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El amigo librero era el mejor amigo de mi padre Algunos sueñan con renunciar a todo para abrir un bar en Brasil y andar en patas todo el día me decía Chiri en una larguísima sobremesa que duró un año. Mi sueño loco siempre fue tener una librería y fumar en pipa, vos lo sabés. Sin embargo, ser librero es un oficio jodido, peligroso. Así como el mejor dealer es aquel que no consume la droga que vende, el mejor librero es el que no lee nada. Yo fui un librero muy vicioso. Renuncié hace unos días a mi columna de los domingos en el diario La Nación, de Argentina, y renuncio hoy a mi columna de los viernes en El País, de España. Noventa columnas y dos. Autor: Juliet d’Agostino. Ilustrador: Florian Bayer.


En La Nación de Argentina, en cambio, nunca me recortaron las seiscientas palabras de mi columna dominical. Allí el límite sí era más bien ideológico. No utilizar groserías, que todo lo dicho sea una verdad contrastada, respetar a la institución eclesiástica y no escandalizar a los lectores habituales del periódico. Unas cláusulas complicadas para quien escribe, más por limitación que por estilismo, enormes boludeces y mentiras grandes como un caballo. Si tengo que ser sincero, en estos dos años me molestaron más los recortes de El País que los de La Nación. El diario argentino me limitaba en base a un convencimiento moral o, por decirlo de algún modo, por respeto a un libro de estilo interno y a una tipología de lector. El diario español no. Los recortes de El País de los últimos años —y el de casi todos los periódicos de este lado del charco— se basan en el impulso económico de

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No quiero saber más nada con Grijalbo porque nunca supe si habían vendido un ejemplar. No me lo dijeron jamás, ni telefónicamente, ni por la vía habitual de depositarme la guita en el banco. No tengo datos al respecto. Es una información muy fuerte.Si tengo que ser sincero, en estos dos años me molestaron más los recortes de El País que los de La Nación. El diario argentino me limitaba en base a un convencimiento moral o, por decirlo de algún modo, por respeto a un libro de estilo interno y a una tipología de lector. El diario español no. Los recortes de El País de los últimos años .

abaratar costes y de pensar, Y ya que estamos en el tren, aviso por este medio a Random House Mondadori que también renuncio a sacar nuevos libros con la Editorial Sudamericana de Argentina, o con Editorial Grijalbo en México. Por contrapartida, no tengo más que agradecimientos con Plaza & Janés de España. Pero como vengo embalado tampoco publicaré más allí. No quiero saber más nada con Grijalbo porque en 2006 editó una versión de “Más respeto que soy tu madre” cambiando frases completas del libro sin consultarme. (Ya una vez lo conté en este blog.) De repente, mi personaje Zacarías Bertotti no era hincha fanático de Racing, sino del América de México. Y sin consultarme tampoco, Grijalbo le puso a ese mismo libro una portada espantosa y una tipografía horrenda. Y sin consultarme, catalogó a mi novela como de

Y ya que estamos en el tren, aviso por este medio a Random House Mondadori que también renuncio a sacar nuevos libros con la Editorial Sudamericana de Argentina, o con Editorial Grijalbo en México.

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DIA 02 En La Nación de Argentina, en cambio, nunca me recortaron las seiscientas palabras de mi columna dominical. Allí el límite sí era más bien ideológico. No utilizar groserías, que todo lo dicho sea una verdad contrastada, respetar a la institución eclesiástica y no escandalizar a los lectores habituales del periódico. Unas cláusulas complicadas para quien escribe, más por limitación que por estilismo, enormes boludeces y mentiras grandes como un caballo. Entonces llegó la crisis. Pensé: —A ver si ahora, sin tanto auspiciante, vuelvo a mi tamaño original. Cada vez que enviaba una columna incorrecta a La Nación, sonaba el teléfono de casa. Es horrible

cuando te corrigen desde un país donde hay cinco horas de diferencia horaria, porque el llamado fatal ocurre, casi siempre, a las dos de la madrugada. —Hola Hernán, disculpame la hora pero estamos cerrando —me decían. —No, todo bien, decime —contestaba yo con la voz seca y el lado izquierdo de la cara con marcas de almohadón. —Estábamos editando tu columna y nos saltó una duda. ¿Qué querés decir, exactamente, en el párrafo sobre Ratzinger? —En qué parte. —Donde ponés que a “Ratzinger le gusta que le metan una lámpara de pie en el ojete”… ¿Está contrast —No. Es una sospecha que tengo. —Pero es muy delicado decirlo sin un sustento. Es


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una información muy fuerte. —No es una información, es un chiste. ¿Querés sacar ‘ojete’ y poner ‘ano’? Por mí todo bien, no soy quisquilloso. —Me preocupa más la expresión ‘lámpara de pie’… A nuestros lectores no les gustan esas referencias lumínicas hacia la Iglesia Católica. DIA 02 Entonces yo me levantaba, iba a la máquina y empezaba a quitar chistes y pensamientos trasnochados hasta que quedaba una columna más decente. También menos mía, es verdad. Pero mucho más decente. Si tengo que ser sincero, en estos dos años me molestaron más los recortes de El País que los de La Nación. El diario argentino me limitaba en base a un convencimiento moral o, por decirlo de algún modo, por respeto a un libro de estilo interno y a una tipología de lector. El diario español no. Los recortes de El País de los últimos años —y el de casi todos los periódicos de este lado del charco— se basan en el impulso económico de abaratar costes y de pensar, Y ya que estamos en el tren, aviso por este medio a Random House Mondadori que también renuncio a sacar nuevos libros con la Editorial Sudamericana de Argentina, o con Editorial Grijalbo en México. Por contrapartida, no tengo más que agradecimientos con Plaza & Janés de España. Pero como vengo embalado tampoco publicaré más allí. No quiero saber más nada con Grijalbo porque en 2006 editó una versión de “Más respeto que soy tu madre” cambiando frases completas del libro sin consultarme. (Ya una vez lo conté en este blog.) De repente, mi personaje Zacarías Bertotti no era hincha fanático de Racing, sino del América de México. Y sin consultarme tampoco, Grijalbo le puso a ese mismo libro una portada espantosa y una tipografía horrenda. Y sin consultarme, catalogó a mi novela como de “autoayuda”. No quiero saber más nada con Grijalbo porque nunca supe si habían vendido un ejemplar. No me lo dijeron jamás, ni telefónicamente, ni por la vía habitual de depositarme la guita en el banco. No tengo datos al respecto. Y no quiero tener más relación con Editorial Sudamericana porque estoy podrido de contestar mails de los lectores argentinos diciendo que mis libros siempre están agotados, o que no los pueden encontrar. Caminé muchas veces por Buenos Aires y lo comprobé.

Distribución espantosa, marketing desganado, mucha desidia. Si no hubiera sido por los benditos .pdf de cada libro, que aparecen puntuales en Orsai, en mi país de origen no me lee ni el gato. Por suerte no supe aquello en 2005 —pensé— cuando salió aquel libro, porque me retiraba para siempre del circuito de las letras. Sin embargo, un par de semanas después me encontré en el Skype con Andrés Monferrand, un gran amigo y un buen librero mercedino. —En Mercedes tus libros se venden como bizcochitos —me dijo feliz—. Tengo una lista de cuánto vendí en la librería, año por año. Y me adjuntó esas cifras. De aquel primer libro de bolsillo, Andrés había vendido en mi ciudad natal 650 ejemplares. Qué extraño, pensé, recordando la cifra total de ventas en Argentina según Sudamericana. Qué extraño. En una de las tres librerías de mi ciudad casi se habían vendido todos los ejemplares del país. O Andrés me mentía, o me mentía la Editorial. La revista que estamos haciendo con el Chiri es, sobre todo, ganas enormes de volver a leer largo y tendido, y de que cada colaborador escriba hasta que se le antoje. Queremos tener en las manos un papel que no te venda nada, ni explícito ni subliminal. Regresar a la crónica periodística y a la ilustración de calidad, y que las fotos te cuenten una historia, y que cada línea y cada desglose esté hecho por personas apasionadas, y no por burócratas, pasantes, acomodados y becarios. En Francia hay un precedente. El periodista Patrick de Saint-Exupéry trabajaba en Le Figaro y, según él, no soportaba ajustar sus artículos a un número limitado de líneas. Entonces creó la revista XXI, en enero de 2008, respondiendo justamente a eso. Reivindicaba el periodismo de investigación, el mismo que la prensa tradicional está perdiendo a causa de Internet. O, en realidad, por querer parecerse a Internet. Yo me compré unos números de la XXI, y está muy bien, a pesar de ser demasiado seria. Pero algo no me gustó. La suscripción anual sale 60 euros en Francia, 70 euros en Latinoamérica y 80 euros en África. ¿En África, incluso en la zona africana que habla francés, la revista sale más cara que en el resto del mundo? Algo está funcionando mal.

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Nosotros estamos armando una revista que, encuadernadita y con olor a tinta fresca, llegará sin falta a los países que hablan nuestro idioma. A todos esos países, quiero decir, no únicamente a España, México y Argentina. A todos. Queremos que la revista llegue a cada sitio donde haya alguien que quiera leer con serenidad, y que tenga un precio razonable para ese sitio. No importa si ese sitio se llama Madrid o se llama Cochabamba. Tiene que costar, en cada región, lo que cuesta un libro de tapa blanda. O es así, o no es.

entre un duro en el banco —me interrumpe Cristina—, saluda de nuestra parte a la universidad de la Nina, despídete de comprarnos una casa y dejar de ser inquilinos, dile adiós a hacerte el tratamiento de conducto cuando se te caigan los dientes de tanto cenar las sobras… Que lo sepas, que yo cojo una maleta y me marcho, si sigues con esa idea de Cuba a cuatro pesos. ¿Qué se te ha perdido a ti en Cuba? Tú y el imbécil de tu amigo. Que desde que llegó os creéis Batman y Robin…

Y va a ser así, incluso a pérdida.

—¡Silencio, mujer! ¡Con tus gritos nadie puede ser anarquista en esta casa!

El mayor de nuestros objetivos, el que más ganas nos dará cumplir el uno de enero, es que la revista Orsai llegue a Cuba con un precio de tapa de 4 pesos cubanos, gastos de envío incluido. La misma que en Barcelona costará 20 euros, o 15 (ya veremos), y en el resto de Latinoamérica valdrá 11 dólares, o 9 (ya veremos). La misma. Nuestro objetivo es demostrar que si nadie lo hizo todavía, no fue por imposible. Estamos organizando una estructura de distribución en donde ustedes, los cientos de lectores que llenaron de comentarios el texto anterior, tienen muchísimo que ver. Una red entre los lectores y los libreros como Andrés Monferrand en Mercedes, o como el propio Chiri en Luján. Los libreros amigos. A ellos tenemos que empezar ya mismo a decirles que estén atentos a este blog la semana que viene. Y que saquen con tiempo una cuenta en PayPal, porque empezarán a hacer buenos negocios. Para empezar, la cosa es con ellos. Con los libreros. Y a los libreros los tienen que informar ustedes. Pero basta, basta, ya estoy adelantando más de lo que puedo, y hoy me senté a escribir sobre otra cosa. Sobre La Nación, sobre El País, y sobre Random House… Hoy tenía ganas de escribir sobre renuncias y portazos. En este sencillo acto, entonces, y ante la aterradora mirada de Cristina, mi mujer, que es catalana y no entiende de gestas y epopeyas, renuncio a todo lo molesto y a todo lo incordioso y a todo lo burocrático y a todo lo extremadamente sigloveinte de mi oficio. Le digo chau, feliz de la vida y sin rencor, a los intermediarios que me obstaculizan la charla con los lectores. Chau publicidad, que te recorta la palabra; hasta nunca burocracia, que te distribuye mal y pronto; adiós y buena suerte ideología, que te despierta por la noche. —También dile adiós a la seguridad social y a que nos

Cuando me llegaron los treinta pasaron un montón de cosas que distrajeron mi crisis: cambió el milenio, cayeron las torres, me subí al último avión de fumadores y pasé mi primer fin de año con nieve. Conocí a Cristina y supe que me iría a vivir con ella. Me convertí en un inmigrante y dejé de escribir literatura analógica. Perdí mis códigos y mi jerga. Probé la horchata y el hachís. Le enseñé a mis padres a instalar un messenger y a usarlo cada día. Entendí, como pude, los beneficios y las contras de internet, esa confusión gigantesca que empezaba a mostrar las uñas. Y sin entenderlo del todo me puse a escribir allí, en ese reducto nuevo, sin esperar nada.

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DIA 03 Entonces todos pestañeamos y, a la velocidad de la luz, pasó la primera década del siglo. El uno de enero de 2011, justo a la hora de los fuegos artificiales, hará diez años que estoy fuera de casa, y diez que escribo, en directo, mis obsesiones. En esa década nació mi única hija y murió mi único padre. Y también se empezó a cumplir —como por arte de magia— el mayor sueño de mi adolescencia: vivir solamente de escribir, y escribir únicamente lo que se me antoja. (Para que me entiendan los capitalistas y las señoras de batón color morado: escribir como si fuera un juego público, y cobrar como si fuera un trabajo privado.) Se cumplió ese sueño sin una búsqueda ordenada ni voluntaria del sueño; una cosa muy extraña. Los que han leído Orsai desde el principio saben que en estas páginas no hice más que hablar de tres antojos, de tres obsesiones que me nacieron con la década: los cam-

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bios absurdos en la sociedad moderna, la hipocresía en las relaciones interpersonales y la añoranza exagerada de un tiempo anterior o de un sitio lejano. Nada más que eso me obsesionó en los últimos diez años. Y todo quedó plasmado en este blog y en tres libros de papel que recopilan el ochenta por ciento de este blog. Es verdad: hace doce meses y tres días que no escribo una línea. El último año de esta década hice silencio porque Chiri —por fin— se instaló en el pueblo, con su mujer y sus dos hijos, y tuvimos que ponernos al día. Hubo que volver a aceitar la cotidianeidad después de tanto tiempo. El Chiri Basilis es mi mejor amigo desde la comunión. Y cuando me vine a España en el 2000, Chiri tardó ocho años en mudarse también. En 2009, gracias a una historia que es un cuento aparte y que un día de estos contaré, se instaló con su familia a cuatro cuadras de casa. La noche que llegaron preparé una cena muy rica, después las nos prendimos un porro y empezamos una sobremesa variada, muy intensa, que terminó anoche a las cuatro y diez de la madrugada. La primera vez que conversamos sobre hacer una revista estábamos en sexto grado. Chiri y yo teníamos once años y era 1982. Hicimos la revista. Se llamó Las Cloacas y estaba escrita a máquina. Las ilustraciones eran nuestras y de la marca Bic. Los reportajes y los textos, propios. Salíamos a la calle con un grabador gigante y le preguntábamos a los vecinos qué piensa usted sobre Margaret Thatcher. Desgrabábamos por las tardes. Diseñábamos en los recreos. Finalmente, imprimimos ocho páginas dobladas. Hicimos veinte fotocopias, las abrochamos y la repartimos en el aula. Por eso no escribí durante todo este año; estábamos charlando. Desde ese año, y hasta el final de la secundaria, hicimos una revista nueva cada doce meses. Neo Generis fue la más intelectual (en segundo año de secundaria), porque tambien íbamos creciendo en rebeldía y en recursos. Pasamos por el carbónico, la fotocopia, el mimeógrafo y la máquina de escribir eléctrica; en quinto año usamos por primera vez la imprenta para hacer la portada. La revista se llamaba Kraño y en la nota central denunciamos que el director del Colegio cobraba un sobresueldo como profesor, cuando estaba prohibido ocupar dos cargos educativos a la vez. Por ese motivo, o quizá porque me llevé doce materias a marzo, nunca terminé el secundario. (Chiri sí, porque tiene cara de bueno.)

Cuando cumplimos dieciocho nos fuimos muy ansiosos a Buenos Aires para estudiar periodismo. Yo aguanté seis meses en el Círculo de la Prensa diciendo que ya traería el certificado de secundario completo. Las secretarias administrativas me perseguían por los pasillos pidiendo que completara la inscripción. Estuve careteando bachillerato en las aulas hasta que un día cruzaron la información con la Escuela Normal y supieron que me quedaban muchas materias por rendir, y me tuve que ir del Círculo de la Prensa. (Chiri también se fue, por corporativismo o amistad.) Las reglas de la formación profesional suelen ser ridículas: no nos dejaban estudiar periodismo porque en la escuela, en vez de aprender matemáticas, nos pasábamos las horas editando revistas. Expulsados de las aulas terciarias por culpa de un sistema educativo torpe, en los noventa no tuvimos más opción que drogarnos como escuerzos. Pero incluso muy perjudicados, muy ojerosos, hacíamos revistas. Una vez, en el noventa y cinco, Chiri se fue tres meses a las playas de San Clemente, solo, en invierno, a buscar su destino americano. Nos pidió que no lo visitáramos ni lo llamáramos. Pero a la mitad de su viaje, con María (la que más tarde sería su mujer) le hicimos una revista con noticias del mundo real y se la mandamos. La revista se llamaba Generación Espontánea y traía los resultados del póker de los jueves en los que él no estaba, daba cuentas del crecimiento de las plantitas de porro que crecían en nuestros balcones y tenía una publicidad a página completa financiada por la madre de Chiri, que decía: Nene, abrigate. Y abajo, en tipografía menor: Mary Basilis, 25 años pensando en usted. Con viento a favor o en contra, nunca dejamos de hacer revistas, escribir cuentos y trabajar en gráfica, incluso viviendo ya en ciudades diferentes. Cuando en el año 2000 me fui de Argentina, sin saber que sería un viaje sin retorno, teníamos en mente alguna revista nueva. Pero ahí se cortó el sueño editorial. Y empezó otro siglo. Chiri, ya casado y viviendo en Luján, puso una librería hermosa, romántica y sin embargo rentable; yo, instalado en Barcelona, escribí cuentos online. De todo eso hablamos en el reencuentro, durante la larga sobremesa que duró desde septiembre de 2009 hasta hace un rato. Hablamos y hablamos. Noches enteras tanteando nuestras evoluciones personales hasta confirmar que manteníamos el

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mismo sueño de la infancia: hacer una revista y divertirnos como chanchos. Por eso anoche, en mitad de la madrugada, después de un silencio que hicimos el esfuerzo para que fuera legendario, Chiri preguntó: —¿Pero qué revista haríamos hoy, en este tiempo, con la edad que tenemos, con estos recursos? Y entonces descubrí, abriendo los ojos como el dos de oro, que la única manera de saberlo era volver al sueño y cumplirlo.

DIA 04 Y así es como (palabras más, palabras menos) Orsai se transformará, el día sábado uno de enero de 2011, en el exacto momento que cambie la década, en la revista Orsai. Y este blog se convierte, desde hoy, en el detrás de escena, en el backstage de ese sueño gráfico que vamos a componer a mano, como en los tiempos analógicos, pero con edades y recursos avanzados.

mos intermediarios. No pensar en recortes presupuestarios, porque hemos decidido ponerla no queremos duplicarla ni encanutarla. Queremos seguir jugando. Hoy abro Orsai después de un año porque estoy inquieto y ansioso, necesitado de escribir. Quiero empezar a contar los detalles de esta nueva obsesión que surgió en aquella sobremesa: la construcción de un medio de comunicación que haremos desde el jardín de casa, en piyama, mirando la parra. Retomo Orsai para dejar constancia de que ya no añoro un sitio lejano ni un tiempo que pasó, que no es más ésa la zanahoria de mi burro. Me comí la zanahoria, o me comió el burro, no importa; lo que importa es que ya no es mi obsesión, porque la pude escribir a tiempo. Y porque después llegó Chiri y este pueblo de la montaña catalana se convirtió otra vez en Mercedes y nosotros, de nuevo, en chicos de sexto grado. Vuelvo a Orsai, lo abro de un modo semanal y permanente, para inaugurar el antojo de una revista imposible, para festejar nuestros cuarenta años —Chiri los cumplió este mes, en marzo yo— y para matar a volantazos la crisis que nos espera.

Por primera vez en nuestras vidas, y de pura casualidad, podemos pasar por encima del único escollo complicado de las aventuras editoriales: la inversión. Gracias a Antonio Gasalla, que cada noche se disfraza de Mirta Bertotti en los teatros de Argentina, nos podemos gastar el montonazo de plata que cuesta el sueño. Porque en realidad hay una utopía detrás de todo esto, un objetivo que se puede resumir en el siguiente dodecálogo para la construcción de una revista imposible:

Esta mañana salió a la venta en España y Argentina una novela que no recuerdo haber escrito nunca. Claro que la escribí yo, palabra por palabra, pero el asunto es que no me di cuenta, hasta hace unos meses, de que aquel montón de historias podían ser una sola. Lo que sí hice, cuando lo supe, fue darles continuidad y ritmo. En eso estuve estos meses de ausencia en Orsai: editando y corrigiendo recuerdos propios. Lo que quedó es, hasta ahora, lo más lindo que escribí en la vida. Y fue sin querer.

Nuestra obsesión, de ahora en más, es demostrar que no hay crisis editorial ni económica, sino moral. Lo que hay son medios tradicionales que piensan nada más que en el dinero y se cagan en el lector, lo arrinconan y lo vician de mentiras y de engaños. Nuestro antojo es un medio de comunicación humano, honesto, de una transparencia obscena, un medio gráfico que den ganas de recibir por abajo de la puerta, pero ganas en serio. Como recibíamos en los ochenta y los noventa las revistas que nos gustaban. Y que murieron. Todas murieron.

Ayer hablé por teléfono con mi hermana, que ya tiene un ejemplar. Me dijo que había llorado y se había reído sin parar, y que era un libro hermoso. Suspiré aliviado, porque me lo decía alguien que protagoniza varios capítulos de la historia, con su nombre y su apellido, y yo nunca le avisé que eso iba a pasar; lo supo con el libro ya en la mano. (No sé por qué me arriesgo tanto a perder la amistad de mi familia.)

¡Ah, poder hacer un medio sin pensar si Fundación el auspicio de la contraportada! Ése es el sueño. No pensar en las mafias de la distribución, porque elimina-

La historia de este libro es casual: yo tengo un contrato con Mondadori, por suerte muy flexible, y en abril me tocaba entregar un libro de cuentos. El libro ya estaba terminado y tenía nombre. Pero una tarde me puse a rastrear un correo viejo en el buscador de Gmail, y se me aparecieron varios chats con mi padre.

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