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Ruby Rogers ¡Multiplícate por cero! Sue Limb Ilustraciones de:

Bernice Lum


CAP Í TU LO 1

¡Me tienes hasta los pelos!

M

I NOMBRE ES RUBY ROGERS, y de mayor voy a ser una gánster: como un moderno Robin Hood, pero en chica. Viviré con mi banda en las copas de los árboles. Y aunque aún no he pensado cómo nos llamaremos, nuestra fama será temible. Tenderemos puentes de cuerda, que se balancearán entre las ramas, y lianas como las de Tarzán. Y cuando se acerque algún grupo de gente abominable, le arrojaremos cosas repugnantes a la cabeza.

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Los acribillaremos con pañales sucios y bolsas cargadas de vómitos. Dejaremos caer bombas de mocos. Y cuando estén asquerosos de la cabeza a los pies, cubiertos de porquería y paralizados por el miedo, nos lanzaremos desde los árboles para robarles todo lo que tengan de valor. Huirán gritando con la cola entre las piernas, y nosotros daremos todo el dinero a alguna ONG que ayude a los niños. Hummm... ¡Qué buena idea! Hoy mismo la pondría en práctica. Tenía un plan secreto. De acuerdo, vale, quizá no habré crecido, pero en mi cabeza ya soy una gánster. Era el primer día de las vacaciones de verano. El momento perfecto para revelarle el plan secreto a mi familia, que no sospechaba nada. Necesitaba su ayuda, así que tendría que contárselo. Pero ¿quién sería el afortunado? O mejor dicho: ¿A quién podría encontrar de buen humor? Porque, desde luego, no se lo iba a explicar a alguien que estuviera de morros. ¿Mi hermano Joe? ¡Uf! Imposible. Joe suele comportarse como una bestia salvaje, con un humor de perros, que gruñe más que habla. Y eso que lleva siglos de vacaciones. Los mayores se libran del colegio en cuanto acaban los exámenes. Seguro que habría pasado

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todo el día fuera de casa divirtiéndose con los colegas. Llamé a la puerta de su dormitorio. Reinaba un silencio misterioso, siniestro. Nadie contestó. Llamé una vez más. «Rata asquerosa», susurré, arrastrando las palabras como un capo de la mafia. Pero nada. Quizá Joe jugueteaba con uno de sus típicos artefactos. Porque él se dedica al arte. Hace esculturillas de madera. En realidad, son maquetas de trastos colosales, tan grandes como una habitación, o más todavía. Sueña con cubrir una catedral con una especie de pasta amarilla, parecida a las natillas. Y cuando estuviera toda tapada, pondría una gigantesca rama de acebo encima, y parecería un gran pastel de Navidad. Por lo visto, eso es arte, y lo llaman «hacer una instalación». —¡Joe! —le grité—. ¿Me prestas un lápiz? No podía decirle: «¿Qué tal te ha ido?». Habría sospechado algo. —¡No entres en mi cuarto! —retumbó su voz desde el aseo—. ¡Usa esos asquerosos lápices de tu cajón! Me estaba empezando a fastidiar. Decidí que no se merecía enterarse de mi secreto. Había insultado a mis lápices, que no tienen un pelo de asquerosos. Además, lo más probable es que tar-

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dara varios días en salir del baño. Se esconde ahí a leer sus cómics. —¡Bueno, chaval! Relájate un poco, ¿quieres? —le dije en tono macarra, y me fui a buscar a papá. Pensé que estaría en el jardín. Pero con papá, nunca se sabe. A veces se sienta en la cama, a tocar la guitarra, e intenta componer canciones. Las letras hablan casi siempre de las calles de la ciudad: Un desconocido acecha... / por las calles de la ciudad... / se llama George, no Fred ni Clive... En realidad, a papá no le gusta casi nada andar por las calles. Una vez fuimos a pasar el día a Londres sin mamá, o sea, él, Joe y yo. ¡Error! Mamá es la única capaz de organizar una salida. A papá le dio un ataque de ansiedad en el Museo de Cera. —Tengo que salir —gimoteó, y corrió hacia la salida. ¡Será bobo! ¿Te imaginas la vergüenza que pasamos? Mucha gente tiene un padre fuertote y callado. Pero el mío es de los que se dejan arrastrar por el pánico y arman más jaleo que un grupo de circo. A él solo lo verás relajado en el jardín. Por lo menos cultiva guisantes, que a mí me vuelven loca, crudos, directamente de la vaina.

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Encontré a papá en la caseta del jardín. Estaba de pie, de espaldas a mí, clavando algo en la pared. —¡SORPRESA, SORPRESA! —le anuncié. Papá pegó un salto, se dio con el martillo en el dedo en lugar de acertar en el clavo y lanzó un aullido de dolor. —¡So burra! —chillaba mientras daba saltitos y se agarraba el dedo con la otra mano. La verdad es que papá nunca va muy lejos cuando

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pierde los nervios—. Ruby, ¡me tienes hasta los pelos! ¡No vuelvas a hacerlo! —Perdona, papi... Me marché deprisa. No era el mejor momento, estaba claro. Papá la arma por nada. Incluso en el día más tranquilo está siempre a punto de saltar. Y si encima se ha golpeado con el martillo... ¡Pobre, qué inútil es! Decidí entrar y contárselo a mamá. Era mi última esperanza.

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Ruby Rogers