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VISITA AL MUSEO ANTร“N

Candรกs, 24 de mayo de 2012


El martes 24 de abril nos juntamos docentes de los seminarios del CPR de Gijón y Avilés relacionados con las bibliotecas escolares y la Competencia comunicativa para realizar una visita al Museo Antón de Candás. Queríamos que fuese un encuentro del profesorado interesado en la didáctica de la lectura y vinculado con la tarea realizada desde las bibliotecas escolares. Nos reunimos más de veinticinco personas para hacer, para crear juntas, para compartir desde la comunicación que surge del lenguaje expresivo del arte. Utilizando como base inspiradora la conferencia de Eulalia Bosch "Entre sedas y algodones", realizamos esta visita a un museo para experimentar otras formas de diálogo con el arte. Intentamos añadir la palabra como complemento de la percepción con la finalidad de encontrar otra manera de implicarse en la creación, otra manera de expresar la emoción que transmite el objeto artístico. Además, como base aglutinante para el grupo, usamos la perspectiva de género como filtro de percepción. Leímos muchas de nosotras textos propios o textos de autores o autoras conocidos que aportaban nuestra perspectiva personal a la visión de la obra de Antón. Desde el hall de entrada, pasando por el corredor lleno de luz, deteniéndonos en la sala principal en la que se exponen las obras fundamentales de Antón y despidiéndonos en los jardines del museo, donde empieza la escalera que lleva al faro, al acantilado, al mar; fuimos pasando, leyendo, emocionándonos juntas, haciendo aún más humano el mármol, la madera, la piedra transformada por el artista, viendo que su mundo y el nuestro es cercano, que son dialectos que el corazón conoce y que en una tarde de primavera aún es más fácil compartir.


El viaje Elegimos Candás porque, además de ofrecernos un museo muy interesante como campo de pruebas para nuestra experiencia, se encuentra a mitad de camino de las dos ciudades y está bien comunicado con transporte público. Así que convocamos a la gente en la estación de tren y buscamos un horario que coincidiese con la salida de nuestras compañeras de Gijón para vernos a la llegada en el andén.


En el museo

Nos recibió la directora del museo, Dolores Villameriel Fernández, e hicimos las presentaciones del profesorado participante en la experiencia: Del grupo de trabajo Selección de lecturas del CPR de Gijón: Ana Isabel Balmori Otero, Emma Cabal Sánchez, Eva Mª Carrio Fernández, Ana Fernández Nafría, Ana Mª García García, Mª Victoria García García, Begoña López Jiménez, María Morado Díaz y Mirta Morán. Del seminario de Bibliotecas Escolares del CPR de Avilés: Mª José Álvarez Rodríguez, Juan Manuel Baños Pino, Isabel Carmona Tamargo, Mª Jesús Fernández Fernández, Mª Teresa Fernández González, Mar Friera Moreno, Rosa Hernando Sanz, Mª José Legaspi Pérez, Ana Miren Mesas Bengoa, Carmen Pareja Sánchez, Luz Mª Pérez Cartategui, Gema Sánchez Menéndez, Paulina Santos Rivero, Leticia Secall Mellén, Inmaculada Suárez López, Claudina Tellado Barcia. Y las asesoras que coordinaron la experiencia, Begoña Jiménez Pérez, Ana Monte Río y Mercedes Ruisánchez Gutiérrez. También nos acompañó la técnica especialista en Administración Educativa de la Consejería de Educación, Lucía Gutiérrez García y la Cuentacuentos y experta en Literatura infantil y juvenil Beatriz Sanjuán.


La casa (Visita al Museo Antón, Seminario de BBEE, 24 de abril de 2012, Mercedes Ruisánchez Gutiérrez)


Cuando llegué al Museo Antón y recorrí sus cuartos, subí sus escaleras, oí crujir sus maderas, sentí la luz de los balcones y la calidez del recibidor, entonces me pregunté cómo habría sido la vida en el caserón en otros tiempos. Inspirada en Eulalia Bosch en la 2ª parte de su conferencia “Entre sedas y algodones” titulada “La vida doméstica”, decidí investigar sobre los habitantes de la casa y ver si se citaba a alguna mujer con ella relacionada y lo que encontré fue que este caserón del siglo XVIII era la casa de los Estrada Nora. En ella nació un hijo ilustre de Candás, el coronel Manuel González-Valdés y González-Tuñón, conocido como Valdés Pumarino debido al nombre de su abuela paterna, Benita de las Alas Pumarino. Diputado en dos ocasiones, presidente de la diputación provincial y de la Sociedad Gremio de Mareantes de Candás. Fue también alcalde de Carreño y participó en la ampliación del puerto de Candás y parroquias. Fue distinguido con el honor de la Gran Cruz de Isabel La Católica y lleva su nombre una importante calle de la villa candasina. Fallece el 19 de marzo de 1901. Me llama la atención que es conocido por el nombre de su abuela (por fin aparecen las mujeres en la casa pero sólo para nombrar al hombre). No hay más datos sobre las personas que aquí vivieron y una serie de preguntas quedan en el aire: ¿Cómo sería esta casa cuando era hogar y qué queda de él en el museo? ¿Hay diferencias entre un museo alojado en un espacio concebido desde el inicio para ese fin y otro hospedado en una casona como esta? ¿Se filtra por algún resquicio el uso dado en el pasado? Quiero imaginarme las sedas y los algodones de las mujeres que habitaron este espacio, las señoras ilustres y sus criadas; pegada a sus muros, la calle de Candás rebosando aroma de mar y vida callejera, los silencios concentrados en el cuarto de costura y el trajín de las cocinas. Los olores de las maderas nobles y los plebeyos de las labores más humildes, las tardes de lluvia hospedando la lectura, la llegada del verano, las ventanas abiertas, la misa del domingo, las visitas... Hoy esta casa es un museo, una casa para el arte, una casa pública abierta a quien desee reencontrarse con la belleza y el silencio de las salas, pero un espacio que me lleva a reflexionar sobre las ideas que Eulalia Bosh desarrolla en su conferencia: La casa es más que un lugar donde volver físicamente, es un espacio que siempre llevamos con nosotras y cuya carencia nos habla de la pérdida, de la falta de orientación, de la necesidad de poseer lo privado para empoderarse de lo público. Como dice textualmente: “Sin un espacio propio no se puede existir” Y para ilustrar todo esto he recordado el poema de Berta Piñán “Una casa” porque ilustra hermosamente lo que en realidad quiero expresar y compartir con vosotras.


Una Casa Llevantar una casa que seya como un árbol, como Dafne crecer peles sos rames, sentir les estaciones, la fueya nuevo depués de la ivernera, les frutes primeres del veranu. Una casa que seya como un árbol, qu’aguante los rellampos, qu’escample la pedrisca, qu’espante lloñe la ventolera xélido del tiempu. Llevantar una casa que seya como un ríu, navegable y llixera, mudable, pasaxera, beber de les sos fontes, parame peles poces, correr colos regatos. Una casa que seya como un ríu, qu’arrastre la derrota, qu’arranque’l dolor de les sequeres y lu lleve, pel rabión, agües abaxo. Llevantar una casa que seya como un mundu, andar les xeografíes de pasiellos, cordales d’escaleres, les ventanes abiertes, les pontes, los caminos. Sentame na antoxana a ver andar la vida, una amiga, un país, una llingua, saludar un instante cuando pasen.

(Berta Piñán)


Paseo marítimo y muelle de Candás (“Oda al mar” de Pablo Neruda, Ana María García García)

Como soy de tierra adentro y mi madre era llanisca, las vacaciones infantiles - y muchas otras posteriores- fueron a LLanes, por lo que el mar siempre significaba juego, libertad, paseo, búsqueda...Disfrute y gozo, en definitiva. Así que estando en un pueblo de Cabrales en el que tuve mi primer destino como maestra definitiva, salir a Llanes volvía a significar lo mismo, y añoraba el mar desde las montañas cabraliegas. Además, pertenecía ya a entonces al Movimiento Freinet, lo que significaba estudiar el medio, escribir textos libres, mantener correspondencia escolar, realizar asambleas escolares...Para estimular la creatividad, habíamos emulado a Pablo Neruda escribiendo ODAS a distintas cosas elementales que nos rodeaban, y los niños y niñas mayores- era una escuela mixta y los tenía de primero a octavo realizaron un mural sobre Pablo Neruda. En una visita que realizó entonces el inspector, me sugirió que retirase el mural porque no lo consideraba adecuado en absoluto. Este es el hilo que me llevó a elegir estos cuadros del mar y dentro de los muchos poemas que hay sobre este tema, la ODA AL MAR de Neruda.


Oda al mar Aquí en la isla el mar y cuánto mar se sale de sí mismo a cada rato, dice que sí, que no, que no, que no, que no, dice que si, en azul, en espuma, en galope, dice que no, que no. No puede estarse quieto, me llamo mar, repite pegando en una piedra sin lograr convencerla, entonces con siete lenguas verdes de siete perros verdes, de siete tigres verdes, de siete mares verdes, la recorre, la besa, la humedece y se golpea el pecho repitiendo su nombre. Oh mar, así te llamas, oh camarada océano, no pierdas tiempo y agua, no te sacudas tanto, ayúdanos, somos los pequeñitos pescadores, los hombres de la orilla, tenemos frío y hambre eres nuestro enemigo, no golpees tan fuerte, no grites de ese modo, abre tu caja verde y déjanos a todos en las manos tu regalo de plata: el pez de cada día. Aquí en cada casa

lo queremos y aunque sea de plata, de cristal o de luna, nació para las pobres cocinas de la tierra. No lo guardes, avaro, corriendo frío como relámpago mojado debajo de tus olas. Ven, ahora, ábrete y déjalo cerca de nuestras manos, ayúdanos, océano, padre verde y profundo, a terminar un día la pobreza terrestre. Déjanos cosechar la infinita plantación de tus vidas, tus trigos y tus uvas, tus bueyes, tus metales, el esplendor mojado y el fruto sumergido. Padre mar, ya sabemos cómo te llamas, todas las gaviotas reparten tu nombre en las arenas: ahora, pórtate bien, no sacudas tus crines, no amenaces a nadie, no rompas contra el cielo tu bella dentadura, déjate por un rato de gloriosas historias,


danos a cada hombre, a cada mujer y a cada niño, un pez grande o pequeño cada día. Sal por todas las calles del mundo a repartir pescado y entonces grita, grita para que te oigan todos los pobres que trabajan y digan, asomando a la boca de la mina: "Ahí viene el viejo mar repartiendo pescado". Y volverán abajo, a las tinieblas, sonriendo, y por las calles y los bosques sonreirán los hombres y la tierra con sonrisa marina. Pero si no lo quieres, si no te da la gana, espérate, espéranos, lo vamos a pensar, vamos en primer término a arreglar los asuntos humanos, los más grandes primero, todos los otros después, y entonces entraremos en ti, cortaremos las olas con cuchillo de fuego, en un caballo eléctrico saltaremos la espuma, cantando nos hundiremos

hasta tocar el fondo de tus entrañas, un hilo atómico guardará tu cintura, plantaremos en tu jardín profundo plantas de cemento y acero, te amarraremos pies y manos, los hombres por tu piel pasearán escupiendo, sacándote racimos, construyéndote arneses, montándote y domándote dominándote el alma. Pero eso será cuando los hombres hayamos arreglado nuestro problema, el grande, el gran problema. Todo lo arreglaremos poco a poco: te obligaremos, mar, te obligaremos, tierra, a hacer milagros, porque en nosotros mismos, en la lucha, está el pez, está el pan, está el milagro. (“Oda al mar”, Pablo Neruda)


Niña con gato (Mª José Legaspi Pérez)


NIÑA CON GATA de Antonio Rodríguez García, “Antón” Yo podría haber sido esta niña, una niña de aldea con su primer compañero de juegos, Rebeca, una gata blanca y negra que según mi familia no se separó de mi lado en los tres años en los que compartimos manta en el suelo, cama, y mimos. Este es uno de los recuerdos que está más al fondo en el cajón de mi memoria. Gatos son los animales que forman parte de mi infancia. El primero fue El gato con botas que, narrado por mi abuela, se convirtió en uno de mis cuentos favoritos. Después le siguió Pumby, un gato cuyo aspecto recuerda a las creaciones Walt Disney pero sus historias surrealistas te llevaban de un lado para otro en el tiempo, por espacios y aventuras tan variadas que si cierro los ojos soy capaz de imaginarlo como si lo tuviera delante. Los primeros me costaron 5 pesetas y los últimos los compré a 12. Es curioso que no me enterara hasta el año pasado al leer una necrológica en El País que su autor era José Sanchís Grau. Mi tercer ídolo gatuno fue el gato de Cheshire, así, tal cual se escribe, lo leía yo cuando no tenía ni idea de que aquello era inglés. Este gato y su sonrisa permanecían en mi mente después de sus conversaciones desconcertantes con Alicia. Recuerdo tener que releer los diálogos y siempre me parecía que había algo que el gato ocultaba en sus palabras, que quería decir algo que a mí se me escapaba. A partir de los 9 años, se mezclaron los gatos televisivos y los de tebeos: Don Gato, gran maestro del engaño y líder de una pandilla de gatos que planeaba tretas esquivando al oficial Matute en el distrito 13 de Manhattan. Félix el gato; Silvestre, el tontorrón que persigue al desvergonzado Piolín; Tom desesperado detrás de Jerry y Jinks intentando atrapar a Pixie y Dixie; Kratzy Kat, enamorada del pequeño y arrogante ratón que la aborrece y que le lanza continuamente ladrillos a la cabeza y Garfield el comilón vacilando a Odie y a su amo. Otro recuerdo ligado a los gatos, este ya juvenil, es El gato negro de Poe y su terrible venganza. Hace unos meses la representación de Juan Echanove en Despertares me hizo recordar la sensación que experimenté con su lectura en la capilla del asilo. Era aquella época en la que los estudiantes teníamos que realizar obligatoriamente “ejercicios espirituales”. Desde luego yo ejercité adecuadamente mi espíritu, en los últimos bancos en los que pasaba desapercibida, leyendo lo que realmente me apetecía. Posiblemente fue aquel ambiente un poco tétrico el mejor escenario para esta lectura. A lo largo de mi recorrido lector he compartido esta fascinación “felina” con numerosos autores, desde Mark Twain a Bradbury, pasando por Baudelaire, Kipling, Lorca, Neruda, Colette, Chandler, Cortázar, Highsmitd y otros muchos.


También el cine me ha dejado algunas de esas imágenes que te acompañan a lo largo de tu vida: ¡cómo olvidar la escena final de Desayuno con diamantes con el gato de Holly en el abrazo de los protagonistas bajo el aguacero! Y… ¿qué decir del gato que Vito Corleone tiene en sus manos cuando aparece por primera vez en El Padrino o del siamés de azules e hipnóticos ojos que acompaña a Kim Novak en Me enamoré de una bruja? Tampoco podré olvidar la escena de Alien, en la que Ripley se juega la vida buscando a su querido Jones con el que regresará a la Tierra. Esta Niña con gata me recuerda a los delicados dibujos en seda del japonés Makato. Ternura y calidez es lo que me sugiere esta escultura y me hace pensar como docente que la relación con la gata supondrá para la niña un aprendizaje de libertad, tolerancia e independencia porque este animal te enseña a respetar el espacio del otro, jamás mendigará tu amor, ni perderá su dignidad. Exigente, pero nunca utilizará la violencia a menos que tenga que defender a sus crías. Nunca será juguete de sus amos y castigará con su indiferencia a quien intente dominarle. Gracias al pintor y escultor Antón, un hombre bueno, de vida fecunda aunque corta, al que recordaré cuando mire a Luna, la gata con la que comparto casa y que ha sido la inspiradora de este texto.


Ă“scar desnudo (Leticia Secall MellĂŠn)


Óscar, 1929. Escultura en bronce de Antonio Rodríguez García, “Antón”. Museo Antón. Candás

No sé lo que ves, pero yo no lo quisiera ver. Tu mirada me asusta, me inquieta. Casi no me atrevo a preguntarte qué estás viendo, porque sé que me contagiarás la desolación que adivino. Tus pupilas suplican, interrogan en cascada: ¿por qué?, ¿y ahora qué?, ¿qué pasará conmigo?, pero nadie se ha parado a explicarte la nada en la que te han dejado. Se diría que eso que ves, eso que yo no quisiera ver, te ha dejado al borde de las lágrimas. También tus labios parecen sellados por eso que ves, eso que yo no quisiera ver. No te mereces esos ojos, a los que han arrebatado la mirada que te corresponde: una mirada de niño. Te han desarraigado de la infancia ruidosa del juego, del pan con chocolate, de tu colchón de lana. Tus cejas arquean aún más la tristeza y en tu barbilla asoma el temblor contenido del llanto: no me dejes aquí, llévame contigo. Te han amputado hasta los abrazos, con el tajo certero del abandono. Tu desnudez acrecienta esa indefensión que transmite tu mirada. Si pudiera tocar tu piel oscura de dudas, sentiría el desgarro de la separación, y si pudiera olerte, sé que tus poros exudarían toda esa resignación que ya no te cabe dentro. Óscar: ¿Sabes que he visto esa mirada vacía de la decepción en muchos otros nombres? Ellos han heredado tu destino, un destino que pasean errantes buscando un rincón donde esconderlo. Hoy he venido aquí para llevarme las huellas del pasado, porque mis uñas han arañado la tierra profundamente para enterrarlo. Mañana volveré a por ti, como vuelvo a por Nelson, a por Sindi, a por Pablo, a por Diego… cada vez que me atrapa una mirada como la tuya. No sé si algún día dejaréis de caber todos en mi memoria, pero quiero que sepas que la cuna de mis brazos mecerá ya para siempre tu pena.


Mi güela (Isabel Carmona Tamargo y Paulina Sánchez Rivero)

A MIO GÜELA

Casose siendo mui xoven y disfrutó poco de la vida. Trabayó abondo pa sacar p´alante un rebañu de fíos. Recuerdo cuando llavaba la ropa, cuidaba les vaques o semaba patates y tovía llegaba con humor a casa pa facer la comida a los rapaces. Col paso de los años los fíos colaron p´a América. Y ella pasaba delles hores sentá Pidiendo-y a Dios que los bendixera. Yera roína- o parecíamelo a mi-. Menguaba col paso los años. Piel curtía y arrugá; Polo malo de la guerra y de tanto trabayar. Metía les castañes nel fornu, Na bandexa d´ enriba. Facíanse al calor unes mazanes. Dábame galletes, turrón y chocolate, tou sin que mio ma enterárase Tenía manches na cara y nes manes y taba tou el tiempo buscando lor mellores cuentos, pa contailos a sos nietos. Un dia alcontrose mal. Llevaronla pal médicu y nun volvió enxamás.. Rios de llágrimes lloré entós. Llamábase Lolina y con ella, sentí que morría también la mio niñez.


Recuerdo que en los días rosados de mi infancia, la abuela… (¿de quién son los abuelos?, ¿de los niños?), solía por las noches, cuando la tibia instancia parecía una caja de dulces de la luna, contar historias viejas. Hoy ya no sé ninguna. Abriendo lentamente los cofres de mi abuelo, me daba a que besara la hoja de su espada. Guardaba ha muchos años un relojón de plata, una bandera blanca y azul color de cielo, la estrella de una espuela y un lazo de corbata. Conservo esos recuerdos que me legó de un hombre y tengo en las reliquias de mis antepasados la historia de mi casa, la gloria de mi nombre, y guardo en esos cofres que siempre están abiertos el retrato de bodas de mis abuelos muertos. Poema de Miguel Angel Asturias.


Mi güela (Emma Cabal Sánchez)

Cuando vi la imagen de la escultura Mi güela, de Antón, supe enseguida que, si iba a escribir algo sobre alguna de sus obras, tenía que ser sobre ésta; entre otras cosas, porque se lo debo a mi abuela desde hace trece años que murió. La inspiración no llegó (supongo que porque no me pilló trabajando, que es como dicen que tienen que encontrarte estas cosas). Pero recordé algo que me remitió inmediatamente a un texto de Galeano. Mi abuela siempre fue una mujer muy educada, muy “en su sitio”; y también muy afable, comprensiva, optimista. A mí no me riñó nunca. Sin embargo, los últimos días de su vida los pasó en el hospital muy enfadada. Supongo que por efecto de la medicación, sufría una especie de alucinación recurrente: decía que iba a visitarla Franco montado en un caballo blanco. Entrábamos a verla a la habitación y nos decía: “Ha vuelto ése. ¿Se puede saber a qué viene a verme?” Y no tenía otro tema de conversación. Murió realmente muy enfadada. Casi como la abuela de Eduardo Galeano: LA ABUELA La abuela de Berta Jensen murió maldiciendo. Ella había vivido toda su vida en puntas de pie, como pidiendo perdón por molestar, consagrada al servicio de su marido y su prole de cinco hijos; esposa ejemplar, madre abnegada, silencioso ejemplo de virtud: jamás una queja había salido de sus labios, ni mucho menos una palabrota. Cuando la enfermedad la derribó, llamó al marido, lo sentó ante la cama y empezó. Nadie sospechaba que ella conocía aquel vocabulario de marinero borracho. La agonía fue larga. Durante más de un mes, la abuela vomitó desde la cama un incesante chorro de insultos y blasfemias de los bajos fondos. Hasta la voz le había cambiado. Ella, que nunca había fumado ni bebido nada que no fuera agua o leche, puteaba con voz ronquita. Y así puteando, murió; y hubo un alivio general en la familia y en el vecindario. Murió donde había nacido, en el Pueblo de Dragon, frente a la mar, en Dinamarca. Se llamaba Inge. Tenía una linda cara de gitana. Le gustaba vestir de rojo y navegar al sol. (Eduardo Galeano, El libro de los abrazos)


Mi güela (Ana Fernández Nafría)

A MI ABUELA CARMEN QUE NOS TAPA CUANDO TENEMOS FRÍO La vida de mi abuela siempre estuvo marcada trágicamente por el hecho de ser mujer. Cuando era muy pequeña su madre murió y su padre la dejó abandonada a su suerte porque era una niña y las niñas no servían para nada, al contrario que su hermano que por ser varón servía para trabajar.

Cuando tenía dieciséis años su padre volvió a por ella porque tuvo la suerte de desarrollar muy pronto y entonces sí servía para trabajar...de prostituta...si no llega a ser por una tía política que la recogió y la crió como una hija, su destino habría sido un prostíbulo...Su tía la quería mucho, no así sus primas que, a la manera del famoso cuento, toda la vida la trataron como una pobre Cenicienta.

Cuando tenía diecinueve años, mi abuelo, un apuesto bancario de la época, alto, rubio y de ojos azules, se fijó en ella y le pidió matrimonio. Tuvieron dos hijos, un niño, mi padre, y una niña.

Siempre tuve la imagen de mis abuelos, como lo que eran, mis abuelos, mis güelitos, jamás oí a mi abuela quejarse de mi abuelo, jamás, quizás alguna vez nos percatábamos mi hermano y yo de alguna cosa cuando nos llevaban a cenar por ahí y mi abuela, en secreto, nos decía que pidiéramos lo más caro de la carta porque a ella no la dejaban...pero para nosotros mi abuelo era el abuelo que nos curaba las heridas cuando nos caíamos, nos daba la paga o nos compraba la equipación completa del deporte que nos diera por practicar.


Mi abuelo murió hace unos años y siempre pensé que mi abuela le echaba mucho de menos pero un día, caminando por el pueblo donde ellos siempre han veraneado, mi abuela, la sumisa, la callada, me dijo: “¿sabes, Anina? me acuerdo de unas fiestas hace años, yo estaba embarazadísima de tu tía y me tocó servir a todo el mundo, cocinar, subir y bajar bolsas de comida y bebida por una cuesta muy empinada...y tu abuelo allí sentado, mirándome, sin echarme una mano, sintiéndose muy hombre...sin darse cuenta de que cada peso que yo cogía, cada dolor en la espalda que yo tenía le hacía, a mis ojos, cada vez menos hombre.” No necesito decir más.


Marinera (Virginia Hevia Blanco y Teresa Fernández González)

Marinera, quizás una mujer que espera al hombre que fue a la mar.

Marinera, que con sus faldas arropa, al hijo de aquel marino, que en la madrugada fue a pescar.

Marinera, que con sus manos, en la arena o en las redes, el jornal salió a ganar.

Marinera, con la mirada perdida, busca en el horizonte… marinera, marinera.


Rapacina (Ana Monte Río)

Rapacina (1932). 126x35x35 cm.

Según Vitruvio, arquitecto romano del siglo I a. C. y autor del tratado sobre arquitectura más antiguo que se conserva, las matronas de Caria, orgullosas y altivas, y que en forma pétrea son conocidas hoy en día como cariátides, proceden de esa ciudad aliada de los persas durante las Guerras Médicas, cuyos habitantes fueron exterminados por los otros griegos para después convertir a sus mujeres en esclavas, y condenarlas a llevar las más pesadas cargas. Se las esculpe a ellas, en lugar de columnas típicamente griegas, para que estén condenadas durante toda la eternidad a aguantar el peso del templo. Cariátides del Erecteion en la Acrópolis ateniense. www.flickr.com


Cuando el año pasado visité en Madrid la exposición titulada Heroínas en el Museo Thyssen, una de sus salas mostraba cariátides más modernas, las de la tradición de la pintura del siglo XIX que se centra en la épica de la campesina: segadoras y espigadoras, aguadoras y lavanderas, mujeres robustas y monumentales que sostienen como cariátides la arquitectura de la familia y de la sociedad. Celebran a la mujer trabajadora, pero exaltando al mismo tiempo su servidumbre como un destino natural y eterno.

Jules Breton, A la fuente, 1892 Óleo sobre lienzo. 90,5 x 68,5 cm

Cuando Antón cincela esta escultura en el año 1932, a los 21 años, retoma esta tradición para proyectar a través de esta muchacha sus ideales de progreso: la dignidad del pueblo, la belleza y la fuerza de la juventud, la esperanza en un futuro mejor para la mayoría de la población encarnada en una incipiente república. Cuatro años más tarde la trayectoria de Antón es truncada por la guerra y no sabemos si también la de esta muchacha. En caso de haber sobrevivido, sin duda su vida podría formar parte de una antología de testimonios de mujeres campesinas asturianas escrita por Paquita Suárez Coalla titulada La mio vida ye una novela (editorial Trabe 2011). En el prólogo esta autora comenta que las mujeres de esta antología, al igual que esta rapacina, nacieron durante los primeros treinta años del siglo XX y, por tanto, padecieron la guerra civil y la posguerra desde una posición doblemente débil: como población civil en un país en lucha y como mujeres, sometidas por una sociedad en la que tenían pocos derechos y menos oportunidades, y donde eran conscientes, a la vez, de su situación de subordinación y de la imposibilidad de cambiarla. Pese a todo, estas mujeres nunca perdieron la dignidad ni un sentido de la justicia que dejaron en herencia a sus descendientes, a otras mujeres a las que, acaso sin saberlo, ayudaron a conquistar la condición de ciudadanas de pleno derecho y a ser más libres. Un homenaje a todas esas mujeres que tuvieron que esperar a ser mayores –en algunos casos demasiado- para disfrutar de la vida.

Leído en el Museo Antón de Candás, a 24 de abril de 2012


Rapacina (Juan Manuel Baños Pino y Claudina Tellado Barcia)

La rapacina de Antón y la mujer en la Antigua Grecia

Se cree que en la Antigua Grecia una de las tareas encomendadas a las mujeres era la de recoger el agua en las fuentes. Son varias las cerámicas conservadas en las que se representa este momento del día. Además se las ve charlando de forma distendida, por lo que se deduce que era también una oportunidad para ellas de ponerse al corriente de las noticias, a las que probablemente no tenían acceso, demasiado ocupadas en sus responsabilidades del hogar: el cuidado de los niños, la molienda del grano, el amasado y horneado del pan, la elaboración de las distintas vestimentas, etc.


Las viĂąetas de estas vasijas utilizan unos estilos artĂ­sticos inconfundibles, repitiendo siempre los artesanos los mismos esquemas.


El joven escultor Antón aprende y reproduce, como era natural, los esquemas del arte clásico que se imparten en las escuelas de arte. Con esas técnicas reproduce los motivos de su tierra, y nos representa, como un símil de épocas antiguas, una escena de la vida cotidiana rural: una joven que lleva una lechera sobre su cabeza. Escenas que se repiten a lo largo de los tiempos, en Oriente y Occidente; escenas extrañas para nuestros días...

Pero que aún perduran en muchos lugares.


En la película La fuente de las mujeres la protagonista se niega a acarrear el agua y plantea a sus compañeras una huelga sexual al estilo de la conocida comedia griega Lisístrata. El trailer de la película se puede ver aquí: http://trailers-de-peliculas.labutaca.net/la-fuente-delas-mujeres

Para más información sobre cerámica griega y el papel de la mujer en la Grecia clásica, se puede consultar un artículo del Museo Arqueológico Nacional aquí: http://man.mcu.es/publicaciones/pdf/hidria_griega. pdf

Una bonita recreación de aquellos tiempos pasados de un pintor del XIX

Mujeres griegas en la fuente, Dominique Louis Papety, 1841


Por último, una sugerencia: la imagen de la izquierda representa a una sacerdotisa cretense y data del segundo milenio a.C.

Claudina Tellado, Biblioteca del IES Virgen de la Luz y Juan M. Baños, Biblioteca del IES Carreño Miranda


Retrato de Concha (Ana Miren Mesas Bengoa)


Trasciende tu imagen, suspendida, al paso del tiempo. Solicitada, quizá, por ti por la familiar admiración, para el recuerdo, Regalo, tal vez, de su creador, por la inspiración, para el ejercicio y la expresión. A lo mejor, sin haber nadie supuesto que dejaría el íntimo lugar para permanecer expuesta a miradas ajenas dando testimonio de una obra fatalmente inacabada. Te presentas hermosa, con la belleza sentida de quien te ama también, con la generosidad de su pincel. Serenidad despreocupada de tus ojos. Espontaneidad franca de tu sonrisa. Luz en el semblante del momento de fugaz regocijo, acaso sonreía cómplice también el retratista. Ajena a la vulnerabilidad del ser, al desequilibrio que mana de las miserias y acecha de cerca. Cómo fue pintando, después, la vida tu rostro. Qué líneas, qué gestos se fueron dibujando. Qué huellas en ti, una más de tantas… sufridoras de un paisaje, tejedoras, más o menos silenciosas, de un porvenir que hoy es nuestro tiempo. Gran paradoja ser tan insignificante y a la vez tan poderosa.


Pensativa (Mar Moreno Friera)

Pensativa, 1930 Elegí esta escultura después de verla en la página web del museo, me pareció una mujer que piensa, claro, pero la asocié sin dudarlo a la nostalgia y a la espera. Asumimos sin dudar que el arte lleva consigo infinitas miradas y que en cada momento de nuestra vida asociamos diferentes sensaciones e impresiones a las obras artísticas. Es posible que, debido a un trabajo sobre emigración que estoy desarrollando, todo para mí evoque fácilmente partidas y separaciones, no sé, el caso es que Pensativa trajo a mí un poema de Camín, y para mí aquella mujer pensaba en su amor perdido en La Habana, pensaba en soledad y dolor, era sin duda Rufina:

No es ya la moza que ayer era tan juguetona y vocinglera como el reitán de la quintana. Y es que el su mozo, ya distante, con el zurrón del emigrante fuese camino de la Habana. Es que el su mozo, el emigrante, ido a una tierra tan distante tras la fortuna casquivana tuvo una historia de aventuras, y lo mataron amarguras y enfermedades en la Habana. Culpa de un barco fue, que un día le arrebató lo que quería para tenderlo en otra zona. ¡En los rincones del poblado todas las mozas se han casado menos Rufina la de Antona!


Cuando llegamos al museo, fui rápidamente al encuentro de la que yo creía Rufina. Puede que mi visión de las cosas ya se haya ajustado, puede que una escultura deba ser vista siempre con todas sus dimensiones y no a través de una visita virtual, el caso es que no encontré a Rufina. Encontré a una mujer hermosa, fuerte y rotunda, vestida a la moda, con unos detallados y hermosos zapatos; una mujer que reflexiona, cómodamente acodada, quizá disfrutando de la vista del mar desde Candás…

Necesito otra visita, otra en la que pueda dedicarle a Pensativa, a Olga, un texto que le haga justicia. Mar Friera


Concha pensando (Mª Jesús Fernández Fernández)

“Concha pensando” ¿En que estás pensando, Concha? Cuando te miro, de alguna manera, me siento a pensar contigo. Pareces seria y concentrada, buscando entender la forma de afrontar el futuro… Tú joven; yo, sintiendo el peso de demasiadas cosas; mujeres pensando en cómo ser, cómo construirse, cómo seguir hacia adelante. ¿Encontraste tú el camino? ¿Podré encontrarlo yo?

Mª Jesús Fernández


Lola (Carmen Pareja Sánchez)

CUANDO VIVIR ES SOBREVIVIR

Elegante, esbelta, mirada limpia y serena… Cuando subía las escaleras cada mañana, era consciente de la distancia recorrida, de haberlo logrado un día más. A veces agotada, sin fuerzas, sin dormir… Nadie notaba que momentos antes había secado sus lágrimas y que por menos de nada, volvían a salir. Todo parece perfecto. Aprender a callar, a esconder los sentimientos, a que nadie note la tristeza, a evitar unos ojos cuando quieren mirar más adentro…. Y a pesar de todo, allí estaba, mirando al futuro con esperanza, luchando para sobrevivir…

A MI MADRE…………………LOLA

MI LOLA


Maruja (Begoña Jiménez Pérez)

VISITA AL MUSEO ANTÓN Maruja (1934) Mármol. 41x35x26 cm.

Querida Maruja: Hoy he visto una foto tuya en la que estabas paseando por Madrid al lado de tu primo Antón. La foto es en sepia y se te ve feliz y sonriente. Estáis muy guapos los dos. Parecéis felices y contentos de sentiros libres en un Madrid grande, esperanzado y lleno de posibilidades. ¿Hacia dónde ibais? Quizás al estudio de la calle Moreto a seguir trabajando en el busto que Antón modelaba. ¿Sabes que te adoraba, verdad? Lo que pudo alegrarse cuando aceptaste ir a Madrid y posar para él. La prima Maruja: la belleza, la alegría, la complicidad, la admiración, la serenidad, la armonía, la perfección, la dulzura, la fuerza, la juventud… Emulando a Elena García en su exposición de serigrafías e imágenes digitales Imagen de mujer voy a servirme de la representación de tu imagen en mármol, símbolo de femineidad, para inventarte otra vida, para darle un nuevo significado a tu imagen. Quiero aprovechar esta oportunidad para liberarte del peso de la historia, de la noche más larga, de la carga de haber sido tallada por unas manos con final incierto.


Hoy te libero Maruja. Relájate. Todo está bien. Puedes salir a pasear y contemplar toda la belleza de este lugar. Puedes sentir el aire fresco y la brisa del mar en tu rostro y en tu pelo. Puedes sonreír tranquila sin miedo a la sinrazón, con confianza en la vida, en el ser humano, en el futuro. No llores más, no te sientas culpable de nada, no te preguntes más veces por qué. Quítate de una vez el enlutado manto de la tristeza que lo tiñe todo. Se acabó de una vez el “Maruja no habla, Maruja no entiende…” Ya fue suficiente. Vístete con tus mejores galas, suéltate el pelo y sal de esta sala a sentir la vida. Leído en el Museo Antón de Candás, a 24 de abril de 2012


La romería (Mª José Álvarez Rodríguez)

FIN DE ROMERÍA Después de muchas notas la fiesta llega a su fin. Compañero, amigo, demos gracias por el trabajo bien hecho. Espalda contra espalda, día tras día, de pueblo en pueblo, de fiesta en fiesta, nuestra música sonará allá donde nuestro espíritu quiera llegar. Descansemos pues, bebamos, comamos y recobremos fuerzas que otra fiesta nos espera ya. Mª José Álvarez Rodríguez


En los jardines


El Chato (Mirta Morán)

Yo tengo un amigo que se llama Miguel. Miguel Mingotes es grande, muy grande. Grande físicamente, “impresionante”, como dijeron mis alumnos y alumnas un día que nos visitó en la escuela y nos leyó sus poesías. También es grande como persona, como amigo, como poeta, con versos cortos llenos de gran ternura. Miguel era amigo de Javier del Río. Hace casi veinte años, los dos vinieron de visita a conocer la casa que yo acababa de comprar y que tenía que restaurar, la casa donde vivo ahora. Dimos un paseo por el “prao”, por el riachuelo que hay pegado a la casa y Javier recogió toda la “chatarra oxidada” que encontró, para luego utilizarla en las esculturas de hierro que él hacía. Para despedirse dijo “mucho os queda por hacer”. La restauración aún no ha terminado ¡qué razón tenía! Hoy delante de esta “impresionante cara”, todos estos recuerdos vinieron a mi memoria y los puse en boca de El Chato. El Chato- Javier del Río 1997- Piedra 138x110x68 (Beca Antón 1996)

PÉTREOS PENSAMIENTOS Tendencias científicas defienden que “cada neurona es una célula pensante”. Millones de neuronas pensantes me observan al pasar. –o puede que noMillones de granos de arena me forman -eso síLas personas piensan. Yo no puedo pensar, pero puedo hacer pensar. En estos momentos, alguien que me mira, recupera, del Río, pensamientos oxidados. En memoria de Javier del Río Mirta 24 de abril de 2012


Esculturas en el jardín (Beatriz Sanjuán)

DE VOCES Y MONTAÑAS Cuando tenía quince años, iba a la montaña. Íbamos, en realidad. En largas filas que ascendían en silencio, distribuyendo el aliento y las fuerzas para asegurar la gloria de los picos. Periódicamente, nos deteníamos. Girábamos el cuerpo hacia la senda recorrida, relajando así la posición que adopta el músculo durante la subida. Alzábamos la mirada, tensa también por la rutina de buscar la huella segura, el tramo libre de grava o húmeda hierba resbaladiza. Y, de pronto, veíamos: El aire transparente que habían bombeado nuestros pulmones; Las crestas afiladas que aceleraban nuestro corazón; Las sombras que refrescaban la esforzada máquina del cuerpo. Intuíamos la libertad de la cima y proseguíamos. Las piezas no encajarían hasta pisar la cumbre, esa dimensión del mundo que sólo existe en el punto más alto del camino. Un milagro que vislumbramos con esfuerzo y estamos obligados a abandonar. La vida cotidiana es muy semejante. A menudo se utiliza el símil de la montaña porque es una experiencia tan intensa y difícil de olvidar que resucita incluso bajo la acción de las palabras más torpes. Las mías lo son. Torpes y lentas a la claridad; pero poseo otras que son patrimonio de la humanidad. Algo que llamamos Literatura y pone en nuestro cuerpo la Voz más certera. Por eso cuando me invitaron a reunirme con otras amantes de la Literatura, a compartir con ellas arte e imágenes, a poner palabras a ese momento, acudí a Gabriela Mistral y Pablo Neruda e invoqué su poder: un poder más allá de lo superficial, del absurdo y la muerte, que ilumina incluso ese espacio de eclipse que no queremos admitir. Para saber quién soy. Para entender quiénes somos.


LA OTRA

Una en mí maté: yo no la amaba. Era la flor llameando del cactus de montaña; era aridez y fuego; nunca se refrescaba. Piedra y cielo tenía a pies y a espaldas y no bajaba nunca a buscar «ojos de agua». Donde hacía su siesta, las hierbas se enroscaban de aliento de su boca y brasa de su cara. En rápidas resinas se endurecía su habla, por no caer en linda presa soltada. Doblarse no sabía la planta de montaña, y al costado de ella,

yo me doblaba... La dejé que muriese, robándole mi entraña. Se acabó como el águila que no es alimentada. Sosegó el aletazo, se dobló, lacia, y me cayó a la mano su pavesa acabada... Por ella todavía me gimen sus hermanas, y las gredas de fuego al pasar me desgarran. Cruzando yo les digo: -Buscad por las quebradas y haced con las arcillas otra águila abrasada. Si no podéis, entonces, ¡ay! , olvidadla. Yo la maté. ¡Vosotras también matadla!

Gabriela Mistral http://www.gabrielamistral.uchile.cl/estudios/rolea.html


MUCHOS SOMOS

De tantos hombres que soy, que somos, no puedo encontrar a ninguno: se me pierden bajo la ropa, se fueron a otra ciudad. Cuando todo está preparado para mostrarme inteligente el tonto que llevo escondido se toma la palabra en mi boca. Otras veces me duermo en medio de la sociedad distinguida y cuando busco en mí al valiente, un cobarde que no conozco corre a tomar con mi esqueleto mil deliciosas precauciones. Cuando arde una casa estimada en vez del bombero que llamo se precipita el incendiario y ése soy yo. No tengo arreglo. Qué debo hacer para escogerme? Cómo puedo rehabilitarme? Todos los libros que leo celebran héroes refulgentes siempre seguros de sí mismos:

me muero de envidia por ellos, en los filmes de vientos y balas me quedo envidiando al jinete, me quedo admirando al caballo. Pero cuando pido al intrépido me sale el viejo perezoso, y así yo no sé quién soy, no sé cuántos soy o seremos. Me gustaría tocar un timbre y sacar el mí verdadero porque si yo me necesito no debo desaparecerme. Mientras escribo estoy ausente y cuando vuelvo ya he partido: voy a ver si a las otras gentes les pasa lo que a mí me pasa, si son tantos como soy yo, si se parecen a sí mismos y cuando lo haya averiguado voy a aprender tan bien las cosas que para explicar mis problemas les hablaré de geografía. Pablo Neruda


Mitoloxía marina (Jesús Rodríguez Martínez )

Ser mitolóxicu astur ensin nome, entrugues munches de neños y neñes, ablucamientu abondo pa les recielles, ser yes de mitu y bronce.

Ser mitolóxicu astur ensin solombra, alcordances y suaños de la mar, cabeza fixa ensin codilcia, tornes y vueltes de baxamar.

Ser mitolóxicu astur con virtú, simiente de coral y treslluz, fala vernácula davezu, pies nel sable col so barru.

Amancio González Sin título. 1994. Bronce. 178x125x100


En el café de la librería Tras la visita al museo nos acercamos a una librería cercana en la que compartimos una merienda literaria: Deliciosos dulces de Candás aderezados con buena literatura. Olor a café recién hecho, a té cariñosamente reposado, a tertulia y a reencuentro de docentes. Fue un espacio para compartir, para charlar, para ojear libros e intercambiar experiencias de lectura. Los estantes ayudaban con su buena selección de literatura y álbumes ilustrados. Un broche perfecto para un tarde llena de emociones compartidas, de colaboración generosa, de implicación. Una tarde en la que, una vez más, se demuestra el buen hacer que se logra al trabajar en grupo.



Visita al Museo Antón