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A LOS QUE AÚN SE HALLAN EN LAS SOMBRAS DEL MUNDO Libro: Más Allá del Túmulo 23 de abril de 1935 Antiguamente yo escribía en las sombras para los que se conservaban en las claridades de la Vida. Hoy, escribo en la luz blanca de la espiritualidad para cuantos aún se hallan sumergidos en las sombras del mundo. Quiero creer, sin embargo que tan dura tarea me fue impuesto en las mansiones de la Muerte, como exquisita penitencia a mi buen gusto de hombre que recogió cuando pudo de los frutos sabrosos en el árbol paradisiaco de nuestros primeros padres, según las Escrituras. Con todo no deseo imitar a aquel viejo Tiresias que a fuerza de proferir arbitrios y sentencias conquistó de los dioses el don adivinatorio a cambio de los preciosos dones de la vista. Por esta razón mi pensamiento no se manifiesta entre voces que aquí ocurrieron para escucharlas como aquellas entidades exploradoras, que en Hydesville, en América del Norte, por intermedio de las hermanas Fox, que vivían en los principios del


Espiritismo, contando historias sorprendentes con sus golpes ruidosos y alegres. Debo también esclarecer al sentimiento de curiosidad que los trajo hasta aquí, que no estoy ejerciendo ilegalmente la medicina como la gran parte de los difuntos, los cuales, hoy en día, viven diagnosticando y recetando remedios y aguas milagrosas para los enfermos. Tampoco, en mi calidad de periodista "fallecido" soy portador de algún mensaje sensacional de los consejeros comunistas que ya se fueron de esa vida para la mejor, emuladores de Lenin, de Kropotkin, cuyos cerebros a esta hora, deben estar trasbordando teorías trascendentales para el amargo momento que vive el mundo. El objetivo de mis palabras póstumas es solamente demostrar al hombre… desencarnado la inmortalidad de sus atributos. El hecho es que ustedes no me vieron. Más si contemplan allá fuera al médium. No digan que él se parece a Mahatma Gandhi en virtud de faltarle un tanga, una cabra y la experiencia “añeja” del “líder” nacionalista de la India. Más si historien, con sinceridad, el caso de sus ropas remendadas y tristes de proletario y de su pobreza limpia y honesta que anda por ese mundo arrastrando zuecos para la remisión de sus faltas en las anteriores encarnaciones. En cuanto a mí, digan que yo estaba por detrás del velo de Isis. Aun mismo así, en mi condición de intangibilidad, no me hurto al deseo de contarles algo respecto a esta “otra vida” para donde todos han de regresar. Si no estoy en los infiernos del que habla la teología de los cristianos, no me halló en el séptimo paraíso de Mahoma. No se contar mis aperturas en la amarga perspectiva de completo abandono en el que me encontré, luego después de abrir mis ojos en el reino extravagante de la Muerte. Se me figuró que yo iría, directamente consignado al Aqueronte, cuyas aguas amargas debería traspasar como las sombras para nunca más volver, porque no llegué a presenciar ninguna lucha entre San Gabriel y los Demonios, con sus balanzas trágicas, por la posesión de mi alma. Pasados, sin embargo, los primeros instantes de “inusitado” recelo, divisé la figura menuda y sencilla de mi Tío Antonino, que me


recibió en sus brazos sin embargo, los primeros instantes de “inusitado” recelo, cariñosos de santo. En compañía, pues, de tiernos afectos, en el encuentro fabuloso, que es mi temporal morada, aún estoy como asustado entre todos los fenómenos de la sobrevivencia. Aun no llegué a encontrar los soles maravillosos, las esferas, los comentados mundos, los portentos celestes, que describe Flammarión en su “Pluralidad de los Mundos”. Para mi espíritu, la Luna aun prosigue en su carrera como esfinge eterna del espacio, imbuida en su burel de monja muerta. Un anhelo loco y un ansia indefinida hacen un torbellino en mi cerebro: es el deseo de volver a ver, en el reino de las sombras, a mi padre y a mi hermana. Aun no pude hacerlo. Más en un movimiento de maravillosa retrospección pude volver a mi infancia, en la Miritiba calle lejana. Reví sus viejas calles, semi arruinadas por las aguas del Piria y por las implacables arenas… Reví los días que se fueron y sentí nuevamente el alma expansiva de mi padre como un tronco fuerte y alegre del tronco robusto de los Veras a mi frente, en los cuadros vivos de la memoria, abrace a mi inolvidable hermanita, que era en nuestra casa modesta como un ángel pequeñito de la Asunción de Murilo, que se había corporificado por una hora para otra sobre las lamas de la tierra… Descanse a la sombra de los hermosos y largos árboles, escuchando las violas caboclas, entonando las sambas de la gente de las playas nordistas y que tan bien quedaron archivadas en la poesía encantadora y simple de Juvenal Galeno. Desde la distante Miritiba me transporte a Parnaiba, donde vibre con mi gran mundo liluputiano… En espíritu, contemplé con mi madre las hojas sustanciosas de mi acayú derramándose en la Tierra entre las armonías del canto lloroso de morenas tórtolas desde puntos distantes de mi tierra. Con las almas entrelazadas contemple el cuerpo de marfil antiguo de aquella santa que, como un ángel, extendió muchas veces sobre mi espíritu cansado sus alas blancas. Le bese las manos arrugadas en genuflexión y tome las cuentas de su rosario y las cuentas menudas y claras que corrían furtivamente de sus ojos, acompañando su oración.


Ave Maria... Llena de gracia... Santa María... Madre de Dios... ¡Ah! Cada vez que mi mirada se extendía tristemente sobre la superficie del mundo, volvió mi alma a los cielos, tomada de espanto y de asombro… Aun hace poco, en mis sorpresas de recién desencarnado, encontré en las existencias de los espacios, donde no se cuentan las horas, una figura de un viejo, un espíritu anciano, en cuyo corazón milenario presumo refugiadas todas las experiencias. De largas barbas de nieve, ojos transmitiendo infinita piedad y dulzura de su fisonomía de Doctor de la Ley, en los tiempos apostólicos, se irradiaba una corriente de profunda simpatía. - ¡Maestro! –Le dije yo a falta de otro nombre – ¿qué podemos hacer para mejorar la situación del orbe terreno? El espectáculo del mundo me angustia y espanta... La familia parece disolverse... el hogar está balanceándose como los frutos podridos, en la eminencia de caer... la Civilización, con sus numerosos siglos de leyes e instituciones se figura haber tocado sus apogeos... De un lado existen los que se sumergen en un gozo aparente y ficticio, y del otro están las multitudes hambrientas, los millares, que no tienen sino rasgado en el pecho la señal de la cruz, dibujada por Dios con sus manos prestigiosas como los símbolos que Constantino gravara en sus estandartes... Y, sobre todo Maestro, es la perspectiva horrorosa de la guerra... No hay tranquilidad y la Tierra parece más un inmenso brasero, lleno de materiales en combustión... Más el bondadoso espíritu-anciano me respondió con humildad y dulzura: ¡Hijo Mío!... ¡Olvida el mundo y deja al hombre guerrear en paz!... Halle graciosa su paradoja, sin embargo solo me resta acrecentar: - ¡Dejen el mundo en paz con su guerra y su indiferencia! No será mi boca quien va a soplar en la trompeta de Josafat. Cada uno guarde ahí su creencia o su preconcepto Traducido por: M. C. R


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A los que aún se hallan en las sombras del mundo chico xavier  

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