El vacio de poder en italia

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El artículo de las luciérnagas “El vacío de poder en Italia” Pier Paolo Pasolini Corriere della será, 1 de febrero de 1975 La distinción entre fascismo adjetivo y fascismo sustantivo se remonta nada menos que al diario “Il Politecnico”, es decir, a la inmediata posguerra...” Así empieza un escrito de Franco Fortini sobre el fascismo (L’Europeo, 26-­12-­1974), escrito que, como se suele decir, yo suscribo totalmente, plenamente. Pero no puedo suscribir su tendencioso exordio. En efecto, la distinción entre “fascismos” hecha por Il Politecnico no es ni pertinente ni actual. Esta podía valer todavía hasta hace cerca de una decena de años, cuando el régimen democristiano era todavía la simple y pura continuación del régimen fascista. Pero hace una decena de años, sucedió “algo”. “Algo” que no existía y que no era previsible no sólo en la época del Politecnico, sino ni siquiera un año antes de que sucediera (o aún más, mientras sucedía, como veremos). Por lo tanto, la comparación real entre “fascismos” no puede ser hecha, “cronológicamente”, entre el fascismo fascista y el fascismo democristiano, sino entre el fascismo fascista y el radicalmente, totalmente, imprevisiblemente nuevo que ha nacido de aquel “algo” que ha sucedido hace una década. Porque soy un escritor, y escribo polémicamente, o al menos discuto, con otros escritores, déjeseme GDU XQD GH¿QLFLyQ GH FDUiFWHU SRpWLFR OLWHUDULR GH aquel fenómeno que ha ocurrido en Italia hace una GHFHQD GH DxRV (VWR VHUYLUi SDUD VLPSOL¿FDU \ SDUD abreviar nuestro discurso (y probablemente para entenderlo mejor). A inicios de los años ‘60, a causa de la contaminación del aire, y, sobre todo, en el campo, a causa de la contam nación del agua (los ríos azules y los arroyos transparentes) han empezado a desaparecer las luciérnagas. El fenómeno ha sido rápido y fulminante. Después de unos pocos años las luciérnagas ya no estaban más. (Son ahora un recuerdo, bastante desgarrador, del pasado: y un hombre mayor que tenga ese recuerdo, no puede reconocer en los nuevos jóvenes a sí mismo joven, y por lo tanto, no puede proferir aquellas lindas quejas de añoranza de otros tiempos). A ese “algo” que ha sucedido hace una decena de años lo llamaré entonces “la desaparición de las luciérnagas”. El régimen democristiano ha tenido dos fases absolutamente distintas, que no sólo

no se pueden confrontar, implicando esto una cierta continuidad, sino que se han convertido incluso en históricamente inconmensurables. La primera fase de ese régimen (como con razón han insistido en llamarlo ORV UDGLFDOHV HV OD TXH YD GHVGH HO ¿Q GH OD JXHUUD D la desaparición de las luciérnagas, la segunda fase es aquella que va desde la desaparición de las luciérnagas hasta hoy. Analicémoslas de a una por vez. Antes de la desaparición de las luciérnagas. La continuidad entre fascismo fascista y fascismo democristiano es total y absoluta. No hablaré sobre aquello, que sobre este punto, se decía también entonces, justamente en Il Politecnico con respecto a: la falta de una depuración, la continuidad de los códigos, la violencia policial, el desprecio por la Constitución. Me detengo en lo que después ha contado para una conciencia histórica retrospectiva. La democracia que los antifascistas democristianos oponían a la dictadura fascista era descaradamente formal. Se fundaba en una mayoría absoluta obtenida por medio de votos de grandes estratos de la clase media y de enormes masas campesinas manejadas por el Vaticano. Tal gestión del Vaticano era posible sólo si se fundaba en un régimen totalmente represivo. En ese mundo los “valores” que contaban eran los mismos que para el fascismo: la Iglesia, la patria, la familia, la obediencia, la disciplina, el orden, el ahorro, la moralidad. Tales “valores” (como también durante el fascismo) eran “también reales”, pertenecían a las culturas particulares y concretas que constituían la Italia arcaicamente agrícola y paleo-­ industrial. Pero en el momento en que eran elevados a “valores” nacionales no podían sino perder toda realidad, y convertirse en atroz, estúpido, represivo conformismo de Estado: el conformismo del poder fascista y democristiano. Provincialismo, grosería e ignorancia, tanto de las élites, a distinto nivel, como de las masas eran iguales, tanto durante el fascismo como durante el primera fase del régimen democristiano. Paradigmas de esta ignorancia eran el pragmatismo y el formalismo del Vaticano. Hoy todo esto resulta claro e indudable, porque entonces se nutrían, por parte de los intelectuales y de los opositores, vanas esperanzas. Se esperaba que todo eso no fuera totalmente verdadero, y que la democracia formal contara de algún modo. Ahora, antes de pasar a la segunda fase, debo dedicar algunas líneas al momento de la transición. Durante la desaparición de las luciérnagas. En


este  perĂ­odo  la  distinciĂłn  entre  los  distintos  fascismos  realizada  en  Il  Politecnico  podĂ­a  todavĂ­a  funcionar.  En  efecto,  tanto  el  gran  paĂ­s  que  se  estaba  formando  dentro  del  paĂ­s  â€“es  decir  la  masa  obrera  y  campesina  organizada  por  el  PCI–  cuanto  los  intelectuales  mĂĄs  avanzados  y  crĂ­ticos,  no  se  habĂ­an  dado  cuenta  que  â€œlas  luciĂŠrnagas  estaban  desapareciendoâ€?.  Estos  estaban  bastante  bien  informados  por  la  sociologĂ­a  (que  en  aquellos  aĂąos  habĂ­a  puesto  en  crisis  el  mĂŠtodo  de  anĂĄlisis  marxista),  pero  eran  informaciones  todavĂ­a  no  vividas,  experimentadas,  en  sustancia  sĂłlo  formales.  Ninguno  podĂ­a  sospechar  la  realidad  KLVWyULFD TXH VHUtD HO LQPHGLDWR IXWXUR QL LGHQWLÂżFDU lo  que  entonces  se  llamaba  â€œbienestarâ€?  con  el  â€œdesarrolloâ€?que  iba  a  realizar  plenamente  por  primera  vez  en  Italia,  el  â€œgenocidioâ€?  del  que  hablaba  Marx  en  HO 0DQLÂżHVWR  DespuĂŠs  de  la  desapariciĂłn  de  las  luciĂŠrnagas.  Los  â€œvaloresâ€?,  nacionalizados  y,  por  lo  tanto,  IDOVLÂżFDGRV GHO YLHMR PXQGR DJUtFROD \ SDOHR capitalista,  de  repente  no  cuentan  mĂĄs.  Iglesia,  patria,  familia,  obediencia,  orden,  ahorro,  moralidad,  ya  no  valen.  Y  ya  no  sirven  ni  siquiera  como  falsos.  Estos  â€œvaloresâ€?  sobreviven  en  el  clĂŠrigo-­fascismo  marginado  (tambiĂŠn  el  MSI  en  sustancia  los  repudia).  Los  sustituyen  los  â€œvaloresâ€?  de  un  nuevo  tipo  de  civilizaciĂłn,  totalmente  â€œotraâ€?  con  respecto  a  la  civilizaciĂłn  campesina  y  paleo-­industrial.  Esta  experiencia  ha  sido  hecha  con  anterioridad  por  otros  Estados,  pero  en  Italia  se  da  de  un  modo  totalmente  SDUWLFXODU SRUTXH VH WUDWD GH OD SULPHUD ÂłXQLÂżFDFLyQ´ real  sufrida  por  nuestro  paĂ­s,  mientras  que  en  los  otros  paĂ­ses  Êsta  se  superpone,  con  una  cierta  lĂłgica,  a  la  XQLÂżFDFLyQ PRQiUTXLFD \ D OD XOWHULRU XQLÂżFDFLyQ de  la  revoluciĂłn  burguesa  e  industrial.  El  trauma  italiano  del  contacto  entre  el  â€œarcaĂ­smoâ€?  pluralista  y  la  nivelaciĂłn  industrial  tiene  quizĂĄs  sĂłlo  un  único  precedente:  la  Alemania  anterior  a  Hitler.  TambiĂŠn  allĂ­  los  valores  de  las  diversas  culturas  particularistas han  sido  destruidos  por  la  violenta  homologaciĂłn  de  la  industrializaciĂłn,  con  la  consiguiente  formaciĂłn  de  aquellas  enormes  masas,  ya  no  mĂĄs  antiguas  (campesinas,  artesanas)  y  aĂşn  no  modernas  (burguesas),  que  han  constituido  el  salvaje,  aberrante,  imprevisible  cuerpo  de  las  tropas  nazis.  En  Italia  estĂĄ  ocurriendo  algo  similar,  e  incluso  con  mayor  violencia,  porque  la  industrializaciĂłn  de  los  aĂąos  setenta  constituye  una  â€œmutaciĂłnâ€?  decisiva  incluso  con  respecto  a  la  alemana  de  hace  cincuenta  aĂąos. Â

Ya  no  estamos  mĂĄs  frente,  como  todos  ya  saben,  a  â€œtiempos  nuevosâ€?,  sino  a  una  nueva  Êpoca  de  la  historia  humana:  de  esas  Êpocas  de  la  historia  humana  cuyos  lĂ­mites  abarcan  milenios.  Era  imposible  que  los  italianos  reaccionaran  peor  de  como  lo  han  hecho  ante  tal  trauma  histĂłrico.  Ellos  se  han  convertido  en  pocos  aĂąos  (en  especial  en  el  centro-­sur)  en  un  pueblo  degenerado,  ridĂ­culo,  monstruoso,  criminal.  SĂłlo  basta  salir  a  la  calle  para  advertirlo.  Pero,  naturalmente,  para  comprender  los  cambios  en  la  gente,  es  necesario  amarla.  Yo,  lamentablemente,  a  esta  gente  italiana  la  habĂ­a  amado:  tanto  fuera  de  los  esquemas  del  poder  (mĂĄs  aĂşn,  en  oposiciĂłn  desesperada  a  ellos),  como  fuera  de  los  esquemas  populistas  y  humanitarios.  Se  trataba  de  un  amor  real,  radicado  en  mi  modo  de  ser.  He  visto,  por  lo  tanto,  â€œcon  mis  sentidosâ€?,  la  acciĂłn  coercitiva  del  poder  del  consumo  transformar  y  deformar  la  conciencia  del  pueblo  italiano,  hasta  una  degradaciĂłn  irreversible.  Esto  no  habĂ­a  ocurrido  durante  el  fascismo  fascista,  perĂ­odo  en  el  cual  el  comportamiento  estaba  totalmente  disociado  de  la  conciencia.  En  vano  el  poder  â€œtotalitarioâ€?  iteraba  y  reiteraba  sus  imposiciones  de  comportamiento:  a  la  conciencia  no  se  la  podĂ­a  implicar.  Los  â€œmodelosâ€?  fascistas  no  eran  mĂĄs  que  mĂĄscaras,  que  se  podĂ­an  poner  y  sacar.  Cuando  el  fascismo  fascista  cayĂł,  todo  volviĂł  a  ser  como  antes.  Lo  mismo  sucediĂł  en  Portugal:  despuĂŠs  de  cuarenta  aĂąos  de  fascismo,  el  pueblo  portuguĂŠs  ha  celebrado  el  primero  de  mayo  como  si  al  último  lo  hubiese  celebrado  el  aĂąo  anterior.  Es  ridĂ­culo,  entonces,  que  Fortini  retrotraiga  la  distinciĂłn  entre  un  fascismo  y  el  otro  a  principios  de  la  posguerra.  La  distinciĂłn  entre  el  fascismo  fascista  y  el  fascismo  de  esta  segunda  fase  del  poder  democristiano  no  sĂłlo  no  tiene  punto  de  comparaciĂłn  en  nuestra  historia,  sino  probablemente  en  toda  la  historia.  Sin  embargo,  yo  no  escribo  este  artĂ­culo  sĂłlo  para  polemizar  sobre  este  punto,  si  bien  me  hubiera  gustado.  Escribo  el  presente  artĂ­culo  en  realidad  por  una  razĂłn  muy  diversa,  y  es  la  que  explicarĂŠ  a  continuaciĂłn.  Todos  mis  lectores  se  habrĂĄn  dado  cuenta,  sin  duda,  de  un  cambio  en  los  jefes  democristianos:  en  pocos  meses  ellos  se  han  convertido  en  mĂĄscaras  fĂşnebres.  Es  verdad,  ellos  continĂşan  manifestando  radiosas  sonrisas,  de una  sinceridad  increĂ­ble.  En  sus  pupilas  se  condensa  una  verdadera,  beata  luz  de  buen  humor,  cuando  no  se  trata  de  la  cĂłmplice  luz  de  la  ingeniosidad  y  la  picardĂ­a;Íž  cosa  que  a  los  electores  les  gusta,  pareciera,  tanto  como  la  plena  felicidad.  Por  otra  parte,  nuestros  jefes  continĂşan  impertĂŠrritos  sus  discursos Â


LQFRPSUHQVLEOHV HQ ORV TXH Ă€RWDQ ORV Ă€DWXV YRFLV de  las  acostumbradas  promesas  estereotipadas.  En  realidad  ellos  son,  en  verdad,  mĂĄscaras.  Estoy  seguro  que,  si  se  levantaran  esas  mĂĄscaras,  no  se  encontrarĂ­a  ni  siquiera  un  montoncito  de  huesos  o  de  cenizas,  allĂ­  estarĂ­a  la  nada,  el  vacĂ­o.  La  respuesta  es  simple:  hoy  en  Italia,  en  realidad,  hay  un  dramĂĄtico  vacĂ­o  de  poder.  Pero  Êste  es  el  punto:  no  un  vacĂ­o  de  poder  legislativo  o  ejecutivo,  QL XQ YDFtR GH SRGHU GLULJHQWH QL ÂżQDOPHQWH XQ YDFtR de  poder  polĂ­tico  en  cualquier  sentido  tradicional,  sino  un  vacĂ­o  de  poder  en  sĂ­  mismo.  ¿CĂłmo  hemos  llegado  a  este  vacĂ­o?  O  mejor,  â€œÂżcĂłmo  han  llegado  allĂ­  los  hombres  de  poder?â€?.  La  respuesta,  una  vez  mĂĄs,  es  simple:  los  hombres  de  poder  democristianos  han  pasado  de  la  â€œfase  de  las  luciĂŠrnagasâ€?  a  la  â€œfase  de  la  desapariciĂłn  de  las  luciĂŠrnagasâ€?  sin  darse  cuenta.  Por  mĂĄs  que  esto  pueda  parecer  prĂłximo  a  la  criminalidad,  su  inconciencia  en  este  punto  ha  sido  absoluta:  no  han  sospechado  mĂ­nimamente  que  el  poder,  que  ellos  detentaban  y  administraban,  no  sĂłlo  estaba  sufriendo  una  evoluciĂłn  â€œnormalâ€?,  sino  que  estaba  cambiando  radicalmente  de  naturaleza.  Ellos  se  habĂ­an  ilusionado  de  que  en  su  rĂŠgimen  todo  serĂ­a  sustancialmente  igual:  que,  por  ejemplo,  iban  a  contar eternamente  con  el  Vaticano,  sin  darse  cuenta  de  que  el  poder,  que  ellos  mismos  continuaban  a  detentar  y  administrar,  ya  no  sabĂ­a  quĂŠ  hacer  con  el  Vaticano,  como  centro  de  vida  campesina,  retrĂłgrada,  pobre.  Ellos  se  habĂ­an  ilusionado  de  poder  contar  para  siempre  con  un  ejĂŠrcito  nacionalista  (como  sus  predecesores  fascistas),  y  no  veĂ­an  que  el  poder,  que  ellos  mismos  continuaban  detentando  y  administrando,  ya  maniobraba  para  establecer  la  base  de  ejĂŠrcitos  nuevos,  en  cuanto  transnacionales,  casi  policĂ­as  tecnocrĂĄticos.  Y  los  mismo  debemos  decir  con  respecto  a  la  familia,  constreĂąida,  sin  soluciĂłn  de  continuidad  desde  los  tiempos  del  fascismo,  al  ahorro,  a  la  moralidad,  ahora  el  poder  del  consumo  imponĂ­a  a  ella  cambios  radicales,  hasta  hacerle  aceptar  el  divorcio,  y  por  lo  tanto,  potencialmente,  todo  el  resto,  sin  lĂ­mites  (o,  al  menos,  hasta  los  lĂ­mites  consentidos  por  la  permisividad  del  nuevo  poder,  peor  que  totalitario  en  cuanto  violentamente  totalizador).  Los  hombres  del  poder  democristiano  han  padecido  todo  este  poder,  creyendo  que  lo  administraban.  No  se  han  dado  cuenta  que  Êste  era  â€œotra  cosaâ€?:  inconmensurable,  no  sĂłlo  para  ellos,  sino  para  toda  una  forma  de  civilizaciĂłn.  Como  siempre  (cfr.  Gramsci)  sĂłlo  en  la  lengua  se Â

han  producido  sĂ­ntomas.  En  la  fase  de  transiciĂłn  â€“o  sea  â€œdurante  la  desapariciĂłn  de  las  luciĂŠrnagasâ€?–  los  hombres  de  poder  democristianos  han  cambiado  casi  bruscamente  el  modo  de  expresarse,  adoptando  un  lenguaje  completamente  nuevo  (por  otra  parte  incomprensible  como  el  latĂ­n):  especialmente  Aldo  Moro,  es  decir  (por  una  enigmĂĄtica  correlaciĂłn),  aquel  que  aparece  como  el  menos  implicado  de  todos  en  las  cosas  horribles  que  se  han  organizado  desde  el  â€˜69  hasta  hoy,  con  la  intenciĂłn,  por  ahora  lograda  formalmente,  de  conservar  como  sea  el  poder.  Digo  formalmente  porque,  repito,  en  la  realidad  los  poderosos  democristianos  cubren,  con  sus  maniobras  de  autĂłmatas  y  sus  sonrisas,  el  vacĂ­o.  El  poder  real  procede  sin  ellos,  y  ellos  no  tienen  en  las  manos  nada  mĂĄs  que  aquellos  inĂştiles  instrumentos  que,  de  los  mismos,  vuelven  reales  sĂłlo  sus  lĂşgubres  sacos  cruzados.  Sin  embargo  en  la  historia  el  â€œvacĂ­oâ€?  no  puede  subsistir,  puede  ser  sĂłlo  predicado  en  abstracto  y  por  absurdo.  Es  probable  que,  en  efecto,  el  â€œvacĂ­oâ€?  del  que  hablo  se  estĂŠ  ya  llenando,  por  medio  de  una  crisis  y  un  reajuste  que  no  puede  dejar  de  implicar  a  toda  la  naciĂłn.  Es  un  signo  de  esto,  por  ejemplo,  la  espera  â€œmorbosaâ€?  del  golpe  de  Estado.  Casi  como  si  se  tratase  sĂłlo  de  â€œsustituirâ€?  el  grupo  de  hombres  que  nos  han  gobernado  tan  espantosamente  por  treinta  aĂąos,  llevando  a  Italia  al  desastre  econĂłmico,  ecolĂłgico,  urbanista,  antropolĂłgico.  En  realidad,  la  falsa  sustituciĂłn  de  estas  â€œcabezas  de  trapoâ€?  por  otras  â€œcabezas  de  trapoâ€?  (no  menos,  al  contrario,  mĂĄs  funĂŠreamente  carnavalescas),  realizada  por  medio  GHO UHIRU]DPLHQWR DUWLÂżFLDO GH ORV YLHMRV DSDUDWRV GH poder  fascista,  no  servirĂ­a  para  nada  (y,  estĂŠ  claro  que,  en  ese  caso,  la  â€œtropaâ€?  ya  serĂ­a,  por  su  constituciĂłn,  nazi).  El  poder  real  al  que  desde  una  decena  de  aĂąos  las  â€œcabezas  de  trapoâ€?  han  servido  sin  darse  cuenta  de  su  realidad:  es  esto  ese  algo  que  ya  puede  haber  llenado  el  â€œvacĂ­oâ€?  (haciendo  vana  tambiĂŠn  la  posible  participaciĂłn  en  el  gobierno  del  gran  paĂ­s  comunista  que  ha  nacido  de  las  ruinas  de  Italia,  porque  no  se  trata  de  â€œgobernarâ€?).  De  ese  â€œpoder  realâ€?  nosotros  tenemos  imĂĄgenes  abstractas  y  en  el  fondo  apocalĂ­pticas.  No  sabemos  representarnos  quĂŠ  â€œformasâ€?  asumirĂ­a  Êste  sustituyĂŠndose  directamente  a  los  siervos  que  lo  han  tomado  por  una  simple  â€œmodernizaciĂłnâ€?  de  tĂŠcnicas.  De  todos  modos,  con  respecto  a  mĂ­  (si  esto  tiene  algĂşn interĂŠs  para  el  lector)  que  quede  claro:  yo,  por  mĂĄs  multinacional  que  sea,  darĂ­a  toda  la  Montedison  por  una  luciĂŠrnaga. [TraducciĂłn de Esteban Nicotra]