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Plancha de Trabajos · Respetable Logia MEDIODÍA nº 66 (GLSE) en los V:.V:. de Sevilla (España) MASONERÍA Y EL CONCEPTO INICIÁTICO “Dijo Jesús: que quien busca, no debe dejar de busca hasta tanto que encuentre. Y cuando encuentre, se estremecerá, y tras su turbación, se llenará de admiración reinará sobre el universo y hallará el reposo.” (Evangelio apócrifo de Tomás, Logion nº 2 – Nag Hamadi)

V:. M:.QQ:. HH:. Resulta a veces difícil plasmar en unas cuantas palabras, ideas o conceptos que nos han atraído desde siempre y sobre las que hemos podido dedicar no pocas horas de estudio. Cuando nos toca explicarlo, ese conjunto de lecturas se nos presenta como un horizonte borroso hacia el que no sabemos cómo dirigirnos. Esto es precisamente lo que me ocurre con esta plancha que el Taller me plantea y que contemplo no como un reto, sino como una suerte de laberinto donde apenas consigo distinguir la entrada, pues resulta difícil exponer un concepto cuando apenas se consigue entender el fenómeno. Si no me equivoco, todo proceso iniciático pretende situar al neófito en condiciones de afrontar una realidad presumiblemente superior, que rompa con los esquemas de su realidad cotidiana y cultural. En ese despertar lúcido,


que fractura los esquemas por los que habitualmente nos guiamos, se produce una necesaria disociación entre el conocimiento racional y el que se alcanza a través de una determinada forma de iniciación. La “traditio” de causas y efectos lógicos que nos orientan por el mundo y que nos sirven para desenvolvernos ante nuestros semejantes, afrontando con la mayor lucidez posible las bonanzas y adversidades que el “siglo” nos plantea, queda interrumpida, de modo que el neófito alcanza una realidad desprovista de referentes, regida por un barroco conjunto de símbolos, usos y costumbres desconocidos para él y para la mayoría. El mundo que concebimos con los esquemas mentales que presiden nuestros comportamientos, y que condicionan nuestros conocimientos, se compone de un conjunto de impresiones y fenómenos que sólo pueden ser desentrañados mediante el ejercicio de los mecanismos racionales. Sólo existe y se considera veraz, aquello que se puede analizar, explicar y repetir a voluntad, de modo que una vez descubiertas sus causas, se puedan dominar los efectos. Desde esta perspectiva, las actitudes religiosas, el ejercicio de la tolerancia, el sentido del deber, de la solidaridad, de la fraternidad y, en general, de las virtudes morales, sólo pueden ser concebidas como posturas teóricas o comportamientos culturales impuestos por las jerarquías políticas y religiosas de cada sociedad y, en definitiva, como costumbres y señas de identidad nacional o colectiva. Ningún espacio habría de quedar para la percepción instintiva, intuitiva o trascendente, pues el proceso de racionalización que se nos impone, resulta ineficaz ante tales retos: es materialmente imposible desentrañar sus causas para dominar los efectos, al menos de una manera


sistemática. En cambio, los procesos iniciáticos suponen una inmersión en realidades carentes de existencia real, compuestas de fenómenos intangibles, experiencias en las que el iniciado abandona toda pretensión de dominio, retornando hacia un punto remoto de la percepción humana, hacia una forma de conocimiento que le religa a su esencia alejándole, a su vez, de los estrictos parámetros mentales de los esquemas de conducta predeterminados. Es posible, incluso frecuente, contemplar cómo se alude al concepto iniciático para identificar otras realidades humanas que implican un cambio o tránsito de ciclo vital o cultural, aun cuando estos pudieran estar ritualizados, como tan amplia y detalladamente nos explica Sir James George Frazer al estudiar un gran número de costumbres de tribus indígenas a lo largo del mundo. De este modo, puede resultar fácil incurrir en el error de considerar los ritos de tránsito de la niñez a la pubertad o de la condición de púber a adulto o guerrero, como procesos iniciáticos cuando, en estricto sentido, no se produce un desdoblamiento entre el plano vital y el sagrado, ni una ruptura espiritual: la crisálida vuela en el mismo aire donde antes respiraba la vaina. Nada de esto nos concita aquí, pues con la iniciación se pretende retornar a la noche primordial, y atravesar las pruebas ritualizadas, equivale a una cosmogonía. La muerte iniciática reitera el retorno ejemplar al caos primordial, de tal modo que hace posible la repetición de la cosmogonía, la preparación del nuevo nacimiento. Se produce una crisis que pretende la desintegración de la personalidad del neófito o su desmembración y reencarnación simbólica - dicho sea desde una perspectiva chamánica - y este caos psíquico, es el indicio de que el


hombre profano está disolviéndose y que una nueva personalidad está a punto de nacer, preparada para acceder a un plano trascendente y espiritual que se encuentra más allá de la percepción racional. La iniciación es una experiencia individual, única e intransferible, y no existe una senda marcada sino lugares comunes. Es posible que el inmortal Apuleyo ilustre con más brillantez cuanto pretendo decir (“El asno de oro”, Libro XI, 23): “He rozado los confines de la muerte, pisé el umbral de Proserpina y he retornado a través de todos los elementos; en medio de la oscura noche vi brillar el sol en todo su esplendor; me acerqué a los dioses del infierno y del cielo; los contemplé cara a cara y los adoré de cerca. Esas son mis noticias, y aunque hayas oído mis palabras, estás condenado a no entenderlas nunca”. La experiencia que sugiere la iniciación sólo puede ser captada desde los estadíos de la conciencia y, la negación de la experiencia racional que este proceso conlleva, supone una suerte de identificación con la muerte ritual. De este modo, para alcanzar simbólicamente la visión profunda de la realidad, hay que comenzar matando de forma simbólica las apariencias sobre las que se asienta la vida convencional, hasta construir desde la nada un nuevo paradigma existencial que en ningún caso podría edificarse sobre esquemas inservibles. Desde la muerte, desde la profunda soledad del abandono, se penetra en un universo lúcido que aspira a conocer las verdades trascendentes, y el espíritu que renace, que empieza a reconstruirse sobre estos sillares de luz pulida, pretende ser perceptor de la experiencia de lo absoluto. Este nuevo nacimiento no puede ocurrir en cualquier sitio


ni de cualquier manera, sino que debe celebrarse en un espacio y tiempo “distinto”, “separado” del mundo profano; es decir, en un Templo: en un espacio y en un tiempo sagrado o sacralizado por el ritual. Recordemos que la expresión “Templo”, procede el griego “Temno”, que significa “Yo separo”, y que el “Temenos” suponía para ellos una parte sagrada el espacio cósmico. El concepto de “Templo” es explicado de forma brillante por Mircea Eliade en su obra “Lo sagrado y Lo Profano” (Capít. II: “Templum-Tempus”): “El templo, es a la vez el lugar santo por excelencia y la imagen del mundo; santifica el cosmos por entero y santifica igualmente la vida cósmica, concebida ésta como un ciclo que se renueva de forma periódica con una trayectoria circular, dando paso a la periódica existencia de un tiempo nuevo, puro y santo porque no estaba desgastado aún el ciclo anterior”. El ritual, en una primera aproximación, libera la conciencia y permite al iniciado alcanzar lo numinoso, prescindiendo de forma premeditada de toda explicación racional. Cada acto, cada variante y cada circunstancia concreta de la ceremonia, contiene un mensaje trascendente y el conocimiento de ese mensaje, y no su mera asunción visceral, supone el verdadero motor de la transmutación. A partir de este punto, el proceso iniciático equilibra razón e intuición e involucra al individuo en un mundo simbólico, sagrado y, a la vez, lógico, donde se convierte en protagonista y beneficiario de todo cuanto el rito le revela, haciéndole participar de ambos mundos, convirtiéndole en un “axis mundi” que une dos esferas separadas. Tal vez haya pocas experiencias iniciáticas tan ricas e intensas como la que tuve ocasión de presenciar en el Monasterio Mevlevilik de Estambul, donde fui invitado a


una sesión en la que danzaba un grupo de sufíes derviches (semazenes), que me gustaría compartir con vosotros, extrayendo unas líneas de un libro que me ofrecieron: “Los Semazenes llevan un vestido que indica la muerte del ego. El Sikke es un vestido fino del color del mundo que simboliza la lápida mortuoria del ego. El Hirka es un manto largo y negro que representa la tumba. La Tennure es una toga larga que gira como envolviendo a la persona en la noche. Cuando entran los Semazenes al círculo, sus brazos están cruzados sobre el pecho. En esta posición se parecen a “uno”, que significa la Unidad de Dios. Durante el Sema, que para el humano representa la búsqueda de la realidad divina, sus brazos se extienden, la mano derecha se abre hacia arriba y la izquierda mira hacia abajo. Esto significa: “lo que recibimos de Dios, al hombre lo damos: no guardamos nada para nosotros”. Como la luna y los planetas que dan vueltas alrededor de sus propios ejes y a la vez alrededor del sol, los Semazenes giran mientras se mueven en círculos por la sala. Es una intoxicación del espíritu. Durante el primer ciclo del Sema, los Semazenes consideran todos los mundos. Así alcanzan la grandeza y majestuosidad de Dios. Los amantes están libres de la duda y testifican su fe en la Unidad de Dios. En el segundo ciclo, toda la existencia se disuelve dentro de la Unidad divina. Durante el tercer ciclo, los amantes se limpian a si mismos y alcanzan el nivel de la madurez. En el cuarto, llegan hasta la unión de no-existencia desde el interior de la existencia divina: si has entrado en el Sema vas a dejar ambos mundos, el mundo del Sema y el de afuera, ambos”.


Cuatro ciclos, cuatro Semas, para desintegrarse, para dejar “ambos mundos”; cuatro son también los viajes de la Iniciación masónica y cuatro los elementos que los identifican, pues en el quinto ya aparece el individuo transformado. El neófito es desmembrado o descompuesto de forma simbólica a partir de los cuatro elementos que conformaban, para el mundo antiguo, todo lo existente “Tierra, Agua, Fuego, Aire” - para renacer como un nuevo individuo: son innegables los ecos de la tradición chamánica universal en esta forma de iniciación. En la mitología de los elementos se configuran los “cuatro reinos” con unas estructuras icónicas características. Los cuatro reinos representan el orden topológico del mundo: desde los cuatro humores o los cuatro temperamentos, las cuatro estaciones, los cuatro vientos, las cuatro cualidades, pasando por los grupos de oficios clasificados según los elementos, hasta las cuatro edades de la vida, y los seres que viven en cada uno de ellos. Los esquemas tetrádicos, especialmente en los diagramas doctrinales de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, fueron asociados con otros órdenes numéricos, sobre todo, el tres, el seis, el siete y el doce. Y las relaciones numéricas guardan relación con figuras y proporciones geométricas, así como con armonías musicales. Pese a que los viajes iniciáticos han sido ampliamente estudiados en el Taller durante el pasado curso, y no se debe hacer mayor abundamiento en el rico y variado mundo conceptual que nos evoca su simbolismo, quisiera ofreceros una conocida imagen, pues a veces una imagen puede decir más que mil palabras. Traigamos aquí las que Vincenzo Borghini escribiera en 1570 para explicar el significado del impresionante fresco que pintó en el techo del “studiolo” de Francesco I de Médici, en el Palazzo Vecchio de Florencia:


“Yo sé que invenciones, incluso más ingeniosas, no faltan; con todo, quisiera decir lo que yo me he representado al reflexionar sobre el hecho de que tales cosas no pertenezcan ni del todo a la Naturaleza ni del todo al Arte, sino que ambas participen igualmente en ellas y se complementen mutuamente… De ahí que en la mitad de la bóveda, que corresponde al cielo, se deba pintar a la Naturaleza, acompañada de Prometeo, el cual, como dice Plinio, fue inventor de piedras y anillos espléndidos, y que, según la leyenda, cuando estaba encadenado en el Cáucaso, pese a sus padecimientos, se ocupaba con infinita aplicación, en el labrado de diamantes y otras piedras preciosas. Dado que la Naturaleza sólo opera por medio de los cuatro elementos, dos de los cuales – agua y tierra – le sirven de cuerpo y materia, y los otros dos elementos, el aire, y en mucha mayor medida, el fuego, operan como sus fuerzas, asigno yo - lo mejor que puedo - un elemento a cada uno de los cuatro muros. Si la naturaleza de los objetos queda, así, relacionada con la cualidad de los cuatro elementos, se pueden diferenciar, por un lado, los distintos materiales y, por otro, adornar el espacio con una serie de figuras de todas las edades, sexo y apariencias. Con ello, el Arte y los artistas tienen posibilidad de mostrar su poder de invención y la destreza de sus manos”. Cada una de las etapas sucesivas del viaje iniciático, habrá de suponer para el iniciado una lección que le prepara para la siguiente jornada, que sólo podrá ser debidamente asimilada en función del conocimiento de las anteriores. El lugar de destino - si fuera posible llamarlo así - es a la vez la suma de las experiencias vividas como el propio proceso: una suerte de “queste” artúrica donde el sujeto que inicia el viaje es diametralmente diferente del que lo concluye, si es que es posible concluirlo en algún momento.


El viaje iniciático, muestra una cartografía simbólica con contenidos repletos de trascendencia, que transforma a su intérprete a la vez que va descifrando su significado. Es un camino viviente que, en ningún caso es susceptible de ser reducido a una idea, y que implica un esfuerzo en progreso, una acción de transformación en pos de una esperanza de Luz y de Verdad, pues como dijo Baudelaire “nuestra alma es un velero de tres palos que busca a su Icaro”. El viaje iniciático también pretende mostrar que, en esencia, todo hombre es un ser separado del mundo y de los demás, porque está separado de sí mismo. De este modo, el nuevo Ser nace con la certeza de la necesidad de descubrir el mundo que le rodea, descubriéndose a sí mismo, y nos desvela que no puede haber vida humana plena si ésta carece de sentido, del legítimo intento de búsqueda de conocimiento del Ser, donde habrá de quedar restituida una dignidad profundamente confundida por las apariencias y los disfraces sociales: para descubrir, en suma, la dimensión vertical o trascendente que nos define y constituye. Habrá de buscar el iniciado, dentro de su corazón, la figura del Semazen e imaginar que su alma gira tan vertiginosamente como la del danzante que nada guarda para sí… Habrá de transformar el iniciado la materia con el espíritu de abnegación de Prometeo, con “su poder de invención y la destreza de sus manos”. He dicho. Respetable Logia Mediodía. Sevilla. M:.M:. G.V.

Masonería y el concepto iniciático  

Trabajo de Arquitectura