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Autor:Jorge Santonja Sala http://presenciasenlanoche.blogspot.com.es/

Por fin al día siguiente iban a ver como la sombra se deslizaría hacia abajo. Bajaría hasta el comienzo de las escaleras, donde se fusionaría con la cabeza de serpiente tallada en piedra. Muchas veces había leído el fenómeno en las revistas de arqueología y aun en las de ciencias ocultas. La sensación sería la vista de un enorme reptil descendiendo por la pirámide. Cuando Raúl relataba a sus amigos, el efecto de las sombras con el primer sol del solsticio de verano en aquel templo Maya, ponía tanto énfasis, que ahora que estaba a punto de contemplarlo, lo asaltaba cierto nerviosismo. A ello se unía que la fecha en que se producía, reunía unas connotaciones especiales que le hacían creer que ese momento iba a ser extraordinario. Pero eso sería al día siguiente en la pirámide de Kukulkan, en Chichén-Itzá. En esos momentos él y su amigo Marcelo, se encontraban en las cercanías del complejo de ruinas de Uxmal. Marcelo había salido a la terraza del hotel para respirar el aire tibio de la selva. Sentado en una silla de rafia admiraba como la parte superior del templo brillaba por encima de las copas de los árboles con el crepúsculo. Los relieves del “Templo del Mago” en el tramo más alto de la pirámide, lo hacían parecer un barquito blanco flotando sobre un inextricable mar esmeralda. Desde su habitación, Marcelo contemplaba como algunos de sus compañeros de viaje habían bajado hasta la piscina y charlaban animadamente. El hotel estaba situado en medio de la jungla lejos de todos lados, y por eso no se habían preocupado por levantar una cerca o un muro de separación, de manera que la selva comenzaba bruscamente diez metros mas allá de la zona que habían desbrozado para albergar el edificio en estilo rústico español. La construcción principal tenía forma de semicírculo, y era por detrás a donde daban los balcones de las habitaciones. Bajo de ellas, el espacio se lo repartían a partes iguales una deteriorada pista de tenis y una piscina mediana, rodeada de césped y de algunas tumbonas de plástico. Para unos vulgares turistas, el verse en un lugar tan pintoresco les hacía creer que su viaje encerraba algo de aventura, y más después de haber llegado desde un hotel de superlujo en la costa tan diferente. Aunque por lo mismo siempre aparecía quien no estaba de acuerdo y no cesaba de repetir que había contratado una excursión muy cara, y que aquel viejo caserón le parecía indigno, y que a la vuelta se quejaría a la agencia de viajes. En cambio Marcelo estaba encantado. Marcelo había emprendido el viaje casi como una obligación, después de la promesa que le había hecho a Raúl cuando tuvo su accidente. Sin embargo ahora todo lo que estaba visitando y aquellos rastros de viejas civilizaciones rodeado de una vegetación tan espectacular, lo estaba maravillando. Marcelo sabía que visitar las ruinas y más en el momento del solsticio, le iba a encantar, y por supuesto a su amigo Raúl. Cuando lo vio tan grave en el hospital, no pensó en el dinero ni en las dificultades y simplemente se lo propuso: .- “Vamos, verás como pronto te recuperas, y cuando estés algo mejor vamos a ir a Centroamérica a visitar esas ruinas que tanta ilusión te hacen”.


Y una vez fuera, aunque pensaba que las circunstancias en el hospital cambiaban, si finalmente no hubiesen llevado a cabo sus planes, hubiese sido como una traición. Así que sin pensarlo sacaron los billetes para Cancún y ya solo estaban a un día para el solsticio. Se pondrían en camino esa misma noche después de visitar Uxmal, para llegar antes del amanecer. Raúl estaba obsesionado con todo lo relacionado con las culturas precolombinas y su legado. Y en realidad los aztecas eran su debilidad y hubiese preferido visitar México D.F. pero un huracán que rondaba aquella zona y básicamente una cuestión de dinero, los había hecho cambiar de planes. Y por otro lado, el solsticio de verano a punto de producir su efecto en la pirámide escalonada de Kukulkan, también resultaba muy tentador, y por eso Raúl accedió a cambiar de destino. El accidente de Raúl fue un golpe muy fuerte en la cabeza cuando conducía su motocicleta por la ciudad para evitar atropellar a una viandante. Al principio temieron por su lucidez ya que durante los primeros días después de despertar, parecía que había perdido el habla, y no conseguía articular las palabras. Poco a poco recuperó sus facultades, pero Marcelo apreciaba que su amigo estaba más callado y metido en sus asuntos, que antes del percance. Raúl siempre había sido algo introvertido, aunque desde la caída no parecía el mismo. No sabía si aquel libro tenía algo que ver, pero siempre andaba con él en el bolsillo, y lo leía y lo releía. A veces incluso se arrepintió de habérselo llevado. Por lo visto Raúl ya estaba leyendo algo de aquel libro cuando tuvo el accidente, y debía de unirlos un vínculo muy fuerte, porque nunca se separaba de él. Transcurridos unos días de su operación, cuando ya empezó a encontrarse mejor, Raúl le pidió a su amigo que se acercara hasta su casa y se lo llevase para entretenerse. Y Marcelo al recogerlo ya vio que tenía una marca colocada sobre el cuento “La noche boca arriba” y se preguntó si su desorden en el sueño también tendría que ver con el relato. Las pesadillas y lo demás. Un día Raúl le confesó, que incluso a veces tenía miedo a dormirse por culpa de esas pesadillas. En ningún momento le quiso contar de qué trataban, como si las temiese por el simple hecho de nombrarlas. Marcelo siempre supuso que su reticencia debía ser por algo relacionado con el accidente y quería pedirle un día el libro para ojearlo, pero nunca encontraba el momento, y solo sabía que era un libro de cuentos de Cortázar. Por lo demás, físicamente se había recuperado de manera milagrosa, como alcanzó a decir el doctor Joanes, y su problema con el sueño ya era lo único que ensombrecía un poco el viaje. Raúl solía levantarse ojeroso y cansado. Marcelo se dio cuenta de que en esos momentos podían hacer muy poco por solucionarlo, pero quería hablarle seriamente, y hacerle comprender que no podía seguir así y que a la vuelta debía visitar un psicólogo. Cada vez eran más los congregados alrededor de la piscina y el volumen de sus voces había subido. Eran un grupo de catorce o quince personas de la veintena que componían la excursión. La excursión era una de tantas (había varias opciones) que se contrataba por tres días, en el hotel de lujo en el que se alojaban junto a la playa. Ya habían visitado Mérida que era la primera de las paradas, el día anterior, y en esos momentos se encontraban próximos a Uxmal (que se veía desde la habitación sobresaliendo por encima de la vegetación, a tres o cuatro Kilómetros), donde por la noche se acercarían y visitarían el


recinto. Iban a disfrutar de un espectáculo de luz y sonido, y también de otra sorpresa que no les habían querido decir de qué se trataba. Y para terminar, a la mañana siguiente, tenían que darse el madrugón para acercarse a Chichén Itzá, y vislumbrar el fenómeno de las sombras al amanecer. Y mientras estaba sumido en sus pensamientos, pensó que ya era hora de que también ellos bajaran a reunirse con el resto. Después de la cena habían subido a las habitaciones para vestirse, (manga larga y repelente contra mosquitos) para la actividad nocturna que tenían programada. El espectáculo por lo visto se trataba de que cómodamente sentados, les relatarían una vieja leyenda Maya, mientras iban iluminando diversas partes de las ruinas relacionadas con lo que se iba contando. Y aunque él no era partidario de aquellos espectáculos para turistas un tanto descafeinados, sabía que el primer contacto con las ruinas de noche podía resultar impactante. Iban a salir del hotel justo antes de ponerse el sol, y podrían ver Uxmal con la última luz durante un rato, pero no demasiado. Los organizadores ya los habían llevado adrede a una hora tardía, porque buscaban que hubiera caído la noche para poder encender focos durante el espectáculo. Cuando Marcelo llamó a la puerta de su amigo, intuyó que algo no marchaba bien, y más cuando Raúl insistió en volverse a tomar otro café antes de salir. Habían perdido la cuenta de cuantos llevaba. Raúl argumentó que no quería dormirse durante la representación. El calor era bochornoso y por eso no era extraño que la gente sudara, sin embargo en Raúl el sudor en su frente, unido a sus ojeras y su cara demacrada, a Marcelo le hizo sospechar que se encontraba enfermo, él lo negó. .- Si te encuentras indispuesto, podemos quedarnos. .- ¿Y perderme Uxmal?, jamás, tal vez sea la única ocasión en mi vida de verlo al natural. .- Si, pero la salud..., recuerda que aun estás convaleciente. .- Me tratas como un niño, no te preocupes tanto por mí, estoy bien. Cuando subieron al autobús el recorrido fue mas corto de lo esperado, apenas diez minutos, y de repente la selva desaparecía y junto a la carretera se abría una explanada inmensa. El lugar estaba repleto de viejas construcciones en ruinas, y según el guía aun quedaban muchas mas, ocultas por los árboles. En realidad, la ciudad abandonada se extendía durante varios kilómetros, pero la zona que se podía visitar era mucho mas reducida. Caminaron durante un trecho hasta un lugar llamado “La casa de las monjas” enfrente de la pirámide, donde los esperaban unas sillas de plástico perfectamente alineadas. El recinto al que llegaron, debía ser la plaza principal de la que estaban separados por unos escalones, además de que cerrando el espacio se levantaban otras edificaciones que se adivinaba su importancia. Habían encendido una gran hoguera en el medio que le daba un aire remoto y que


acrecentaba con sus reflejos, el aire fantasmagórico del conjunto. Mientras acababa de oscurecer, los dejaron curiosear a su aire un poco por los alrededores, en todo ese tiempo Raúl estuvo haciendo fotos y acabó maldiciendo cuando la luz del flash ya no fue suficiente para retratar de lejos. Al llegar el momento se sentaron, apagaron las luces de situación y dejaron totalmente a oscuras el lugar. Las voces también cesaron de repente, como si la gente hubiera comprendido que eso era lo que correspondía. Comenzó el espectáculo. Una voz profunda que salía de algún punto indeterminado sobre sus cabezas, comenzó a relatar: .-“Llegaron varios años de sequía, y entonces pidieron al Dios que los ayudara y enviara la lluvia...” Allí la temperatura no era tan sofocante y debió ser eso y la oscuridad, que Raúl se relajó y se durmió cuando llevaban veinte minutos de relato. Marcelo se dio cuenta, pero apreciaba que estaba muy inquieto sin dejar de moverse en la silla, e incluso a veces daba voces. Esto hacía que el resto de los compañeros se volvieran a cada tanto en sus asientos, suspicaces. Marcelo sabía que era una lástima que se perdiera el espectáculo, pero entendía que necesitaba descansar y que con una salud débil como la suya, debía cuidarse. Por eso cuando pidieron unos voluntarios, para que se pusieran un tocado y unas plumas en la cabeza, tampoco lo quiso despertar. Iban a representar una ceremonia en donde escenificaban uno de los sacrificios rituales que los mayas realizaban para sus dioses, en este caso para que trajeran la lluvia. Marcelo bromeando, se ofreció. .-“Pediré a alguien que me haga unas fotos para enseñárselas mañana” – pensó entonces. Marcelo tenía que hacerse pasar por un sacerdote y levantar un cuchillo ritual al cielo, mientras leía un pequeño texto. Había alguien que se representaría al prisionero, y otros que compondrían el séquito del sacerdote. Todos estaban muy divertidos con la ocurrencia, y sin duda a ello contribuía el vino blanco que les habían repartido al sentarse, para amenizar la velada. Por eso casi nadie se dio cuenta de donde vino el grito, hasta que vieron como una sombra le arrebató el cuchillo a Marcelo y se lo clavó, haciendo que cayera como un pelele por las escaleras que tenía a su espalda. Se oyeron gritos y algunas carreras antes de que un par de hombres consiguieran reducir a Raúl tendido sobre el suelo. Cuando alguien le iluminó la cara, vio su rostro desencajado por el terror que no cesaba de repetir frases inconexas... la luna... no me sacrificareis... soltadme... Entonces fue cuando una mujer rubia, se acercó a recoger algo que le había caído a Raúl del bolsillo de sus pantalones cargo. Y era un libro abierto por una marca. En esa hoja comenzaba un relato que se titulaba: ”La noche boca arriba”.


SOLSTICIOO