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Martes 17.12.13 LA VERDAD

CULTURAS Y SOCIEDAD

El pintor Emilio Pascual expone su obra ‘Donde resbala la luz’ en el Museo Ramón Gaya de Murcia. :: JAVIER CARRIÓN / AGM

Un brindis por Gaya El pintor yeclano Emilio Pascual rinde homenaje al artista del Huerto del Conde exponiendo en su museo la obra ‘Donde resbala la luz’ :: ANTONIO ARCO MURCIA. Es una última copa, depurada hasta casi la extinción y en soledad, a la espera del alba o de la resurrección y, según se mire, bañada por la luz o por la noche oscura de las almas en vilo. Sin más, modestamente, sencillamente, una copa en homenaje discreto y verdadero a Ramón Gaya. La copa es obra de Emilio Pascual (Yecla, 1961), pintor, escultor, fotógrafo y videoartista, y habita en una obra, titulada ‘Donde resbala la luz’, que, curiosamente, Emilio Pascual no ha pintado, sino que ha realizado utilizando la técnica de la fotografía digital en blanco y negro; una pieza, de 200 x 100 centímetros, sutil hasta casi dejar de existir. La obra, encargada al artista por Manuel Fernández-Delgado, director del Museo Gaya, para el proyecto ‘Diálogos’, puede contemplarse en este lugar rodeada por las dos obras del pintor murciano del Huerto del Conde –allí nació en 1910; falleció en Valencia en 2005–, primer Premio Vélazquez de Artes Plásticas (en 2002). A su izquierda, ‘Homenaje de Picasso a Max Jacob y mío a Picasso’ (1989); y a su derecha, ‘Homenaje a Velázquez (El Felipe próspero de Viena)’, de 1951. Andrés Trapiello re-

cuerda que Gaya decía que «un creador ha de producir un silencio alrededor», y eso consiguen las tres obras juntas. Silencio. Emilio Pascual cultiva habitualmente una pintura anónima y esperanzadora, lejana y batalladora, que se resiste a la desesperanza y al peligroso acercamiento al personaje de ‘El extranjero’, de Camus, tan ajeno a toda ley y a toda moral. El artista defiende, desde su buscada lejanía afincada en Yecla, que la pintura es un lugar adecuado para admirar la vida, un altar, una posibilidad de regreso al lugar donde todavía existe el futuro. Siempre desbordado por su capacidad de trabajo, las obras de Emilio Pascual hablan sutilmente de viajes y regresos, de huidas y cenizas, de soledades e impulsos vitales. Colores para abrazarse a ellos o para esconder entre sus raíces nuestros más profundos secretos. Cuadros que alivian de tanta decepción en este tiempo sórdido, helado y confuso por el que vagamos. Luz que no ciega, pero que sí invade sin la menor violencia al espectador: lo reclama, lo incita. Por debajo de la aparente calma hay preguntas sin resolver, deseos de escapar, cuentas pendien-

tes con la vida. «A mí me interesa aprender más que ser, arriesgarme más que recrearme en lo ya conseguido, me interesa el reto, no saber qué va a pasar con la obra que estás haciendo», dice Pascual, quien afirma: «Yo siempre quise ser arquitecto, jugar con los espacios, experimentar con el vacío». No es arquitecto, pero sí, también, ¡músico! y un profesor adorado por sus alumnos. Dos cosas son necesarias para disfrutar con las obras de Emilio Pascual, que vive alejado por completo de polémicas y de vanidades: pese a todo no haber perdido al menos algo de la curiosidad y el asombro del niño, y tener cierta capacidad de presentir posibilidades extraordinarias y mágicas de comunicación en el arte pictórico. Ante sus obras conviene alejarse por un rato del vacío, lo inútil, lo repetitivo, el recuerdo, los actos banales, las mismas muecas, la muerte, el aburrimiento, los pequeños detalles, los aburridos pequeños detalles, los recuerdos del vacío, el propio vacío, la amenaza del vacío, la sensación de inutilidad, la suma de tanta cosa inútil, e incluso de nuestra propia inutilidad. Y hay que estar atentos a los latidos. A veces, después de contemplarlas, un ápice de ese misterio que sus obras encierran nos acompaña con el mismo efecto que provoca el sonido de unas campanas en mitad de la noche oscura que se bebió de un trago amargo Juan de la Cruz. Frente a ‘Donde resbala la luz’ no

estamos ante los óleos de gran formato que integraban, por ejemplo, su exposición ‘A la orilla del aire’, donde la feliz experiencia del color y una atmósfera siempre misteriosa se unían dando lugar a una muestra de gran belleza; de una belleza explosiva. Para Emilo Pascual, «el arte es algo que debe afectarnos emotivamente. El arte no posee sentido por sí mismo, sino como una necesidad personal, y para que fluya, para que surja la obra [en el caso del artista], debe estar muy asimilada, muy sentida, muy definida. El arte debe ser algo tan natural como respirar». El creador yeclano, cuya obra disfruta de entusiastas admiradores entre los que se incluía el también pintor Joan Hernández Pijuan, explica que suele pretender «exigir al espectador una sensibilidad muy pura, exigir la detención de la mirada en la pintura, y como en una obra contemplativa, crear un encuentro directo con ella. Estar a la orilla supone dejar fluir, contemplar, sentir. El aire es todo». «Mi concepto del Arte no es con-

«A mí me interesa arriesgarme más que recrearme en lo ya conseguido»

ceptual, no es intelectual, está basado en lo vivido, en lo natural, en la sensibilidad de la mirada», sostiene. «Mirar hacia fuera y ver para poder mirar hacia dentro», añade, «para conocernos íntimamente. Nuestra obra debe ser un apunte de nuestra vida, un producto de la emoción que sea capaz de emocionar». En su opinión, «debemos aprender a ser reflejo de nosotros mismos, sin caer en intelectualismos innecesarios ni trampas dialécticas. No estoy de acuerdo con esos artistas que saben demasiado bien qué quieren hacer». «Creo en la práctica de la pintura como generadora de pensamiento, como generadora de conocimiento, donde la reflexión es la misma práctica; ‘no es lo que quiero decir, sino cómo lo digo’», precisa. Emilio Pascual ha leído, para su colaboración con el Museo Gaya –aprovechando la visita, no debe dejarse de admirar el pequeño gouache sobre papel ‘Cernuda en la playa’ (1934), ahora que se recuerdan los 50 años de su muerte–, buena parte de los textos poéticos dedicados a la obra plástica del autor de ‘Velázquez, pájaro solitario’. Entre ellos, uno de Gontzal Díez referido a «esa luz de los clásicos, de los inmortales, que es una forma de meditación, de regreso sin retórica». Y en esas copas y en esos vasos de Gaya, decía el periodista y poeta, «está detenido el tiempo, porque es la vida lo que aquí se muestra. Un reloj húmedo que apuntala la edad». Emilio Pascual levanta su copa para brindar por ese tiempo detenido, vivo, cegador. El viernes, a las 20.00 horas, el propio artista debatirá sobre su obra, en una sesión en la que se fundirán arte y poesía en vivo, con el profesor, y crítico literario de ‘La Verdad’, José Belmonte Serrano.

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