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UNA GUÍA PRÁCTICA PARA MENDIGOS (1916) por Vachel Lindsay COLÓN Ojalá viviéramos los avatares de Colón, Gobernando sus carabelas sin rumbo conocido, Un Universo descubrió, por Catay confundido. Dios ofrece tales auroras cuando su ventura acabe, El Marino contempló San Salvador. Dios conduce más allá del albor Hacia islas hechiceras, de augusta sorpresa, Dios crea con nuestros yerros sabiduría expresa.


EL HOMBRE BAJO EL YUGO Era una mañana de domingo de mediados de marzo. Me encontraba abandonado a mi suerte en Jacksonville, Florida. Después del desayuno me quedaban cinco centavos. Rebosante de alegría, compré una bolsa de cacahuetes; en seguida me puse en marcha hacia el noroeste siguiendo las traviesas de las vías del tren, directo hacia aquella parte de Georgia señalada en el mapa como “pantano”. La puesta de sol me encontró en un pinar. Decidí pedir comida y hospedaje en la casa blanca que asomaba junto al camino media milla por delante. Preparé un discurso a tal efecto: “Soy el buhonero de sueños, el único miembro activo de la antigua hermandad de los trovadores. Recibir dinero va contra las normas de nuestra orden. Tenemos el


hábito de pedir pernocta a cambio de recitar versos y contar cuentos de hadas.” Conforme me acercaba a la casa, olvidé el discurso. Todos los pavos me glugluteaban fieramente. Los dos perros por poco echan abajo la cerca al intentar hincarme el diente. Me dirigí hacia la puerta lateral para pedir ayuda a la arrogante anciana coronada con un gorro de encaje y entronizada en la mecedora del porche. Su hijo, el propietario, apareció. A partir de ahora será llamado el hombre-perro. Tenía tal tono de voz que, metafóricamente hablando, me mordió en la garganta. Me negó un sitio en su caseta blanca. No compartiría su galleta para perros. El ser en el porche me aseguró con un gañido resonante que no darían techo “a nadie bajo ningún concepto”. Entonces, el hombre-perro, amansado por mi sonrisa amplia y serena, apuntó con su pulgar


hacia el bosque diciendo: “Allí hay un hombre que seguro te dará techo”. Lo dijo como si dudara de la dignidad de su vecino. Era tal la tranquilidad que aparentaba que le pregunté si su amigo tenía perros guardianes. Me aseguró que el vecino no podía permitírselos. La noche con el hombre a la vuelta de la esquina era como el capítulo de aquel curioso escrito, “El Evangelio según San Juan”. Él “no podía permitirse negarle su techo a un hombre” porque en una ocasión durmió tres noches bajo la lluvia cuando caminó hasta aquí desde el oeste de Georgia. Nadie le dio cobijo. Después de aquello decidió que cuando tuviera un techo, lo compartiría con quien quiera que lo pidiese. Algunos forasteros eran buenos, otros malos, pero se arriesgaría con todos ellos. Imaginad todo esto aumentado por el resuello sureño del vaquero que, para enfatizar, chupaba su pipa de maíz.


Su verdadero nombre y dirección carecen de importancia. Descubrí tiempo después que había miles como él, pero llamémoslo “El hombre bajo el yugo”. Era enjuto como un viejo fumador de opio. Estaba hollinoso como un par de tenazas. Su mandíbula de momia egipcia lucía barba de dos semanas. Su camisa no había sido lavada desde tiempos antediluvianos. Sus tobillos estaban desprovistos de calcetines. Su sombrero no tenía cinta. Estoy convencido de que su pipa era heredada, fumada por primera vez por un esclavo de Jamestown, Virginia. No sabía leer. Supongo que su mujer tampoco. Sintieron vergüenza cuando quise que me mostraran Lakeland en el mapa. Me habían advertido sobre aquella ciudad como un sitio en el que tiroteaban a los forasteros errantes hasta dejarlos como un colador. Bien, encontré rápidamente


aquella ciudad en el mapa y escribí un recordatorio breve y conciso en mi cuaderno: “Evitar Lakeland”.


Guía práctica para mendigos Prueba