño profundo, poco a poco, se apoderó de mi y solamente más tarde desperté en una casa de socorro espiritual, donde pude reconstituir mis fuerzas para emprender la restauración de mi alma ante la Ley. No en tanto, hasta ahora, busco a mi hijo para rogar juntos la bendición de la reencarnación en la que yo pueda extirparle del sentimiento la hiedra maldita del orgullo y del egoísmo, del vicio y de la crueldad. Y mientras sufro las consecuencias de mis errores deliberados, puedo clamar para mis compañeras del mundo: -¡Madres de la Tierra, educad a vuestros hijos! Acariciarlos en el cariño y en la rectitud, en la justicia y en el bien. Un niño en la cuna es un diamante del Cielo para ser burilado. Acordaos de que el propio Dios, conduciendo a la Tierra a su Hijo Divino, Nuestro Señor Jesucristo, lo hizo nacer en un establo, le dio trabajo en una oficina sencilla, lo indujo a vivir sirviendo a sus semejantes y permitió que Él, el Justo, fuese inmerecidamente inmolado a los tormentos en la cruz.

Libro: Voces del Gran Más Allá.


Diversos EspĂ­ritus /Chico Xavier Traducido por: M. C. R

Angustia materna (chico xavier)  

ANGUSTIA MATERNAL (CHICO XAVIER)

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