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39 cuentos argentinos de vanguardia 39 cuentos argentinos de vanguardia, Carlos Mastrángelo, Buenos Aires,Editorial Plus Ultra, 1985. Entre los autores incluidos figuran Marcos Aguinis, Enrique Anderson Imbert, Manuel Mujica Lainez, Abelardo Arias, Marco Denevi, Joaquín Gómez Bas, María Esther de Miguel, Oscar Alberto Serrano y otros.

La Nueva era cuentística Argentina (Juicios de Carlos Mastrángelo) “Estos narradores de la Nueva era cuentística Argentina evidencian un cabal concepto o intuición del cuento. (…) Porque, a través de un enfoque genérico o específico, el peligro no existe cuando el cuento se aproxima o se parece al ensayo sin dejar de ser cuento, sino cuando el ensayo pretende ser cuento y --bien o mal -- no deja de ser ensayo. Una cosa es un caballo o un perro en una prolija descripción zoológica, histórica o costumbrista, y otra muy distinta un perro o un caballo que corren o retozan en las vívidas páginas de un excelente narrador, integrando tal o cual episodio y completando un ciclo narrativo que, como tal, entraña un comienzo, un desarrollo y un fin. Puesto de frontera, de Oscar Alberto Serrano; El niño muerto, de Abelardo Arias y La casa a cuestas, de Martha Mercader --entre muchos otros -- son tres heterogéneos cuentos argentinos nuevos con merecimientos diversos pero que poseen en común, las características referidas”.


PUESTO DE FRONTERA “Hay en las páginas siguientes una expansibilidad y libertad casi imposibles en el cuento común u ortodoxo. Aparentemente no hay en ellas movimiento. Y por momentos tenemos la impresión de estar leyendo un ensayo más que un cuento. Sin embargo la narración no se detiene en ningún instante y es rica en hechos y situaciones, sobre todo psíquicas. Esta sugerente pieza cuentística --de una brumosa y poco menos que misteriosa belleza -- es bien redonda. Primero agarra, luego intriga e inquieta y estremece al concluir. Más que al cuento clásico, Puesto de frontera Texto original tal como fue publicado en su momento, sin las correcciones posteriores. --avecinándose al ensayo sin ser absorbido o desorientado por él -- está ubicado en el área del cuento argentino nuevo”. (Carlos Mastrángelo)


El centinela estaba, de espaldas a mí y proyectaba una vaga sombra que no sabía a qué adjudicar. La luna estaba ausente en el cielo, y las estrellas de leves titileos, eran puntos de luz ínfimos, chispas apenas detenidas en esa ambigüedad que da lugar al crecimiento de las fabulaciones más feroces. No supe qué actitud tomar. Mi primera reacción fue de extrañeza y me pregunté, tal vez despreocupadamente, por las veces que había atravesado aquel lugar sin advertirlo. Aunque luego, con apesadumbrado sentimiento, quise saber si no me estaba engañando con el recuerdo de un episodio ya ocurrido. Es que a veces la noche lo enturbia todo, como el malogrado contenido de un tintero volcado sobre un montón de hojas hasta un momento antes inocentemente claras, demasiado claras, creando en nosotros la necesidad de empañar esas superficies con cualquier cosa, aún con la fina caligrafía de un monje exhumado del tedio de su sarcófago. Indeciso, permanecí no obstante silencioso, casi con respeto por la figura solitaria y quieta, sin atreverme a tomar una determinación. Enfrentarlo y saludarlo porque sí, me parecieron procedimientos demasiado sencillos; temía quebrar reglas ya establecidas, pecar de insolente o cometer una acción de la cual podría arrepentirme luego. Un vago halo de luz lo recortaba y hacía aún más negras sus formas ignoradas. ¿Y si lo que veía era una extraña conjunción de objetos cotidianos, un arbusto, que hubiese crecido allí, en mi camino, sin darme cuenta, abstraído como iba en ensueños durante mis frecuentes pasajes por el lugar? Pero reconocía la inconsistencia de una respuesta demasiado fácil, excesivamente racional, tal vez impropia en aquella situación inesperada. La silueta que tenía ante mis ojos era la de un hombre fornido y recubierto de gruesos ropajes, como preparado con antelación para enfrentar el frío de gélidas e inacabables noches invernales, asumiendo su puesto con un definitivo ademán de agobio, con los hombros cargados y las piernas a punto de vencerse. Todo era presumible. Nada de lo que lo componía quitaba en definitiva la impresión de vigor que proyectaba su figura. Se advertía que estaba puesto allí con algún fin válido… o inválido. Pese a su cansancio, aguardaba expectante, en lo alto del camino. Lo hacía con su rifle alzado, descollando por sobre su cabeza, en un ligero y hábil trazo que denotaba la elástica ramificación de su perfil. Comencé a caminar hasta llegar a una prudente distancia del centinela; luego me detuve al calcular que el hombre bien podía sobresaltarse al presentármele tan abruptamente; en esa circunstancia, molido por el cansancio y con su mente un poco torpe por toda la cruel frialdad de la noche, podría disparar su arma sobre mí, como era indudable que especificaban las órdenes que una vez recibiera. Hice entonces algunos necesarios movimientos para denunciar mi presencia a sus espaldas. Intencionalmente apreté mi pie contra el suelo y las pequeñas ramas quebradas hicieron chisporroteos, brotes de ruido que no eran otra cosa que rudimentarios grillos celulosos. El hombre, empero, persistió en su inmovilidad, como si lo cierto fuera que tal


El hombre, empero, persistió en su inmovilidad, como si lo cierto fuera que tal sonido no hubiera sucedido, como si yo tuviese aún el secreto propósito de formar un ruido y no me decidiera a ello. Intenté dejar mi especulación para otro momento; o, más claramente, no pude dar lugar a una cuestión tan detestable como era la de saber si estaba rehaciendo o no un momento cualquiera, volviendo a construir otra de mis imperdonables torpezas. Además, ¿qué importaba la gestación de un ruido, aunque éste estuviese acoplado al compromiso de una acción? De todos modos la gama era muy amplia y decidí buscar otra manera de llamar la atención del centinela. Carraspeé entonces con tanta violencia que mi garganta comenzó a arder. Sin embargo no obtuve ningún resultado y la figura permaneció tan quieta como en un comienzo. Convencido de que aquel personaje no se resolvería a hacer siquiera el menor movimiento --con su cabeza todavía inmóvil, escondida entre los hombros y el alzado cuello de su abrigo --, desestimé otro nuevo intento y lo dejé yacer entre las actitudes probables. ¿Por qué volver una vez más sobre un asunto que ya tendía a tornarse dificultoso y que se estremecía con el énfasis compulsivo del peligro? ¿Cuántas cosas atroces habían sucedido dentro de la lógica más amable y convencional? Y esto sin utilidad ni motivos, porque ya todo había sido yuxtapuesto al incalculable número de pequeñeces que se suceden a lo largo de los días. Considerables o despreciables cosas, como podía ser por ejemplo la sombra de una hoja asomando detrás de otra, añadida a las demás hojas que morirían y se harían tierra sin motivos, o mejor, con motivos, que era lo más estremecedor. Crecían, se multiplicaban, siempre con motivos y más motivos, rápida y eternamente olvidados en el tiempo. La sola idea de pensar en esto me entristecía; y notaba, no sin cierta desazón, que la piel se me erizaba en los muslos y en los antebrazos. Yo era la medida de las cosas. Pero ¿quién era yo?... Es bien cierto que sabía de filosofías recordables e irrecordables. Conocía las respuestas de los filósofos y hasta podía creer que alguna de ellas era cierta. Pero las desdeñaba, ya que cuando debía hacer uso de ellas me encontraba caminando por bordes desmontables y oscuros. Y entonces, cobardemente, me negaba a pagar el presupuesto en riesgos que me demandaba el saber. Y la simple hoja desaparecía con las demás cosas pequeñas y grandes. ¿Quién protegería la memoria de los grandes sucesos? ¿Y si lo grande fuese tan sólo un espejismo de los pequeños? ¿Quién tenía la clave de las normas, por otra parte? Tanto la hoja como el monarca más poderoso de los cuentos eran simples sombras. La cordura de la ciencia y las varas de medir con las cuales medía ahora pese a mi despecho, nada importaban; ni siquiera mi vaga, inasequible y confusa meditación, indeciso sonido de todas mis pequeñas neuronas entorpecidas por el frío y la angustia de lo inusual.


TextMe decidí al fin y di grandes zancadas dentro de aquella soledad. Por otra parte era

lo único que me marcaba. Imposibilitado de verme, tan sólo tenía la leve esperanza de existir si alguien, muy delante mío, me observaba mover en círculos. Círculos que tan sólo eran reconocibles a la luz del difuso halo que marcaba la existencia del centinela. ¿Y si lo que acontecía era el hecho sencillo y singular de verme? La posibilidad de que lo que tuviese frente a mí fuese mi inquieta sombra, la impronta de mi figura contra la solvencia de la noche, no me llegaba a agradar ni a desagradar, pero cabía, se ajustaba aunque me fracturara, dentro de los sucesos que yo quería desatender. ¿Si aquella negra cueva con figura de hombre, fuese el exacto lugar donde cupiera la piel de mi existencia?; ¿si allí debía estar yo, porque fatalidades abisales lo requerían?; ¿si cuando yo llegase para enfrentar al centinela, las sombras me alcanzasen el fusil con naturalidad y firmeza, como si siempre hubiese debido tenerlo entre mis brazos?; ¿si el hombre fuese mi cara, o, sencillamente, me encontrase con el lugar donde yo debía estar, de existir, o mejor, de llevar una existencia de hombre verdadero?... Lo que sentí entonces fue un terror disoluto que mordió silenciosamente cada fibra de mis músculos. Me daba cuenta que debía enfrentarme a la experiencia, que necesariamente correspondía el entregarme a un compromiso. Y ya cansado de toda esa ridícula situación que me obligaba a dar vueltas y más vueltas en medio de grandes ruidos a ramas secas y vegetales frescos macerados , me detuve y miré, siempre desde el mismo lugar de los inicios, las espaldas corvas e inmutables que se resignaban bajo órdenes que todo el mundo había olvidado, que nadie volvería a repetir, vigilando posiciones en la desmemoria de las crónicas, dispuesto a matar por causas vencidas, o victoriosas pero superadas, que eran también una gradación de lo vencido. Con decisión, aumentando mi confusión a cada paso que daba y que me separaba más y más de mi consolador y descansado lugar inicial, avancé hacia el centinela, y, eludiendo las perífrasis que nacían de ese vago temor --que no lograba erradicar -- hacia la fina silueta de su fusil, lo enfrenté lleno de mi desesperada resolución. Ni aún así el hombre movió la cansada cabeza. Sus ojos, vidriosos y enramados por un cansancio secular, insistieron en mirar hacia delante, a través de mí. El cabello arruinado, que en todo ese tiempo no había cesado de crecer, sobresalía en grises y sucios mechones por su gorra destrozada. El arma, ya enmohecida, se había soldado a su brazo con la tierra y el material que los vientos más olvidables habían arrastrado sobre él. La ropa, podrida y deshecha, dejaba entrever su piel blanca, vieja, en la que nunca o muy raras veces había caído la luz del sol. Lo observé fascinado, con lágrimas que me quemaban la cara mientras mi


Y entonces lloré con vehemencia, aunque es bien cierto que en un principio pretendí reírme; porque me mentí al decir que esa comprobación me aliviaba, que lo visto era sólo lo que sucedería de dar lugar a ello, que todavía estaba a tiempo de corregir el camino. Y fue en ese fugaz minuto cuando quise ponerme a lanzar carcajadas por la oportunidad única de haber descubierto a mi centinela en los límites de los límites, y por encontrarme así, tan de repente, con la posibilidad de recomenzar, de buscar otras fronteras --un lugar aquí o en los confines --, donde se me necesitase más como actor que como espectador. Pero lloré. Lloré casi con frenesí, dejándome caer sobre las hojas indiferentes, a los pies del inmutable centinela. Tenía la más amplia conciencia de que si aquello estaba mostrado, era porque yo sabía, sabía muy bien, dentro de mí, y pese a mí, fuera de mis engaños pueriles y domésticos --, que no escaparía fácilmente a la condena.

Texto original tal como fue publicado en su momento, sin las correcciones posteriores.


39 Cuentos de Vanguardia  

39 cuentos argentinos de vanguardia, Carlos Mastrángelo, Buenos Aires,Editorial Plus Ultra, 1985. Entre los autores incluidos figuran Marcos...

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